La explicación persistente

La explicación persistente

 

Pallas, quas condidit arces,

ipsa colat…

 

La ciudad es el lugar de las palabras. Por ello, la reacción romántica contra la civilización moderna enaltece al campo. Si la ciudad moderna se construye a partir de la razón instrumental, será la sólida muralla del silencio la que circunde el panorama romántico del campo. Y la música –a media luz entre el silencio y la palabra- se presentará como la frontera de la civilización y la naturaleza. ¿Acaso la música requiere explicación? ¿Acaso el campo nos libra de explicar? ¿Qué es una ciudad donde ya no se explica nada?

         El silencio del civilizado extraña, pues es una renuncia a la explicación. De igual modo, cuando la música deja de ser concierto en la ciudad, el ruido es lo que permea. ¿Quién quiere vivir en el ruido? Incluso allí donde la palabra parece ya imposible, la explicación no es del todo un inútil combate. Podríamos explicarnos el ruido que circunda para entender al menos si todavía hay lugar para las palabras. Persistir en la explicación no es siempre un acto vanidoso, que a veces la vanidad del autor está en su renuncia a explicar.

         Alexis, o el tratado del inútil combate es una obra literaria que nos permite pensar en la persistencia de la explicación. Por un lado, Alexis podría ser considerada una novela cuasi-autobiográfica: el drama del despertar sexual de un escritor que se hipostasia en su personaje como mecanismo de ocultamiento. Por otro lado, y más acertado, El tratado del inútil combate podría ser considerado como una carta extensa en que se explican en primera persona las acciones de un personaje fabulado. Sin embargo, Marguerite Yourcenar logró mucho más que eso con su obra: logra una novela epistolar biográfica que da razón silenciosa del autoconocimiento erótico. ¿Razón silenciosa?

         Considerada como carta, el autor es el personaje principal de la novela. Pensada como novela, Alexis es el personaje principal de la carta. Sin embargo, no es sencillo identificar a Alexis con el autor de la carta, ni a alguno de los dos con la autora de la obra, ni a la destinataria con el lector, la autora o quien originalmente pedía la explicación. Alexis, el autor de la carta, la destinataria de la carta, la autora de la novela y el lector de la novela se encuentran en torno al silencio que origina toda la obra. El silencio está tanto en la periferia como en el centro de la obra porque es la continuación del viejo lamento de un pastor que es cervatillo, es la respuesta de quien alejándose protege, es la explicación persistente del silencio en la segunda Bucólica de Virgilio.

         Virgilio presenta a Corydon lamentándose porque su amor por Alexis no le es correspondido. A lo largo de la égloga, el pastor muestra la sinceridad de su pasión amorosa y su distanciamiento de la sencilla armonía natural. El epicureísmo virgiliano permite notar que el amor, aun cuando sea sincero, es siempre una perturbación, un desequilibrio de lo natural. No es antinatural la pasión homosexual, sino que su oposición a la naturaleza se origina en la perturbación originaria: todo amor es contrario a la naturaleza. Corydon se lamenta porque al amar ha perdido la tranquilidad y no ha ganado a Alexis.

         Alexis, en cambio, no tiene voz en el poema virgiliano. El silencio de Alexis motiva la creación yourcenariana: parece que la novela pretende dar voz al que en el poema calló. Sin embargo, la voz de Alexis sólo sonará a través de la voz de quien redacta la carta: un hombre que confiado en la comodidad de la costumbre evitó el autoconocimiento y en ello ha reconocido la razón de su infelicidad. El redactor de la carta escribe a su esposa para explicarle por qué ha huido, por qué la ha abandonado, por qué ella es la única que podría entenderlo. Huye porque él nunca sería feliz en la relación burguesa que el matrimonio le permite; él ama de otro modo. Abandona porque no puede exponerse a la tentación de la ciudad, de los citadinos, de los jóvenes de la ciudad. Y la esposa es la única que lo entenderá porque es la única que sabe por qué su amor es realmente imposible: sólo la esposa aquilatará el silencio de la explicación nunca plenamente dada. El esposo se va de la ciudad sabiendo que en el campo tampoco podrá hablar Alexis.

         El epicureísmo del poema nos permite ver al amor como perturbación. Alexis, si correspondiese a Corydon, se perdería en el silencio de los lamentos. El yourcenarismo, en cambio, comprende al silencio de otro modo. Piensa el redactor de la carta que entre una ejecución musical y otra sólo permea el silencio, la continuidad musical de la vida. Los lamentos de Corydon continúan en el silencio de Alexis. El esposo que abandona a su pareja, sabedor de la imposibilidad de amarla, deja una carta en que da razón del silencio en que terminará su relación. Mientras en el epicureísmo no hay solución para el amor, en el yourcenarismo la falta de solución es una renuncia a dar razón. Mientras los cantos virgilianos enaltecen el campo, la música yourcenariana nos acompaña en la ciudad.

