Soledades de alto vuelo

Soledades de alto vuelo

 

A Menón le gustaban las respuestas de alto vuelo, por ello no podría aceptar una explicación sencilla sobre los colores. Cuando abrir los ojos no es suficiente para ver, algunos creen en la necesidad de mantenerlos cerrados mientras se fragua el discurso adecuado para asegurar que sí se está viendo. Y no sólo es cruel la ceguera voluntaria, lo es más cuando roza lo terrible, cuando cuenta cuentos cruentos que obligan a cerrar los ojos. Así son los malos trágicos, los que no aprendieron de los buenos a presentar lo noble, los que sólo saben aderezar lo vil.

         Algunos malos trágicos han escrito elogiosamente sobre La soledad de los números primos [2008], primera novela de Paolo Giordano [Turín, 1982]. Entre las explicaciones de alto vuelo con que promueven la novela predominan dos lugares comunes: que la novela es un prodigio en la composición de la psicología de los personajes y que a partir de la imagen matemática enunciada desde el título ―y, lo que no suelen observar, que un personaje expone en el capítulo central― se ofrece una representación adecuada del problema de la soledad, pues los solitarios nunca se encuentran. El predominio de ambos lugares comunes en la descripción de la novela oculta el auténtico logro literario de Giordano.

         Volvamos a Euclides. En la proposición 20 del noveno libro de los Elementos, el Geómetra demuestra la infinitud de los números primos. La demostración tiene dos implicaciones importantes para cualquier uso literario posible. Primero, que el conocimiento de la definición de número primo no determina el conjunto posible de los mismos, lo cual quiere decir que al usarse como metáfora de la soledad sólo se está representando un caso típico que de ningún modo agota las condiciones posibles en que la soledad aparece; es decir, la soledad metaforizada en números primos ofrece siempre una representación aproximada de las causas de la soledad, nunca una causalidad definitiva. Segundo, que la determinación de toda compañía posible, en tanto contraria a la soledad, se realiza a partir de la metáfora (proposición 31 del séptimo libro: todo número compuesto es medido por algún número primo), es decir, que la presentación poética de la soledad involucra la anagnórisis de la propia disposición a la vida en común. La teoría de los números primos poetizada por la novela es, por tanto, una teorización sobre las condiciones de la vida en pareja, sobre aquello que, ya no en el plano geométrico, podría reconocerse como amor.

         Sin embargo, la tendencia a la explicación de alto vuelo hace que la mayoría confunda la proposición 20 del noveno libro con el postulado quinto del libro primero. ¿O no es digno de sospecha que en casi todas las reseñas del libro se confunda a los números primos con las paralelas? Quien entienda la novela reconocerá que las paralelas son una mala metáfora de la soledad: la vida en paralelo no permite el conocimiento de la propia soledad, sólo motiva la envidia. En cambio, la teoría de los números primos permite conocer las condiciones de la propia soledad. Si pensamos, por ejemplo, la definición del número primo de Aristóteles (96a37: lo que no se deja medir por número alguno), podemos reconocer en la imposibilidad de entrega, en el egoísmo, la causa de la soledad. Quien sólo se mide por sí mismo no podría nunca vivir en la compañía de alguien más. Quien sólo se mide por sí mismo es tan evidente para sí como desconocido para los demás. Quien no puede amar sólo sabe de sí mismo.

         Precisamente es en el saber de uno mismo, en la posibilidad del autoconocimiento, donde la teoría de los números primos se vuelve una teoría psicológica. La celebrada composición de la psicología de los personajes de la novela pasa por alto dos elementos fundamentales para cualquier intimidad literaria: los personajes nunca saben lo suficiente de sí mismos, por ello parece que las cosas les pasan; el pasado de los personajes los define al modo en que las cicatrices marcan el cuerpo, pero sin que los hechos hirientes se hinquen en el alma. Los personajes principales de la novela no conocen el olvido, sólo la negación. Quien nunca sabe lo suficiente de sí mismo, quien sólo puede negarse a sí, no hallará nunca el perdón, pues es como los números: carente de interioridad. La evidencia de sí que puede tener todo número es necesariamente inconsciente, como quien nunca formó el carácter a pesar de las heridas del pasado, como quien asume que el destino alguna vez puede ser evidente. El poeta nos ofrece personajes representables matemáticamente porque enseña la imposibilidad de la vida feliz para quien cree que la propia vida se explica con suficiencia mediante palabras de alto vuelo. Comenzar a entender la opera prima de Paolo Giordano pide mantener los ojos abiertos para reconocer que asumimos la soledad cuando nos negamos al amor. Lo esforzado es que el amor no sea un lugar común, que el amor sea vida en común.

