Sumisión razonable

Sumisión razonable

 

La UNAM es una ficción ilustrada en que podría ensayarse el estado de excepción. Dado su carácter peculiar de Estado dentro del Estado, la implementación del estado de excepción como administración universitaria podría ser el paradigma de la implementación del estado de excepción a gran escala. Que la clase universitaria adopte como organización el estado de excepción permitirá presumir la racionalidad de la medida. Si los pretendidamente cultos del país aceptan la situación límite, se confiará en caminar al extremo con la razón en la mano. La ficción ilustrada podría componer el ensalmo por el que a la razón necesaria se le vele lo terrible. La UNAM podría llegar a ser el ejemplo de la sumisión razonable.

         Primero los hechos. Un grupo de profesores protestó afuera de la oficina del presidente electo para pedir su intervención tanto en la tabulación salarial como en la asignación de horas de clase. Nunca se explicó, por cierto, por qué sería asunto del presidente electo. Pasados unos días, el asunto perdió interés mediático. En segundo lugar, un grupo de estudiantes del CCH Azcapotzalco convocó a paro de actividades por “irregularidades administrativas” y la falta de asignación de cuatro grupos; sí, un asunto laboral, el mismo por el que los profesores fueron a la oficina del presidente electo. Los días pasaron y las demandas se acumularon. La directora del plantel de bachillerato renunció bajo la justificación de permitir la reanudación de las actividades; los que protestaban acordaron realizar una marcha cuatro días después de la renuncia para exigir que se complete la planta docente. El día de la marcha detonó la violencia. Rápidamente los universitarios concertaron tres unanimidades: que los atacantes fueron grupos porriles, que el ataque fue planeado en contra del “movimiento” estudiantil y que se requieren acciones urgentes contra la violencia, sus promotores y planificadores. Interesante que ante la uniformidad unánime la protesta laboral parezca olvidada.

         La unanimidad unamita asume que la violencia lleva a su institución a la situación límite. Y ante la situación límite, la unanimidad pide grandes acciones. La comunidad universitaria ha hecho cinco. Primero, distribuyó imágenes y videos de personas que señalan como porros y responsables de la violencia. Distribuidas las imágenes, los universitarios se dieron a la tarea de identificarlos y publicar su filiación académica e incluso su domicilio. Es decir, la clase culta del país publicitó los datos de los señalados para un linchamiento público. Los razonables actuaron como una turba iracunda. En segundo lugar, se organizó una segunda marcha para protestar por la violencia en la primera marcha. Durante la organización los universitarios refirieron que se pidió a los participantes sus datos de identificación, sus medios de contacto y los de sus familiares a fin de que se pudiera reaccionar en caso de otro ataque. Ternuritas, los universitarios dieron sus datos personales a una organización no identificada, sin garantía en la protección de los mismos. Los cultos del país actuaron peor que los incultos confiados. En tercer lugar, los funcionarios universitarios cedieron a la presión pública y expulsaron a algunos de los señalados, recibiendo sonoro aplauso. Problema es que ninguna garantía se dio de la culpabilidad efectiva de los expulsados. Problema es que se divulgó oficialmente su nombre y su filiación académica, sin presunción de inocencia de por medio. Problema es que los funcionarios actuaron para el graderío. Los universitarios del país han aprobado un juicio sumario sustituyendo las reglas por los aplausos y los abogados por los escaparates. En cuarto lugar, los estudiantes se han constituido en “movimiento” y han postulado siete ejes para la conformación de un pliego petitorio que al parecer tiene alcances diferentes al de la misma UNAM. Los universitarios, tal como acostumbran educarlos, se erigieron en representantes de un gremio que velará por el bien de la nación. Lo que los universitarios decidan, será posible para el ciudadano de a pie. ¿No se ve el carácter universalizable de los cincos últimos ejes de lo que podría ser el pliego petitorio? El problema no son los puntos, el problema es que de un hecho violento se quiera derivar la legitimidad de la protesta. El problema es la proclividad a aceptar la situación límite. En quinto lugar, los universitarios van promoviendo la idea de que es necesaria una acción para acabar definitivamente con el porrismo. La acción se va perfilando como definitiva, superior a la universidad y sin autocrítica universitaria. Por ello la idea llegó al discurso del presidente electo, quien decretó que se terminará con el porrismo y la violencia.

         Por desgracia lo que inició afuera de la oficina del presidente electo no termina con la asunción de una promesa por parte del mismo. Ante el terror de la violencia, los universitarios podrían entregar la autonomía universitaria al nuevo régimen. ¿No es imaginable la firma de un pacto del nuevo régimen con los universitarios del país en la Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre? Al menos el siguiente paso en el asunto lleva la decisión a una asamblea en la escuela que cobijó al grupo prohijado por López Obrador. Quizá ya vivimos en la época en que todos los caminos llevan a la Roma.

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. ¡Ah, los filósofos! ¿Qué tendrá el poder que tanto les atrae arrodillarse ante el príncipe? ¿Por qué la fascinación de ser los ideólogos del régimen? ¿Acaso creerán que el aura de la verdad sólo luce cuando su luz es faro y sus sonidos se traducen en orden? Dijo el profesor Enrique Dussel, en La Jornada del pasado domingo: «Una transformación sin teoría concreta, realizable, plegada a las exigencias del pueblo (y de las ciencias prácticas y la filosofía) se diluye con el tiempo. Ello nos ha movido, desde hace dos años, a organizar una escuela, que imparte cursos, exposiciones, debates sobre una ideología o teoría política adecuada a los ideales y valores del nuevo partido triunfante desde el primero de julio. El partido también debe ocuparse en la formación de sus militantes, miembros de la base, de su juventud, y de sus representantes pagados por el Estado (enorme tentación de corrupción, pero exigencia inevitable de factibilidad) para no caer con el tiempo en un olvido de sus valores y principios, que no son sólo proyectos concretos políticos, económicos, culturales, de género y muchos otros, sino igualmente una teoría que se estudie y exponga y pueda ser impartida a los jóvenes, a los militantes, al pueblo en general y, sobre todo, a sus representantes electos (que frecuentemente no han tenido tiempo de conocer y profundizar en esos valores y principios fundacionales)». ¡Ah, los filósofos!

