Abraso

Para ti: que descubres el brillo de la verdad entre los barros más diversos.

El ácido abrasa, tanto que suele quemar, dañar y hasta destruir lo que toca. Sin embargo, en las apropiadas manos de un buen orfebre, el ácido descubre el oro oculto en las rocas y distingue al valioso metal de los brillantes oropeles con los que se encubre el mundo.

La cruz abraza, y ante los ojos  del falto de piedad ella daña y en ocasiones hasta destruye al hombre. Sin embargo, en los brazos de un corazón amante es posible encontrar la vida que se oculta en el sufrimiento y distinguir el gozo permanente de la efímera alegría.

Maigo.

 

Alegría

El milagro más grande despúes de la vida es la alegría que trae consigo el evangelio, de modo que las espinas dejan de importar cuando llega hasta el hombre el perfume de las rosas.

Maigo.

Días de lluvia

En la mañana vi llover cuando debía estar el sol. El cielo enteramente gris, cubierto de nubes, no dejaba ningún espacio al más pequeño rayo de sol. En las calles los niños no caminaban ni se dejaban escuchar. Si hay algo que desmiente el rumor de que la lluvia entristece los corazones es la alegre y chapotera presencia de los niños. Ver a dos pequeños corretearse, caerse, enlodarse y reírse, hasta lo hacen sentir a uno un niño risueño. Pero sin esas pequeñas alegrías, la lluvia sí parece un entristecimiento colectivo, un llanto que no se detiene, más cuando por doquier hay muerte.

Aún recuerdo los días de sol, las tardes de fiesta, la tambora que resonaba como una carcajada; aquellos días en los que todos nos saludábamos con una sonrisa, seguros entre nosotros, con la seguridad que da la costumbre. Vivíamos sin muchos lujos, pero eso sí, nunca nos hacía falta un plato de frijoles y una tortilla de maíz. Todo iba bien, hasta los días de lluvia eran alegres. Pero llegó la promesa del dinero, esa ladina tentación, que condena a los hombres a tragarse entre ellos, como hermanos malditos. Los primeros en caer en la trampa fueron los que ya conocían la capital y sabían cómo conseguir dinero rápido; según, sólo se trataba de prestar las tierras durante unas cuantas temporadas y hacer como que todo seguía normal. Los del pueblo, al ver que los primeros prosperaban, traían ganado, construían y viajaban más, también ofrecieron sus tierras; no las alquilaron porque no estaban en igualdad de condiciones. Los pocos que no quisieron entrarle al juego, al poco rato eran obligados a ceder sus terrenos y si no lo hacían, los mataban. Poco después esos intrusos ya ni pedían permiso a los dueños de las tierras, se adueñaban de ellas, junto con ellas de sus casas y hasta de sus familias. Todavía se puso peor cuando llegó la competencia de los nuevos dueños del pueblo; algunos decían que venían a hacer justicia, a repartir las tierras nuevamente, dizque con equidad. Esto sólo lo decían quienes habían traído a los otros intrusos, para que el pueblo los aceptara y no les temiera como a los primeros. Pero tantas palabras no sirvieron para nada; el caso es que hubo más violencia y más muertes.

Ahora la lluvia sigue; triste lluvia que apenas puede limpiar la sangre de las calles. Los más abusados de entre todos pudieron escapar, los pobres ya a nada pueden regresar, nadie los espera. Ya no hay niños. Ya ni siquiera se puede llorar en paz. Los que nos quedamos decidimos soportar todo el peso del interminable sufrimiento, enterrar a nuestros amigos con nuestras propias manos y lágrimas; esperamos que algún día desaparezca la neblina y se pueda ver un poquito de sol. Al menos cuando vivíamos eso era lo que esperábamos.

Yaddir

Consuelo en silencio

Mi abuela me contaba, que su madre le decía: las entendidas en el dolor saben muy bien que el peor de todos los dolores es el que se lleva en silencio.
La frase de mi bisabuela tiene sentido para nuestros tiempos si es que pensamos en cómo nos quejamos: hablamos de lo que nos duele, lloramos por lo que nos aqueja y gritamos ante dolores más intensos pero localizables; pero el dolor más angustiante de todos es el que nos impone silencio, ya sea porque no atinamos a nombrarlo, ya sea porque para nombrarlo primero hemos de escuchar atentamente a quien lo padece.
Para escuchar hay que guardar silencio, porque en el silencio atento se ve mejor lo que necesita el escuchado. Quien se sabe escuchado intenta nombrar lo que siente y al intentarlo comienza a sanar sus heridas y a ver que no es necesario herir para ser comprendido realmente.
Por su parte, quien guarda silencio y escucha, está lejos de analizar a quien le habla, o de juzgarlo o de erigirse como la voz cantante de quien todavía no logra nombrar su dolor.
Lo que decía mi bisabuela tiene sentido en estos tiempos quejosos y adoloridos, pues hay muchos que sufren en silencio, sin la esperanza de que los llegue a escuchar atentamente alguien entendido en el dolor, o siquiera dispuesto a callar en lo que comienza a hablar el sufriente.

Maigo

Heridas

«Sorrow remarries us to God»

w.

