Sicofantas de lo diario

Sicofantas de lo diario

 

Probablemente nunca había sido la vida tan pública y tan apolítica al mismo tiempo. La situación, por donde se vea, es novedosa. Ni las más poderosas dictaduras, ni las menos defectuosas democracias, habían difuminado los límites de la vida privada; sólo en nuestros días se han reunido la imposición dictatorial y la vocación comunitaria en un modelo que publicita voluntariamente lo privado, que hace público sin hacer política, que colma lo público de publicidad. Y probablemente, también, es lo novedoso de la situación, la incomprensión de la novedad, lo que da ese carácter tan insoportable a la mayor parte de las cuitas públicas. Desconfiamos de la solución publicitada porque no podemos determinar si es política, no buscamos una solución política porque primero atendemos a su publicidad y confundimos el compromiso personal con el político. Todo esto es novedoso, confuso y problemático.

         Alguna claridad sobre lo que estoy diciendo puede mostrarse si pensamos a esa amorfia que acostumbramos llamar “medios” como los sicofantas de lo diario. En una dictadura, los llamados “medios” son órganos de indoctrinación. En una democracia, los llamados “medios” son instrumentos de debate público. En sus extremos, los “medios” aparecían como el camino de lo público a lo privado. Difuminado lo privado, los “medios” sirven para la extorsión pública de la vida privada. Muchas veces a esa extorsión se le llama eufemísticamente “marcar agenda”. No todo marcaje, por cierto, es personal, o bienintencionado, ya no se diga siquiera político. Se marca agenda, por ejemplo, mediante la administración de escándalos. Abundan los casos por todos conocidos. Su esquema general es, más o menos y con sus variantes tropicalizadas, como sigue:

  1. La reconocida periodista opositora anuncia que ha llegado a sus manos una investigación que “cimbrará” la vida pública.
  2. Se publica, en al menos tres “medios”, un relato con declaraciones, documentos y testimonios ordenados para respaldar alguna afirmación que funde una sospecha sobre un funcionario público.
  3. Comentócratas y especialistas toman posición. Unos bosquejan la red de relaciones de aquel contra el que se ha lanzado la sospecha; otros comienzan a buscar modos de aminorar la sospecha. El influyente tuitero crea un hashtag. Los bots replican el mensaje. Los reporteros buscan la opinión de algún político mediocre para obtener el titular. El político mediocre manifiesta su esperanza de que se a) investigue b) tomen cartas en el asunto c) asegure al implicado. Las masas repetidoras de mensajes piden, primero, cárcel para el inculpado. Aparece un meme del presunto tras las rejas. Tres tuits después, las masas ya piden castigo para el culpable. El especialista vuelve a manifestarse, ahora en el noticiero de la noche, y expone una teoría del complot.
  4. El funcionario, la dependencia o el vocero comunica la posición oficial: Vamos a investigar… Se aplicará todo el peso de la ley… No quedará impune… (La publicidad del caso es inversamente proporcional al tiempo transcurrido entre las tres posiciones oficiales).
  5. La reconocida periodista publica una segunda parte del reportaje. Se hacen mesas con expertos y líderes de opinión. La intelectual de blusa negra de cuello de tortuga denuncia las inmoralidades del caso. El opinólogo coyoacanense vaticina: ya es claro que será una afrenta más al pueblo. Los tuiteros se envuelven en una bandera y se lanzan tras el mito del México bronco. El profesor universitario apartidista que siempre está en los mítines de la oposición añade el nuevo agravio a la flexible lista de las indecencias pasadas. Nadie puede controlar tanta emoción. Ya hay conclusión pública: el asunto quedó impune.

Si bien nos va, la investigación se podría llevar a cabo. Si bien nos va, alguno podría estar medianamente enterado del curso de la investigación. Si bien nos va y la investigación se concluye y el órgano investigador hace público el resultado, algún periódico podría regalar un cuadro inferior a una nota de no más de diez líneas en que se diga que… En raro caso habría efecto público alguno: los detalles no importan si no son morbosos, la impunidad concluida en el tercer día del escándalo se ha establecido en la desmemoria pública y hay un nuevo escándalo que exige toda la atención del pueblo bueno. La extorsión pública se ha cumplido.