Coletilla. La semana pasada falleció Francisco Montes de Oca, uno de los hombres que más trabajó por la difusión de la cultura en México. Para la clásica Sepan cuántos… prologó La Ciudad de Dios y Las Confesiones de San Agustín, El Decamerón y el Breve tratado en alabanza de Dante de Boccaccio, Discursos de Demóstenes, Las Metamorfosis de Ovidio, Comedias de Terencio, Fausto y Werther de Goethe, Dafnis y Cloe de Longo, El Asno de Oro de Apuleyo,  Tratados filosóficos y Cartas de Séneca, Rojo y Negro y La Cartuja de Parma de Stendhal, Los doce césares de Suetonio, La Vida Nueva y La Divina Comedia de Dante, Comedias de Plauto, La Eneida, Geórgicas y Bucólicas de Virgilio, La imitación de Cristo de Kempis, Vidas paralelas de Plutarco, Historia Romana de Tito Livio, La expedición de los diez mil, Recuerdos de Sócrates, El Banquete y Apología de Sócrates de Jenofonte, Epístolas, Arte Poética, Sátiras, Odas y Épodos de Horacio, Anales de Tácito, Florecillas de San Francisco de Asís,  Manual y Máximas de Epicteto, Soliloquios de Marco Aurelio, La conjuración de Catilina y La guerra de Jugurta de Salustio, Olímpicas, Píticas, Nemeas y Ístmicas de Píndaro. Además hizo la selección de Poesía Mexicana de la SEP y compiló Ocho siglos de poesía en lengua española y Poesía Hispanoamericana. Elaboró para Porrúa los libros de texto: Historia de la Filosofía, Literatura Universal, Teoría y técnica de la literatura, La literatura en sus fuentes, La filosofía en sus fuentes, Lógica, Lengua y literatura españolas. La lista podría estar incompleta. ¿Recuerdas algún otro, laborioso lector?

El insoportable y espectacular fenómeno de la indiferencia

¡Cielos de lo mismo!

Perderse en lo mismo.

Encontrarse en lo mismo.

Gabriel Zaid

Aunque suene paradójico, la indiferencia ha sido de lo menos indiferente en nuestros días. Cotidianamente solemos tener experiencia de ella, en ocasiones parecemos ensordecer por la costumbre. Recargamos la cabeza en la ventanilla del carro y vemos cómo todo se esparce perdiendo su composición. Los sitios comunes pierden su interés y no volvemos a voltear a los mismos comercios, árboles y esculturas que confiamos permanecerán. Así llegamos a vivir, dedicando toda nuestra concentración a ocupaciones productivas y minorizando la prioridad por las que tomamos por ociosas (no habría que sorprendernos por que aparecieran pequeñas rebeliones que defiendan la vida extraordinaria y denuncien que la cotidianidad está sumergida en el sopor). La indiferencia no sólo aparece con discreción, también se hace explícita en los recintos universitarios. Varios académicos la estudian con minuciosidad, su influencia e importancia, incluso al grado de asumirla como originaria en el hombre.

La dramaturgia ha servido para representar situaciones humanas y en este caso no es la excepción. En Esperando a Godot encontramos el fenómeno señalado. Los personajes principales, Estragón y Vladimir, parecen cascarones humanos. Careciendo de bravura, el aburrimiento los alcanza y no hallan qué hacer para soportar la espera (sí, la espera del personaje mencionado en el título). Ni siquiera discusiones teológicas en torno a la existencia de Dios o la salvación de un condenado satisface el aburrimiento de los personajes. Rápidamente se fastidian de lo que conversan y vuelven a la misma indiferencia por todo. Las indagaciones hechas por palabras o los mismos sentidos no son suficientes para complacerlos o inquietarlos.

Curiosamente ambos personajes se asemejan al árbol en la escena, el vegetal que permanece mientras el día concluye. Estragón y Vladimir se mantienen vivos por la expectativa, son hombres que sólo están ahí mientras arribe Godot. Tal hecho no impide que el tiempo avance, justamente cada acto termina en el reino de la noche. Los protagonistas se ven conducidos —¿o arrastrados?— por la espera. Su indiferencia a otros propósitos resulta tanta que se vuelven impotentes para librarse de ese siniestro camino: no se atreven a colgarse por si acaso ese hombre inexistente llega al encuentro. La cita con Godot resulta un pendiente mayor, incluso, a su misma voluntad.

En varias escenas ambos personajes se enfrentan a la incertidumbre por lo que hay en sus sombreros, zapatos o bolsillos. Repetidamente observamos cómo hurgan sin encontrar nada o algo inesperado. Por ejemplo, ante el reclamo de hambre de Estragón, Vladimir cree darle una zanahoria cuando éste recibe un nabo. Poco después discuten si es mejor o peor acercarse al final de la verdura naranja, nuevamente el aburrimiento y tedio evapora la conversación. Sucede lo mismo en escoger qué comer, Estragón se frustra ante el rábano negro ofrecido y Vladimir afirma que esto cada vez tiene menos interés. No se detienen mayor tiempo para distinguir entre la piel áspera y salada de cada rábano o confrontarlo con la dulzura leve de la zanahoria. En ese sentido da igual quien pueda satisfacer el apetito, no vale la pena dilatarse por reconocer o curiosear las verduras en el bolsillo.

Cualquier acción humana es insuficiente para soportar el transcurso del tiempo. Mientras el día avanza la vida de los personajes se vuelve un sinsentido. ¿Para qué saborear, abrazar, conversar o dialogar? Ninguno acorta la espera de ese evento último. En una escena hasta el mismo ejercicio intelectivo queda desacreditado como vano e inútil. Acatando la orden de pensar, Lucky teje frenéticamente un soliloquio que termina por desesperar a sus oyentes. Quizá la historia del pensamiento sólo sean discursos que nos maquillan la tragedia de Godot. El siervo sería afortunado por tener este secreto, bajar la cabeza para hacer la desgracia inadvertida. ¿Y si la existencia no fuera motivo de indiferencia? ¿Si no estuviera cubierta bajo la neblina grisácea? En dado caso no cabría fastidiarnos o hartarnos por la vida, sino elogiarla.

