La soledad posmoderna

 

La soledad posmoderna

 

pensando que no es verdad

un caballito soñado

Sin fe, filosofía o locura, la soledad sólo es desarraigo. En el pasado, cuando los hombres creían en Dios, la soledad era un accidente material: ningún ente estaba tan desencajado como para carecer de un lugar en el orden divino. Si Dios nos ama, podía decir el hombre de fe, al menos sé que mi existencia no es plenamente indiferente… al menos hay alguien. ¡Y no se diga del cristiano, que siempre tiene un prójimo! Cuando los hombres creían en Dios, la soledad era un desajuste del juicio. Los locos sólo están solos para los cuerdos; el problema no es su soledad, sino la accesibilidad a ellos. ¡Al contrario! ¡Al contrario, amigos míos! ¡Hablemos de manera popular! Los locos ya no nos son inaccesibles, pues los sabemos demasiado: ninguna soledad puede resistir al diagnóstico psicológico. Hubo locura mientras el hombre pudo ser misterio; ahora todo es administración. La soledad, para nuestros días, es una mediación errónea. ¿La soledad es el nuevo interfaz de las interacciones?

         Vine a pensar sobre la soledad tras leer Donde me encuentro [Lumen, 2019] de Jhumpa Lahiri [1967]. La promoción inicial de la novela la presenta como un logro, como la superación de un desafío literario, pues se considera más que extravagante la ocasión de una londinense de padres bengalíes que creció en Estados Unidos y escribió una novela en italiano… Sí, a mí también me maravilló la banalidad de la crítica; casi me sonrojo. Añade la promoción de la novela que la autora escribe en un idioma ajeno, en un país distinto del propio, sobre el desarraigo y la experiencia de la soledad. Eso dice la crítica, no una agencia de viajes. Que la novela se promocione como testimonial globalizador en la era de las discordias es, con perdón, mera propaganda. Si la nueva novela de Lahiri es valiosa, deberá serlo por lo literario. Que la propaganda ilustrada se desgaste sola.

         Donde me encuentro narra la historia de una mujer que tiene por profesión a la soledad. Profesa a la soledad sentimientos encontrados. Profesa su soledad libremente. Profesa en la soledad a cada instante. Profesa en su soledad con cada acto. Y profesa la soledad con sus palabras. Porque la novela es la presentación del discurso interior de la solitaria. No se trata de un narrador omnisciente presentando la vida de una mujer solitaria, sino del discurso interno de la mujer solitaria que busca hilar su propia vida. Quizás el logro literario de Lahiri sea la conformación de ese discurso interno. Se requiere explicación.

         Si la autora hubiese elegido la presentación de sí misma como personaje, el discurso interno de la novela sería continuo, pues el lector acudiría a las páginas para testimoniar lo que pasa ante los ojos del personaje. Si se sostiene, en cambio, la identidad de la autora y el personaje, y se considera la presentación fragmentaria del discurso interno, tendría que concluirse que la obra no fue bien lograda, que no es un producto literario. A mi juicio, Jhumpa Lahiri compone la vida de su personaje solitario y muestra mediante el discurso fragmentario la especificidad de la soledad. Porque solo el solitario de nuestros días tiene un fragmentario discurso interno. Véase: el logro literario de Lahiri es mostrar la imposibilidad de lo continuo en las palabras de los solitarios posmodernos. ¡Hemos inventado la discreción!

         Considero que esa es la perspectiva desde la que se ha de leer la novela, porque los límites del discurso interno a cada momento lo muestran. Por un lado, ninguno de los personajes que aparecen en el discurso es visto por sí mismo, sino que a nuestros ojos sólo son accesibles por las palabras de la solitaria. Por otro lado, toda la acción aparente en la obra se presenta interpretada por el discurso de la solitaria. Para el solitario posmoderno los otros y las cosas son situaciones a su disposición, el tejido artificial de la vida que dispone distancias y cercanías, calcula posibilidades y riesgos, y administra inevitablemente a ciegas. Los otros, para nuestros solitarios, nunca irrumpen en nuestro mundo, sólo están ahí para mediar oportunidades. El lector de Donde me encuentro presencia la experiencia fragmentaria de la soledad.

