Ensoñación

…tú siempre enamorada,

yo siempre satisfecho;

los dos una sola alma,

los dos un solo pecho…

Manuel Acuña

¡Qué bueno que ya es de noche! Todo el día esperaba por este momento, el instante en que me olvido de lo detestable que es la vida diurna porque estás lejos de mí. Estoy listo, tengo mis tapones en los oídos y he oscurecido lo más posible mi habitación, todo con tal de que nada perturbe nuestro encuentro de ensueño. Te telefoneé por vez última para acordar el lugar en que nos reuniríamos, nos pasó una vez que cuando al fin nos hallamos en la mesa de aquella cafetería, sonó el reloj despertador y una estruendosa chicharra me devolvió violentamente a la soledad y lejanía de mi dormitorio, donde obviamente tú no estabas. No pasará de nuevo. En la banca del parque chino, allí junto a la estatua del dragón extraño; no dilataré mucho en llegar, basta desearlo para estar allí, espero que tampoco tardes y que hoy vengas vestida con esa falda verde que tanto me gusta, que me recuerda la vez que hicimos el amor a la luz de esa luna roja y enorme. Aquél día amanecí de buenas, más que de buenas, sumergido en mis aguas y todavía salpicado por las tuyas. Recuerdo que a la mañana siguiente, apenas me había levantado, me mandaste un mensaje en donde decías sorprendida que no sabías de la cicatriz que tengo en el pecho, para entonces ya sabes de memoria lo que hay y no en mi piel, en toda ella. Yo dibujaría a detalle cada uno de tus pliegues e incluso tus pecas. Sabes de mi afición por tus pecas. Pero, bueno, ¡ya está oscuro! El día se ha vuelto noche y la luna está en su lugar, llegó el momento de tenerte, es hora de dormir…

Aquí estoy, reconozco prontamente el parque chino. Todo está como lo dejamos la última vez que pasamos aquí el día o mejor dicho la noche, sé que era de día, pero aquí claro. Ahora está el sol, así lo decidimos, iba a estar el clima caliente y una pequeña brisa iba apenas a despeinarnos. Te veo venir, con una risa como la que no veo de día, hermosa como siempre. ¡Con qué beso me has saludado! En la vida solar no hay tiempo ni espacio para recibimientos de esta clase, ya imagino los problemas en que nos meteríamos si así nos saludásemos, pero aquí no importa, estamos solos tú y yo, sin tu esposo ni mi novia, no hay nadie más. Éste es el mundo perfecto, literalmente como lo soñamos. ¡Vayamos al lago –me dices– quiero pescar! Intentamos un corto rato, acostados sobre la balsa que nos construimos, la música nos acompaña al fondo, siempre The Beatles (¿acaso existe algo mejor?), platicando sólo de este mundo y esta situación –pues entre las reglas está nunca referir al otro–. No tuvimos suerte esta vez con los peces, pero sólo porque así lo decidimos. Te pregunto si quieres comer y tú dices que no tienes hambre, cenaste algo pesado antes de ir a la cama, de venir al parque conmigo. Así que sólo caminamos, sin preocuparnos por el mundo que se construye justo bajo nuestras pisadas. Reímos mucho antes de que el motivo fuese serio. Repentinamente sale disparada la interrogante que como brasa ardiendo, hacía tiempo que quemaba mi lengua: ¿Me amas? –pregunté–. Supongo –respondiste–, no sé qué tan legítimo sea un amor apenas de sueño, un amor condicionado a las circunstancias que nosotros mismos hemos elegido vivir. ¿Acaso eso es amor? El sentimiento devenido de todo lo que uno quiere obtener cuando y como lo desea. Tú eres mi Romeo, no hay duda, pero lo eres sólo callada y oscuramente, de lejos, de ficción. En el día ni siquiera puedo abrazarte, mucho menos oler tu cuello sensual. Somos esto, a medias, en este lugar solamente ¿Es que tú crees que eso es amor?. No supe qué decir, atiné escuetamente un: Yo sí lo hago. Replicaste a secas, –entonces yo igual–. Decidí no seguir el tema, quién sabe cuánto tiempo nos quedaba para estar juntos y tenemos que disfrutar cada segundo, cada espacio, cada olor y cada movimiento, así que te besé. Y ese beso se alargó quién sabe cuánto, porque cuando estaba a punto de dirigir mis manos hacia otros rumbos, sonó la chicharra infernal y ahí estaba, otra vez, solo en la terrible antesala a la vida que todos llaman real, en mi habitación y sin ti.