 

Námaste Heptákis

 

 

Escenas del terruño. Y la clerecía timagógica se lanza contra Christopher Domínguez Michael en cinco, cuatro, tres…

Coletilla. Podemos anotar un corolario a la teoría de los números primos. Siguiendo a Aristóteles, el número 2 no es únicamente el primero entre los números, sino el primer número primo y el primer número compuesto: el 2 es el único número que es medido como compuesto por aquello mismo que lo compone. ¡Debe ser el número del amor!

Palabras en azul

Palabras en azul

Permítanme divagar un momento sobre el habla, no en su generalidad, sino como manifestaciones tanto de la expresividad del hombre, así como de su deseo por entender y ligarse a este mundo y a los otros hombres que le hacen caso cuando habla y que él también atiende. Hablar y por ello mismo entender e indagar, vienen a ser de las particularidades más notorias del ser humano: ahí tenemos al zoon logon; a Dios que le da a Adán la facultad de nombrar; a Prometeo robando el fuego de la casa de Atenea para entregarlo a los hombres; y a Chesterton diciendo que los hombres nos distinguimos de los animales porque cuando ellos comen no hablan. No hay momento en la historia del hombre que no haya sido envuelto y atravesado por el habla cotidiana. Desde que el hombre es hombre, se reúne para escuchar y hablar acerca del mundo en que se encuentra y de cómo se entiende él mismo como participe de la realidad en que habita.

Los diálogos que sostuvieron los grandes genios de la historia son la muestra patente de que se desea entender el mundo y explicarlo a los demás, es decir, que amamos compartir el conocimiento, transmitirlo. Seguramente los primero cavernícolas se preocuparon las primeras veces al ver que la luna ya no regresaba, que aquella mujer blanca se ocultaba de ellos, y temerosos de perder a su compañera decidieron darle nombre para llamarla cada vez que ésta se iba. Hoy día las palabras han perdido mucho de esa fuerza. Parecen tan evidentes y tan poco importantes que su desgaste es cada vez más pueril o en su defecto, más económico. Pero hubo momentos de gran arrojo, y aún los hay, en que las palabras nos llevaban hacia una intimación con la verdad del mundo y con la belleza del actuar que sobrepasaban nuestra experiencia diaria, consiguiendo por ello mismo no sólo la fama, sino también la gran estima del entendimiento universal, por acercarnos a la gran verdad del mundo. Las palabras, que el hombre hable, parece que es la expresión del gran deseo por ganar la verdad de la vida, del mundo, del hombre, de Dios, del amor.

Siempre que el hombre desea conocer algo del mundo comienza su hablar. Todo empieza como pregunta y después como afirmación que deberá ser puesta a prueba bajo diferentes miradas. La afirmación regresará con la forma de nuevas preguntas. Volver a preguntarse, desde otro ángulo, bajo la influencia de otro autor o invadido por otras emociones es parte de la travesía humana. Sólo así la pregunta no se acaba, sólo así el hombre sigue hablando, es decir, sigue siendo hombre en tanto amante (cazador y adorador) de la verdad que reconoce aún se le escapa. ¿Y por qué habría de escaparse siempre? ¿No podemos llegar a saberlo todo? ¿Acaso inventamos nuestra esencia de seres amantes por miedo al sinsentido? Creo que nuestra propia condición de mortales e imperfectos nos limita, pero al mismo tiempo nos arroja para romper con nuestra propia naturaleza e intentar decir algo, después de todo, los amantes siempre son transgresores del orden. Por eso mismo, abogar por la labor del investigador, científico, filósofo, poeta, jurista, político, es en todo un acto de amor y de justicia para con la humanidad misma. La palabra es la muestra no sólo de la evolución, entendida ésta como la perfección continúa de quien busca el bien, y no sólo como la adaptación en un mundo caótico, del hombre, sino el rastro que han dejado los hombres para su propio bien. Si pensamos en la palabra como el resultado de accidentes neurológicos, lo que tendremos es el juego del equilibrista, de aquel saltimbanqui triste que se balancea entre no ser animal, pero que se cuida de no ser ángel, por miedo a caer en la profundidad de la mentira sobre la que él mismo se elevó. El anarquismo evolucionista no nos ayuda a contemplar la verdadera naturaleza del hombre, pues ésta cancela de tajo la decisión, la libertad de decidir es inherente al darwinismo. Tendríamos que aceptar que, se diera cuanta o no Darwin de este aspecto, los hombres habrían seguido su curso natural en la sobrevivencia. Pero al hombre la palabra lo reúne para deliberar sobre la buena vida, es decir, para convivir y no sólo coexistir.