         Persistencia en la explicación de uno mismo es el camino por el que Marguerite Yourcenar presenta el autoconocimiento erótico de Alexis y del personaje de Alexis, o del combate inútil. Negarse al autoconocimiento, negarse a dar razón de sí mismo, obliga a un silencio contrario a la razón, a un silencio forzoso, a la infelicidad más sencilla y más imbécil. Dar razón de la propia pasión erótica no necesariamente conduce a la felicidad, pero al menos sí nos aleja de imbecilidad. Cuando es imposible el sencillo amor del campo, cuando se es moderno, cabe detenerse a escuchar la música antes de partir. Cuando es imposible el amor de la ciudad, cuando se es romántico, cabe detenerse a explicar las razones del silencio. La explicación es solución, aunque no sea efectividad. A la oposición entre modernidad y romanticismo, Yourcenar presenta el valor de las palabras: el silencio revalora las palabras acalladas por la razón instrumental, así como las palabras revaloran el silencio de la simplificación romántica del campo. Las palabras valen cuando aquilatan los silencios. Los silencios suenan cuando prueban las palabras. Palabras y silencios se entretejen en toda explicación. Conocerse es, quizás, una explicación persistente.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. No nos engañemos: la alianza del Frente Nacional por la Familia con Mikel Arreola no significa que la gente del Frente sólo esté en el PRI, sino que el asunto está muy bien arreglado. Hacia el fin de semana circuló en los centros de activismo de derechos LGBTTTI una declaración en que se denunciaba la discriminación de Morena en la repartición de candidaturas. Para preparar terreno, el Frente convenció a Mikel de hacer una declaración escandalosa en domingo. La carta se hizo pública. Y el nuevo distractor fue la divulgación de la alianza del Frente con Mikel. ¿Por qué esforzarse tanto en dar la impresión de que Morena y el Frente no están de la mano?

Coletilla. “No hay mundo exterior para los amantes, pero todo es exterior en ellos”. Juan García Ponce

Plana ciencia

Ilustrados mucho o poco, solemos pensar que es provechoso para la sociedad que se divulgue la ciencia. En realidad, la información científica divulgada es impactantemente menor a los resultados de las muchísimas investigaciones patrocinadas por gobiernos y concejos universitarios en todo el mundo. Pero desconozcamos ese detalle provisionalmente por la suma complicación de su naturaleza. Será más fácil enfocarnos en esa idea que nos es tan cómoda, tan común, tan suave para nuestro pensamiento como que algo pesado es jalado por la Tierra, de que es provechoso para la sociedad divulgar la ciencia. La causa es muy sencilla: conocer la verdad de las cosas de este mundo nos surte de bienes. De éstos, los que más frecuentemente se ofrecen a la vista son los más útiles (cosa que se entiende porque son los más vistosos); con los que se explica, por ejemplo, que es gracias a nuestro conocimiento de las magnitudes físicas de los materiales que somos capaces de construir puentes kilométricos, o que el conocimiento de los pormenores eléctricos de los órganos humanos nos permite idear soluciones, producidas en masa, que regulan su funcionamiento en casos de enfermedades. Por la difusión de los descubrimientos psicológicos es más probable que halle comprensión un autista y gracias a la ciencia política no toleraríamos nunca más vivir bajo regímenes tiránicos u oligárquicos.

Otra idea, menos difundida aunque no por mucho, es que la ciencia requiere para su realización un ánimo desafiante, un arrojo marcado por la duda antes que la asunción irreflexiva y la apertura al descubrimiento, un ímpetu difícilmente contenido por la ortodoxia o impedido por el conformismo –que no es otra cosa que una corrosión del carácter provocada por esa ortodoxia–. Si tienen oportunidad, hablen con algún científico al respecto. Lo más probable es que les diga que esa imagen es bastante fantasiosa y que el trabajo científico es mucha más rutina, grilla y burocracia de la que uno primero sospecharía; pero aunque ésta sea una importante observación, podemos dejarla al margen mientras consideramos que el paradigma de hombre de ciencia que se nos presenta desde que somos pequeños se parece mucho más a esa fantasía. Nos enseñan a admirar a Galileo prefiriendo la verdad a la propia vida, a Newton descubriendo la llave del universo que permaneció escondida por milenios o a Einstein desafiando las convenciones gravitacionales en contra incluso de antiguos gigantes astrónomos.

Hay una tensión entre estas dos ideas. Cuando la divulgación de la ciencia se realizara por entero, todas las personas por igual aceptarían y aprenderían todo lo que hay por saber tal como es. Se lograría educar en el terminado y comprehensivo dogma de la verdad universal. Pero al mismo tiempo, el ánimo científico estaría eternamente desafiando el dogma simplemente por ser ortodoxo, sin atender si es o no verdadero, y jamás la gente educada para desplegar tal ímpetu podría aprender lo que la ciencia divulga. Esta contradicción frente a la ciencia resuelve a momentos la tensión devaluando alguna de las dos convicciones o ambas. Por ejemplo, pensemos que la mayoría de las veces la ciencia no se enseña en realidad, sino que más bien se ayuda de imágenes inexactas para persuadir a personas neófitas de asentir ante modelos, conceptos o sistemas que se quieren divulgar. Es decir, se vulgariza la ciencia. Es mucho más fácil concebir distancias en un planisferio representándolas como líneas rectas, aunque no sean así exactamente, que haciendo cálculos de curvas sobre secciones de esfera u ovoide. El resultado no es el conocimiento de la verdad sobre alguna parte de la totalidad universal, sino la aceptación pública de cierta doctrina. Pensando en el otro lado, se educa con el discurso de la belleza del espíritu desafiante, pero al mismo tiempo se caricaturizan algunas doctrinas de manera que se tiene algo para desafiar incluso cuando no se cuenta con muchas ganas de meterse en verdaderos problemas. A los ojos de la opinión común sólo hace falta decir que «la religión no es sino colección de supercherías primitivas» para ponerse la camiseta del equipo de la ciencia. Y celebramos con razón que por decirlo nos echen porras y no piedras. Estos dos suavizantes ‒el de la divulgación y el de la infatuación científicas‒ no solamente alivian la tensión, sino que forman una dinámica perfectamente comprensible y cómoda, hasta lógica, en la que parecería que nunca existió ninguna contradicción. Así, la gente de a pie podemos asentir al proyecto de educar a la humanidad siempre que desafiar tal o cual añeja norma nos rinda los beneficios útiles y vistosos que estamos esperando de nuestra ilustrada civilización. Somos valientes que ponen en duda toda convención… o eso nos dicen y no tenemos por qué ponerlo en duda. Al asentir a lo dicho por los expertos nos convertimos automáticamente en expertos nosotros mismos, ¡y sin haber quemado ni una sola pestaña! Incluso para el autoestima es una ganga: somos parte fundamental del mejor y más benéfico cambio que ha sufrido el mundo humano jamás y lo único que tuvimos que hacer fue ser nosotros mismos.

