Hacer lo placentero

Hay quienes dicen que hay que vivir haciendo lo placentero, suena fácil de seguir y hasta placentero de escuchar.

Pero por desgracia para los espíritus democráticos, no siempre  se reconoce como placentero aquello que no todos alcanzan, y esto ellos lo hacen al preferir lo dulce por lo salado y echar por tierra la capacidad de discernir entre dos posibilidades.

 

Maigo

Preferencias públicas

Nada tan falso como el aceptar y validar las opiniones de todos. Todos tenemos preferencias que encubren lo que consideramos bueno y, al acotar lo bueno, estamos señalando lo malo. Lo malo es que se cree que las preferencias siempre cambian y nunca tienen un impacto decisivo; son débiles, poco importantes, pasajeras. Lo bueno y lo malo gustan de a poco.

Preferimos saborear lo dulce a lo amargo o viceversa; preferimos un equipo deportivo a otros, quizá por lo que creemos que nos decimos con ese club, quizá para gozar, quizá para pasar el tiempo; se prefiere una opinión política a otra. Aquí empiezan los problemas. Aquí se deben ver las consecuencias de la preferencia; se debe dejar de tomar como preferencia lo que no puede ser otra cosa que elección. Preferimos mirar como preferencia una opción política cuando nuestra elección nos cambia la vida o nos la quita. Pero aunque se sea consciente de esto, se sigue viendo la política como una preferencia. Preferimos ver rodar una cabeza ante una catástrofe que se pudo evitar que intentar entender cómo debe juzgarse a los responsables. Las preferencias deben ser tomadas enserio para evitar usar la máscara favorita de la justicia: la venganza.

Los que ostentan cargos públicos ven la oportunidad de golpear a su enemigo, directa o indirectamente, y ese enemigo encarna el mal, cuando comete un error que socava la posibilidad de vivir bien. Así fingen que representan, que son justos, que ellos son mejores, que, y esto es lo más importante, al fin hacen algo. Se nos pasa que nosotros preferimos creer que hacen algo en vez de percatarnos cómo su egoísmo socava la política, pues así nos consolamos creyendo que un cambio para bien es altamente posible. Preferimos la ilusión a la realidad. Cuando sucede algo justo sin ser espectacular, no nos gusta verlo, pues preferimos lo ostentoso. Las preferencias nos hacen creer que es fácil ser felices.

Yaddir

Idealismo verdadero

Si nosotros pudiéramos vivir mejor de lo que vivimos, y además supiéramos cómo hacerle para lograrlo, seguramente elegiríamos sobrellevar lo necesario para conseguir mejorar. Otra cosa segura es que lo que yo estoy imaginando cuando escribo la palabra «mejorar» no es exactamente lo mismo que alguien más se imagina. Quizá estemos de acuerdo en los detalles importantes, quizá sólo en el planteamiento y para nada en lo demás. Caben muchísimos modos en los que «mejorar» puede ser entendido, pero que tuviéramos exactamente la misma idea sería tan sobrenatural y desconcertante que ameritaría dudar de que estuviéramos expresándonos bien. Al fin, hay quien imaginará dinero, o posesiones, o salud, o familia, o placer, u ocio; hay quien pensará que mejorando su vida se mejora él mismo, otro probablemente pensará que es al contrario y un tercero que son las dos cosas a la vez; uno pensará que mejorar es tener una vida más tranquila, otro que una vida mejor es una más fácil, un tercero opinará que las dos a la vez.

¿Y será preferible concordar con alguno? ¿Será importante preguntárselo?: después de todo, éstas son puras suposiciones, imágenes que los más fatalistas censurarán como anhelos de soñadores ingenuos. Creo que es igualmente importante preguntar qué causas tienen los fatalistas, pues en el fondo censuran sin razón y con más saña que seso. Afirmar, en la boca y en el alma, que no se puede mejorar es la última condena de cualquier proyecto futuro. Y es que como nunca proyectamos perjuicios para nosotros a menos de que sean aceptables con miras a beneficios posteriores, cuando creemos que no podemos cambiar nada ni hacer ninguna diferencia, se nos acaba el aliento para vivir cada día. Es más, a quien le mejora la vida por pura suerte, le ocurre que ninguna herramienta tiene para mantenerse en tal ventura, a menos que él mismo haya conseguido por sus medios algo digno más allá de su «buena» fortuna. Lo peor del intento de frustrar cualquier deseo de mejora es que no sólo lo dicen así los fatalistas, sino también los influenciados por ellos. Y así terminan pensando o diciendo que cuando algo se dice que «sería deseable» o «sería preferible», es lo mismo que decir que no es, en sentido estricto, y que por tanto no hay por qué tomarle en serio.

Lo importante de preguntarse los sentidos posibles de lo deseable y lo preferible es darse cuenta de que nosotros, en nuestra vida de siempre y como es para cualquiera que no esté enfermo, hacemos todo prefiriendo algunas cosas y desdeñando otras. No se engañen los fatalistas, ni engañen a nadie más, que lo deseable y lo preferible son plena y completamente ciertos, no porque «ya sean» como si estuviéramos hablando de eventos futuros que con exactitud de vidente predijéramos, sino con la confianza de que verdaderamente lo preferible es, en el presente y en el modo de vivir normalmente, preferible. Lo preferible lo es aunque no se le haya elegido aún porque siempre nos parece (sea lo que sea) que vale inclinarse por él, en el presente y en la acción. Quien siga juzgando de idealista ingenuo al que habla de lo preferible no entiende que las personas así somos: preferimos y deseamos en verdad las cosas, y no porque aún no nos pasen son más falsos nuestros deseos. Allí es idealismo vacuo el del fatalista que fantasea con una cruda realidad que no existe más que en su áspero discurso, y no el simple y sencillo hecho de afirmar que, si hay modo de encontrar qué es mejor hacer, más nos vale buscarlo antes que después.