El silencio en el desierto

Por lo regular pensamos en el desierto como un sitio terrible: árido, frío durante las noches, excesivamente caluroso en las horas en las que más resplandece el sol y extremadamente seco. Quienes estamos acostumbrados a las comodidades que proporciona una buena sombra, y un árbol cercano del que podemos obtener cuanto fruto nos apetezca, no tenemos imagen más aterradora que la de un desierto creciente y capaz de hacernos perder entre sus inmensidades todo aquello que nos proporciona alguna seguridad.

Pero, no todo en esta vida son las sombras frescas y las aguas, a veces cristalinas y a veces cenagosas, que las alimentan. El desierto también tiene una peculiar belleza, posee una hermosura que pocos saben apreciar pues hay quien en el silencio del desierto siente la necesidad de ver hacia el cielo y de escuchar su propio silencio, tal como ocurriera con muchos anacoretas y santos; en su aridez ve su incapacidad para crear la vida que muchos pretenden poseer como sucede con quien se percata de los límites de su sapiencia;  y en los extremos de calor y frío, hay quien ve un reflejo claro de los movimientos que padece el alma, la cual entre amaneceres y ocasos se reconoce como un ser necesitado y ansioso por recibir una fuente de agua viva que no sólo apague su sed, sino que también cambie su vida.

Si dejáramos de temer tanto al desierto quizá prestaríamos más atención al desolador silencio que nos acompaña y nos perderíamos menos entre el ruido con el que fingimos estar escoltados.

 

 

Fiesta decembrina

Hay festejos que cuestan la vida, ya sea del festejado o del festejante, y no lo digo pensando en tantas reuniones interrumpidas por la violencia, que bien puede ser interna, cuando ésta proviene de algún asistente mal comportado, o externa,  que es la que proviene de algún no invitado decidido a lanzar maleficios y todo lo que tiene a la mano en contra de los festejados.

No, esos festejos cotidianos que se ven frustrados por la violencia no siempre cambian la vida de quienes acuden a ellos, pues estos no cambian en nada el modo de ser de los asistentes, quienes pretenden seguir siendo los mismos que son tras el paso de unas cuantas horas, y quienes deciden reconstruir su vida diaria tras la ruptura de una cotidianidad que a veces parece no gustarles.

Los festejos que cambian al hombre no suelen ser tan llamativos como aquellos que sólo lo toman por un tiempo. Los que llaman la atención gracias al furor de su llamado consiguen que el hombre se olvide de sí mismo y de lo que hace con su vida, eliminan cualquier intento de conversación molesta sobre lo que el hombre es con el estruendo se su llamado retumbante. Los otros en cambio suelen ser discretos y a veces hasta silenciosos, tanto que muchas veces no nos percatamos de su importancia sino hasta que vemos en el rostro del hombre una nueva sonrisa y una paz que no habíamos notado antes.

Hacen falta festejos silenciosos, como el que lleva a cabo el alma cuando se pone a pensar en el sentido de lo que festeja, pero estos son tan poco visibles que casi no les prestamos atención, aún cuando pueden llevar a un individuo a ser un hombre nuevo. El festejo en silencio lleva al hombre hasta las profundidades, mostrándole como luz en los abismos aquello que da sentido a una vida cotidiana que no por ser tal es mala, pero que puede mejorar en tanto se tenga presente lo que es bueno.

A su vez, lo bueno se deja ver con más claridad en el silencio de la reflexión, pues en ese silencio el hombre se encuentra consigo mismo, se ve y se juzga, se arrepiente y enmienda el camino para regresar a la senda segura y firme, o la toma y se abraza a ella si es que no había tenido oportunidad de conocerla.

Hacen falta festejos silenciosos, pero eso  no implica que deban cancelarse los otros, el estruendo llama al hombre y puede servirle para atraer su atención sobre lo que importa más que las preocupaciones con las que está plagada la vida diaria. El ruido constante hace resplandecer aún más la hermosura del silencio y tras el aroma de la pólvora, usada en los cohetes y quemada la noche anterior, puede notarse la falta que nos hace el delicado perfume de las rosas.

Maigo

Un día

“A mí sólo me inquietan las sorpresas sencillas”

Un día leía sobre la crisis, sobre el presente, sobre la mesa. Sobre la vida que era más muerte que vida, y sobre las muertes que eran más que las vidas. Leía sobre las árabes primaveras y sus flores marchitas. Leía del azul, amarillo y verde. Leía aquí y allá: pobreza, riqueza, sequía. Leía de pleitos nucleares, de la organizada delincuencia, del plagio y cosas peores. Elecciones, debates, precampañas. Crisis, desempleo, recesión. Desorden, más muertes, desdicha. Leía nuevísimos términos como el de narcocorrido, narcoguerra o narcomanta. Leía del arte del apodo y sus finas creaciones: “La tuta”, “La Barbie”, “Tony tormenta” y otros mejores. Leía que el ruido, el miedo y el silencio podían encontrarse y habitar en un mismo lugar…

¡Alto!  No todo podía ser tan malo. ¿Qué hacer en estos días? También aprendía sobre eso: no todo estaba perdido. En la tormenta se puede encontrar la calma (tantita al menos). En otros tiempos de crisis y desempleo alguien habló de lo bueno. Sin trabajo, con miedo y sin color, nos queda… pues nos quedamos nosotros. Nosotros con nosotros. Nosotros y nuestro ocio. Nosotros y nada más. Nos queda descubrir nuestras manos y mente. Debemos ver (y hacer) más lo bueno y menos lo malo. Nos queda tan sólo aprender.  Tejer, plantar un árbol, tocar el piano. Pensar, leer, escribir. Conocer. Aprender a aprender(nos). Disfrutarnos, conocernos, encontrarnos. Sí. Me quedo mejor con esto, me hace mejor esto. Por eso tejo, leo y aprendo a escribir. Tal vez también me encuentre a mí misma.

PARA APUNTARLE BIEN: Lo que leía ese día (27 de noviembre), lo leía en el periódico (Reforma). Leía también a Zaid: http://www.letraslibres.com/blogs/articulos-recientes/hecho-mano (que también salió en el Reforma).

MISERERES: “En el PRI aún no nace lo que debe nacer, ni muere lo que debe morir” dice Elba Esther. Josefina, dice la última encuesta, a la baja (eran encuestas del PRI). Y el partido republicano todavía es sorpresa.