Y lo llamo extorsión porque es su mejor descripción. Recurrentemente son los sicofantas de lo diario quienes presentan la sospecha y dan el veredicto sin que medie acusación legal, investigación legítima o interés político. Al asumir la simultaneidad ambivalente de denunciantes y de jueces falsifican la experiencia de lo público. Creen que difundir su mensaje, regularmente una sospecha, es igual a hacer política, que la saturación publicitaria de lo público es saturación política. Los sicofantas de lo diario usan su “medio” como muro personal, confunden adrede la publicidad de su compromiso privado con la publicación de su compromiso político. Y cuando esa extorsión es exitosa, logran que la gente confunda la publicidad de su vida con la vida pública. La extorsión es exitosa cuando se logra afianzar la idea de que la única diferencia entre la comunidad política y la comunidad tuitera es el medio. Probablemente también sea novedoso el ánimo con el que voluntariamente nos prestamos a la extorsión.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. En el PRI se disfraza la disciplina como si fuera coincidencia intelectual, observa Jesús Silva-Herzog Márquez. 2. Eso es compromiso, camaradas. El diario La Jornada fue apoyado por el gobierno de la Ciudad de México para impedir la huelga de sus trabajadores sindicalizados. Ahora, el diario de izquierda ha despedido a los trabajadores que encabezaron la huelga, además de demandarlos penalmente. Qué raro que un diario de izquierda, que se dice defensor de los derechos laborales, se tome de la manita con los funcionarios para impedir una huelga, reprima a los líderes sindicales y todavía los acose judicialmente. ¿Cuántas protestas de la izquierda rezongona se han escuchado? Eso es compromiso, camaradas. 3. Nuevamente han amenazado al periodista Héctor de Mauleón. Curioso: sólo fueron dos los periódicos a los que no interesó el tema. Uno, el «defensor» de la libertad de expresión: La Jornada. El otro, el que más presume su independencia: Reforma. Curioso: las amenazas se dan después de que el periodista ha investigado los nexos del crimen con los gobiernos de las delegaciones Cuauhtémoc y Tláhuac. Curioso: ambas delegaciones están gobernadas por el mismo partido. Curioso: al día siguiente de la más reciente amenaza ambos diarios traían como nota la definición de la candidatura para el gobierno de la Ciudad de México por parte de ese partido. Curioso: entre los aspirantes está el titular de una de las delegaciones investigadas por el periodista. No es por intrigar, pero sí es curioso, ¿no? 4. Christopher Domínguez Michael hace una lúcida reflexión sobre el panorama venezolano: hay que descubanizar Venezuela. 5. Arnoldo Kraus analiza los problemas intrincados en un difícil caso de ética médica: el caso de Charlie Gard.

Coletilla. “El fracaso es un fraude de magnitudes similares a las del éxito”. George Orwell

Celebrando el amor

Hace poco un amigo de espíritu crítico me preguntaba: “Hey, tú, quien se ha relacionado con estudios humanísticos ¿se puede celebrar el amor?” Antes que prestarle atención a su pregunta, me desagradó el tono con el que me habló y pensé que lo habría llevado a hacerse esa pregunta. Creyendo que tenía una idea completa de lo que estaría pensado, supuse que estaría dolido porque fechas como estas le recuerdan su soledad; él dice estar al margen de toda celebración popular, pero el mundo, con toda su artificialidad, sigue afectándolo. Después pensé que su situación, su aceptación y rechazo de las costumbres de las que no puede esconderse, lo habían llevado a una buena pregunta: ¿se puede celebrar el amor?

