Jornada a las Tierras donde Nace el Sol (2)

Lo recuerdo muy bien, era una tarde de abril y había sido invitado a casa de un gran amigo que apenas regresaba del Japón. “Traje algo que te cambiará la vida”, me dijo con su habitual seriedad.

Cuando llegué estaba esperándome en la puerta vestido con un kimono negro y me pidió que me descalzara antes de entrar. En silencio cruzamos una amplia estancia hasta llegar a una puerta de madera que conducía a un pequeño cuarto. Dentro pude observar que la decoración iba muy acorde con la vestimenta de mi anfitrión y su reciente viaje al oriente: había un pequeño nicho dentro del que colgaba un lienzo de seda con unos caracteres japoneses finamente trazados, y frente a él se encontraba una pequeña y delicada flor que danzaba sutilmente dentro de un hermoso jarrón de porcelana antigua.

Con un gesto de reverencia, mi amigo me indicó que me sentara frente a una mesita al ras del suelo. “En sazen”, dijo, mientras se arrodillaba sobre los tobillos, con las rodillas juntas y los empeines hacia el piso. La posición era bastante incómoda, por lo que de cuando en cuando tenía que sentarme en medio loto para evitar que se me durmieran las piernas.

Mientras mi anfitrión sacaba algunos trastos de una caja que se encontraba junto a un hogar, me percaté de algo que había pasado inadvertido hasta ese momento. Un sonido como de agua cayendo llegaba cristalino hasta mis oídos. “Ah, comienza a despertarse tu oído”, dijo mi amigo, mientras me alcanzaba una tetera de metal y un par de tacitas de porcelana, “siéntelas para que se te desperece el tacto”. La sensación del metal y la porcelana en mis manos resultaba extraña y perturbadoramente similar a la del sonido del agua que llegaba a mis oídos. Cuando le regresé los utensilios, vertió un poco de agua en la tetera y la puso al fuego mientras machacaba un puñado de hierbas.

En ese momento reparé en el ideograma dibujado en el lienzo de seda y percibí que a mi alrededor había una cierta asimetría y frialdad que, de alguna manera, me proporcionaban una profunda calma. “Zen, es lo que acaba de despertar en tu vista”, dijo mi anfitrión mientras echaba las hierbas en la tetera. “Significa ‘meditación’”. En ese instante un olor añejo envolvió la estancia toda, aroma amargo que sugería sobriedad, vejez, y que poco a poco despertaba en el corazón una especie de dicha, de regocijo, como si de pronto a uno le llegara el recuerdo de algo largamente buscado, pero a la vez largamente olvidado; algo perdido que se encuentra cuando menos se le espera y, sin embargo, uno no puede dar cuenta de ello; como si un torbellino de recuerdos de lo que alguna vez fuimos revoloteara a nuestro alrededor y tratáramos, como entre sueños, de asirnos a él.

Absorto, tratando de descifrar ese torbellino, escuché de pronto lo que parecía ser un burbujeo mientras mi mirada se posaba tranquilamente en la tetera que ardía sobre el fuego, desvaneciendo cualquier residuo de pensamiento que se arremolinara dentro de mi cabeza. Fija la mirada sobre el metal y el oído en el agua hirviendo, comencé a imaginar cómo era que el agua burbujeaba dentro de la tetera; cientos de caprichosas e inestables perlas naciendo y muriendo y danzando, ora grandes, ora pequeñas, formando interminables hileras y flancos de vastos y terribles ejércitos aperlados atacando los pedazos de hierba, obligándolos a rendirse para ofrecer su esencia, sangre aromático que se derrama tiñendo el agua de un color verduzco, mientras el olor se volvía cada vez más penetrante, y una sensación de calor bajaba por mi garganta extendiéndose por mi pecho hasta llegar a mis brazos y culminar en la palma de mis manos. “El té está listo”, escuché como desde la lejanía, tratando de dominar mis sentidos para concentrarme en el momento en el que mi amigo vertía el contenido de la tetera en las dos pequeñas tazas de porcelana.

