Visitas

Sé que no lo soñé, y sin embargo me sigue pareciendo tan irreal como si hubiera sido un invento de los caprichos de mi imaginación.

Poco tiempo hacía que había vuelto a mi cama después de complacer las necesidades de la naturaleza. La lluvia en el exterior hacía de la noche una delicia para cualquiera y un tierno arrullo para el cansado.

Debo admitir que me encontraba haciendo las paces con Morfeo mientras retorcía mi cuerpo sobre el desgastado colchón, cuando, muy a lo lejos, tenía encendida a modo muy tenue y tibio, el ardiente deseo que vinieras a buscarme, a buscar calor bajo mis sábanas y encontrar cariño en mis brazos. Sin embargo, al carecer de un genuino don de telepatía, esos deseos debían, como todas las noches, ser ahogados por la pesadumbre de los mundos oníricos que visito por necesidad.

Faltaba mucho para perder la consciencia, es por eso que aseguro que no fue un quehacer de mi imaginación, el que la puerta de mi habitación se abriera de repente con demasiado cuidado, como quien busca entumecer el ruido y no despertar al resto de los habitantes de la casa, como lo haría un ladrón o un amante temerario. Fue esta delicadeza la que me llamó la atención más que el hecho tan inusual en una noche de sábado. Como es natural, esperaba ver tu rostro, a penas iluminado por la luna, cubierto entre tinieblas y frío sonriendo con una mueca de complicidad y deseo.

En cuanto se hubo abierto, no encontre otra cosa que silencio y soledad, no fue un susto lo que terminó ahuyentando por el resto de la noche mi posibilidad de descanso, sino la decepción de saber que no eras tú quien vino a visitarme. Una vez que el escalofrío pasó, me encogí de hombros, me levanté de mi cama a cerrar la puerta de mi habitación y regresé a esperar, que la próxima vez que se abriera, fueras tú quien endulzara mi noche.

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Conjurados

 

Conjurados

Por la idea, dos pueden pensar en lo mismo cuando hablan. También es por la idea que la retórica, la hermenéutica y la “ciencia” de la comunicación encuentran su límite. El diálogo, cuando es de ideas, está más allá que un acto de persuasión, que una interpretación o que la transmisión de un mensaje. Cuando dos dialogan sobre ideas lo importante es que las palabras no oscurezcan las ideas, que sean tan claras como las ideas lo permitan. Sin embargo, hay un rastro que conduce a una cierta comunidad, una cierta conjura, que va más allá del diálogo sobre las ideas: una cierta integridad erótica. Nos ayuda a pensarlo un poema de Emilio Prados.

Levántame despacio

una punta del sueño…

Míralo por debajo.

                   Sentirás

mi memoria latiendo,

igual que un pulso tuyo

conservado.

                   Cuéntalo bien…

Ajústalo a tu paso…

Deja caer de nuevo

la punta de mi alma.

En su apariencia, el poema gravita en torno al encabalgamiento de los versos centrales. En ese centro, notamos la única referencia al del poema que no está acentuada. En este poema de encuentro y comunidad, el aparece en sus acentos: cinco imperativos y un futuro. El futuro es la condición de la comunidad que apunta al centro del poema. El poema se construye desde su encabalgamiento para mostrar la reunión de los involucrados, para hacer patente la comunidad.

         El inicio del poema podría presentarse simplemente como un símil de las sábanas y el sueño. Así como se invita a alguien al propio lecho, el poeta invita a alguien al propio sueño. Aunque no llegamos del mismo modo al sueño que a la cama. Algo ha de pasar, ajeno a nosotros, para que en la cama se produzca el sueño. El sueño aparece cuando nos entregamos a él en la cama. La invitación del poema es la de una cierta entrega, en la cama y en el sueño, a un cierto misterio que da vida al poema.

         Al sueño se le mira por debajo. Quizá nadie ignora que los sueños, más que la naturaleza, gustan de ocultar. Quizá cualquiera podría aceptar que entre los pliegues de las sábanas del sueño es posible encontrar sorpresas y terrores, alegrías y esperanzas, lo sabido y lo por saber. Sin embargo, en la noche, cuando el se aproxima a la cama y levanta la sábana, el sueño se mira por debajo. No es un indiferente, no es un que no me conoce, no es un que no me ha soñado. Mirando al sueño por debajo aparece el yo del poema. Ni ni yo somos nadie o cualquiera. Mirando por debajo nuestros sueños nos encontramos.

