Escribir en el infierno

No es fácil escribir desde el infierno, las musas no suelen visitarlo, las erinias rodean al condenado y la locura consuela al desgraciado.

En el vientre del infierno todo arde: los ojos por la envidia son cegados, los miembros por la pereza mutilados y los oídos por la soberbia son sellados; el goloso su lengua ve inutilizada, hablando con palabras melinfluas se le pega; el vanidoso al espejo se encadena y se compara perdiendo su belleza; y ya ni hablar del avaro tiene caso, economía se pide en las palabras: pocas quedan sin culpa o sin mancha, pocas quedan sin haber sido violadas.

No es fácil escribir desde el infierno, aquí se está vivo y al mismo tiempo muerto, se es libre siendo esclavo en el averno y en la locura se disfruta todo esto. Nunca es fácil escribir desde el infierno, pues las musas nunca vienen porque es imposible afirmar que es bello lo que a todas luces es horrible.

Maigo.

Sino sombrío

Sentada siempre sola, solitaria se sentía. Sufría saboreando su soledad supurante: seguido secaba sendos senderos salados. «¡Sal, solecito!», susurró suavemente. «Síguenme sigilosas», suspiró señalando siete sombras sádicas. «¡Sálvame!», suplicóle sudorosa. Su solecito salió, surcando semejantes sombras sin separarlas: solapábalas solamente. Socorro sintióse sumamente sola sopesando su situación sin salida. Simplemente sucumbió: sofocáronle silenciosamente sus sombras. Su solecito sólo sonrió.

Hiro postal

Ciega Caridad

Pero llegó cerca de él un

samaritano que iba de viaje,

lo vio y se compadeció. Se le

acercó, curó sus heridas con

aceite y vino y se las vendó.

Después lo puso en el mismo

animal que él montaba,lo

condujo a un hotel y se

encargó de cuidarlo.

Lucas. 10, 33-36.

Caridad es una virtud teologal, y en tanto que virtud es un hábito, nadie es caritativo por atender una sola vez en su vida a las necesidades del prójimo, es decir, es una actividad constante y como tal nos lleva a actuar en concordancia con ésta, de modo que se contrapone con los actos que desatienden el bienestar de aquellos que son próximos a nosotros; desatención que se puede encontrar en los pecados capitales.

Si hay un pecado capital que nos conduzca a desear el mal para el prójimo, y de paso a desatender su bienestar, ese es la envidia, pues ésta se caracteriza por ver con malos ojos a lo que el otro es y tiene, ese ver mal, nos lleva a pensar que el envidioso no es capaz de ver con claridad ni al otro, ni a sí mismo[1].

Si aceptamos que la caridad es contraria a la envidia, y que ésta se caracteriza por ver mal, es decir, con ojos enfermos al envidiado, lo más natural es esperar que de la caridad se diga todo lo contrario, es decir, que el hombre caritativo se distingue de los demás por su capacidad para ver con ojos saludables al otro, salud que le permite darse cuenta de lo que es ese otro, y de las necesidades que como ser humano tiene. Pensando de esta manera a la caridad, resulta que el hombre caritativo conoce al otro, y en cierto modo sabe hasta qué punto es bueno ayudarle a cubrir sus necesidades, de modo que no termine por hacer un mal mayor o deje de ver las carencias y necesidades propias.

Pero, constantemente escuchamos que la caridad en realidad se caracteriza por “hacer el bien sin mirar a quien”, o que una persona es caritativa por dar limosna a cuanto ente se encuentra en su camino, sin juzgar a quien está dando dicha limosna, no importa si el limosnero ocupe aquello que se le da para cubrir alguna necesidad inmediata, como podría ser el alimento, o para mostrar a la sociedad que trabaja por el beneficio de todos, como podría ser el caso de algunas instituciones que se dedican a juntar fondos para los miles de seres humanos a los que pretenden ayudar sin siquiera conocerlos.

Ante estas ideas tan contrarias respecto a lo que es la caridad, sólo podemos reflexionar para ver si la virtud teologal de la que se habla en los evangelios y en los textos religiosos es la misma que aquella de la que echan mano los limosneros, y en caso de ser la misma, nos falta ver por qué es contraria a la envidia.

