Opio

“What is grand is necessarily obscure to weak men.

That which can be made explicit to the idiot is not worth my care.”

W. B.

La libertad de creencia, de culto y de religión. Esto está en la mayoría de las constituciones modernas, como la nuestra. El estado laico es, quizá, la seña más distintiva de las propuestas políticas modernas.  La religión nunca fue, y aún no es aunque insistan muchos en creer, asunto baladí. Toda esa gente lista que sentó las bases de la modernidad lo sabía, por eso el intento, si no de eliminarla, sí de restarle o quitarle todo el poder que por tanto tiempo había tenido. La Iglesia pasó a ser una institución más.  La católica dejó de ser la única, se debilitó y se abrió la puerta a muchísimas religiones más. Ahora somos libres de creer en lo que queramos. De tener fe en Dios o de no tenerla en nada. Aunque seamos católicos, musulmanes o sintoístas, estamos obligados, según la ley, a respetarnos. Pero, si se mira con atención, todo esto es un problemón. Antes, cuando la religión no estaba aparte, se explicaba al hombre, su origen y naturaleza de una forma determinada. Después, cuando se propuso el moderno modelo del estado laico y civil, el hombre tuvo que explicarse de otra manera. Dejó de ser creado y causal, y pasó a ser una bonita casualidad. Ahora, más que alma, se comprende al hombre como pura materia en movimiento. Ya no cabe nada trascendente, que sea motivo de creencia o de fe. Ahora, el hombre está explicado “a la luz de la ciencia”…O eso nos dicen, o eso nos gusta creer.  Algunos modernos hablan del hombre como fundamentalmente egoísta. Antes y aun dentro de la comunidad, explican, el hombre sigue viendo por él mismo y por nadie más; busca la comunidad porque así puede, con más facilidad, permanecer vivo y satisfacer todo deseo. Aunque, otros más, no ven al hombre como algo tan grosero. Hablan de él como bueno y compasivo. Dicen que la comunidad se forma, precisamente, porque compartimos un mismo sentimiento. Pero, no hay que ser un listote para ver que, estas dos explicaciones de la naturaleza del hombre no son tan científicas como nos gusta o nos han hecho creer. Ambas posturas, aunque difieren, coinciden en que la comunidad es algo artificial y que antes de ésta, el hombre está en un llamado estado natural. Pero ese estado natural no es algo que tan fácil se pueda comprobar. No se puede ir al pasado para ver si, efectivamente, antes de toda comunidad había tal o cual estado egoísta o sentimental. Esto, así como la explicación que da la religión, acaba siendo un asunto de creencia y de fe. Aunque en secreto, ambas posturas se topan, inevitablemente, con la cuestión teológica. El problema sigue bien latente. Y no es difícil verlo en las noticias que casi a diario cuentan de los conflictos religiosos en Birmania o Afganistán. A diario hay comentaristas que condenan actos de religiones como el Islam.  Lo sagrado y la fe son cuestiones que no deben rechazarse, sino explorarse bien. Pues, a pesar de los muchos intentos por disminuirlas o desterrarlas, aun hoy permanecen (y se me hace que así será para siempre).

PARA APUNTARLE BIEN:  “Religion used to be the opium of the people. To those suffering humiliation, pain, illness, and serfdom, religion promised the reward of an after life. But now, we are witnessing a transformation, a true opium of the people is the belief in nothingness after death, the huge solace, the huge comfort of thinking that for our betrayals, our greed, our cowardice, our murders, we are not going to be judged.” ― Czeslaw Milosz

 MISERERES: Normalistas tomaron ya estaciones de radio en Guerrero, y Rectoría de la UNAM sigue igual. Las medidas contra todos estos actos parecen no ser suficientes. Además; escandalote por el uso electoral de programas sociales. Sedesol y Rosario Robles en la mira por el llamado, supuestamente, otorgar cargos a personajes no familiarizados con programas sociales, pero sí con intereses político-electorales. EPN dijo que “no lo tolerará” (aunque su gabinete está, en gran medida, conformado de esa manera). Todo esto causó la suspensión de las actividades acordadas en el “Pacto por México” y con esto, se pospuso la presentación de la propuesta de la Reforma Financiera.

 

Conclave.