         Sólo en el encuentro puede sentir. Sentir la memoria latiendo es la sensibilidad de un pasado común: el sueño torna en memoria cuando nos pensamos juntos. Sólo la memoria hace posible el reconocimiento. Ahí el centro del poema: yo sueña con el pulso de , la memoria reúne a y yo en un mismo pulso. Nos reconocemos en el mutuo palpitar del corazón, en la emocionada compañía, en la mano sudorosa, en la atracción de la mirada, en la vida que pulsa al unísono lo que juntos conservamos. Sólo en el encuentro yo puede sentir.

         Los dos imperativos siguientes indican el cuidado del reconocimiento. Ahora yo pulsa igual que . se conoce en el pulso de yo. Yo y se reconocen en el espejo de las caricias. La caricia como cartografía de la autognosis. Y en el último imperativo las caricias, la memoria, el sueño, la cama, caen en la comunidad que funda el poema: Ícaro se precipita; Eros se concentra. Por ello, “deja caer de nuevo” no es un imperativo como los demás. Ahora yo no ordena a , sino que es el misterio, aquello que permite la comunidad que funda el poema, lo que deja caer. Al final de la sincronía de nuestras pulsaciones sostenemos por la punta nuestra alma. ¿Y no es acaso sólo nuestra alma la que sueña?

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1.  Ya lo hemos dicho: la indignación es selectiva. Fernando García Ramírez, sujeto a una campaña oficial de linchamiento, enumera varias indignaciones selectivas de nuestra tetratransformación histórica. 2. Que 2021 será el año de la reconciliación, dijo el presidente. También será el de las elecciones intermedias, elecciones en cuya boleta quiere aparecer el presidente. Ofrecer reconciliación para afianzar el poder. ¡Qué buenos sentimientos! 3. Régimen de la simulación, eso es. En los próximos días se publicarán los datos oficiales sobre homicidios y la versión de la propaganda oficial será que han disminuido. Y claro que podrán probarlo, porque el número que presentarán será el de las carpetas de investigación, no el de individuos asesinados. Así, la ejecución de cuatro personas en un bar de Guanajuato la semana pasada se contabilizó como un homicidio, no cuatro asesinatos. Régimen de la simulación. 4. ¿De veras los funcionarios de la Secretaría de Salud demandarán legalmente a todos los residentes del Instituto Nacional de Psiquiatría para romper un paro en demanda de la protección de sus derechos laborales? Y eso que la 4T decía estar con la clase trabajadora. 5. Desde diciembre se dejó de actualizar. El pasado fin de semana simplemente desapareció el servicio. El régimen de la simulación, que supuestamente tiene el apoyo de la intelectualidad y hasta un presidente historiador, no ha dado explicación alguna. Parece que se ha cancelado la biblioteca Digitalee, uno de los mejores proyectos culturales de la administración de Peña Nieto, quien no podía presumir de sus lecturas.

Coletilla. “México y España comparten un corazón sangrante, un idioma que se multiplica en todas las lenguas indígenas de siglos, un mestizaje de sabores y palabras, párrafos y pensadores; España y México se miran sin necesidad de traducción ni subtítulos… y así pasen otros cinco siglos, nos amanecemos a diario con verdaderas ganas de conocernos”, dice el nuevo director del Instituto de México en Madrid, Jorge F. Hernández. Una buena decisión y una buena noticia.

La cuidadosa manía de Iván Abad

Iván Abad despertó de golpe y con el dorso de su mano constató la humedad que acampaba en su frente. ¿Era todo un sueño, o había modo de que tuviera sentido en realidad? La casa estaba vacía a esa hora, si uno obviaba a los sirvientes. Cuando salió de la regadera ya no temblaban sus manos y su respiración se había regulado. Su humor se había serenado como un lago escondido en un bosque sin viento. Hizo las llamadas pertinentes y comenzó el largo proyecto que le tomaría varios meses.

