Conducir a ciegas

Cultivar, no es lo mismo que educar, no es fácil mostrar al otro que el bien es bueno.

La dificultad estriba en que no se deja conducir quien tiene libre albedrío, pero carece de docilidad, y en que no puede conducir hacia lo bueno quien acepta como bien todo, debido a que debe ser tolerante.

Además la dificultad se convierte en imposibilidad cuando se espera educar a un león para que actúe como mono amaestrado, y se espera, al mismo tiempo, la valentía de un león en la bestia de carga en mor de la igualdad.

Sin conocimiento sobre lo bueno y alguna idea de la naturaleza humana, lo que hacemos no es sino cultivar vegetales que medio se mueven al viento y se quiebran con las tempestades.

Creo que Platón se da cuenta de las diferencias y por lo mismo no concentra esperanzas en que ciegos como estamos, podamos educar.

Maigo

Sobre la tolerancia

En días recientes ha circulado en redes sociales un cartón que intenta mostrar la aparente paradoja de la tolerancia. Si bien la intención del cartonista es presentar las consecuencias de ser tolerantes con las ideas sobre la pureza racial, la idea parte de una falsa paradoja así como la reflexión que la propicia, no ser tolerantes con la intolerancia, es parcial. Evidentemente no quiero decir que las ideas de la pureza racial deban tolerarse, por el contrario, estoy en total desacuerdo con ellas, pero no porque sean intolerantes, sino porque son injustas, perversas y parten de un falso supuesto. Precisamente porque son injustas y propician la injusticia, la tolerancia es insuficiente para juzgarlas. La tolerancia no puede juzgar.

La contradicción de la tolerancia nace cuando la misma tolerancia no resulta suficiente para propiciar la armonía entre los ciudadanos, es decir, cuando resulta insuficiente como argumento. Para que la tolerancia deba aplicarse se debe aceptar que todos los ciudadanos son individuos y que tienen muchas diferencias irreconciliables, las cuales deben soportar, tolerar. Una versión más suave de la idea anterior es que la tolerancia consiste en aceptar las diferencias de los demás y aprender a vivir con ellas, lo cual supone que los ciudadanos están más dispuestos al abrazo que al trancazo. En ambos casos, la tolerancia no propicia la felicidad, quizá ni siquiera una convivencia decente. Quizá sea mejor preguntar ¿la tolerancia se promueve para que los ciudadanos sean felices o para la conservación más o menos en paz del régimen y de los regímenes circundantes? Visto así, sus funciones serían limitadas. Pero si la tolerancia es insuficiente para promover una convivencia que propicie la felicidad, ¿cómo se justifica el que no debamos atacarnos unos a otros como animales salvajes? Parece que lo mejor es pensar si nuestras acciones, gustos y aficiones son buenas. Pensar en la superioridad racial es malo no sólo porque propicia la injusticia y justifica el asesinar a las personas de otro color, sino también porque se cree que lo bueno es el color y no los talentos de las personas, sus actos justos o su inteligencia; un régimen con personas justas es mejor que uno con personas blancas. En última instancia podríamos pensar que todas las personas podemos tender al bien y en esa medida tenemos algo en común por lo cual vivir unos con otros. En este punto no debe confundirse lo bueno con lo que nos gusta, puesto que así volvemos al asunto de las razas y la falsa diferencia de unas con otras. Lo bueno es lo mejor y lo mejor es pensar constantemente, en cada acción, cómo podemos vivir bien.

Yaddir

Felicidad a lápiz

Felicidad a lápiz

 

and the white man dancing

 

I

Leonard Cohen murió de cáncer… quizá no podía ser de otro modo. El cáncer es la marca de la demasiada vida, el exceso que acaba desde dentro a través de la abundancia. La metáfora médica propone que el cáncer es un crecimiento desmesurado de células malignas que desde dentro pudren la vida. Yo creo que el cáncer es putrefacción de la vida por exceso de actividad natural (dicho sea de paso: las plantas no pueden tener cáncer porque no tienen vida), la naturaleza arrasando a la vida. No creo que sepamos lo que Leonard Cohen pensaba del cáncer, pero al menos sabemos que por su causa murió. Hacia el final de su vida admitió públicamente que se aproximaba su hora de morir; reservó para sí su enfermedad y dio a la publicidad su natural: cualquiera sabe que la vida se desmorona con el tiempo, cualquiera se explica el fallecimiento de un anciano, cualquiera cree entender la naturalidad de la muerte. Se fue Cohen dejando a su público la explicación natural. Murió el poeta dejando al pueblo sin metáfora. ¿Con qué metáforas lo recordarán los que se quedan?

