País criminal


 

El mes atroz que ya se fue

y nos dejó tantos muertos

que hasta el aire respira muerte

y en el agua se bebe muerte.

José Emilio Pacheco

 

Alan Michel Jiménez Velázquez fue detenido hace una semana por la policía; hoy está muerto. Según narra su madre, la semana pasada unos patrulleros de Boca del Río, Veracruz detuvieron al joven de 15 años y amagaron a la madre que pedía explicación sobre la detención de su hijo. “Me apuntaron para que yo no me acercara a pedir informes sobre mi hijo, que si yo me acercaba me disparaban” –narró la madre. El joven, al momento de ver a los policías apuntando a su madre, le dijo: “Mami, no te acerques, hazte para allá, no te acerques porque te van a disparar”. Ocho días después de la detención, la madre reconoció en la morgue el cuerpo de su hijo, que había sido encontrado entre otros treinta y cuatro cadáveres lanzados a un río por un grupo criminal. En total, cuarenta y nueve ejecutados en tres días en Veracruz. El gobernador del estado, Javier Duarte, tras verse imposibilitado de negar la ejecución masiva, intentó atenuar el impacto de la realidad atroz: declaró que todos los ejecutados tenían un pasado criminal. Tranquilidad de la falsa justicia, Javier Duarte, lo mismo que en su momento el presidente Calderón (pienso en el caso de Villas de Salvarcar), lo mismo que muchas personas en el país, cree que el horror de las ejecuciones de la guerra del narco disminuye cuando pensamos que esas muertes son sólo ajustes de cuentas, vidas debidas, muertes de criminales, hombres malos que merecen morir. Sin embargo, compartir esa reconfortante interpretación de la muerte no es del todo bueno, pues da cuenta de una visión simplista de la vida política: es sencillo distinguir entre los buenos y los malos, a los buenos hay que hacer bien y a los malos mal. Pensando así, me parece, no hay justicia posible, así como tampoco hay posibilidades para una, si ya no buena al menos medianamente decente, vida comunitaria. Nuestro país inundado por el crimen, país criminal para mexicanos criminales.

 

Námaste Heptákis

Ejecutómetro 2011. 9542 ejecutados al 23 de septiembre.

 

Ideas en vuelo. “No es la Paz el orden que se impone por la fuerza”. Samuel Ruíz

 

Coletilla. “La cultura es el password de lo diario”. Juan Villoro

Sicario


Los hombres nos hacemos de palabras intentando apresar con ellas las discretas arrugas de la joven realidad. En ocasiones, cuando el propio sitio no es del todo claro, intentamos esbozar cartogramas del uso y significado de nuestras palabras como queriendo orientarnos. Y en nuestros esbozos, a veces nos encontramos. Valga, a modo de ejemplo, un esbozo que a mis manos ha caído recientemente. Se estudia allí la frecuencia en el uso de ciertas palabras relacionadas con el crimen dentro de la literatura española entre el año 1800 y 2008. En la comparación entre la palabra “asesino” y la palabra “sicario” cabe una reflexión interesante. La primera tuvo un ascenso en su frecuencia de uso entre los años 1861 y 1864, en un índice que permaneció constante hasta 1987, cuando nuevamente aumenta su frecuencia. Por su parte, “sicario” tiene una baja frecuencia de uso hasta 1995, y un aumento considerable –casi el doble- de 2004 a 2008. ¿Por qué comenzar a nombrar sicarios a algunos asesinos?