Su esposa Olga llegó esa tarde y no reconoció a Iván. Estaba fuera de sí, desarticulado en palabra y desorbitado en vista; lejano, sin cariño, fijado en otras horas. Ella no consiguió averiguar de qué se trataba exactamente todo el ajetreo. Había material de construcción en el jardín, movimiento de obreros, se hacían mediciones y se trazaban planos. La familia era muy rica e Iván muy ingenioso. Demasiado ingenioso, tal vez, y con más ocio del conveniente, a juicio de Olga. Le entraban sus manías. Ella se divertía con ellas cuando eran pequeñas, como cuando empezó a hacer maquetas para corroborar si se acordaba de cada casa que había habitado desde niño (el problema apareció cuando se preguntó si la maqueta de la casa actual merecía tener maquetitas de las maquetas que ya había hecho). En otra ocasión decidió que planearía una nueva arte marcial, basada en los mejores movimientos de cada una de las existentes. Y estuvo escribiendo y dibujando poses y comparando doctrinas y aprendiendo nombres, por meses. Cuando las obsesiones eran así, y le resultaban incómodas, Olga optaba por desconocerlas hasta que se apagaban solas como la chimenea desatendida. Por supuesto que ya antes había visto a Iván tener arrestos de arquitecto y al principio pensó que esta vez se trataría de algo semejante. Quizás iba a remodelar el patio de acuerdo a algún estilo medieval, o a hacer una alberca con adornos hindúes; algo así como hace dos años que le entró la idea de que quería una pérgola a la entrada de la casa y cuando hicieron consciencia ya toda la fachada se les había transformado en un pedacito de Italia. Fue diferente.

Iván no saludó ni a los hijos ni a sus choferes cuando llegaron de la escuela. En la noche no subió a la recámara. Olga, antes de irse por la mañana del día siguiente, molesta, fue a hablar con él. Interrumpió sus dibujos con escuadras sobre hojas objetablemente grandes. Ése fue el primer momento en que se asustó. Algo le faltaba a Iván, o algo le sobraba. Algo que impedía que estuvieran hablando de lo mismo cuando intercambiaban palabras iguales. Ella exageró su enojo, afectó tristeza, aparentó desinterés y por último fingió exasperación; pero nada hizo que el semblante extraño de Iván cambiara. Era, pensó ella, como si él la estuviera entendiendo y al mismo tiempo no entendiera nada. Por fin, después de discutir un rato sin poder obligarlo a hablar un ápice sobre sus propósitos ni a disculparse por su frialdad, Olga lo escuchó decir con calma:

–Amor, me volví loco.

–¿Qué?

–Lo hice. Lo más lógico sería decirte que al principio no estaba seguro, que poco a poco me fue ganando la desesperación, o que debí haberlo visto desde hace tiempo; pero no. Fue un momento, nada más. Como despertar de un sueño. Al principio ya lo sabía y no dudé nada. Precisamente por eso sé que me volví loco.

–No entiendo. ¿Te refieres a todo esto? O sea, ¿qué estás haciendo?

–¿No crees que quien se decide a construir su propio manicomio, sin encontrar buenas razones para detenerse, tiene que estar loco?

–¡Iván! ¿Su propio manicomio? ¿De qué estás hablando?

–¿Ves? Te digo. Nadie en su sano juicio puede tener la certeza de que se volvió loco.

Iván no respondió más. Por fin, Olga manifestó su miedo genuino. Se fue con la prisa del día, pero también con el alma desterrada de una casa que de repente se le había vuelto incomprensible. Los hijos se fueron luego. Pasarían semanas antes de que empezara a ser notorio el cambio. Iván se quedó a solas con sus hombres y su proyecto. Al terminar solamente quedó éste.

Lo que el sueño y la locura salvan

Lo que el sueño y la locura salvan

El insomnio debe de ser una enfermedad tan insufrible como lo es la cordura. Ambos pacientes adolecen de no poder cerrar los ojos, no ya para escapar hacia la obscuridad, sino para poder reconocer por un momento las impresiones que el ojo ha captado en el espectáculo de luz. Quien ha sufrido de insomnio sabrá que lo peor del asunto es no poder omitir ningún detalle, salvo que se está despierto: existo pensando, la exageración cartesiana se ve reflejada en el ansia de quien queriendo dormir no consigue sino hilvanar una constelación de sucesos hasta el más mínimo detalle. Los sentidos aquí sí se agudizan, nos volvemos más sensibles al cambio de temperatura, al zumbido del mosquito, al ir y venir de una idea que tortura las cienes de quien no puede dejar de existir en la realidad. La recamara se convierte en un monstruo silente. Y una noche luminosa nos arruina la existencia. El guardia de seguridad, tanto como el pensador obcecado están alertas, alterados. Rayan en la cordura de saber con todo detalle ¡Quién es el que se esconde tras la puerta!, o tras la siguiente pregunta “¿Por qué?”