Bocadillos de la plaza pública. Llama la atención una cifra revelada por el presidente del Tribunal Federal de Justicia Fiscal y Administrativa. Participando en un foro acerca del nuevo Sistema Nacional Anticorrupción, señaló que en juicios por corrupción «el 51.33 por ciento lo gana el particular. El 48.67 por ciento lo gana el Estado» (Reforma, 8,092). Esto significa que poco más de la mitad de funcionarios enjuiciados por el delito de corrupción han librado sus acusaciones. Frente a esta cifra cerrada, queda una pregunta en el aire: ¿cuál de las partes tenido mayor éxito y destreza para defender sus intereses?

II. Otra declaración que llama la atención  vino de boca del gobernador de Guerrero, Héctor Astudillo. Sí, en el mismo evento esperado donde el presidente volvió a pisar Iguala, el gobernador guerrerense mencionó lo siguiente dentro de su discurso: El estado de Guerrero no está postrado, siempre y desde siempre ha estado de pie, no lo abate la pobreza, ni la tragedia. Hoy son otras batallas. Encontrar a Guerrero siempre en los indicadores más bajos de pobreza y educación, extorsión en obras de Chilpancingo (como otras donde ni los españoles se salvan), asesinatos casi diario en Acapulco hacen que no cantemos victoria tan rápido.

III. Universitarios, habrá que estar pendientes de un problema añejo en la UNAM, uno que estalla de vez en cuando como hoy en la mañana.

Señor Carmesí

Contra la ilusión familiar

Contra la ilusión familiar

 

Para Gerardo Ordaz,
quien está preocupado.

Entre burlas y veras, Platón ha escrito en su República que la eliminación de las familias es completamente necesaria para la formación de la ciudad perfectamente justa. No es del todo claro si la renuncia a las familias es también requisito para favorecer el surgimiento del filósofo, o sólo es una política pública de control poblacional. Lo que sí queda claro es que las cuatro religiones políticas modernas que permean en nuestro ambiente cancelan a las familias sin que evidentemente favorezcan a la filosofía. Tampoco son suficientemente claros los signos de un mundo futuro sin familias y sin filosofía que hagan ligeramente justificable la preocupación por el tema, sino que la única justificación posible (al menos la mía) es que entre los hombres que todavía me quedan al trato se confunden los hábitos y las posturas sobre el tema y se van decidiendo las vidas como si todo esto fuese tan evidentemente claro que ya nadie confunde las burlas con las veras por ser sus vidas tan serias, o ya todos son mucho más filósofos y sabios que ese aprendiz de todos y todo llamado Platón.

En la tiranía de la ganancia, la familia es una inversión de tan alto riesgo y largo plazo que hasta resulta un mal negocio. En primer lugar, la familia sólo tiene margen de inversión cuando puede retribuir al progreso personal sin arriesgar el nivel de consumo. No es que la familia sea un progreso, sino que para progresar puede utilizarse a la familia: si se tienen hijos estos han de ser talentosos y poco horribles como para que valga la pena presumirlos en público; si esposa, ha de ser tan productiva como para asegurar el consumo y tan presentable como para no elevar los costos de producción de la belleza. En segundo lugar, la familia es una evidente restricción de la libertad, con plan de pago incluido, en las posibilidades propias del consumo; de ahí que quienes comienzan a progresar prefieran progresar en independencia económica que en una unidad financiera familiar, que les sea más atractiva la oferta de una relación abierta de gastos compartidos que un matrimonio ortodoxo de endeudamientos ad vitam. En tercer lugar, las familias son un lastre en el progreso de la industria geriátrica, y por tanto una perturbación del mercado de atención a los viejos que tan promitente futuro podría llegar a tener. Plantear a la familia como mal negocio en la religión capitalista libera al futuro filósofo de las sublunares preocupaciones mundanas y le posibilita el pensar metafísico como una actividad crítica y versátil independiente de su talento de convertir el lucro en logro para asegurar su libertad.

En la tiranía de la igualdad, la familia es un resabio del individualismo burgués que asegura la explotación de los pobres y la opresión de los débiles a fin de consolidar la vigencia de las condiciones materiales que la hacen posible. En primer lugar, la familia es una estructura de organización de la propiedad que produce diferencias a partir de la acumulación, empleando a los miembros de la misma en labores que los distraen de la actividad política. La familia nos hace mano de obra dentro de una estructura económica patriarcal fundada en la opresión del diferente y difiriendo la función del oprimido. En segundo lugar, la familia es una evidente restricción a la libertad humana que afinca en el hombre roles de producción y autoproducción con los que se obstruye la visión de las posibilidades de cambio y se obtura la conciencia que por sí misma desea ser libre. Si queremos superar el estadio familiar, debemos tender a un Estado igualitario sin familias y en ejercicio de la libertad garantizada por el trabajo. Plantear a la familia como un modelo caduco en la religión socialista promete al futuro filósofo la liberación de las condiciones materiales que lo encadenan por todos lados y el pronto ejercicio crítico de su conciencia en la conformación de un nuevo Estado: progreso como conciencia social, promiscuidad como reapropiación del cuerpo y la voluntad general como explosión libertaria.

