Susurro infernal

Susurro infernal

Ocurre tan seguido que no es nada extraño que las personas piensen en aislarse del resto del mundo. Guerras aquí, maltratos allá, desaparecidos. El poder sigue siendo el acicate agridulce de los déspotas, pero el martirio de los inocentes. Los aparentes fragmentos que van dejando las dentelladas rabiosas del crimen no dejan de punzar en el sentimiento colectivo. El mal desprende la unidad que es el bien. Lo más sensato sería aislarse del mal, para que el resto del bien que aún nos queda siga entre nosotros.

Mientras a mí no me pase, mientras yo y los míos estemos seguros, protegidos, lo demás qué importa. Esta máxima del actuar moderno es el susurro que la serpiente azuza en el alma de los hombres. Las argucias de la malvada quieren deshilar la relación que hay entre el hombre y el bien; ella sabe que no se puede resquebrajar el árbol que da frutos, pero se puede alejar a los hombres de esa sombra paternal. Perdido el rebaño, es fácil hacer que se olviden del bien como eterna unidad.

Por eso bien se dijo que el mal es la ausencia del bien, o el olvido de éste. Pero el bien no puede ser destruido, fragmentado. Esto quiere decir que el bien siempre ahí sigue, como promesa de lo venidero. Si el mal es ausencia del bien, lo que sigue es reconciliarnos con él. El sentimiento y la idea que nos genera la ausencia nos incita a buscar. Es por esto que se hace patente el volver a pensar al bien como uno solo, como un cuerpo que no puede ser desmembrado por más que lo martiricen. El bien es unidad no sólo porque esté todo junto, sino porque puede, verdaderamente, unir.

Buscar aislarse del mundo es estar bajo los encantos de la sierpe. Es soportar el mal sabiendo que la luz que es el bien un día se extinguirá. Pero así quedamos solos, temerosos, en posición de quien lucha y espera el último golpe. Es peor si somos varios bajo el influjo de la serpiente, pues así, únicamente estaremos esperando la traición por cualquier costado. El poder seguirá siendo el acicate agridulce de los déspotas si no buscamos el bien unificador en la promesa del que viene: en nuestro hermano el hombre. Si la serpiente gana, ya no habrá inocentes que salvar, no habrá paz que heredar.

Javel

El mal en la guerra

Hay guerras que se luchan cada día: algunas son en un campo de batalla y contra enemigos amenazantes y desconocidos; otras hacen de ciertos lugares campos y de ciertas personas enemigos; unas más, las más duras, hacen del pensamiento el campo de batalla y de uno mismo el enemigo más encarnizado.

Sin importar con quien o dónde se libren esas guerras, algunas se pierden con gozo y otras se ganan llorando, ninguna victoria trae paz y siempre queda algún sabor amargo. La ausencia de paz es la constante en la guerra, la violencia se extiende y la libertad queda fuera. Todo se enturbia y lo bueno se torna indeseable, al tiempo que lo malo se muestra cada día más apetitoso.

En la guerra siempre es difícil reconocer como real enemigo al pecado, el orgullo nos ciega, y nos pierde de nuevo en el oscuro campo de batalla en el que cada día nos encerramos más. No vemos el sufrimiento que en el corazón cargamos y el amargo sabor de la lucha ya no nos resulta extraño.

El mal habita en el corazón del hombre, de él emerge y en él se nutre. Culpar a otros por el mal realizado es no ver lo que somos; mientras que pensarnos como meramente malos es absurdo, en tanto que somos seres que actuamos siempre con miras hacia algo que en algún sentido como un bien consideramos.

Sólo viendo al mal sin olvidar que el bien buscamos reconocemos la salvación de la que necesitamos. Para encontrar a Cristo es menester sabernos hombres, sabernos caídos y sabernos dignificados, que no es lo mismo que merecedores, como bien pueden pensarse los ingratos.

Maigo

Oración para Navidad

Por gracia de Dios, la menor de las tareas se convierte en oración, en especial si ésta se realiza con el amor que sólo siente quien cotidianamente da la vida por sus amigos.

La sierva fiel acepta su tarea y se enfrenta a la ignominia; el viejo carpintero hace lo propio accediendo a peregrinar por este mundo, como antaño lo hiciera un pueblo recién liberado; la voz que clama retorna al desierto y con agua revive la sed que el hombre tiene de Dios; el pescador vuelve a hechar sus redes y con lágrimas en los ojos se convierte en predicador y la pecadora arrepentida deja su egoismo y hace con su llanto y con su nueva vida una alabanza para Dios.