El sueño es tan importante como lo es la locura, pues son los límites de sus contrarios. El sueño aparece no siempre en la noche, sino tras un trajinar duro. Es la dulce recompensa o turbadora respuesta presentada con maestría por la misteriosa imaginación; mientras que la locura es permitir que algo nuevo o viejo nos sorprenda sin tener que apuntarle antes con una pistola o con una pregunta que impida el paso de lo desconocido. Los sabios también duermen, y quizá sea en sus sueños donde mejor podemos ver su sanidad, si es que seguimos aquel viejo adagio de mente sana en cuerpo sano. Sólo sueña quien se permite adentrar a la aventura de la creación poética más personal e inmediata que tenemos; así como sólo vive quien se permite conocer el misterio de la creación del hombre como lo haría un niño y no un taxonomista o hilandero perverso.

Algo habríamos de recordar de los antiguos. Cuenta Diógenes Laercio en su ya conocida obra sobre los filósofos, que Aristóteles para no dejar de investigar, se colocaba una bola de acero o hierro en una mano, así al irse durmiendo, ésta caería en una tina con un poco de agua, logrando despertar. ¿El estagirita adolecía de insomnio? No. No lo padecía, pues se cuidaba de no quedar dormido, no de escapar de la realidad, o lo que es lo mismo, procuraba servir a su vocación, no quedar despierto para siempre… eso sí sería una locura.

Javel

Gasto útil: Ayer en una conferencia, Adolfo Castañón celebraba su cumpleaños recordando el regreso de don Alfonso Reyes en 1939, año de la muerte de Antonio Machado y fecha en que se publicara “Muerte sin fin”. El poeta se la pasó evocando en su cumpleaños, y yo no sé qué tenga la fecha 8/8 que pareciera que nacen los que a don Alfonso Reyes más conocen. Además, también se unió al ejercicio evocativo Vicente Quirarte, quien dijo que sus maestros no se sentían viejos, sino añosos. Así, una felicitación a los añosos de agosto.

Un cuentero con insomnio

De su vida no se supo mucho. Casi siempre estaba encerrado en su torre, rodeado de papel, de plumas, tinta y sueños. Algunos lo consideraban enfermo, otros no veían en él más que a un pobre ciego solitario que en ocasiones sonreía sin razón aparente.

Con el paso del tiempo sus carnes se fueron secando y sus huesudas manos comenzaron a temblar al tomar la pluma con la que escribiera tanto. Muchos pensaron que loco siempre había sido, pero que con las pérdidas notables entraría en razón y que aprendería a vivir de manera razonable.

Lo cierto es que no lo hizo, siguió soñando, rodeado de papeles, tinta y personajes, soñando despierto, escribiendo dormido y viviendo lo que muchos consideraron un martirio.

Un día el cuentero murió y al limpiar su lugar, lleno de polvo y manchas de tinta, sus razonables coetáneos se encontraron con un último cuento, redactado en una página. La última por él escrita.

La página en cuestión era curiosa,  los márgenes perfectos, la letra, era preciosa. Conforme el lector pasaba los ojos y veía, la gente razonable notó lo que decía.

Era la historia de un cuentero, de un ser extraño porque de su vida nada se sabía. En una torre vivía encerrado, rodeado de papel y de tinta, pero siempre por sueños aguijoneado.

Por lo que se leía era fácil saber, que algunos enfermo lo juzgaban  y que otros de sus coetáneos tan sólo lo compadecían. Como se hace con un ciego que negando su ceguera de nada se valía.

En la hoja se hablaba de un cuentero con insomnio, cuyas carnes se secaban, y que a pesar de tener manos huesudas a la pluma no soltaban, porque eran las manos de un enamorado.  De un ser locuaz, especialmente para los ojos de quienes viviendo conforme a razones a los amores se negaban.

Un dialogo se abría en una hoja que quedaba, en la que el cuentero con insomnio su último cuento contaba, era el relato de un cuentero que a los cuentos siempre amaba.

Maigo.