Deambulando en posibles respuestas, no le encontré defecto a celebrarlo, si es que es algo que le hace bien a las personas. Pero como en casi toda celebración, el éxtasis del momento, el saberse parte de un movimiento que se subsume al modo de vida aceptado por el mundo en el que se vive, condiciona lo que debería ser una celebración del amor. Es decir, el que haya un día específico para el amor, puede llevarnos a creer que ese día es suficiente para celebrarlo y que en los demás hay que vivir de acuerdo a la búsqueda del éxito. Por otro lado, también se puede ver en la celebración del amor una consagración de ese éxito, pues quien más puede participar en todas las celebraciones y de manera envidiable es quien tiene los medios para celebrar. ¿Qué va a celebrar el pobre hombre que anhela comprar rosas y no se puede procurar ni el listón para envolverlas? Exagerando esta postura, vemos que la celebración está limitada a quienes pueden celebrar; los demás están vedados. Pero esa fue sólo una respuesta con la que choqué. Otra fue que en el día en el que se celebra el amor había una aceptación tácita a cualquier modo de expresión posible; si a una persona se le ocurría cantar en el metro alguna canción de Armando Manzanero a su pareja, eso se podía considerar como un gesto del más dulce y valiente romanticismo y casi inmejorable manera de celebrar dicho día; en cualquier otro momento, el tipo sería tildado de loco, ridículo o muchos insultos más. Finalmente llegue a la conclusión de que celebrar el amor no debería ser un asunto público, toda celebración es pública y política, que más bien se trata de una unión íntima, de dos personas que siendo plenas son felices.

Yaddir

Disertación en torno al narcotráfico como cultura

Disertación en torno al narcotráfico como cultura

Pretendo ser tajante en lo que voy a exponer, no por violento o por desesperado, sino por sus contrarios, es decir, por civilizado y esperanzado. El narcotráfico no es cultura, es barbarie, incluso animalidad. Debemos comenzar a tratar a este fenómeno humano como lo que es, no como lo que jamás podrá ser. La confusión está en lo que llamamos hábito, identidad nacional y una retorcida interpretación de la lucha de clases.

Comencemos por el inicio. El narcotráfico, como su nombre lo indica, es el tráfico ilegal de narcóticos. Como todo asunto que quebranta la ley, necesita armas y violencia, por lo que el tráfico no es sólo de estupefacientes, se añade a la lista el armamento. Digámoslo de otro modo, hasta aquí, la seguridad y la salud ya están puestas en jaque. La seguridad está enferma, la salud desprotegida. Afirmo esto último porque el trasiego de la justicia a sed de poder, sólo se da cuando se piensa más en el lujo, el placer y la fama que en la felicidad que puede proporcionar la ley (confróntese con casi cualquier gobernador o autoridad). Las consciencias también se venden. El tránsito de armas, sustancias y almas –tanto de inocentes, como los desaparecidos, secuestrados o simplemente alcanzados por una ráfaga de balas, como de traidores a la paz– se vuelve asunto diario. Se sabe, por ejemplo, que en algunos lugares estos grupos han llegado a imponer su ley a través de la fuerza. Ahí es imposible hacer algo, pues, o las autoridades se les unen o agachan la cabeza por seguridad. Huir es la última alternativa para la población, cuando luchar ya no se puede más o jamás se pudo. Además, la ley de esa gente no está sujeta a pactos, sino a caprichos sanguinolentos, lo cual pone en peligro a cualquiera. Huir, aunque doloroso, es lo mejor.

Hasta aquí podrán darse cuenta de que la constancia y el aumento de la acción no justifican el hecho cuando éste es malo. Cuando atenta contra la vida, la dignidad y la paz de un lugar, eso no es hábito, es un salvajismo. El hábito político trata de conservar lo que se ha reconocido y elegido como lo mejor para la conservación de la buena vida de la mayoría, y lo que el narcotráfico propone es que sólo un puñado de ellos gozaran de la vida, mientras que han de desechar a los demás (véase el desplazamiento de familias o de grupos étnicos a causa del narcotráfico, así como la trata de personas). El hábito de la destrucción sólo trae sangre.