De nuevo en la oficina, haciendo números, redactando informes y tomando este café insípido. El teléfono no ha dejado de sonar en toda la mañana, el tráfico fue terrible por lo que llegué un poco retrasado, quizá me descuenten el día, eso definitivamente me pone de mal humor. Luzco tenso, estresado y despeinado, como consecuencia de eso. Habías apenas de llegar al edificio para que me cambiase la disposición. Desde mi cubículo puedo verte, la oficina del jefe no queda muy lejos de aquí. Han anunciado la llegada de su esposa justo cuando había comenzado a redactarte esto; ojalá pudiese entregártelo, ojalá todo lo que hacemos entre sueños lo hiciésemos aquí también. Ojalá pudiera besarte, abrazarte, tocarte… amarte sin castigo ni freno, tal como lo hacemos en nuestro mundo. Ojalá fuésemos los mismos que somos de noche. Ojalá gritásemos nuestros sentimientos, lo que somos de  verdad. Traes puesto un vestido serio antes que elegante, oculta tus encantos, tu increíble personalidad; sin embargo tus labios lucen rojos como una manzana fresca, húmeda y totalmente comestible. Irremediablemente ardo en deseo, me imagino limpiando mi escritorio con una sola mano mientras con la otra te levanto por las caderas para poseerte allí. Te imagino desanudándote el cabello y alborotando el mío, introduciendo apasionadamente tu lengua en mi boca, sudando copiosamente. Me imagino los dos luchando por desabrochar tú mi cinturón y yo tu vestido, al lograrlo toco tus pechos que apuntan hacia mi cuerpo y tú tocas mi entrepierna que ha comenzado a tener vida por sí. No podemos más. Te penetro con alevosía  acercándome a tu oído para susurrar que te amo mientras los dos llegamos al culmen, teniendo un orgasmo tan vívido como en nuestros sueños. Te hago mía, toda mía. Contrario a eso pasas a mi lado, me esbozas una sonrisa de cómplices pero nada efusiva y como a cualquier otro empleado de tu marido me preguntas amablemente: ¿Qué tal durmió anoche, Sr. Domínguez?.

La cigarra

De cómo una Vez Se me Enfrió mi Café

A. Cortés

Les contaré un sueño que tuve una vez. Me tomó dormido sobre cierto sillón de piel que tiene la mala costumbre de encantar a sus durmientes con pesadillas y sueños inquietos, como si lo rodeara un aura maligna infundida por algún travieso demonio. O –más verosímilmente- como si no fuera ergonómicamente apropiado para dormir. Esta vez, sin embargo, no sufrí la clase de temores que aquejan a quien dice haber tenido pesadillas.

Al perder el tono muscular comencé a sentirme flotando, yendo sobre el agua en algún bote o barco pequeño y crujiente. Primero disfruté esos tronidos de madera chocando como dientes que se aprietan muy fuerte, como los de quien intenta sujetar apretando los brazos varias cosas, con su plan de fuga cada una. El sonido se hizo menos importante, cada vez menos, porque sobre el suelo de madera se me hizo presente el gran hombre que sujetaba todas las tablas. Así me di cuenta del precario navío que me soportaba: un montón de láminas de madera agarradas por una sola y pobre persona. Estaban técnicamente despegadas, pero por hacerlas todas hacia el centro con las manos, se mantenían unidas en una delicada tensión que aquel desgraciado expresaba con sus divertidas muecas y el tremor de su cuerpo. Me divertían a mí, eso sí, aunque él no parecía estar pasando un buen rato.

Seguido a ésto, otro caminó detrás del ancho hombre, pero éste era más bien un niño. No estoy seguro de que me haya visto, pero puedo saber con esa extraña seguridad incongruente propia de los sueños, que sabía que yo conocía la trama de su plan y que no le importaba en lo más mínimo: haría cosquillas al sujetador. No suena muy dramático, quizá, andar haciéndole cosquillas a la gente; pero en este caso, yo supe que todo para mí terminaría mal (cuando menos) en cuanto el escuincle tocara ese gran costillar tembloroso.

Es común que en momentos de rápida amenaza uno quiera evitar lo inevitable, pero yo no quise hacer más que ver. Vi mientras el niño se acercaba juguetón a ése que era su padre (porque yo de pronto supe que era su padre) y de puntitas se preparó para picarlo debajo de los brazos. Vi, y nada hice que no fuera quedarme quieto y observar. Hasta ahora pienso que tal vez por eso no le importó que yo supiera sus maleducados designios. Muy cauteloso el chamaco, se tardó en adoptar una posición que le diera la confianza de no ser descubierto antes de tiempo, y en cuanto estuvo plenamente preparado noté maravillado que ambos, el gran varón fornido y el enclenque mocoso, tenían exactamente la misma posición: ambos con las piernas abiertas y tensas, la mirada al frente, el cuello ensanchado por la trabazón de la mandíbula, y los brazos abiertos hacia los lados. Sus caras eran parecidísimas, aunque no podría describirlas porque no las recuerdo en absoluto. La única diferencia era que el niño no tenía nada que sostener, sólo estaba allí imitando sin saberlo y sin quererlo, haciendo cualquier cosa que más se asemeja a los asuntos de los niños que cargar con la responsabilidad de mantener unida la cubierta de un barco (que quién sabe a quién se le ocurrió diseñar) y a salvo a sus pasajeros (que quién sabe por qué se les ocurrió zarpar).

Estaría bien contar que por fin se decidió a hacerle cosquillas y que el gran hombre saltó dando un gran grito, inevitablemente cediendo al espasmo de sus músculos; y también ayudaría decir que las tablas salieron volando para todos lados, desapareciendo como si de puro hastío cada una quisiera estar lo más lejos posible de la otra, haciendo un zumbido desgarrador a su paso cortando el aire como balas; y añadir que caí en el frío más espeluznante y sofocante que recuerdo, que presionó mi pecho y me congeló hasta el pensamiento. Estaría bien decir todo eso para que el final de mi sueño fuera más llamativo y atrayente, pero la verdad es que eso ya no lo soñé.

Desperté tras eso y terminé con mi café, que ya se me había enfriado.