Hace un momento señalé como momentos de dialogo los sostenidos por genios. Pero no sólo ellos dicen y argumentan, también el hombre común desde la cotidianidad se puede elevar, o mejor dicho, desde la contemplación pasiva de la naturaleza diaria, puede descubrir aquellas perlas que no había visto, ni pronunciado. El hombre común también puede embriagarse y tener sed de ellas. Pero ha de tener cuidado de no beber palabras vanas que lo dejen vacío. Toda palabra ha de tener una piel tersa y debajo una membrana jugosa. De lo contrario tendremos sed de vacío y nos preguntaremos ¿por qué nos dejan en visto? ¿Por qué ya no nos reúne la palabra? Quizá porque no decimos nada, ¿cómo respondemos a un ok, a un ja ja ja? Quizá las palomitas en azul duelen porque sabemos que algo se ha enfriado: el hombre con wattsap es la ridiculización del hombre, un desesperado a quien le aterra el silencio porque no ve diferencia entre habla y parloteo; entre apuesta por la verdad y bullicio efímero. A nosotros nos hablan de amor y parpadeamos, pero esto ya no importa, siempre y cuando haya alguien escribiendo…

Javel

Para seguir gastando: El presidente Peña pide que reconozcamos los logros de su gobierno, y que de no hacerlo traicionamos a la verdad, o al menos eso dijo en el CI aniversario de la constitución. Alguien habría de explicarle a nuestro presidente que la verdad puede tener como apoyo a la administración, es decir a la cuantificación de resultados, pero que la verdad en tanto tal, y más que nada la justicia, no se cuantifica, no se puede ser 15 o 75% más justo. Eso nos enceguece, pues la parte se vuelve el todo.

Encrucijada

Encrucijada

Algunas noches al salir del trabajo tengo la suerte de encontrarla. Siempre nos topamos en el vestíbulo del edificio en que laboro. Es un pasillo largo al que lo rodean, si así se le puede decir al nulo encubrimiento, unos grandes pasillos de cristal. Yo sé que ella se incomoda de mi vista, pero también advierto que busca mi compañía, o mejor, no mi compañía sino mi presencia al caminar. Le incomoda estar sola, y me elije para algún plan secreto, quizá rescatarme de algo siniestro. Seguramente soy el último en una lista larga de pretendientes de esta beldad. También soy el último en salir del edificio, y eso es muy provechoso para ella y sus ansias de andar.

Solos nos acompañamos en el camino que va a casa, he de decir a mí casa, pues en realidad nunca he podido ver hacía dónde se dirige una vez que nos separamos, sólo sé que se adentra en la noche esperando encontrar a alguien más con quien seguir su camino. Esto lo sé y jamás hemos cruzado palabra. En sus ojos, que son mis ojos, veo la sentencia: «la noche es muy fría y muy grande para entrar en ella sin compañía.»

Mientras caminamos sin hablar ya hemos recorrido tres cuadras desde el edificio en que trabajo. Pronto llegamos hasta aquella esquina a la que llaman de la luna. Es un pequeño páramo en medio de la ciudad donde jóvenes, casi niños, juegan algunas suertes con bicicletas. Todos ríen alegremente. De no ser por las risas nadie se atrevería a decir que estos personajes son la sombra del lugar. Parías que se solazan en bajezas vulgares, como tomar un poco de agua ardiente, cervezas, quizá marihuana. Pero su aspecto no es tan enviciado, todos visten de acuerdo a su estilo. Enguantados en ropas negras muy limpias y de fisonomía delgadísima cualquiera diría que son ángeles que teniendo frío han decidido prender el bote de basura. Ríen sin recato y no se avergüenzan, ¿por qué habrían de hacerlo? ¿No son más sinceros sus juegos?, sólo se mal ofende la costumbre civil. Cuando ella y yo pasamos al lado de estos bellos rufianes, tenemos que cambiar nuestro andar, ella pasa primero y yo la sigo con una cercanía más patente. Pero de golpe a nuestro acuerdo veo que ella posa sus ojos en la bebida de uno de estos niños canallas. Siento que se quiere quedar con ellos a reír en su compañía, pues su risa comienza tímida y trémula en el vaso, en los ojos, en el habla de estos vándalos. Yo sólo alcanzo a mirar de reojo cómo ella comienza a detenerse, pero ella que también me mira recupera la soledad que había perdido en esta esquina, y muy a mi pesar me sigue con gusto otra vez. Yo sé que se quería quedar. ¿Mi soledad la arrastró o fue su condena de alma solitaria? Me duele que no se quedara, pero ella pronto vuelve a reír melancólica a mí lado. Incluso siento que me toma del brazo y ríe conmigo, pero estamos tan lejos… ¿Qué soledad nos acerca, la suya, la mía o alguna establecida hace siglos?