En la tiranía de las buenas costumbres, la familia es un mal necesario: mecanismo de control para quienes no son lo suficientemente inteligentes para ser llamados libres, dique superable para las conciencias superiores. En primer lugar, la familia es resguardo seguro y tradicional para todos los hombres de cualidades regulares e inferiores que garantiza un desarrollo pleno del individuo. Como no todos son genios y hace falta mano de obra, las familias son un mecanismo necesario para el trabajo básico de una sociedad que tiende a ser mejor. En la familia los mediocres aprenden los valores básicos de convivencia social, los medios legítimos de actividad laboral, las cualidades mínimas que debe tener todo ciudadano de una comunidad decente: probidad, honradez, misericordia, integridad y obediencia. En segundo lugar, la familia es el lugar original de los grandes hombres, el cenáculo en que reconocen su superioridad y al que necesariamente deben trascender. Para ello, el Estado ha de garantizar la existencia de las familias y su sumisión al Estado: existen para propiciar la grandeza, pero pasan de largo cuando la grandeza ha de aspirar a algo más. La familia es la crisálida del hombre genuinamente libre. En tercer lugar, el hombre superior tiene el derecho de separarse de su familia para cumplir con los altos designios que el espíritu ha dictado. El hombre superior se distingue del progre capitalista por su buen gusto, porque la educación estética le ha exhibido la fetidez de los valores burgueses, porque su moralidad superior le hace simplemente inaceptable el amor libre de compromiso de los mediocres con dinero. El Estado que garantiza al hombre superior se distingue de la dictadura del proletariado porque reconoce en la igualdad la injusticia originaria y en la estatalización el ocultamiento del poderío de una sociedad de cerdos. Plantear a la familia como un mal necesario en la religión antimoderna es el discurso oculto de la defensa hipócrita de la familia a nombre de las buenas costumbres, así como la máscara de la simiente de destrucción que engloba su postura filosófica: el filósofo ha de ser un heterodoxo con apariencia ortodoxa que atuendará de astucia su inmoralidad y de libertad su negligencia; a nombre de la filosofía destruye para construir su poder, a nombre del poder construye para inventar su nobleza; su familia es el mal necesario de quien no puede creer en el mal, pero de quien tampoco puede avizorar su fracaso. Un hombre así es la conquista de la poderosa libertad de su propio mito.

En la tiranía de la libertad, la familia es un mito más entre todos los posibles, y por tanto una ilusión más de quienes todavía creen en el poder. Aquí el amor, los hijos o la vida en pareja no son problema, son mitos. La autenticidad de la existencia, la estructura económica o la acumulación de capital son esquemas de control que impiden ver el caos originario. No hay estructura metafísica del mundo que justifique a la filosofía, así como no hay sentido de la historia que valide la praxis revolucionaria. La guerra es una máscara de la violencia como la familia es un enmascaramiento de la sumisión. La acción directa es la única manera de despojar las máscaras, la única praxis posible, la filosofía toda que por fin es totalmente práctica. La violencia como única libertad: aniquilación que es liberación, desencanto que es suicidio, exterminio de los días que son nuestros últimos días…

Amor contractual, orgía burocratizada, violación disfrazada o violación a secas, las religiones políticas modernas que permean nuestro ambiente cancelan a las familias con la promesa de la libertad. Mal haríamos en renunciar a la libertad por no poder refutar la promesa. Peor haríamos en confundir a la filosofía con el pensar metafísico libre de política, la concientización de las masas, la superación de las ilusiones o la acción directa. El problema de la libertad, como al parecer también el de la filosofía, algo tiene que ver con las familias, e incluso parece que algo tiene que ver con ese anhelo mayoritario de una vida feliz junto a las personas que uno quiere. La pregunta ahora, como en Platón, sigue siendo la pregunta por la felicidad. La respuesta ahora, y sin Platón, parece necesaria infelicidad. Lo dicho: con estas vidas tan serias confundimos las burlas con las veras.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. El pasado 28 de julio una revista literaria hizo lo inusitado: reconoció un plagio entre sus páginas y pidió disculpas a sus lectores por un evidente error editorial. Todavía hay valientes.
2. Al parecer se ha sumado a la sucesión en la UNAM la candidatura de Francisco Bolívar Zapata, el principal promotor científico de los organismos genéticamente modificados. Aunque no creo que tenga posibilidades reales de llegar a la rectoría, su candidatura sería una dura prueba para los universitarios, quienes sin duda se verán tentados a hacer campaña en su contra desde la oposición ignorante criticando su actividad científica. Hace un lustro el doctor Bolívar me dijo que a su juicio la universidad no podía tener un debate de calidad sobre los organismos genéticamente modificados porque los detractores no saben de ciencia y los científicos no saben de política. ¿Acaso su candidatura podría elevar el nivel de discusión en la UNAM?
3. El pasado miércoles, en El Universal, Carlos Loret de Mola publicó información muy importante sobre la ejecución extrajudicial en Tanhuato. La lectura de su artículo es necesaria.
4. Tanto la revista Proceso como Sergio Sarmiento en su columna de ayer en Reforma han dado cuenta de que la madre de una las jóvenes asesinadas en la colonia Narvarte la semana pasada es poeta y que en 2011 publicó en el Periódico de poesía de la UNAM (número 37, marzo de 2011) un poema dedicado a su hija. Leámoslo.
5. Y ya que la poesía nos puede acompañar en el recorrido de esta patria adolorida, también sugiero la lectura de un poema por Ayotzinapa que se ha publicado en la revista electrónica Salto al reverso, en la que colaboran algunos de nuestros lectores frecuentes. El caso de los normalistas desaparecidos no debe olvidarse.

Coletilla. “Bucolito, niño campesino, llegó tarde a la escuela. El maestro le preguntó por qué. «La vaca está en celo —respondió el pequeño—, y tuve que llevarle al toro». Inquirió el mentor: «¿Y qué eso no lo puede hacer tu papá?». «No, profesor —contestó el niño—. Tiene que ser el toro»”. Catón (Armando Fuentes Aguirre)

La historia del tejón escondido

La historia del tejón escondido

¿Un tejón? Pamplinas,
debe ser Milhouse.

 

No hay término en griego antiguo para nombrar al tejón. Aristóteles parece no mencionarlo en su Historia de los animales, sin embargo creo que la última mención que el Filósofo hace de la zorra (610a12) es más bien una referencia al tejón, que seguramente por la ausencia de término para nombrarlo se ha venido creyendo que habla de la zorra. El pasaje afirma que la zorra y la serpiente son amigos porque ambos viven en madrigueras subterráneas. En el otro pasaje donde Aristóteles habla de la habitación de la serpiente, la cita junto al lagarto (488a24). A la serpiente la describe como pérfida y vil; a la zorra como astuta y malvada (488b16 y 21, respectivamente). Según Aristóteles, el otro amigo de la zorra es el cuervo (609b32), quien se distingue por su continencia (488b6). Digamos que la escala “moral” de la serpiente, la zorra y el cuervo corresponde con el lugar que habitan y su modo de desplazarse.