Ahora bien, si todo está destruido ¿quién podrá distinguir a este país? Los que lo hagan dirán: ‘He ahí el cementerio donde los muertos gobiernan a los vivos, ¡qué peste!’ Otros dirán con pesar, ‘Cuidado, no vayas a ensangrentarte, ése río se ha desbordado y ni los buenos pueden salvarse, ¡qué tristeza!’. México es irreconocible. Nuestro país dejó de ser el de las tradiciones mágicas, el de los pueblos coloniales, el de la hospitalidad al viajero para convertirse en una herida que duele en todo el mundo. Dejó de reírse de esa tierna niña blanca a la cual respetaba, para entronarla como señora y temerle, dejó que sus pueblos y ciudades se convirtieran en cuevas de demonios, dejó de ser cordial para ser desconfiado. La injusticia llena nuestros ojos, constriñe nuestro corazón, queremos gritar en este cuarto obscuro, pero el enemigo dispara. Apretamos los dientes, los puños, las lágrimas caen junto al hermano asesinado y por el recuerdo de la madre que jamás volverá. Pero una voz insufriblemente sardónica nos dice con una autoridad que nunca le dimos: ¡No llores!, ¿no ves que ahora somos más chingones que los gringos, que los nipones, que los rusos?…  Ahora nos respetan. Ahora nos llaman señores. ¡¿Quién que no nos conozca?! nuevas risas…  Su maldita carcajada delinea la situación de todo el país… Pienso que la cultura es diversión por la vida, no un desgraciado chiste sobre ella.

Esta impotencia por querer hacer algo se vuelve una enfermedad en los corazones más sinceros, que suelen ser los más valientes también. ¡Ya no! gritan enfurecidos. Si lo que los sustenta es el poder, lo que hay que buscar es poder. La lógica de los capos convierte todo en tautología, y en doctrina para los incautos. Pero como todo retórico, parten de principios aparentes: ‘Los otros nos han hecho ser así.’ ‘Nosotros merecemos más ese dinero, esas casas, esas mujeres u hombres, porque nosotros somos del pueblo, nosotros somos de rancho, los que nos partimos el lomo. Esos riquillos qué van a saber.’, básicamente es lo que cantan los narcocorridos. El hombre pobre y oprimido por el hambre y la desesperación no encuentra ayuda en quien puede dársela. ¡Qué injusticia! Mientras ellos duermen en camas mullidas y al despertar manjares los esperan, que el pueblo se joda ¿no? Pues ya no, ríen otra vez, porque ahora tenemos plata y potestad… Venga, valga sólo un punto: la injusticia es cruel. Pero su solución es falsa, porque terminan haciendo lo que tanto odian. Pero no se piense que me uno a las filas de los cantantes que ensalzan el mal, ya que estos casos no son las tragedias de los héroes clásicos, no son sólo hombres que queriendo hacer lo justo, terminan haciendo un daño irreparable. Estos hombres jamás llegan a sentir el dolor que sintió Edipo al saber sus crímenes. Incluso hay algunos que sabiéndolo se enorgullecen y dicen riendo: ‘Chingue a su madre, vamos a matar a alguien’ (Véase, Marca de sangre, de Héctor de Mauleón). Me pregunto, –y ojalá el tiempo no me responda–  ¿si después de obtener el poder que deseaban, ahora los corridos dirán cómo lo conservan y cómo lo acrecentarán? Esta doctrina de lo nacional junto a la indignación que causa la injusticia es quizá lo más peligroso del asunto.

Ser personajes de cantos dedicados a las balas y la destrucción, no es Poesía, pues en nada ayuda al hombre injuriado que se le avive más el odio, si ha de terminar odiando a todos.  Esto perjudica a la civilización al tiempo que denigra el alma de los hombres. La injusticia es cruel, sí, pero veamos quiénes somos y para lo que hemos nacido en el ejercicio público de la cultura que es justa… Otro punto a nuestro favor: su cultura es más bien un ritual obscuro que debe ser practicada en casas de seguridad o en camionetas a toda velocidad, ¿ahí cómo puede haber convivencia? Digo, por todo esto, que el narco no es cultura, porque la cultura nos ayuda a convivir y a bienvivir.