Al ir avanzando nos encontramos ahora con el viento que me golpea de un modo suave en el pecho. A ella le ha revuelto el negro y espeso cabello que adorna su blanca piel, parece una niña en la playa, y por un momento la luz de sus ojos se apaga, pero no dura casi nada la penumbra de su ausencia. De un soplido aleja los mechones lánguidos de su cabello negro azulado y vuelve a brillar su ancha mirada.

Qué pronto hemos llegado a mi apartamento. Yo tengo que entrar y subir por las escaleras hasta el quinto piso. Miro por última vez cómo me mira entra. Al ir subiendo por las escaleras me asomo en cada una de las ventanas que dan a la calle y miro que ella va avanzando lento, casi a mi paso. Se aleja, pero sabe que la miro desde el último peldaño. Ella se va, yo cierro la puerta y pido porque otro (ojalá sea bueno) la acompañe hasta su casa. Ella me mira sobre el hombro y sensualmente me pide abandonar todo con ella y por ella,

Ojalá se hubiera quedado en su esquina. ¡Pobre bella Luna atrapada así en la ciudad queriendo liberar a los hombres!

Javel

Poética del aburrimiento

Poética del aburrimiento

¿Por qué nos aburrimos cuando, decimos, no hay nada qué hacer? Dicen los desesperados que el tedio, la sensación de tener la nada a cuestas, o de tener que soportarla gota a gota sobre nuestro es parte de una revelación: la soledad eterna, la vanidad del mundo. Principio moderno: aburrirse es quedarse sin algo qué hacer, porque el mundo, la praxis entera consiste en hacer y hacerse. La obsesión por la individualidad es la mejor opción ante el vacío del mundo: el mundo virtual de nuestro celular es el olvido de lo irrelevante, que creo yo, es también irrelevancia del lenguaje. Paradoja grande del yo aquello de que la nada sea insoportable, siendo nada. Paradoja grande porque, decimos, nunca habíamos sido más libres. Como se dice en El progreso improductivo, nos acecha lo posible de manera exacerbada, y por ello el mundo intenta ser vastamente recorrido por el yo, sin tener el tiempo para todo, porque no somos libres de la naturaleza.

El aburrimiento no es cosa de inteligencia privilegiada. La miel no es para los asnos, decía Don Quijote. Por eso creo que es falaz el creer que el solo aburrimiento es señal de que se descubre la falsedad, la idiotez de la verborrea o del sinsentido. Hace falta más que intuición para ver la mala poesía o los malos teatros. Pero no hace falta inteligencia a nadie para ver que lo aburrido puede ser ver lo mundano como ajeno a la dignidad de la inteligencia. Los aburridos existenciales son malos lectores y malos poetas. Decimos que la evidencia en torno a la niñez es que reina la inocencia total en ella, aun de la poesía. Por es el mundo de los adultos es aburrido. Yo diría que es aburrido porque no sabemos ver lo poético de la infancia. El juego es poético. Simulación, exageración, burlas, picardías que divierten porque muestran que el mundo se comprende en alguna medida. No hay inocencia en el juego, ni en los niños. Chino, chino, japonés, come caca y no me des es una frase que no debiera censurarse, sino aplaudirse. No importa eso de que se ofenda a los chinos y a los japoneses por confundirlos con su semejanza ocular, no viendo que claramente pertenecen a patrias distintas, ni aquello de sugerirles que coman desechos humanos. Eso es parte del aburrido mundo que no se sabe distinguir burlas de verdades, porque cree que lo poético no puede ser sino pureza, como la que suponen en los niños, y que no puede tener vínculo con todo aspecto de la vida. Los maestros son aburridos cuando creen que existe una sola manera de hablar para cualquiera.