II

Afirmaré una idea impopular: Leonard Cohen fue un nihilista. No quiero ser ingrato y peyorar al difunto, sino que quiero ser justo con su memoria, con la conmemoración del personaje público. A más de uno extrañará, sin duda, que afirme nihilista a un poeta que –cosa más rara- afirmó públicamente su espiritualidad, que cantó de modo tal las cuitas del hombre moderno que condujo a quienes lo escuchaban a mirar su fe e incluso, en los mejores casos, a pensar en ella, que creó piezas evidentemente espirituales, inspiradas, conmovedoras y profundas. Y aunque todo eso es cierto, yo creo que Leonard Cohen fue un nihilista. Si bien no hay en su obra destrucción de símbolos sagrados, aniquilamiento o profanación maliciosa, su espiritualidad afirma la nada. De la obra de Cohen la nada es el centro y la periferia. En la obra de Leonard Cohen el drama amoroso encuentra su vitalidad en la nada: la nada posterga el amor, la nada distancia a los amantes, la nada tensa a los amorosos, el amor culmina en la nada. En Cohen el amor es una insatisfacción prometida, una plenitud imposible, una felicidad a trazos esbozada. El amor coheniano es preludio de su espiritualidad: borrones sobre un papel blanco, rastros de una letra arrepentida, un fue que a veces nos recuerda la memoria. Por ello muchos ven en Cohen melancolía: confunden los restos con las piezas, el naufragio con el rompecabezas. No por ello fue un adorador de la piedra: Cohen fue un nihilista contemplativo que expresó la quietud del suspenso, el vaho en la ventana de la alegría, el eco de un dios soñado. Leonard Cohen fue una sombra de sencillez en un mundo ensimismado en neón. Tras Cohen la nada… y nos lo dice su muerte.

III

Vivimos un tiempo prosaico, ayuno de metáforas, misológico. Nuestro logos tiene cáncer, pero lo creemos viejo para suponer la naturalidad de nuestra decadencia. Vivimos un tiempo contra las palabras que desborda de palabras. Tenemos razones contra la razón y metáforas contra las metáforas. Por ello es sintomático que la muerte de un poeta torne tan natural, tan explicable, tan evasiva del cáncer. Que si Cohen murió en el momento justo del triunfo de la barbarie, que si Leonard Cohen ahora sí nos hará falta, que si el hombre fue un ejemplo en vida, que si el poeta estaba preparado para su muerte… Algo dice que a la muerte del poeta nihilista Leonard Cohen no se le pueda homenajear con metáforas. Leonard Cohen murió de cáncer… quizá no podría ser de otro modo.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. Imprescindible la lectura del más reciente reportaje de Óscar Balderas, quien entrevista a un niño de Nuevo León que encabeza búsquedas de desaparecidos en regiones de difícil acceso en su estado. Ahora con 15 años, Ramiro es un experto buscador de desaparecidos. Hay que leer la historia de esta vida desgarrada desde los 9 años, de este sobreviviente en nuestro infierno. 2. En las elecciones federales de 2018, además de la ya anunciada candidata del Congreso Nacional Indígena (CNI-EZLN) -que será presentada en diciembre-, también participará alguien con el respaldo del Frente Orgullo Nacional MX (FON-Mx), el grupo que encabezó el apoyo a la iniciativa por los matrimonios entre personas del mismo sexo, iniciativa rechazada en comisiones el pasado miércoles (PAN, Verde, PES y Panal votaron en contra de la iniciativa; PRD y MORENA votaron a favor; MC se abstuvo y el PRI tuvo voto divido). El lunes 8, en entrevista radiofónica, dieron a conocer que los miembros del FON piensan constituirse en partido político a fin de promover los temas de la agenda LGBTTTI. Urge una investigación periodística sobre este grupo político. 3. Si Julio Scherer entrevistó al narcotraficante Ismael “El Mayo” Zambada en un lugar clandestino, el círculo rojo reverencia al maestro del periodismo crítico y el entrevistado continúa prófugo. Si Carmen Aristegui entrevista fuera del país a Kate del Castillo, el círculo rojo reconoce el valor de la periodista y compadece a la autoexiliada actriz, pues juntas reivindican la libertad periodística. Si Anabel Hernández entrevista al narcotraficante Rafael Caro Quintero en un lugar clandestino, el círculo rojo aplaude a la periodista que sí se atreve a decir la verdad y el entrevistado continúa prófugo. Si Ciro Gómez Leyva entrevista en vivo y en una ubicación pública al prófugo Guillermo Padrés y el entrevistado anuncia que al término de la entrevista irá a entregarse a las autoridades, el círculo rojo denosta al periodista, denuncia un circo mediático y fabula un pacto entre potentados. La crítica, ya lo hemos dicho, tiene doble racero. Padrés está detenido, Zambada y Caro siguen prófugos, y del Castillo no ha cumplido con la declaración a la que fue requerida. ¡Periodismo comprometido!