Una verdadera educación científica de toda la sociedad es imposible, para empezar, porque no existe tal cosa como el científico todólogo que pueda hacerla de maestro mundial. Todos los científicos son especialistas a tal grado de finura que, por así decir, entre un químico electroanalítico y otro podrían no entenderse nunca porque uno se dedica a la formación de sistemas que permitan cuantificar electroquímicamente la concentración de dopamina en una muestra dada, mientras que el otro intenta perfeccionar métodos de electrodeposición para sintetizar catalizadores para celdas de combustible. Los resultados de sus investigaciones se harán más o menos conocidos dependiendo de las instituciones que les den los fondos y de las revistas que los publiquen. Ninguno de los comités a cargo de las revistas prestigiosas de divulgación científica tiene representantes de todas las especialidades, ni tiene por qué esperarse de ellos cosa tan descabellada, que sería como esperar de un vivero que contenga cuando menos un espécimen de cada distinto vegetal sobre la Tierra1. Y todo esto no es demasiado escandaloso porque tampoco es posible que todas las personas sean férreas defensoras de la verdad sin asegunes, en todas sus formas, feas o hermosas, finas o gruesas. Francamente, a pocos les interesa. La ciencia suele interesar por sus efectos, por los resultados que porta2. La resistencia del material del que está hecho el puente kilométrico no importa a prácticamente ninguno de los que lo cruzan más de lo que les importa que el puente esté ahí para ahorrarles la vuelta, esté hecho de concreto, madera o cristales de nitrato de uranilo. A la mayoría de las personas les daría igual si la Tierra girara al rededor del Sol o si fuera viceversa, si todo lo demás en sus días fuera igual. Ésa es la vida real de la mayoría de nosotros los ilustrados contemporáneos.

Con todo, últimamente ha estado dando vueltas la noticia de la existencia de los Flat-Earthers. Entre la sorpresa, la incredulidad y el escarnio de todos los demás, se trata de un grupo considerablemente numeroso de personas, especialmente en Inglaterra y Estados Unidos, que dedican sus esfuerzos a contravenir la doctrina de que la Tierra es redonda y a sostener que más bien es plana. No son una sociedad nueva, pero últimamente han estado llamando la atención por su incremento (de hecho hay varios de estos grupos más o menos serios, pero por ahora consideremos solamente la Flat Earth Society como representante del resto). Las redes sociales han ayudado mucho a compartir su discurso, entre los que lo creen y los que lo toman a guasa. En una convención recién celebrada este noviembre, miles de personas asistieron gustosas a conocer a sus congéneres y a disfrutar conferencias acerca de las implicaciones lógicas y prácticas de que la Tierra sea plana. Y créanme, ellos son en verdad más ilustrados que los ilustrados contemporáneos. El mismo valor que se admira en Galileo es necesario para decirle al mundo entero, con todo y sus agencias de exploración espacial y su tradición educativa centenaria, que están equivocados quienes suponen que la Tierra es redonda. La agrupación se presenta con la intención de fomentar el pensamiento crítico, de negar el dogma que no ha sido probado y de confiar en las capacidades propias para realizar razonamientos científicos antes de acceder a ninguna conclusión. Y esto no es cosa ligera: ¿qué fuerza puede tener la tradición, por más que sea centenaria, si es irreflexiva, contra un instante de visión en ojos propios para contemplar la verdad? (Que no se diga que es imposible para un ilustrado ponerse romántico). Las consideraciones de este grupo son, a su propia vista, muy serias y comprensiblemente mal recibidas por la mayoría de las personas; después de todo, esa mayoría es la que está educada desde la niñez para repetir doctrinas que no entiende. Argumentan tanto positiva cuanto negativamente. Los sentidos, dicen, son nuestra primera aproximación al mundo y su verdad, y nunca ha de desconfiarse de ellos si no se presenta antes una razón para ello tan convincente que no deje ninguna duda; el peso de la comprobación recae en los que nos quieren convencer de que no vemos lo que vemos, no al revés. Y si uno se fija bien, toda observación personal que se haga, siguen diciendo, del horizonte o de la perspectiva al escalar una montaña, nos mostrará sin reservas que no hay ninguna curvatura a todo lo largo del mapa que no sea solamente un accidente geográfico. Los experimentos que proponen trazar una recta de la visión para después corroborarla a lo lejos o a lo cerca usan telescopios, boyas, faros, observaciones del mar y movimientos de banderas o velas de barcos; y éstos siempre concluyen que no podría ser redonda la Tierra, pues de lo contrario la visión se perdería allá donde no se pierde: la recta de la visión coincide siempre en el punto de la observación independientemente de la lejanía o cercanía de los objetos hallados en una recta correspondiente a la planicie terráquea, por más alejado que esté el horizonte. ¿Y las fotos de los astronautas, los estudios astronómicos, los cálculos de aviación o de predicción meteorológica? La respuesta que dan los planitérreos es que algunas de estas cosas son resultado de la propaganda política y otros de coincidencias que pueden ocurrir lo mismo para una Tierra redonda que para una plana. La cereza del pastel retórico es esta consideración de aire conciliatorio: ellos dicen que la doctrina de la Tierra redonda no es un intento malintencionado para engañar a la población (¿qué se ganaría con ello?); lo que en realidad pasa es que las grandes fuerzas políticas que apoyan el dogma creen que la Tierra es redonda pero, aunque no tengan los medios para comprobarlo, fingen que lo han hecho porque lo que les interesa en realidad es un discurso internacional fuerte, cuya raíz fue la carrera de expansión que en la Guerra Fría libraron EEUU y la URSS y cuyas ramitas son todas las querellas políticas entre potencias mundiales de hoy.