El aburrimiento es un fenómeno del lenguaje, no de la falta de actividad, de inoperancia de la inteligencia o de exceso de ella. Estar a solas nos parece tortuoso cuando no sabemos entender nuestra soledad. Por eso también buscamos conversaciones triviales, que se mantienen por “educación”. Poética ínfima de redes sociales, que nos llama incluso a enterarnos, a ver, a leer bromas que nos arranquen risas, opiniones fugaces, juicios inmediatos, recelos y pensamientos de caras conocidas admiradas o denostadas. La poética de la amistad es pobre y aburrida cuando no alcanza a hacernos realmente comunes. Pero aun eso es preferible a mantenerse en el silencio total, incluso de pensamiento, decimos. Creemos que el amor es aburrido cuando no tiene la chispa que el romanticismo posmoderno nos enseñó sobre el amor. No observamos la cursilería sencilla, sutil, casi imperceptible.

Si quisiéramos realmente usar el criterio moderno, prácticamente todo lo que hacemos lo realizamos con ánimo de quitarnos de encima eso que nos acecha en cada lado. Eso mostraría lo aburrida que es la vida. Los aburridos, visto con mejor sentido práctico, somos nosotros. El gesto y la estampa de la política son aburridas en esa fría distancia que trata de mantener el respeto solemne incluso cuando se dicen disparates. La política no es lo que aburre, sino ese grado insostenible de la gesticulación, de la simulación de las buenas causas. Nos falta imaginación no para viajar al mundo de la consciencia, sino para entender mejor las cosas.

Tacitus

Oscuros deseos

Pasando media hora de las diez, debajo del cielo nocturno, esperábamos a ingresar. Detrás de nosotros se encontraba la estación de Metrobús de Durango. La luz de los faroles era cálida sin sobrepasar la penumbra en la que estábamos. Pasaron diez minutos y llegó Luis Esquerra disculpándose por su impuntualidad. Nos dijo un tanto nervioso que era su primera vez, nunca en sus veintitrés años con cuatro meses había pisado un lugar así. Lo secundó Jorge, uno de nuestros acompañantes.

Por fuera el sitio era muy simple y pintado con un gris terracota (eso o la penumbra me estaba haciendo una mala jugada). No tenía ninguna imagen alusiva o indicio para saber qué sucedía dentro; ninguna lencería de neón o símbolo exuberante. Seguramente la discreción era lo más conveniente. El nombre estaba puesto de color blanco y con una letra elegante. Debajo de éste se encontraba la entrada al lugar, custodiada por tres hombres con traje. El servicio empezaba desde ahí, amablemente se hacían las revisiones y con la palma de la mano daban el ingreso. Otra vez, discreción y elegancia con el cliente.

Nos concedieron el paso y entramos al diez para las once. Es ingenuo creer que adentro uno estaría a salvo del ambiente tenebroso. Quizá la luz en el interior no era capaz de iluminarnos, pero al menos servía para jugar con nuestra imaginación. Por momentos el lugar pequeño se hacía azulado, por otros con tonos púrpura y rojo. Nuestros rostros empalidecían o se coloreaban según el designio de la iluminación. Aun con este juego, no abandonamos la penumbra. Alrededor del foco de atención estaban puestas unas mesas, muy bonitas, y al fondo unos sillones donde podrían caber más de cuatro personas. Seguimos la recomendación del mesero y ahí nos sentamos. Con un prurito sin admitir los primerizos aceptaron la recomendación, aunque ellos preferían estar cerca del espectáculo. No era difícil ver sus ansias por una satisfacción vivaz y novedosa (¿qué tan novedosa era?).

Las miradas masculinas no desatendían las mujeres que desfilaban en el centro. Posiblemente lo oscuro del lugar hacía difícil el deleite visual. Sin embargo había varones que, bajo la sombra, eran atraídos por los movimientos sensuales, una que otra sonrisa  e incluso los perfumes emanados. Sutilmente, a veces indecoroso, iban avanzando para apresar a los hombres. Sentadas en la misma mesa, sin compartirla, jugueteaban y alegraban con una actitud almibarada. Cerca de la pista había tres chavos gringos que seguramente asistían por diversión. No sentían empacho por invitarles unas copas a dos jóvenes, acompañándolas con tragos de su botella de whiskey. A un lado de ellos estaban tres que parecían salían de trabajar, aún traían corbata y camisa. Era muy posible que fueran a librarse del estrés de la oficina. Uno más se encontraba cerca de ahí, aunque había llegado sin acompañante. Llevaba varias horas con una mujer, quién sabe cuántas copas le habrá invitado. Algunos iban a empalagarse, mientras otros querían salirse de su soledad insoportablemente insípida. Y ni siquiera sabían el nombre verdadero de ellas.

