Deturpando el país

Creo que una de las peores vilezas, sino es que la más nefanda de todas, es confundir a los demás sobre el bien y el mal. Debe existir responsabilidad política o mejor callar. Pienso esto, pues si la administración pasada abusaba de ceguera, ésta abusa de enceguecer. EPN entendió que la única forma de salir avante de las críticas, era fijar los ojos en los lugares donde su gobierno daba o parecía dar resultados. Lo demás no existía y quien viera algo más allá de lo bueno, estaba enfermo de pesimismo. AMLO no necesita hacerse de la vista gorda, porque su visión se hace realidad para quien lo escucha. La primera perversión del gobierno actual es disociar los hechos de las palabras, o peor aún, convertir las palabras en cartuchos vacíos que el mandatario rellena con su sapiencia y dispara a mansalva para proteger al pueblo que es él. La crítica y autocrítica son impensables desde este momento. Si a las administraciones pasadas la realidad los superaba, para ésta, la realidad se forja en los datos oficiales, es decir, desde el centro de la política misma que son ellos.

Problema para el poder no tener un contrapeso. Si bien soy enemigo de la autoestima, por parecerme ésta un nacionalismo individual, sí creo en el ejercicio del autoconocimiento. Conocerse como ser político es entenderse y encontrarse con el otro, acepar su libertad. Ayudarlo a vivir mejor, no por el conocimiento que se tiene de uno (que bien puede ser pose), sino por la fraternidad que se encuentra entre ambos. La segunda perversión del gobierno actual es aparentar cercanía, fraternidad, cuando lo que se hace es negarle al otro su autonomía, ¿o que otra cosa son las encuestas a mano alzada? AMLO sabe que nadie puede negarse a su pregunta, a su voluntad en un acto que él preside, los niega y juega con ellos, los votantes, si alguno levanta la mano para dialogar, es callado, vejado. ¿Para qué el espacio si sólo habrá una voz? Cinismo fraterno.

La fraternidad fundada en la autoestima es un problema moderno, porque parte del conocimiento (del yo) y no del amor (al otro), además que el conocimiento es maleable por su fugacidad. Lo que se diga hoy, mañana se podrá olvidar. Ayudar al otro es darle conocimiento de las cosas mutables, y decirles cómo pueden conducirlas. Amor ahora es ciencia. Ayudar al otro es enseñarle a administrar lo efímero. Esto es mezquindad, pues en últimos términos sólo se piensa en uno mismo. Rechazar la caravana migrante es pensar en él, antes que en la dignidad humana, es pensar con lo que Trump amenazará si no cumple. Por ello necesita trastocar las palabras, decir “los rescatamos” a “los deportamos”. Necesita convencer de su bondad que es egoísmo, conservación de sí mismo a toda costa, y para ello envuelve a la realidad mexicana con sus palabras, la reduce, la explica en sus términos, la empobrece, lo que gana en claridad, lo pierde en exactitud, diría Unamuno.

AMLO empobrece la realidad con discursos que lo conservan y lo autoafirman como demiurgo. Es un sicario, también, del mal, pues se ha olvidado de la dignidad y del bien, en nombre de sí mismo. Nos ha convencido de que todo está bien, cuando todo va empeorando.

Javel

El show del tirano

Los grandes conocedores dicen que en Versalles Luis XIV acostumbraba usar zapatos de tacón. Y aunque ver a un hombre usando calzado tan incómodo, al mismo tiempo que pretendía conquistar al mundo, pudo resultar irrisorio en algún momento, por tratarse del rey la incomodidad se convirtió en símbolo de estatus.

El Rey Sol usaba calzado incómodo para que nadie lo opacara siendo más alto que él en la corte. El Rey Sol sacrificó la comodidad y el buen gusto con tal de ser él la estrella del Show que cada día se montaba en Versalles.

Y es que el Rey Sol era el protagonista del palacio, todos debían acudir a ver cómo es que despertaba y debían estar al tanto de lo que cenaba.

A veces pareciera que la moda impuesta por Luis XIV se limitó a las vestimentas, pero con el paso de los años y el advenimiento de nuevos tiranos, he notado que la disposición al ridículo con tal de ser la única estrella en el firmamento político se va acentuando.

Así pues no es de extrañar que después de lo acontecido en Versalles, los aspirantes a marcar la historia con su paso hagan lo que sea para ser únicos en el escenario.

