Gazmoñerismo Olvidado

Empacaste tu sonrisa y te fugaste llevándote la poca luz que le quedaba a este lugar. Ahora tu risa acecha y yo, tuerto de tu sonrisa, camino a tientas en el laberinto de tus recuerdos, descubriendo que no fui más que un sueño que no quisiste soñar condenándolo al olvido.

Gazmogno

Mariconada

“Que ser valiente no salga tan caro,
que ser cobarde no valga la pena.”

Joaquín Sabina

Lo había olvidado por completo: esa noche había toque de queda. Tan atareados estábamos con todo lo que había que entregar que pronto perdimos la noción del tiempo. Lo único que logró sacarnos de nuestro trance fue el ulular de la sirena que anunciaba que todo el mundo, sin excepción, debía permanecer donde estuviera.

Por un momento suspiré de alivio, pues a pesar de todas las horas trabajadas, no veíamos para cuándo terminar y era primordial que el trabajo estuviera listo mañana a primera hora, con lo que quedarnos toda la madrugada nos sacaría del apuro. No obstante, cuando vi el rostro horrorizado de mis colegas alrededor mío, recordé lo que realmente significaba el toque de queda: cortarían los suministros de agua y energía eléctrica, por lo que las idas al baño estarían prohibidas y ni siquiera tendríamos oportunidad de terminar nuestro trabajo. Por si eso fuera poco, pasaríamos la noche en vela con hambre y frío en el pequeño cubículo que nos correspondía dentro de aquel solemne edificio de oficinas corporativas, cuidándonos los unos a los otros de que no fueran a llevarnos los militares con ellos. ¡No, no! ¡Eso era! El pavor reflejado en sus caras era a causa de los militares, ellos eran lo peor del toque de queda: nadie que se fuera con ellos regresaba… vivo.

Ni me enteré quién o cuándo, pero la puerta ya estaba atrancada cuando me acerqué a ella. Como si fuera la señal que hubieran estado esperando, los militares cortaron la luz y al pequeño cubículo se lo tragó la penumbra. No quedaba más que esperar a que la noche menguara y al final la mañana vendría. Lamentablemente, no llegaría para todos…; eso era un hecho. Porque los militares, ellos sólo buscaban un pretexto para llevarse a cualquiera; se hubieran llevado a su propia madre de haber podido, no me cabe la menor duda. Por suerte, ninguna de ellas vivía, pero nosotros… Pues no era un secreto para nadie que para enlistarse como militar había que cumplir un solo requisito: ser huérfano de madre, y aunque nadie sabía realmente por qué, todo el mundo tenía su teoría al respecto. Yo, por ejemplo, pensaba que se debía a…

-¡Cueeelloooo!- Nadie que escuchara ese grito en el toque de queda podía augurar nada bueno. La sangre en mis venas se congeló al instante y por un momento no supe qué hacer. Simplemente atiné a desviar la mirada hacia la ventana que se encontraba a un costado mío y entonces vi pasar una sombra corriendo despavorida por el pasillo hasta que se perdió entre la muralla de cubículos contiguos. El corazón comenzó a latirme desbocado y sentí fluir la adrenalina por todo mi cuerpo. Quería huir, cerrar los ojos, gritar, ¡algo!, pero era imposible: mis ojos estaban fijos en la ventana como si ésta me hubiera hipnotizado. Segundos después, una luz comenzó a iluminar tenuemente el codo del pasillo. En ese momento salí de mi trance y, tan pronto como recuperé la movilidad, por instinto, me dejé caer de espaldas en el rincón que había entre la puerta y la pared para esconderme con los latidos de mi corazón perforándome los oídos. Caí precipitadamente al suelo y, para cuando mis nalgas tocaron el piso, mi cuerpo temblaba frenéticamente de pies a cabeza sin que yo pudiera controlarlo. Entonces noté que mis colegas, tan desesperados como yo, buscaban refugio inútilmente, pues por el vidrio traslúcido de la ventana cualquiera que se asomara podría vernos.

Después de eso, todo ocurrió demasiado rápido. Escuchamos claramente cómo el eco de unas pisadas aumentaba de manera estruendosa con cada segundo que pasaba y finalmente los dueños de ellas aparecieron frente a nosotros. Seis o siete figuras deformadas por la luz proveniente del pasillo carcajeaban al unísono mientras se divertían hostigando a un bulto que caminaba dando tumbos. Lo siguiente que supe fue que el bulto cayó al suelo con un golpe sordo y, por la angosta rendija situada debajo de la puerta, alcancé a ver el rostro del bulto aquel. Horrorizada, abrí los ojos y ahogué un grito de terror mientras intentaba pegarme lo más posible al rincón. Habría reconocido esa cara en cualquier parte, incluso con toda esa sangre que ahora chorreaba de ella, pues le pertenecía a Germán, mi mejor amigo en este mundo de porquería.