         El término “sicario” proviene del latín sicarium y nombra a aquel que asesina usando una sica (daga). De manera particular, se denominó Sicarii a algunos judíos que asesinaban a los soldados romanos y a sus compatriotas asociados con los romanos durante las guerras judías del primer siglo de nuestra era, bajo la idea de la purificación y protección de las buenas costumbres. Ser sicario era ser defensor del bien, y por tanto un exterminador del mal representado por los romanos. El uso popular, por tanto, del término sicario vendrá a representar a los miembros de un bando que a nombre del bien y la justicia exterminan a los miembros del otro bando en la conflagración entre los diferentes que se niegan la razón. El término sicario pronto viene a nombrar a un bando dentro de la guerra de las purezas. Así se nota, por ejemplo, cuando Apuleyo declara en su Apología: “según esta opinión, también quien se haya procurado un bergantín, será pirata; y quien una barreta, ladrón perforador; y quien una espada, sicario” (32). Visto así, entre los puros, es fácil y sencillo saber quién es bueno y quién es malo, qué muerte es justa y qué muerte injusta. Que nuestra habla cotidiana comience a nombrar sicarios a algunos asesinos parece tener, sin duda, afirmación de pureza. Quizá sin saberlo, en la medida en la que vamos aceptando la utilización del término sicario, vamos aceptando nuestra discriminación en bandos: aquí los buenos, allá los malos; y por tanto, vamos justificando una gran atrocidad. ¿Cuál es el problema con eso? ¿Qué no son así nuestros tiempos? ¿Qué me espanta?

         En su novela El bautista (1990), Javier Sicilia hace afirmar a Juan el Bautista lo siguiente: “Yo he pecado, Sicario, y lo reconozco. A eso he venido al templo, a disponer mi alma para el perdón. Pero tú, ¿de qué justicia me hablas mostrándome tu sicari? ¿Te sientes más puro que yo o más justo que Herodes? Muy bien, degüéllame. Pero antes respóndeme, ya que hablas de justicia: alguien blasfema y le cortan la lengua; otro mata y es conducido al patíbulo; ¿qué proporción encuentras entre una cosa y la otra? ¿Cómo se puede calcular eso? ¿Cómo un crimen puede reparar otro?”. ¿En qué medida nosotros, que en nuestra situación actual nos hemos acostumbrado al renovado uso del término sicario, y –dicho sea de paso- vamos acuñando su versión verbal “sicarear”, podemos responder a las palabras del personaje novelesco? Al menos yo no puedo responder, y eso me espanta.

 

Námaste Heptákis

 

Ejecutómetro 2011. 9271 ejecutados al 16 de septiembre.

 

Escenas del terruño. El mismo día que el periódico informaba que investigadores estadounidenses advertían de las malas consecuencias en la memoria a corto plazo de los niños de cuatro años que veían Bob Esponja en televisión, la muy ingeniosa diputada perredista Edith Ruiz Mendicuti, presidenta de la Comisión de Cultura de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, incitó a tres niños a tomar la tribuna del Parlamento Infantil alegando “ustedes súbanse a tomar la tribuna, así pasa aquí, siempre hay un espectáculo”. Cuando a la diputada se le advirtió que había reporteros presentes, muy ingeniosa y muy valiente declaró: “pues que chinguen a su madre y que publiquen lo que quieran”. ¿Quién hace más daño a los niños, Bob Esponja o la muy ingeniosa diputada? No pregunto quién es más inteligente, porque la competencia es desleal: uno de los participantes no piensa (Bob Esponja, por supuesto).

Coletilla. “¿Cuál es la diferencia entre el Cielo y el Infierno? (Pongo ambas palabras con mayúscula, para no discriminar a nadie). En el Cielo los cocineros son franceses, los policías son ingleses, los mecánicos son alemanes, los encargados de la diversión son mexicanos, y la administración está a cargo de los suizos. En el Infierno los cocineros son ingleses, los mecánicos son franceses, los policías son alemanes, los encargados de la diversión son suizos, y la administración está a cargo de los mexicanos…” Catón (Armando Fuentes Aguirre)

Un prometedor futuro

Algún día todos en México tendrán un doctorado. Nada se resolverá, México seguirá siendo tan problemático como ahora o quizá más, pero todos podremos culpar, con doctorado en mano, a la malvada realidad por ser tan cruel con nosotros. Seguramente organizaremos una manifestación por todo el Paseo de la Reforma para demandar a la realidad el cumplimiento de nuestro pliego petitorio (cuyo primer punto será, por cierto, la destitución de la realidad de sus funciones para ser sustituida por un consejo de notables… marichis), desconoceremos a la realidad y celebraremos en el Ángel nuestra victoria. Y todo esto será posible por la educación.