De la serpiente, es el Génesis el que nos cuenta la historia más conocida. De la zorra y el cuervo, en cambio, está la conocida fábula de Esopo, pero quizá no hay ninguna historia semítica que los relacione a ambos. En hebreo, el nombre de la serpiente es del mismo grupo de palabras que nombra a la buena interpretación y a la adivinación. Al cuervo se le denomina oreb, que tiene la carga semántica de armar o tejer mezclando (como fabricar su nido), pero también de comerciar (o salir a cazar) o hacer algo al anochecer (que en la imaginación popular no sólo viene bien al cuervo por su color, sino por la ceguera producida por su ataque). Armar proviene del radical indoeuropeo *ard, que produce palabras del mundo bélico como arma, armario, armisticio (arma + statio: detener las armas), gendarme (gens + arma) y alarma. Además da el término latino para el hombro: armus, de donde viene armella; que traduce el griego armós, nombre de las junturas y articulaciones (y de donde proviene armonía). A la producción de junturas y arsenales los latinos la denominaron ars que nosotros decimos arte en español. De la misma *ard también provienen los términos griegos ártios, árthron y áristos. Ártios nombra a la producción ajustada y proporcionada de una juntura, y de él derivan términos como jarcia y artículo. Árthron, de donde provienen artritis y otros términos médicos, añade el movimiento a esa producción proporcionada y ajustada. Áristos nombra al que ajusta mejor o mejor proporciona. En la segunda forma de esta raíz indoeuropea (*or-dh-) se producen los latinos: ordo (de donde viene nuestro orden), ordior (de donde vienen urdimbre, exordio, primordial y orzoyo), orno (de donde vienen ornar y el tan mexicano sobornar), reor (de donde viene ratio que produce ración y después razón, y que al llegar al mundo semítico produjo raza), ritus (de donde viene ritual) y numero (que junto a la raíz indoeuropea para nombrar [nem] produce nuestro número. Así nem + or-dh-: nombrar un orden. El arithmós griego se forma del mismo modo). Cuervo, sin embargo, en la tradición grecolatina no se nombra por su capacidad para armar un nido tejido, sino que se nombra desde su sonido: corvus y korax son vocalización en o de la segunda forma de la raíz indoeuropea ker, de donde vienen quebrar, crujir y grieta.

La zorra, en cambio, sí toma su nombre semítico del ámbito sonoro, específicamente del pedir auxilio. En griego, el nombre de la zorra (alopex) parece un genérico derivado del nombre sánscrito para el chacal (lopasa) y otras formas cánidas. El término en inglés para zorra puede ser fox, que proviene, vía el nórdico antiguo thox, del antiguo germánico thahsu que significa “el animal que construye” y que proviene, mediante dehsa, del eslavo antiguo tesq, que comparte la raíz indoeuropea teks con el sánscrito taksati y el persa tas, nombrando ambos la acción de construir. La raíz teks produce el latino texo, que significa tejer y de donde provienen nuestras palabras tesitura y texto. Con sufijo femenino produce tela y con prefijo añadido al tela produce subtilis, que nombra a la tela o al tejido sutil, suave, fino y delicado. Con sufijo de actividad produce el griego tékton, que toma la forma abstracta techne, que también traducimos por arte. Tékton (que primero nombra al carpintero y después a todo constructor en general) es el origen de la palabra tejón, animal que se distingue por ser el constructor habilidoso de su morada subterránea. Por ello creo que ese pasaje aristotélico citado al inicio no nombra a la zorra, sino al tejón (Léalo el lector así y compruébelo). La amistad entre el cuervo y el tejón, además de los enemigos en común que reconoció Aristóteles, viene de su habilidad en la producción. La fábula de Esopo que los pone en la misma escena quizá sea la imagen de la diferencia entre ars y techne. La escena no se completa hasta que reconsideramos a la serpiente. La escala “moral” de la serpiente, el tejón y el cuervo también nos ayuda a pensar la moralidad de la producción humana; al menos en la tradición semítica la perdición ocasionada por la serpiente es mucho mayor que el “todavía no” anunciado por el cuervo en el diluvio. No hay, en la Biblia, referencia alguna al tejón. No conozco representación poética que ponga a los tres animales en la misma historia; quizás esa fábula sería necesaria.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. El plan más sencillo es un enroque: José Narro a Educación y Fernando Serrano Migallón a Rectoría. Problema: a Serrano se le puede aparecer el fantasma de la AGP y hasta el del 99. Otros dicen que todavía es posible que Rosario Robles llegue a CU, con lo que el gobierno federal tendrá una pieza que sabe jugar en la política universitaria y que mantendría las tensiones con los grupos de izquierda. Pero Narro no la quiere como sucesora y por eso galardonó a un exrector. Otros más dicen que conviene el diálogo con la izquierda desde la torre de Rectoría, y por ello –un grupo de perredistas y buena parte del STUNAM- tienen como candidata a Rosaura Ruiz; el problema es que tras la elección la izquierda está disminuida y el gobierno federal puede prescindir de ese diálogo. Por ello, tampoco, tiene posibilidades el candidato de Morena: Fernando Pérez Correa. En mi opinión, hasta ahora sólo dos candidatos tienen posibilidades: Sergio Alcocer y Eduardo Bárzana. Si no hay otro candidato, se decidiría entre ellos de acuerdo al lugar que obtenga José Narro en el gobierno federal. En Educación, Narro deberá preparar la siguiente parte de la reforma educativa, lo que pide un rector que tenga todo bajo control en su institución, la brújula apunta a Bárzana. En Salud, en cambio, Narro no sólo estaría al frente de la más importante de las reformas –que será muy lucidora-, sino que prepararía las bases para una candidatura “ciudadana” que será contrapeso de la que se perfilaría desde la UNAM, claro, sólo si la elección del 2018 pide “ciudadanos” y no “políticos”. ¿Juan Ramón y José Antonio candidatos? Es la vía más sutil para una posible alianza de amarillos y azules bajo la bendición de los tricolores.
2. Hoy se cumple un año de la detención de José Manuel Mireles, ayer se cumplieron nueve meses de los hechos de Iguala y el próximo día 30 se cumple un año de las muertes de Tlatlaya; ninguno de los tres casos ha ofrecido las razones públicas que permitan la reconciliación.
3. ¿Qué pasó en la renuncia de Luis Linares Zapata a la gerencia La Jornada? ¿Dónde están los llamados a tomar las calles de parte de los revolucionarios del pajarito? ¿Por qué no se escuchan las voces siempre morales del círculo rojo? ¿Por qué Proceso no le dedica la portada? Ah, claro, la indignación es selectiva.

