Posada

No me vas a creer lo que me pasó. Venía yo en la micro de regreso a casa, cuando se detuvo un momento en una calle que celebraba una posada, de modo tal que cedió espacio a un coche que venía en contra sentido. Sin mayor aviso el hervir de gritos llamó mi atención hacia la puerta de una casa. En el interior se vieron correr unas treinta personas apresuradas a salir por la estrecha puerta que a modo de embudo impidió que la marabunta humana se esparciera como ratas de barco. Todos gritaban y corrían detrás de un hombre, que no se defendía, ni huía; estaba ausente, macabra y sencillamente ausente rodeado de una turba enfurecida. Una mujer, lo condujo a prisa a la salida, tratando de ponerlo a salvo de los demás. Una vez en la calle, con un montón de gente gritándole maldiciones y obscenidades, la mujer comenzó a regañarlo: ¡¿Para eso querías venir a la posada!? ¡Era la sobrina de doña Rebeca!

Gritaba indignada y fúrica, parecía como poseída por el espíritu de algún demonio olvidado. Su voz era tan estruendosa que se siguió escuchando todavía a unas cinco casas de distancia, una vez que el microbús se alejó dejándome en la duda de lo que había pasado.

Breve ensayo anímico

Respira y deja entrar todo el humo en tus pulmones, cierra los ojos y disfruta ese momento de paz y después, sácalo lentamente dejando que se deslice por la comisura de tu boca, con estilo. Muy bien, eso es, ahora vuelve a fumar,pero en esta ocasión, fíjate cómo te ves si lo sacas de una bocanada, como si fuera lo más natural del mundo. Muy bien, tal vez así consigas tener más naturalidad a la hora de la fiesta. Sí, está decidido, te hace parecer de mayor edad. Muy bien, ahora ensayemos tu risa, queremos atrapar la atención de todas las nenas esta noche.

Con su cara a medio maquillar: la mitad de ella cobijada con una ligera capa de color blanco, además de un ojo coronado con ese macabro y emblemático símbolo que inmortalizó la prepotencia de Alex. Victor estaba listo para ser el alma de la fiesta. Llevaba al menos una hora mirándose frente al espejo del baño. Éste que descansaba sobre el lavabo y se recargaba contra la pared, era lo suficientemente grande como para reflejar al muchacho desde el ombligo hasta la cara, a pesar de ser solo una esquirla de lo que otrora fuese un lujoso espejo de la época de la revolución. Cuando estuvo completo, medía casi dos metros de alto, y uno de ancho. Lo conformaban un marco de hierro con motivos de Art Nouveau propios de la época, y pequeños grabados en la parte superior del cristal que daban una ligera remembranza al clásico ojo de Osiris que tanto gusta en nuestros tiempos. Sobre la pileta del lavamanos, hay un montón del manchas que el tiempo se ha encargado de tatuar con su tinta un tanto ocre, otro tanto cenicienta. Junto a las llaves se encuentran una tapa de mayonesa color rojo que hace la función de cenicero, un pequeño bote de maquillaje de payaso y un cubito de (hule espuma) engarzado a un alambre con el que Víctor acostumbra maquillarse. De no ser porque el aroma de los cigarrillos del muchacho es demasiado fuerte, el reducido espacio del cuarto de baño estaría inundado con ese asqueroso aroma dulzón del maquillaje que recuerda un poco a la manteca, y para estas alturas, ya sentiría la cabeza darle vueltas a causa de la poca ventilación. Víctor es delgado, más delgado que la mayoría de los chicos de su colegio, quienes vienen en dos presentaciones: o están muy gordos o tienen sus músculos bien definidos sin caer en lo grotesco. Es, además, demasiado alto para su edad, hay quien se burla de él por esta situación y lo llega a comparar con esos muñecos de hule que se yerguen afuera de las agencias de automóviles por el impulso de un ventilador. Su piel morena es cenicienta, seca y correosa, como si de caucho hubiera salido.

Pertenencias

Sail away, away,
ripples never come back. 
They’ve gone to the other side. 
Look into the pool, 
ripples never come back, 
dive to the bottom and go to the top 
to see where they have gone. 
Oh, they’ve gone to the other side.

La sabiduría popular, de ésa que especialmente todo mundo conoce y nadie acata, dicta que es mejor saber separarse de las posesiones. La sabiduría popular no le dice a uno qué son sus posesiones. «Es liberador dejar ir, aprende a hacerlo», se dice, y a esta acción suele vérsele como profundidad espiritual, como belleza del habla y valiosa lección de los cuentos. Se escucha que quien tiene todo no puede atender nada, y se piensa que es verdad: abrazar tantas cosas diversas y variadas sólo puede hacerse dejando de prestarles atención a algunas, o a todas. También se escucha que teniendo salud no importa lo demás que se tenga o que no se tenga. Se dice que «lo material» no es verdaderamente importante. La sabiduría popular no le dice a uno qué es lo material. Rodeados como estamos de lo que hacemos nuestro, ¿podemos separar esos materiales de lo que hacemos llamar nosotros? ¿Y si la metáfora del material está mal comprendida? ¿Qué si nuestras verdaderas posesiones no son cachibaches olvidados, ni armatostes prescindibles? ¿Qué si lo material de lo que poseemos es material de quiénes somos? Yo miro los muros de mi casa y me veo a mí mismo. En mis viejos juguetes miro mi niñez y en mis viejos dibujos mi juventud. Me sigo viendo. Es la imaginación, quizá, que encara de vuelta cuando se mira sobre las cosas lo que uno ve y, al mismo tiempo, lo que uno veía. Es, quizá, esta imaginación y memoria, que no está en los juguetes ni en los dibujos ni en los muros ni en las escaleras, ni en mi cuarto al que siempre pensé dejarle ecos de la música que escuché; quizá es allí donde están las verdaderas posesiones. Eso podría ser lo único que nos pertenece, como nosotros pertenecemos en algunos lugares. ¿Hay algo que mejor reciba el nombre de «propio»? Todo eso se queda con uno, como los amigos son de uno por quiénes son, y no por tenérseles en un cuarto a la mano, como a herramientas. Y si eso es la posesión, ¿por qué liberarse de ella? ¿Cómo aprender a apagar esa viva imaginación? ¿Cómo desprenderse? ¿Quién desearía desprenderse? Sé que, sea ésta o no sabiduría, yo no estoy dispuesto.