La historia de nuestro prometedor futuro comienza el 1 de diciembre de 1994. Al ser cuestionado sobre su opinión de las interrupciones de los diputados de izquierda durante su informe de gobierno, el entonces presidente Carlos Salinas afirmó: “ni los veo, ni los oigo”. Dando respuesta, con ello, a un enigma secular: ¿cómo resolver los problemas? ¡Claro para el ingenio!: mirando al otro lado, donde no hay problemas, sólo posibilidades. Cuenta la leyenda que inmediatamente un mexicano astuto patentó el descubrimiento de Salinas bajo el nombre de “Procedimiento de Reforma Institucional” -que en la jerga política viene a ser conocido como el nuevo PRI, pero nadie diga nada-. Paulatinamente, los gobernantes del país comenzaron a resolver problemas conforme lo marcaban las reglas del gran descubrimiento.

El siguiente hito en el camino de nuestro prometedor futuro fue anunciado el 16 de junio de 2008, cuando el subsecretario de Educación Básica, Fernando González, afirmó: “reprobar ya no es palabra, porque reprobar ya no estaría en el lenguaje de nuestro sistema educativo”. Por tanto, desde ese día supimos que en el futuro ya no habría problema de reprobación en el país. A partir de entonces comenzó a implementarse la Reforma Integral de Educación Básica.

Ahora podemos afirmar gozosos que hemos dado un paso más en el camino a nuestro prometedor futuro, pues el pasado miércoles el subsecretario tuvo a bien informar a la nación que “está en desuso reprobar a los alumnos”, y acorde a ello a partir del próximo ciclo escolar se implementará en toda la educación básica un modelo de evaluación que evite la deserción, impidiendo la reprobación, porque “un niño que se queda rezagado cuesta el doble”. Al ser cuestionado por reporteros -que la realidad infiltró para opacar el feliz anuncio- sobre la conveniencia de las reformas educativas, el subsecretario afirmó que no había problema, porque “en términos estrictos todos los alumnos aprenden”. O dicho en otros términos, si en el país hay niños que no saben lo que deberían saber, pero bailan bien bonito el reguetón y sicarean todas las tardes de cinco a seis, no hay problema, pues “ni los ven, ni los oyen”.

¡Cuídate mundo, que los doctores mexicanos están llegando ya!

Námaste Heptákis

Ejecutómetro 2011. 7210 ejecutados hasta el 15 de julio.

Ideas en vuelo. «Mrs. Plumpbutt, dama de la alta sociedad de Nueva York, decía desconcertada: “Lo que no entiendo es por qué Jesús, siendo judío, tiene nombre mexicano”». Catón (Armando Fuentes Aguirre).

Coletilla. El pasado miércoles se anunció que Eduardo Lizalde ha ganado el premio Alfonso Reyes. Celebrémoslo con sus versos.

Los amantes se aman, en la noche, en el día.
Dan a los sexos labios y a los labios sexos.
Chupan, besan y lamen,
cometen con sus cuerpos las indiscreciones
de amoroso rigor,
mojan, lubrican, enmielan, reconocen.
Pero al concluir el asalto,
los dos lavan sus dientes con distintos cepillos.

Sistema educativo: gran problema, gran solución

Para Gerardo Ordaz,

que comparte las dudas.