Coletilla. “Leer una novela es como rascarse la cabeza con el dedo cordial ante la estupefacción de las ideologías intentando comprender la condición humana” se lo escuché a Álvaro Enrigue el pasado 25 de junio en el marco del homenaje que el Colegio Nacional rinde a José Emilio Pacheco.

La idea de la vida

La idea de la vida
(Contra el realismo)

 

La idea de la vida hizo de Pedro Henríquez Ureña un maestro regañón. No fue Henríquez Ureña un mero maestro, sino que intentó ser siempre un maestro ideal: un contagiador de ideas vivas en la charla con sus discípulos y un alentador al ideal en la vida con sus amigos. Pedro contagiaba lecturas leyendo, inoculaba ideas ideando, infundía la vida viviendo. Fiel a su estilo, Pedro Henríquez Ureña regañaba regañándose, pues sabía que las faltas de sus amigos mostraban las propias faltas al educarlos, que las debilidades que ellos mostraban le exhibían debilidades propias al intentar formarlos, que regañaba los alejamientos del ideal porque lo alejaban cada vez más de lo ideal. Si fue regañón el maestro Pedro Henríquez Ureña, lo fue porque así vivió la idea.

En 1913, el grupo del Ateneo de la Juventud se hallaba desperdigado a causa del polvorín revolucionario. En París, un destemplado Alfonso Reyes escribía a sus amigos buscando consuelo a sus penas, compañía contra su soledad y certeza ante su incertidumbre. Tras varias cartas que imploraban auxilio, el maestro Henríquez Ureña le contesta severo a Alfonso: “No he querido escribirte antes porque he creído que lo mejor para ti era olvidarte de México y llenarte de Europa. Desgraciadamente tus tarjetas demuestran lo contrario. Lo siento. No debemos hacerte falta por allá: acostúmbrate a preferir aquello, aun con los inconvenientes de la soledad (que yo conozco)”. Y tres días después, el 23 de octubre, cetrino añade: “Tu carta me confirma en la idea de que debo aconsejarte no pienses en México ni escribas apuros. ¡Tú que nos dejabas aquí sin compañía tan a menudo, ahora la echas de menos! Todo se paga, Lampuga. Por mi parte, te diré que no te hemos echado de menos ostensiblemente, y yo (¡oh escándalo!) ni siquiera interiormente. Hemos tenido tal cantidad de preocupaciones que no ha habido tiempo de echarte de menos, y cuando me acuerdo y nos acordamos de ti, sólo surge el unánime contento de que estés lejos. Egoístamente me alegro de no haber sentido soledad de ti, porque esto me indica que soy, como antes, reacio a los hábitos”. El alma de Reyes, seguramente, experimentó el dolor del regaño: su maestro cercenaba sus sentimientos para que él pudiese entregarse al ideal en la nueva situación. Cualquier otro, no Pedro, hubiera compadecido a Alfonso, le hubiera acompañado a llorar, le hubiera consolado las tristezas. Pero Pedro, no cualquiera, le prohibió llorar a Alfonso, le canceló las tristezas, y lo condicionó a que, de insistir en ellas, al menos las elevara a la altura del arte. El maestro Henríquez Ureña renunció a la cercanía del discípulo Alfonso Reyes para que la amistad contribuyera al ideal. La severidad de Pedro compensó a la levedad de Alfonso y el talento se aquilató en muchas líneas inolvidables. El regaño del maestro Henríquez Ureña impidió que los sentimientos de Alfonso Reyes se desperdigaran en un torrente irracional y logró que irrigaran la poesía desde las raíces.

El 13 de agosto de 1914, el maestro escribe a otro discípulo: Julio Torri, el mejor amigo de juventud de Reyes: “Alfonso está contentísimo en Europa. Yo le escribí contra sus preocupaciones y le exigí que saliera a la calle de noche”. Pedro regaña al par de amigos para que dejen de inflamar sus penas con palabras mediocres y orienten sus talentos a las palabras mayores: que la amistad exhorte a la virtud, y no que conforte al vicio. Un mes antes, Henríquez Ureña le reprendía severo: “México me desconsuela cada día más. Miro con horror hacia allá y me animo en el propósito de no volver por ahora. Sobre todo me espanta la idea de que ustedes se han resuelto a la inacción y a la ocultación. Sé que nunca se ven. Sé que tú, y Urbina, y González Martínez, no dais clase en Altos Estudios ¡Y yo que he ponderado tanto las clases! En ti, ya me lo imagino, sigue obrando la influencia deplorable del escéptico… No diré más; es inútil que yo pretenda desde aquí influir contra la costumbre mexicana del escondite”. Pues Torri, talentoso pero disipado, se negaba a trabajar: en lugar de escribir, borraba; en lugar de corregir, huía. Pedro le incitaba a trabajar para el espíritu, a pesar de que Julio insistía en la pesadez de los días, la turbulencia de los problemas y la poca salud de los amigos. Interesante, además, que al regaño del maestro el discípulo minucioso contestaba como no contestaba el caballeroso Reyes: “No creas que sigue obrando en mí sus efectos la deplorable influencia que dices. […] Eres injusto en pensar que yo soy un amigo egoísta y sin generosidad. Me entristece esto profundamente”. A lo que el maestro, cortante, reiteraba el regaño y cambiaba de tema: “Creo que ha sido desidia tuya para dar la clase la causa de que Erasmo [Castellanos] haya quedado en el lugar de Alfonso [Reyes] y mío. ¿O me equivoco, y tú has dado clase? Dejemos lo enojoso; me desagraviaré escribiéndote como siempre”; Pedro no discutía en vano, sino que daba al tiempo su maduración para mostrar las cosas. ¡Si Torri hubiese escrito cuanto Pedro le exigía! Mas a juicio de Henríquez Ureña el egoísmo de Julio Torri consistía en creer que de la amistad se cuida más atendiendo a los amigos enfermos que escribiendo para la salud espiritual. ¡Ojalá lo entendieran los lectores de Torri que se niegan a escribir!

