El lago apacible

Despertó. Pero volvió a ver lo mismo que el día anterior: el buró del lado derecho donde dejaba su celular, llaves, bebidas, tarjetas; enfrente tenía el clóset con su ropa estrictamente ordenada junto con sus siete pares de zapatos para toda la semana; la pared decoraba su lado izquierdo, que regularmente evitaba por miedo a golpearse. Sentía que no despertaba, pero después del chirrido de su alarma no podía volver a dormir.

Todos los días caminaba hacia el mismo pasillo que lo llevaba al elevador, luego al sótano y ahí tomaba su coche. Podía contar cada paso que daba hasta subir a su coche, de no ser porque eso lo hubiera deprimido aún más. Al llegar a su trabajo el edificio lucía como siempre. Llegó a la misma entrada de todos los días y fue engullido. Adentro las cosas parecían diferentes. Había querido ver algo distinto durante mucho tiempo. Se imaginaba que un temblor despertaría a sus compañeros y podrían hablar de asuntos humanos, cosas que los distinguieran, que no fueran las mismas pláticas que todos devoran y desechan en todas partes. Imaginó un temblor y cómo verían sus vidas con esa consciencia que da el sentirte en peligro, el ser consciente de lo ya hecho y lo todavía por hacer. Pero el temblor pasó. La gente se conmocionó, pero al día siguiente parecía que nada había pasado. Todos querían volver a la normalidad. Todos se aferran a la normalidad. Incluso él; le daba miedo que algo estuviera pasando. Le dijeron que no era lo más conveniente permanecer en las oficinas y le dieron el día libre. Como nadie sabía qué hacer con un día libre en horario de trabajo, todos se quedaron platicando afuera. Hubo algunos que intercambiaron ideas; inclusive algunos estaban haciendo juntas en la banqueta. De repente él sintió un estremecimiento. Algo vio en todo ello y decidió irse a otro lugar.

Fue a un parque que visitaba cada que podía, aproximadamente cada mes. Le gustaba todo ahí. Sus numerosos y altos árboles, los niños animando cada parte del lugar, las bancas que parecían más troncos que se habían caído accidentalmente que obra de la técnica humana, aunque lo que más le gustaba era ese apacible y extenso lago. Le gustaba mirarlo por horas enteras. Le habría gustado dibujarlo, si pudiera hacerlo, escribirle un poema, pero ni siquiera sabía diferenciar un verso de una estrofa; algo debía hacer para expresar lo que sentía. De repente saltó al agua la rana. Tan rápido, que ni siquiera supo por dónde vino, ni siquiera si pasó por una serie de saltos previos para acabar ahí. Imaginó a la rana salir de sí. Puso atención a la estela del salto y por fin pudo sonreír.

Yaddir

Artificios

¡Sálvese quien pueda! Gritó antes de pegar un salto de la cubierta del barco que se encontraba en el ala oeste del museo de antropología. Era viejo, y había causado mucho ruido por haber sido reconstruido dentro del lugar en muy poco tiempo. Fue una pena que todos los niños, mujeres y ancianos, supieran al escuchar el alarido de aquél hombre, que toda la esperanza se había perdido: el salón se inundó en un mar de fuego antes de que pudieran salir de allí con vida. A pesar de que la versión oficial de los medios de comunicación fue la más aceptada, ésta fue errónea. El incendio que consumió el museo de antropología no fue provocado por el hombre que dio el grito de alarma. La catástrofe ocurrió cuando una rata mordió un cable de la instalación, creando así, un corto circuito y muriendo electrocutada al instante.

La Última Historia

Lo mejor de todo el mundo había pasado ya y no regresaría. Él lo sabía muy bien, lo contemplaba en los anales de los grandes logros de la civilización y en la confianza que tenía en que había allí grandes cosas. Era confianza, o tal vez fe, porque era inverosímil que mirara cada hazaña registrada desde que se tenía memoria. Muchas de las cosas hechas y después guardadas para la posteridad se quedarían allí sin que nadie más las viera nunca. Él era el último hombre vivo en la Tierra, enfermo por la última peste, aterrado por el silencio mortuorio, y listo para registrar como el último de toda la especie la vida humana definitiva en estos grandes archivos. Desde hacía dos siglos se había iniciado esa tradición, y todo hombre escribía un breve registro de sus hazañas de consideración así como antes escribían testamentos, de manera que la historia estuviera siempre presente. Después de cerca de cuatrocientos años de haberse querido tomar en serio a la historia, se habían percatado de que no había sido aún suficiente, y que el único modo de saber bien siempre todo lo que ha pasado para resguardarse de los errores anteriores era que cada hombre escribiera su peculiar entrada en ese amplísimo registro. Cada vida humana tiene alguna peculiaridad, pensaban, que no puede pasársenos por alto cuando estudiamos a la humanidad y sus movimientos en el tiempo. ¿Cómo prevenirse de todo si no se conocen todos los posibles caminos? Ahora, la humanidad tenía conocimiento compartido, sabiduría constatable. Ahora podían estar seguros más allá de toda duda imaginable de que esta plaga ahora sí acabaría con todo. Él, el último, sabía que por miles de años las personas temieron a la muerte, y sabía de por lo menos una docena de casos en los que civilizaciones creyeron que el mundo se terminaba teniendo por pruebas las terribles marcas de la enfermedad. Hubo quienes corrieron a los templos a arrojar oro para apaciguar a los dioses y aun así murieron creyendo que nada seguiría; hubo quienes rezaron en conjuntos con ojos cerrados llorando de piedad, y murieron de igual modo; quienes sacrificaron a sus propios hijos sobre altares de piedra ennegrecida; quienes se arrojaron al mar a calmar su insaciable sed; quienes no sabían ya a qué templo acercarse o a qué cielo rogar. Hoy, sabía muy bien él, el mundo seguía y había seguido muchos años más, pero éste era el último. Todo lo que conocía se podía leer allí en las largas cuentas de las vidas. Pero cuando estaba a punto de sentar su registro, se detuvo. No fue el dolor de la plaga, ni el temor al final. Se dio cuenta, muy tarde tal vez, de que la historia ya no tenía sentido.

