Promesas

Promesas

A quien no sabe amar más le vale que el alma no exista, pues sólo así la materia bastaría para cuadrar excusas y explicaciones. Habiendo alma, en cambio, la explicación posible del amor es difícil de ajustar con el descuido, la negligencia o el autoengaño. Habiendo alma, la infelicidad de quien no sabe amar es problema de autoconocimiento. ¿Por qué es infeliz, empero, quien sabiendo amar ha perdido el amor?

Una pena en observación es un bello libro de C. S. Lewis en que se da respuesta a la pregunta anterior. La ocasión del libro es la reflexión de un hombre honesto quien en diálogo consigo mismo quiere comprender la pena rayana en infelicidad que lo atribula tras la muerte de su esposa. Lewis escribe para aquilatar las promesas del enamorado en el momento en que la muerte parece despreciar todo aprecio.

La evidencia inicial en la reflexión sobre la pérdida del amor es la tristeza que acompaña al sentimiento de ausencia: no está aquí a quien uno ama, nadie enciende las luces del día, nos desgarra la desesperada búsqueda de la mirada que alegra, de la caricia que enternece, de la palabra en que al cabo se pudo confiar… Siendo la tristeza de tal dimensión, parece natural que el hombre dude de la felicidad pasada. Lewis se pregunta: ¿qué tipo de felicidad es esa que al final es fugaz?, ¿cómo afirmar haber sido feliz cuando se sabía que la felicidad terminaría?, ¿la tristeza de la separación no es realmente evidencia de la tragedia de la vida humana, de la imposibilidad de ser feliz? Y precisamente a dichas preguntas el hombre irreflexivo responde irreflexivamente: es una falsa felicidad, nunca sabemos lo suficiente, estamos destinados a la tragedia. Al responder así, el hombre irreflexivo se regodea en la crueldad.

C. S. Lewis va más allá del hombre irreflexivo, no sólo por ser más inteligente sino por su peculiar sentido de la decencia. Lamentarse del amor perdido y concluir la tragedia de la vida parece limitarse a suspirar por la privación del placer y recalcitrar amargamente la propia miseria. En cambio, ahondar en el sentido del placer perdido permite tres descubrimientos importantes al autor de La abolición del hombre: el placer del amor es plenitud absoluta, de ahí que los amantes se prometan eternidades, de ahí que el amor siempre apunte más allá del mero hecho material. Eros es metafísico o, como en Platón, intermedio entre la vida y lo eterno.

La plenitud del placer de los amantes es la que da pleno sentido a la vida amorosa. El amor de pareja busca naturalmente el más pleno placer. La pareja vive para su placer amoroso. Toda la vida del enamorado es búsqueda plena del placer pleno con la pareja que lo hace pleno. Se engaña quien piensa que el placer ha de ser limitado, que la felicidad temporal es defectuosa, que el placer calca con timidez la plena felicidad. Otra cosa es que el hombre maleducado confunda la vida con lo efímero, la felicidad con las bajezas y el placer con las ruindades.

Precisamente como es el enamorado, cuando es justo, quien reconoce la plenitud de lo material es que adquieren sentido las promesas amorosas. Amarse para toda la vida es amarse para la plenitud de la vida. Amarse hasta que la muerte los separe es amarse plenamente en la temporalidad de la vida. Pero amarse eternamente, amarse atestiguando el amor a Dios, es embarcarse en la entrega absoluta de lo que se sabe no solamente material, no solamente temporal, del alma. Las promesas de amor eterno son la entrega confiada en lo plenamente desconocido que será la vida eterna. Precisamente, insiste Lewis, sólo quien vive plenamente el placer del amor temporal podrá esperar vivir la felicidad plenamente otra del amor eterno. Quien es incapaz de vivir a plenitud el amor temporal, supone a la eternidad una prolongación de la vida, supone tener más oportunidades para amar que la oportunidad del amor verdadero. A quien no sabe amar no le bastarían infinitas vidas para ser pleno.

La eternidad, la vida eterna, la felicidad eterna del creyente, muestra Lewis en Una pena en observación, sólo es posible, comprensible y alcanzable si la felicidad y la plenitud temporales son alcanzables, comprensibles y posibles. Sólo sabiendo amar podemos ser felices. Sólo siendo plenamente felices podríamos aspirar a la felicidad eterna. Sólo el amor colma de tal modo la vida que nos permite vislumbrar la eternidad. Amar es siempre una promesa de eternidad.

 

Námaste Heptákis

 

Coletilla. “Meditar por escrito de ninguna manera está reñido con su ejemplo”. Charles de Foucauld

Promesa

Promesa.

Un nacimiento siempre es una promesa. A veces, la presencia del recién nacido nos dice que ya no es necesario esperar más, que lo que tanto se desea tener enfrente ya está ahí. Y hay otras ocasiones en que el llanto del recién nacido es el que promete algún cambio del que no es posible saber a ciencia cierta si es para bien o para mal.

No importa como se le vea, si como una promesa cumplida o como una recién hecha, lo que importa notar aquí es lo que significa un nacimiento. De no significar una promesa, hablar de nacimientos es un acto que se queda en una mera descripción biológica, la cual a veces puede ser mecanicista y a veces no o bien puede ser una conversación sobre artículos decorativos que no pueden faltar en casa la noche del 24 de diciembre.

El día de ayer se celebró un nacimiento que es la promesa de promesas hechas al hombre, pero el festejo en muchos sitios y momentos cayó en una ridícula farsa, en un conjunto de movimientos mecánicos en donde lo que importa no es lo festejado sino la pompa y el rito con el cual se conmemora lo festejado, tan es así que el día de ayer no nos acordamos de agradecer al Dios del cielo la promesa que es el nacimiento festejado, aún cuando bien pudimos estar presentes en los ritos llevados a cabo. Esto bien se pudo deber a distintos distractores, o a que somos por distraídos solemos acudir al banquete de los santos sin prestar atención a lo que ahí ocurre. Eso es lo de menos cuando ya no se cree en promesas porque ya no se cree en que la palabra tenga valor alguno, en especial cuando de la palabra de Dios se trata.

Ayer que fue navidad muchos de nosotros fuimos ciegos y sordos, no vimos la luz de esperanza que traía consigo la promesa de salvación que se cumplía y menos aun oímos la promesa de cambio que traía consigo la voz del Salvador. Promesa, no de que cambiara el mundo sino, de que cambiáramos nosotros y comenzáramos a ser buenos. Ayer fuimos ciegos y sordos porque somos incrédulos, y ya no por elección si es que tal cosa es posible, sino porque parece no quedarnos de otra una vez que ya no somos capaces de dar posada al que espera recibirla.

Maigo.