         Evidentemente, para que la soledad sea una experiencia fragmentaria es necesario que las condiciones de las otras soledades sean canceladas. En la novela no hay Dios, tampoco locura, ni siquiera aparece la conciencia histórica moderna. No se trata de Agustín, Dostoievski o Proust. No hay Dios: la acción sólo es resolución. No hay locura: todas las pasiones son ciegas. No hay conciencia: el tiempo es la ilusión planificable. Ahí donde el tiempo es un plan relativo, toda palabra es retórica: la experiencia regular de todos los emplazados en las redes sociales. Ahí donde todas las pasiones son ciegas, el amor nunca podría iluminarnos: la experiencia de quien se jacta por su administración para el amor, por hacer de sí mismo un dispositivo. Ahí donde la resolución es merma de la vida, toda interacción es mecánica: la solitaria de la novela se comprende “llamada” por la curiosidad igual que un cánido al que saca a pasear; el deseo se reduce al mecanismo interno de una naturaleza imbécil. Si el solitario posmoderno no puede ser ni para sí ni para otro, si no tiene experiencia ni de lo público ni de lo privado, si es un solo plano incognoscible, si sólo es reacción, ¿quién es? Octavio Paz nos muestra claramente la respuesta:

Todo está oscuro y sin salida,

y doy vueltas y vueltas en esquinas

que dan siempre a la calle

donde nadie me espera ni me sigue,

donde yo sigo a un hombre que tropieza

y se levanta y dice al verme: nadie.

 

El solitario posmoderno, sin Dios, sin amor y sin historia, lleva una existencia fragmentaria que sólo la obsesiva reunión en el monólogo logra fingir como vida. ¿Para qué, sin ser suicida, leer una novela así? Precisamente creo que eso es lo más difícil de captar en la nueva novela de Jhumpa Lahiri, pues la respuesta aparece en el filo de los fragmentos, en la presentación de nuestra condición. ¿O acaso no nos vamos volviendo cada día más inaccesibles? ¿Acaso nuestros cuerdos no se identifican por su superficialidad? ¿No es nuestra existencia, afirmación de la diferencia, a cada momento más fragmentaria? Donde me encuentro no es el drama multicultural del desarraigo, sino la comedia del arraigo —la solitaria ríe una sola vez. ¿No habéis visto, mis amigos, que ya no tenemos lugar?

         Quizá los optimistas y los perspicaces desconfíen de mi diagnosis; está bien, sean inaccesibles. Si de los optimistas se trata, seguro verán buena noticia en la falta de lugar: los utopistas aspiran a grandes cosas. Pero si acaso no se ha percatado de su soledad el optimista, la novela lo puede ayudar (véase a la madre de la solitaria, por ejemplo). Los perspicaces se habrán dado cuenta que desde la segunda línea dejé de lado a la filosofía. Bien, muchachos, ya están aprendiendo a leer. En la novela aparece un filósofo. Extrañamente, la solitaria sólo sabe de sí en presencia del filósofo y su solo recuerdo la conforta. Mas cuando cree que ahí podría haber camino, cae en cuenta de que ya es demasiado tarde. Quizá la soledad posmoderna es carente de valentía para hacer frente a lo que uno es; administrar la propia vida con eficiencia no requiere esfuerzo, sólo método. Ante esto, no tengan miedo, perseveren en su perspicacia. “No me había dado cuenta para nada”, concluye el episodio. ¿Acaso nos habíamos dado cuenta de nuestra condición? ¿Cómo saber si no es ya demasiado tarde? Creyendo a la vida un plazo, el solitario posmoderno ha perdido la valentía de amar.

