El infierno de la traición

Y Jesús le dijo: ¡Oh Judas! ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?

Lc 22.48

El infierno de la traición, se lleva al traidor y al traicionado, especialmente si el segundo se deja dominar por el rencor, ya que ese dominio sólo conduce a morir por la espada.

Se dice que Jesús fue traicionado, pero él salió del infierno al tercer día. También se dice que Julio César murió apuñalado, y que el último golpe se lo dio su hijo Bruto.

Jesús, siendo la perfección de la ley que se rige por el amor, perdonó a quienes lo crucificaron, pero a César le fue bien al morir: ya no hubiera podido vivir con la desconfianza de ir al senado, y es que al César no le es dado perdonar porque su ignorancia lo hace ciego e incapaz de ver la desconfianza que ha sembrado.

Maigo

Traidor traicionado

Vencido en Filipos se pasó el cuerpo con aquella misma espada que usó contra César.

Vida de César. Plutarco

Para traicionar al amigo, es necesario empezar y terminar por uno mismo.

Maigo

Ensayo sobre la traición. III

Y no te injieras en guerras civiles.

Ovidio. Met., III.117.

Podríamos pensar que con ver la miserable situación en que se quedan el traidor y el traicionado, es suficiente para tener una idea más o menos clara de lo que es la traición misma, pero aún falta un aspecto a contemplar si es que no queremos sumergirnos en el dolor de los individuos que son afectados por el acto traidor, me refiero a la comunidad en la que viven estos individuos y que no puede quedar exenta de lo que con ellos acontece.

Que la traición que involucra le pérdida de una ciudad es un acto que afecta en mucho a la comunidad que en ella habita, es muy claro. Por causa de un traidor todos aquellos que vivían en determinadas ciudades se vieron reducidos a la condición de esclavos, lo que significa que del seno de la comunidad misma salió aquello que la destrozaría.

Ver que el traidor que destina a sus familiares y amigos a la más humillante de las vidas es aquel que ha salido de entre esos familiares y amigos, nos invita a preguntar si lo acontecido a dicha ciudad no es algo merecido, es decir, buscado, quizá, de manera no voluntaria por aquellos ciudadanos que se relacionaron desde siempre con el traidor y que le mostraron el valor de obtener lo que deseaba a costa de lo que fuera.

Suponer que un traidor es un ciudadano mal educado, es hasta cierto punto fácil cuando hablamos sólo de aquellos traidores que como Alcibiades pretenden que todos cumplan sus caprichos y deseos más volubles.

Pero qué pasa con el que traiciona a un amigo, ¿acaso podemos afirmar como en el caso del ciudadano mal educado que éste es un amigo mal educado por el amigo? La pregunta que salta tiene tintes de ser ridícula, pues supone que el traicionado es quien educa bien o mal al amigo, lo cual choca bastante con la idea que regularmente tenemos de la amistad, es decir, con la idea de que amigos son aquellos que se atraen entre sí debido a que concuerdan, a que sus corazones ya laten al mismo ritmo sin que uno tenga la necesidad de guiar al otro. Aunque también puede darse el caso de que el preceptor y el discípulo puedan relacionarse de manera amistosa.

En la entrada anterior apuntaba hacia el traidor como aquel que se ve en la penosa necesidad de elegir entre lo valioso, es decir, entre el camino que le dicta el corazón con sus latidos y el apoyo al amigo con el que ya no se concuerda en ciertos aspectos, que no todos, porque aquel con el que ya no se está de acuerdo no ha dejado de ser amigo. Recordando esta pena supuesta en la elección del traidor es que la idea del traicionado como guiando al traidor, como educador del mismo, se torna bastante risible, al menos en lo que respecta a la amistad entre iguales.

El corazón del traidor que traiciona al amigo, ciertamente es un corazón dividido, ha de elegir entre dos valores que le son muy caros, el corazón del traicionado también se divide, se rompe por el dolor padecido y a raíz de esta ruptura oscila entre la tristeza y el enojo, tristeza por el amigo que se fue, y enojo por los planes que se perdieron.

De entre esos dos sentimientos que pretenden gobernar al corazón, y a las acciones del traicionado el más peligroso es el enojo, pues éste siempre conduce a la venganza y es capaz de arrastrar consigo a algunos de los que rodeaban a los que antes fueron amigos. Así entre venganzas y justificaciones por parte de aquellos que son más afines al traidor o al traicionado, la comunidad en la que floreció su amistad se ve afectada por la división que los separa.

Esta primera separación trae consigo muchas otras, al grado de que se pierde algo de común en la comunidad, lo cual no deja de ser un peligro toda vez que tales separaciones pueden desembocar en el mayor de los males para una ciudad, es decir, en la guerra civil que tan nociva es para todos.

Viendo esto se aprecia con más claridad el gran peligro que significa la traición, pues depende de un corazón lastimado y oscilante perdonar y mantener con ello a la comunidad o vengarse y sumergir a sus otros amigos en lo destructivo de la guerra civil.