Coletilla. “La ciencia y el arte se besan en un acorde”. Jesús Silva-Herzog Márquez

Egoismo

No es tu amor propio el que me ahuyenta, es el mío el que se alimenta con tus actos.

 

Maigo.

 

Adendum: La muerte de Juan Gabriel ha servido para que se haga una clara muestra de la intolerancia que nos rodea, algunos, sus seguidores no soportan las críticas ácidas de quienes son sus detractores. Mientras que los otros montados en discurso que también defiende la tolerancia aprovechan para mostrar cuan intolerantes son con aquellos que no comparten sus afecciones. Al final, seguidores y detractores acaban quejandose de lo mismo que culpan a los demás.

 

 

Espíritus ardientes

Controversial y hasta belicoso resulta cuando se habla acerca de la homosexualidad. Regularmente, en cuanto el asunto dirige la conversación, con facilidad pueden encenderse los ánimos o prejuicios que intervienen y peligran la conversación misma. Lo delicado y espinoso del asunto hace que la mínima ofensa amenace con el término del encuentro o, incluso, sepultar la cuestión para nunca hacerla volver. Entre defensores pro homosexuales y reaccionarios se quiebra la comunicación y aparece una fisura irreparable. De ahí que, a menudo, sus confrontaciones alcancen cierta tensión.

Como mencionan los defensores, frente al dogmatismo no se puede hacer mucho y el máximo alcance justificado es alzar la voz. Enfrentarse al túnel estrecho es chocar con pared. No se puede abrir los oídos cerrados y resta, entonces, señalar su error terrible. Queda tratar de ofrecer argumentos y hacerse medios para conseguir un estatus en la sociedad actual. La indignación por la censura de la diversidad se vuelve el hilo conductor de muchos grupos pro homosexuales. Cada uno manifiesta su indignación y reclamo por su falta de inclusión.

Existen, por ejemplo, las defensas más agudas y elaboradas donde pretenden tomar el foro público exigiendo el reconocimiento de su diferencia. En la vía política los líderes y agentes de la facción pelean por sus garantías en la ciudad. El Estado acredita su pluralidad y castigar con el peso de la ley a quien no acate la norma. Tolerar se vuelve la llave maestra para el Paraíso de la buena convivencia. Sin embargo, a pesar de promulgaciones y una formación estipulada en la tolerancia, las atrocidades en contra de los homosexuales no se detienen. Las riendas de la ley no someten lo suficiente a los caballos vigorosos.