El hombre que perdió el sueño

Les contaré la historia de Segismundo Febrija y su extraño accidente. Pintar su retrato no es cosa tan complicada: moreno y enjuto, alto sin exagerar, de un pelo muy negro que, si pudiera, seguro suspiraría de melancolía recordando cuan tupido llegó a ser. El hombre era en toda apariencia una persona común y corriente, de ésas que hablan sobre el estrés del trabajo y las bendiciones de la añorada familia; que viven en una casa que no terminarán de pagar con el sueldo del empleo al que se entregaron para tener esa casa; que prefieren vestir discretamente más por temor a llamar la atención que por algún sentido del recato. En fin, era Segismundo tan merecedor de atención para el viandante como la posición de Marte en el firmamento. Entre tanto lugar común que basta para imaginarlo, era casi cosa de admirarse que no sufriera insomnio. Sin embargo era verdad. Nunca quedó Segismundo, antes de su accidente, sin dormir profundamente. Mucho más sería más cierto: dormía abismalmente.

La realidad es que Segismundo pasaba noches formidables. Después de su divorcio no hubo quien lo mirara dormir, quien atestiguara los trances en los que uno juraría que su cuerpo era de yeso, o cuando aullaba y pataleaba como quien se ahoga con bocanadas del humo caliente de un incendio, o cuando tensaba las mandíbulas aferradas a la almohada hasta que le amanecía en un destejedero algodonado que parecía nevada doméstica. Junto a la cama lo aguardaban una toalla y un tazón con agua listos para devolverle el alma. Todas las tardes, toalla limpia y tazón relleno. Y si hacía esfuerzos por no dormir en nada le aprovechaban, pues ni cuenta se daba cuando ya había naufragado su vigilia. Su sopor era pesado como el de un recién nacido. Tan grave llegó a ser su malestar que el pobre acabó por declararle la guerra a los sueños.

Segismundo siempre se acordaba de todo lo que soñaba. Nunca pensó que sus descripciones tuvieran interés para nadie, pero hubieran arrancado exclamaciones por aquí y por allá. Primero los llamaba pesadillas, después creyó más apropiado decirles terrores nocturnos. Finalmente se quedó sin saber ni qué decir, más allá de sugerirles a los preguntones que no había dormido bien. Y de que el descanso refrescaba sus miembros no había duda, pero no así sentía tranquila la mente de tener en la memoria tan espantosas visiones. Cada que dormía, miraba de cerca todo lo que más odiaba, de miles de formas, monstruosas, imposibles, de tamaños cambiantes y de lógica innatural, se le fugaba el orden en infiernos de fragantes azufres y se le iban de las manos sus acciones sin poder detenerse, se le secaban los gritos, se le desolaba el mundo y todo le parecía haber perdido el sentido para siempre y sin remedio. Despertaba y era otro. Todas las mañanas sentía que era otro, después de estos espeluznantes episodios. Tanto miedo le daban las imágenes que le desfilaban de madrugada, que temía desde la puesta del Sol hasta el dulzor con el que la visión cansada empieza a quedar atrapada en brevedades que la detienen. Por eso le declaró la guerra a los sueños y empezó a buscar formas de terminar con ellos, costara lo que costara.

Su primera embestida estratégica fue un sitio con tés, según sé. Y los probó todos: orientales, occidentales, boreales y de donde fueran, siempre que le prometieran un sueño sin visiones. Fracasaron uno tras otro. Se batían contra las puertas del fuerte enemigo pero se desbarataban. Y Segismundo terminaba soñando tan clara y aborreciblemente como cuando más. Pero cada derrota avivaba su rabia. Segismundo había declarado la guerra y marcharía hasta la victoria o la muerte. Cuando vio que los tés no le servían, comenzó a estudiar sus naturalezas y sus efectos, las relaciones entre ellos, las leyendas, los rumores. Consiguió desde libros de botánica hasta escritos de los chamanes que protegen los secretos del Amazonas. Dominó toda variedad de procedimientos y brebajes. Logró reproducir humores ancestrales que dotaban a la noche de toda suerte de colores. Y siempre soñaba. Todo esto tomó años, y nadie a su rededor se percató más que de una imprecisa extrañeza en su trato. En su cocina, pimienta, sal y especias fueron reemplazadas por pasiflora, valeriana y barbitúricos; su sartén quedó hasta abajo de la pila del desuso, mientras sobre la estufa estaba siempre un caldero; los platos casi no se usaban, más eran las tapas de distinto grosor, las ollas con y sin boquilla, los molcajetes y pistilos. El lugar se tornó laboratorio de alquimista, para acabar pronto. Pasado un tiempo consiguió remedios medicinales más potentes. Compró pastillas, fermentos, diversos químicos catalizadores o inhibidores, y combinaciones de todo ello en menjurjes preparados. Aun así, el resultado era el mismo: con o sin dolor de estómago, pero sus sueños lo esperaban todas las noches. Pronto, a su creciente investigación se unieron también ejercicios de meditación, rutinas respiratorias, prácticas de cansancio, etcétera. Todo lo intentó. Y todo, aunque no contribuyera ni un poco a su objetivo, lo iba registrando en un cuadernito. El cuaderno empezó siendo una suerte de recetario para su herbolario interior recién puesto en libertad; pero para cuando la guerra de Segismundo contaba ya diez años, era este texto el grimorio de un hechicero experto en las artes de Hypnos.