Reconociéndome a su vez, Germán intentó estirar la mano hacia mí mientras me suplicaba ayuda con la mirada y yo, en vez de acudir lealmente a su llamado, llena de miedo, me hice para atrás en un acto reflejo y lo último que vi en sus ojos antes de que los militares lo arrastraran lejos de allí fue el dolor de saberse decepcionado y abandonado por la única persona que le juró que nunca lo dejaría solo: ésa era yo…

Germán había muerto abatido a golpes por haber sido acusado falsamente de “marica” ante los militares y no había cosa que ellos odiaran más que a un homosexual, fuera éste hombre o mujer. Lo cierto es que yo resulté ser la verdadera marica y mi penitencia consistía en vivir sabiendo esta terrible verdad.

Hiro postal

Cansancio

Caigo rendida en

esos tus brazos donde el

sueño me encuentra.

Hiro postal

Desvelo

Descubro mis ojos para velar tu sueño.

Maigo.

Pesado Sueño

Abrió los ojos y no recordaba en dónde estaba. Parecían familiares las persianas, amarillentas por el tiempo pero sugiriendo un tono blanco colgante como un depósito de polvo. Creyó conocerlas, pero no estaba seguro, como tampoco lo estaba sobre la cómoda, de madera obscura y con un vidrio sucio en su superficie. Un paño, quizá un pañuelo, debajo de un vaso con… ¿agua? Podría ser, pero quedaba poca y el color del fondo podría estar coloreando su transparencia de un azul grisáceo, o quizás era ése el tono de la bebida. Trató de levantarse, pero el cansancio era demasiado. ¿Dónde estaba, por qué no podía recordarlo? El día anterior y el posterior habían abandonado su pensamiento, y no alcanzaba a comprender cuándo había sido que el sueño del que despertaba había comenzado. Pensándolo bien, no lograba recordar bien a bien ni su propósito, es más, ni su edad. Estaba casado, ¿verdad? ¿O eso era un plan? ¿Había terminado la escuela? Miró sus manos por un largo rato tratando de darle sentido a todo esto: le eran conocidas en la figura pero algo tenían de alarmantemente ajenas. Y como ave que juguetona llega aleteando dando vueltas al nido antes de acomodarse, se depositó en él la dura certeza. Ahora lo recordaba. Era Viernes, fin de mes, día de quincena, su hija cumpliría años en dos semanas y su ex-esposa le pediría la pensión, por fin la deuda del agua podría pagarse y hacía pocos días que el gobernador del Estado había sido relevado por un funcionario mejor preparado, elegido por el mismo presidente; y él, que miraba sus manos arrugadas y extrañas, el joven brioso de proyectos importantes y planes valiosos, de conversaciones profundas y amigos verdaderos, se había quedado dormido veinte años.

Pesadilla

Se despertó llorando… y sus lágrimas se confundieron con el rocío de la mañana.

Hiro postal

“A Dios rogando…”

“¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.”

Pedro Calderón de la Barca

Era de noche cuando llegamos al lugar, el cual aunque bonito era extraño, pues a simple vista resultaba imposible determinar si se trataba de un café o de un bar, lo que causó mi desconcierto. En realidad era ambos, afirmó uno de mis acompañantes y el grupo numeroso del que formábamos parte ocupó casi toda la sección del café. Los sillones nos llamaban a sentarnos y si a la vista resultaban agradables, al tacto eran simplemente encantadores, ¡tan mullidos y tan blancos! Seguro que así era la nieve, pensé. Y lo mejor de ellos era el espacio, de modo que cupimos todos holgadamente. La luz emanada por las lámparas era lo suficientemente baja para darle calidez al ambiente, sin caer en la apariencia de intimidad que, por lo general, necesitan sólo los enamorados. Enseguida nos dieron la carta y ordenamos nuestras bebidas, y mientras esperábamos nos pusimos al tanto de nuestras vidas, gustosos de estar reunidos todos juntos como era antaño. A algunos de ellos hacía tiempo que no los veía, desde que habíamos salido de la preparatoria –casi tres años para ser exactos–; en cambio había otros que veía seguido, por tratarse de mis amigos más cercanos. Como fuera, estaba contenta de verlos y vernos a todos sonrientes y felices por las nuevas cosas que estábamos viviendo y que ese día compartíamos con los demás. Había alguno que otro que no me era conocido y ver a Mariana, mi antiquísima amiga, conviviendo con uno de ellos me desconcertó de momento, pero dado su carácter parlanchín no era nada extraño en realidad, así que no dije nada. Me limité a sonreírles y continué escuchando las pláticas que tenían lugar a mi alrededor; simplemente nos la estábamos pasando de maravilla. Un momento después, cuando volteé a ver el reloj, no pude creer la hora que marcaba: eran las cuatro de la madrugada.

