Natividad

Embelezados por la ternura de la imagen, nadie en el pueblo se dio cuenta de la blasfemia. La maldad se disfrazaba con forma de perros que cuidaban el alumbramiento del niño Dios representado nada más y nada menos que por un hermoso gato bebé.

Manchas

Le había costado ya dos exorcismos y la vida a uno de los sacerdotes que fue a realizarlos. La casa estaba embrujada, más que hechizada por algún rencor del pasado, estaba habitada por un demonio. No cualquier demonio, presumió un elevado título entre los rangos de las fuerzas armadas del Gehena. Lo gritó como se grita una blasfemia antes de salir del recinto en nombre de la Voluntad del Santísimo. Sí, no había duda de que la casa estaba completamente purificada. Es por eso que nadie se explicaba por qué el perro seguía ladrando hacia aquél cuarto vacío en la azotea cada noche.

Comezón

Trataba de engañarse a sí mismo cada día que pasaba allí, atrapado bajo el suelo, con los miembros circundados por roca sólida y sin la movilidad necesaria para rascarse la nalga cuando la comezón, que no dejaba de repicotear una y otra vez en el peor de los momentos, se hacía presente con su tacón de aguja.

Tal vez muerto estaría mejor, tal vez en el mismísimo infierno, las lenguas de fuego abrasadoras mudarían su piel cada cinco minutos, tal vez el intenso dolor y el gusto que encuentra el fuego en reventar las terminales nerviosas de la piel como si fueran burbujitas de plástico de regalo; terminarían con esa maldita comezón para siempre. O tal vez ya era el infierno aquella prisión de roca a mitad del desierto. No lo sabía muy bien, de hecho, ignoraba si su cuerpo seguía sumergido dentro de la roca o solo era la peor de las pesadillas. Lo ignoraba porque los párpados que recubrieron sus ojos en un instinto protector, un instante antes de que fueran recubiertos por roca, lo habían dejado doblemente ciego.

A veces, una o dos o diez o mil al día, maldecía no haberse quedado sordo. Para su mala suerte, la roca sólida que rodeaba todo su cuerpo con excepción a su nariz y a su boca, era un excelente conductor de sonido, y todo el tiempo podía escuchar los llantos, los lamentos, las risas y los júbilos que los demonios lanzan desde sus hogares subterráneos a modo de blasfemia. ¿Cuánto tiempo lo habían tenido ya allí? ¿Cuánto tiempo pasaría ciego, inmóvil, esperando que volviera aquella alma caritativa, que llegaba a alimentarlo cinco veces al día? Si ésta fuese hombre o demonio, lo mismo daba, lo mantenía con vida, dentro de esa prisión ferviente de arena sólida del desierto. algunas veces, hasta creía que se quedaba a escuchar sus súplicas, como un misericordioso dios que presta unos momentos de su valiosa eternidad a atender sin entusiasmo los ruegos de sus hijos. A veces podía sentir sus pasos alejarse de inmediato, justo después de alimentarlo. Como quiera que sea, de haberlo querido muerto, lo hubiera dejado ahogarse con la lluvia que aconteció hace unos días, ¿o fueron meses? Y de haberlo querido libre, ya hace mucho tiempo que hubiera tomado una pala para excavar sus entumidos miembros, si es que estos no habían sido digeridos por los gusanos ya.

Casi creyendo sus propias palabras, que el suelo se encargaba de magnificar, se repetía para aliviar su condición que tal vez la muerte sería peor, tal vez debería agradecerle a Dios que todavía podía sentir esa maldita comezón que se hacía presente en su cuerpo cada vez que le placía, siempre en el peor de los momentos como un invitado encajoso. Algunas veces llegó a pensar que era la comezón la que se había vuelto dueña y soberana de su cuerpo y no Nuestro Señor que vive plácidamente en los Cielos. Él sabía perfectamente por qué estaba allí, condenado a tan terrible escarmiento. Levantar su mano contra los hombres primigenios no era cualquier cosa, algunos de su pueblo lo consideraron incluso heroico, la lucha era necesaria, debían defender sus tierras a como diese lugar, ¿qué más da si los invasores eran su primates ancestros o un manojo de demonios sin nombre? Lo recuerda bien, casi como su hubiera sido hace unos segundos antes, como si fuera lo único que hubiera vivido en toda su existencia.

