Brevísimas notas sobre si la lengua española debe tener criterios que establezcan su propiedad y corrección así como que contribuyan a su esplendor

Las palabras son el medio por excelencia.

Negarse a pensar la lengua es un acto de arrogancia.

Escribir es la acción del pensamiento.

¿Creer que nuestras acciones carecen de bondad o de maldad será análogo a creer que el lenguaje es cosa exclusiva de los hablantes?

Yaddir

Divagatoria

Divagatoria

Mi pueril experiencia me ha ayudado a notar las dificultades de establecer un diálogo. Creo que el problema no radica en la necesidad de reconocer una posición superior; tampoco está en los conflictos del lenguaje, si por conflictos nos referimos simplemente a falta de ilustración en tecnicismos, a la imposibilidad de prescindir de la ambigüedad o a la distancia que siempre establece un contexto específico. La mayor parte de las veces, creo que caemos en nuestra propia trampa: conocer un contexto es, en realidad, imposible sin una mirada capaz de asumir una unidad compleja. Sobre el ejercicio del diálogo hay también opiniones que orientan la mirada. ¿Qué es la experiencia de la verdad en esa posibilidad actualizada mediante el lenguaje? ¿Qué es el descubrimiento de la opinión propia que hace posible la ignorancia, y no sólo en términos del desconocimiento del contexto histórico en que nos hallamos limitados?

El problema de la verdad no se reduce únicamente a las limitaciones del lenguaje. Creo que la posibilidad de notar la precisión en nuestras palabras no es una preparación en la catequesis adecuada, sino un redescubrimiento de nuestra experiencia. Aquella idea que muestra a los juicios como la residencia de la verdad ha sido tan manipulada, que olvidamos que los juicios son enunciaciones hechas sobre algo y para algo. ¿Qué no la verdad es siempre relativa? Nada nos molesta tanto como sospechar que hablar de la verdad conlleva algo de intolerancia. La conveniencia política del dogma de la tolerancia se confunde con la incapacidad para abordar la vida frente a los demás, por limitaciones mutuas que son insuperables. Si la verdad fuera lo que hoy conocemos como “pensamiento único”, no hay posibilidad de distinguir entre filosofía y sofística; lo mismo sucede con cualquier extremismo de la actitud relativista.

¿Por qué importaría la diferencia entre filósofo y sofista? Fuera del positivismo, importaría si la pregunta por quién es el filósofo fuera relevante para la práxis. Con esta afirmación no intento pasar de largo ni la posible diferencia entre la teoría y la práxis ni mucho menos pienso reducir la pregunta por la filosofía a un modo de imperativo por el cual haya una obligación clara del filósofo para con el progreso. De hecho, estas ambigüedades han sido adelantadas por los residuos de la Ilustración, y sus engaños y oscuridades han sido expuestas por Nietzsche. Sospecho que esta compleja diferencia va de la mano con la dificultad de comprender la retórica, así como la relación que esta sostiene con la palabra del filósofo. La complicación de la hermenéutica no puede reducirse tan sólo a la separación temporal de la situación histórica concreta. El historicismo más radical, de hecho, no está en las ciencias sociales. ¿No será el historicismo la forma compleja que esa diferencia ha asumido ahora? Cuando asumimos que la verdad está limitada por el contexto, generalmente lo hacemos influidos por el prejuicio; quizá aquel que piensa que la verdad puede siempre palparse de manera sencilla en la experiencia también lo esté, pues no es necesario asumir que la verdad es algo abierto en todo sentido para esforzarse por ella. Tal vez la reflexión sobre esa diferencia sea la única forma de reconocer ampliamente la ignorancia inherente en la vida del filósofo. Probablemente, también, nada sea tan problemático como el intento de reconocer la sabiduría en nuestra experiencia siempre limitada. Problemático, que no imposible. Si el filósofo es el único que en verdad se conoce, ¿por qué es un problema frente a la polis, en la que encuentra su modo de vida posibilitado y polemizado a la vez?