 

Entre las voces que afanosamente claman la piedad gubernamental ante el desastre educativo nacional hay algunas que, jactando su probidad, pretenden exhibir la única solución posible: mejorar el sistema educativo. Acordes a su fin, aquellas voces explican que la educación será mucho mejor cuando los maestros estén mejor preparados y que por lo mismo la revisión, supervisión y actualización constante de la capacitación docente es un paso notable en la mejoría de la educación nacional. Mínimamente razonan lo siguiente: maestros mejor preparados preparan mejor a los estudiantes y por tanto los estudiantes mejor preparados serán en el futuro mejores maestros que prepararán aún mejores estudiantes… Inmersos en las vueltas de la espiral del progreso, y quizá peligrosamente turbados, no logran ver una diferencia fundamental en cuanto al análisis de la educación: no es lo mismo el sistema educativo que la educación.

Entre las muchas diferencias del sistema educativo y la educación considero que tres son fundamentales. En primer lugar, el sistema educativo es un órgano adecuado a la medición y estandarización orientadas al manejo estadístico de las cifras de índices educativos; mientras que la educación, en tanto proceso individual de autoconocimiento, elude las medidas y los estándares, pues es esquiva a las comparaciones. El sistema educativo es una maquinaria para la rendición de cuentas; la educación es un estado individual. En segundo lugar, el sistema educativo se mueve a partir de la promesa de ascenso en la pirámide burocrática -ya sea laboral, ya del sistema educativo mismo- mediante la inversión en capital curricular; mientras que la educación se mueve a partir del deseo de saber propio del individuo y con independencia de los afanes progresistas. El sistema educativo promete ser alguien en la vida, un lugar en la sociedad piramidada, progreso personal; la educación no promete nada. Y en tercer lugar, el sistema educativo requiere ampliación y expansión constante de sí mismo a fin de, por una parte incluir más personas en la pirámide, y por la otra cubrir las necesidades de consumo de aquellas personas que ya están integradas en la pirámide; mientras que la educación es una relación limitada, en tiempo y en espacio, al maestro y al discípulo, relación que no pide más que la propia naturaleza de ambos. O en otras palabras, mientras el sistema educativo exige escuelas, universidades, funcionarios administrativos, acadestrativos, uniformes escolares, pizarrones, pizarrones electrónicos, TIC’s, bancas, enciclomedia, conferencias magistrales, cursos con el reconocido catedrático extranjero Dr. Fulano de Tal, discursos, inauguraciones, cortes de listón, acarreos, corbatas, aplausos, celebraciones del mes de mayo, periódicos murales, homenajes a la bandera cada lunes, secretarias petulantes y tejechambritas, diplomados, certificaciones, posgrados, cuerpos directivos, pompas propias de los cuerpos directivos, besamanos, trámites de titulación, servicio social, transporte escolar, cooperativas que administren la venta de alimentos al interior de los establecimientos escolares, legislaciones especiales sobre los alimentos que se pueden vender en las escuelas, contrabando de alimentos prohibidos en las escuelas, especialistas en nutrición que generen programas de investigación sobre lo más conveniente para la alimentación infantil en las escuelas, institutos de investicación multiculturales, interdisciplina, transdisciplina, investigadores fuleros, exámenes únicos de admisión, contratación y preparación del personal que aplicará los exámenes únicos de admisión, supervisores de zona y área, prefectos, exámenes extraordinarios, coordinadores, una y otra oportunidad para acreditar asignaturas, recursamientos, sobornos para acreditar asignaturas, pase automático, personal de seguridad -tanto oficial como clandestino (porrismo)-, administradores, auditores, personal de intendencia, sindicatos democráticos, elecciones democráticas de representantes sindicales democráticos, propagandas de candidatos democráticos a dirigir sindicatos democráticos, desayunos democráticos con el democrático líder sindical, permisos a los agremiados al sindicato democrático para faltar a su trabajo y asistir a rendir pleitesía a su democrático líder sindical, emplazamientos a huelga democrática por los democráticos agremiados al democrático sindicato, amenazas de huelga por parte de los cegehaches, paros democráticos, grillas democráticas, universitarios guerrilleros comprometidos con las más puras causas del corazón de la nación, lucías morettes, perredismos y muchas cosas más; la educación sólo pide el deseo del saber. ¿No será, por tanto, que adulando nuestra malsana obsesión por el gigantismo nos fingiremos libres del desastre al ser aplastados por la inflamada pirámide del sistema educativo?