 Gazmogno

Jornada a las Tierras donde Nace el Sol (I)

De un tiempo para acá Oriente se metió en mis escritos. Poco a poco fue introduciéndose en mis pensamientos, luego en mi vida y finalmente en mis escritos, que no son muchos, pero resultan un intento por darle sentido y orden al caótico mundo espiritual que a últimas fechas me atormenta… Corrijo, Oriente siempre ha estado en mis escritos – y en mis afectos -, pero no el Oriente del que ahora quiero hablar y del que surgió todo lo bueno y lo malo de esta última etapa de mi vida, sino ese Oriente que me llegó de oídas a muy temprana edad y del cual no pude dar cuenta en ese momento, pero que transformó profundamente mis ideas y convicciones, aunque éstas se basaran en meros cuentos infantiles y supersticiones religiosas; ese oriente sobre-estilizado de colores chocantes y chillones – como su música – y en donde la gente tiene el color del limo que se forma en el delta del Ganges a donde van a lavar sus impurezas; ese Oriente de dioses multiformes y terribles y de mil brazos que como arañas se le meten a uno en la imaginación sobresaltándola y llenándola de las maravillas que Occidente constantemente le va negando; ese Oriente pacifista y profundamente espiritual de mahatmas y monjes y budas que enseñan caminos de renuncia y meditación y serenidad, cuyo incienso perfuma el alma y la incita con su penetrante látigo a adormecerse en mil ensueños con turbantes y enromes bestias de orejas grandes y terribles colmillos; ese Oriente que sólo puede existir en la imaginación de un niño y del cual la vida poco a poco lo fue apartando… para mostrarle aquel otro Oriente del que jamás tuvo ni la más remota idea.

Como algunas de las más bellas historias, todo comenzó con un libro. Un libro que por los azares de la casualidad llegó a mis manos a través de la persona que más amaba en ese entonces. Ni ella ni yo sabíamos las consecuencias que dicha obra tendría en nuestras vidas, sobre todo en la mía. El libro del té, dejábase ver en la portada, junto con un hombre de aspecto oriental y mal talante que parecía estar revolviendo algo dentro de un enorme caldero.

A lo largo de sus páginas me fui enterando, de manera breve y sucinta, de cómo vivía y pensaba ese Oriente al que nunca había prestado atención y que, francamente, poco me importaba. Ese Oriente del que proviene el té y donde nace el sol y que le rinde culto a lo simple, a lo sencillo, al detalle. Esto fue lo que me cautivó en un principio: la sencilla y profunda reverencia a lo cotidiano, en contraste con la caótica complejidad sobre la que había edificado mi vida hasta ese momento. Tal vez fue por eso mismo que comencé a escribir Haikús, escribirlos más que leerlos, tratando de captar con el menor número de palabras la vitalidad de un instante, su belleza, aunque imperfecta. Vaciar la mente de tal modo que se pueda estar verdaderamente en dicho instante, y más que describirlo, señalarlo: “eso es así”, tathata, sin valoración alguna.

El camino del haikú me condujo por el sendero de la sobriedad que lleva hacia el té; sendero que se fue bifurcando en toda una serie de doctrinas y prácticas, ora yóguicas, ora marciales, que buscaban la armonía y la serenidad. Sin embargo algo faltaba. Un dejo de artificialidad impregnaba todo lo que hacía, así como artificial nos resulta el camino previamente trazado por otros. Y el sendero se bifurcó de tal forma que extravié el camino. Perdí la dirección.

Comencé a estar a la deriva de todo lo que hacía. Dejé el yoga y el aikido y poco a poco fui regresando a mis hábitos occidentales, que de alguna forma me parecían a la vez más enraizados como heterónomos. Hacía las cosas en automático sin siquiera cuestionar el porqué. Un malestar se apoderaba de mí con gran fuerza y llegó un momento en el que el caos resultó ser tal que perdí el control y, con él, cualquier punto de apoyo que pudiera sostenerme. Me encontraba desquiciado. Sólo esperaba el momento en el que el suelo detuviera mi caída terminándolo todo. Pero el suelo nunca llegó y en su lugar apareció otra cosa.