La guerra de Segismundo no cejó. Si acaso, el constante encuentro con sus hondos terrores le templó el ánimo hasta que nada pudiera sesgarlo. Se volvió una suerte de caudillo nocturno, de fantasma del campo de batalla que noche a noche recrea la lucha siendo siempre vencido con la frente en alto. Y por fin, una tarde que se le iba en registrar sus investigaciones en el grimorio, algo lo inspiró. No se sabe con seguridad qué entendió, así que nos quedamos solamente con sospechas. El hecho es que velozmente bajó a su laboratorio a confeccionar la más impresionante poción de la que jamás se ha tenido noticia. Los ingredientes se vertieron por cientos, todos incorporados en proporciones finísimamente medidas. Los tratamientos duraron varios días. La factura fue sobrehumana. El propósito de todo era aguzar los sentidos, restaurarlos, y en suma, extenderlos sin fin previsible. Y eso logró Segismundo Febrija: su visión, su oído, su olfato, su gusto y su tacto sufrieron tal alteración, que no podría exponerse con razones sin entregarse al escepticismo de los entendidos. Y sin embargo, funcionó. La bebió como mira un general la ciudad del enemigo derrumbarse. Nunca más volvió a dormir. No volvió a sentir el cansancio de la sensibilidad. Se mantuvo en una actividad constante, perenne, por días sin fin. Con mucha literalidad quedaron sus días sin fin, pues más bien se le tornó el tiempo en una sola constancia indisoluble. Ése fue el accidente del alquimista Febrija: ganó la guerra contra el sueño. El primer síntoma de su transformación fue la mudez. Después de un mes, había perdido por completo la razón y comenzó a notarse que su piel se endurecía. Supongo que es normal; es decir, que era de esperarse, porque extendidos así todos sus sentidos sufrieron una clase de mengua: la lengua se le inmovilizó, su olfato disminuía, el oído se le amortiguó y los ojos se le fueron secando. Nadie volvió a verlo en el trabajo, ni caminando cerca de su casa. Lo último que hizo fue meter los pies en la tierra de su jardín y desvanecerse. Cuando se dieron cuenta de lo que le había sucedido, ya era demasiado tarde. Segismundo Febrija ya había florecido con la primavera y pronto, si el clima lo favorecía, daría fruto.

Una muerte radical

Una muerte radical

Estaba detenido, de pie, absorto en torno a un suceso mundano, tanto como puede serlo cualquier cosa que nos sorprenda. Digna de sorpresa era también esa pausa. No era la prisa su costumbre, no gustaba de cortar el viento con prisa negligente. Miraba encogido el suelo. Había tirado un montón de papeles por la torpeza de sus manos, que no se alineaban con su control impuesto. Le sorprendió la presencia de una hormiga, que parecía huir de todo ese ajetreo al que era ajena, pues eso hace la organización colonial de esos insectos que sirven a veces de espejo científico detrás de una vitrina. Era sorprendente porque estaba en medio de la calle. Así no se comportan esos animalejos. Él no era dado a sorprenderse. Tal perplejidad podía ser interpretada como parte de su torpeza burocrática. Olvidó por un momento el nerviosismo que le había arrebatado la estampa señorial que la daba el saco color azul marino que portaba. ¿A dónde iba esa maldita hormiga? No podía ser solitaria. Su memoria lo atacó con el recuerdo de una película: la otra mano trémula, emoción disfrazada de seriedad, que recogía sus papeles caídos debido al choque empalagoso y totalmente accidental de dos caminos. Ahora sólo estaba esa hormiga, que no daba mirada gentil y que no fingía tierna demencia con los ojos en pugna entre el suelo y su rostro. Se dirigía extenuada con su alimento a su refugio.

