Absolución

Sólo la pena de la penitencia libera al alma del peso de la culpa y del pecado. Ni el descaro del que se presume malvado, ni el olvido sobre aquellos a quienes se ha ofendido, lavan las manchas que nuestra maldad va dejando.

Es necesario saberse culpable, y también lo es saberse perdonado para cambiar de vía, para que la alegría se imprima en el rostro antes altanero, lloroso o enojado y para que el alma vea el peso enorme del que se ha librado. La tristeza no libera, por eso no basta con saberse malo, no es suficiente con enlutarse y dejar de hacer lo que hacen los malvados, porque la culpa no contiene la alegría de saberse salvo, ni contiene la esperanza de llegar a serlo un día. Cierto es que abre la puerta para verse rescatado, pero nos deja en el umbral de la alegría.

Sólo la absolución que recibe el alma conversa, es decir, la que se aleja de justificaciones en el presente, el futuro o el pasado contiene la alegría que da la fe, la esperanza de ser salvado y la caridad para perdonar y ser perdonado.

Maigo

Razones para sonreír

¡Ah! No me desampares, Señor Dios mío; no te apartes de mí.

Sal. 38,22

Mis faltas son tantas… sólo por recordarlas me duele el alma, si trato de enumerarlas mi lengua acaba pegada al paladar; y si contemplo lo que de mí ha resultado con esta vida de pecado, no veo más que huesos raídos y secos.

No es difícil darse cuenta de la necesidad que tengo: necesito el agua que da la vida, pero mis pesquisas son infructuosas, y no logro dar con el manantial. He caído en el pozo del pecado, y en mi soberbia intentado levantarme, sin más éxito que el de caer nuevamente y perder toda esperanza cifrada en mis fuerzas: la ausencia de palabras que me den consuelo, es lo peor de este infierno, el silencio es aterrador y la búsqueda de confort para mi ánimo sólo me ha dado sinsabores.

Despúes de mucho meditarlo: comprendo que no puedo sostenerme en pie por mí propio esfuerzo y veo que sólo de rodillas es posible mantener el equilibrio en medio de la obscuridad de este abismo. Sólo de rodillas alcanzo a ver hacia arriba, y mi sorpresa es grande… veo la mano del amigo, tendida y dispuesta para auxiliarme, veo sus labios sonrientes, capaces de reconocer mi miseria y de perdonar mi falta, veo al fin que todavía hay razones para hablar y sonreir.

Maigo.

Cenizas

La ceniza de mi arrepentimiento nutre en mi corazón la flor de tu pasión.
Maigo.

Santas Navidades

La santidad inicia en el corazón de quien reconoce el mal que en sí mismo habita, porque ese reconocimiento da lugar a arrepentirse y a cambiar el rumbo de una vida extraviada. El buen ladrón se salva porque se reconoce como pecador,  mientras que el mal ladrón se pierde al no sentirse necesitado del perdón de Dios y menos de pedir perdón al mundo. Pero santo también es quien vive sin mancha, cumpliendo en todo momento con su deber para con Dios antes que con los hombres, lo que exige recordar que su deber es amar y servir al hombre antes que a sí mismo y al prestigio que el mezquino pretende alcanzar mediante el reconocimiento público de todo lo que hace.

El pecador y el siervo siempre fiel a Dios pueden ser santos en tanto no olviden lo que son, y en tanto no dejen de ver en el otro a la imagen de quien siendo rey y creador del mundo se hizo hombre para nacer en una fría cueva y morir en el suplicio de una cruz.

Por desgracia para nosotros, el ruido de las campanas tañendo sobre las campanas nos lleva a olvidar que somos pecadores y nos conduce a pensar que somos merecedores de todos los bienes materiales del mundo, sin que se quede fuera el bien inmaterial que viene en el reconocimiento y la gloria de quien gusta sentirse bueno porque una sola vez al año se acuerda de quien materialmente tiene menos.

Impronta infantil

La inocencia se equipara con frecuencia a la falta de tamaño, se dice de los seres pequeños que son indefensos y que están libres de toda la carga que ha de soportar quien ya ha pasado por los martirios de la infancia; pero los microbios también son pequeños y no por ello son inofensivos, y la infancia está tan llena de trabajos y dificultades que mejor optamos por olvidar y recordar sólo las improntas que de ella nos convienen, así unos recordarán los momentos de risa, que no son tantos como se desea, pero que sirven para pensar en el pasado como lo mejor, y otros fundamentarán sus malas acciones en sucesos que de alguna u otra manera conviene recordar, pues con ellos justifican lo que hacen o dejan de hacer.

Tal pareciera que sólo los santos se libran de la falacia que es la impronta de la infancia, pues ellos son capaces de reconocerse pecadores, incluso desde pequeños, y de dirigir sus pasos hacia Dios sin depender de lo que con ellos pretendieran hacer las circunstancias.

 Maigo.

 

Para pensar un rato: Comparto a continuación la vida de Diofanto, hombre amante de aprender que viviera a mitad del siglo III de nuestra era.

Esta es la tumba que encierra a Diofanto.

¡Maravilla de contemplar!

Dios le concede la juventud por un sexto de su vida, después de otro doceavo la barba cubrió sus mejillas; después de un séptimo encendió la llama nupcial y después de cinco años tuvo un hijo.

¡Ay de mí! El mísero joven, a pesar de haber sido tanto amado, después de haber alcanzado apenas la mitad de los años de vida de su padre, murió. Cuatro años más, mitigando el propio dolor con la ciencia de los números,  vivió Diofanto, hasta alcanzar el término de su vida.

A propósito del buen ladrón

Dimas alcanzó el perdón de sus pecados unos instantes antes de morir. Padeció el mismo suplicio que Cristo, sintió las burlas de quienes acudieron a la ejecución de dos ladrones y un justo, y reconoció en el sufrimiento del justo al mesías que traía la salvación para todos aquellos que eligieran la vida justa. Dimas ya no podía enmendar sus males, como muchos de nosotros tampoco podemos hacerlo; pero alcanzó el perdón y junto con él el reino de los cielos.

Muchos juzgarán a la ligera al buen ladrón considerándolo el más indigno de salvación, porque tras una vida de tropelías y pecados, muchos de ellos seguramente mortales, alcanzó el perdón y el reino de los cielos. ¿A qué se debe la gracia especial que logra este buen ladrón?, ¿será al arrepentimiento tardío que malamente se puede interpretar como para afirmar que se puede hacer en vida lo que sea mientras haya posibilidad de pedir gracia al final de la misma? La negativa salta inmediatamente, pues la vida del buen cristiano incluye lo que se hace día a día.

Pero, el arrepentimiento de Dimas le vale la salvación, ¿por qué se salva el buen ladrón?, si nos fijamos en él será más fácil entender cómo es que consigue el perdón y la gracia. Dimas, al final de su vida defiende al justo y lo reconoce como tal, y al hacer esto ve lo que él mismo ha hecho con su vida como para aceptar humildemente el suplicio que bien se ha ganado, se sabe ladrón y se sabe perdido, y ruega al mesías por ser encontrado.

Dimas tuvo fe, vio la salvación que muchos no vemos, y al alcanzar la gracia de Dios dejó encendida la llama de la esperanza para quienes, como buenos ladrones, reconocen que lo mejor es ser justos sin importar cuánto tiempo resta de vida.

Maigo.

Antojo

Irresistible es,

cual pecado, que busca

ser ya saciado.