En la generación más joven, los regaños de Henríquez Ureña también fueron severos. En uno de los más bochornosos pasajes de La estatua de sal, Salvador Novo nos cuenta un regaño merecido. Debido a sus excesos, Novo se sometía a un tratamiento de reconstrucción anal por el que debía portar en el ano un algodón durante todo un día. Al visitar a Henriquez Ureña, y tras ser reprendido por sus malos deseos, Salvador abandona la oficina de Pedro y describe: “no me di cuenta de que al retirarme había resbalado hasta el suelo el algodón que horas antes había depositado en mi grieta el doctor Voiers: un cuerpo del delito que habría de enfurecer al burlado Pedro y de trocar en la más combativa, furiosa enemistad, los favores con que antes me abrumaba”. Novo, contrario a Reyes quien aprendió de los regaños, y a Torri quien aprendió pero tarde, hubo de pagar las consecuencias de soliviantar el regaño. Meses después, la joven generación, el grupo de amigos de Salvador Novo, pasaba de los divertimentos de un círculo del infierno al otro: “Me apresuré a compartir con Xavier [Villaurrutia] y Delfino [Ramírez Tovar] mi descubrimiento de un nuevo goce. El recetario a mano de mi tío Manuel me hacía fácil hurtarle una hoja, escribir «Rpe. Clorhidrato de cocaína, 1 gmo.» y un garabato por firma. Cualquier botica surtía la receta: a 2.50 pesos el gramo de la más pura cocaína. Aunque empezábamos los toques en algún recinto cerrado, la hiperquinesia nos lanzaba a caminar sin tregua ni fatiga por las calles; a hablar, drenados de toda mezquina necesidad: hambre, sueño. Los actos sexuales pasaban a segundo término. El goce estaba en aquella exaltada nerviosidad, en aquella cenestesia depurada, superior y magnífica que afinaba hasta el paroxismo todas las percepciones y disecaba las metáforas más inesperadas y lúcidas cuando elaboraba, bajo los efectos de la droga, poemas que el insomnio lleno de estruendosas palpitaciones cardiacas pulía en mi mente”. Metáforas disecadas, poemas carrasposos, estruendos y escándalos que acabaron con poesías posibles, que deterioraron el ideal para no hacer frente al regaño, que enviciaron la amistad para que en lugar de ser incitación a la virtud fuese invitación al vicio. Novo aprendió a usar a sus amigos como pretextos; y terminó la vida sin amigos. ¡Qué hubiera sido del más poeta de sus amigos, Xavier Villaurrutia, si Novo hubiera sido un mejor amigo! Para ser el poeta ideal, ha de vivirse la vida ideal; negar el ideal a la vida es negarle el ideal a la poesía; y Villaurrutia fue excelente para escribir la muerte.

De esa generación, aunque unos años mayor, Daniel Cosío Villegas también fue regañado por Pedro Henríquez Ureña. Contrario a los poetas que vivían en la disipación del espíritu, los académicos sobrevivían en la disipación de las ideas. Pedro se lo sabe decir perfectamente a Daniel en una extensa carta del 12 de noviembre de 1925, y en un párrafo sintetiza la esencia del regaño contra la disipación intelectual y del exhorto a la idea de la vida: “Por mi parte creo que tus artículos adolecen de vicios graves. Ante todo: no se sabe adónde van, ni se comprenden tus orientaciones fundamentales. Te contradices. Los artículos resultan, así, series indefinidas, amorfas, de observaciones casuales, unidas por el acaso. Hay una unidad, sí: la del mal humor. Siempre estás disgustado. Siempre te parece mal todo en México. Y hay que ponerse en guardia contra la tendencia a encontrárselo todo malo, porque entonces, no sirve uno de nada. Me gustaría que te pusieras a buscar a fondo qué piensas, como fundamento general, de todas las cosas. Significa, como comprenderás, los cinco o seis problemas fundamentales del hombre. Hasta llegaría a desear que escribieras, en quince o veinte páginas, la definición de tus ideas filosóficas y sociales; pero eso sí, esas páginas no debes cometer el error de publicarlas. No las publiques, pero cuando hayas definido así tus conceptos, debajo de todo lo que escribas se descubrirá la unidad. Ahora no la posees, porque nunca te has preguntado lo que realmente crees, sino que provisionalmente, al escribir, improvisas el background ideológico en que te colocas y de cuando en cuando lo cambias. ¿Temerás que definir tus ideas te ate a ellas? Sólo te atarán mientras realmente pienses así; cuando cambies, te darás cuenta de que realmente cambias. Resumen: hasta ahora, no tienes propiamente ideas, sino emociones. En eso eres de la familia mexicana de Caso y Vasconcelos, naturalezas emocionales que se han pasado la vida tratando de definir lo que piensan y a cada rato destruyen lo que antes afirmaron: Vasconcelos, escribiendo, con trechos de años; Caso, en la conversación, a todas horas: escribiendo se mantiene en mariposeo prudente, de mariposa que no se quema porque cuida de no acercarse demasiado a la luz, a la luz de la verdad. Alfonso Reyes, en cambio, nunca ha definido sus ideas en conjunto, pero su obra revela unidad. Y eso que también tiene emoción. Pero no teme a la verdad, y deja que las ideas se le maduren interiormente”.