La plaga

Al principio, nadie solía notarlas vagabundear por la casa. Andaban de par en par, muy pegaditas una a la otra, y con ese tamaño tan diminuto era imposible distinguirlas de una basurita cualquiera. Después comenzaron a salir en grupos más grandes: cinco, siete o hasta diez integrantes en cada expedición, pero nada que llamara seriamente la atención. Nuestros encuentros con ellas eran escasos y cuando eso sucedía no hacíamos más que sacarlas de nuevo al jardín a donde pertenecían, o al menos eso creía entonces…

Comenzamos a extrañarnos cuando nuestros lugares de encuentro dejaron de ser los usuales: pasaron de estar presentes en los marcos de las puertas o en las plantas apostadas en la entrada para aparecer en el baño, los dormitorios o la sala de estar. ¿Qué carambas hacían caminando adentro de la casa y tan lejos del jardín? Estaba bien que estuvieran en busca de comida, pero en todo caso tendrían que estar marchando hacia la cocina y no escalando el lavabo del baño del piso de arriba…

Sin embargo, ellas captaron definitivamente nuestra atención cuando no sólo continuaron visitando estos lugares inusuales, incluyendo la cocina, sino cuando dejaron de ser cinco, siete o diez para volverse un ejército de treinta, cincuenta o cien, y para entonces fue demasiado tarde: las hormigas se había convertido en plaga. Cientos y cientos de ellas caminaban en fila india a lo largo de dos grandes hileras interminables que bordeaban los marcos de las puertas y ventanas, las esquinas cuanta habitación hubiera en la casa y las superficies de las mesas o cualquier otra superficie lisa en la cual pudieran caminar.

Arrasaban cada noche con la alacena y aprovechaban para hurgar todos los botes de la basura. Los baños, por su parte, no se quedaban atrás e investigaban la bañera, el lavabo y el retrete con sumo cuidado sólo por si las dudas. Aunque en un principio mi mamá nos prohibía matarlas, llegamos a un punto en el que ni ella podía cumplir su palabra. Simplemente, intentamos de todo: remedios caseros, plaguicidas, ahogamiento y nada, absolutamente nada era capaz de detenerlas.

¿Marabunta? No, tampoco era para tanto; no obstante, después de tantos y numerosos fracasos por sacarlas de nuestro hogar, comencé a pensar si no eran ellas las que justamente querían sacarnos de su hogar. Después de todo, ellas ya se encontraban en ese terreno cuando comenzaron a construir la casa que nosotros habitamos y sin duda ellas habían anunciado sus intenciones de mudarse poco a poco, a diferencia de nosotros que un buen día llegamos con todas nuestras cosas a instalarnos en aquel lugar para ya nunca abandonarlo. A ojos de ellas, éramos los extraños que habíamos invadido cínicamente su hogar y, a pesar de todo, habían tenido la decencia de no corrernos… hasta ahora.

Al parecer, era tiempo de recurrir a la fumigación para deshacerse de nosotros, la verdadera plaga…

Hiro postal

Sabiduría popular.

Así lo hizo Aarón, y salieron tantas ranas que cubrieron todo el país de Egipto. Los brujos de Egipto hicieron lo mismo, y también hicieron salir ranas por todo Egipto.

Ex 8:2,3

Tener fe en que la cura para un mal proviene de la fuente del que el mismo mal emana es algo muy común, si no fuera el caso no se citaría con tanta frecuencia aquel dicho que reza que un clavo saca a otro clavo, y menos se le tomaría por cierto. A veces parece que hay ciertas experiencias que muestran que la entrada de un clavo en un tabla efectivamente ayuda a la salida del mismo, en lo que no se fijan esas experiencias es el estado de la tabla una vez que ya se han extirpado los clavos no deseados.

Me perece que un buen sitio para ver qué tan efectivo es el remedio tan comúnmente visto como una panacea es el periódico, y no estoy pensando en la secciones de sociales o espectáculos, donde se nos dice quién anda con quién y cómo es que algunas personas morales y decentes hacen para olvidar sus penas de amores;en realidad estoy pensando en las diarias imágenes que vemos sobre cómo es que se pretende curar grandes males con esos mismos males.

La guerra contra el narco, ha mostrado que se pretendió curar la violencia mediante el uso de más violencia, que se pretendió borrar la mancha que dejara la sangre derramada por tanto tiempo con un río de sangre que si bien ha durado menos, no por ello carece de abundancia.

Ahora, resulta que la sangre no se borra, que deja su huella en todas partes, que hasta en el aire se percibe, por lo que es necesario tapar su aroma desagradable a como dé lugar, y la lógica de los clavos nos dice que para tapar un olor desagradable hace falta otro mucho más desagradable, o al menos capaz de hacernos olvidar el aroma anterior.

Pensando en la necesidad de olvidar el dolor y el olor de la sangre y de la pólvora que hasta ahora inundan el ambiente es que tiene mucho más sentido pensar en lo ventajoso de legalizar a las drogas. Pues hacerlo será clavar un clavo en el sitio donde ya había otro, sería curar el mal causado con un mal mayor, con un mal que nos haga olvidar el carácter maligno del pasado, y que nos haga ver con una sonrisa que todo tiempo pasado fue mejor.

Maigo