Hojas caídas en verano

Solemos pensar que las hojas caen en el otoño, pero yo he visto cómo es que algunas frondas se vienen abajo durante el verano.

Llenas de vida, plenas de color, verdes y frescas: llenan los pasos de los caminantes.

Las hojas que caen del árbol para perder su frescura en contacto con la tierra, quedan tranquilas y apiladas en las veredas.

No es su momento para caer, señalan los que reparan en su ausencia.

Las veredas quedan forradas de verde por la vida de las hojas, y girando la vista hacia los setos desnudos a destiempo, los caminantes entienden que ellos son hojas y no saben cuando llegará su momento.

He visto frente a mis ojos a las hojas cayendo en el estío, perdiendo la frescura y alimentando con su vida a mi vida carente de sentido.

Sé que esas bellas hojas no caen porque estén secas o por frío, es un rayo en la tormenta de la vida la que las hace caer, sin que ellas puedan o quieran hacer algo para evitarlo, el rayo cae sin que las hojas quieran buscarlo. Llega y ya.

Veo las hojas frescas nacidas en primavera sucumbiendo en el verano, y aprecio la fuerza del rayo, de las lluvias y el granizo que no sólo tira a las hojas, a veces también el árbol.

Maigo

El espejo ardiente

El espejo ardiente

Empezó con un sorbo de café. Se quemó la boca en su intento desmedido. Esperaba que esa agua transmutada ejerciera su efecto: disipar el sueño, producir entusiasmo, quizá soltar las palabras como caballos destemplados en carrera hacia una conversación que no recordaría. El ardor en la lengua le hizo pensar si beber café era necesario para quien intenta sobrevivir modernamente: una droga más inocente, producida en masa por su sabor y su efecto traicionero. ¿Por qué esa ansiedad en incorporar la cafeína a su sentido común? No se lo preguntaba. Tenía que quemarse la lengua para sacudirse pronto algo. No era su consciencia. Decía que era el sueño, el aburrimiento. Nadie espera más de una porción de café. Quizá sólo su sabor, misteriosamente dulce cuando se ha pasado la prueba que impone su amargura a la misma lengua que se quemará por el descuido del propietario de la guarida en que descansa, amurallada entre un marfil insensible a ese calor. Sabía que le aguardaba una espera prolongada, pero aun así no dudó en apresurarse.

Un sujeto se apresura cuando está enamorado. También espera pacientemente por interés amoroso. Comparó ambos efectos con su vehemente deseo de beber. ¿Qué cauterizaba la quemadura del café? Tal vez un corazón roto, dolido y todavía renuente a enterrar una oración cuya herencia fue la desdicha. Pero también un deseo: quien no se quema no aprende la regla. Notó su exageración. El efecto del fuego no sólo consume o lastima los tejidos, el tacto. La comparación del fuego con el amor, recordó, llega también a la imagen del martirio. El fuego que permanece encendido en la oscuridad. A Cupido lo pintaron como un niño de ojos cubiertos. La oscuridad de la vista y el fuego eran elementos integrados en una experiencia. El corazón roto era una fábula. Un melancólico no trata de sacudirse su tristeza de esa manera.

Tomó un periódico. La primera plana le recordó una frase que su generación convirtió sin saberlo en publicidad: el silencio de Dios. Después estalló una risa que contuvo. En algún sentido le parecía ridículo su recuerdo. El ardor del café cauterizaba la ansiedad que genera silenciosamente el desmoronamiento. Se pensaba cercano a la crisis, pero ajeno en el dolor. El café era un fármaco para la desgracia simulada. Sus palabras desbocadas llenaban el silencio de Dios. Pero era inútil. Esta opción había sido insertada por una enseñanza trágica, paralela a la de su fingida melancolía. El silencio de Dios era un prejuicio para interpretar la maldad. No tenía consciencia trágica. La cauterización del silencio de Dios era un alivio vano para su corazón intranquilo. Sumido en su meditación, casi olvida que estaba ahí sentado esperando.

Al fondo del vaso, como sabía por reminiscencia, no quedaba nada, más que el fin del recipiente. No era desconsolador saber que tendría fin aquel café. ¿No es la gracia de todas las cosas que ellas tengan siempre un final? La gracia de lo inmortal se contempla por otros caminos. En la sensación vive el ardor de la lengua, parte de la materia. Se quemó con gusto, porque deseaba probar ese amargor. Todo el tiempo -pensó- estoy yo para escuchar mis pensamientos. No era nuevo. Para eso se quemaba la lengua: para romper pronto el silencio, el hielo que necesita del fuego de las palabras dulces, melifluas, esperanzadoras o a veces más heladas que el frío del silencio, como el hielo seco. ¿En dónde esperaba? Lo hacía en la posición común de espera: sentado. Afuera caía el agua como si estuviera en un nuevo diluvio. Pensó si su asiento era el arca que lo mantenía en espera, con la vida entera, dispuesta para su nuevo origen. Si el amor es ansia y espera, haría falta la sabiduría en él para saber qué nos dice en su dualidad de nosotros. El amor lo hacía esperar, pero también ansiaba salir, olvidar el ardor en su lengua con una palabra.