Maigo

La muda religiosidad

La muda religiosidad

La prisa por pensar es tan absurda como las palabras a modo. No es la premura lo que impide que lo público se discuta, lo impide el que la verdad sea relegada. No hay verdad por encima de la imagen oficial: y decían que el PRI ya se había consumido en su propio hedor, amargado por su rancio sabor putrefacto. La corrupción es un problema político cuya solución no está en la imagen y el discurso oficial. ¿Qué puede hacer la palabra? Clarificarlo. Sería una exageración pedirle más. Sería absurdo retraerla a la llaneza kantiana de la buena voluntad: el imperativo categórico es más rígido que la mentira oficial, pero igual de ominoso en la ignorancia de uno mismo que exige. Mucha palabra no pide. Como no la pide en realidad la moralina del respeto al líder providencial. Absurdo del más banal. La perversidad se confunde con la honestidad cuando la inventiva aplaudida de la palabra descansa en el escarnio. ¿Alguna relación entre el placer por el escarnio y la hipocresía tan disimulada? Consiento que se me llame exagerado: la política se trata de ser real, de acomodarse a la circunstancia. Ni a maquiavelismo llega esa vulgaridad. La realidad de nuestra política es la impostura, la delación, el vitoreo. ¿Acomodarse a ella nos hace más astutos o más banales? Puede que no haya diferencia, pero eso es falso: la astucia puede también servir a la palabra, a la claridad. El futuro, la renovación, el compromiso, las farsas del poder completas en la ignorancia desparpajada, en la versión complaciente de nosotros mismos, de la vida. La mentira de la moral: no vernos expuestos a la tiranía publicitaria de las buenas intenciones. ¿Qué importa el fin, si de eso pocas palabras certeras puede haber, si los “modos” son superficies convencionales, si la anomía es también sinceridad y simplicidad religiosa, secreto del providencialismo y de nuestra fe sin palabras?

 

Tacitus

El nuevo Jefe Máximo

Institucionalizar la ambición es la deformación de los partidos políticos. Lo que en una guerra, una revolución o un conflicto armado se muestra con crueldad concreta, en la institución se vuelve abstracto, la violencia existe pero no se ve. La estrategia en la batalla, antes y después de ella, la suerte, son decisivas en el primer escenario; la astucia, la manipulación de la imaginación, la capacidad de convencer para fortalecerse, son decisivas en el segundo. En éste, todo parece más racional, calculado, claroscuro. La rendición, el número de bajas, la resistencia ante los ataques del enemigo, parecen indicar con claridad quién ganó y quién perdió. De no ser por la voz popular del voto, sería complejísimo hacerse del poder mediante las instituciones. Pero hasta en las elecciones hay dudas, diferencias que convencen a pocos, que hacen delirar con la misma locura al perdedor y al ganador. Los que votan del mismo lado pueden contradecirse.

La revolución mexicana dicen que se institucionalizó con tal éxito, que el partido que surgió de los ganadores mantuvo el poder durante más de setenta años. El presidente era el caudillo. Era una especie de Porfirio Díaz temporal, el hombre que tenía más poder en el país, quien a su vez decidía quién sería el siguiente Porfirio y éste al siguiente. El país parecía que así se mantenía en paz, ya lo había mostrado la experiencia pre revolucionaria. Según entiendo la novela Las Vueltas del Tiempo de Agustín Yáñez, la diferencia entre el porfirismo y el partidismo que inauguró el Jefe Máximo es el peso que tuvieron las instituciones en el segundo caso, aunque eran instituciones que dependían de la capacidad de mando del líder. La política en México dependió durante mucho tiempo de un líder para que funcionara, de una cabeza que apenas tuviera un ligero contrapeso, hasta el tercer milenio.

Sobre los escombros del partido que vio nacer a los caudillos que dominaron al país durante casi todo el siglo XX se intenta reinaugurar una nueva dictadura institucional. El nuevo caudillo preparó todo para debilitar la oposición de los partidos rivales, para aprobar leyes que le posibiliten tener más recursos con los cuales podría perpetuar su poder o el de sus elegidos y, lo más impresionante, logró que la mayoría lo vea como algo positivo, como un castigo a la corrupción y a las clases dominantes (la ambigüedad con la que deja al señalar quiénes están dentro de estas clases es impresionante). Usó las instituciones para quitarles todo resquicio de democracia. Uso la democracia para convertirse en el nuevo Jefe Máximo.

Yaddir

Tres cortísimos cuentos de juguete

Queridos lectores, como conmemoración del Día del Juguete (que seguramente será algún día en algún lugar), les comparto hoy tres cuentos cortísimos que hablan de juguetes exclusivamente –y de ningún otro tema ni oculto ni descubierto–, con la esperanza de que los diviertan como niños.

La sonaja de Arquitas

Los nuevos educadores ya habían hecho callo, se habían vuelto sordos al escándalo y ciegos a las ráfagas. A su cuidado, cientos de miles de criaturas se despeñaban buscando algo, mientras lloraban con la fuerza de la desolación. Sillas astilladas, ventanas destrizadas, cortinas jironadas, leyes desplomadas… Ante todo esto, los nuevos educadores no se asombraban. La excepción fue uno que un día fue arrancado de la abulia por un susto momentáneo. «No te preocupes –lo tranquilizó el primero entre ellos–. Deja que destruyan la casa; mientras eso los distraiga nunca se llevarán nuestra sonaja».