Este pueblo se acerca a mí tan sólo con los labios, pero su corazón sigue lejos de mí. Su religión no es más que costumbres humanas y lección aprendida.

Isaías 29,13

Cuando la fe basta, no hacen falta cámaras de video.

 

Maigo.

Lágrimas de San Pedro.

En unas horas, quedará vacante el solio que por tradición se adjudica a San Pedro, un pescador de Galilea, del que sabemos abandonó su barca y sus redes para dedicar su vida a la pesca de hombres; un pescador de hombres que dejó de ser tal para convertirse en su pastor; un pastor que fue mártir y un mártir que fue santo, no por haber hecho milagros como caminar sobre las aguas mientras conversaba con el maestro, o por expulsar demonios gracias al poder que se la había conferido, tampoco fue santo por intentar construir chozas para Elías, para Jesús y para Moisés, aquella vez en que los tres conversaban en el monte.

Pedro es Santo porque lloró, porque con sus lágrimas redime al mundo del gran pecado que es negar lo que se ha estado haciendo. Porque sólo al reconocerse como pecador es posible alcanzar la salvación que trae consigo el arrepentimiento, porque sólo renegando de negar haber visto y vivido lo que se vio y vivió se puede llevar una nueva vida.

Las lágrimas de San Pedro son testimonio de la fe en Cristo, de esa fe que se fortalece una vez que se ha reconocido al pecado, de esa fe que se hace presente cuando uno es capaz de verse a sí mismo como pecador, y por tanto como menesteroso de la misericordia de Dios. Y esto se debe a que las lágrimas de San Pedro lavan el alma de la iglesia que se forma en torno al crucificado que la redime, así como lavan los ojos de quien se queda a cargo de guiar al rebaño de hombres que reconocen la necesidad de ser guiados por los seguros senderos de la fe.

El solio de San Pedro quedará vacío en unas horas, y buena parte del mundo estará expectante para ver quién ocupará ese lugar, algunos orando porque sea el mejor para la iglesia, otros especulando sobre nombres y horas de nacimiento y unos más, los de peor gusto, corriendo apuestas sobre el nombre del sucesor a un trono que nunca fue usado por el que realmente lloró.

 

Maigo.

 

 

El puesto del responsable.

Y al que sacrifica no le es permitido pedir bienes solamente para él en particular, sino que él suplica bienestar para todos los persas y para el rey; pues entre todos los persas está también él mismo.

Heródoto I, 132

 

Ayer en el mercado, de una injusta ciudad que visitaba, vi a un hombre que parecía un predicador, de un memento a otro se puso a hablar sobre dios en medio de la gente, que en ese instante se ocupaba de buscar aquello con lo llenaría su vientre y dejaría vacío el de los demás. Su discurso atendía a lo que la mayoría podría entender como alimento para el alma, hablaba de amores y perdones, y de la relación que tiene lo divino con lo humano, de las preocupaciones cotidianas y del sustento que dios puede dar a quien confía plenamente en él.

Durante su discurso algunas personas rieron y se retiraron, otras pasaron con la indiferencia de quien ya no se interesa ni por el alimento corporal, y procura sólo tener aquello que calme al vientre para poder seguir trabajando sin las molestias y pérdidas de tiempo que causan las horas de la comida y las convivencias con familiares que lo son sólo de sangre. Y unos más, quizá los menos, se detuvieron a escuchar lo que este hombre decía en medio de un lugar público y del que parece que dios había sido desterrado, toda vez que se daba prioridad al bienestar del individuo sobre el de la comunidad, si es que algo quedaba de ella.

De los que escucharon el discurso completo, había unos que escépticos y desesperanzados sólo buscaban ver completa la actuación de ese hombre, pues eso daría un buen tema para conversar con los enemigos y competidores del trabajo; al escuchar pensaban en lo gracioso que sería mostrar las incoherencias de hablar públicamente sobre algo religioso, algo que mejor debería quedarse en la intimidad del alma. Y había otros, que a diferencia de los antes mencionados, consideraron que no era mala idea llevar a un lugar público como el mercado el recuerdo de un mensaje de amor y perdón que prometía detener a la violencia que se apreciaba en lo público, en pos de una mal entendida paz privada.