Los experimentos que aquí refiero, lectores, son todos derivados de los que dio cuenta Samuel Birley Rowbotham3. Apenas uno considera que todos son el mismo experimento, nomás maquillado por acá o por allá, y que en él se cae en la tremebunda omisión de las distancias continentales y de la refracción de la luz, queda todo su fondo demostrativo sin un gramo de crédito. Y leer la explicación que los planitérreos ofrecen de las observaciones de la gravedad es apenas un paso menos irrisorio que escuchar a algún compañero pedestre explicar la teoría de las supercuerdas. Sin embargo, eso no es lo importante. Es un deleite observar que en tantas personas sobrevive tan vivo el fuego ilustrado de la divulgación científica y el desafío a las convenciones, que están dispuestos a poner a prueba con todo el rigor del que son capaces, la que muchos propondrían como la más ridícula de las nociones en la ciencia natural. No son intransigentes ni absurdos, al contrario, actúan con mucha congruencia. A menos de padecer de una mente poco reflexiva, de golpe caerá uno en la cuenta (apenas se pase la risa), de que la mayoría de los que desprecian a la Flat Earth Society de hecho no podría demostrar matemáticamente ni el movimiento de la Tierra al rededor del Sol, ni la necesidad de su forma ovoidal para que la intensidad de su campo gravitatorio acelere 9.81 metros sobre segundo al cuadrado los objetos a ella sometidos4. Podrá la vida llana alejarnos de las verdades del universo, pero la tendencia naturalmente humana a conocer no dejará de aparecer en nuestras sociedades, por más que las contradicciones en las que vivimos parezcan haberla sofocado por entero. ¿Y no son una lúcida, brillante muestra ellos que en pleno siglo XXI defienden que la Tierra es plana? ¿Importa si están bien o no?5 ¡Celebremos que nuestra educación aún puede rendir estos frutos! Y es que con éstos que han aprendido todo lo importante del furor por el mejoramiento de la humanidad y el reparto de mercedes a su género, ¿quiénes dirán entonces, hombres de poca fe, que la Ilustración no ha sido todo un éxito?


1 Eso por no mencionar que aquello de la rutina, grilla y burocracia de la profesión científica domina aquí con máxima fuerza.

2 No es gratuito tampoco que usemos como usamos la palabra ‹importar›, con la idea de que si nos interesa es porque nos da algo que viene de fuera.

3 Parallax, Earth Not A Globe, 3ª edición de 1881. Más exactamente dicho, muchos son derivados de estos experimentos, pero varios razonamientos que ofrecen tienen también otras rutas, algunas más antiguas.

4 Con más exactitud, son 9.80665 m/s2, al nivel del mar.

5 «La ilustración estaba destinada a convertirse en ilustración universal. Parecía que la diferencia de dotes naturales no tenía la importancia que le había adscrito la tradición; el método probó ser el gran igualador de mentes naturalmente desiguales» y «La nueva ciencia política pone en preeminencia las observaciones que pueden hacerse con la máxima frecuencia, y por lo tanto, por personas con las capacidades más mediocres. De este modo culmina frecuentemente en observaciones hechas por personas que no son inteligentes sobre personas que no son inteligentes». Leo Strauss en Liberal Education and Responsability y An Epilogue, respectivamente.

Intensas falsedades

¿Por qué la felicidad no se puede reducir a un solo momento de alegría efímera pero potente?, ¿por qué para decir que somos felices debemos serlo durante toda la vida? El primer argumento para tirar la sombra de felicidad que da un intenso momento está contenido dentro de su descripción: su propia pequeñez. El empuje que da una ardiente placer desaparece de un zarpazo. El que dice experimentar así la felicidad se eleva hacia unas nubes que no puede ver y cae en un antro oscuro. La caída produce dolor.