 

Tacitus

Lo relativo

Preocupado por su salud moral, un amigo me decía que le preocupaba el porqué le gustaban tanto los discursos relativos en la moral. Él no se sabía malo, inclusive le agradaba saber que hacía algo bueno sin necesidad de regocijarse en una falsa superioridad moral. Pero decirse “no hay nada totalmente bueno ni nada totalmente malo y, por lo tanto, no existen el bien y el mal” le hacía sentirse seguro. Le gustaba sobremanera pensar que, como los gustos son variados, las consecuencias de las acciones no deberían ser las mismas en todos; como cada uno decide lo que más le agrada, para no tener problemas con los demás basta con encontrar a alguien de gustos semejantes. No sabía qué le pasaba, aunque ¿quería saberlo?

“¿En el fondo seré un ser tremendamente malvado y no quiero verme en toda mi suciedad?” Mi amigo me había preocupado, pues, como ya muchas veces había podido observar, los discursos de la relativización de la moral eran de un gusto común. Lo único que los relativistas aceptaban de la Biblia era que teníamos un albedrío libérrimo, pero sin pecado, Mandamientos, culpa ni todo lo que trae consigo la libertad de la acción. ¿Pero realmente vivimos con relatividad moral?, ¿actuamos pensando: “no importa si actúo mal, al fin y al cabo para algunos esto será bueno y para otros malo; puede que haya culturas que me conciban como un dios”? Al menos, me parece, actuamos siguiendo lo que consideramos correcto según el lugar en el que nos encontremos. Pero aceptar lo anterior es aceptar otra modalidad de la relativización: lo bueno y lo malo son relativos al lugar donde se vive; “A donde fueres, haz lo que vieres”. Todos relativizamos hasta que padecemos una injusticia y no tenemos manera de reparar el daño.

Con reflexiones semejantes intenté tranquilizar a mi amigo, mostrarle que por más que nos llenáramos la boca con discursos ambiguos, siempre actuábamos de manera cercana a una idea común de bien. Casi en ninguna cultura el asesinato que no implicara algún tipo de defensa era bien visto. Pero él seguía intranquilo, pensando que, pese a todo lo mencionado hasta ese momento, no podía sacarse algo malo de la cabeza. En ese momento descubrí con claridad el problema de mi amigo; no le molestaba hacer el bien, simplemente no sabía por qué deseaba hacer el mal, por qué quería hacerlo. Y no se trataba de que quisiera matar a alguna persona o hubiera cometido algún delito, simplemente no podía darse cuenta de que inclusive cuando deseamos vengarnos de alguien (y vaya que mi amigo tenía intenciones de vengarse de una persona en específico), siquiera mediante las palabras, estamos haciendo mal. Como se trata de algo así como la sombra de un deseo, algo que no se llega a concretizar en alguna imagen, pero cuya percepción nos hace sonreír maliciosamente, se tiene la falsa sensación de que no se hace mal alguno. ¿Cómo decirle eso a mi amigo sin alterarlo demasiado?, ¿cómo decirle que estaba usando los discursos relativistas para sentirse mejor? En el fondo, los discursos que relativizan la moral, aquellos que justifican que todo está permitido, nos quieren hacer creer que no existe el mal.

Yaddir

Hombres felices

La pregunta que atormenta al hombre en todo tiempo y lugar es si lo que hace es bueno y sirve para la felicidad, si la felicidad es un camino y si hay receta para andar, conforme vive ve que no hay camino y que recetas tampoco habrá.Sigue leyendo «Hombres felices»

Conocimiento legal

Cuando la ley viene de Dios importa conocerlo para saber obedecerla; cuando la ley viene de la voluntad del hombre, se debe conocer al hombre para entender si es mejor obedecer o no. Pero cuando la ley viene de individuos que por no tener fe no buscan a Dios y por no trabajar no buscan al hombre se vive como si fuera mejor hacer caso omiso de lo que la ley pudiera decir.

Maigo.