En un primer momento parece que la caridad ciega, es decir, la que hace el bien sin mirar a quien lo hace, sí es contraria a la envidia, pues el envidioso parece incapaz de dar algo al otro, aunque esta incapacidad del envidioso bien puede deberse a la carencia del mismo, la prueba está en que también hay pobres envidiosos, es decir, también hay personas que carecen de ciertas cosas y que ven con malos ojos a los demás, aún cuando éstos sean igual de pobres que aquellos.

Si vemos a la caridad desde este punto de vista, parece que ésta consiste más bien en ofrecer al otro lo que éste necesita, aún cuando el precio a pagar sea que el hombre caritativo se desprenda de todo, incluso de lo que magramente puede ayudar a su subsistencia, tal y como lo hizo cierta viuda al ayudar al profeta Elías, es decir, privándose de la poca harina y aceite que quedaban tanto para ella como para su hijo y usarlos para alimentar al extraño que había llamado a su puerta.

Pero esta manera de ver a la caridad, es decir, de tomarla como una actividad que se hace a ciegas, implica que el hombre caritativo, no sólo se priva de lo que tiene, sino que lo hace porque no puede ver ni lo que tiene y es ni lo que le hace realmente falta al otro, es decir actúa sin sentido. Además este actuar a ciegas, no es contrario al actuar del envidioso, quizá hasta es peor, pues quien a ciegas ayuda no sabe si lo que está haciendo es realmente un bien o un mal, de modo que este tipo de caridad no puede ser entendido propiamente como una virtud, porque al andar a ciegas podemos fácilmente caer en el vicio.

Ahora pensando en que la caridad sí exige ver las necesidades del otro y nuestra capacidad para ayudarle a cubrir dichas necesidades, bien podemos pensar que lo que hace la viuda que ayuda al profeta a seguir con vida, no es en realidad un acto de caridad, es más bien el resultado de su incapacidad para ver lo que pasará si comparte lo poco que tiene.

Pero no podemos juzgar tan a la ligera el acto de esta mujer, la cual no sólo acaba siendo calificada como una mujer caritativa, sino como una mujer piadosa. Así pues, para no juzgar tan a la ligera aquellos actos que por caritativos parecen más bien el resultado de un descuido, hemos de ver qué más hay en la caridad como virtud teologal.

Si bien la caridad se aprecia en la ayuda que da el caritativo a su prójimo, no podemos dejar de lado que dicha ayuda proviene de la capacidad de ver al otro como un igual que  necesita dicha ayuda, y que esta capacidad de ver al otro como igual deviene de la consideración de que todos somos hermanos, es decir, somos la misma carne, y como hermanos nos conocemos al grado de ver qué es lo que realmente ayuda o perjudica al otro en la medida en que el caritativo da.

Tomando en cuenta esta hermandad que supone la caridad, podemos ver que la misma no ésta presente cuando el caritativo ayuda por temor al castigo de aquel que ha mandado ayudar o esperando una recompensa a cambio (San Basilio), en ese sentido vemos que la caridad es desinteresada, es decir, no ve a quien ayuda esperando librarse de un castigo o anhelando la imposibilidad de que se le niegue un futuro favor que le pueda prestar más adelante el ayudado. Este desinterés hace de la caridad un acto amoroso.

Y como acto amoroso, la caridad se hace presente en aquellos que aman a su prójimo porque lo reconocen como tal, reconocimiento que se desprende del conocimiento previo, pues a ciegas no es posible auxiliar al hermano, entre desconocidos no hay hermandad, la viuda ayuda al profeta porque lo reconoce como hombre de Dios, y el samaritano auxilia al hombre herido porque lo reconoce como hombre, aún cuando éste sea su enemigo por tradición, y ve exactamente qué es lo que necesita, en tanto que está herido, no más.

Pensando en esto, podemos ver que la caridad sólo puede presentarse donde hay una comunidad, es decir donde hay algo que sea común al caritativo y al menesteroso, y eso común sólo se puede apreciar cuando vemos con claridad lo que es el otro y lo que efectivamente necesita, de modo que no puede haber una caridad a ciega, si es que consideramos que ésta es efectivamente contraria a la envidia, ni tampoco puede haberla si no existe propiamente una comunidad.


[1] Respecto a la envidia, el lector puede revisar mi escrito anterior publicado en este mismo Blog.

De humildes y mojigatos

Hace algunos días hablé sobre una actitud humana de la que se dice es la madre y raíz de todos los vicios, me refiero a la soberbia, la cual fundamenta a cada acto en el cual el hombre pretenda ser más que los demás, ya sea porque sea mejor en hacer algo o más bien porque sienta que lo es.