En ocasiones la indignación llega a ser tanta que se tropieza con ella. Aunque a veces sirva para poder tomar palabra en el podio, en otras veces enarbola solamente la causa. Ello conduce a acciones que en vez de reparar las diferencias, agravan la factura. Lo oscuro de la marcha multicolor es que celebran su distanciamiento de la sociedad. Al final del carnaval descubrimos que abrazaron su desintegración, oponiéndose al propósito de su lucha. O distinguir los crímenes de odio entre los comunes lejos de aclarar la situación, la enturbia. Bajo la distinción de odio pretende explicarse todo y ganar certeza, cuando en realidad no se explica nada y se vuelve un dato vacío y general. Así como temblamos cuando el fallecido se vuelve una cifra, perdiendo su rostro y presente fatal, el crimen de odio sirve para las estadísticas y oculta la atrocidad del hecho. De ahí que, por ejemplo, estemos confundidos afirmando que un insulto es un asesinato en pequeño. Una gota de sangre que caerá derramando los caudales rojizos. La respuesta engañosa evade confrontar la malignidad del crimen, pero sirve bastante para reponerse y mostrar la necesidad de la lucha. Indignarse desde la corrección política sirve para tener conversaciones matutinas o hacer carrera.

Mientras aspiramos a que haya legitimidad por los homosexuales, las discordias ocurren y crecen a niveles inesperados. ¿Y si la lucha fue equivocada? Quizá buena parte de la culpa está en la cerrazón de los supuestos reaccionarios y revolucionarios. Discusiones fútiles y perseguir intereses colectivos no sólo ha sido imprudente, sino hasta homofóbico. No existe peor aversión que utilizar a los raritos por una causa política. En vez de elevarnos por medio de nuestras discusiones y vislumbrar la confusión en torno al erotismo contemporáneo, preferimos resguardarnos en la tolerancia hipócrita. Abrazamos la diversidad para estar en pie de guerra.

Moscas. En plena resaca electoral, muchos afirman que nuestra casa empieza a acomodarse para 2018. Prueba de ello está en los destapes de los todavía gobernadores, por ejemplo, Rafael Moreno Valle (¡vaya sorpresa! ¿Y Acatzingo y Coxcatlán, futuro candidato?) o Eruviel Ávila, quien resulta plausible por su gestión manteniendo al Estado de México en los conteos de seguridad nacional. Una de las sorpresas de las elecciones fue la supuesta alternancia en Veracruz: la serpiente mudó de piel y el triunfo fue concedido a Miguel Ángel Yunes Linares. Curiosamente, frente a las sospechas del triunfador, Javier Duarte anunció y promulgó su iniciativa para lograr el desafuero de gobernador y alcalde, además de fortalecer la imparcialidad en la Fiscalía Especializada en Combate a la Corrupción. La pregunta del millón: ¿por qué ahora y no antes? ¿El que ríe al último ríe mejor?

II. El pasado Domingo en el periódico Reforma, Luis Rubio escribió acerca de las iniciativas especializadas en el combate a la corrupción. Una opinión un tanto contraria pero interesante para estos días de discusión en torno a la corrupción.

 

Intimidación social

He pronunciado ya en varias ocasiones que estamos viviendo un exceso de tolerancia en la opinión pública. Exceso al encomiarla, exceso al ejercerla, y exceso al promocionarla con propaganda que hasta parece de candidatura política por lo apantallante. No solamente lo he escrito aquí, lo he hablado en presencia de pronunciados partidarios de la tolerancia y nunca he causado mayor revuelo. Los niñitos tímidos muchas veces no objetan algo que les parece erróneo porque la seguridad de la adultez puede mostrarse intimidante, y en un alma suave una opinión fácilmente se marca por imposición antes que por convicción. Los adultos tímidos son iguales, sólo que ya no es la intimidación directa la que revela esta transformación de su seguridad, sino algo como, en este caso, la persuasión teórica de que hay que respetar toda idea que se exprese con el mismo respeto. Esta persuasión puede haber sido instaurada por una educación intimidante. En nuestra generación abundan los niñitos tímidos y sus contrapartes adultas, y su apariencia es la de personas respetables que promueven la tolerancia entre sus congéneres.

