Reflexión sobre la Imaginación y el Drama

La imaginación suele representarse como una salida de la rutina, viniendo durante el día en forma de fantasías o en los reparadores sueños nocturnos. Sin embargo, la realidad es que estamos imaginando todo el tiempo. Un caso en el que se vuelve llamativo el trabajo de esta tan estimada facultad del pensamiento es cuando somos espectadores del drama, como en el teatro o en el cine, porque es asunto de imaginación ese conjunto tan complicado de comprensiones fantásticas, de esperanzas, de miedos y, en general, de vivencias que tenemos tan sólo observando una ficción. El drama para nosotros es como los juegos de los niños en algún sentido, porque imaginamos las acciones en un mundo que al mismo tiempo es ajeno al nuestro, pero que no podemos aceptar como falso mientras dure el encanto.

Pensaba hace poco en una gran diferencia entre el teatro y la televisión con respecto a este modo de vivir el drama. La imaginación siempre trabaja en un entrelazado muy complicado de lo que vemos, lo que escuchamos, y lo que pensamos, por decirlo de la manera más sencilla que se me ocurre. Por un lado, el teatro tiene pocos recursos para complacer a nuestros ojos, y suele depender de los planteamientos de la trama y del peso de los personajes para que disfrutemos ser espectadores de la representación. Por el otro lado, en el cine y la televisión, el creador se aventaja del poder de manipular lo que se da a la vista del público de un modo que rebasa totalmente las posibilidades teatrales. El movimiento y la perspectiva cobran un sentido nuevo para el que tiene la posibilidad de fraguar las escenas en sus más íntimos elementos visuales. Esta posibilidad, no obstante, con más frecuencia que renuencia se abusa.

El abuso consiste en afanarse en que se vea mejor todo, tanto, que sucede que se olvida qué cosa es la que se quiere que se vea mejor. Es el ridículo caso en el que el adorno termina volviéndose más importante que lo adornado. El pulso dramático late en la acción, en la fuerza de su historia y sus personajes (no aislados de todo lo demás, pero sí predominando). Mientras más nos acostumbramos al espectáculo, más nos inclinamos a confundir el placer del drama con los gustos de la vista. Algunos programas viejos de televisión tienen algo de atractivos en su parecido con el teatro, y no porque el teatro sea mejor que el cine o la televisión en cualquier caso, sino que accidentalmente le sucede que al no poder poner la suma atención que se le confiere a lo visual en estos dos últimos, no corre tanto el riesgo de olvidar la importancia de la historia que se quiere contar. El cineasta con alma de fotógrafo olvida lo importante del cine tanto como el artista de teatro que piensa antes que todo lo demás, en los vestuarios.

Podría ser, ahora que lo pienso, que lo mismo que funcionó en favor del teatro luego obrara en su contra al confrontarse con un libro, pues más aún que él supone que la imaginación del lector forjará las cosas que mira y estimulará que su interpretación sea consecuencia de su pensamiento y no del orden visual o auditivo del autor; pero tal vez sea demasiado bélica la vena que tanto quiere confrontar. En general es poesía bien hecha la que profundamente nos mueve. Seguramente puede encontrársela en libros, canciones, teatro, televisión, cine, radio, etcétera. Ahora, tampoco hay que olvidar que no son necesariamente lo mismo la buena poesía y la poesía bien hecha. Eso es tema para después; pero que baste por ahora que nos complace cuando nos hace pensar y nos inclina a imaginar soluciones a problemas que nos planteamos al momento de ver ese mundo fantástico y, en él, maravillarnos.