Ahora, en un intento por esclarecer la idea de que un acto conduce al hombre a muchos más, me aventuro a hablar sobre aquella virtud que siendo contraria a la soberbia, es considerada por algunos pensadores como la madre de todas las demás virtudes, me refiero pues a la humildad, esa virtud muchas veces confundida con la mojigatería o con una debilidad que ha causado innumerables daños al hombre que busca ser verdaderamente virtuoso al superar lo que ahora es.

Así pues veamos de cerca a la humildad para ver en primer lugar si merece el nombre de madre de todas las virtudes, y en segundo, si es o no nociva para el hombre, en tanto que exige la moderación del apetito desenfrenado de la propia excelencia.

Cuando hablamos de humildad, por lo general entendemos dos cosas, que humilde es aquel que no posee muchos recursos económicos, de modo que se ve limitado en lo que se refiere a la obtención y disfrute de bienes materiales y de lujos; y que humilde es aquel que no presume sus méritos al tiempo que es capaz de reconocer sus defectos y errores, es decir, que no se presupone como superior a los demás debido a que ve que al igual que los otros puede errar.

Debido a que la humildad se relaciona con la carencia, ya sea de recursos materiales o de presunción, es que ésta se puede llegar a confundir con aquello que es poco elevado y hasta insignificante, al grado de que el humilde no es digno de nuestra más mínima atención, contrario a lo que ocurre con el soberbio, pues éste no sólo cree ser digno de nuestra atención, sino también de todo nuestro tiempo.

Esta confusión entre lo humilde y lo insignificante, nos puede conducir a perder al humilde de vista y a colocar en su lugar al mojigato, el cual exagera sus limitaciones al grado de justificar su inactividad bajo una capa de modestia, así pues mientras que el humilde reconoce que no puede escuchar música y freír un huevo al mismo tiempo, el mojigato afirma que no puede hacer ninguna de las dos actividades antes mencionadas hasta que no cuente con un espacio liberado mediante una revolución, llevada a cabo por los demás, para poder escuchar música y otro espacio que sirva para freír sus huevos.

Pero, dejemos a un lado la mojigatería y regresemos a la humildad, viendo de cerca cada una de las dos acepciones que tenemos respecto a esta virtud, podemos reconocer que ambas tienen como punto de contacto el reconocimiento de las propias limitaciones, aquel que es humilde porque no tiene, sabe que es lo que sí posee, y también es consciente de aquello a lo que puede aspirar; de la misma manera aquel que no presume sus méritos y es capaz de reconocer sus defectos, sabe qué es lo que sí puede hacer, pero al mismo tiempo reconoce que no es todo poderoso como para crear todo el mundo con tan sólo pensarlo.

Este reconocimiento de los límites, necesariamente exige el conocimiento de los mismos, conocimiento que no se presenta cuando no hay interés en ver lo que realmente somos y dónde estamos parados, por ejemplo, un cristiano conoce sus límites, de modo que es capaz de reconocer que no es Dios, y puede vivir sin la búsqueda constante de alabanzas, títulos y recompensas. Por el contrario, alguien que se siente el Rey de todo el mundo, no puede reconocer sus errores sin hacer una tragedia de ello.

Así pues, considerando que el humilde lo es porque se conoce al grado de reconocer sus limitantes, y junto con ello lo que sí puede hacer, es que nos conviene aventurarnos a explorar si la humildad es o no la madre de todas las virtudes. Como hemos venido hablando de pecados capitales y de aquellas virtudes que les son contrarias, limitaré la breve exposición que hago ahora a aquellas virtudes que se conocen como espirituales, para ver si éstas son o no independientes de la humildad.

Las virtudes espirituales son, además de la humildad, la castidad, la templanza, la generosidad, la diligencia, la paciencia y la caridad, y estas seis no pueden hacerse presentes si no se ha reconocido que Dios es mayor que el hombre, es decir, si no se reconocen los límites que tiene éste en tanto que es una creación divina, al igual que los demás, por ejemplo, si alguien no es capaz de reconocer que el otro también tiene dignidad como ser humano nunca podrá ser generoso, caritativo, o paciente con los demás, además si hay desconocimiento respecto a los límites de la propia acción, tampoco hay posibilidad de que se presente la castidad, la templanza o la diligencia, además de que se corre el riesgo de que la generosidad devenga en despilfarro de lo poco que se tiene.

