Secretos de Estado

Un secretario es originalmente un confidente, un oído discreto a quien hacemos depositario de algún secreto. Es el que guarda los secretos1. Originalmente; pero eso no quiere decir que verdaderamente, en especial porque no parece haber ya quien use así la palabra. Como rara vez pierden por completo su humor las palabras envejecidas y algo de lo que fueron cuando jóvenes se mantiene allí para quien quiera escuchar, de todos modos importa que alguna vez se le haya tomado así. Podemos notar que ahora ese nombre es exclusivamente una cuestión de administración, especialmente en cargos públicos. «Secretaria» mantiene su importancia a lo largo de muchas ramas y negocios, pero «secretario» y «secretaría» difícilmente ocurren en otro contexto que el del funcionario. Cosa curiosa, pues me parece que lo más notorio que comparten el viejo y actual uso es que el de secretario es un cargo2 que se ostenta. Es decir, es un nombre de honor. Pensemos en lo mucho que estimamos la confianza de las personas que más respetamos y encontraremos la clave de esta curiosidad. La confianza que merece el secretario en una posición pública difícilmente deja de ostentarse en público; a cualquiera le alegra que alguien de importancia lo juzgue digno de fiar. Así vemos que se «ostenta el cargo» en ambos sentidos: como que se le ejerce institucionalmente y como que se presume a voces en la plaza como insignia de excelencia.

Cuando la confianza se presume suele ser porque se le toma por recompensa. El amante de honores no tardará mucho en aparecer como confiable cuanto pueda, como sea que se le ocurra, para que su recompensa sea mayor y pueda lucirse más. Podemos ver lo que pasa después: rápido entran en conflicto la necesidad de guardar el secreto y el impulso de hacer sabido a todos los vientos que uno es su guarda. Y el problema empeora: qué tipo de persona es la que cuenta los secretos influye en la clase de información que se valora, se oculta y se maneja. Es de mucha importancia para el Estado cuáles son las cosas que conciernen a sus secretarías. Por supuesto, en una vena más cándida puede decirse que no hay de qué preocuparse porque el secretario de una sección del Estado sabe los secretos que conciernen a su área con todos los detalles, guarda toda la información pertinente, la conoce a fondo, etcétera; pero no parece ser tan sencillo. Si el que regala el secreto, es decir, quien confiere el cargo de honor, no tiene por valiosa la vida pública, sus secretos pueden serle de hecho contrarios. El secreto puede ser violento, cruel, inhumano. Puede estarse ocultando el manejo de las instituciones fundadas con bandera pública para intereses privados, o lo que es peor, para destruir la posibilidad de los intereses públicos. Si se me permite jugar más con la palabra, secreto viene del verbo latín secerno que quiere decir separar, poner aparte, dividir3 y de allí que venga a usarse como lo que se deja tan sólo para unos pocos; en términos políticos tiene implicaciones sumamente interesantes, usada para apartar y esconder de la vista, por ejemplo el tesoro de la ciudad4, o para referir a quien se lleva a otra parte para decirle algo en privado, para decir que unos son excepcionales y tratados aparte de los otros, o para hablar de algo muy lejano, retirado, apartado, y por extensión escondido, misterioso, guardado fuera de la vista5. De este verbo nos vienen también nuestras palabras secta, segregar, secretar, secante, todas ellas formas de separación. Cuando el interés en el bien común no es potestad del estadista, el secretario es un agente de la segregación, sembrador de facciones e incitador de la discordia.