Desafortunadamente, como decía, nunca he tenido que defender esta idea demasiado porque se me ha tolerado que la exprese sin problema. Tanto, que incluso en esta sociedad tan preocupada por mantener una libertad de expresión completamente tolerante, tales discursos pueden pasar desapercibidos sin escandalizar a nadie. Claro, mostrar que la expresión de esta idea es intolerable en público le daría la razón: probaría que hay cosas que, por más respetuosamente que se digan, merecen ser juzgadas con cuidado antes que admitidas. Querría decir que, en efecto, hay excesos para la tolerancia, que puede ser perjudicial. En cambio, si es verdad que «cada cabeza es un mundo», que todo lo que alguien opine es respetable, no hay fuerza humana capaz de poner en duda nada que se exprese. Por supuesto, esto incluye la pronunciación contra la tolerancia. Así, pues, el mismo planteamiento de nuestra sociedad es incapaz de negar que la tolerancia que vivimos es excesiva y hasta ridícula. O tengo razón porque todos deben tolerar que lo que opino es respetable, o tengo razón porque lo que opino no es tolerable.

Alguien puede argumentar que éste es un bucle lógico o un engaño. Peor, podrían replicarme que sólo tengo una razón parcial, en lo que concierne a mí mismo, porque como cada quien ve la verdad como cada quien puede, a mí me parece verdadero esto que digo –y eso es muy respetable–, pero ellos no están de acuerdo en que sea así. Sin embargo, preveo con cierta tristeza que más bien ya no existe el tipo de comunicación que me permitiría enfrentarme a ningún argumento. No tendré que defenderme de ninguno de estos puntos. Ya no existe (o está oculto y adormecido) el tipo de comunidad de la palabra que puede intercambiar, hablar y escuchar con verdadero respeto. Me refiero con éste a la disposición abierta a que el otro tenga la razón y haya visto mejor las cosas que uno mismo, y por supuesto, a admitir en tal caso que la verdad es aquélla y no la que uno creía al principio. Nos han intimidado tanto que se nos desvanece la comunicación. Nos quedamos callados mirando hacia el suelo, o murmurando frustrados centenares de cosas en voz tan bajita que nadie escucha. ¿Cómo voy a hacer común algo que pienso si no puedo mostrarle nada a nadie? Por más escandaloso que sea alguien, anunciando plena confrontación de una idea con la de otra persona, nada sucede. Parece que se ha perdido la capacidad de sentirse conmovido por la posibilidad de que las palabras hablen bien, de que digan algo verdadero. Así, cada quien con sus propias muy respetadas opiniones, seguros de que todos pueden tener la razón, aunque sean diferentes o de plano incompatibles, somos una sociedad de niñitos tímidos de dientes para afuera, y de una arrogancia atroz de dientes para adentro. Y además, contradictorios en el más risible sentido, porque esta gigantesca propaganda que nos hace ineptos para comunicarnos no nos impide vivir como siempre ha vivido la gente: actuando en contra de cosas de las que no estamos de acuerdo. Nomás que no sabemos decir por qué no estamos de acuerdo, por qué actuamos así o por qué seguimos a quien seguimos hasta donde lo sigamos. Dígase lo que se diga sobre la tolerancia y la libertad de expresión, es bien obvia la falsedad de sus supuestos beneficios sin más consideraciones, al ver con un poquito de atención lo que ocurre todo el tiempo: por ejemplo, que no muchos mexicanos están a favor de que a algún político cínico se le escape expresar su opinión sobre la ineptitud del pueblo, la facilidad de aprovecharse de él y la necesidad de manipularlo con cuentos.