¡Cielo santo! El tiempo se nos había pasado volando tan rápido que ni siquiera noté cuando el reloj marcó la una, hora en la que supuestamente tenía que llegar a mi casa. Un sudor frío recorrió mi espalda; mi madre no me había marcado todavía y eso era mucho peor que si me hubiera marcado. Estaba en problemas, lo sentía en cada poro de mi piel, en la gota de sudor, helada como mi bebida, que me recorría la espalda lentamente, pero sin detenerse. Pero hace mucho que no los veo, pensaba yo con desesperación, y ella lo sabe. ¡Es más! Hasta los conoce, pues crecí con ellos, así que no puede enojarse… Pero es principio de semana, dijo burlonamente una voz en mi cabeza, lo cual significa que tienes escuela mañana a las ocho en punto y además, como todos los martes, te toca trabajar en la tarde, ¿lo olvidaste? De repente fui presa del cansancio, lo sentía oprimiéndome los hombros, cerrando mis párpados, aletargando mi mente. Lo peor es que le había dicho a mi mamá que cualquiera de ellos podía regresarme a casa, pero la verdad era que ninguno daba señales de querer irse. ¿Quién era yo para comprometerlos de ese modo cuando ni siquiera me había tomado la molestia de preguntarles si podían regresarme? ¿Y si le marcaba a mi madre ahora…? No, su respuesta tintineaba en mis oídos aun antes de terminar de formular la pregunta. Te fuiste sola, ¿no? Regrésate sola, me diría.

Mariana, sentada al otro lado con el extraño conocido, se dio cuenta de mi turbación y no tuve que decirle de qué se trataba, simplemente me dirigió una mirada y comprendí que ella me llevaría, ya fuera que vinieran sus papás o que convenciera al extraño de llevarnos. Por un momento, respiré aliviada, pero sólo fue eso: un momento. Transcurrían los minutos y Mariana no daba señales de que nos fuéramos; la ira de mi madre ya estaría en su punto a estas alturas. Tenía que hacer algo. En eso todo mundo comenzó a levantarse de su asiento, las risas dieron pie a las despedidas y de nuevo respiré tranquila. No pasa nada, me dije, todo estará bien. En algún momento perdí de vista a Mariana y al extraño y cuando vi que todos se iban y ellos no aparecían, tuve que improvisar. Le pregunté a Andreas que si por favor me podía llevar a mi casa. Él, tan amable como siempre, me dijo que sí. Llamó a Navi, uno de sus amigos con el que había llegado, y nos fuimos los tres. Comenzamos el recorrido hacia el auto y no dejaba de pensar en mi madre y en la escuela y en el trabajo. Gracias a Dios, por mi mente no cruzó la imagen de mi abuela; con el terror que ya sentía por todo lo anterior era suficiente. Para colmo, no tenía crédito y Navi, siempre bonachón, tuvo a bien prestarme su celular. Intentaba pensar en alguna excusa creíble y cuando la tuve, los nervios me impidieron escribir el mensaje. Apretaba las teclas erráticamente y por más que intentaba calmarme, nada conseguía. Desistí después de varios intentos. ¡Por favor! Que todo sea un sueño, imploraba. Llegué a mi casa y ya no me atreví a mirar la hora; con un poco de suerte ni siquiera notarían que la puerta de mi cuarto seguía abierta a semejantes horas.

A la mañana siguiente, Mariana y Daniela estaban ahí en la casa. ¿Se iban a quedar conmigo a dormir? No lo recordaba, y sin embargo las encontré en la cocina sentadas bebiendo café. También habían preparado el mío, bien cargado para que aguantara todo el día, pero ninguna de las dos me miraba. A los pocos segundos apareció mi madre en el umbral de la cocina, acababa de sacar la basura a la calle, y me miró secamente, pero no dijo nada. Luego arreglaríamos cuentas, pensé yo mientras apuraba el café, pues ya se me hacía tarde para la escuela. Ya clareaba el día y mi madre era seguro que me había visto llegar al amanecer, pero aun así yo seguía rogando que todo fuera un sueño. De la nada, mi vista comenzó a nublarse y entonces abrí mis ojos. Mis ruegos habían sido escuchados.

Hiro postal