Nosotros ya no oramos, y menos en estos días: pretendemos ser servidos y agazajados, finjimos preocuparnos por el otro o hablamos de dobles morales y acusamos a quien no hace lo propio. Nos cegamos cuando se trata de ver que nosotros no aceptamos las tareas que podrían manchar nuestro traje, no vamos por la vida como los peregrinos que somos, ya no clamamos buscando el agua que quita la sed; menos accedemos a ver que negamos aquello que decimos amar o nos arrepentimos por hacer diariamente lo que nos hace mal.

Hoy es el último día de adviento, mañana es vísperas de Navidad, todavía estamos a tiempo para que aprendamos a orar, para que cada uno de nuestros movimientos sea testimonio de amor, y para que cada uno de nuestros quehaceres se torne en alabanza a Dios.

Maigo.

El nihilismo escondido

En una lectura que Leo Strauss dio en 1941 en Nueva York, propuso, como un inicio muy superficial para empezar a pensar un problema muy hondo, que el nacionalsocialismo llegó a ser fecundo por la tendencia de los jóvenes alemanes de ese tiempo a aborrecer el prospecto de un mundo sin espacio para la grandeza humana. Según la perspectiva de éstos después de la primera Guerra Mundial, las ideas democráticas liberalistas eran débiles y apoyadas por minorías ignorantes, y los únicos argumentos persuasivos eran los de un comunismo de creciente popularidad que celebraba el cercano fin de la lucha del hombre contra el hombre, la paz perpetua conquistada por la organización técnica y la plena equivalencia de todos los habitantes del mundo en una sociedad completa e inevitablemente abierta. Tan convincente fue el discurso comunista, que persuadió a esta Alemania recién derrotada de que la predicción historicista era inevitable siempre que la civilización continuara su progreso. El horror ante lo que entendieron como la única posibilidad imbuyó a miles de jóvenes y adolescentes de un ímpetu destructivo contra la civilización que comprendía el proyecto occidental utilitario y, finalmente, los llevó del pecho hacia afuera a actuar sin ninguna visión positiva de la mejor vida. Tenían más bien frente a sus ojos, sugiere Strauss, la sombra que se proyectaba de negar que la vida digna pudiera continuar como estaba encaminada hasta ese entonces. Odiaron la hipocresía de los teóricos, la irresponsabilidad de los políticos, la decadencia de las costumbres. Su protesta moral se encauzó a través de la «más baja, más provincial, menos instruida y más deshonrosa» forma de nihilismo, y su prejuicio se alimentó del error de suponer refutadas todas las alternativas de vida por la superioridad que conferían a la forma contraria del proyecto occidental de educación progresista: su razón se convirtió en la devaluación y el desprecio de la razón, y al apoyar el despertar de un modo de vivir cerrado que destruyera el futuro, transformaron en el baluarte del mejor hombre al guerrero. La violencia vistosa se popularizó como virtud, fácil de señalar y encomiar, y así los peores vicios se escondieron del juicio honesto.

Hoy vale la pena atender la sugerencia de Strauss de que lo anterior es apenas un rasguño en la superficie del problema. Muchos de los elementos de la predicción comunista son más bien maneras de interpretar la promesa de la Modernidad de que la ciencia bien entendida mejorará para siempre al ser humano. El predominio actual del capitalismo no nos ha exentado de las copiosas caras de este anhelo. Una de las noticias que se repiten estos días y que con frecuencia se tratan como sorprendentes es la del alto número de jóvenes de países primermundistas que migran a oriente medio y se unen a la lucha contra la civilización occidental. No sería demasiado sorprendente saber que muchos de ellos no están principalmente motivados por su adherencia a la ley de Dios: la hipocresía, la irresponsabilidad, la decadencia, y también la deshonestidad, el odio, la violencia, los excesos y la exaltación del vicio, son constantemente señalados hoy en nuestras ciudades. La vanidad del mundo del negocio en efecto nos aqueja en lo político, y aunque esto se diga menos, también en la vida personal. La suposición de una superioridad moral ante esta figura de devaluación humana es una inflamación del ánimo indignado. Cuando germina en quien se cree justiciero, lo hace fácilmente un hombre sordo a las razones. Por eso el que encuentra virtud en la guerra cree que el discurso pacífico sólo puede ser uno, y sólo puede ser cobardía despreciable. El habla de la lucha de civilizaciones es también un modo preocupante de malentender un escenario polimorfo como poblado únicamente por dos bandos enemigos. ¿No es esta fiebre una erosión de la comunicación y un olvido de lo valioso? La indignación que motiva la negación de la vida actual y el deseo de esterilizarlo todo no es necesariamente un discurso religioso, así como la civilización no es necesariamente la ciudad del capitalismo progresista que desea conquistar la naturaleza. La plaga del nihilismo puede anidar en los discursos religiosos tan fácilmente como puede enmascararse una guerra de bárbaros con los nombres huecos del llamado profético, histórico, o evolucionista, a fundar civilizaciones, aunque para ello tengan que erradicarse a su paso todas las otras.

