Estefanía

Cual flor de loto

en medio del pantano

aconteciste

.

coronada

.

como una reina que decide

sentarse en el trono

que es mi corazón

Gazmogno

Blanca Navidad

Blanca, como la gélida nieve que caía afuera, era la leche que le quemaba por dentro mientras su padre, disfrazado de Santa Claus, le daba su regalo.

Gazmogno

Genitalia

Ella que aparece a contraluz

…………………………………desnuda

…………………………………………………violeta

………………………………………………………………coronada de flores

con sus senos firmes

con sus labios tibios

con su boca dispuesta a recibir los suspiros del placer

……………………………………………………………………que besa

………………………………………………….que mama

…………………………………..que bebe

fervientemente

con sus labios firmes

con sus senos tibios

con sus pezones erectos  por la fricción

………………………………………………………de la lengua

………………………………………………………que succiona

………………………………………………………el clítoris

con sus firmes tibios

con sus labios senos

con su entrega que se vuelve contra la luz

……………………………………….de su desnudez

……………………………………………violada

…………………………………………………con sus flores marchitas.

Gazmogno

De la traición

¿Podemos, realmente, culpar a Edipo y condenarlo por su infamia? ¿Puede atenuarse tal crimen apelando a la ignorancia? Hoy día se alegaría algo así como “homicidio imprudencial” e “incesto circunstancial,” pero el hecho fue que Edipo – a sabiendas o no – asesinó a su padre y fornicó con su madre. Y lo más terrible – o más hermoso – del asunto es que, al descubrir la verdad, nuestro héroe – que por lo que hace a continuación es por lo que lo consideramos como tal – asume su culpabilidad y guarda silencio.

En una situación así ¿a quién culpamos? ¿Al azar, al destino, a la imprudencia? Porque no cabe duda de que Edipo actuó, a sabiendas o no, pero mató al rey y desposó a la reina. “Cosas que pasan, que suceden, que acontecen… simplemente” Y aunque su intención fuera distinta asumió tales acciones como suyas y enfrentó su destino. ¿Injusticia?

Hay traiciones que son viles, crímenes imperdonables, actos cuya degeneración es tal que resulta difícil pronunciarlos. Pero también hay traiciones sin traidores – por lo menos en apariencia. Traiciones que dejan en su acontecer nada más que traicionados y ¿cómo se legisla dicha falta? Se actuó, se dijo, se pensó, se planeó y simplemente sucedió la traición. Edipo se topa con alguien que lo amenaza y termina matándolo. Descifra el enigma y se hace acreedor del reino de Tebas. Cuando alguien dice algo – sea lo que sea – va de suyo que es responsable de eso que dice, de sus palabras – palabras que como puñales pueden asesinar a un padre o como caricias seducir a una madre. Uno luego puede retractarse, cambiar de opinión, intensificar lo dicho, huir… pero igualmente va de suyo que lo dicho lo llevará entre las patas – aunque ya no lo quiera – junto con toda la cadena causal que desató tal palabrería. ¿Cuántos muertos no dejamos a nuestro paso por la imprudencia de nuestras habladurías? ¿Y somos culpables – debemos serlo – aún cuando nuestra “intención” fuera la contraria? ¿Le damos la cara al destino y guardamos silencio o nos escondemos tras las indulgencias del “no era mi intención”?

Es duro ser traicionado, pero es todavía más duro no poder señalar culpables. Las cosas pasan, las traiciones se cometen y uno sencillamente se queda con su herida tratando de entender qué fue lo que pasó sin poder mirar siquiera al traidor – porque aparentemente no lo hay – para gritarle “¡Judas!” Y tampoco se trata de que la gente se ande colgando de las encinas por cuanto crimen pareció o no cometer. De lo que se trata, creo yo, es de mirar en nuestro fuero interno y analizar qué traiciones hemos cometido sin querer y si queremos seguir cometiéndolas; si queremos mirar nuestro crimen y guardar silencio o inventamos pretextos que nos alivien la carga mientras dejamos heridos por todos lados.

Gazmogno

Jornada a las Tierras donde Nace el Sol (6) – Final de la primera parte –

Después de unos momentos de incertidumbre y confusión, escuché que mi amigo, desde la lejanía, me decía, “¿Qué te pareció el té?” Al no responderle, me preguntó, “¿Te gustó?” Como no podía salir del trance, mi amigo estiró su brazo y cuidadosamente me quitó la tacita de las manos mientras me preguntaba, “¿Todo bien?” “Si”, le dije, sintiendo cómo la porcelana dejaba de estar entre mis manos, quedando solamente la sensación del vacío en mis dedos.

Lenta y desordenadamente le fui contando lo que parecía haber sido una alucinación. Atentamente me escuchaba.