La felicidad no la da un momento de placer en soledad porque la añoranza hacia aquel único momento producirá tristeza. ¿Esto quiere decir que debemos buscar placeres constantes y su consumación para ser felices? El problema de afirmar lo anterior aparece cuando queremos establecer los placeres buenos. Aquellos que nos disparan a la euforia no son buenos, pues además de lo ya dicho nos destruyen. El honor y la gloria, como bien lo señala Montaigne, son semejantes a los placeres anteriores, porque, aunque Pompeyo haya dominado países y generales enteros, no pudo evitar su caída. El poder llega con el mismo impacto y fuerza con el que se pierde. ¿Cuán humillado no se sentirá quien podía pasear kilómetros enteros en los más bellos pastizales viéndose posteriormente tras las rejas? La vida política no da la felicidad. En este punto el que ama los placeres momentáneos buscó dentro de sí una explicación impactante del porqué la vida que eligió no es tan simplona y fútil como se le pintó: “Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida”. El romántico encuentra felicidad en el amor que devora.

Ante el romántico, quien en cualquier momento puede explotar, queda aquel que se dedica a la filosofía, a los placeres del pensamiento. ¿Por qué mientras el romántico exacerba cualquier expresión y experimenta dentro de sí las más fuertes pasiones, que le causan dicha y desdicha, alguien como Sócrates, a punto de morir, no da muestras de tristeza?, ¿será que la actividad filosófica, por el tipo de vida y la frecuencia con que se necesita realizar, garantiza la felicidad en todos los momentos, hasta en el último?

Yaddir

Jugando con el arte

Con plena atención reconocemos el arte como extraordinario. Aunque acabemos sin palabras, podemos afirmar con cierta sencillez que lo presenciado es arte. Nos cuesta trabajo creer que las manos de Bernini fueran delicadas y precisas para esculpir a Apolo o la elocuencia de Sabines capaz de hablar de la pasión mordaz en nuestras entrañas. A primera vista la obra de arte no parece un quehacer humano, sino un deleite divino. Esta ambigüedad puede llevar a las mayores claridades o exageraciones. Cegados y embelesados, al sentirse ungido, creemos que el artista ya puede residir en un verdadero Olimpo.

Sin tanto problema podemos advertir que el arte no es llevado a cabo bajo presión o alguna coacción. El novelista no escribe únicamente sus novelas para negociarlo por dinero o el pintor tampoco lleva a cabo su arte para poder ver sus cuadros colgados en casas ajenas. Incluso en numerosas ocasiones los artistas se distancian de complacer su hambre con tal de alimentarse con otra clase de sustento. De ahí que podamos indicar que el artista tiene cierta libertad en comparación con otros: el obrero trabajar para poder salir de su empleo, mientras que el artista lo hace para toda la vida. Para algunos esto se vuelve el mayor gozo, un obsequio no reservado por cualquiera.

Pudiendo vivir en libertad, asumimos que el artista es el hombre más dichoso. En ese sentido también resulta como el más humano. Si nada encadenaba al hombre y éste podía vivir en armonía con el resto de la naturaleza, no hay actividad más restauradora que la producción artística. Y ésta lo mantiene en su libertad primigenia, aquélla acontecida en la época donde nadie sometía a su congénere ni era sometido por las presiones modernas.

Siendo el más libre de los hombres, su obra debe ser el mismo reflejo. Como bien señaló alguna vez Schiller, en su carta número veintidós, la perfección de estilo prescinde cada diferencia entre las distintas artes para lograr una integración plena. La libertad artística concede no ceñirse a los principios o a las limitaciones provenientes de ellos: el afán es ascender hacia el cielo nebuloso. Cierta vertiente del arte contemporáneo entendió o malentendió dicha intención, ya que por medio de los performances pretenden integrar distintas experiencias de los sentidos. O algunos vanguardistas no pudieron permanecer quietos con alguna disciplina artística y en muchos casos sus obras eran alteraciones o rupturas: los dadaístas quebrantando el verso para concebir un poema dudoso o Pollock produciendo su estruendo pictórico. Sin tener ataduras ni lineamientos, ni siquiera un fin específico, el arte toma un carácter recreativo. La vida para el artista se vuelve un juego constante donde goza mediante su expresión. Cada obra producida es un aliciente para su espíritu.

Si la máxima aspiración humana radica en romper toda cadena, la expresión resulta uno de los mayores logros. El artista es superior al resto habiendo descubierto el secreto: remarcando su autenticidad que nadie podrá arrebatarle. Quizá viva al margen de la comunidad, pero mejor hacerlo así: es más justa una soledad que una convivencia viciosa. Su vida es un juego entusiasta que no responde a ningún principio o propósito, es como un recién nacido experimentando jovialmente con todo su cuerpo. Y ahora nosotros, con pelota en mano, nos preguntamos: ¿en verdad es la única manera de juego?

Moscas. Trágicamente los últimos años se han visto marcados por el acoso y muertes lamentables en el periodismo. Al respecto, denunciando un silencio basado en intereses políticos, Ricardo Alemán hace un valioso recuento de periodistas asesinados en Oaxaca.

II. Trascendió el miércoles la supuesta demanda interpuesta a Sergio Aguayo por el notable Humberto Moreira. Bien señala el acusado lo sospechoso: en su momento Aguayo no fue el único en denunciar y especular lo turbio del profe. Más grave resulta el presunto trasfondo: la investigación en torno a la masacre de Allende, Coahuila en 2011 (la cual ya fue confirmado por testigos en Estados Unidos).