Un saludo de paz

Les dejo la paz, les doy mi paz. La paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes ni angustia ni miedo.

Jn. 14, 27

En estos días me he dado cuenta de que nada une más a una comunidad que un saludo de paz. Cuando vemos o damos un saludo así, nuestra vida cambia para siempre; no podemos seguir siendo los de antes si es que logramos apreciar con detalle lo que en realidad es un saludo de paz, pues éste guarda ciertas diferencias con el simple apretón de manos que se llegan a dar un par de desconocidos cuando han de cumplir con un ritual.

Para comenzar a ver un saludo de paz como lo que realmente es, necesitamos distinguirlo del mero saludo. Cuando saludamos le deseamos un bien al otro, generalmente salud y bienestar, casi siempre físicos, pues a veces hasta decimos que miestras se tenga salud se tiene todo; aunque hay algunas personas osadas para nuestros tiempos que entienden por salud cierto estado del alma, podríamos hablar de un estado de gracia, en el que el alma es saludable porque se aproxima lo más que puede a Dios, pero esos casos son los menos frecuentes en nuestra sociedad, y casi siempre entendemos el saludo como un acto público que nos deja como personas bien educadas ante los demás.

Al principio es difícil distinguir un saludo de paz de un saludo convencional, pues un saludo de paz también comienza por desearle bien al otro, sólo que ese deseo no se limita a la esperanza de que el otro pueda seguir trabajando como siempre debido a que no enferma o que pueda prosperar y progresar, menos aún se agota en un apretón de manos que pretenda señalar al mundo una buena voluntad que en el fondo no se tiene. Los deseos vacuos y  los apretones de manos que no salen del corazón forman los buenos modales y las fotos históricas, de tal manera que una vez teminado el saludo cada quien puede ir por su lado y continuar con sus negocios sin salir afectado por el encuentro. Es en la posibilidad de continuar como siempre o de haber cambiado para siempre en donde se encuentra con más claridad esta diferencia.

Considerando las diversas maneras en que nos saludamos, podemos ver que la distancia que hay entre un acto público, es decir, de buenos modales, y un saludo que no se limíta a lo que ven los demás consiste en el amor que sienten los que se saludan. Porque sólo en el saludo de paz es posible reconocer al amigo que se había perdido de vista, y sólo con la paz que brinda la precencia del amigo es posible formar una comunidad en la que ambos, saludante y saludado, comparten lo que son, de modo que no es posible seguir con el mismo camino que se tenía una vez que se ha dado un saludo de paz.

La paz viene de la gracia y es fruto del amor, sólo sabiendose inferior a lo divino y amando al otro es posible desear la paz, sin confundir a la misma con los saludos convencionales que decimos en la calle, o con los apretones de manos que cesan algunas hostilidades pero mentienen otras. La paz une a los amigos y les permite caminar juntos aunque sus senderos sean distintos, porque un saludo de paz hermana corazones y desvela los ojos de quien caminaba a ciegas.

Maigo.