Javel

Un pensamiento sobre envidias

El otro día en el mercado pasé junto a una mujer que le explicaba a uno de sus hijos por qué no debía tener envidia del otro, que también estaba allí junto a ella. La explicación era sencillísima: no debía tener envidia porque a él y a su hermano siempre les compraba las mismas cosas. Por supuesto, estas razones no le bastaron al pequeño. No me cuesta trabajo imaginarme que alguien que crezca con este tipo de discurso aprenda lo contrario de lo que la bienintencionada señora quería: ¿cómo no envidiará después a cualquiera que tenga más que él, o algo diferente que él desea? Además, puede ser increíblemente frustrante para un envidioso así no poder comprar cada artículo de su larga lista de anhelos, como la mayor inteligencia de su hermano, o su suerte, o su audacia. «Pobres hermanos –pensé en ese momento–, si llegan a encontrarse envidiándose por todas las cosas, las que se compran y las que no». Si tuviera uno casi todos los bienes, excepto a alguien junto a él que pudiera llamar «amigo», ¿sería muy diferente su vida de la del peor entre los miserables?

La envidia, una clase de marchitez del alma, es especialmente penosa cuando se propaga en los lazos familiares y amistosos. Con una frecuencia que duele, las familias se desbaratan por quienes no pueden soportar el bien de los suyos. En realidad, acaba teniendo poco sentido llamarlos «los suyos», porque no veo qué siga habiendo de comunidad entre dos que no buscan algo juntos. Y eso es lo que logra la envidia, que alguien odie al otro por su bien, que se aflija –al contrario de lo que uno pensaría necesario para hacer comunidad– cuando no es él quien consigue el provecho. ¿Cómo puede esperarse que haga bien a otro quien no puede más que rabiar cuando no es él quien termina beneficiado? La envidia no sólo carcome familias y amistades, pudre también a la sociedad. Lo llamativo es que haya tanta. Enardece las almas con una fuerza que pocas otras pasiones consiguen, y fácilmente se persuaden los envidiosos de luchar por destruir a quienes tienen «más» que ellos. Quien tiene los ojos enrojecidos por la envidia se siente víctima de injusticia y se levanta con frecuencia contra sus iguales por creer que toda su furia tiene justificación, que está haciendo lo correcto. Nuestras ciudades parecen encismadas con tan tremenda propensión a esta enfermedad como la que tiene la fruta pasada a plagarse. Y además, hay tantas clases de envidia como hay diferentes bienes por los que la gente se encizaña. Tal vez sea más corriente quien se enemista con los suyos por pertenencias, herencias, pleitos de dinero y cosas como ésas –y en retrospectiva estas animadversiones son más tristes por cuanto es mucho más lo que vale alguien que cualquier cosa que pueda poseerse–, pero también hay envidias que pueden resultar mucho más peligrosas: por honores, por amores y por toda la variedad de fines que perseguimos en la vida. ¿De dónde nos vienen tantas penas como éstas? ¿Seremos torpes para esquivarlas, propensos, débiles? ¿No vemos la miseria en que vive el envidioso, o es que nunca podemos autodiagnosticárnosla? ¿Y no será, muchas de las veces, que nos ocurre como al par de niños del mercado y aprendemos, desde bien chiquitos, a imaginar que el placer es un comercio, que nuestro hermano es un competidor y que somos solamente la extensión de lo que poseemos?

Caridad sin progreso

Aprended, vosotros, todos los que habláis continuamente de libertad en una tierra de libertad, que la verdadera libertad del mundo es la libertad de ser santo.

F.J.Sheen

 

Ante una obra de caridad hay quienes sólo ven locura o malas intensiones, éstas siempre ocultas tras una cortina de pobreza, se ve como secuestradora a quien vive junto con sus inocentes víctimas bajo las mismas condiciones que ellas, y se ve como loca a quien concentra su vida en alguien que no sea ella misma procurando el bien de quien más necesita de ella.

Esos juicios se emiten con dolo y sin cuidado de lo que ocurre en el corazón de quien se da por amor a los demás; el primero señalando como propio de los ricos en oro y plata las labores que sólo los pobres de espíritu pueden hacer, es decir, igualarse al prójimo y sentir misericordia; y lo segundo se presenta como consecuencia natural del deseo de construir un paraíso en la tierra, que sería un sitio en donde las necesidades físicas no existen y las necesidades espirituales, en caso de que algún nostálgico las tenga, se cubren dándole a todos internet de banda ancha.