Estos últimos fueron tan pocos que cualquiera bien podría pensar que lo que ellos pudieran hacer pronto sería sofocado por los gritos de los vendedores en el mercado, como la voz del hombre que predicaba. Lo que no veían los desesperanzados que los criticaban tan duramente por ilusos es que esos pocos, que deseaban creer otra vez en el amor y en perdón, asumían sobre sus hombros la responsabilidad de aquellos actos vergonzosos que reinaban en el mercado, y lo hacían sin exigir un cambio de actitud respecto de los demás como siempre ocurría cada vez que surgía algo de qué quejarse en la ciudad, porque comenzaban por arrepentirse de los propios actos que habían hecho de la ciudad lo que era en ese momento.

Así pues, a estos pocos que se hacían responsables en nada les afectó que tiempo después de la aparición del predicador del mercado, muchos pretendieran comerciar y ofrecer los beneficios particulares de los bienes traídos por un mensaje que se fundaba en la posibilidad de pensar en todos y no sólo en uno de los individuos que conforman a la comunidad.

Maigo.

Recuperar la palabra

Para nadie

No os preocupéis del mañana,

que el mañana se preocupará de sí mismo.

Cada día tiene ya bastante con su propio mal.

 

La soledad y la fiesta parecen ser los extremos de la vida social. De un lado, la desconfianza extrema en el hombre banaliza la diaria convivencia y relega la disposición comunitaria a una breve suspensión del caer de los días; de otro, la extrema confianza en el hombre pulveriza los tratos cotidianos y confina al desamparo los pasos que afianzan la travesía de la vida. Qué tan confiados seamos y cómo se viva la fidelidad parece el fondo del asunto; como si la vida fuese cuestión de créditos y mercados.

En el mercado platicaba Sócrates, hilando sus días con las palabras, tanto de los sabios del pasado, como de los hombres de su tiempo -amigos, conocidos, advenedizos y personajes de gran fama-; la conversación socrática era totalmente provinciana: hablaba de lo suyo, entre los suyos y con su modo vernáculo de expresión. Mi deslustrada memoria sólo ubica un pasaje, más allá del agradable chascarrillo aristofánico, en que Sócrates se encuentra cerca de los extremos de la vida social: al inicio del Simposio medita en la soledad antes de acudir a la fiesta, mas la peculiar fiesta que ahí se narra deja a un lado el vino y da lugar a la palabra; fuera de eso, parece, la vida de Sócrates no pasó más que de hablar. Los maestros medievales, por su parte, llevaron la vida hablando con los discípulos y compañeros del monacato, hablando de su fe a los hermanos de la fe; habiendo voto de silencio, llevaron su vida hablando a Dios. Los maestros medievales no podían dejar de hablar, así dispusieron su vida, así urdieron sus días. Los primeros modernos estaban al pendiente de los discursos del momento: los escuchaban, pedían la palabra y se integraban a la plática. Descartes y Leibniz son buenos ejemplos de hombres entregados al cultivo de la vida en el huerto epistolar. Los primeros modernos forjaron una provincia internacional de la palabra. Nuestros tiempos, en cambio, parecen deshabituados a la plática, más asiduos a los extremos, globalizados y cosmopolitas pero aversos hacia las provincias de la palabra; de otro modo, no hallo manera de explicar el gélido silencio en que los actuales hombres de letras han confinado a Caritas in veritate, la más reciente encíclica de Benedicto XVI.

No creo, en verdad, que la indiferencia al nuevo mensaje papal se deba a una actitud anticlerical, pues muchos de esos hombres de letras permanecen en constante acecho del mínimo desliz expresivo del obispo de Roma. Tampoco creo que se deba a una, presumida cuanto denunciada, tendencia al cientificismo predominante en el ámbito intelectual; pues la mayoría de ellos se jacta de superar dicha tendencia y hablar desde la libertad de sus palabras. Mucho menos creo que la indiferencia se origine en la radical heterogeneidad de los temas y preocupaciones del Papa y los intelectuales, pues gran cantidad de los últimos ha hecho su prestigio en el mundo de las letras, o su carrera en el mundículo académico, tratando los mismos temas que en la encíclica preocupan al sucesor de Pedro. No se haría mal en preguntar cuándo tendremos el gentil e iluminador comentario a la encíclica de todos aquellos que se fingen preocupados por la actual crisis económica, o por la naturaleza del sistema capitalista, o por las estructuras “metafísicas” detrás de nuestros modos técnicos de producción, o por las consecuencias éticas del desarrollo tecnológico, o por el aborto y la ingeniería genética, o por la vida política en general -incluida la felicidad (término que sólo aparece en dos ocasiones a lo largo de la encíclica, y sólo en una de ellas como elemento de la salvación, y por ello en ninguna como fin en sí mismo)-. La indiferencia se debe a otra causa, causa que avizora la carta misma: nos hemos confundido sobre lo que realmente vale la pena.