Se levantó en cuanto terminó de levantar aquel desastre. Perdió de vista al animalito. Recordó lo que lo apremiaba. Esos papeles eran importantes para su jefe, que lo había llamado con esa voz imperiosa que ya había identificado como signo evidente de su apuro. No sabía qué los hacía importantes (o al menos fingía no saberlo), hasta que los vio regados como agua y no pudo entonces inventarse versiones secundarias. Nombres, ubicaciones, teléfonos, rostros, debilidades, preferencias. Regresó el nerviosismo que lo había conducido a ese accidente en primer lugar. Pensó en la manera de justificar su retardo.

Estamos contigo, mi Henry- espetó Javier, que lo había encontrado justo a punto de renovar su nervioso paso rumbo a la ubicación de su jefe.

Javier era un antiguo conocido, compañero de la preparatoria y la licenciatura, pero nunca pudo llamarlo su amigo. Lo había abordado con esa frase publicitaria que Enrique (Henry) había propuesto como slogan de su jefe y de toda su empresa. ¿Estaba ahí de nuevo ese viejo sarcasmo por el cual él nunca consideró reducir distancia emocional entre ambos, con esa frase que parecía mostrar algo de conocimiento de su trabajo por parte de su excompañero? Sólo él y unos cuantos más sabían o creían saber lo que hacían. Sólo él y su equipo se sabían creadores de aquella frase.

-Parece que tú también eres víctima de la publicidad- respondió Enrique, buscando la manera de encarnar esa sospecha suya en un intento de regresar lo que le pareció una burla en torno a su espíritu corporativo. Y sonrió para sí, al tiempo que mostraba una mueca que era una farsa de bienvenida. Su respuesta obedecía a que Javier siempre se creyó limpio de todas esas aspiraciones modernas que compartió su generación. Estudió, decía, para sobrevivir, pero no quería cambiar las cosas, y eso, según decía, era lo que lo hacía distinto a los demás. No tenía ambiciones del tamaño de sus compañeros, por lo cual no podía entrar en esa lógica que se convierte en depredación en el momento de competir curricularmente. No se decía realista. Creía, según dijo en más de una ocasión, que el realismo era parte de una dialéctica que debía rebasarse, para no ser esclavos del mundo moderno. Eso lo sabía bien Enrique, quien se acomodaba ahora el cabello engominado, revisando, sin espejo, que su peinado estuviera aún formado para el momento fotográfico de ingresar por primera vez en el día al recinto de mando. Por eso su respuesta le divertía, al tiempo que le permitía pensar en su ligera revancha con placer.

Pero Javier lo abrazó, como si estuviera dispuesto a olvidar esa lucha relampagueante entre egos. Él sabía que Enrique no podía hacer nada para vulnerarlo moralmente mientras siguiera sirviendo a ese aparato laboral.

-¿Qué haces mirando hormigas, cabrón? ¿A poco estás renovando la burocracia introduciéndole momentos dramáticos de autognosis y reflexión?- le respondió mientras le estrujaba la mano, terminando el ritual tradicional del saludo familiar, amistoso, con un tono que además del sarcasmo reiterado lo hacía convertirse en una especie de juez, como si leyera todo a la manera de quien dialoga con un narrador omnisciente.

Le sorprendió que hubiera podido notar su nueva afición. Se preguntó si había alcanzado a observar el desorden con los papeles, además del contenido de cada hoja, y sólo alcanzó, el nerviosismo ahora convertido en un capullo para la vergüenza, a responderle con poca amabilidad:

-Nada, iba yo a entregar algo; eso fue accidental, no seas mamón- terminando con una risa nerviosa, que evidenciaba su deseo por despedirse de inmediato, pero con cordialidad. No podía traicionar el espíritu de esa frase, creada por él mismo, y mucho menos en frente de ese juez espontáneo que aparecía para recordarle eficazmente el asco y el vértigo que él mismo había sentido al momento de ver esos papeles de cerca. El mismo asco que lo hizo distraerse fácilmente con el paso de una hormiga solitaria. Un sonido metálico poco conocido por él le hizo el favor de terminar abruptamente aquella primera conversación. Sintió una férrea presión en su vientre.