Una Opinión sobre el Punto de Vista

«La amistad es de lo más necesario en la vida.
Pues nadie elegiría vivir sin amigos, aun teniendo todos los demás bienes

Aristóteles, 1155a

La tolerancia es importante, si no para otras cosas, por lo menos para no volverse loco entre tanta gente que quiere y dice tantas cosas tan diferentes. Dicen que es un valor, aunque me causa desconfianza esta forma de hablar que no se decide sobre si trata con virtudes del contacto con los otros, o sólo de preferencias estadísticas. De cualquier manera, no todo se puede tolerar; sería inhumano pedirle a alguien que soportara el peso de la injusticia que fuera, y que callara ante todo tipo de opinión. «Pero la tolerancia no es callarse -me van a replicar-, es respetar las otras opiniones. Todos tienen derecho a opinar, y saber escuchar a los demás concediéndoles la validez de su punto de vista es necesario para la sana convivencia». Ejemplo de esto son a quienes les gusta mucho terminar discusiones determinando que «concuerdan en que están en desacuerdo». Parece una salida maravillosa a un problema tan recurrente, pero desafortunadamente dudo del peso de tal acuerdo. Temo que detrás esconde sencillamente esta idea: «lo que tú dices no me afecta lo suficiente como para recapacitar lo que digo». Por importante que sea tolerar, quizá sea más importante saber qué tanto.

Nos creemos muy a pecho que lo que pensamos es un punto de vista. Ya estamos tan acostumbrados a la frase, que no nos percatamos de que es una metáfora. La metáfora nos dispone como si miráramos todos la misma cosa, pero siendo tan cambiante, tan irregular, y teniendo tantas caras, que nos vemos obligados a dar de ella una descripción severamente parcial, sólo del minúsculo pedacito que se alcanza a percibir desde donde estamos parados. Pienso que es saludable suponer que no tenemos «la última palabra» sobre los asuntos de los que opinamos, pero la metáfora puede llevarnos demasiado lejos. En el fondo, su supuesto no es sólo que tenemos una mirada parcial, sino más bien que ella es igual de crasamente incompleta que la de quien sea y, finalmente, carente de valor. Sólo es razonable tolerar cualquier cosa si suponemos que todo tiene el mismo valor, sea contrario a lo que pensamos o no. Es decir, si nuestras opiniones son nada más que puntos de vista.

El mundo es un lugar muy misterioso y tenebroso si no tenemos más que estos lejanos vistazos de él. Mientras más en serio creamos el lema de los más tolerantes, «cada cabeza es un mundo», menos estamos en este mundo. Es como decir que el mundo de a de veras está tan alejado de nuestras opiniones sobre él que la única alternativa es que cada quien haga el suyo para sí mismo. Sólo por apuntar lo obvio, de ahí no cuesta trabajo que todos nos alejemos de todos. El jalón hacia nuestro artificial interior tiene las dos motivaciones necesarias: ni confío en lo que no soy yo mismo, ni quiero nada más que lo que soy yo mismo. Sin embargo, esta salida acaba teniendo un grave problema: nosotros mismos estamos sujetos a nuestra propia opinión. ¿Y qué? ¿Lo que creemos de nosotros mismos es también sólo «un punto de vista»? Qué nefasto destino el nuestro: toda la vida con la mirada perdida y con los brazos estirados intentando asirnos de algo, dando tumbos en la obscuridad.

Parece mejor pensar que no es así; aunque sea más difícil aceptar que hay opiniones que valen y otras que no (porque junto con esa afirmación viene el compromiso de no opinar puras tonterías). Primero, y quizá más importantemente, porque no es cierto que estemos todo el tiempo temiendo a la obscuridad de nuestra parca mirada (salvo por algunos que sufren fuertes terrores académicos). Y segundo, porque la vida desembarazada de los demás y del mundo no es una buena vida, y nos damos cuenta todo el tiempo: nos frustra la incapacidad de compasión de muchos, nos descorazona la desconfianza que impera en todas partes, sentimos nostalgia por tiempos en los que la ayuda mutua no era el disfrazado lujo de los ricos filántropos (haya existido o no esa época), nos enfrían el ánimo los monstruos que tenemos por criminales, etc. La tolerancia sin límite es inhumana, y cuando estas cosas dejen de importarnos ya no nos parecerá que es un exceso esperarla. Por ahí dijo alguien que la vida solitaria no es de humanos, y que quien no necesita de los otros es o bien un dios, o una bestia. ¿Cuál seremos nosotros cuando olvidemos la importancia de la buena opinión?