Salimos de Jalisco y no sabíamos qué hora era. A pesar de no habernos tumbado era claro —¿o muy turbio?— que el alcohol nos hacía efecto. Sobre nosotros seguía el cielo nocturno, aunque la acera estaba menos transitada. Sólo estaba pisada por los clientes que recién salían del lugar, contentos con su ilusión comprada. Con una sonrisa, deshaciéndose por el alcohol, entre nosotros hablábamos impresionados por lo que vivimos. No resistimos contagiarnos de los aires joviales. Por años inmemorables los sátiros persiguieron por los campos a las ninfas. Ahora ellas habían logrado su venganza.

Moscas. Ciudad Juárez resulta estandarte de la victoria sobre las adversidades de inseguridad (y más en tiempos electorales). Alejandro Hope señala el peligro de sólo enarbolarlo.

II. Que luego no digan que no hubo alguna advertencia sobre un posible estallido en costas del Caribe. Alerta sobre ello Becerra Costa.

Y la última… Algo traen en contra de las vacas. Primero nos recetaron mejor beber la de soya. No, ahora lo más nutritivo es la de almendra. ¿Cuál faltaba? ¡La leche de cucaracha!

 

 

Soledad, libertad y locura

Soledad, libertad y locura

Cada vez que se trata de explicar la aparición de dioses en cualquier cultura, se parte de dos supuestos, uno antropológico y el otro epistémico, y que casi siempre se funden en un muy peligroso argumento fatalista: el hombre hace comunidades no por el deseo de vivir bien, sino por el deseo de no estar solo, luego, el hombre sabe que por más que lo intente, siempre estará solo en el universo, así que lo mejor que puede hacer es disfrutar de su amargo destino. Así, el comportamiento del hombre revela su temor a encontrarse solo. Ahora entendemos que los dioses venían a ser no la representación de las fuerzas naturales, de aquello que da orden y sentido a la existencia, sino el telón que encubría esta soledad. La gente se congregaba para mitigar la soledad, nada tenían que ver la fe o la adoración por el orden. Desde los avances de la modernidad damos un respingo de ironía y compasión, pues también notamos que los dioses eran el pretexto para actuar o no de acuerdo a una idea de excelencia. La libertad del hombre estaba ligada a las fuerzas naturales, al orden del cosmos, incluso al azar. Nada más insoportable para nosotros que ya nos hemos librado de todo ello. La libertad, como bien se postula, es el saber que las acciones de cada hombre no tienen mayor repercusión más que para su propia causa. La perfección, el orden, la comunidad son conocimientos que llegan a cada uno de nosotros por un razonamiento de lo que no somos, luego, Dios la ley y el amor son necesarios sólo como una fábula propedéutica hasta que el sujeto busca su propia libertad.

Pero con estos razonamientos llega la incómoda pregunta, si el hombre es un ser solitario, imperfecto, libre ¿por qué seguir procreando seres imperfectos, solitarios y libres? La respuesta inmediata es que ni la soledad ni la libertad reales se han alcanzado, y en cada generación los avances que se hagan son de suma importancia para las venideras. Pero no, no hay que confundir esto con responsabilidad, que eso generaría un sentimiento de compromiso por los otros que aún no son. Lo que esto significa es que la razón debe seguir avanzando en lo técnico para que en un futuro cada hombre pueda subsistir sin ayuda de otro, más que de sí mismo y desde su nacimiento. Pero notemos algo más antes de avanzar: en esta búsqueda de la perfección técnica como disolución de la relación entre hombre, Dios, hombre, no aparece -ni es necesaria- ni la virtud política, es decir, la justicia y prudencia, ni el amor, o dicho en otras palabras, ni orden ni excelencia, sólo efectividad. La realidad inmediata es la única necesaria, lo demás sigue siendo provisional, ya que no se trata de lo que debe ser, sino de lo que de hecho es.

