Paradoja política

Paradoja

Había una vez, hace unos cuantos siglos, un político que decía que todos los políticos mienten, roban y traicionan. Lo señalaba como si esa fuera la naturaleza propia de los políticos, y creo que la generalización la permite sólo una experiencia de vida, aquella que se tiene cuando se vive en un estado fallido, como aquel en el que se formó el político del que ahora hablamos.

Cuando ese hombre comenzó a señalar mediante las generalizaciones el modo de ser de los políticos de su Estado indicaba al mismo tiempo que él no robaba, ni mentía, ni traicionaba.

Recordando que este hombre se formó como político entre políticos que mienten, roban y traicionan, ¿qué tan creíble es la afirmación de este político cuando dice que él no miente, ni roba, ni traiciona?

Maigo

Inocente preguntilla: ¿Qué es portarse bien?

Políticamente correcto

Hay asuntos de los que nos es conveniente hablar en público. El racismo, el feminismo y el maltrato animal son temas que, si se ponen a debate, los racistas, los antifeministas y los que consideran que los animales son inferiores a los humanos, siempre serán duramente criticados. Por el contrario, sus defensores, siempre serán bien vistos. El racismo ni siquiera debería ser un asunto polémico, pues sus premisas son endebles y denigrantes. El problema surge si se considera un acto racista una queja de un extranjero hacia la higiene de una ciudad. Los defensores de la ciudad supondrán que la queja se hace porque son de tal ciudad y blandirán sus afilados tuis hacia quien expresó el comentario. La persona que evidenció la higiene de tal lugar podría decir que no los criticó por ser de determinada ciudad, sino por lo que hacen, o dejan de hacer, con la basura de sus calles. Hay asuntos de los que no conviene hablar porque no se quieren pensar.

¿Qué tan fácilmente aceptamos las críticas hacia lo que hacemos? La pregunta podría plantearse de otra manera: ¿qué tan dispuestos estamos a saber si hacemos bien o mal? Nadie pondría en duda que Donald Trump se volvió en el villano favorito del año 2016 para los mexicanos (donde se desbancó, sorprendentemente, al presidente) y para los latinoamericanos. Sus virulentas acusaciones se volvieron exageradas y, aunque dijera algo cierto, no lo podíamos aceptar. Su tono y sus intenciones alejan de la discusión pública (si es que existe algo semejante) los problemas de los que nos acusó; la indignación no debió alejarnos de los problemas, aunque qué sea importante discutir parece indicado por las azarosas redes sociales. Su golpe hirió más porque era extranjero; hay compatriotas que dañan más el país y se dijeron ofendidos; hay quienes fueron exageradamente igual de nacionalistas en el contrataque. Ni el ataque ni la defensa nos ayudan a entender los temas más complejos de nuestros regímenes.

Pero entre los temas polémicos hay uno del cual ni siquiera sabemos cómo abordar: nuestra experiencia erótica. Nos da miedo decir cualquier cosa o decimos lo que se nos venga en gana. Creemos que un coqueteo tiene como última finalidad el sexo; no distinguimos entre acoso y un coqueteo. Suponemos que el clímax de dicha experiencia es el sexo y que éste es una descarga de algo sobre alguien para conseguir un cierto tipo de felicidad. Creemos que el sexo es una competencia, donde siempre hay algún ganador; creemos que tiene una vida más plena quien se acuesta con más personas que quien lo hace con una sola. El problema de todos estos prejuicios, así como los que tienen que ver con los temas denominados políticamente incorrectos, es que si no se discuten nunca los podremos entender y hablar de ellos siempre se entenderá como un ataque. Creo que no sería políticamente incorrecto decir que no sabemos discutir y sufriremos de lo políticamente incorrecto en la medida en la que no queramos aprender a hacerlo.

Yaddir