Gazmogno

No Pude

No pude, simplemente no pude. Regreso a la noche oscura con un sentimiento de derrota, de fracaso – ¿y todo por qué?… Pero la lluvia me refresca un poco el ánimo y no otro sino Ringo me habla y me recuerda que “cada vez que veo su rostro me recuerda los lugares a los que solíamos ir…” En este caso sólo es uno; de ahí vengo… fracasado.

 

No pude, lo repito. Pero no por falta de ganas – quizás faltó un poco de valor – pero más allá de todo fue el momento el que no cedió. Y los momentos son muy importantes, sobre todo en casos como este; casos en los que se juega uno la vida – pero no al volado, no. Uno se juega la vida en los misterios -¿dirá que sí? ¿Dirá que no? ¿Será ella? Y más importante aún, ¿seré yo? But it ain´t me babe, no no no, it ain´t me, babe, it ain´t me you´re looking for, babe…

 

No pude, por tercera vez lo digo. Por maldita tercera vez, que como dicen la tercera es la vencida. La tercera, no más. Esta fue la segunda y no pude. Esta vez quedamos iguales. La primera fue su ausencia, ésta la falta del momento. Mañana será la tercera… mañana será otro día – en juramento con Scarlett… Tara no volverá a caer y no volveremos a sufrir hambre.

 

Todo por una mujer. Antes hubieran sido dos o tres, pero esta vez sólo es una – ¡y qué una! No como aquellas otras… las Otras, tan ajenas ahora, y aún así tan íntimas, tan próximas. Las otras, las bukowskianas. “Todas las mujeres que he conocido son putas ex prostitutas o locas.” Pero a mí siempre me tocan las de la última categoría. Locas, locas, locas – sin Piazzolla, claro. Me pregunto en qué categoría terminará ella…

 

Ella, que ahí ha estado… y no está – ¿estará? “Recuerdo cuando nos sentábamos en Trenchtown observando a los hipócritas” ¿Pero qué estoy diciendo? ¿En Trenchtown digo? ¿Hipócritas? ¡Pura basura! Eso es lo que es… pura… basura. “Good friends we have, oh good friends we lost – de aquí en adelante dejaré de poner comas, cursivas o cualquier otro signo de citación – along the way. Ah, aquellos buenos amigos. Y el amor. Hace mucho tiempo amé profundamente a una argentina… y todo terminó con la pérdida de un buen amigo. Él también la amó – tal vez más de lo debido… terminó desquiciado. ¿Y quién no termina desquiciado cuando se trata de mujeres? She´s going to break your heart in two, it´s true. La puta de Nico… puta… ¡todas putas! Before you start you are already beat. Beat-nick, Beat-les – que con otra s en el nombre, la historia de la música habría sido distinta, tal vez.

 

¿Dónde estaba? Voy y vengo, vengo y voy… vengo – con un pronombre reflexivo en primera persona del singular para los buscadores de esas cosas que siempre digo y que no siempre caen bien – y es difícil escribir con tanto en mente y tan pocos dedos para teclear el teclado, con tan poco tiempo y tan lineal para llevar una palabra después de la otra, y siempre en ese mismo orden. Habría que cambiar el tiempo al escribir. Escribir como realmente pensamos, o como pensamos que escribimos. En varias dimensiones… con los verbos todos juntos antes de los sujetos y los sujetos confundidos con los adverbios y en una mezcolanza toda revuelta y encimada que sorprendentemente tiene toda la coherencia y la lógica del universo propio. Pareciera que al escribir eso que se enmaraña dentro lo único que hiciéramos es ir jalando el hilito de ideas… lineal cuando sale de la cabeza, pero que no contempla los otros niveles, las encimaduras – sí encimaduras… Como el jazz – sí, tengo la manía de Cortazar de relacionarlo todo con el jazz, ojala tuviera también un poquito de su talento. Es como si tuviéramos toda una orquesta de Nueva Orleans tocando en nuestra cabeza. Cada idea es un instrumento, cada frase que sale de esa idea es un tema que va combinándose con toda la maraña de armonías que se mezclan y remezclan.