Benedicto XVI compone la encíclica teniendo enfrente la crisis económica mundial. Desde el inicio deja claro que el temor y la confusión derivados de los fenómenos adyacentes a la crisis del sistema financiero mundial han permitido ver los errores del progreso de los últimos cincuenta años, y al mismo tiempo advierte que la única manera de superar efectivamente la crisis es subsanando las carencias del desarrollo que ha formado nuestros días. O en otras palabras, pudiendo haber un número suficientemente vasto de causas de la actual crisis económica, Benedicto XVI afirma que hay una fundamental: el progreso ha sido incompleto. O dicho llanamente: un progreso incompleto no es progreso real. Desde ese planteamiento el Papa decide recordar a los lectores, mediante el comentario de la encíclica Populurum Progressio de su antecesor Pablo VI, la posición oficial de la Iglesia ante el desarrollo. En su interpretación, Benedicto XVI identifica a la fraternidad como el verdadero fin del desarrollo de los pueblos, pues sólo es posible que todos trabajen juntos en vistas al bien común cuando la guía rectora de la acción es la caridad -amor al prójimo-. Si el desarrollo es resultado de una actividad de amor, los hombres de los pueblos en desarrollo trabajarán juntos por el bien de sus hermanos, logrando así el desarrollo fraterno de la totalidad del hombre: económico, moral, político, cultural y espiritual. Reconoce, además, que si bien han cambiado las circunstancias que daban sentido a la Populorum Progressio, en el mundo globalizado las señales básicas de Pablo VI siguen teniendo sentido, pues es precisamente en el mundo global donde se ha de buscar que los hombres se encuentren más allá del trato comercial, que se encuentren en la caridad. Sin embargo, y este es el punto de mayor profundidad en la carta, la caridad sólo es posible si se funda en la verdad, verdad de razón y fe, si –finalmente- superamos el relativismo de nuestro tiempo: el nihilismo. Es aquí donde hay que relacionar Caritas in veritate con Deus caritas est y Spe salvi, las dos encíclicas anteriores del obispo de Roma. Por la relación se advierte que la única manera de superar el nihilismo es la esperanza, y la esperanza sólo tiene sentido en el amor de Dios. Para Benedicto XVI, por tanto, la crisis de nuestro tiempo, que en su expresión económica es una pequeña fístula, es la crisis de la fe. Carentes de fe vagamos asqueados por el mundo infinito sedientos de un consuelo pasajero. Si se ha de hacer algo ante la crisis, advierte el Papa, primero habrá que reconocer el problema; leer la reciente encíclica sería un buen primer paso.

Caritas in veritate es más que una indagación metafísica sobre el problema de nuestro tiempo, de hecho esa discusión sólo está al fondo. En esencia la nueva carta ofrece orientaciones básicas para la acción en estos tiempos de crisis. Si bien advierte que la única salida real de la crisis económica es el desarrollo pleno del hombre, no deja la advertencia en la vaguedad, sino que describe, aproximadamente en tres pasos, cómo se ha de lograr ese desarrollo pleno. En primer lugar se ha de promover el trabajo de los hombres en comunidad mediante el afianzamiento de los lazos fraternos que constituyen la sociedad civil. O dicho de otro modo: no hay bienestar económico sin justicia en la sociedad civil, no habrá salida de la crisis económica sin democracia. En segundo lugar, y a fin de garantizar el desarrollo de la sociedad civil, se ha de proteger al núcleo básico de todo grupo social: la familia; y protegiéndola se han de garantizar los derechos básicos de los hombres, pues es precisamente la familia la que garantiza el bienestar de sus miembros mediante el celoso cuidado de su dignidad. O dicho de otro modo: no habrá democracia sin tradiciones familiares, y las tradiciones siempre tienen su fundamento en la fe. Y en tercer lugar, se expone en la encíclica, si el hombre encuentra un sentido en su núcleo social más cercano y vivo, no degenerará en actitudes contrarias al bien humano, y por tanto obrará de acuerdo al bien, guiado por la caridad. O en otras palabras: si se quiere poner límites a los usos del desarrollo tecnológico, hay que educar bien a los usuarios de la tecnología; la mejor educación, se sugiere en la carta, es la de la fe. Así, propone Benedicto XVI, será real la superación de nuestra crisis.

