Ausencia de mí mismo.

Inventaré la ausencia de mí mismo
Para que ni si quiera el recuerdo me recuerde
Y sin que lo sepa nadie, seré la noche
Lo mismo que una luna, la luna que lo mismo.

Sin que lo sepa nadie, ni yo mismo
De mi noche llorarán estrellas
De mi nada quedarán las huellas
Inventando la ausencia de mí mismo.

Si me olvido del recuerdo
Brota en mí una luz de destellos plenos
Y sin si quiera yo saberlo
Los colores de un alma se hacen nuevos
Y nuevo es cada instante eterno
Y eternos son los ojos que lo vieron todo…

Eros y poesía (cuento cursi llamado también «Historia a la francesa»)

Por: Raïssa Pomposo

Hélène solía sentarse al pie de un árbol todas las tardes antes de salir a caminar. Pasaba sola muchas horas y podía ser feliz tan sólo con escuchar el canto de un pájaro y cerrar los ojos. Era una mujer de pocas palabras y no todos se acercaban a ella debido a su silencio, sin embargo, aquel que se atrevía a arrojarse al misterio de su persona, quedaba prendado de su encanto y delicadeza.

Hélène era sencillamente bella, su mirada marina penetrante vestía su rostro entero. Sus labios parecían sangrar corrompidos por el divino rojo extendido en sus mejillas. Su piel remitía al blanco de la luna y su cabello a la obscura noche. Sus rizos temblaban con el viento rozando a penas sus largas pestañas. Pero sus manos, sus manos eran pequeñas medusas brillantes bañadas en leche. Sus dedos tocaban las teclas de un piano viejo, aunque bien cuidado, que pertenecía a su abuela materna, quien era pianista profesional y le dio a Hélène las mejores lecciones de piano que jamás pudo haber tomado. Acariciando nota por nota con cada toque, sus manos y toda ella se conviertían en expresión del éxtasis.

Cada mañana adornaba su delgado cuerpo con ropa sencilla pero elegante; cuando planeaba salir, no dudaba en ponerse algún vestido con zapatillas cómodas y femeninas, cubriendo sus manos con elegantes guantes de encaje, pero tan pronto llegaba a casa se quitaba las zapatillas y caminaba descalza por la alfombra.

Desde la muerte de su madre no se cuidaba de guardar el aspecto femenino a toda hora, pues sólo cuando los dedos de la sociedad dirigen sus dardos hacia ella, es cuando Hélène los esquiva haciéndose pasar por una mujer más, pero ella sabe muy bien que su alma esconde más riquezas.

Hélène sabía que a pesar de disfrutar sus libros, la música y la naturaleza, necesitaba llenar un vacío inexplicable en su vida: le faltaba la compañía de alguien más. Cuando caminaba por los caminos boscosos de sus rumbos, veía pareja tras pareja expresando algo que Hélène no entendía, ella simplemente se preguntaba “¿Qué se sentirá el toque de un beso?”, y después se olvidaba del tema y seguía su camino. Muchos hombres han intentado penetrar en la vida de Hélène, pero ninguno la ha cautivado, y ni siquiera lo ha deseado.

Un buen día decidió dejar sus libros en casa y salir tan sólo a dar una vuelta. Cuando estaba a punto de regresar a su casa, vio que acababan de abrir una tienda que vendía todo tipo de ropas femeninas, así que dobló a la derecha y se dirigió hacia ella. Entró pero ningún vestido llamaba su atención, así que cuando iba saliendo levantó la mirada y vio que enfrente de ella había una tienda de trajes para caballero. En el aparador se encontraba un traje negro de corte francés con una camisa blanca tipo italiano y un chapeau melon. Sus ojos se iluminaron y se sintió fuertemente atraída por él, cruzó la calle y decidió comprarlo.