 

Námaste Heptákis

Coletilla: Creo que hacen mal los que aminoran el peligro que representa la confirmación de Andrés Manuel López Obrador como contendiente en las próximas elecciones presidenciales, pues contrario a 2006 la institución electoral está descalificada, la situación económica es más desfavorable, la violencia ha restado confianza en la efectividad del Estado, ¿no es el caldo de cultivo idóneo para el advenimiento del populismo?

La balada de las utopías

Atraídos por el poder, los intelectuales

quedaron con las manos vacías

después de haber sacrificado sus ideales

en el altar de un mito marchito.

Roger Bartra

 

 

Inmersos en un confuso malestar, vagamos extraviados añorando la calamidad: ¡acabemos con la posibilidad de los problemas para que los problemas no acaben con nosotros! En política, como en cibernética, creemos que un reset siempre es salvífico. De la revolución a la catarsis, confiamos ciegamente en la expansión de nuestras fuerzas y extenuamos nuestra esperanza porque el cielo nunca acaba de llegar. Exánimes, peritos inconformes, nos acurrucamos en la desidia a contemplar lo mal que están las cosas: melancolía del Estado fallido. Y después, cuando la embriaguez tome nuevamente nuestras mentes, volveremos a la plaza a levantar el puño izquierdo para exigir que las cosas cambien -ahora sí- de una sola vez. Revolución cíclica en un tiempo fugitivo: nada vale, todo se desvanece…

Un fantasma obscurece la consciencia política nacional: el fantasma del pesimismo. Aquí y allá, mensajes grisáceos se amontonan en la bruma: “la democracia mexicana parece oligarquía”, “a México le hace falta una purga para que podamos volver a empezar”, “la política es puro desmadre”, “¿y por qué no la tiranía?”. De uno y otro lado se aglomeran los heraldos de la gran transformación. Fieles a la seductiva promesa moderna, los intelectuales del momento señalan con dedo acusador los obstáculos para el advenimiento del Estado Universal. Igualmente fieles, pero pertrechados en su atuendo inconforme, los posmos, hijos afortunados de la Modernidad que maldicen a su madre en el tiempo libre –cuando la fiesta lo permite-, pretenden dejar de lado la fe moderna y aseguran la banalidad política: no sólo el Estado Universal es imposible, sino que todo lo es, no queda más que sentarse a esperar que la función acabe; mientras acaba, todavía hay que aprovechar al discurso para la fama —de cualquier manera no es verdadero. De uno y otro lado, repito, la utopía moderna sienta sus reales.

Para mirar la utopía moderna con claridad, quizá no conspicua como teorema, pero sí medianamente perspicua como espejo, es provechoso compararla con la utopía antigua. Frente al Estado Universal homogéneo, los antiguos (Platón y Aristóteles) cancelaron el Estado perfecto y buscaron el mejor régimen; frente al deseo de poder, cuajado en el derecho universal a la fama, los antiguos pensaron que la felicidad era posible para quien podía vivir mejor; frente a la promesa del bienestar absoluto, totalizador, definitivo, situaron la bella vida del náufrago virtuoso, prolífico en recursos. Para los posmos, obvio, ambas visiones son utópicas: en público se afilian a la antigua para poder ser rebeldes, en lo privado se quedan con la moderna por afición a la fama. Para los progres, la segunda es utópica por ser inhumana, pues es imposible que al hombre siempre perfectible le esté negada la posibilidad de ayudar al otro; no hay progreso sin filantropía, pues eso se llama tecnocracia y no tiene buena fama. Para algún otro, si lo hay, la actitud posmo es indecente y canalla, la progre ilusa y romántica; ambas, pues, insensatas: esperar un cataclismo para que el destino nos dé la oportunidad de volver a empezar, o esperar a que todo acabe mientras hilvanamos con dolor una sonrisa irónica para convencernos de que no pasa nada, es igual a salir al balcón a tomar el té vespertino para aprovechar el fresco de la tarde, porque a la noche toca bombardeo.

