Algún recuerdo

¿Cuándo los recuerdos comenzaron a ser más importantes que las experiencias vividas en el momento presente? Cuando faltan esas experiencias. El recuerdo tiene una ventaja frente a la vivencia que sigue aconteciendo: es completo. Pese a que lo actual sea pleno, en cualquier momento podría echarse a perder, fácilmente se puede convertir en una casi anécdota perfecta. La completitud del recuerdo, de un buen recuerdo, tiene la ventaja de no tener desventajas. Las nuevas experiencias desafían la pervivencia de una buena experiencia; la experiencia que pervive es un recuerdo; el recuerdo que sobrevive a los demás recuerdos, es un buen recuerdo. Pero recordar no es reproducir exactamente un momento segundo a segundo, es recolectar, escoger qué se va a recordar y qué se va a olvidar. No hay que olvidar al olvido al momento de recordar. La memoria trae al presente lo que se quiere traer en ese presente. Ese recuerdo no es exactamente igual si el presente se percibe como bueno o como malo. La cuarentena nos ha hecho recordar, y también nos hará olvidar. ¿Qué recordaremos de la cuarentena?, ¿qué querremos recordar de la cuarentena? Olvidaremos mucho. A los que la desgracia no nos ha afectado con una pérdida, supongo que poco recordaremos, algunos momentos difusos, nunca claros y mucho menos fechados. Tal vez el constante contacto con algunas personas que parecían desear convertirse en olvido. Casi involuntariamente compararemos nuestra dicha (o desdicha) presente para sentir que no la estamos pasando tan mal. Los recuerdos nos presentan que las cosas siempre pueden ser mejores. Por eso recordamos tanto en este encierro o semi encierro. Supongo que quien recuerda mucho quiere volver a experimentar las alegrías pasadas, aunque sea difícil conseguir alegrías semejantes. Todo recuerdo termina por olvidarse.

Yaddir

Ausencia del presente

Ausencia del presente

A quince años de tu muerte y a dos semanas de su ausencia me permito hablar de lo más escalofriante que he visto: la huida del presente, o, mejor dicho, su abolición. No es que se estanque el tiempo, más bien desaparece. Te despiertas con la noticia de un abandono o destierro. Esto debe ser lo más parecido a la nada. En ese abandono aprendí que la vida es real, y no porque su única significación sea la nada o la muerte de las que poco sabemos, sino a que viendo el consuelo, la cercanía de los otros, es como la vida se soporta, se hace la unificación de la carne con el espíritu sólo por el amor que desborda la experiencia de la nada, sólo cuando carecemos de todo es posible el amor y por ende el más íntimo y real significado de la vida.

Aun así, es un golpe fuerte, un estrangulamiento ver cómo lo único que queda es la ausencia en el rostro de quien fue, pero ya no será. Alguna aparición quieres que suceda, que respire, que sea, que viva. Ya no es. No soy un santo y me revelo. ¿A dónde te los llevas? ¡Devuélvelos! “ahora tienen una tumba por la cual llorar”, me dijo aquel año una ancianita que llevaba flores a su hijo muerto de hidropesía. No entendí nada en ese entonces. Quería decir que ahora teníamos una tumba para recordar el luto humano: la aparición del amor como fuente de reencuentro eterno; de niño sólo atiné a pensar que se reía de nosotros.

Ya he visto muchas veces la cara de la muerte, que es terrible y trastoca hasta el punto que te encuentras con el otro en la única compañía posible para este momento: el consuelo de las almas. Uno piensa que la muerte es pasado o futuro, pero está aquí mientras escribo. A ti que eras roble te desquebrajó el pinchazo de un clavo sucio que encontró camino por la diabetes. Esa herida desdibujo el café de tus ojos, hasta que fueron de un gris vaporoso, bello y profético, buscabas, desde ese entonces, la mano que te guiara. A tu retoño la leucemia le comió la médula, pequeña rama que apenas iba a dar sombra. Se fue sin decir palabra, con la esperanza de volver a jugar entre el viento de la tierra que hemos descuidado. Ya sé qué dirías si te enteras de esto, don Cirilo: que no está bien que nos abandonemos en estos tiempos, y que tu mano es la que ahora nos espera, nos guía, como siempre. El presente se hace promesa, aunque lentamente.

Javel

Presente

Se alistan los obsequios, pensando en navidad, se envuelven los regalos y a quien los recibe se espera agradar. Algunos se dan por cariño, otros sólo porque se debe dar, algunos son para los niños y otros para que se luzcan los papás.

En común todos tenemos que nos movemos en torno a la navidad, algunos para gozarla, otros para exhibirse quejándose de lo que se tiene que festejar. Hay quienes piadosos ven la llegada del Salvador y en silencio se preparan para renovar su corazón, también están los que brillan con festejos de oropel y los que en las fiestas lucen con amargura cruel.

En algún sentido todos nos movemos en torno a la navidad, algunos arrepentidos otros sin mirar, algunos preocupados por los presentes que deben dar, otros agobiados por los trabajos que hay tras festejar y otros mirando un pesebre que en su corazón está.