En cuanto llegó a su casa se puso el traje y se vio en el espejo, Hélène quedó asombrada con su aspecto y sintió que ese traje le iba muy bien. De ese día en adelante, cuando llegaba a casa no sólo se quitaba las zapatillas, sino que se ponía el chapeau melon y tocaba piano con él.

Una tarde se encontraba escribiendo parte de su investigación filosófica sobre el Eros en la música, pero había algo que le impedía avanzar en ella, así que decidió ir a la biblioteca más cercana para ver si encontraba algo que le fuera de ayuda. Cuando entró fue directo al pasillo de filosofía y, mientras sostenía un libro en la mano, una mujer de tez blanca y ojos grandes se detuvo junto a ella; no pudo evitar quedar impresionada por la belleza de Hélène, así que bajó la mirada y vio el libro que tenía en sus manos, notó que era un análisis sobre la música escrito por algún filósofo moderno. La mujer se acercó y le dijo:

Disculpa… (Hélène saltó repentinamente). Perdóname, no quería asustarte…

Hélène la vio a los ojos y no pudo evitar sonreírle dulcemente:

No te preocupes, suele pasarme, estaba distraída…

Lo sé, acabo de ver el libro que llevas en las manos, ¿te interesa la música?

Sí, toco el piano, y además estoy haciendo una investigación acerca del Eros en la música.

¡Oh! Seguro que has de disfrutar muchísimo esa investigación. Yo soy pintora y amo la filosofía, supongo que Platón te ha ayudado en tu búsqueda…

Sí, justo me estoy basando en varios diálogos en donde Platón menciona la música y habla del Eros, pero siento que aún falta algo, por eso vine.

¿Por qué no buscas en la poesía? ¿No crees que el Eros alcaza su máximo en la poesía, en la música o, incluso, en un beso?

¡Pero son cosas muy diferentes! –dijo un poco extrañada Hélène-

¡Un beso puede devenir en poesía pura! La construcción de la música revela lo que hay dentro del alma humana dirigiéndola hacia la belleza, hacia el Eros.

¿Cómo puedo saber yo cuando un beso se convierte en poesía si jamás he sido besada? ¡Todo se queda en un ideal que no puedo llevar a mi propia existencia!

¡Cómo es posible que tocando piano no lleves las notas más allá de la partitura! Además el Eros, aunque parezca que Platón lo vea como el ideal más alto, se vive en carne propia. El alma jamás está presa en el cuerpo, un beso lleva al Eros hacia lo más palpable de la existencia. Te reto a que toques el piano y me cautives tanto como para hacer una buena pintura.

Trato hecho, veamos si la poesía hace lo que tú dices…

Hélène llevó a la mujer a su casa. En cuanto llegaron Hélène hizo el mismo rito de siempre: se quitó los zapatos y se puso su chapeau melon. La mujer la vio y pensó en lo bella que se veía con ese sombrero, pero no le dijo nada. Hélène se sentó, abrió su piano y miró a la mujer. La mujer le dijo “Empieza cuando te sientas lista”. Hélène sentía cómo sus manos temblaban tan sólo de contemplar a la mujer.

Cuando la música comenzó la mujer se sintió inconforme, sabía que Hélène tenía talento y magia para tocar cada nota, sin embargo había un vacío que tenía que ser llenado. Hélène sintió lo mismo y paró inmediatamente:

¿Dónde está la poesía? ¿Qué pasa? –dijo Hélène-

La mujer sonrió dulcemente y la besó. Hélène quedó completamente cautivada y la mujer le dijo:

Mi nombre es Camille, no te encontré de casualidad en la biblioteca. Te veo cerrar los ojos o leer. He encontrado poesía en ti y la he confirmado con este beso.

Hélène no supo qué decir, su impresión la dejó muda. Sólo volteó la mirada y empezó a tocar de nuevo. La música se convirtió en el poema más perfecto. Camille comenzó a pintar inmediatamente y cuando terminó de tocar, Hélène dijo:

Mi nombre es Hélène y he encontrado por fin el ideal más tangible de todos.