 

Waaaa, wuuu wu wuu wuuuu – para quien no sepa que es lo que está pasando en mi entorno les cuento que Jim Morrison está fingiendo que es una guitarra eléctrica. Yo he fingido que escribo, y a veces he fingido hasta que vivo. Pero generalmente me siento como una piltrafa cada vez más dislocada de todas sus partes. Y eso justamente es lo que he tratado de hacer en este escrito. Una gran dislocación. Una gran putería… quisiera prescindir de los signos de puntuación – ¡Wow, qué original!- y confundirme con todas las dimensiones que me acosan y que no logro visualizar en su totalidad. Solo visualizo el fracaso de hoy… y la mierda.

 

Pero no hay que ser tan dramáticos, la lluvia ha parado – que en todo caso eso no es muy satisfactorio. If it wasn´t for bad luck, I wouldn´t have no luck at all. A veces pareciera que el destino se empeña con ironizar mi camino, y ahí es cuando uno tiene que aprender a reír. Reír con todas las ganas, con todo el cuerpo, con toda el alma… reír hasta estallar. Eso es lo que busco… el estallido. Pero, ¿cómo lograr ese efecto en un escrito? ¿Usando onomatopeyas? ¿Boing? ¿Boom? ¿Tschak? ¿Palabras altisonantes? ¿Letras al azar intentando la plasticidad? Y el momento que no cedió…

 

¿Habría dicho que sí? ¿Habría dicho que no? Pero no todo es tan oscuro… sólo que en este momento no logro ver bien la claridad. Y en este instante surge la pregunta: ¿Cómo terminar una mierda como ésta? Ya en alguna ocasión hablé de la orina y algunas de sus vertientes y formas… en este espacio no pienso hacer lo mismo con su coetáneo. Solamente apuntar la cuestión de la finalidad de la cagada… y no hablo de la finalidad como su telos, sino como su terminación temporal, su conclusión. ¿Cuándo sabe alguien que ya terminó de cagar? Digo, no hay un verdadero aviso, algo así como el pedo final que concluya la sinfonía de porcelana. No. Tampoco es como la orina que uno sabe que acabó porque ya no sale nada, ya que cuando uno caga, a veces uno puja y sin advertir sale un trozo más. O a veces uno sabe que todavía hay un gran mojón escurriendo por los intestinos, pero se está conciente que por más que uno puje ese ente simplemente no saldrá, así por sus pelotas. Entonces, ¿cómo sabe uno que ya termino de cagar? Mi conclusión es la siguiente – y aprovecho para concluir de igual manera toda esta sarta de pendjadas. Uno termina de cagar, generalmente – y a lo que se le llama una buena cagada y no una cagada interrumpida por x o y razones, o una cagada diarreica interminable que se tiene que detener porque el orto ya no aguanta de dolor – cuando queda satisfecho. Cuando los ojitos ya no le lloran y las rodillas ya no tiemblan. No importa que todavía haya más por expulsar, pues uno sabe perfectamente que eso puede esperar un rato más. Se termina una buena cagada cuando uno puja tantito, ve que ya no hay nada inmediato, y ya se siente bien. En este caso admito que todavía hay un enorme mojón de ideas y delirios que sé que no saldrán por más pujidos que dé, así que, como ya no me lloran los ojitos, ni me tiemblan las rodillas lo tomo como señas de que fue una buena cagada y termino con un pedo que dice: No pude… pero tal vez mañana lo haga.

 

Gazmogno

La última de las maravillosas y extraordinarias aventuras del super agente secreto Cöpen Haggën (mejor conocido como Der Dänizscherzstung) que, después de salvar al mundo de los maquiavélicos y apocalípticos planes de su archi-némesis el Doctor Ciruela (quien quería convertir en mutantes al ejército de zombies que él mismo había creado a partir del virus de la Peste Malásica para apoderarse del globo terráqueo), terminó en el hospital luego de desbarrancarse de Montaña Ciruela en una lucha a muerte con el último de los zombies, el terrible General Braineater.

√\~√\~√\~√\~√\~√\~~√\~~~~~~~ «¡desfibrilador!» ~~~~√\~√\~√\~√\~√\~~~~­­­­­­­­­­

Gazmogno