Los regalos y presentes se preparan porque falta poco para la fecha señalada, bajo un árbol se acomodan y con luces se iluminan muchas casas, algunos corazones se oscurecen y otros con plena luz se abrazan, algunos quedan ciegos y hay quienes la felicidad alcanzan.

Los presentes de la fecha con muchos colores se ensalzan, mientras que el mejor de todos en pañales se entrelaza; las luces en las casas emulan al pesebre que lúgubre y frío al mundo inundó con esperanza y dan cuenta de que la salvación nace y con la caridad se alcanza.

Se alistan los presentes y los que gozan y reniegan en torno a la navidad hablan, y unos y otros abandonamos la esperanza de salvarnos en silencio y de alcanzar con ello la gracia.

 

Maigo.

Fotografía de una calle

Todo empezó con una fotografía. «Si tuviera suficientes fotos –pensó el genio inventor Elpisiano Anquilón–, podría imaginar toda la calle». Esa noche se la había pasado contemplando la vieja fotografía en la que se apreciaba uno de sus tíos cuando era niño, corriendo en el patio de ésta que ahora era su casa (el tío se había mudado ya hace mucho), y en cuyos bordes se alcanzaban a adivinar porciones de la calle. ¿Cómo habría sido? Algunas cosas no existían ya, como esa maceta o aquella base para alimento de pájaro; pero muchas otras se veían aún: la acera, la casa del vecino de la izquierda (sin su remodelación, claro), el modo en que se inclinaba el Sol. Había tratado de hacerse una idea por horas sin descanso ni fruto de qué demonios había en la esquina de su cuadra en ese entonces. Esa noche fue la que tuvo por primera vez la idea: «Si tuviera una fotografía como ésta, pero de cada posible punto en la calle, podría imaginarla entera».

Por alguna razón, mirar a su tío con la playerita blanca e imaginar a su madre metida en la casa, teniendo las preocupaciones que hayan tenido en un día de hace tantos años, tal vez ayudando a hacer de comer la sopa de habas que hacía su abuela, lo hacía sentir una nostalgia pesada como un ancla. Estaba seguro de que los ojos de ese niño no tenían la tristeza de estos tiempos. «En ese entonces había esperanza. En ese entonces creían que estaba en sus manos mejorar las cosas; ahora ya es tarde, ya ningún niño tiene esos ojos», pensaba. Cómo le habría gustado estar allí, y no aquí –que eran el mismo lugar, dicho de paso–.

Esa noche encendió la hoguera. El ingeniero Elpisiano se dirigió meses después a todos los inversionistas que pudo encontrar con su idea. Ésta era más ambiciosa que los mapas satelitales, más costosa que los viajes virtuales a los museos importantes, más completa que todas las descripciones de todos los Atlas de todos los tiempos: un lugar virtual exacto. Contendría la imagen completa de todos los sonidos, aromas, colores, texturas, circunstancias, efectos, rincones, secretos… en general, haría acopio de todo lo que los armatostes ingenieriles pudieran captar para grabar en un instante la calle de su casa y poder mostrársela a sus hijos y nietos exactamente así como era hoy, sin importar el momento del tiempo en el que estuvieran. Siempre que quisiera podría caminar ese día y revivirlo. Nunca más se perderían en las voraces corrientes del reloj los eventos que hacían a esa casa ser lo que era, ni a él ser lo que era entonces. Entonces sería siempre.

Pero el proyecto no terminó allí. La idea, que casi de inmediato maravilló a las grandes compañías que lucraban con la nostalgia de los inadaptados al veloz cambio de las grandes compañías, fue reforzándose, cada ola más poderosa, cada ventarrón más voraz. Del mercado de las interacciones por internet pasó a enamorar a los historiadores (que suelen sentir amor por pocas cosas), a los científicos, a los gobernantes de los países predominantes, y al mundo entero. Conforme esta empresa avanzaba, la dureza del presente parecía doler más y más. Ya no quedaba mucho, y lo sabían bien.

El mapeo global de cada calle de cada ciudad de todo el mundo tardó tanto tiempo, que para cuando terminaron la primera muestra de imagen completa en sus tres dimensiones, ya habían pasado cincuenta años de que se tomaron las primeras fotografías de la calle del ya entonces difunto inventor. Pero su legado estaba por fin en las manos de todos, tal como lo soñó. Miles de millones de seres humanos de todo el planeta pudieron experimentar durante todas sus vidas el seductor placer de transitar las calles de un mundo que no era el suyo, de una época en que las cosas eran más sencillas, cuando los ojos de los niños aún brillaban y los padres confiaban en el porvenir; antes de que todas las compañías internacionales se volvieran mucho más poderosas que los países mismos y que El Sistema (tan odiado por todos) gobernara cada movimiento de sus vidas con sus lazos invisibles e impersonales. Por fin todos los miembros de la unida humanidad pudieron descansar en las tranquilas calles de un tiempo antes de que los grandes inventores hubieran hecho del mundo un lugar detestable, inerte y sin esperanza.