Palabras de esperanza, sin duda. El Papa no desconfía que podamos salir de la crisis, que en nosotros esté la solución a nuestros problemas. Lo dice con claridad: “la idea de un mundo sin desarrollo expresa la desconfianza en el hombre y el dios”. Ese es su supuesto intocado. Creo que el progreso es su fe.

A primera vista el Papa no propone nada nuevo o nunca antes dicho por los hombres de letras mencionados antes; al contrario, sus coincidencias son mayores que sus divergencias. ¿Por qué, entonces, la indiferencia? Sospecho que se debe a que los hombres de letras están más ocupados en las soledades y las fiestas que en las pláticas provincianas; que el mundo globalizado les da más satisfacciones, distracciones y oportunidades para pasar el rato, que la plática con los suyos de los temas que supuestamente les interesan -si es que aún les interesa algo-; que hay más invitaciones -y presiones- para reunirse en fiestas que en lecturas; que, finalmente, prefieren la vocinglería parlotera de la juerga a la  musicalidad permeante del diálogo. Los hombres de letras que desprecian el diálogo con esta provocadora carta son signo de nuestro tiempo: así somos, nos estamos quedando sin palabras. Hemos decidido llevar nuestra vida hadados a una soledad inane en medio de nuestra extenuante fiesta infinita: síntesis de los opuestos, que no buena vida.

Námaste Heptákis

 

Humanismo y Religión: ¿pugna o relación?

Por: Raïssa Pomposo.

 

La historia se convierte para nosotros, como hombres modernos, en un instrumento de análisis para comprender nuestro presente. Sin embargo, ella es también un trazo perfecto de las contingencias del tiempo y del acto humano, los cuales se encuentran involucrados mutuamente, pues tanto la historia nos conforma a nosotros como ella está construida a través de nuestros actos. De esta manera, parece que su estudio ayuda al ejercicio filosófico por comprender al hombre mismo como concreción en el tiempo.

Si es la historia la que permite comprendernos y desarrollarnos en aquello que llamamos presente, ¿en consiste entonces el ser del hombre moderno? Sin pretender dar una respuesta a esta pregunta, analizaremos el significado del concepto “humanismo” dado por Santo Tomás y su papel en nuestros tiempos.

El Humanismo ha tomado varias facetas que dependen de su aplicación, es decir, se ha transformado en humanismo ateo, humanismo cristiano, humanismo existencialista, etc. Sin embargo, si pensamos en su significado como aquello que tiene naturaleza humana, no es necesario poner apellidos al humanismo, pues éste ha existido desde que el hombre dio sus primeros pasos de vida. Pero ¿por qué entonces se habla de la necesidad de él ante un panorama obscuro dibujado por las guerras, las injusticias sociales, la tortura, etc.? Es ahí donde viene bien recordar un segundo significado de Humanismo: la humanidad no es sólo una condición natural al hombre, sino es también una virtud que consiste en una ayuda exterior y un abierto interés por el bienestar humano. No debemos perder de vista que el camino que el Aquinate sigue para llegar a esto es el camino de la religión cristiana, en donde la figura de Dios se personifica, dando así un significado importante para el desarrollo de la civilización humana, es decir, de la persona en su mundo. Jesús se hace hombre para trascender en nosotros y vernos como imagen y semejanza de Dios, como cuerpo y alma, como razón y entendimiento.