No se trata de sacrificar los ideales. No se trata de enmascarar con realismo las ruindades. No se trata, finalmente, de abandonar el barco porque no encontramos rumbo. Se trata de recuperar los ánimos, de barruntar entre las nubes las estrellas para fijar un derrotero posible, de volver a creer sin perdernos en la ilusión: de dar nuevo crédito a la sensatez, como si en ello nos fuese la vida.

 

Námaste Heptákis

La cama pública

the lion roaring behind the door of the closet turned out,

when that door was opened, to be a little, domesticated cat.

Libertad, igualdad y fraternidad fueron las promesas de la revolución ilustrada, y con ella los objetivos de la vida política moderna. El éxito paulatino en la realización de los ideales modernos ha modificado insospechadamente nuestra vida política, pues ahora parece que estamos pendiendo de un hilo mientras intentamos conservar la unidad social. Mucho se dice, sobre todo en los círculos conservadores, que nuestro problema es de valores, y con ello se sugiere que nuestra solución está en la educación. Mucho se dice, sobre todo en los círculos progresistas, que nuestro problema es de hechos, y con ello se sugiere que nuestra solución está en la implementación de programas adecuados de acción. De uno y otro lado se dice que lo indispensable es contar con un grupo de expertos que nos sepa guiar. Sin embargo, lo que se oculta hablando así es que se espera manejar la vida privada desde la esfera pública. Por mi parte, yo creo que sus argumentos tienen una carencia esencial: creen que lo público se puede medir con la misma tasa que lo privado, o lo que es lo mismo que la familia es cuestión de política pública así como un estado es una representación en letras grandes de un hogar.

Es cierto, por un lado, que la familia es un núcleo que permite discernir entre lo público y lo privado, pero también es cierto, por otro lado, que la distinción primaria de entrambos es anterior a la familia. Basta recordar, al menos, aquel eslabón de la dialéctica erótica de la historia relatado por Heródoto en el libro primero de las Historias, donde se muestra la desmesura ineluctable de Candaules al divulgar los secretos del propio lecho: la intimidad, el primer estrato de lo privado, se determina a partir de eros. Nótese, además, que el rasgo primero de lo privado no funda familia, pues no toda relación erótica es reproductiva. O dicho de otra manera, la familia no ha de tener necesariamente un sustrato erótico.

Obviamente, para todo lector de los clásicos ha de ser evidente que es precisamente eros lo que más hace tambalear a la vida pública, que eros es el mayor peligro político. Piénsese, por ejemplo, que los problemas maritales entre Agamemnón y Clitemnestra, así como sus respectivos idilios con Casandra y Egisto, dejan al pueblo argólico en vilo al final del primer tanto de la Orestíada. Eros no funda familias, pero sí las disuelve, y disueltas la comunidad languidece. Otra cosa es preguntar qué pasa cuando eros sí da forma al núcleo familiar.

La volatilidad de la sociedad en las manos de eros moduló la configuración contemporánea de lo privado. El ideal ilustrado de la libertad, libertad ineludible a la condición de todo sujeto moderno, se esgrimió como la bandera de batalla durante la revolución sexual del siglo XX. La esperanza de libertad de los revolucionarios sexuales se orientó a eliminar las diferencias entre lo público y lo privado en cuanto al erotismo, inoculando la vida pública de una saturación obsesiva por el sexo, que es tan indiferente, instantáneo y pasajero como para distribuirse en grandes cantidades bajo la forma de una necesaria e indispensable liberación mecánica de energía (libido) asequible como derecho para todo ser humano. De ahí vienen las políticas de salud pública, la educación sexual y la exposexo.