II. En medio de la pequeña trombaLoret de Mola registra una relación añeja que ha incomodado el ingreso de Uber en algunos estados.

Y la última… A la velocidad de un correo electrónico, corrió la supuesta declaración de Macaulay Culkin —falsa por cierto— donde confirmaba el abuso sexual por M.J. Quién sabe de dónde vino, pero todos supimos adónde fue a parar. Facebook y Twitter se tornaron rancios y brotaba como hongo la información acerca de ello. La invasión fungi llegó hasta la ventana de la budista de las Lomas, quien, respaldada por sus colaboradores periodistas, especulaban y cuestionaban la supuesta declaración… a nivel nacional. Cercano en días, en una sección del periódico Milenio, se embarró a cierta diputada con apellido Godoy. Un despistado creyó haberla visto en un evento y hasta haber conocido su linaje… la rectificación llegó un día después. El periodista es falible, ¿pero esmerarse en su oficio no se trata de evitarlo? Al menos el segundo admitió su error.

Beethoven

Toda mi vida he esperado por este momento. Con boleto en mano entro al Palacio de Bellas Artes. Mi emoción se mezcla con los murmullos de mortales que buscan y anhelan la liberación; y en esa búsqueda han dado en este lugar, a esta hora…igual que yo.

 

El protocolo no hace más que intensificar las expectativas, las ansias de gloria. Por fin entro a un pasillo que recorro lentamente, como si fuera el Purgatorio que me habrá de llevar al cielo, sin más prisa que la de mi espíritu que quisiera trascender el tiempo hasta el instante en el que serán rotas sus cadenas y se elevará libremente entre coros celestiales escritos hace ya mucho tiempo, e inmortalizados en una sinfonía coral.

 

Tomo mi asiento y contemplo el recinto como quien sabe que ha llegado a su destino y únicamente un pequeño paso lo separa de él. Así, frente a la puerta del paraíso observo cómo la sala comienza a llenarse y, poco a poco, entra la orquesta. Arriba, los murmullos producen sonidos amorfos que apáganse lentamente. Abajo, los instrumentos chillan y se quejan por la espera tan prolongada, por la afinación, por el deseo. Dos niveles caóticos que habrán de unirse en el momento preciso.

 

Este caos forma una escena en mi mente; escena que comienza, como todo, con tinieblas. Bruma espesa que se difumina ante una figura que aparece de repente. Con ella surgen sonidos acompasados que recuerdan fatiga; sonidos que se convierten en pasos, pasos que anuncian tragedia.

 

La figura se define y comienza a hacerse familiar: un hombre de edad, ligeramente encorvado, con cabellos canos y crecidos ocultándole el rostro, y las manos, una sobre otra, apoyadas con pesadumbre detrás de la espalda. La figura se acerca y  puede observarse su rostro que, aunque cubierto por sus cabellos canos, refleja tristeza; tristeza inefable que ningún poeta podría describir; tristeza convertida en orgullo; orgullo convertido en gloria.

 

El hombre es sordo, se nota por sus pasos tímidos y su tambaleo al caminar. ¿Qué miserable destino es el que ha convertido a este hombre en un símbolo digno de una tragedia griega? Sobre sus hombros lleva todas las dolencias del mundo, con ellos carga todas las penas de la humanidad; por eso su pequeña joroba. ¿Por qué es este hombre tan importante en mi vida? ¿Por qué su imagen, hecha ya símbolo, representa para mí la máxima expresión de la pasión, de la vida, del romanticismo?

 

La escena se esfuma de mi mente con la entrada del primer violín. El caos comienza a ordenarse con los aplausos. El protocolo comienza a hacerse fastidioso.

 

El director prorrumpe con una entrada triunfal que aplasta los últimos vestigios del caos. El protocolo concluye con la presentación del primer violín y los aplausos al director; los músicos se ponen en posición; la expectación crece.

 

Las puertas del paraíso comienzan a abrirse, la atmósfera se tiñe de eternidad y esos instantes de incertidumbre se alargan y desdoblan interminablemente liberando mi imaginación y mis recuerdos. Imágenes se agolpan en mi interior; imágenes contradictorias, ora de anhelo, ora de angustia.

 

De entre esas imágenes vuelve a surgir la misma figura del hombre encorvado con las manos detrás de la espalda; imagen misma de la melancolía. Pero… ¿quién es? Aunque la certeza es indudable no me atrevo a pronunciar el nombre. Sólo puedo pronunciar un adjetivo que se ha vuelto, junto con la figura, un símbolo en mi vida: artista… EL artista.

 

Este hombre es para mí, no sólo el romántico, sino el artista mismo por antonomasia; y un artista es aquél que se eleva de su condición mortal hacia las alturas de lo etéreo; que en un destello explosivo descubre los secretos del misterio, los rincones de lo eterno, las sensaciones de lo divino. Con el arte ennoblece la vida, crea vida, es él mismo vida. Siempre buscando la belleza, dándole forma al ideal. Pero en este andar hacia lo eterno se destruye como mortal, se aniquila como materia. ¿Por qué?… es una pregunta que me ha destrozado la cabeza por años, y la única respuesta que he logrado encontrar en mí es la de que el arte trasciende los límites humanos, trasciende la razón y en esa trascendencia la pasión se vuelve camino; eleva sus alas hacia el éter divino; se esparce por los infinitos aquelárricos del tiempo proclamando a grandes voces la destrucción del cuerpo, anhelando la eternidad toda. Por eso la tragedia; por eso la locura y la misantropía.