¿Es esto un indicio de que la persona en su actuar humano requiera de una guía trascendente como Dios dejando ver que la religión es parte constitutiva de su existencia? ¿Es posible un humanismo completamente ateo o éste es tan sólo un intento de dar significado a al acto humano como trascendente independientemente de su relación con una religión?

Para seguir con esto será necesario pensar en la sentencia de la muerte de Dios para pensar en la posibilidad o no de un humanismo en donde se desarrolle por completo el libre albedrío del hombre. ¿Qué es aquello que ha provocado la muerte de Dios y qué consecuencias ante nuestra libertad tendría su muerte? ¿Será el Dios de una religión particular el que ha muerto o es el carácter ontológico que lleva consigo la concepción de Dios?
La sentencia “Dios ha muerto” ha sido producto de interpretaciones que varían dependiendo, a mi parecer, de la concepción de lo que es un hombre libre, pues habrá lectores para los que la muerte de Dios signifique la posibilidad de que el hombre sea liberado de las cadenas de la determinación divina, de leyes que limitan el desarrollo completo del hombre en el mundo; habrá otros que, en cambio, piensen que el hombre es libre precisamente gracias a la voluntad divina, y con esto podemos recordar la concepción agustiniana que consiste en decir que Dios se hizo hombre para que el hombre fuera Dios.

Pensemos primero en esta sentencia como una metáfora, pues ella traslada lo característico del modo de ser de los hombres hacia aquello que puede entenderse como lenguaje poético. La metáfora le da un sentido distinto a las palabras que se nos presentan en el lenguaje, llevándolas más allá de lo que pretendían alcanzar, poniendo en duda aquello y es ahí donde entra el papel hermenéutico, cuando las palabras se agotan en el habla.

Toda hermenéutica tiene la tarea de extraer el sentido de lo interpretado, y en el ámbito de la metáfora esto se complica. Para lograrlo debemos encontrar el sentido que la palabra misma dibuja, pues ésta es expresada de tal manera que no puede ser dicha de otra forma en boca de un profeta, es decir, el constante uso de la metáfora al hablar del fenómeno de la acción implica que lo entendido como completamente perceptible y asido por el lenguaje categórico, resulta ser insuficiente al momento de darle el máximo peso en la realización humana.

Es en la acción en donde buscamos el sentido que nos llevará a construir nuestro andar dentro del mundo, y es ahí en donde nos vemos en la necesidad de recurrir al análisis de la historia, al recuerdo o al olvido. Pero qué es aquello que hay que olvidar si en nuestra visión contemporánea el olvido es precisamente el que impide que nuestro hacer sea coherente, pues la conciencia histórica es ahora la que gobierna nuestro sentido. Pensemos en el papel que Nietzsche tomó ante el asunto del olvido: en su Zaratustra no se refiere a una conciencia histórica olvidada, sino que es en el olvido de valores y leyes construidas por una conciencia divina y no por el hombre mismo donde comienza a esbozarse la sentencia de la muerte de Dios. Recordemos que Aristóteles nos dice que hay una ciencia que contempla al Ente en cuanto ente y lo que le corresponde de suyo , y pensemos que esto no sólo es lo que estudia la ontología y metafísica, sino que es también pensado por la teología, en tanto que implica el estudio de la causa primera, en este caso suprema, ¿no será el Ente en cuanto ente en el sentido teológico el que deberá quedar olvidado para dar paso a una reconstrucción de valores? Es ahí en donde el humanismo ateo desarrollará su papel en la historia del actuar humano.

¿Por qué el niño no se pregunta por la dirección de su vida? o ¿acaso pensamos que no se lo pregunta, pero realmente su acción es la construcción constante de un camino? El niño simplemente es lúdico, encuentra en la pequeñez de una cosa, el mundo imaginario que jamás pensamos, simplemente porque las leyes convenidas entre los mayores no le atañen, no le afectan mientras se divierta, mientras sea él mismo quien dirija el juego. En el niño no cabe la pregunta por un ser supremo y principio de todo el universo en donde los valores son impuestos.

El olvido se presenta para sugerir que es necesario comenzar a buscar un nuevo sentido a la propia existencia, “un nuevo comienzo” en donde el peso ontológico recaiga ya no Dios, sino en la creación que se encuentra en las manos del mismo hombre, pues ese será el ser que estará bajo nuestro propio gobierno y valores.

