Entre mitos y certezas

La vida va entre mitos y certezas, tenemos la certeza de estar vivos, buscamos levantarnos cada mañana cuando nos acostamos.

Hay quienes ven como una mera ilusión la candidez con la que nos recostamos en la noche, pero no somos capaces de ver el mito que nos mantiene en pie.

Maigo.

¿Quién es…quién mató al sueño?

Fair is foul, and foul is fair:

Hover through the fog and filthy air.

Shakespeare.

Se dice del engañado por las brujas en el bosque, quien alguna vez soñó con cambiar el mundo, y para hacerlo acabó con el régimen pasado, mientras lo alojaba en palacio, que fue un tonto y un malvado, porque pensó que con el asesinato todo lo había cambiado.

Macbeth, mató al sueño al buscar poseer la corona de Duncan, cazó y culpó a inocentes muchachos para lavar su culpa, el bosque lo persiguió y se movió hasta sus almenas y el pobre mortal perdió lo que pensó era una promesa.

Qué bueno que esos engaños de brujas funestas, sólo funcionan con quienes confunden a las seguidoras de Hécate con inocentes sirenas; si es que la inocencia cabe en esas criaturas que no aparecen en los páramos desiertos sino entre las turbulentas aguas.

La muerte de Duncan no fue en vano si es que los hombres sensatos aprenden a no esperar cambios que sólo se fundan en el discurso vano.

Quién fue Macbeth es algo que sólo sabemos por el engaño que las brujas muy divertidas le hicieron, lo que para ellas es comedia para el pobre iluso es una tragedia.

Pero, ahora los hombres no confunden lo justo con lo mezquino, pues saben que las brujas engañan y que hablar en los salones de los palacios desde la mañana no es señal de un buen sueño, sino de insomnio.

Sólo los ingenuos creen que todo el que madruga logró dormir bien.

Maigo

Apariencias

Llegó lo inevitable, se cayó la máscara porque terminó la mascarada. Después de la fiesta sólo quedaba el maquillaje corrido por la presencia del agua en su cara.

Se vio en el espejo, notó que ya casi no tenía tinte en el pelo, vio sus carnes, sintió alivio porque ya no traía la faja que tanto le asfixiaba, se quitó los zapatos, eran incómodos, pero durante la fiesta no podía hacer nada al respecto.

Debía sonreír, tenía que ganar a como diera lugar el reconocimiento que merecía por ser altruista y buena persona, en el fondo sabía que eso también era apariencia.

Llegó lo inevitable porque la mascarada se había terminado, miró su reflejo y notó que al fin se veía como realmente era, después de tanto fingir, después de tanto desmañanarse para poder arreglar lo que consideraba importante, algo que a nadie importaba y que sólo servía para que le criticaran.

El tirano frente al espejo se dio cuenta de que las apariencias engañan, y a quien más habían engañado era a él, de nada le servía su sonrisa, ya no encantaba a nadie, de nada le servía la faja, había comido tanto que su panza se asomaba de todas maneras.

De nada servían sus andanzas por tantas calles y caminos, sabía que su andar no le había llevado a ningún lugar, de nada servían los aplausos y vítores, porque los recibía a fuerza de pago y a fuerza de gritos que eran respondidos con un gesto adusto y con palmas sin ganas

Las apariencias engañan, y el más engañado es el que aparenta y pretende enredar en su telaraña a los otros, porque lo cierto es que de los tiranos siempre quedan sólo despojos, huesos secos y palacios vacíos y la lección clara de que las apariencias engañan.

Maigo

El entrenador de Focas

Cierto hombre se acercó una tarde a la playa, era un sitio en el que había mucha basura y algunas focas que trataban inútilmente de encontrar algo de alimento.

Entre los desperdicios había latas de atún y de sardina, pero ya estaban vacías y cortaban el hocico de los pobres animales ya flacos y casi en los huesos.

El hombre, que las vio sucumbir ante el hambre, quiso ser el salvador de los que podrían ser unos ejemplares magníficos.