La igualdad entre caridad e intensiones ocultas no debe de extrañar a quien vive en sociedad, tal es resultado de la disolución de la comunidad, vivimos en sociedad y por lo mismo procuramos acercarnos entre nosotros en tanto que socios, es decir sólo cuando hay algo de por medio  que nos ayude a subsistir, no sabemos quién es el otro y la verdad ni nos importa, a menos que en algo nos afecte. Los otros son un infierno para el yo, y buscan ocultarse o deshacerse de éste al igual que el yo busca ocultarse o deshacerse de los otros. Por suerte para el yo siempre hay progreso y éste puede ayudarle a convivir menos con los demás, sin que por ello mermen sus ganancias o la seguridad que éstas le traen.

Por otra parte, la igualdad entre caridad y locura sólo se puede comprender en la medida en que la negación de un alma digna de la salvación es aceptada; quien ve en el hombre un cúmulo de subpartículas que por cuestiones azarosas se mueven buscando su propia subsistencia sólo puede ver un misterio en la caridad y en la misericordia, el cuál debe ser interpretado como un movimiento anómalo entre los movimientos que distinguen a ciertos grupos de partículas de otros. Pero, por suerte para el que se intriga ante tales misterios siempre hay progreso que le ayude a avanzar en su investigación sobre la locura, y éste le puede garantizar los recursos necesarios para algún día hacer comprensible lo que por ahora parece impensable.

Ante las raíces de las que emergen tales juicios sobre la caridad, es posible notar al menos dos cosas: primero que ambos, a pesar de ser tan distintos usan como tabla de salvación al progreso, lo que muestra que quienes emiten tales juicios confían en que algún día dejarán de pasar cosas tan incómodas como encontrarse con alguien que nos escandalice por sus actos; y en segundo lugar vemos que esa ciega fe en el progreso sólo conduce a juicios ciegos cuando se trata de pensar a lo que se aleja de éste.

 

Maigo

Mal de muchos

Cuando oímos por ahí los queveres de los demás, es muy fácil hacer juicios que comparen lo que nos pasa con lo que ellos están viviendo. Además de que solemos amortiguar mucho en la imaginación lo que es capaz de ocurrirnos a nosotros mismos, solemos querer consolarnos por nuestras faltas con el cuento de cuántos otros pobres sujetos las han cometido antes y hasta peor que nosotros. De a poco se nos van las ganas de que las cosas estén bien. Después ya ni nos importa lo que pase al rededor si no nos estorba demasiado, como el pájaro al que lo tiene sin cuidado que se esté quemando el bosque siempre que el humo no le llegue al nido. Pero no debe hacérsenos el hábito de olvidar que la presencia de cosas peores no le quita lo malo a lo que está mal de por sí.

Por supuesto, siempre encontraremos al que sufre más. Desde que nos medimos con Agamemnón, con Job, con Coriolanus, con Remi, o con cualquier fulano que no haya tenido más que congojas y zozobras, hasta cuando se nos da la vena de pensarnos como país unificado y andamos viendo a otras naciones vivir terrores inusitados, hallamos a quien ha tenido «más razón» para quejarse. ¿Pero en serio es más razón? Yo creo que es la misma razón, nomás que presente con tanta ocasión y diversidad que la vemos más clara y llamativa. Y es que estar en presencia del mal nos mueve. Por más que se nos haga costumbre y dejemos de sentir que se nos tuerce el estómago al presenciar una atrocidad, no podemos vivir como si no existiera el mal. Originalmente nos enoja, nos indigna. ¿Qué mejor nombre que indignación para esa dolorosa convulsión del alma que presencia la violencia y la injusticia? Desdeñar el sufrimiento nos barbariza. Trivializar el mal nos barbariza. Claro, que una cosa es quejarse del daño que le hacen a uno y otra muy distinta actuar inicuamente; pero encarrerados como luego nos vamos, parejamente hacemos de las dos cosas la misma apología: «esto no está tan mal porque hay cosas peores».