La escultura de Dédalo

Fue más vergonzoso para los amantes de la representante del pueblo que para ella misma, porque no parece haberse dado cuenta cuando ocurrió el suceso. Un testigo lo contó todo con una mezcla de repugnancia e indignación en la voz. La representante del pueblo había hablado como tocada por el mismísimo Espíritu Santo, con tal pasión por su gente y una perorata tan brillante sobre la integridad, que al principio los apantallados tomaron su súbita inmovilidad por uno de los números del espectáculo. Y así como se quedó, así sigue aún hoy, con la boca a medio abrir y los ojos viendo nadie sabe a dónde. Hay unos que tienen que cuidarse las roturas, según le entendí a los doctores, porque si no luego por ahí se le riega a uno el azogue.


Los dados de Palamedes

Pares, nones, pares de nones y nones de pares. En círculo los redactores embobados observaban cada tiro de los dados con la anticipación del cazador a la guarda de la madriguera. Nadie afuera del círculo les importaba, tratárase de amigo, enemigo, traidor o los tres. Un experto arúspice de los hados, que además tenía diplomados en estadística y economía, estaba al centro interpretando y describiéndoles los resultados. Los redactores interpretaban la interpretación, y con ello quitaban o ponían pares o nones de líneas en pares o nones de párrafos en sus libros de incontables reglas. Ya asentadas, se las dictaban al arúspice para que éste estuviera siempre actualizado en sus predicciones y pudiera así saber exactamente qué les depararía la suerte.

Sonrisa

Parecen amables cuando sonríen, hasta se podría confiar en ellos. Alzan las manos, saludan a todos, no quieren dejar la menor sospecha de que todos son importantes para ellos, de que estarán para todos en cualquier momento. Se visten como si fueran comunes, personas accesibles a todos; a veces se enfundan con capas de elegancia; están para todos y, cuando saborean el apogeo de su poder, para nadie. Pocos políticos en el mundo occidental prescinden de la sonrisa durante sus campañas. La sonrisa política es claramente engañosa.

Sonreír es una garantía. Quien sonríe no puede ser un malvado, no podría querer dañarnos quien se presenta sonriendo y extendiendo su mano para garantizar que podemos confiar en esa persona. Vemos a un individuo pasearse presumiendo su seriedad y no queremos acercamos a él a menos que nos sea forzoso. Claro que la sonrisa perpetua pierde su amabilidad y se torna extraña. Como si lo que fuera un gesto amable se tornase en una mueca informe, con una intención extraña, peligrosa, totalmente ajena a la normalidad. La sonrisa acompañada de una agresión, semejante a la sonrisa burlona, tampoco promueve la buena convivencia. Lo que invita a la confianza se transforma en incitadora de miedo, en el gesto del vencedor, por eso duele más. La sonrisa del personaje público es parecida a la sonrisa del conquistador, del que ha derrotado a un adversario y se burla ácidamente. El político necesita del hombre al que le extiende su sonrisa para fortalecerse, pero en ese momento, en el que sonríe, no se encuentra en la plenitud; la plenitud del poder varia con facilidad, por eso debe sonreír constantemente. La confianza que ejerza (característica, por cierto, propia del que sonríe) promueve la idea de que el hombre en campaña ganará. Aquí se abren varios caminos: el cercano al poder sonríe porque sabe que va a ganar gracias a ti (basta ver un par de fotos de un político para descartar esta posibilidad); con su sonrisa dice “si yo gano, tú ganas” (idea que impera en nuestra política clientelar); “sonrío porque no me quiero sentir un perdedor; a nadie convenzo, pero convencería menos si tuviera rostro serio” (esta sonrisa siempre acompaña al que hace poco por ganar); “contigo o sin ti ganaré, me da risa que creas que necesito de ti” (esta es el tipo de sonrisa que parecería imperar y que más miedo da).

Tendemos a establecer alianzas, a hacer amigos, a trabajar junto con las personas; ayudamos, perjudicamos, hacemos bien y mal. Sonreír sin parecer un guasón mueve la balanza hacia la confianza. En la mayoría de nuestras fotos sonreímos; nunca he visto una foto de una persona, que no sea un niño, llorando. La sonrisa es una cualidad política; la sonrisa es una característica humana.

Yaddir

Santidad y destrucción

Hace mucho leí en un texto, publicado por alguien que escribe en este espacio, que los grandes santos se reconocen como grandes pecadores. Tras ver varios ejemplos de tiranos festejando sus ocurrencias, en distintos momentos de la historia, me queda claro que distintivo de los tiranos es festejarse como salvadores cuando en realidad destruyen todo lo que tocan.

Maigo

Inocente preguntilla: ¿Si un régimen político es laico, es lícito que el trabajo de las instituciones sea remplazado por la benevolencia de hombres que son buenos quién sabe por qué causa o naturaleza ajena al hombre mismo?