Él notó la incapacidad de las focas para encontrar otras costas, es muy cierto que el instinto es terco y que éste mantenía a las focas en medio de lo que ya no era para nada un buen lugar para vivir.

Ellas no se mudarían de ahí, no cambarían sus hábitos, o al menos no del todo, así que el protagonista de esta historia decidió construir una granja de pescado un poco más lejos de donde se veía la costa.

Todos sus recursos se fueron en hacer pescado para alimentar a las instintivas focas, pero ellas le aplaudieron a ese hombre que tenía muchos deseos de ser reconocido cuando les llevó el pescado hasta su boca.

Los animales se acostumbraron a que les llevaban la comida, y no se movieron de entre los montones de basura que hasta la granja de pescado producía, ellos se limitaban a abrir la boca y aplaudir, el hombre se levantaba temprano y cada mañana les daba pescado a los animales que ya había entrenado.

Todo estaba bien, hasta que un aciago día comenzaron a escasear las sardinas, ya no importaba que tan temprano se levantaba el entrenador, ya no importaba que tanto le aplaudían las bestias que tan bien lo habían recibido, el alimento se estaba terminando.

La desesperación fue apoderándose del entrenador cuando vio que los aplausos disminuyeron, trató de distraer a las focas, pero éstas se veían cada vez más insatisfechas, y a diferencia de cuando las encontró famélicas, el hombre ahora las veía enojadas.

La promesa de las sardinas se había terminado, el idilio de ser el salvador de las mañanas se estaba convirtiendo en una pesadilla, pero el entrenador y las focas estaban unidos por el hábito de acudir cada mañana al basurero que crecía en lo que había sido una playa.

Un día, de plano ya no hubo sardinas y el entrenador se fue a la playa esperando recibir algún aplauso, las focas llegaron esperando alimento, pero no encontraron nada sino disparos, pues al no aplaudir hicieron enojar a su benefactor, y el benefactor al no recibir lo que quería se transformó en una amenaza para lo que había sido un rebaño de focas bueno y casi sabio.

Las balas del poco acertado entrenador pronto se acabaron, y el pueblo bueno y sabio que antes aplaudía entendió que el entrenador le pertenecía. Una de las bestias más enojada que hambrienta se acercó al hombre y le tomó la mano.

Se la arrancó de un mordisco, tras ella llegaron las demás, hicieron lo mismo con otras partes del cuerpo de quien se sintió su dueño cuando no se dio cuenta de que se había convertido en su esclavo.

El rebaño tomó lo que consideró justo, especialmente tras muchos días de enojos y de insultos y el hombre que pensó hacía bien al pensar en las focas como seres necesitadas de un trabajo que generó más daño que bienes comprendió que no se pertenecía a sí mismo, ya que debía entregarse por completo a su rebaño.

¡Ah cuántos entrenadores de focas hay en el trópico!, haciendo lo que es contrario a lo que se necesita.

Si aspiras a ser entrenador, entiende que en lugar de dar peces y hacer granjas que te obliguen a levantarte temprano, es mejor ayudar a las focas quitando la basura de los lugares en los que son sus santuarios.

Deja que los aplaudidores mamíferos se alimenten con su trabajo, ya que levantarse cada mañana sólo para recibir aplausos no trae nada bueno, ni a los entrenadores, ni a los entrenados.

Maigo.