Námaste Heptákis

 

Coletilla. Lo habré visto en vivo alrededor de cincuenta peleas. En ninguna lo vi desanimado. En ninguna vi que sólo subiera al ring a cumplir. En ninguna vi que se rindiera (derrotado sí, pero no vi que le sacaran la rendición). No escuché que lo abuchearan. Se ganó al público con su gran carisma. Se ganó al aficionado con su indudable entrega. Y las veces que pude platicar con él reconocí lo que ha de ser un luchador. Dicen que no es bueno conocer al ídolo de la infancia porque uno termina decepcionado. A mí, en cambio, conocerlo me confirmó mi admiración. Descanse en paz el más grande, el Perro Aguayo.

Privilegio del misterio

 

Privilegio del misterio

 

palabras de mis ojos,

palabras de mis sueños perdidos en la nieve.

Luis Cernuda

Si la palabra no es el lugar de encuentro y libertad, un sitio de salvación y expiación de nuestros miedos, alcoba y palco, jardín y mar, celda y cielo, ya nada es habitable. ¿La vida? La hacemos de palabras. Nuestra vida toma forma entre palabras, lo mismo el diálogo que el soliloquio, la súplica que la injuria, el rumor que la advertencia, la confesión que la mentira. La vida la hacemos de palabras, pero sólo las mejores, las más adictivas, las deslumbrantes, encarnan en el poema. Poemas que nos hacen temblar de resaca, cerrar los ojos para concentrarnos en el sonido, que nos estremecen como una caricia imprevista o como la irrupción del hálito mortal, poemas que se quedan y dan forma a la vida. ¿Para qué compartir esos poemas? ¿Para qué leer y compartir las lecturas? ¿Todavía podemos decir que nos encontramos en las palabras del poema? Podrían quedar dudas semejantes ante los poemas de Sigo escondiéndome detrás de mis ojos, el más reciente poemario de César Cañedo [Sinaloa, 1988] y ganador del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2019. Hablaré, precisamente, de un poema de César Cañedo. ¿Espero compartir mi lectura? Quizás, aunque acrecen las dudas. Son dos los modos simplones en que puede situarse al lector usual respecto a la poesía de Cañedo, uno por filias, otro por fobias. Pero yo evitaré deliberadamente ambos modos. Ni creo que el premio Aguascalientes de este año se otorgó por mera corrección política, ni soy ciego a la belleza de la obra de Cañedo. Sí, quizás hable especialmente a algunos. Sí, también puede decirse que es una oportunidad para otros. Pero la lectura de poesía no debe reducirse a la presencia pública. Al contrario, la poesía, «casa de la presencia» la llamó Octavio Paz, posibilita una sana presencia pública; la poesía, y hay que decirlo, también explica el retraimiento interior. La poesía es el lugar privilegiado del encuentro de nuestro misterio.

         Leamos a César Cañedo:

Cuando estoy muy alegre compro fruta

porque es mi manera de despertarme menos solo.

La escojo con detalle y pienso

en la deliciosa golosina que son las uvas

y en lo bien que se llevan con las tardes sin lluvia.

En las vidas enganchadas de los plátanos

y en las escondidillas que juegan las semillas de sandía.

Disfruto esa función

de adorno vivo que pueden tener en ciertas mesas,

esa función de fiesta en serio,

de familia reunida que son las frutas,

porque es difícil comprar una fruta sola,

pensarla sola,

dejarla ennegrecer.

 

Dejaré de lado una posibilidad de lectura; presentaré otras tres. En primer lugar, señalo al lector lo vívido del poema. No me refiero, claro está, a que el poema destile optimismo vital o resuene los cauces pasajeros de los días. Me refiero a que el poema está escrito de tal modo que, como la vida, abunda en detalles sorprendentes cuando se sabe mirarlos. Hay quienes obtusos dejan pasar lo mejor de la vida. Hay quienes parece que no se cansan de señalarlo; aunque a veces desesperan y, casi se está tentado a decir, se cansan, se rinden, se van… Me gustaría señalar, por ejemplo, la construcción del segundo verso. Su mera pronunciación, la reiteración de las “m”, pone al lector en sí mismo: la eme es la boca cerrada de quien a sí mismo se contiene. Compárese, por ejemplo, con el sabor del cuarto verso: con la repetición de la “s” saboreamos las uvas. O bien en el séptimo, donde los puntos de la “i” son disimuladas semillitas en la palabra “escondidillas”. Leído así, el poema es perfectamente vívido. Pero eso no es todo el poema.

