¿Cómo estás?

¿Cuántas preguntas, por nuestra prisa por vivir, dejaremos de contestar en un día normal? El afán de enumerarlas delata la urgencia que tenemos por resolverlas para seguir viviendo. Podríamos empezar por percatarnos que al preguntarle a algún conocido o compañero ¿cómo estás? Sólo queremos recibir una reducida lista de respuestas. Ante esas respuestas, cuál si fuera un esquema, tenemos otras respuestas en el bolsillo. Supongamos que alguien nos dice: «estoy mal, mi madre ha muerto de Covid». El asunto nos desconcierta. No podemos hacer como si nos hubiera dicho bien. Pero en pocas ocasiones, en muy pocas ocasiones, se va más allá de dar aliento con otras breves frases, como «échale ganas», «qué mal», «no estés triste», «todo se va a arreglar», «avísame cualquier cosa que necesites», entre otras frases semejantes. Aún en el caso de que se hable a fondo y se quiera saber cómo está la persona a la que se le hace la pregunta común, ¿para qué se quiere saber cómo está esa persona?, ¿interesa por sí misma, por su historia o por el simple afán de saber algo sobre las personas que conocemos? Pero si es una persona que nos interesa, ¿Se estará siendo impertinente si se le hacen demasiadas preguntas? En un breve momento no sabemos qué decir, pero tenemos la urgencia de decir algo, queremos ayudar, ser útiles de alguna manera. Tenemos la urgencia de encontrar respuestas.

¿No será mejor encontrar preguntas? Creo que es preferible hacer preguntas sobre situaciones de las que poco entendemos que tener respuesta. Antes de formular nuestra pregunta hay que entenderla. Pese a que las reglas de la cortesía básica nos indiquen que debemos mostrar cordialidad al encontrarnos a una persona conocida, dudo que podamos entender la complejidad del ¿cómo estás? Aquí la pregunta no está desvinculada de la persona a la que se le hace la pregunta. De la misma manera que la respuesta no se separa de la persona a la que se la da. Desvincularlas es negar la existencia de la otra persona o minimizarla para resaltar la importancia del preguntador o del que responde. La pregunta, entonces, se vuelve más compleja. Pues ¿qué queremos saber al preguntar cómo estás?, ¿queremos entender lo que la otra persona está entendiendo por bien?, ¿pretendemos indagar la complejidad del alma de las personas con las que tenemos vínculos?, ¿son demasiadas preguntas para un acto que comúnmente sólo es parte del protocolo social? Como nuestra pregunta ejemplar, las recientes también tienen más preguntas, más aspectos en los cuales se puede ahondar. Para no divagar demasiado es conveniente señalar que la cordialidad es más auténtica con mejores preguntas que con respuestas aparentemente útiles.

Yaddir

Preguntas familiares

Las celebraciones decembrinas nos trajeron, además del cambio en nuestra propia materialidad, una reflexión sobre las propias tradiciones. Al menos eso pude apreciar en cada amigo y colega al que le preguntaba cómo le había ido en navidad y año nuevo. Que el año nuevo traerá muchas cosas buenas, que te deseo lo mejor a ti y a toda tu familia, que las tradiciones familiares solidifican nuestra unidad individual, que el año pasado fue tan malo que sería imposible que este sea peor, entre otras frases que quizá tú no escuchaste fue lo que más me dijeron. Pero hubo una respuesta menos trillada que mis preguntas: “Bien. En resumidas cuentas me fue bien. Pero me di cuenta que la mayor parte de la gente sólo convive con su familia por mera convención.” Intrigado ante la originalidad y sinceridad de su respuesta le pregunté que si lo que dijo nacía de una experiencia negativa en sus últimas reuniones. Ante esto me contestó: “No. Siempre han sido así mis reuniones familiares. A los amigos los escoges, a la familia no.” Asentí sobre esta última aseveración, tan simple como compleja, pero le dije, para animarlo a hablar, que esa frase era casi un cliché. “Pues no creo que los demás piensen lo mismo que yo. Yo pienso que convivimos tanto con la familia que inevitablemente mostramos nuestros defectos, nuestras ambiciones y lo poco que nos preocupamos por nuestros semejantes. Con la familia convivimos a todas horas, en todos los momentos y a distintas edades. ¿Es posible esconder nuestros peores estados de ánimo las veinticuatro horas del día? Imposible.” Quedé asombrado por su reflexión, fruto quizá de un constante silencio en sus reuniones familiares, de un desapego familiar argumentado. Así como a ti, si eso pensaba dicha persona, me surgió la duda de por qué seguía asistiendo a reuniones familiares. Pero, para que no se molestara más, le pregunté si eso también le pasaba en su trabajo, donde tampoco se escoge a los superiores y a la gente con la cual se convive. Riendo, respondió: “Ahí paso menos tiempo. El trabajo es temporal y, si uno se dedica a lo suyo, los jefes casi no molestan.” Le di la razón y le añadí que en el trabajo nos daban una paga y, para algunos, una buena paga era suficiente motivo para soportar a cualquier compañero. “Eso es discutible. Siempre discutible. Pero a los compañeros los puedes reportar, a los tíos insoportables no. Tampoco puedes renunciar a la familia…” Pero sí puedes renunciar a las reuniones familiares, me apresuré a interrumpir. “Sí”, contestó secamente, “pero tanta convivencia ayuda a uno a saber cómo convivir mejor con los demás. La familia es una escuela. Además, si se reconocen, aceptan y perdonan los peores defectos, la convivencia puede tomar otro rumbo. Nadie es perfecto, pero podemos intentar entender a los demás y, en consecuencia, portarnos bien.”

Yaddir