La batalla no fue complicada, muy rápido favoreció a un solo lado: al suyo. Los hombres como tú y como yo, armados por viejos rifles de la primera guerra mundial lograron ahuyentar a los demonios fuera de sus tierras. Tal vez la Tierra misma se ofendió por esta razón, tal vez prefería que ellos habitaran sobre ella. No lo sabe, muchas veces llega a pensar que cometieron un sacrilegio con aquella guerra. ¿Qué se suponía que debía hacer su pueblo? ¿Debía hacer como que enormes humanoides deformes con colores opacos y formas inimaginables de más de seis metros de altura vivieran en su patio trasero? ¡Claro que no! La tierra había sido un regalo para los hombres hecho por Dios mismo. Incluso el primero de ellos, al igual que los gigantes que sangraban ríos de polvo a la hora de dar alojo a una bala; habían sido hechos a partir de barro. Tal vez habían sido recompensados, tal vez, no solo él, sino también sus compatriotas ocuparan el lugar privilegiado de aquellos demonios. Tal vez ahora, abrazados perpetuamente por la tierra como los hijos elegidos, cumplían la más elevada de todas las funciones que pudiera realizar un hombre por su dios: habitar en su mismísima piel y aliviarlo, con sus inmensos y fútiles esfuerzos por moverse, de la inmensa comezón que la Madre Tierra no podía sofocar con las distantes olas del Mar.

Terror

Si el paso de un cosmos cerrado a un mundo infinito exige renunciar a toda dirección y esperanza, el terror pascaliano sólo nos permite parpadear.

Maigoalida

Los muertos vivientes

Él creía que lo sabía todo sobre los zombies. No solamente había visto las películas y series que estuvieron más de moda; es más, no solamente había visto las películas que nadie más veía porque no estaban de moda, él había leído muchísimo sobre zombies. Él sabía las diferencias entre los principios del género con sus fuertes implicaciones políticas y su crítica social, y la degradación de esos comentarios anticapitalistas en las obras de los últimos años. Él conocía además que entre los zombies había diferencias, porque unos corrían mientras que otros caminaban. Algunos transmitían su enfermedad con la mordida, pero otros la transmitían con sólo tocar a alguien, y otros más ni siquiera estaban enfermos tanto como estaban poseídos o radiados. Él conocía historias de zombies en todas partes, desde lugares ficticios en los que se los desconocía, hasta los otros más ingeniosos cuyos personajes ya habían visto muchas películas sobre zombies y leído muchísimo sobre ellos. En fin, él creía que lo sabía todo sobre los zombies. Por eso, ahora que había estallado la guerra contra ellos en un mundo que no podía salvarse, poblado por los pocos humanos que podrían recordar unos meses más todo lo que la humanidad había erigido en milenios, creía que sabía en qué consistía el terror de enfrentarse a un zombie. Y eso creyó hasta los últimos segundos de su vida, cuando miró a los ojos a la aberración que se abalanzaba voraz sobre su carne sin ningún control de sus acciones, que gemía mientras mordía y agitaba la cabeza como en una guerra ansiosa contra sí misma; miró a los ojos a la aberración y se percató de que no se enfrentaba a la bestialidad imbécil de una fiera ni a la destrucción ciega de un desastre natural, sino que en esos ojos había una constantemente torturada y plenamente despierta consciencia.

Expulsión

Por ello lo echó del jardín del Edén, para que trabajara la tierra de donde había sido formado. Gén. 3:23.

Las versiones al respecto son tantas, que la verdad se va perdiendo entre las mismas. Algunos cuentan que lo expulsaron del templo, y hasta dan detalles del suceso, otros dicen que lo sacaron de ahí sin hacer tantos esfuerzos, porque la verdad ya quería cambiar su rutina.
El hecho es que ya no está en el templo y que ahora habita en otro lado, a veces porta una bata como investido con los ropajes de un ritual, a veces sólo está expuesto como conviene a quien ha cambiado el templo por la majestad de un laboratorio lleno de instrumentos.
Maigo.

Cuento de terror

Avanzaba y avanzaba. Todo el tiempo siempre igual, con la mira al frente, y sin meditar mucho sus pasos pues no debía quedarse atrás. Su reloj era su guía y nunca podía voltear. Avanzaba y progresaba, entre una monstruosa y espesa niebla que su vista le nublaba. Siempre al frente avanzaba, pero jamás miró el final.
Y es que no es de sorprender que todo fuera caminar, casi siempre dando vueltas porque no tenía donde llegar.
Maigo.