Importaría especialmente pensar en esto si se viviera en una nación en la que los ministros (o más bien funcionarios) no fueran sino administradores de instituciones fundadas en el comercio del poder, pues ésta es la forma tiránica del descuido de lo común. En tal lugar, al nivel jerárquico más alto una secretaría sólo diferiría de otra por las ganancias que produce para «los interesados». No habría en realidad un jefe a cargo que conozca los secretos más profundos de las instancias en las que trabaja para los gobernados. Podríamos tener así ‒recordemos que esto es pura especulación‒, un secretario de comunicaciones y transportes que nomás puede supervisar la mitad (si somos generosos con nuestra credulidad) de los caminos construidos en el país; un secretario de relaciones exteriores que antes en su vida nunca había desempeñado un cargo diplomático; un secretario de defensa que hace discursos evidenciando su sabida dedicación a una función que no le corresponde; en fin, imaginemos incluso un secretario de educación que ni pronuncia bien el español ni ‒y esto sería significativamente peor‒ le importa hacerlo, uno que si llama «astróloga» a una astrónoma se corrige después no porque conceda una importancia fundamental a la distinción entre ciencia y superchería, sino porque prefiere amainar las críticas, y en pocas palabras, un secretario de educación descuidado, cínico, insensible y maleducado6. Si es posible que las secretarías se «desempeñen» de estos modos es porque no se guarda el interés público y los secretos que tienen secretarios así son perniciosos para la política.

Por eso tales secretarios parecen pura pantalla: administran la sección que les corresponde despreocupados de las peculiaridades de sus cargos como si no fuera indispensable conocer el fondo de lo que dominan. Y en ello parecen haberse alejado incluso del amor a los honores que pone en conflicto el ostensible cargo y su indispensable reserva: todos ellos coinciden en su función de manejar todo como un conjunto de recursos conmensurables, intercambiables e indistintos entre sí. Por supuesto que esto es una imagen clara del mercado; más prueba aún de que vivimos como si todo fuera comerciable. No es esto ya amor al honor, es más como una preferencia perezosa por el honor más rentable. Gloria barata. Lambisconería eficiente. No es de extrañar tampoco la clase de gente que son: si la única cosa que puede hacer que una vaca sea comparable a los zapatos ‒hechos con piel de sus congéneres menos afortunadas‒ es el dinero, es éste también el que tales secretarios usan de vara para medir sus responsabilidades. La nación como negocio es la cancelación de la vida pública a favor de los secretos privados. El simulacro de sapiencia es el interés en saciar un siempre creciente deseo personal. Así pues, no es necesaria ninguna maestría, ninguna especial excelencia en el conocimiento. El secretario no es ya quien guarde y conozca los secretos de su ministerio. Lo único que le queda del que se ostenta como digno, es la ostentación; y ésta, la más barata que se pueda.


1Véase cómo usa Cervantes la palabra en Don Quijote, Primera parte, Capítulo XXXIV, cuando Camila le habla a Lotario del inconveniente de que su dama de compañía conozca el secreto del adulterio entre ambos: «lo que me fatiga es que no la puedo castigar ni reñir, que el ser ella secretario de nuestros tratos me ha puesto un freno en la boca para callar los suyos».

2Dicho de paso, en la disciplina heráldica (que parece tener su propio dialecto del español), se dice que las imágenes representando una familia en el escudo de armas son «cargos» y de todas se piensa que dan honor. Un escudo se dice estar «cargado» de un sol o de una quimera, por ejemplo.

3Ovidio, Metamorfosis, libro 6, v. 55, usa secernit al hablar de la separación de las telas que se hace de la urdimbre con el telar. Es iluminadora la reflexión que se hace en la introducción al Político de Platón en la traducción de Eva Brann, Peter Kalkavage y Eric Salem: «el paradigma del tejido nos acerca al más impactante elemento del diálogo: la facción (en griego stasis). El verdadero estadista sabe cómo hacer Uno a partir de Muchos principalmente porque sabe cómo superar la facción, es decir, la oposición presente entre lados o partidos atrincherados y sin disposición de ceder».

4Así la usa Tito Livio, Historia de Roma, libro 7, 16, al decir que Marcio no separó nada de su botín para el tesoro sino que lo dejó a las manos de todos los que participaron en el saqueo de Priverno.

5Ovidio, Metamorfosis, libro 2, v. 556, hablando de un cofre cuyos secreta se desconocen y cuyo contenido está prohibido verse.