Cuando terminé le pregunté que cuánto tiempo había estado yo en trance. Me respondió que apenas unos instantes al terminar de beber el té. “¿Pero qué pasó con todo el tiempo que estuve en la oscuridad, y luego los ojos y los tambores y todo eso? ¿Fue una alucinación?”, le cuestioné preocupado. “No”, me dijo muy seriamente mientras se dibujaba una gran sonrisa en su rostro. “Lo que experimentaste fue un satori.” Y me habló de la iluminación repentina y del samadhi. “Cuando la mente se estira y se tensa en busca de una explicación racional a la cual no es posible llegar se entra en un estado de contemplación, de samadhi, en el que basta sólo un pequeño roce para quebrar el fundamento racional mismo.” Y me contó de la larga trayectoria que tuvo el budismo desde su tierra natal hasta la tierra del Samurai y del Bushido; de cómo Dhyana se vistió de Ch’an en China y se adoptó como Zen en el Japón; de la llegada del vigésimo octavo patriarca hindú a Asia y del nacimiento del té. “El venerable y venerado Bodhidharma, cuya fiereza lo llevó a arrancarse los párpados para no quedarse dormido mientras meditaba, convirtiéndose éstos en hojas de té al caer al suelo.” Y de los enloquecidos monjes zen que habitaban las montañas escribiendo haikús y golpeando a sus discípulos en la cabeza con enormes ramas de bambú para llevarlos directamente a la iluminación. Y del koan y de cómo cada quien debe encontrar el suyo para entender la budeidad. “La experiencia que tuviste demuestra que eres un verdadero Bodhisattva, el pequeño satori, la pequeña iluminación que tuviste no es más que el principio del despertar. Un koan no es solamente una frase absurda que lleva al estallido de la razón para la comprensión total, un koan es la destrucción misma de la razón, debes sentirlo con todo tu ser. Acabas de encontrar tu propio koan en el nombre que te dio la mirada. “Ku” es tu verdad, ahora debes asimilarla, comprenderla en su totalidad.”

No puedo recordar a detalle todo lo que me dijo mi amigo aquella noche. La excitación me atravesaba por completo y una sensación punzante me recorría el cuerpo. Había tomado una resolución. Debía descifrar mi koan a como diera lugar. Esa misma semana decidí despojarme de todo bien material quedándome únicamente con el dinero suficiente para emprender un viaje hacia Oriente con destino a Japón, tierra del zen, de la Gran Belleza y del Sol Naciente.

(Aquí termina la primera parte, en algún lejano momento se publicará la continuación)

Gazmogno

Jornada a las Tierras donde Nace el Sol (4)

Escrutando hondo en aquella negrura permanecí largo rato atónito, temeroso, dudando. Ni un rayo de luz ni un mínimo destello percibíase entre la penumbra. Mirara a donde mirase no lograba divisar absolutamente nada. De manera instintiva comencé a parpadear con insistencia en un vano intento por esclarecer la visión para encontrar aunque fuera un pequeño punto sobre el cual descansar tanta ceguera, pero el resultado era el mismo: negrura por todos lados; incluso llegó un momento en el que ya no pude distinguir si tenía los ojos cerrados o abiertos.

Rendido ante aquella extraña ceguera intenté refugiarme en mi oído, con la esperanza de escuchar algo que pudiera servirme de apoyo en esta desolación, pero la nada se me metía tan profundamente que ni mi propia respiración percibía ya – si es que a esas alturas todavía respiraba, pues ni siquiera estaba seguro de poder sentir el palpitar de mi propio corazón – lo único que me llegaba era negrura y más negrura. Por un momento, incluso, intenté aferrarme a esta vaga conciencia de la negrura, pero en ese instante la vacuidad se me metió hasta en los pensamientos devorándolos uno a uno, licuándolos y ennegreciéndolos hasta que no hubo más que una especie de inconsciencia que sólo puedo describir como ese estado onírico en el que no se experimenta sueño alguno. Y así es como lo recuerdo ahora. El tiempo parecía transcurrir, aunque no era exactamente una sensación temporal, de la misma forma en la que tampoco estaba teniendo una sensación espacial cuando comencé a sentir un ligero estremecimiento.

En el vacío – desde el vacío – algo se estremecía. Al principio fue como una sensación difusa e irregular que poco a poco fue cobrando ritmo e intensidad. A este vago estremecimiento se le fue uniendo algo así como un sonido – y digo “algo así” porque la percepción que tuve en ese momento no parecía ser mía; no era oído el que escuchaba, o por lo menos no era esa la sensación que tuve. Era más bien como algo impersonal, como si algo escuchara por mí.

Lenta, rítmica y gradualmente fue definiéndose lo que parecía ser el sonido de un gong. Cada vez resonaba con más fuerza, más metálico, más cerca de donde yo estaba fuera lo que fuera que fuese. Y la estridencia comenzó a ser tal que resultaba insoportable, como si todo a mi alrededor se cimbrara al unísono, como si mi propio ser vibrara con cada estallido, con cada espasmo, siendo yo mismo ese sonido; como si mi sustancia fuera la del agua de un estanque que se estremece todo cuando alguien arroja una piedra, sólo que en este caso no había piedra que cayera dentro del estanque, pues no había siquiera un adentro ni un afuera, tan sólo una sensación líquida e intermitente de estremecimiento.

Como dije, al principio resultaba insoportable y terriblemente perturbador, pues era como si con cada latido todo mi ser se disolviera y estallara en mil pedazos que al instante volvían a formarse sólo para ser liquidados de nuevo. O más bien, como si mi ser cobrara realidad sólo en ese estallido, disolviéndose en el ínterin en el vacío.

Pero lo insoportable se volvió soportable y más que eso, agradable, pues había algo así como una especie de dicha con cada estallido, con el hecho de formar parte – de ser parte- de un ritmo que me sobrepasaba, de un latido que parecía provenir de los confines mismos del cosmos y que me había sacado del vacío en el que estaba para encausarme en una especie de vibración universal. La dicha creció todavía más cuando descubrí que cada latido iba acompañado de un resplandor, primero difuso y lejano, que cobraba cada vez más fuerza y luminosidad, cada vez más intensidad, como si alguien que ha perdido la vista fuera recuperándola gradualmente con cada parpadeo. Y así andaba yo en la nada, parpadeando y viviendo en el latido cósmico del universo, con un regocijo infinito hasta que la vi… y todo se detuvo.

Gazmogno