Economistas sin casa, estadistas sin país

Los medios de comunicación suelen estar enfrascados en batallas retóricas. Que conste que no digo que todos las pretendan; pero hasta el reportero más purista, el cronista más meticuloso, el editor más objetivo, hacen juicios. Y las personas somos bien buenas para buscar juicios en toda otra expresión humana, incluso cuando tratan de escondérnoslos con una prosa seca casi científica. Así somos para bien o para mal. No lo digo en detrimento del periodismo ni del historicismo, no creo que haya ningún modo humano de hablar sin juicios: apenas pierde uno el juicio, deja de entendérsele lo que dice. Desde que alguien elige hablar de una cosa en vez de otra, o decide que es más objetivo decirlo así o asado, hace ya un juicio sobre cuál cosa de su relato es verdadera y cuál no. Los que leemos y escuchamos nos damos cuenta de esto apenas hacemos un pequeño esfuerzo, y se nos revela que los medios de comunicación se la viven deliberando y moviendo a deliberar, convenciendo y moviendo a convencer, acerca de lo perjudicial (poquitas veces, también de lo provechoso) con aludes de retórica. Admitiendo esto, pues, el lado bueno del asunto es que la retórica no es necesariamente esa cosa monstruosa y manipuladora que persuade solamente de mentiras destructivas y seduce para actuar contra la voluntad. En realidad, aunque sea tan difícil hacer la diferencia y solo pocas personas tengan la agudeza de visión necesaria para notarla, el buen rétor sería quien nos convence de lo que más nos vale convencernos. El buen rétor sería el orador que logra hacer visible lo verdaderamente conveniente entre personas que no están viendo qué les conviene.

Desafortunadamente, los medios de discusión en nuestro país son paupérrimos. La falta de seriedad para dialogar nos sumerge peligrosamente en batallas retóricas que son libradas entre oradores ineptos y con argumentos chafas. La demagogia reina en nuestra tierra sin oposición ni freno. Hace muchos años, las apariencias, cuya guarda es indispensable para la demagogia, se manifestaban mucho en palabrerías, discursos y proyectos atractivos porque en estas cosas descansaba la opinión de los votantes (que en nuestra comicracia equivale a los «participantes políticos» de los países donde sí se cree en la política). Conforme más está la mayoría de la gente convencida de la veracidad de las encuestas y la supremacía sapiencial de la ciencia de la probabilidad, más se han inclinado los remedos de oradores públicos a hacerse del baluarte de la estadística. Esto, por supuesto, incluye al periodismo y a la difusión de la información de nuestros asuntos políticos.

Dos mentiras comunes y corrientes son las conclusiones sacadas de contrarios que no existen, y las evasiones de respuestas aludiendo a números, programas y demás residuos de la burocracia. Lo primero pasa cuando, por ejemplo, un partido político ataca a otro sugiriendo que uno está bien y el otro está mal en absolutamente todo sólo por estar cada uno en lados opuestos del pleito (y eso suponiendo que hubiera pleito). Hasta risa da que para estos «políticos» no haya más significado de izquierda y derecha que el que entiende un niño aprendiendo a nombrar la mano con la que agarra la crayola. Esto evita que nos hagamos preguntas sobre propuestas específicas, sobre su viabilidad, su utilidad, su justicia, o de plano sobre qué tan irracionales son. Nos priva de la seriedad de una discusión sobre verdaderas alternativas, y por supuesto, contribuye grandemente a que el espectáculo sea magnificado como si hubiera oposición mientras no se está peleando nada de verdad. Aparte, promueve tremendamente la enemistad, haciendo desplantes sensacionalistas de desprecios, traiciones y cochineros impresionantes. La segunda de estas dos mentiras, radica en la idiotez de hacer pasar estadísticas por esfuerzos reales y números por preocupaciones. La estadística, así de obscenamente blandida, oculta las tremendas incongruencias de la vida pública. Por decir: México se compromete internacionalmente a bajarle a la contaminación; pero no deja de construir super vías, de vender cantidades irrisorias de automóviles y de extender permisos depredadores, devastadores de hectáreas y hectáreas de terrenos nacionales. Luego, invierte dinero y recursos en programas de cortos alcances con nombres bien ecologistas, y cada realización (o presunción de ella) la festejan en las estadísticas: subimos tanto por ciento en uso de bicicletas, o estamos más arriba que tal otro país en las medidas precautorias contra la mala calidad del aire, o ya tenemos esta nueva ley contra el mal despojo de desechos tóxicos, etcétera. Y aunque la realidad fuera que ahora hay 1000 bicicletas más que antes, también lo sería que hay 80 000 carros más por cada millar de bicis. Pero lo que se anuncia es lo primero y con la excusa de que somos un país en vías de desarrollo, se da por demostrado que se está haciendo el esfuerzo. No es que andar en bicicleta sea malo, sino que si nos interesara de verdad preservar el medio ambiente, haríamos otras cien cosas antes. Estos procedimientos no se preocupan por lo importante (como, por ejemplo, que no vivimos en paz), son tremendamente injustos, y todo esto es tan obvio que duele: pero domina la estadística y en las discusiones mediáticas calla al buen sentido. Más bien, lo deja hablando solo. ¿No es por eso que se atreve un alto funcionario supuestamente experto en economía a decir que estamos excelentemente, porque los puntos de tal cosa o tal otra van a la alza?