 

Dolores tenía siete años. Le decían que no sabía nada de la vida, del amor ni del dolor, que tenía que aprender, pero que todavía le faltaba un rato. No le gustaba que la tomaran como a una tonta, no le gustaba que no la dejaran escuchar –mucho menos opinar- sobre las cosas de adultos. Por eso quería tanto a su abuelo: él era el único en el mundo que le hablaba sin mentiras, que no le hablaba como si fuera una niña. Él le dijo todo acerca de Santa y los Reyes Magos, con él aprendió a jugar ajedrez, cartas y a tomar café. Era su mejor amigo. Nadie como él. Una mañana fue a su cuarto pero él ya no estaba. Preguntó a sus hermanos pero no le contestaban. Lloraban y lloraban. ¿Qué había pasado? La muerte. Ahora lo recordaba; su abuelo se lo había explicado bien. No volvería: se había ido a navegar por el mar más grande.  Pero también la seguiría a todas partes, sería la estrella más grande. Algo pasaba, algo sentía pero no era bonito; comenzaba a comprender que aunque él la siguiera y fuera un estrella (porque eso le había dicho él y nunca se atrevería a mentirle), ella jamás volvería a ver esos ojos, esas canas e incontables arrugas. Jamás volvería esa voz, ni ese olor a jerez. De pronto todo se hizo borroso, sintió mojada su cara. ¿Qué pasaba? Lloraba. Su abuelo se lo había explicado también. Lloraba tantito su alma y ese llanto se escurría en su cara. Lloraba como la gente grande. Ahora sabía algo de la vida, ahora sabía de qué se trataba el dolor.

Del dolor y sufrimiento se han dicho mil cosas, aquí y allá se habla de ellos. También yo lo he hablado. Pero como todo no está nunca dicho y siempre hay algo qué decir, aquí estoy otra vez. Preguntando, intentando. No sé si lo estoy logrando. Así como la de Dolores hay más historias cuya estrella es el dolor. A Juan le duele el cuadríceps derecho de tanto hacer pesas, pero no es su culpa; necesita tener un buen cuerpo si no ¿qué sería de él? A María le duele la muela, está negra y medio rotita. Prefiere aguantarse, no va a pagar tanto por un pedazo de muela. Luisito se cayó del subibaja, se raspó piernas y brazos. No para de llorar. ¡Cuánto le duele su pierna! Pero hay algo que le duele más. Aquel llanto es más profundo; le duele que sus mejores amigos por siempre se hayan reído, le duele la pena de que lo haya visto Lucía… Hay dolores de todos tamaños y tipos, unos se van rápido pero otros no tanto. Estos otros se quedan más rato. Están los dolores del cuerpo, pero hay otros más especiales y puros. Hay lágrimas que bailan dolores sólo del alma. ¡Qué instante más divino llorar! Divino tal vez como todos los instantes, donde sabemos que somos dos pero también uno; que somos cuerpo pero también algo más, también mucho más. El sufrimiento, ése que va y viene siempre desde muy adentro, por suerte no es nada snob. Por suerte es cosa de todos; ni siquiera en eso estamos solos. Sospecho que Don Sufrimiento trae unas ganas de unirnos; de hacernos ver que tú, así como yo, estás rotito y sufres tantito. Trae ganas de recordarnos que somos humanos. Que cargamos heridas, errores y malas decisiones. Tal vez no hay que esconder esas marcas y cicatrices. Tal vez el sufrimiento quiere hacernos ver que necesitamos, más que negar y desear olvidar,  aprender.  Aprender del error: ver las marcas en nuestro rostro y alma, tocarlas y llevarlas con orgullo sobre  nuestro pecho y sobre nuestro corazón.  Aprender del sufrimiento. Aprender que además del dolor, también estamos hechos para la felicidad. Ojalá a México no se le olviden sus malas decisiones. Ojalá no se le olviden sus penas, sino que las lleve, recuerde, y que además aprenda. Tal vez ese sufrimiento haga, o esté ya haciendo gritar a México ¡basta! Yo sólo espero que al rato no se nos olvide el “mexicano sufrimiento”.

PARA APUNTARLE BIEN: Wilde, me parece, es el que mejor ha hablado de esto (del sufrimiento). Aquí está un fragmento de De profundis:

“Prosperity, pleasure, and success, may be rough of grain and common in fibre, but sorrow is the most sensitive of all created things. There is nothing that stirs in the whole world of thought to which sorrow does not vibrate in terrible and exquisite pulsation. The thin beaten-out leaf of tremulous gold that chronicles the direction of forces the eye cannot see is in comparison coarse . It is a wound that bleeds when any hand but that of love touches it, and even then must bleed again, though not in pain… Where there is sorrow there is holy ground. Some day people will realize what that means. They will know nothing of life till they do.”

MISERERES: Interesantes las marchas juveniles, pero yo insisto: ojalá sí estemos reflexionando bien y más de una vez. Ojalá no sea sólo furor twittero y ganas de sonar a intelectuales a medias. Hay rumores, y más que sólo rumores, de que el PAN (el PAN que no es del bando del presidente) anda buscando acuerdo con el PRD: quieren hacer una encuesta a ver quién va ganando, para que el que pierda decline y se declare a favor del otro, ¿será? Acá dos artículos respecto a esto: http://www.letraslibres.com/blogs/el-minutario/bolas-universitarias, http://www.sdpnoticias.com/nota/343587/Con_respaldo_de_JVM_dos_comisiones_analizan_acuerdo_con_AMLO.