Llegó. Estaba su cuerpo húmedo como quien saliera del mar. No importa su nombre, ni su género. Sabía de su espera y de su ansía; con un silencio lo revelaba. Había hablado todo. Lo acompañaba ahora. Podía irse, pero nunca abandonarlo: el amor es así. Apareció como si lo convocara en ese silencio que deseaba la palabra. Una oración hacía temblar su lengua herida: “líbranos del mal”. Sintió el regocijo de la presencia amada. El amor y la tragedia se fundían en un gesto amable. Recordó la situación vana en la que se encontraba. Observó que no había banalidad en esa sensación, en la que su confusión seguía latente. ¿Quién había llegado? Porque esa presencia no podía arribar sólo en la espera, de manera tan repentina. La situación se puede repetir indefinidamente. No necesitaba el ardor de un fuego líquido, ni la revelación de su entorno en un papel. La lluvia sigue. Con el ardor todavía presente, sale acompañado de su refugio. La bebida misteriosa era el combustible de las vidas ajetreadas. En ese ajetreo, azotado e impedido por la lluvia, tuvo que caminar a casa. Dios no está en un vaso de café. Al menos no literalmente.

Tacitus

Dulce carnada

Me encontraba caminando con destino a mi casa, ensimismado en mis pensamientos, difusos cual el humo que desprendía mi cigarrillo. Aspiré la última bocanada que éste podía ofrecerme y me disponía a tirar la colilla cuando a mi lado pasó una jovencita cuya sola presencia hizo vibrar todo mi ser. ¿De dónde provenía esa fuerza tan arrebatadora que había sido capaz de producir ese efecto sobre mí? No sabía; en ese momento, mi única reacción fue voltear la cara para poder deleitar mi mirada. Su andar era tranquilo y apenas si despegaba los pies del piso, pero lo hacía con una gracia que parecía que estaba bailando. Sus piernas, sus brazos, su espalda, su cuello; en fin, su cuerpo, oculto bajo holgadas prendas de vestir, no ofrecía nada a la vista y, sin embargo, podía imaginarme su exquisita figura en mi mente que me atraía tan poderosamente que resultaba inútil resistirse. No podía pensar en otra cosa más que en ella, en semejante manjar que se mantenía oculto para mí y que deseaba locamente saborear. Pero a ello no sólo me invitaba su cuerpo, también lo hacía su cabello, suave y brillante, el cual caía suelto por su espalda y no podía evitar imaginar que, en un lugar más apropiado, bien podría sujetarla de él si acaso sus caderas no fueran suficientes para calmar mis ansias. De repente, se detuvo; un anuncio había captado su atención y ahora lo observaba fijamente. Entonces mis pies desanduvieron el camino recorrido hasta llegar a ella y, cuando me di cuenta, de mi boca había salido una pregunta, el anzuelo que esperaba que picara sin sospechar nada. No me esperaba, así que pegó un brinco y desvió su mirada hacia la mía; con ello, el hechizo bajo el cual me tenía se hizo aún más potente. Inocentes y deliciosamente cafés me resultaron sus ojos y me hundí en ellos, cual hubiera hecho con ella en ese instante de haber podido. Se abrieron entonces sus labios –no los que yo hubiera querido–, los cuales no eran más que dos finas líneas de un rosa pálido, pero eso no impedía que invitaran a ser mordidos desesperadamente, a comerlos hasta el hartazgo. De ellos surgió el embriagante sonido de su voz y, por si aún no estuviera lo suficientemente extasiado, en mitad de la respuesta que me estaba dando se le escapó una pequeña sonrisa, encantadora y traviesa, aderezada con un hoyuelo que insinuaba lo pícara que aquella chiquilla podía llegar a ser. Aunque desconocía su nombre, bien podía llamarla sensual, pues no había nada en ella que no deleitara mis sentidos, encendiera mis deseos y llenara mi cabeza de pensamientos impúdicos. En resumidas cuentas, toda ella invitaba a pecar; lo que es más: ella misma se sabía pecado, pero nunca iba a prestarse para cometerlo. Simplemente, me di cuenta demasiado tarde de que no había sido yo quien había lanzado el anzuelo, sino ella y que, sin oponer resistencia alguna, lo había picado, en vez de picarla yo a ella. Así dejó que me extinguiera en ese asfixiante y mortal deseo mientras se daba la vuelta y continuaba su camino, en busca de otro ingenuo que se dejara picar y encender por igual…

Hiro postal