Gazmoñerismo ruso

Aunque Dios no exista, prefiero amar a mi prójimo que devorarlo.

Gazmogno

Confesión Navideña

La cena se apresta, los regalos se envuelven; la paz, el amor y el perdón se anuncian a los cuatro vientos sin pasar más allá de los dientes. El ruido ensordece y la voz del niño recién nacido en medio de la noche se pierde. Esto es parte de lo que vemos en Navidad y es lo que gritan las voces que se escandalizan hablando de ésta como una época de hipocresía, comercio y mucho tráfico, el cual sólo trae consigo una gran cantidad de contaminación, pleitos y malos ratos.

No me uniré a esas voces, ni a los que consideran que un ave en el horno vale más que la Eucaristía de esta noche, ni a los que juzgan estos tiempos con la dureza de corazón que sólo puede mostrar aquel que se sabe perfecto e incapaz de caer en los errores que señalan en el corazón de los demás.

Mi canto esta noche será diferente, porque yo estoy perdida y no sé a qué voz pertenece mi canto, me siento anhelante de la salvación, pero al mismo al mismo tiempo también me sé indigna de la misma, veo en mi corazón una sucia cueva, llena de moho, humedad, oscuridad y de la suciedad que trae consigo el tránsito de las bestias; lejos está de ser un sitio calmo y abrigador como para pensar en que éste pueda ser un lugar propicio para recibir la llegada de un recién nacido. Lloro ante esta imagen, y en vísperas de Navidad sólo me mantiene la esperanza que trae consigo el perdón de mis faltas y mis olvidos.

Pido perdón a todos aquellos que he ofendido, empezando por ti lector que a pesar de mis fallas hasta ahora me has acompañado en esta aventura que ha traído consigo el uso, muchas veces descuidado, que de la palabra he hecho. Pido perdón a mis maestros, pues a pesar de su tiempo y enseñanzas he demostrado ser más obstinada para no aprender. Pido perdón a todos mis amigos y les agradezco su paciencia y comprensión, pues no siempre he sabido estar con ellos como es debido. Pido perdón a mi familia por no ser comprensiva y paciente. Pido perdón a mis enemigos porque de alguna manera me atraje la adversidad y los rencores que entre nosotros ha habido. Pido perdón a quien no he perdonado como es debido, porque me he dejado llevar por el odio y la incomprensión o no he sabido ser consuelo de quien ha sufrido. Y pido perdón a Dios, porque con mis olvidos, descuidos, indiferencias y rencores me olvido que está en el prójimo al que tanto he herido.

Con la esperanza de la salvación pido perdón, y deseo a quien me ha leído que Jesús nazca esta noche en su corazón.

Maigo.

Santas Navidades

La santidad inicia en el corazón de quien reconoce el mal que en sí mismo habita, porque ese reconocimiento da lugar a arrepentirse y a cambiar el rumbo de una vida extraviada. El buen ladrón se salva porque se reconoce como pecador,  mientras que el mal ladrón se pierde al no sentirse necesitado del perdón de Dios y menos de pedir perdón al mundo. Pero santo también es quien vive sin mancha, cumpliendo en todo momento con su deber para con Dios antes que con los hombres, lo que exige recordar que su deber es amar y servir al hombre antes que a sí mismo y al prestigio que el mezquino pretende alcanzar mediante el reconocimiento público de todo lo que hace.

El pecador y el siervo siempre fiel a Dios pueden ser santos en tanto no olviden lo que son, y en tanto no dejen de ver en el otro a la imagen de quien siendo rey y creador del mundo se hizo hombre para nacer en una fría cueva y morir en el suplicio de una cruz.

Por desgracia para nosotros, el ruido de las campanas tañendo sobre las campanas nos lleva a olvidar que somos pecadores y nos conduce a pensar que somos merecedores de todos los bienes materiales del mundo, sin que se quede fuera el bien inmaterial que viene en el reconocimiento y la gloria de quien gusta sentirse bueno porque una sola vez al año se acuerda de quien materialmente tiene menos.

La vieja estatua

En sus ojos de piedra

miré una tierra extraña

y un corazón familiar.