         En una segunda lectura podríamos pensar el poema por su visualidad. Gracias a los versos de Cañedo vemos las frutas como en un retrato. ¿Retrato de frutas? Sí, aunque suene raro. No son, las del poema, meras frutas expuestas. No se trata de un mero cuadro frutal. No es la exhibición de un canasto con frutas. El poema es el retrato de las frutas. ¿Por qué necesitaríamos retratarlas? Por la soledad. Ante el mundo indiferente, ante el panorama gris, ante la tierra yerma, las frutas coloridas iluminan nuestros ojos. Imaginemos una casa desolada, cortinas cerradas, tarde calurosa y aire reseco. Llega el solitario tras no encontrar nadie en el mundo. Llega el solitario al lugar donde arrincona su vida. Y ahí, a mitad de la mesa, siempre en plural, las frutas. Explosión de colores, pero también arrebato de tamaños: la pequeñez de las uvas junto a la inmensa sandía. Efusividad de olores, pero también candor de las texturas: el plátano se apelmaza, la sandía se deslíe, la uva secreta entre los dientes. ¿Por qué las uvas en racimo? ¿Acaso no es una clara negación de la soledad? ¿Qué frutero deja al plátano en abstracto, solitario? Y la sandía nunca es una, siempre es la reunión de sus muchas rebanadas. La fruta a mitad de la mesa en la casa infecunda del hombre solitario es la alegría que niega la atomicidad del mundo. Pero el poema es algo más.

         Me interesa el personaje del poema. Quien habla en el poema se sabe solitario. Sabiduría del solitario que a veces desespera, se vuelve insoportable, orilla a la renuncia y al abandono. Sabiduría del solitario que a veces aparece alegre, como si la vida finalmente pudiese ser llevada aunque tanto nos cueste, como si la soledad en algún momento no apareciese tan aterradora, como si la alegría coloreara las sombras de la mente. El solitario alegre compra fruta para despertar. ¿Acaso duerme? ¿Acaso un solitario alegre es como aquellos que duermen incluso cuando entra clara la luz del sol? Para nada, el solitario alegre quiere despertar menos solo (nótese la contraposición maravillosa: «muy alegre» en el primer verso, «menos solo» en el segundo). ¿Cómo se despierta menos solo? ¿Por qué la fruta amaina el peso de la soledad? El solitario del poema reconoce la importancia de los frutos. Sabe que en ninguna casa en que haya fruto habrá desolación o continua tristeza. Sabe que si su rincón es solitario, lo es por la ausencia de frutos. El solitario sabe que su aspiración a la vida no le disipará la soledad. Quien habla en el poema sabe que dejar pasar la posibilidad de la vida es ennegrecerse. Algunos fructifican como en la mayoría de las casas, como en ciertas mesas, como de fiesta en serio. Otros fructifican por el único camino de quien no deja pasar lo mejor de la vida. Y todavía hay unos más, los últimos, que prefieren ennegrecerse, negarse, frustrar los más bellos frutos e inmolarlos a lo que creen que es la vida. Quien habla en el poema compra fruta porque reconoce lo mejor de la vida y no quiere perderlo: sabe que las uvas maridan con las tardes sin lluvia, que la sandía es una fiesta de color, que a veces necesitamos engancharnos a la vida. Reunir lo mejor, unirse para vivir bien, perseguir la alegría: anhelo sólo claro bajo la mirada del poema. Si la poesía todavía nos permite compartir, encontrarnos, quizás en el futuro no pesará tanto la soledad: podríamos descubrir el privilegio de la palabra.