La política no se hace con números. Quien mide lo terrible de la guerra fijándose en la cifra de los muertos no ha entendido nada del sufrimiento humano. Las preocupaciones verdaderas no se muestran con esta estadística, que para lo verdaderamente valioso no nos sirve de casi nada. O más bien, sirve por lo regular al ocultamiento de la injusticia. La mala reputación de la retórica parece confirmada cuando todo es palabrería que discute mal todas las cosas incorrectas. Si alguna vez fuéramos a tener posibilidad de discurso público valioso, de la participación en serio en la vida comunitaria, y de deliberación sobre opciones, acciones y responsabilidades, antes, tendríamos que preocuparnos por cómo viven las personas, por lo que en realidad sufren, por la facilidad o dificultad para verse a sí mismas como dignas, por la familiaridad, la amistad y la sincera estima de la vida humana que impera entre nosotros. Sin eso, la política no es más que un negociazo, la palabra es competencia y comercio, y la desgracia de los otros no es sino una oportunidad más en el amplio mercado del poder.

La amputación de la imaginación

«La mayoría juzga que nosotros los tiranos bebemos y comemos más placenteramente que los hombres ordinarios, creyendo ellos que comerían con más placer del plato servido a nosotros que del que se han servido ellos, porque lo que está encima de lo ordinario es lo que causa el placer; pero es por esta razón que todo ser humano anticipa con deleite los festines, menos el tirano, porque nuestras mesas rebosan siempre con tal abundancia que no podrían nunca tener más. Así que en el placer de esperar más, los tiranos siempre estamos peor que los hombres ordinarios».

–Hierón a Simónides

Dice Javier Sicilia que la fuerza del horror amputa la imaginación. En una entrevista reciente, platicaba sobre la tristeza de vivir sin empatía hacia los demás, y dijo que «este tipo de sistemas, que basan todo en el dinero, el consumo y la exclusión, generan eso: amputan la imaginación y a fuerza de horror inhiben las reacciones saludables, y logran que la gente deje de imaginar que lo que sucede a alguien es algo que le compete a todos. Cuando ya no puedes imaginar el dolor de otro –y con imaginarlo me refiero a hacerlo tuyo– estamos en el Infierno». Creo que ésta es una descripción excelente de lo que ocurre en la vida inmersa en el poder. En el mundo humano la tiranía ha existido siempre, y no parece que los amores que son propios del tirano puedan desaparecer de la faz de la Tierra; si desaparecen, probablemente sea porque ya no hay más hombres en los cuales crezca la ambición. Es, sin embargo, sumamente triste hacer esta observación e interpretarla como que lo más natural es que el hombre domine a los demás, que los mantenga a raya con el horror que pueda convocar, y que el más pleno de luces y capacidades es el que más poder logra obtener.

La historia cuenta multitud de ocasiones en las que se vivió bajo los caprichos de un tirano –o de una organización tiránica–, y la mayoría de las veces lo cuenta repudiándolo mientras con vanidad se alza el cuello por los grandes logros de nuestras naciones democráticas (en este lado del mundo, por lo menos). Entre las voces protestantes y de los llamados activistas (que sospecho que también han existido siempre) uno encuentra para cada uno de estos accesos de orgullo democrático liberador, diez impugnaciones airadas. Suelen ser planas, arrojadizas, ácidas y sin mucho que decir más que la expresión de descontento, inconformidad, o sincera indignación; pero muestran a veces caras horrorosas de nuestras organizaciones actuales. Una recurrente, por ejemplo, es la observación de que una vez abolida la esclavitud en las palabras, las condiciones de vida esclava no solamente se siguen dando sino que se han aguzado. Otra es la de que los hombres poderosos de nuestros tiempos desatan sus deseos tanto o más violentamente que los grandes reyes de antaño. Otra más es que la capacidad de hacer guerra sigue siendo la más sólida base con la que las superpotencias (o sea, los que tienen superpoderes) mantienen la «paz» donde les conviene que haya paz, mientras que conquistan las tierras que les conviene que estén en guerra. La respuesta más cínica ante quien levanta la voz para decir estas cosas clama: «se quejan los que no pueden dominar, no porque haya nada malo en el gobierno del horror, sino porque les gustaría a ellos tiranizar así a otros; pero son débiles, cobardes y mezquinos con este coraje que no es otra cosa que deshonesto. Se consuelan como los niños cuando se soban un golpe, dorándose con palabras como prendas, y por eso dicen ser muy justos y de alta dignidad: porque no les queda más remedio que dolerse cuando se les hace una injusticia, mientras envidian el poder y desean ellos mismos poder hacérsela a alguien más».