Visto de este modo, la libertad es el signo que anuncia nuestra soledad lograda por el avance de la razón, o mejor dicho, como el triunfo sobre el genio maligno que ya no puede engañarnos más, pues el punto de apoyo que necesitábamos para comenzar a ser sólo nosotros, ha tiempo que lo canturriamos por todas partes: “Yo”.  Pero este yo ya no sufre su soledad, al contrario, busca cómo hacerla más cómoda, más prolongada. Comienza así su intento por corregir todos los errores que la naturaleza cometió con él. Es aquí donde recuerda los cuentos antiguos, ya que tengo el poder, se dice, he de ocupar el lugar encumbrado que siempre me ha correspondido. La soledad se vuelve divina, pues no hay duda de que los cuentos hablaban de él. Aparece el genio, filántropo de sí mismo y último hombre, es decir, aquél que no quiere saber ni sabe si hizo o hará mal, pero que en sueños se atormenta con visiones de locura, para despertar con los nervios alterados reproduciéndose en pequeños espasmos, y comenzar así a corregir el último defecto que la naturaleza aún guarda en las entrañas más espirituales del hombre: la conciencia del bien y del mal. Pues ya que Dios no existe, entonces quizás tengo que refugiarme en estas mentiras, se dice el último hombre, mientras alterado trabaja para su solitaria libertad, para su propia causa.  

Javel

Meditaciones sobre la felicidad

Meditaciones sobre la felicidad

El bien se convierte en un concepto sólo hasta que aceptamos la validez de la epistemología como medio de reflexión preponderante para los problemas filosóficos, para los problemas importantes, en donde hallan origen los problemas diminutos. Es decir, se vuelve concepto en tanto operación de algo que llamamos juicio moral. El problema epistemológico actual admite la historicidad de los juicios de valor en tanto derivados de construcciones, como en el caso de la ciencia, pero sin otorgarles validez objetiva, por no poder ser demostrados rigurosamente ni metódicamente, y por resistirse al acceso universal. No importa cómo esto sirva de pretexto para la disolución de la ética propiamente hablando, el problema de verdad está en otro lado. Mejor dicho, el problema de la disolución de la ética no puede ser abordado si no entendemos que la epistemología moderna proviene de una modificación de un problema que es tanto político, como filosófico, como teológico. Los modernos saben que el bien no es un problema relevante de la epistemología; lo que olvidan es que el bien nunca fue un problema meramente epistemológico, y nunca podrá serlo.

Si la filosofía es esencialmente constructiva, el problema central de la ética no es la virtud, y la política no es sobre todo vocación por el bien común y la justicia. El problema de la ciencia moderna, tantas veces atacada, reside principalmente en las aspiraciones del método. La construcción se hace para mejorar las situaciones materiales. La teoría tiene una finalidad práctica. La teoría misma es práctica, en el sentido de que lo natural es accesible mediante las reglas que el contemplador mismo pone. El sujeto y su estructura epistemológica deben tener reglas que aseguren la veracidad y certidumbre de las leyes que postula. La virtud como el mejor modo de cumplir la naturaleza del hombre se disuelve al postular que no podemos entender lo humano sin bajar sus aspiraciones, si no seguimos la “regla hombre” como la llamó Nietzsche; no hay mejor modo de cumplir su naturaleza, porque la naturaleza ya no significa lo mismo.

La epistemología es necesaria sólo si aceptamos la ciencia moderna. Y aceptar la ciencia moderna nos compromete más de lo que nos gusta aceptar. Para aceptarla requerimos que el escepticismo sobre las causas surja, evitando todo modo de explicar el orden natural por medio de los fines, para allanar el camino para el método. Rousseau permite ver cómo es que el problema del bien no puede resolverse por medio de la teoría del Estado y la naturaleza moderna. Su respuesta, no obstante, nos saca de los apuros de la ciencia, pero nos mantiene en ascuas en torno al modo de entender la relación entre el bien y la felicidad, la virtud. La relación entre el bien y la naturaleza, para él, sólo puede escrutarse con su hipótesis radical del estado de naturaleza. La solución rousseauniana no es para nada puramente epistemológica, veamos brevemente cómo. El estado de naturaleza postula el problema ético central de Rousseau: la libertad esencial del ser humano, sometida inevitablemente por el desarrollo político y social, por el nacimiento de la propiedad y la ley. El bien sólo puede ser entendido en la medida en que somos capaces de acceder a ese origen puro en nuestras vidas. Las buenas inclinaciones del corazón (porque la bondad es original) son expuestas a la perversión social. Es difícil decir que haya mal, puesto que la naturaleza del alma no tiene un fin fijo, preferible; por ello la política no es el mejor modo de entendernos. La virtud, por tanto, debe estar en la soledad original. La soledad de Rousseau nos muestra que la satisfacción de sentir la bondad de la existencia depende de ser capaces de acceder a la autosuficiencia, al punto en el que nada terrenal nos turba, en el que no necesitamos nada, sólo gozamos de nuestro ser, sintiendo la bondad del corazón. La virtud no es felicidad, porque la felicidad está en ese goce inmaterial, en ese placer de sí que no involucra nada político, además de que la razón no sirve para acceder a ella. Lo primordial es el sentimiento.