La dificultad de ser político

No es fácil ser político. No lo digo por las presiones que ejercen los poderes de la oposición (llámese partido político o pueblo sometido, entre otros). Estar siempre en la mira, con la idea de que dependen de su reputación y que cualquier error podría costarles su carrera política (a lo largo de la historia, un pequeño error, el más pequeño, les ha costado la vida a los líderes públicos más queridos). Esto tiene como consecuencia que los servidores públicos deban justificar la más mínima acción tanto de sus funciones como de circunstancias ajenas. No son libres. Tampoco me refiero a que para llegar a sus puestos deban congraciarse con sus semejantes, pasando y reinventándose, en más ocasiones de las que podrían ser recordadas, muchos límites. La dificultad de saber tomar decisiones que afectan a miles de personas pondría en el borde de la locura a no pocas personas. Los políticos viven constantemente estresados. Pero esa no es la mayor de sus dificultades. La más grande de todas, resulta impresionante que alguien pueda vivir con ella, es que deben encarnar la contradicción. Representan las tres clases de contradicciones posibles entre discurso y acción: hacen una cosa y dicen otra; dicen una cosa y dicen otra; hacen una cosa y hacen otra. Su convicción es superar sus convicciones al anularlas en un movimiento dialéctico de lo más elevado. Si encima esto los vuelve felices, realizan algo que lógicamente parece imposible. Por eso no me cabe en la cabeza como hay quienes les reprochan tantas malas decisiones, tantos enredos, tantos escándalos. Su vida no ha de ser fácil. Quizás el misterio encuentre su resolución en que su vida no es una vida como la de cualquiera. Ni siquiera es semejante a la de los artistas. Los políticos no son humanos.

Yaddir

Idealismo realista

Pensar en el futuro nos lleva al pasado. Las decisiones que tomamos, que hubiéramos tomado, cobran más importancia. ¿Será un exceso de arrogancia o vanidad decir “no me arrepiento de nada”? Como si de alguna manera, al decirlo, estuviéramos creyendo que podemos enmendar cualquier error. Los más optimistas creerían que de los errores se aprende. Quien dice eso, al menos, se cuestiona que podría haber actuado mejor.
Las expectativas que armábamos siendo jóvenes sobre lo que haríamos en un futuro, con casi ninguna excepción, se vislumbraban sobre suelo arenoso. Qué poco conoce sus capacidades el alma juvenil. Encima se debe lidiar con montones de opiniones sobre lo que se debería hacer, aparentemente basadas sobre los talentos que supuestamente se poseen por las pruebas de campo realizadas en esos laboratorios llamados escuelas. Las propias circunstancias limitan la posibilidad de actuar. Si podemos morir simplemente por subirnos a un camión, si un capricho nos puede hacer desaparecer de un momento a otro, si la influencia familiar pesa más en la consencución de un trabajo que los conocimientos y talentos, las opciones no se achican, se minimizan.
Conocernos a nosotros y a nuestras circunstancias parecen actividades separadas si queremos fusionar expectativa con realidad, pero no pueden coexistir la una sin la otra. El Covid nos enseñó la profundidad de su nexo y la importancia de entender ambas. La infelicidad no es algo que nos pasa; ser felices no depende simplemente de nosotros y de lo que queremos.

Yaddir

El mundo simulado

Se dice que entre la cenizas de lo que antaño fue un gran palacio, vive un loco que tiene fama de incendiario.

Algunos con justicia consideran que él quemó todo lo que en ese sitio había: las cortinas, los cuadros, los libros; y que dejó desnudo lo que al palacio hacía, las piedras y quizá algunos escombros que no cayeron ante los efectos del calor.

Otros simulan que ese loco no fue responsable de que todo se convirtiera en cenizas, por incendiario que fuera, él no puso la cortinas, la puertas de madera, los cuadros y los libros que ahí estaban.

La culpa no es de él aunque en su mano llevaba la antorcha que inició al incendio, el día en que todo se convirtió en cenizas, la culpa es de quienes antes que él dejaron material inflamable como compuestos de la casa.

-No hay que culpar al incendiario, él realmente no hizo nada, sólo llegó a mostrar lo que de inflamable había en la casa- eso dicen sus defensores, amantes de las piedras y por qué no también de las alabanzas que salen desde el palacio que hiede a humo y se jacta de todo lo que fue quemado señalando que su antorcha tan sólo está limpiando.

Los amantes de las simulaciones dicen que todo está muy bien y agradecen a las llamas que se hayan llevado lo que sólo es boato y adorno para dejar lo que vale la pena para los hombre de bien.

Vivimos en un mundo simulado, donde fingimos que todo está maravillosamente, donde agradecemos las cenizas, aunque en el fondo no nos guste que se haya vuelto presente la destrucción de todo aquello que se había tenido siempre.

Vivimos un mundo simulado, simulamos querer ser buenos cuando en realidad queremos ser muy malos.

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Maigo.