Bienviniendo

Dedicando con F

Un día leía que leían, sobre la vida, sobre la muerte, en el presente. Sobre las flores marchitas y sus primaveras que pintan rostros en las lágrimas, en las angustias, en los colores. Leía que leían sobre la crisis y los problemas y las carencias. Leía que leían sobre pobreza, sobre riqueza y sobre una mesa. Y sobre todo leía que leían, con miedo, con elegía, con displicencia…

Y una pausa me detuvo el llanto –como el momento en que se quiebra una burbuja–, en un espasmo, en un instante, regresando al corazón cierta esperanza; como una madre que consuela el desconsuelo que enmascara en la caricia; cual cristal de una visión desempañada por las lágrimas; visión del ya y del todavía que se cuela por el alma como un rocío de primavera –aunque marchita– pero común a una nueva voz que se une a coro con nosotros, nosotros y nuestro ocio, nosotros y nada más. 

Gazmogno

Perdón, tengo insomnio

Uno intenta escribir algo. Algo que valga la pena pero lo único que puedo hacer es balbucear palabras que se aglomeran mientras los sedantes causan efecto. Mi problema es el insomnio. Y las palabras se van perdiendo mientras el cerebro se relaja y se distiende. Todo se vuelve nebuloso.

Mi problema es el insomnio, ¿ya lo dije? Pero mi verdadero problema es otro. Siempre creemos que estamos haciendo algo cuando en realidad estamos haciendo otra cosa. Yo creía que estaba intentando dormir cuando en realidad lo que intento es perdonar. Perdonar a alguien… perdonarme a mí mismo.

Mas, ¿cómo lograr eso que se llama perdón? ¿Es posible? ¿En verdad es posible quitarse el sentimiento de haber sido traicionado, humillado por la única persona de la que uno jamás se esperaría la traición? Uno perdona, ¿y luego? ¿Las cosas vuelven a ser iguales? A veces creo que la única posibilidad de superar una traición es a través de la venganza. Una vez vengado el asunto, éste queda saldado.

Sin embargo se oye hablar del perdón aquí y allá. El perdón es bueno, purifica. Perdonar y no guardar rencor, ¿cómo hacerlo? ¿Es acaso como borrar unas palabras mal escritas, o extirparse uno mismo un tumor que se extiende y se pudre cada vez más con el paso del tiempo? Pero un tumor se ve, se palpa, se localiza y se remueve. Y qué hacer con la sed de venganza, rencor y odio que quedan, que se empozan en el alma, ¿se extirpan también?

Uno intenta perdonar como intenta dormir, pero por lo menos para esto último hay calmantes. ¿Sabe alguien qué es lo que hay para el perdón?

Gazmogno

¡Mierda!

Hay veces en las que uno no puede escribir más que mierda. Uno toma una pluma y lo que caligrafía es mierda, teclea en la computadora y pareciera como si la pantalla misma se tornara café como si alguien se hubiera zurrado en ella. Y es que lo que uno tiene adentro es eso: mierda. Mierda acumulada por los años, mierda que uno no ha querido – o no ha sabido cómo – sacar, mierda que ya hasta está seca y sale como en pequeñas bolitas a las que uno les pone el nombre de haikus, pero no son más que mierda. Mierda que hasta duele cuando sale, con los retortijones de un alma que se ha vuelto entraña, intestino, orto que se abre dejando salir toda la porquería que la vida moderna nos hace acumular en nuestro interior.

Gazmogno

Como una patada en los huevos

No hay nada parecido a la sensación de una patada en los huevos. Uno está tan tranquilo, ocupándose de lo suyo – tal vez recitando un piropo o descansando la vista en el escote (porque un escote es justamente para eso, para descansar la vista del ajetreo citadino y de tanta polución visual que aqueja en especial a los nobles caballeros) que alguna impúdica delineó sobre sus tetas para incitar las rabietas de tanto moralista callejero –, cuando de repente, ¡rájale!, un empeine o una rodilla traicionera viene a perturbar el orden del cosmos, como un asteroide colisionando contra algún pacífico planeta sacándolo de su orbita habitual. Y es que los huevos – o testículos, como les dicen los letrados y la gente que no soporta las analogías avícolas – se encuentran en órbita, girando en pequeños círculos sobre su eje escrotal o simplemente descansando entre las colinas ingladas siempre uno por encima del otro – generalmente es el izquierdo el que, con su natural disidencia, se encuentra relativamente más alejado del perineo -, pero siempre en un orbitar constante que no debe ser perturbado so pena de uno de los dolores más terribles de que el hombre es capaz – nótese Hombre y no Mujer, y esto sencillamente por un machismo explícito de nuestro creador.

Cuando el choque resulta inminente, hay un pequeño instante en el que pareciera que no pasó absolutamente nada, un instante en el que uno dice “ah caray, esto ni lo sentí”, mientras que los huevos dicen “ya valió verga”, dando lugar a un doblamiento espinal en el que el cuerpo se transforma en un ángulo agudo – cada vez más agudo como agudo va siendo el dolor. Así, el empeine o la rodilla – o incluso puede ser algo tan insignificante como un ligero rozón de los dedos de la mano al dejarlos caer para tomar el jabón o el shampoo mientras uno se ducha (mejor conocido como el pericazo involuntario) – se han insertado violentamente en la cavidad pélvica violando la inviolable ley de la impenetrabilidad de la materia – pues en ese instante pareciera que el huevo izquierdo y el huevo derecho han ocupado al mismo tiempo el mismo espacio, a saber, la garganta – y dando lugar a un dolor que se ramifica por toda la parte baja de la pelvis, pasando por los intestinos y llegando al estómago en un calambre que no hace sino arrugar el asterisco más de lo que ya está arrugado. El aliento se pierde, la respiración se dificulta, la vista se nubla y uno no puede sino concentrarse en ese dolor, vivir ese dolor… uno se vuelve el dolor mismo.

Lo más común es terminar de rodillas o en posición fetal agarrándose – o más bien apretujándose – el paquete en un vano intento de controlar la agonía. Pero la agonía no puede ser controlada y lo único que uno puede hacer es dejar que el dolor pase, poco a poco, y la conciencia se reestablezca mientras se yace en el piso como un buda caído meditando sobre el dolor de tener los cojones destrozados.

Gazmogno