Maigo.

 

Ensayo sobre la traición. I

Aquella alma que allí más pena sufre

-dijo el maestro- es Judas Iscariote,

con la cabeza dentro y piernas fuera.

Dante.

La traición, es uno de los actos que más pesar traen consigo, pues supone el descubrimiento abrupto del modo de ser del que traiciona. César, no vio en Bruto a un traidor, sino hasta que éste le clavaba uno de los catorce puñales que le causaron la muerte, antes que al traidor vio al hijo querido y en él confió.

Casi siempre, cuando se pretende hablar sobre la traición posamos la mirada en el dolor que siente quien ha sido traicionado, que bien puede perder la vida, si bien le va, o acabar desconfiando de todo el mundo y actuando en consecuencia, es decir, rompiendo toda relación posible con la comunidad en la que vivieron juntos él y el traidor.

Pero para hablar con justicia respecto a lo que sea la traición, no es suficiente con ver el dolor de quien ha sido traicionado y siente que no puede confiar en nadie más, tampoco basta con ver el daño que provocan las traiciones en el seno de una comunidad, la cual siempre queda dividida tras el ambiente de desconfianza que estalla una vez que se ha realizado la acción de quien traiciona.

Concentrar la mirada en el daño y el dolor de quien ha sido traicionado, más que dejarnos ver con justicia al traidor y a sus actos, nos lleva a desear un castigo para éste, el cual no consigue deshacer el daño ya hecho, y tampoco restablece la paz perdida en la comunidad.

Pero es hasta cierto punto natural que al hablar por primera vez de una traición sólo veamos al traicionado como un ser sufriente, y que en el traidor veamos la alegría de obtener aquello que buscaba, vemos al traidor como un ser maldito que dañó al traicionado de manera intencional, y que buscó hacer todo el daño que ocasionó su acto descuidado.

Viendo así a la traición será impropio y alejado de todo sentimiento de honor y dignidad pedir que la traición no sea castigada con la más dura de las penas, o pretender que es deber del traicionado evitarse la venganza que inspira el enojo de sentirse abusado. Viendo así a la traición, parece que lo único que puede detener el daño ocasionado por ésta, es el perdón, el cual pareciera no llegar sino hasta que se obra un milagro y el traicionado no logra ver que puede confiar en Dios.

Sin embargo, aún cuando se consiga el perdón, vemos que no se ha hablado con propiedad de lo que es la traición, pues la mirada de quien intenta explorar lo que ésta sea sigue posada en el traicionado, que pasa de sufriente a santo, debemos ver en el alma del traidor, y para ello es necesario ver en nuestra propia alma, pues quizá no nos hemos percatado de que cuando defraudamos a alguien, lo que ocurre con harta frecuencia, estamos traicionando su confianza, lo que nos provoca pesar.

Para que se dé una traición, es necesario que se haga presente la confianza que siente el traicionado con el traidor, lo cual ya obscurece bastante el asunto, porque si nos fijamos bien, confiar no es algo voluntario, es algo que se da y ya, yo no elijo si confiar o no en alguien, justo porque confío en ese alguien espero o dejo de esperar que haga o no haga algo, nunca es al revés. Si así lo fuera, entonces el traidor no tendría porque ser visto con malos ojos, pues él es lo que es, y es el traicionado quien decidió depositar su confianza de manera descuidada.

La experiencia cotidiana, nos muestra que no es así, que nunca partimos de un estado de desconfianza para con todos aquellos que nos rodean, y que poco a poco vamos decidiendo en quién confiar y quién no. En un primer momento confiamos, y en la medida en que se va entablando un lazo más íntimo con aquellos con quienes nos relacionamos, confiamos más en ellos, de ahí que la traición sea completamente inesperada.

El acto de confiar es confuso, pues no es del todo voluntario, y podríamos pensar con base en ello, que quizá la traición tampoco sea del todo voluntaria, pues depende de lo que esperamos de quien defrauda, o de lo que espera de nosotros el defraudado. Esperanza que no es racional y que no se mide o se pesa en balanzas que nos digan de manera clara y distinta que acontecerá cuando se presenten determinadas situaciones.

Casi siempre vemos al traidor como un ser que ríe maliciosamente ante las fechorías que comete, y esto se debe en que casi siempre vemos al traidor que comienza adulando y que adultera su rostro para mostrarse como lo que no es, pero difícilmente vemos en el traidor al ser que se esconde con temor de ser descubierto, o que teme ser a su vez traicionado por aquellos en quienes confía.

Si queremos hablar de traiciones de manera justa, es menester que no sólo veamos al traicionado y lo que sufre y padece, sino más bien que veamos primero al traidor y aquello que lo lleva a serlo, y que es suficiente castigo como para notar que no le hace falta uno más. Pues bien dicen por ahí que es imposible hacer males a los buenos, resta ver los males que padecen los malvados.

Maigo