Regresemos a la tradición racionalista en donde Dios era ubicado en un puesto completamente incognoscible para el hombre, como pasa por ejemplo en la visión kantiana, completamente alejado de su condición humana, y en ese sentido Dios muere. Se olvida el ser supremo creador de todo lo existente, y se inicia el camino por repensar el ser, nuestro propio ser. ¿No nos llevará esto a un solipsismo?

Es aquí donde pensamos en una analogía entre el comportamiento del niño y el del que se le denomina como “loco”, pues éste es tal por el hecho de vivir su locura para él mismo de manera completamente cuerda, rigiéndose de modo ajeno a los valores comunes, viviendo en un mundo que los demás no pueden ver. El loco está solo; finalmente lo sano acordado no coincide con lo que él vive, la ridiculez de su locura ante los otros lo deja completamente solo. ¿Dónde se encuentra la barrera entre lo cuerdo y la locura, entre lo permitido y lo prohibido?

Es ahora cuando analizamos la soledad y nos preguntamos por la necesidad del misterio en la vida del hombre, pues el fenómeno de la muerte parece lanzar su daga mostrando la finitud de la existencia, y nos obliga a pensar en el sentido que lleva consigo nuestro hacer sin la confianza en el otro (pensando en la soledad), en su mirada, no para reconocernos, sino para reconocerlo a él mismo como parte de nosotros, lo que nos lleva a la posibilidad de una vida en comunidad y de la realización del humanismo. Precisamente al aclarar que vemos la mirada del otro no para reconocernos, es en donde cabe el misterio, donde el lenguaje hablado no expresa todo sino que sede su lugar al silencio que guarda la mirada.

Entendiendo el misterio como aquello en lo que nos vemos comprometidos de por sí y no buscamos resolver como un problema, la pregunta por el sentido de la existencia y por aquello que pueda ser realmente la muerte, pone en duda el hecho de que el hombre pueda bastarse a sí mismo por completo.

Sabemos que la fe dentro del cristianismo es un factor fundamental para la relación entre Dios y el hombre, sin embargo, esto no significa que Dios le sea completamente desconocido al hombre y por ello éste ubique su existencia sólo en la fe.

Es ahora cuando la sentencia “Dios ha muerto” se vuelve insuficiente. Tal vez muere el Dios que impone valores para determinar de esa manera al hombre, y parece que con el olvido matamos aquello que olvidamos, pues es el recuerdo lo que hace posible la permanencia en nuestra memoria. La muerte de Dios ha sido sustituida por el pensamiento que en la época contemporánea ha tomado su auge: la agonía del hombre. Ahora ya no es “Dios ha muerto” sino además “el hombre agoniza”. ¿Qué quiere decir esto? De alguna manera podemos darnos cuenta de que agonizamos en un primer plano de la existencia que nos atañe a todos, y es el nuestra condición finita, moriremos y somos ignorantes ante el cómo, cuándo y dónde de nuestra muerte, ignorancia buena o mala, pero que permite que nuestra acción no carezca de sentido. Sin embargo, el hombre no agoniza por algo que le sea externo a él, por el calentamiento global o la posibilidad de la destrucción del universo, sino por la posibilidad de destrucción completa de sí mismo, del humanismo.

El mal uso que hoy en día se da del avance científico o de los potenciales humanos es el que hace posible la destrucción del hombre, como pueden ser las armas nucleares, las técnicas bélicas, etc. Podemos decir que el anuncio de la muerte de Dios se da en respuesta a un abuso de parte de los hombres al convertir a Dios en el asidero por excelencia, pero aún así, tanto la muerte de Dios como la agonía de los hombres no deja cabida para la libertad humana por completo, pues la trascendencia que promete la religión no dependerá de leyes ni mandamientos a seguir, sino del mismo hacer del hombre. Es decir, el artista, el filósofo, o cualquier hombre en tanto creador, experimenta de la manera más profunda la relación con lo trascendente, pues la apertura al otro es lo que hace posible que la obra, por pequeña que sea ésta, permanezca en él, y mediante la creación se traduzca su libertad, abriendo la posibilidad de eliminar la agonía de la que hablamos anteriormente.