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. ¿Germán Martínez intentó beneficiar a Alejandro Moreno? Sólo así se explica la rara estrategia del secretario de Salud ante las notas sobre el desabasto de medicamentos y el recorte de presupuesto en los hospitales públicos. El asunto es interesante: el grupo de Morena que apoya a Germán también impulsa la candidatura de «Alito», en tanto el grupo de Morena que arropó a Jorge Alcocer impulsa a José Narro. Morena decide la sucesión en el PRI. 2. Mañana será la asamblea constitutiva del «Frente por la Cuarta Transformación», que busca ser partido político en la elección intermedia. ¿Quién está públicamente al frente de lo que será el nuevo partido? Elías Moreno Brizuela, aliado del canciller Marcelo Ebrard. El financiamiento proviene de la charola que una alcaldesa mexiquense (expanista, experredista, ahora morenista) pasó por un fraccionamiento acaudalado y una diputada del PES (expriista, expanista, expetista) que en Atlacomulco encontró recursos. Armando Bautista pondrá a la gente del evento. 3. «La banalidad del bien ha reducido el imperativo categórico a la frase: compórtate de tal manera, que si la masa te viera aprobara tus actos», reflexiona lúcidamente Emiliano Monge. 4. Nuevamente estamos ante la falsificación de la historia. Por un lado, los grupos afines al Frente Nacional por la Familia promueven la homofobia bajo el epíteto de heterofobia y el fascismo bajo la pretensión de deconstrucción de la ideología de género. Por otro lado, los grupos que están organizando el Festival por la Diversidad Sexual reivindican la participación de Nancy Cárdenas y Carlos Monsiváis en la constitución del Frente de Liberación Homosexual; curioso que omiten el papel (importantísimo y central, pues él escribió en agosto de 1975 el documento «Contra la práctica del ciudadano como botín policíaco», explicado en las páginas 23 a 32 de Los derechos de los malos y la angustia de Kepler) de Luis González de Alba. Curioso, ambos grupitos coinciden en los sectarismos que siempre combatió González de Alba; y todavía lo extraño más.

Coletilla. “La precisión es la obligación de un hombre honrado”. Alejandro Rossi, a 10 años de su fallecimiento.

Retrato del amor moderno

 

Retrato del amor moderno

 

 

Still standing in the wind

But I never wave bye-bye

 

Hoy que tantos tienen tantas opiniones tan fundadas de sí mismos, que todo es fácilmente desmitologizable, que el autoconocimiento es un modo de autoproducción y la vida privada es mercancía. Hoy que lo público se puede abaratar tanto, que las ideas se confunden con las ideologías, que la responsabilidad y el progreso pautan la vida. Hoy que casi nadie conoce la intimidad. ¿Qué es hoy el amor? ¿Quién podría enseñárnoslo? No con afán de enseñanza, pero sí con la claridad con que muestra la poesía, es que Luis Antonio de Villena [Madrid, 1951] escribió Autorretrato ahora mismo.

 

 

Me encuentro más que viejo y muy cansado,

y no estoy ni en uno ni otro extremo.

Cierta melancolía —me lo temo—

ha de ser la causante de mi estado.

 

Vivo pero me escoro al otro lado,

y aunque a ratos en buen fervor me quemo

esperando un instante aún supremo,

siento que todo viene malogrado.

 

Sé que busco todavía un lucero,

de la belleza el sutil concierto,

y del sexo y los libros el sustento.

 

Pero el mundo no es nunca el que yo quiero.

Amor me tiene casi manco y tuerto.

Y es humo la amistad y desaliento.

