Los santos de los últimos segundos

Pues resulta que les iba a contar un cuento acerca del fin del mundo, pero la ciencia se me adelantó en la semana.

Y mientras andaba yo bien perdido pensando en la inmortalidad del cangrejo, vine a enterarme que ahora son los mormones los que controlan la ciencia actual. En fin.

Lo malo es que, a diferencia de mi cuento, terminaron por contar un chiste que pues ni risa da, pero tampoco espanta (ni destruye al mundo, pa acabarla de chingar).

Anunciaron en una de esas mamadas de líderes mundiales preocupados por destruir el mundo con su súper fuerza de la imaginación, que el «reloj del apocalipsis» ya marcaba 120 segundos para el fin del mundo. La extinción total y verdadera del ser humano, la erradicación de toda la vida en todo el cosmos.

Y bueno, pues resulta que eso lo anunciaron los científicos más serios y más afamados del mundo (porque allí hay puros chingones famosos como la niñita prostituta esa que hace corajes, ¿no?). Lo malo, yo creo que se les olvidó con tanto bombo y platillo, es que la ciencia no señaló cuándo comenzar el conteo regresivo. Porque pues ya pasó al menos media semana, y el mundo, sigue igual de culero como lo encontré cuando nací.

Abrazo materno

El cine nacional, principalmente el de la época dorada, entroniza la figura materna, ensalzando la protección y el cuidado de la madre hacia los hijos. En La oveja negra (1949), por ejemplo, es la madre quien educa a su hijo y quien cuida a su esposo con una dedicación que podría ser desesperante para algunas mujeres; En Las abandonadas (1944), película con contenido más crudo, Dolores del Río (Margarita/Margot) se desgasta, se envilece, por un hijo que no la necesita y nunca la reconocerá más que de forma simbólica. Un tanto exagerado resulta afirmar que el modelo materno del cine nacional es caduco, obra de una época de predominio ideológico, pues el cariño que impulsa el abrazo materno sigue permanente desde épocas lejanas; desde Volumnia hasta Margot la preocupación materna, genuina y desinteresada, se regala hacia los hijos.

La centralidad de la maternidad en la vida humana es algo central para la buena convivencia social, pues el amor, el deseo de procurar el bien a la persona querida, se provee desde la propia gestación; es decir, ese amor desinteresado nos puede impulsar a actuar bien. A los hijos, si bien muestran distancia en algunas ocasiones hacia tan ominosa protección, nunca les deja de resultar imprescindible. Incluso los villanos culpables de centenares de muertes, donde quizá se pueda incluir al romano Coriolano, extrañamente parece que quieren a sus madres; según la propia madre del capo más famoso de México, cuando éste estaba libre la visitaba con frecuencia. Aunque el exceso de buscar la protección materna se vuelve peligroso, como un abrazo que apretara hasta asfixiar. Para lo cual hay una palabra muy adecuada en el saber popular: mamitis. El término suena gracioso, tiene hasta derivaciones extrañas que invocan lo antinatural de algunas actitudes, pero cuando el hijo involucra a la madre en ámbitos en los cuales el amor materno podría estorbar, principalmente los maritales, el asunto se vuelve preocupante. Por eso la sabiduría bíblica señala como parte de lo que el hombre es, el separarse de sus padres cuando ha contraído matrimonio. Todos somos hijos, pero no por eso se debe abusar de dicha condición, también debemos aprender a abrazar.

Yaddir