 

El artista necesita destrozar su razón para ver el infinito. Por eso la filosofía no llega, ni llegará nunca a nada más que a una cultura general del pensamiento, pero únicamente de eso, el pensamiento; porque es opaca, rectangular y limitada. Mientras el artista corre entre las llamas del infierno sabiendo que algún día se consumirá tornándose humo hasta alcanzar el éter, el filósofo observa esas llamas desde un escritorio intentando analizarlas, clasificarlas y definirlas.

 

Esa es la tragedia del artista, ese fue el destino de Beethoven.

 

Ante estas cavilaciones descubro que he logrado pronunciar su nombre: Ludwig van Beethoven. Este fue el nombre mismo de la tragedia, del dolor. Ludwig fue el mortal que vivió desesperadamente la fatalidad. El que siendo músico se vio impedido por el destino a no escuchar su propia música por su sordera; que entre las angustias elevó los ojos, consumidos por lágrimas, hacia el universo, intentando comprender su soledad, muriendo lentamente dentro de un cuerpo tosco y demacrado; un cuerpo inútil… y sordo. Van fue el romántico que luchó contra el destino y su sordera; que encaró al mundo y decidió despedazarse en nombre de la inmortalidad, cumpliendo así con la tragedia. Y Beethoven fue el espíritu salvaje que vagó por el infierno, atrapado en Ludwig, hasta lograr su liberación a través de la música y convertirse en un Dios al componer la…

 

Una nota aniquila mis fantasías, entra inmisericorde en mí colapsando mis sentidos, alargándose y llenando el recinto y los corazones de centenares de hombres que comprenden lo que está sucediendo. Es un oboe que surge del silencio dando comienzo al primer movimiento de la Novena Sinfonía.

 

Mi espíritu se tranquiliza y se deja conducir entre paisajes deformes que, poco a poco, están cobrando forma. Paisajes de una belleza indescriptible. Colores surgen de la bruma y cada nota da armonía al desorden. Cada nota propone un sabor, un color, un olor y la sensación de estar elevándose en el éter. El tiempo se torna inestable; se alarga y se acorta a capricho de la música; se subordina a ella mientras el espacio se vuelve irreal, acartonado. La realidad cambia; yo simplemente escucho.

 

El primer movimiento concluye; en el silencio quedan suspendidas las notas como instantes eternos. Mi mente escapa a la insoportable angustia que provoca este cese y se refugia de nuevo en preguntas y en sentimientos que no logran resolverse. ¿Por qué la tragedia? ¿Por qué la necesidad del sufrimiento para descubrir la belleza? ¿Acaso aquél es necesario para trascender a los mundos celestes? Cómo es posible que un hombre cuya vida toda ha sido tragedia logre sacar de sí algo de la belleza que acabo de escuchar.

 

Estas interrogantes se desvanecen cuando el segundo movimiento comienza. De naturaleza distinta al primero se escucha la ascensión de un espíritu hacia la gloria. Cada compás, cada silencio es una marcha hacia el Olimpo, un desafío a lo mortal, a lo perecedero. La voluntad del hombre asumiendo su carácter de Dios, y como tal, creando su propia obra en el éter mismo. Siempre dándole forma a la belleza.

 

Las puertas del paraíso cada vez están más abiertas, dando lugar a los destellos de aquella luz que sólo un espíritu celestial es capaz de transformar en música. No hay duda ya: el artista es el mensajero de los dioses… pero no, no Beethoven; este segundo movimiento me lo confirma, él no era un simple mensajero de los dioses, era algo más…

 

En estas divagaciones me encontró el final del segundo movimiento, y con él una imagen recurrente; imagen de un virtuoso que, siempre que pienso en Beethoven, aparece para disputarse el trono: Wolfgan Amadeus Mozart, el genio, el niño prodigio, el elegido por los dioses. Mozart sí fue un mensajero de los dioses; un canal que nos transmitió sus mensajes, pero… ¿Beehtoven?

 

Al formularme esta pregunta soy arrancado de mis profundidades por una de las piezas más bellas que he escuchado en toda mi vida. El tercer movimiento comienza con colores pastel, con sensaciones blandas, con belleza de olor a rosas que no llega a lo sublime, simplemente danza alrededor de lo bello.

 

Con cierta semejanza al primer movimiento es como un puente que liga la marcha triunfal del segundo movimiento con lo que ha de venir. Yo me limito a escuchar mientras mi corazón se hincha de belleza y el titánico conflicto de músicos se resuelve intuitivamente, aunque sin una certeza, inclinándose la balanza hacia Beethoven.

 

En el éxtasis etéreo de los espacios infinitos que describe el tercer movimiento me encuentro cuando la orquesta, con una elegancia aristocrática, concluye. El auditorio observa silencioso. El espacio de tiempo entre un movimiento y otro se prolonga por la aparición del coro que toma su lugar. Todos sabemos lo que va a pasar; todos lo deseamos. Hemos esperado tres movimientos y las puertas del Paraíso están a punto de abrirse completamente; los nervios se desatan, la respiración se acelera y el deseo anhela salir por cada uno de los poros hasta llegar al éxtasis completo.