 

Veamos primeramente al soneto en su figura. Cada estrofa se inscribe en una actividad intelectual diferente. La primera, por ejemplo, se forma en una dialéctica causal: juicio sobre lo que se percibe y búsqueda de la causa del fenómeno; por ello se forma de dos oraciones. La segunda, en cambio, parece una oración completa y es presentación de la vida. No hay pregunta por la causa, sino descripción del fenómeno. Entre encontrarse y vivir hay una diferencia importante: lo que uno sabe de sí mismo. De ahí que, más allá de la vida, la tercera estrofa ahonde en la sabiduría mostrando lo que sabe el personaje del poema. ¿Cómo se encadenan los tres saberes enunciados en el primer terceto? La sola figura no lo dice, así como tampoco lo dice la apariencia de la última estrofa: tres sentencias. ¿Cómo se pasa de la visión de la sabiduría a la expresión de un conocimiento en una sentencia? Por su figura, el soneto va de la inmediatez del encuentro a la concreción de los enunciados, mediando la vida y la sabiduría. Por su figura, el autorretrato es más que una mera producción y no sólo un acto introspectivo. Si el poema puede mostrarnos algo sobre el amor, sin duda lo hará haciéndonos evidente cómo hablamos de lo que creemos saber de nosotros mismos. El poema, a mi juicio, nos permitirá retratar al amor moderno. Veámoslo con calma.

         El verso inicial parece claro: el personaje se encuentra a sí mismo viejo y cansado. Pero no sólo se encuentra así, cual lo indica el adverbio. ¿Cómo se encuentra uno a sí mismo “más que viejo”? No se trata de una vejez desmesurada, pues eso cancelaría la posibilidad misma del encuentro. Se trata de un reconocimiento distinto de la vejez. Encontrarse más que viejo es sorprenderse por la vida transcurrida, no asir la cuenta del tiempo y reconocer con dificultad el propio estado respecto de lo que uno cree haber realizado. “Me encuentro más que viejo y muy cansado” expresa la situación en la que un hombre se encuentra cuando su vida, por mucho esfuerzo que se le suponga, no se ve reflejada en la propia situación. Demasiado cansado para seguir viviendo, demasiado viejo como para que vivir haya valido la pena.

         El personaje del poema compensa la sorpresa del primer verso con un intento de mesura: “no estoy ni en uno ni otro extremo”. Si el lector cree que los extremos son la vejez y el cansancio, el lector se engaña. Los extremos son los que permiten situar la realidad de la vejez y el cansancio. No sólo no hay reconocimiento de la propia vida, ni siquiera es claramente explicable cómo es que uno ha podido llegar a tal estado. El personaje del poema no está en el extremo de la vida llamado vejez, sin embargo es viejo; no está extenuado, sino incomprensiblemente cansado. No sólo se duda si la vida ha valido la pena, sino que se sospecha que la vida no ha sido lo que uno esperaba.

         Fallando el intento de mesura, el personaje del poema intenta explicar su estado y en un primer ejercicio de introspección reconoce una causa posible. Problema del lector es reconocer la causa. ¿Melancolía o temor? La redacción de los tercero y cuarto versos da la impresión de asignar la causa a la melancolía. Sin embargo, ¿el melancólico puede temer? ¿No es precisamente la posición destacada del temor en el verso tercero lo que nos permite pensar que la melancolía no es la causa genuina? Como buen moderno, quien habla en el poema tiene una opinión formada de sí mismo que le permite ocultar lo que a sí mismo le pasa: cicuta y pasión de amarga ciencia. Si puede engañarse para hacer de la melancolía la causa, habrá ganado la distancia de sus propios sentimientos, aminorando la sorpresa del encuentro. Porque el hombre moderno es educado, son muchas las imágenes a la mano que le impiden conocerse. El solo cree que él sólo es el asunto de su soledad. Modernos melancólicos que no quieren temer. Introspecciones fallidas de quienes no se atreven a amar.