Vivir entre la frustración del impotente que no puede corregir las faltas más obvias nos va haciendo insensibles, y hasta ácidos. El cínico opta por burlarse de lo que más demanda solución, y que nunca encontrará ninguna. Pero no pueden ser lo mismo la risa ante el absurdo y la indiferencia frente al suplicio. Con los ojos puestos en un mundo vuelto de cabeza, no debemos descuidar nuestros propios ojos. El primer paso hacia el laberinto de violencia es decir que no la vemos y no sabemos lo que es. Ni es menos malo el vecino por ser peor el otro, ni nosotros mismos somos menos malos por ser peor el vecino. No podemos permitirnos que la insensibilidad nos vuelva ciegos al mal. El buen ánimo ante la injusticia de la vida sólo es posible si aún creemos que hay en lo que hacemos algo que puede valer y que seremos capaces de intentarlo. Envolver nuestra abyección en las telas de fechorías ajenas peores es una cobardía. Es mejor enfrentar el mal con bien. Y esperemos, ojalá, que puedan las cosas ser mejores, en lo poco que sea, después de que hayamos hecho lo que sea que hagamos.

La Ley Sinvergüenza

“Desaparece la abundancia para las querencias diarias
y aparece un sórdido maestro que, a muchos,
les iguala su temperamento a su fortuna”.

–Tucídides

Jamás he conocido a nadie que piense que las leyes de nuestro país son exacta y únicamente la justicia. Lo más cercano quizá serían las personas que argumentan que la única manera lícita de juzgar qué es bueno y qué es malo tiene que basarse en la legitimidad oficial y, por tanto, en la interpretación de la ley; pero son esas personas las primeras que obvian que hay modos justos y modos injustos de interpretar las leyes (aun quienes abogan que sólo los modos útiles son permisibles), y quienes primero sacan provecho de las posibilidades personales que les brinda tal maleabilidad. Incluso, para muchos de ellos la ley es más grave en la costumbre y el uso que en la escritura, y el modo en el que pueden hacerse las cosas es el primero en darse a interpretar. El modo en que deben queda siempre después, cuando se le considera.

Independientemente de las buenas, malas, muchas o pocas razones que puedan tenerse para decidirse por alguna posición de la cuestión, el hecho es que actualmente vivimos entre interpretaciones propias y ajenas de lo que es justo de un modo mucho más contrastante que entre quienes entienden la ley como simplemente justa. Llega a ser abrumador. Por un lado, no le veo lo malo a que cada uno de nosotros tenga la posibilidad de fortalecer su opinión sobre lo que cree justo; pero por el otro, la constante tensión hace que fácilmente esa misma opinión vaya perdiendo su peso común hasta que cada cuál iguala lo justo a lo inmediatamente útil para él (o los suyos). No quedan después de esa identificación causas para sentir vergüenza por hacer lo que sea, siempre que el provecho sea evidente.

Esta semana, un servidor de la Comisión Federal de Electricidad me dijo de frente y con una sonrisa que meneaba su bigote pintado de negro: “desafortunadamente, a veces mis compañeros se dejan sobornar. ¿Qué se le va a hacer?”. En nuestras condiciones, esta pregunta no es un modismo. ¿Qué se le va a hacer? Uno pregunta eso porque está obligado a pensar qué sería bueno hacer, qué sería justo y qué sería posible. Sólo en la imaginación nos queda representarnos esas condiciones en las que lo justo, lo legal y lo posible son la misma cosa, y en la esperanza que en una frase como la del servidor público tampoco sea modismo el “desafortunadamente”.

Un hombre solo no puede, por más justo que se proponga ser, ejercer su justicia sin consideración de la ley en la sociedad en la que vive. En nuestro caso, menos aún por cuanto resulta que la acción de este hombre justo imaginario no sólo estaría fuera de la ley, sino contra ella. Esto no está cerca de ser un pensamiento precipitado porque la ley escrita no es la vigente en un país donde se le cambia diariamente y donde los que la procuran más bien actúan según su concepción de lo más útil para ellos. Donde las leyes de nombre son farsas, la ley está en otro lugar. Es lo mismo que suponer que el más fuerte rige reconociendo solamente la victoria de su fuerza sobre la debilidad de los demás, a los que les queda solamente acatar su mandato o desaparecer. Yo, por lo menos, no tengo reparo en admitir que tal estado es, efectivamente, desafortunado y vergonzoso. Donde no queda ya vergüenza cada quién tiene, como dice Tucídides, su temperamento al mismo nivel que su fortuna.