-No te muevas, y no cambies de semblante- le dijo Javier mientras sostenía lo que parecía un revólver, una extensión de ese ego calmado y alegre segundos antes. La calle era poco concurrida. Sólo estaban ellos dos y la hormiga escondida en alguna grieta cercana, quizás.

-Quizá por ello la hormiga podía caminar sin temor- pensó, mientras el escalofrío recorría su ser. La piel se le erizó. Controló el temor de sus manos. Javier lo hizo caminar en línea recta por un callejón cercano, mientras lo abrazaba.

-Sabes bien lo que haces- volvió a decirle el del revólver. –Esos papeles no van a llegar a ningún lado. Pensé que eras más inteligente, mi Quique. Pensé que tú eras quién movía secretamente los hilos en la mente de tu jefe. Sabes que la dominación es un teatro, ¿no? Es una mentira radical que tiene que terminar. La burocracia no seguirá metiendo las narices hasta en nuestra privacidad-. El revólver hacía una sátira de sus palabras. Pero parecía que eso no le preocupaba. Con un tono de jactancia, le dijo en voz queda y soltando una débil carcajada, como si hablara solo: “¡Mírame queriendo cambiar las cosas!”.

-¿Para quién trabajas?- terció Enrique.

-Todos y nadie sabemos para quien trabajamos. El rostro de nosotros está en cada uno de los demás. Abolir la ilusión del éxito es desmentir tu felicidad. Estamos contigo, ¿recuerdas? Lo acabo de decir, Henry.

-¿Qué tiene que ver tu perorata nihilista con…?-

-No seas imbécil. No hago esto como terrorista. No pienso ir en contra del sistema sólo por robar una bola de papeles-.

El callejón terminaba en un estrecho paso entre dos casas, que daba hacía un amplio jardín en el que tampoco había nadie. Lo había alejado lo suficiente de su jefe para que nadie oyera un posible disparo o enfrentamiento. Su teléfono sonaba. Intuyó que era una llamada para apurarlo. No podía contestar. Estaban frente a frente de nuevo; él sostenía el arma con vehemencia todavía.

-La pistola sólo es teatro ¿No me pusiste atención? ¿Qué más te hubiera jalado hasta aquí? El éxito se ve bien en ti, Quique. Seduce como una puta, ¿no? Apuesto a que no sabías que tu jefe es también el mío. Es mi padre. Esta es su pistola, de hecho. Le inserta más dramatismo al asunto. Te gusta todavía el teatro como en la escuela, supongo. Ni cuenta te diste del parecido. Te confieso, aquí, abruptamente, que he pensado en el parricidio, pero no funcionaría de nada. Seguiría en mi rostro, en mi voz. Eso me enfurece más. Te traje aquí para que presencies un finale, como dicen esos que escriben guiones. Tú debes ser el único espectador. Te aviso que no vas a morir, eso te lo dejo a ti. Eso te compromete. Espero que sepas qué hacer con todo, pues por eso eres exitoso, según recuerdo. No son celos profesionales ni familiares. Verás un final digno. Llámalo, si quieres, un mensaje absurdo con doble intención, para que sueltes de nuevo tus papelitos, que parecen un libreto valioso por la manera en que los sostienes ahora. No cambiar nada, en eso está el secreto en contra del éxito-, y la oración fue terminada por el punto final de un estruendo. La sangre de Javier salpicó sus brillantes zapatos. Soltó sus papeles, que volaron con un aire violento que se apoderó del ambiente justo después del disparo. Una mezcla de histeria y miedo incontrolables lo invadió.

Se levantó como el filo de una navaja suiza, rompiendo el silencio nocturno con jadeos, empapado en sudor. Vio sus manos, el techo, el suelo y las ventanas para asegurarse de haber vuelto de esa muerte extraña. Apacibilidad total. Se puso de pie y buscó con la mirada el montón de papeles. Pensó en no entregarlos. Pero su pensamiento se disipó gracias a ese garrotazo de realidad. Un sueño después de todo. Una exageración a partir de un encargo tan simple. El nombre de Javier, el suicida, y su rostro aparecían hasta arriba de esa pila. Supo cómo se fraguó tal sueño. El frío del revólver desapareció. Y como si le hubieran disparado, regresó para cruzar el umbral del sueño.

Tacitus