Por otra parte, pensando en la humildad como una acción que depende del conocimiento de uno mismo, en tanto que el hombre puede reconocer sus límites, vemos que tampoco pueden presentarse las otras virtudes antes mencionadas, pues aquel que no sabe qué es lo que sí puede hacer se ve arrojado hacia el abismo de los excesos, pues la generosidad puede devenir en despilfarro, o la diligencia en el deseo exagerado de trabajar aún a costa de la propia salud o la templanza bien puede confundirse con el matarse de hambre, la paciencia y la caridad también pueden confundirse con excesos que no sólo hagan daño a quien se cree paciente o caritativo sino a la comunidad por entero, pues de la paciencia en exceso puede devenir la indiferencia respecto a ciertos actos, y de la caridad puede desprenderse el solapar a la flojera de otros tantos.

Tomando en cuenta lo anterior, podemos ver que la humildad es una virtud que permite una vida saludable en comunidad, pues al contrario de lo que ocurre con el soberbio, el humilde trabaja tomando como punto de partida el conocimiento que tiene de sus límites, el cual lo lleva a reconocer la valía de los demás, no tanto porque los necesita para vivir, sino más bien porque de alguna u otra forma son sus iguales.

Este reconocimiento de la igualdad entre humildes es lo que hace que esta virtud sea catalogada como una muestra de debilidad, pues tal parece que aquellos que pueden tener más valía que el resto de los demás se ven sumergidos en la mediocridad que implica reconocer al otro como alguien igualmente digno; pero, lo que no han visto aquellos que critican a la humildad de esta manera es que la igualdad que reconoce el humilde en los otros no obliga al que se destaca por hacer mejor lo que hace, a dejar de ser mejor, al contrario, pues dejar de hacer más que humildad es soberbia, porque el humilde reconoce la importancia de su acción para el bien de la comunidad, el soberbio, en cambio, puede llegar a considerar que no lo merecemos, así como tampoco merecemos lo que él pueda hacer.

Maigoalida de Luz Gómez Torres.

Soberbio…

SOBERBIO…

“Es más fácil escribir contra la soberbia que vencerla”

Francisco de Quevedo y Villegas.

La soberbia es considerada uno de los siete pecados capitales, y en algunos casos es vista como la raíz y madre de todos los pecados, se dice que el primer pecado, el cometido por Adán y Eva, fue el resultado no sólo de la tentación de la serpiente, sino de la soberbia de quienes accedieron a comer el fruto prohibido, esperando con ello ser como dioses y conocer el bien y el mal[1]. También se dice que la soberbia es, de entre todos los pecados, el que más atenta en contra de la vida comunitaria, la comunidad puede perdonar al ladrón, pero el soberbio queda condenado por su carácter a una vida aislada y solitaria, teniendo, a final de cuentas, que aguantarse a sí mismo.

Todo esto que se dice sobre la soberbia, y el resto de los pecados capitales, tiene sentido cuando se acepta abiertamente la creencia en un Dios creador, cuando la virtud consiste en una disposición habitual y firme a hacer el bien, misma que emerge de la guía que dan a nuestros actos la razón y la fe[2]. Pero, en un mundo sin fe, o más bien sin la capacidad para aceptar dicha fe, ¿todavía cabe reflexionar en torno a la soberbia?

Lo más seguro es que sí, pues aun pensando en la soberbia como algo que se da independientemente de la fe en un Dios creador, ésta no deja por ello ser una actitud humana, y como tal, algo que repercute de alguna manera en la vida de la comunidad. Teniendo esto en mente, tratemos de decir qué es eso a lo que llamamos soberbia y cuáles son las implicaciones que tiene la presencia de la misma en la vida comunitaria.

La soberbia es normalmente definida como la altivez o el apetito desordenado de ser preferido a otros, lo cual conlleva a la satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás, es decir, es la altivez y arrogancia del que por creerse superior desprecia al resto[3]. Fundamental para entender qué es la soberbia es que nos detengamos un momento en el último aspecto enunciado en la definición común, la soberbia es la arrogancia de quien se cree a sí mismo superior a los demás.

Quien se cree superior a los demás, bien puede hacerlo por dos causas, porque efectivamente lo sea, un carpintero es mejor que un aprendiz en la ejecución de su arte, o porque no es capaz de ver sus propios límites, es decir, no reconoce en qué puedan ser mejores que él los demás y no tiene la más mínima disposición para hacerlo, su principal característica es su terrible apetito por alabanzas, apetito que conduce al soberbio a sentir envidia de aquellos que son alabados en lugar de él.