6Esta actitud hacia el error distingue a un buen educador de uno malo: si puede hacerse hábito de docilidad para el aprendizaje, el ejemplo de docilidad es indispensable en el maestro. Uno que no puede admitir con humildad una equivocación, o que no muestra interés por aprender, es un educador completamente inútil.

El Camarote

Good readers, know this: Hades is wet. Hades is lonely.

-El personaje sin nombre en Marooned, de Max Shea

El viento sopla tan fuerte que la madera se queja desde fuera. Estando dentro de la casa de mi padre el sonido será menor. Casi no lo recuerdo. Sólo tengo por seguro que siempre le gustó escribir historias de piratas. Cuentos sobre cuevas encantadas en islas cuyos senderos no habían sido nunca explorados, sobre barcos de espantosos marinos condenados que surcaban el mar buscando el camino de vuelta al mundo humano, sobre hermosas mujeres en cuyos ojos se veían las puertas del Infierno, sobre callos filosos como garras, sobre torbellinos más hondos que el Cielo, sobre iras divinas.

Nadie sabe a dónde fue después de la noche en que desapareció, y yo no tenía idea de que se había perdido porque desde muy chico decidí no volver a saber nada sobre él. Pero ahora ha pasado mucho. He venido de vuelta a casa, y sus muros me reciben con faces tan torvas que no puedo despegar de mi piel el miedo de ser enemigo. Los muebles me miran desaprobando mis pasos, las alfombras escupen su polvo a mis pies, siento el rechazo tan cerca como mi propio sudor. Llego por fin al macabro cuarto en el que las sombras se hacían chicas y grandes y chicas de nuevo teniendo allí dentro a mi padre aprisionado en su anhelo secreto. «El Camarote», lo llamaba; nosotros le decíamos estudio. Entro a él con solemne cuidado, encendiendo una vela -pues no hay electricidad en la casa, ni habitación más obscura que ésta-. Y entonces veo que allí están: las piezas de la complicada vida de este sencillo hombre. Los miles de papeles agolpados en pilas y tirados por doquier reciben al odioso forastero en que me he convertido con los años. Dios mío, ¿cuándo tuvo tiempo de escribir tanto? ¡No se ve nada más que papeles! ¿Por qué llamaban tanto su atención estas historias? ¿Cuál podría ser su encanto? ¿Por qué navegantes, por qué?

No conocía ninguna de las páginas, ni de los dibujos, ni de los diseños de estos cuentos de sal. Tan sólo darme cuenta de que es imposible saber cuántos son me marea. Me pregunto con palpitante insistencia: ¿por qué escribía todo esto, por qué?, y mientras, hago un montón de hojas amarillentas a un lado para hacer base por fin en la vieja silla de terciopelo arruinado. La vela la acerco a mi hallazgo y con su baile de luz enfoco un trozo de papel. Luego el siguiente. Y el que viene, con más desconcierto cada vez. ¡No tiene sentido! Una frase empezada quién sabe dónde y un recuento que no termina aquí. Sólo fugaces fantasmas que ondean a lo lejos. El nombre de alguien que se pierde en la siguiente frase, el galeón hundido sin nada que lo hunda, el botín que no da cuenta de qué contiene. ¿Cuántas historias habría aquí mezcladas, confundidas, interpuestas e indistinguibles? ¿Cómo podría encontrar la página que le seguía a alguna otra entre este incontable caudal de imaginación náutica? ¿No habrá números, o marcas de algún tipo? ¿No habrá guías? Tomo una nueva hoja, tomo otra, y otra más. He superado los ásperos tratos de la casa hostil, sus insultos ya no me ofenden. Afuera el viento parece apurarme, pero el apremio lo siento bien dentro. Parece cada pliego ser su propia historia y desesperar más mi búsqueda, cada palabra es su propio idioma, cada letra un conjunto distinto de grafías. Parece inconquistable, pero no me cansaré. Tengo que encontrar el sentido. Hasta que se consuma el filo último del pabilo seguiré buscando y leyendo una a una. Hasta que sepa qué silente hilo conecta estas vidas al mundo. Hasta que sepa qué mueve a un hombre a entregarse al hondo numen del mar.