Esta respuesta no sólo no es nueva, sino que es tal vez de las cosas más viejas dichas jamás. Sin embargo, no es lo que públicamente dicen los poderosos nunca en nuestras ciudades de ahora. La demagogia tiene en nuestro país una lamentable quasi omnipresencia en el discurso público. Y creo que la razón es que la forma en la que vivimos es un tipo muy especial de gobierno del horror. Uno que da a cada quien suficiente ambición del poder como para que se sienta tirano de sus propios asuntos, para que se queje sólo por cuánto le falta, pero que tenga en sus miras la posibilidad de ascender y ascender y seguir ascendiendo hasta estar encima. Uno, como dice Sicilia, en el que se nos amputa la imaginación y dejamos de poder mirar al otro y reconocerlo. Nuestro tirano no es un hombre, sino una organización muy compleja de miles de caras y miles de voces, y es una que ensalza al poder como a un ídolo de ojos que nadie ni nada puede evadir. Y este poder, que tanto todos quieren y que tanto todos prueban en pequeñas medidas, especialmente imaginándolo todo el día entre los planes económicos y la codicia del progreso personal, nos atrapa aún más en la violencia de la que queremos escapar. Pensando en la severa acusación cínica del poderoso: hay casos que hacen parecer que acierta en lo que dice. Ya lo he escrito antes, cuando un narcotraficante o un político encuentra un fin muy violento, tanto o más que lo que él mismo solía propiciar a sus víctimas, muchísimos se pronuncian a favor del infortunio como si un gran bien hubiera venido de que un pobre hombre (y escribo pobre con todo propósito) haya terminado descarnándose así; pero cuando las noticias de los lujos con los que viven los narcos o los corruptos se propagan, estos mismos indignados se pronuncian a favor de los lujos con todas las ganas de tenerlos ellos. Con este constante pensamiento aprendemos a enfurecernos cuando alguien «de los nuestros» es lastimado, pero no ansiamos el bienestar, sino la retribución. Aprendemos a desear lastimar a «los otros» cuando no son «los nuestros», y además, mientras más tiempo pasamos dominados por esta combinación del horror que debilita el alma y la indignación que la ciega, más se achica el círculo de quiénes consideramos «los nuestros». No se puede ascender sin dominar. Nuestra tiranía es como las telarañas que más tensan su red mientras más se agita la mosca.

Estas palabras, «amputar la imaginación», si bien son dichas acerca de una realidad lamentable, me parecen por eso tan bellamente dichas. Porque un tirano, en la época que sea, debe poder hacerse insensible al sufrimiento ajeno; su dominio depende de ello. Debe obrar con crasa ceguera a la humanidad de los demás, si quiere ejercer su poder. Pero esta insensibilidad no es natural, y quizá más importantemente, no es deseable para nadie. No decimos de este dominio del horror que es «corrupción» gratuitamente, porque es menoscabo, pérdida, enfermedad. Es una amputación. ¡Pero vivimos como si lo único que impidiera nuestra corrupción fuera que no tenemos los medios para conseguirla! No se me ocurre cosa más triste que una educación que provoca a uno desear ser corrompido. Las palabras de los cínicos amantes del poder no se refutan con un discurso, se refutan en la vida: éste que estamos viviendo es su mundo, nosotros somos los hombres que viven de acuerdo a lo que ellos declararon que era lo más natural, lo más humano. Ya nadie habla públicamente con este cinismo, porque ahora a todos se nos ofrece la oportunidad de dominar. Si acaso «abolimos» la esclavitud, lo hicimos del peor modo posible: nos educamos para que todos seamos tiranos en la medida de lo posible, y para que gobernemos lo poquito que tenemos con horror, sufrimiento y un olvido enfermo de los demás.