 

¿Qué es la belleza? me pregunto intermitentemente entre lo que acabo de escuchar y lo que ansío presenciar, pero algo en mi interior me obliga a callar, reprochándome que deje la filosofía a un lado y me dedique a contemplar; que la belleza no se define, sino se vive; que no se clasifica, sino se siente; que no se puede atrapar, sino que se es atrapado por ella; que es la esencia del arte y de la vida, es decir, un misterio que se recrea a sí mismo, se desdobla; nace y muere a su propia voluntad y no tiene explicación ni lógica, ni siquiera para sí mismo. Es un espejo reflejándose a sí mismo en la eternidad.

 

Los chelos rompen el silencio proclamando el cuarto y más sublime de los movimientos. Las notas chocan unas con otras y forman espirales que apuntan al Olimpo. Los mismos dioses callan y están atentos a lo que viene. La eternidad se empieza a construir. Poco a poco se junta la esencia de los tres movimientos anteriores junto con fragmentos de otras obras de Beethoven que proclaman la unidad. Es la lucha final, el hombre que se alza en busca de la divinidad.

 

Sorpresivamente se empieza a formar una melodía; primero silenciosa, grave, que poco a poco se va afinando, agudizando. Cada vez entran más instrumentos, nuevas tonalidades. Todos sabemos de que se trata pero callamos ante la estupefacción, el estallido es inminente: el himno a la alegría instrumental colapsa al auditorio, y a mí me arranca alguna que otra lágrima que surge desde lo más profundo de mi éxtasis.

 

Los cantos comienzan. Es la primera sinfonía coral jamás escrita. Las veces se elevan; primero el barítono, luego el tenor; entra la soprano creando una polifonía que asemeja al canto de los dioses. La orquesta se desgarra acompañándolos, el momento se acerca, todo se une, se ordena; el coro se prepara…

 

Un pequeño preludio que comienza con un oboe anuncia el Paraíso. Del éter surge un ángel que nos envuelve con su voz, nos prepara para la catarsis; presenta a los instrumentos que comienzan a tornarse agresivos, esplendorosos, altivos. La expectación llega al máximo; la orquesta se hace pedazos, el auditorio se aniquila: comienza la implosión… las cadenas empiezan a ceder… los espíritus se unifican agolpándose unos con otros, liberándose mutuamente y todo se colapsa en un gigantesco estallido que explota hacia el infinito: la gloria máxima, la unidad, la totalidad se han alcanzado: lo subjetivo y lo objetivo; la orquesta y el auditorio; todo es uno mientras los ángeles nos toman de la mano y nos llevan ante la presencia del ser supremo entonando a coro el himno a la alegría; la risa de Beethoven desde el Olimpo se escucha por todas partes… yo me desgarro y me fundo con ella ahogado en lágrimas que me son arrancadas involuntariamente: yo ya no soy yo; Fichte estaba mal, en este instante lo comprendo: no yo es igual a no yo, a algo más.

 

Ésta es la única pieza musical que ha logrado arrancarme lágrimas, que ha logrado enseñarme la eternidad, aunque sea tan breve como lo que dura el himno a la alegría coral. Ya no hay duda, Mozart es un mensajero de los dioses, pero Beethoven logró ser uno de ellos. Mozart fue sólo un instrumento, a él le dictaban su mensaje los dioses, pero cuando les dejó de ser útil lo aniquilaron en medio de un Réquiem, de su Réquiem.

 

Beethoven fue un mortal que les arrancó la voz a los dioses, que se elevó tan alto como ellos, retándolos, combatiéndolos hasta que se ganó un lugar entre ellos. Por eso quedó sordo, porque para elevarse hasta el Olimpo tuvo que sacrificar su oído para poder trascender lo mortal y escuchar su interior. Perdió el sonido para inventarlo; por eso su tragedia: sacrificó su mortalidad para ganarse la inmortalidad. Logró lo que ninguno: llegar a la eternidad dentro de lo finito; y la prueba de esto es su novena sinfonía.

 

Y así, poco a poco termina la que considero la obra maestra de la música de todos los tiempos y comprendo la necesidad de la tragedia y de la locura para perpetuar la belleza; la necesidad absoluta de la pasión y la cumbre de ella que es el romanticismo. Éste, para mí, llegó a ser la máxima expresión del arte y de la vida. Su recurso principal es la pasión, su esencia la belleza misma. No existe más sublimidad que el arte romántico y como líder el gran melancólico: el sordo de Bonn.

 

Mi interrogante, al salir del Palacio de Bellas Artes: ¿cómo es posible que un solo hombre haya logrado crear algo tan sublime, tan divino, tan perfecto?, ¿cómo es que una obra, una sola obra logre perpetuarse eternamente en los corazones de todos los hombres, y causar el mismo impacto en todas las épocas?, y la pregunta principal, que no he podido ni creo poder responder: ya que el arte es la expresión y fin último del hombre; ya que es lo único por lo que puede ascender a la inmortalidad, tomándolo en cuenta como mimesis ¿es el arte una copia de la vida o la vida es una copia del arte? Muchas veces, tal vez la mayoría, me inclino por la segunda.

Gazmogno