Disuelto el primer estrato de la privacidad mediante la publicación de la vida sexual, queda el núcleo familiar como remanente de la distinción entre lo público y lo privado. Sin embargo, envuelto en la bandera del segundo principio ilustrado, el feminismo vino a instaurar la igualdad entre los seres humanos y con ello a disolver en la familia misma los límites mentados. Transfigurando en roles las diferencias, la nueva igualdad entre los sexos garantiza un socialismo de colchón en el que la madre contribuye al progreso familiar como workhouse, el padre participa de las tareas domésticas preparando botana para los invitados, jugando con el bebé o lagrimeando con la telenovela del horario estelar, mientras ambos se enfundan en jeans para llevar los pantalones en casa.

A mi modo de ver, sólo queda otro estrato de la privacidad que puede fundar comunidad ―pues fundando todo en la familia, la comunidad sería indistinguible del clan o la tribu―: la amistad. Sin embargo, es sencillo ver que con el establecimiento gradual del tercer ideal ilustrado muy pronto la amistad podrá ser substituida por la filantropía científica que lo mismo modifica secuencias genéticas para beneficiar a tal grupo poblacional, que recauda víveres para los caídos en desgracia. Eros banalizado, la philía amenazada, y disipándose el raro punto medio entre ellos que da esencia a la relación familiar, los revolucionados cada vez tenemos menos por que vivir, aunque más aparatos, prerrogativas y entretenimientos para displicentemente pasar el rato inventando la felicidad.

 

Námaste Heptákis

Impúdicas exhibiciones

vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.
No debe entristecernos sobremanera la noticia de la cancelación de la feria del libro del zócalo de la ciudad de México para dar paso a una manifestación multitudinaria de la izquierda nacional. Que el licenciado priista del PRD Marcelo Ebrard ordene posponer un evento cultural para dar lugar a un evento político de los priistas de su partido no atenta contra la difusión cultural. Finalmente ha sido algún priista de su partido el que no hace mucho identificó a la cultura con las tradiciones y costumbres de los pueblos, ¿y qué mayor tradición y costumbre de la parte del pueblo a la que se le concedió el zócalo que una manifestación multitudinaria? Dejar de lado los libros para levantar, orondo, el puño izquierdo y gritar muera el mal gobierno es un acto de clara difusión cultural: se difunde la cultura de los gritos y los brazos alzados. Desplazar los libros para defender sindicatos es un acto netamente cultural, por eso estarán ahí miembros “distinguidos” de la cultura agrupados en un cenáculo sapiente que lleva el nombre de “Asamblea de trabajadores de la cultura” (El Correo Ilustrado de La Jornada, 15/10/09). Si los “distinguidos” miembros de la cultura, y algunos intelectuales -también con miembros-, van a estar ahí, seguramente será porque es un acto cultural. ¿Qué otra razón tendrían? ¿Hay otra manera de ser intelectual? Posponer la fiesta de los libros para defender al sindicato de electricistas es, de una u otra forma, un acto de difusión cultural; ¿o acaso no están defendiendo la luz? Así que no hay por que sentirnos mal, no se ha perdido el interés por difundir la cultura; de lo contrario tendríamos que admitir que el evento desplazado también era de difusión cultural, y nada nos asegura que las fiestas y pasarelas intelectuales sirvan de algo para difundir la cultura –los libros se siguen vendiendo en otros lados. Las ferias de libro y las manifestaciones políticas son, ambas, impúdicas exhibiciones de los que fingen ser cultos. Los otros, lectores solitarios que devoran libros quijotescamente, no necesitan lugares para lucir su cultura, tan sólo leen, comparten conversaciones, contagian lecturas, viven entre las sombras mientras los intelectuales se queman bajo el sol.
Námaste Heptákis