         Genialidad del poeta: donde el hombre común se queda asido a la imagen que le impide pensar, el poeta da un paso más a la propia experiencia y nos enfrenta, en la segunda estrofa, a la vida del personaje que habla en el poema. El personaje se reconoce: vivo. Y se reconoce en toda su especificidad moderna: vivo pero me escoro. El moderno no puede simplemente vivir, sino que requiere de la técnica necesaria para su vida. Por ello, el viviente de la segunda estrofa complementa su vida con la metodología aprendida: se escoran los buques de guerra, el especialista ve escorarse a la marea. Escorarse a la vida es prepararla para lo imprevisto, considerar a la vida una batalla, al viviente un afanoso de éxito. Escorarse a la vida como la marea baja es rendirse porque de alguna manera se tiene una estrategia para volver a flotar. Escorados, no podemos vivir la vida; sólo malvive el solo con su propia técnica. El poeta lo reconoce y se lo hace ver al personaje del poema: frente al escoro sitúa el fervor. Fervoroso, no por sí mismo, pues sólo nos hace ebullir genuinamente lo otro, el otro. Fervoroso por esperar un instante aún supremo sobre la sombra de nuestras conciencias. Pero el moderno sólo espera instantes: la eternidad le es tan sólo un mito. ¿Qué es un instante supremo para el moderno? Un momento siempre malogrado. El moderno desprecia lo efímero no por su comparación con algo mejor, con lo eterno, sino porque sabe que en el imperio de lo efímero todo pasa y lo único bueno es resistir el paso, aferrarse a la moda. Escorarse nos permite administrar nuestro afán por lo novedoso.

         ¿Es ya el personaje del poema un último hombre? La tercera estrofa presenta tres tipos de conocimiento que corresponden a las facultades del alma platónica. Digamos que la búsqueda del lucero es la facultad que permite la vida contemplativa. Si el personaje realmente puede contemplar no bostezará al mirar las estrellas. El sutil concierto de la belleza sólo puede captarse por el thymos, que nota lo bello conforme al gusto y el concierto conforme al movimiento. Si el personaje no es un hombre exangüe disfrutará las sutilidades más allá de las moralidades. Por ello la epithymía toma la forma que toma: el sexo y los libros. Eros no se subordina al honor; la ciudad no debería amurallar a los enamorados. La diferencia entre amistad y erotismo es análoga a la diferencia entre thymos y epithymía. Pero para el hombre moderno nada de esto es accesible. Eros es un mito griego; la amistad un ideal romano. Las estrellas sólo son rocas incandescentes. El saber es una imperfección del conocimiento. El amor, si no es tecnificable, manipulable o instrumentalizado, es una insensatez, una inmensa imprudencia. Enamorarse podría ser pérdida de lo que se tiene. El moderno es quien se mira tanto a sí mismo y a sus necesidades que nunca ve la necesidad del otro, de un otro. Ningún cálculo permite asumir el riesgo del amor. Lisias es el auténtico sustento.

