El palacio enmohecido

El palacio enmohecido

El agradecimiento se da entre amigos, entre justos, entre ciudadanos, pues éstos reconocen el bien y lo celebran. Entre villanos se pagan favores, no es lo mismo, ya que la justicia no es negocio. Cuando se piensa a la justicia como una sucursal de favores, de préstamos, de contactos, de la fuerza, el resultado es una cadena de compradores insatisfechos con lo que han adquirido. Al no conseguir protección inmediata y poder o impunidad y placer; al no poder regresar el producto comprado, al notar que esta inversión fue una pérdida, lo que queda es negar la justicia re-inaugurando sucursales propias con miembros de cárteles, bandas, a fin de hacer del palacio una cueva de villanos.

Reconocer los frutos de la vida justa es labor no sólo del gobernante y de los servidores públicos, sino de cualquier ciudadano. Hace muchos años, cuando los grandes conquistadores salían de sus tierras con sus caballeros a tomar posesión de algún lugar que fuera infiel a las buenas costumbres, se hacía la repartición de aquellas tierras entre los nobles, no sólo porque hubieran mostrado su valor y fuerza en el combate, sino porque se les consideraba dignos de dirigir una nación, o parte de ella. El agradecimiento que se les hacía a los nobles era la oportunidad de mostrarse justos con su rey (o como si dijéramos, justos con su gobierno), gobernando con magnificencia, a fin de que los bárbaros vieran la justicia y fueran justos. Todo esto recaía en beneficio del rey, del noble y del nuevo ciudadano: así se agrandaba el bien y la justicia. Hoy es un poco distinto. El ciudadano vota en pro del servidor que cree es el mejor para la causa de vivir bien. El servidor público siendo justo y agradecido con sus conciudadanos, pone su empeño en ayudar a que éstos vivan bien, de acuerdo a la justicia.

La propagación de la buena vida, los honores y la gratitud parecen ser los únicos y verdaderos frutos de la justicia. La justicia como mercado bursátil es infructífera si lo que se busca es la paz y la buena vida. Claro que el gobernador o los servidores públicos no han de ser pobres, que no sólo de halagos justos vive el hombre. La remuneración por su labor ha de ser justa, no rentable ni conveniente. Si la justicia se ve como mercado, lo que se consigue es tener en el senado, o en cualquier silla presidencial a unos ávidos mercaderes. Cuando la justicia pasa (y ha pasado en todas las épocas) a ser parte del progreso personal, es justificable que el buen hombre, al darse cuenta de esta injuria, saque a patadas a los mercaderes que han tomado posesión del templo de la justicia. Pero sigue siendo cierto que el justo ha de tener más: más reconocimiento de su persona buena, lo que hará que todos lo estimen y que pueda caminar entre los suyos sin miedo y sin rencor, ¿qué mayor bien que ser bienvenido en todas partes?

Por eso, la profanación de la justicia es asunto de todos, sino viviremos ensuciando el mayor recinto que tenemos para vivir bien, y cuando alguien haga algo bueno por nosotros –si acaso lo reconocemos como bueno– no podremos agradecerle –porque el envidioso no agradece– más que con la herrumbre que deja en las manos el negocio del oro, del cobre y de la sangre; no podremos pagarle más que con ingratitud, como ocurre con muchos de los soldados que combaten al narcotráfico por vacación al bien o con quienes nos comparten su dolor para no desampararnos en la búsqueda de la justicia.

La injusticia nos hace ingratos, envidiosos, ciegos al bien.

Javel

Para seguir gastando: Don Quijote nos enseña que es muy difícil hacer justicia, y Sancho Panza que no se puede ser desagradecido con quien va en busca de ella.

Además: Jesús Silva-Herzog Márquez nos hace una invitación para pensar la nación, este mito al que le pusimos alas modernas y corazón globalizado, pero «donde México dejó de ser asombroso, curiosidad, fascinación, para convertirse en un caso.» ese “relato que puede arraigar en la experiencia y en el deseo de un futuro compartido.” La dirección de la invitación es el libro de Claudio Lomnitz: La nación desdibujada.

Sirviente y político

¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo?

Mc. 8, 36

 

El discurso sobre la importancia del servicio comienza a inundar las calles. No tiene por qué extrañarnos que tal ocurra: faltan escasos nueve meses para que a la mesa de los banquetes acudan quienes han sido elegidos como servidores públicos; los elegidos festejarán con bombo y platillo; los no tocados por la fortuna seguramente se quejarán y señalarán las malas cualidades de los primeros para servir a quienes los eligieron. Todo esto nos exige pensar en lo que es un servidor público y en lo que realmente busca el que pretende llegar a serlo.

Si pensamos un poco en lo que realmente implica el servicio, que en un primer momento se puede entender como lo que hacían los esclavos por sus amos, entonces resulta muy extraño y hasta contradictorio que el poder político y el servicio real vayan de la mano.

A menos que el poder buscado por quienes pretenden servir sea ajeno a este mundo. Pero si es ajeno entonces no pertenece al ámbito de la política; además si ese es el caso, quienes buscan servir a los demás pronto se  darán cuenta de que para hacerlo basta con entregarse a sí mismos, y hacer todos los días lo que corresponde a un sirviente de quien es digno de ser servido, lo que no implica ni remuneración ni el cumplimiento de los caprichos que pueden resultar nocivos para quien es servido, sino prestar atención a lo que requiere el servido para ser feliz y no sólo para cubrir sus necesidades corporales que, si bien son importantes, no se comparan con las necesidades de un espíritu carente de paz; todo esto sin la esperanza de gratificación alguna, pues el buen sirviente sólo hace lo que debe, porque para el servido es bueno lo que hace.

Pero, si es el caso que el poder buscado es el que hace grandes a los hombres entre los hombres de este mundo, entonces lo que no tiene sentido es procurar ser elegido como sirviente. Y de hecho ni siquiera tiene sentido procurar ser elegido, porque la excelencia brilla por sí misma y no depende de elecciones fundadas únicamente en el discurso del servicio a futuro, pues la grandeza no se reduce a la popularidad, así como el servicio real tampoco se reduce a las buenas intensiones enterradas en medio de papeles que pronto se lleva el viento.

 Maigo.

Addenda: Me parece, lector, que los siguientes versos dibujan muy bien  los movimientos que se verán en la esfera pública en los próximos meses:

 

Corren los caballitos

los grandotes y los chiquitos

porque allá en la caballeriza

la comida se sirvió

tienen ahí su alfalfa

fresca y verde como esmeralda

invitándolos a ponerse un atracón.

Todos ellos corren mucho

pero atrás uno quedó

un caballo con un callo

que al correr se le inflamó

Corren los caballitos

los grandotes y los chiquitos

porque allá en la caballeriza

Doña Paja los llamó.

Corren los caballitos

los grandotes y los chiquitos

porque allá en la caballeriza

la comida se sirvió

tienen ahí su alfalfa

fresca y verde como esmeralda

invitándolos a ponerse un atracón.

Todos ellos corren mucho

pero atrás uno quedó

un potrito caprichoso

que al suelo se tiró.

Corren los caballitos

los grandotes y los chiquitos

porque allá en la caballeriza

Doña Paja los llamó.

Cri-Cri.