Hablar en el desierto

El amor por la palabra mueve: a veces mueve a las pesadas montañas, y otras veces sólo mueve los labios burlones de quienes dicen ver en la palabra algo tan valioso como para no pronunciarla nunca. El que ama la palabra cuida lo que dice y lo que hace, porque sabe que el decir es un hacer y que el hacer es un modo del decir; en cambio, el que se finge amante de la palabra se finge cuidadoso de la misma, y no siente reparo en decir una cosa y hacer lo contrario, pretende callar cuando habla y evita a toda costa el juicio silencioso de quien mejor lo ve.

La burla hacia el amante que habla, incluso en el desierto, se nutre del vacío aplauso que otorga un público ciego y al mismo tiempo carente de amor por la palabra y de respeto hacia sí. Al burlón no le importa bailar y embriagarse, todo lo deja sin reparo con tal de tener en bandeja de plata el silencio eterno de quien le muestra, como espejo, su rostro y por ende la falsedad de su amor.

Quien ama a la palabra respeta lo que dice porque se sabe un ser de palabra, y si bien cuida lo que dice su cuidado no lo sumerge en el silencio y como Juan Bautista se pronuncia sin importar que eso ocurra en medio del desierto.

 

Maigo

Inundación

Cuando se tienen las manos manchadas de sangre, la lluvia no alcanza a lavarlas, los ríos no pueden limpiarlas, y rojos se tornan por la muerte de los recién nacidos. La tierra se mancha y el aire se cubre con su rojo olor, el hedor de la muerte se respira por doquier y el aire que era limpio adquiere otro color. La sangre lo llena todo tras años de guerra, injusticia e indignidad, el calor nos recuerda a cada instante que bajo la tierra se han sembrado semillas que piden distintas cosas, unas quieren paz y otras desde las profundidades piden venganza con los gritos desesperados que se emiten desde las entrañas del olvido.

Se pide la lluvia, rogando por la vida de hombres y animales que van dejando sus restos en el desierto, y el cielo se apiada mandando agua suficiente para vivir, y otra tanta para lavar la mancha que tiene cubiertos a los hombres. Por desgracia esa mancha es tan grande y profunda que debe caer el agua contenida en todos los cielos, de modo que la sangre deje el lugar que ha ocupado y se lo ceda a la compasión que no es lástima y a la esperanza que no es vana ilusión.

Ojalá que con toda el agua que trae la inundación se vayan las iniquidades que nos impiden ir en el arca con Noé.

Maigo.