Respecto a estas dos posibles causas, tal pareciera que la primera tiene razón de ser, pues tiene derecho a presentarse como mejor el que es efectivamente mejor para hacer aquellas cosas en que destaca, sin embargo, el problema con aquel que se sabe mucho mejor que los demás en la realización de algo, radica cuando ese conocimiento deviene en el desprecio de los demás, por ejemplo, el Universitario que se sabe mejor que el resto de los mortales porque ha reflexionado respecto a lo que es lo justo y lo injusto y desprecia a todos aquellos que no demuestran mediante miles de títulos que ellos también han reflexionado, claro suponiendo que el primero efectivamente sea el mejor reflexionando.

En este caso, el desprecio que muestra el soberbio sobre lo que los otros puedan llegar a aportar en la elaboración de su arte, conduce al mismo a su vez a ser despreciado por la comunidad, ésta lo toma en cuenta, pero sólo para obtener lo que necesita de él, y nada más, el soberbio es incapaz de tener amigos virtuosos, porque para la amistad se requiere de igualdad, y esta no es posible en la mente del soberbio, un excelente universitario no podrá ser jamás amigo de sus vecinos no-universitarios, porque estos no son iguales que él en la más excelsa de las virtudes, la posesión del conocimiento.

Por otro lado, encontramos a quien es soberbio porque no es capaz de reconocer sus propios límites, de modo que sólo cree que es mejor que los demás sin realmente serlo, este modo de ser del soberbio, más parece vanidad que soberbia, pues es una gloria vacua de todo lo glorificable lo que alimenta la altivez del soberbio, en este caso el vanidoso siente que el mundo no lo merece sin tener merito alguno, este vacío respecto a lo que es presumido por el vanidoso, hace mucho más insoportable al soberbio, el primero al menos aporta algo a la comunidad, su hacer en lo que es mejor, el segundo, no da nada, y al ser insoportable e inútil es confinado a las soledades de su ser vacío, cayendo con esto en un terrible infierno en vida, donde no queda nada más que el llanto silencioso.

Ante este panorama, tal pareciera que la soberbia efectivamente es, fue y será algo bastante nocivo para la comunidad, sin embargo, aún no hemos considerado que en su origen la soberbia (superbǐa) también es un orgullo noble, es decir, es el orgullo de saberse mejor en algo, sin que ello implique necesariamente el menosprecio de los demás en otros ámbitos de la vida, así pues, la soberbia era el orgullo que sentían los patricios de serlo, orgullo que los distinguía siempre de los plebeyos y que les impedía mezclarse con ellos para ciertas cosas, pero que no los hacía olvidar lo necesario de los mismos para otras.

Aún cuando estuviera presente el orgullo noble, que es la soberbia, en el campo de batalla, no hay lugar para distinciones, el que es valiente destaca del resto sin que importe su origen noble o plebeyo; sin embargo fuera del campo las distinciones entre ambos condujeron a que los patricios se consideraran siempre mejores que el resto para gobernar y decidir sobre lo que convenía a toda la ciudad, lo cual siempre trajo diferencias entre los miembros de la misma, y junto con ello bastantes guerras intestinas.

De lo anterior se desprende que, ya sea como un apetito desordenado o como un orgullo noble, lo que sí es claro es que la soberbia impide el sentimiento de igualdad, tan necesario entre los miembros de una comunidad, en especial cuando se pretende que ésta lleve una vida en la cual efectivamente el trabajo de todos los miembros sea llevado a cabo en función del bienestar del todo al que estos pertenecen, es decir, si se pretende tener una comunidad que funcione con la unidad que caracteriza al cuerpo humano, la soberbia es una actitud que impide que se de dicha unidad.

Después de todo, bien podríamos concluir por el momento, que la soberbia sí es raíz y madre de otros tantos vicios que conducen a la destrucción de la vida comunitaria, independientemente de si la comunidad es capaz o no de aceptar que cree en un Dios creador, aceptación que deja ver que contra la soberbia se enfrenta la virtud de la humildad, la cual no exploro aquí porque sale de los límites planteados para la presente reflexión.


[1] Cfr. Gén. 3, 5.

[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia católica. 1803 y 1804

[3] Cfr. La entrada del DRAE para soberbia.