         Nuevamente, ante la afirmación de la tecnificación del amor, la sabiduría del poeta nos ayuda. Como no todo es retórica, el poeta concluye haciendo al personaje del poema enunciar tres afirmaciones. El poema no concluye: nada hay que demostrar, de nada hay que convencer. El poema se presenta para ver. Eros nos hace ver lo inalcanzable. “Pero el mundo no es nunca el que yo quiero” puede pensarse como un reproche, el imperioso reproche del moderno, reproche que permite no conformarse con la contemplación del mundo y afirmarse en el afán de transformarlo. También puede ser, por cierto, el aprendizaje del hombre que sí puede amar, que se atreve a amar: no es el mundo lo que quiero, porque mi amor incluso podría oponerse al mundo. “Amor me tiene casi manco y tuerto” podría ser una afirmación romántica, la afirmación del moderno enamorado que se avergüenza de lo que el poema le ha mostrado de sí mismo. Se afirma con romanticismo porque se quiere presumir que uno es capaz de pasarla muy mal por su amor. En cambio, desde eros, la frase se explica por la necesaria incompletitud: soy manco hasta que mi mano recibe a la tuya, soy tuerto hasta que te puedo ver. El amor terrible del moderno avergonzado frente a la belleza del erótico. “Y es humo la amistad y desaliento” es un verso que coloca deliberadamente a la amistad en el centro. Desde la incomprensión moderna del amor, la amistad se evapora cuando el amor llega, lo que produce tragedia segura, des-aliento. Porque el moderno confunde inevitablemente las cosas: no sabe que la amistad no puede ser ni pública ni privada; no sabe que el amor necesita de lo íntimo. El moderno no sabe reunir alientos en lo íntimo, sólo imagina el grito de las masas en lo público. En cambio, una amistad que es humo puede ser la parte visible de la otra lectura: es humo la amistad porque envuelve nuestras vidas. ¿Y el desaliento? El aliento del amigo es una motivación a una parte de la vida, no el sustento que recibe el enamorado. La amistad orienta la vida; eros la pone en movimiento. Las sentencias son huecas cuando carecen de sustento. Las sentencias no dejan ver nada cuando no ahúman. El humo y el sustento de la vida son los de una cierta ceremonia quizás inaccesible al hombre moderno, al hombre que no ve qué es el amor. Si acaso puede verlo, como el personaje del poema, habrá de deshacerse de sus fundadas opiniones sobre sí mismo. No se trata de fundar opiniones, sino de que el amor sea fundamento; no hay fundamento solitario. Se trata de ver, no de demostrar. Se trata de ver, no de persuadir. Se trata de amar.

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. Fernando Escalante reflexiona sobre la retórica en la tetratransformación. 2. Celebré la semana pasada que haya un católico inteligente. Alguien me preguntó: ¿quieres decir que los hay no inteligentes? Pues el lector podrá juzgar. 3. Se engaña el especialista que no ve correspondencia entre el diagnóstico de Ratzinger y la historia de Alemania, pues el Papa emérito no dice que el 68 sea causa de la pederastia, sino que desde el 68 se tomaron decisiones teóricas que ocultan la visibilidad de la causa. ¿Acaso no hubo casos de abuso sexual en la Iglesia antes del 68? Claro que sí, pero fue después del 68 que dentro de la Iglesia comenzó a creerse que la resolución del asunto es específicamente secular. O dicho de otro modo, Ratzinger reconoce como origen de la actual incomprensión de la fe las dos distensiones del arco. (Cfr. Nietzsche, Más allá del bien y el mal, Prefacio)

Coletilla. “En la soledad nace el amor que muere en el aislamiento”. Francisco García Olvera (cuyo recuerdo conmueve a este imperfecto e imprudente discípulo).

Principio del personaje

Principio del personaje

Entre la somnolencia, flota un cuerpo cuya pesadez se advierte en el silencio. Las agitaciones del ruido no despiertan, sino que sumergen en el letargo de la tribulación. ¿Qué será el yo que se vuelve recurrente, que se supone tan fácilmente? ¿O no es suposición? La lengua lo requiere, como el primero en orden de referencia. Pero lo que terminamos llamando el yo queda lejos del orden de la palabra y de su comunión con las otras personas perceptibles: el yo es un drama funcional en la vida que se nos pide; un naufragio que se disfraza de claridad, una potencia productiva de posibilidades. ¿No es también una exageración? El dato que parece más inmediato, indudable en su firme certeza, podría ser de poca seguridad si lo que es posible saber no siempre se presenta bajo el criterio que esa claridad demanda. El dato más seguro es también el menos esclarecido, por parecer fundamento de todo esclarecimiento posible. ¿No será que el yo es a veces también esa sombra cadavérica que uno llama vida?

Tacitus

¡Ok, Alexa!

Pretender que se sostiene una conversación con algo que se supone Inteligente porque responde a comandos; además de alegrarse por su capacidad de respuesta, señalando cómo es que eso puede mejorar la vida, es hacer a un lado la experiencia de la amistad, el cuidado del amigo y hasta la posibilidad de tener interesantes enemigos.

Maigo.