He dicho que él nos mostraba cómo el bien no es un problema epistemológico. Su soledad se lo mostró. Sabía que de resolver ese problema del modo en que lo hizo dependía la dicha de su vida; por eso es tan importante no aceptar nada en contra de la inclinación propia. Aunque ayuda a negarle el terreno a esa interpretación, tendríamos que aceptar el hecho de que lo esencial para entender la ética es la libertad en ese sentido que ha sido esbozado. Eso no nos ayuda mucho a decidir sobre el problema en toda su dimensión. No nos dice en realidad cómo reconciliar el bien, el sentido, con la política; no nos dice cómo es que la justicia se convierte en virtud.

El mejor modo de vivir tiene, según se dice, distintas formas. Distinguimos entonces entre opiniones en torno a lo bueno. No somos, la mayor parte del tiempo, lo suficientemente afortunados para saber cómo conducirnos hacia él; otras veces estamos tan seguros de los medios que utilizamos que no estamos dispuestos a cuestionarlos. Evadir el problema de la política puede llevarnos al idilio de la soledad, pero ni aún ahí podremos escapar al hecho de que la soledad está auspiciada por un mundo repleto de semejantes que la hacen tal. Cuando queremos huir de los hombres, sabemos perfectamente de lo que queremos huir. El problema político nos llama por todas partes. La indiferencia (siempre superficial) es un modo de hollarlo. Nos debatimos por el sentido de nuestras vidas, porque algo buscamos con algo de constancia. No puede discutirse el problema del bien epistemológicamente, porque la razón nunca es unilateral en cuestiones prácticas. Todo mundo cree que el bien no puede ser tildado con la etiqueta de lo perenne: que no hay virtud que sobreviva al desarrollo de la civilización. Haríamos bien en ver cómo el progreso nos ha mentido al respecto. No podemos perseguir lo que no buscamos. Y sin virtud, con el bien reducido a discusión de la historia de los conceptos, nos hemos condenado a la infelicidad, de una manera mucho menos afortunada (si puedo en verdad llamarla así) que la de los solitarios rousseaunianos.

Uno podría creer fácilmente que el amor al prójimo nunca podría tener cabida en un mundo sin fe. Esa es la consigna de la impiedad. Es el mismo camino que tomamos cuando decidimos que la justicia es una quimera, que, de ser cierta, nadie merece de verdad. Dicho amor nos muestra el gran abismo que se abre para pensar el auténtico problema moral del bien, sin quererlo describir con el escepticismo de la epistemología, tranquilizándonos. Precisamente por eso creo que el cristianismo no es una mentira noble. También por eso creo que no debemos soportar el mal como falsos estoicos, lo cual termina en la resignación por la seguridad de la nobleza personal. Porque no sabremos bien lo que es el mal, en tanto no investiguemos el bien. No importa que la fe cristiana no sea compartida del mejor modo, porque su modo de abordar el problema del bien nos permite ver no sólo lo que el otro de verdad merece gracias al hábito de la virtud, sino que nos hace ver que el amor, la caritas, trata de beneficiarlo aunque no se lo merezca. No se ama al prójimo a pesar de él, sino por ser prójimo, hombre. El placer de hacer el bien en la caridad está en el regocijo de cumplir la Ley siguiendo la crucifixión. Nunca se puede reducir el acto de caridad a la búsqueda de la satisfacción personal, porque el placer abstracto, simple, no existe: para entenderlo y juzgarlo requerimos su causa. Es porque podemos ver la diferencia de la situación con lo bueno, que deseamos subsanarla. Y esa es la prueba más complicada y problemática que se puede plantear todo aquel que busque la mejor manera de vivir.

Tacitus