El amigo que debe irse lejos para servir al ideal, el amigo que debe ponerse a trabajar en el ideal para servir a la amistad, la amistad que debe trabajar por la vida y la vida que debe entregarse al ideal, todo ello encuentra unidad en la maduración interior que el maestro Pedro Henríquez Ureña llama amor a la verdad. ¿Estamos a la altura del ideal?

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. El pasado 2 de junio, la UNAM entregó el reconocimiento Autonomía Universitaria a ocho personalidades que han fortalecido la autonomía de las instituciones de educación superior. Las personalidades fueron: Justo Sierra, dos integrantes del comité de huelga de 1929, Ignacio García Téllez, Manuel Gómez Morín, Ignacio Chávez, Javier Barros Sierra y Guillermo Soberón. Me llama la atención que los directivos de la UNAM han olvidado a Antonio Caso, sin duda el padre de la autonomía universitaria junto a Gómez Morín. Caso, por desgracia, no se presta a las caravanas políticas, pues no representa a ninguna ideología; al contrario, es uno de los hombres que con más claridad advirtió los perjuicios de las ideologías en México. La UNAM lo tiene tan olvidado que ni sus obras tiene en venta.

Coletilla. El pasado 3 de junio, en Reforma, Jesús Silva-Herzog Márquez publicó el interesante ensayo “Tinta y pixel” que comparto a continuación.
Nos han dicho que el libro es solamente el recipiente de la escritura. Tan libro la edición antigua e ilustrada del Quijote como la pantalla en la que fluyen cada una de sus letras. Leer en kindle es una experiencia idéntica a leer en papel, nos dicen los entusiastas de la novedad. Los signos comunican el mismo mensaje así estén inscritos en piedra, en papel o en tijera. Absurda nostalgia, la del lector que se aferra a su fetiche estorboso, pesado, grueso y polvoso. Las ventajas son innegables. Se puede cargar una biblioteca en la bolsa sin cansarse el brazo. Los entusiastas empiezan a ver las librerías como tiendas de antigüedades. Se ríen de la única función de esos arcaísmos: solo un libro contiene un libro. Ese volumen de Moby Dick cuenta solamente un cuento, mi kindle, dirán presuntuosos, tiene a la ballena y al submarino, al astronauta y a la bruja.
Resulta que la experiencia no es la misma. Que el medio no es transporte inocuo de las letras. Quienes nos aferramos al papel no lo hacemos solamente por añoranza del peso y los olores, sino por advertir un tipo de vivencia, por honrar un vínculo con el texto, por practicar una gimnasia dactilar que termina por acercarnos de un modo peculiar a los símbolos. Cualquier lector sabe que su edición es un puente único a la lectura. Entiende bien que la tipografía y la disposición de los espacios, que el grueso del papel y la imagen de la portada marcan el cortejo de su lectura. El «dispositivo» en el que leemos marca la experiencia lectora. No es lo mismo leer en la pantalla que en el papel.
Maria Konnikova publicó hace un año un artículo en el New YorkerBeing a Better Online Reader«, 16 de julio de 2014) que vale rescatar. El cerebro reacciona de modo distinto a la palabra «casa» cuando está escrita en papel que a la misma palabra escrita en una pantalla. Podría decirse que, en pantalla, la palabra es la fachada y en papel es la fachada y la cocina, la alacena, la recámara y sus cuadros. La fisiología de la lectura importa. No puede pensarse que los elementos tecnológicos del libro sean irrelevantes. Un libro tradicional tiene una entidad física que llama a cierta postura, a ciertos ejercicios manuales. El texto avanza gracias a nuestros ojos y nuestras manos. No se escurre angustiosamente por una ventana, permanece con tranquilidad en su sitio. El párrafo que nos cautiva está siempre en su sitio. Por eso recordamos que ese pasaje estaba en la zona baja de una página impar. Tal vez no recordamos el capítulo pero ubicamos ese territorio.
El argumento de Konnikova es que, a través de la pantalla, apenas rozamos la lectura. Nos quedamos en la superficie porque tendemos a brincotear. El papel, por el contrario, nos exige una concentración mayor. Nos invita a profundizar, a penetrar los significados que se encierran entre las tapas de un libro. Eso: el libro es un paréntesis del mundo. Estudios que la escritora cita lo demuestran. Un experimento dio a dos grupos del mismo nivel escolar y de calificaciones equivalentes el mismo libro en dos formatos. Un grupo leyó en papel y el otro en e-book. Quienes leyeron en papel comprendieron mejor lo que el libro decía, los lectores electrónicos se quedaron en la superficie del texto.
El mosquito que ronda la oreja de nuestra era es la distracción electrónica. La información de todo, accesible todo el tiempo, la comunicación perpetua, con todo mundo. El papel, silencioso y quieto, es un espacio de resistencia.

Evaluación sin preguntas

Ya es bien sabido que la educación en nuestro país necesita una reformada. Que se le cambie, porque está obsoleta o, en todo caso, incompetente. Tal vez, en el pensamiento del más delicado, está bien planteada pero mal realizada. Las escuelas, así como están, no sirven como deberían, ese es el hecho. Los programas han sufrido innumerables cambios en los últimos años, persiguiendo quién sabe la idea de quién, de cuáles son las cosas que deben saber los estudiantes (o, como dicen, las competencias que deben adquirir). Las horas aumentaron, los maestros se convirtieron en guías, los castigos en incentivos, los libros serios se reescribieron para tener más cotorreo. Clarísimo: no es raro el planteamiento de que la educación así como está no es aceptable para lo que queremos de nuestras instituciones educativas. Bueno, es que pocas cosas son más obvias, poquísimas personas salen bien educadas de nuestras primarias, secundarias, preparatorias y universidades. Lo que suele escucharse es una variación del discurso de que el país está tan desordenado porque nadie sabe bien a dónde dirigirlo, nadie está bien capacitado para tomar las más importantes decisiones, o casi nadie; y de los pocos que sí, se sospecha que desde hace mucho luchan para cargar el ingente peso de los indoctos que los hunde en la arena movediza. Pobreza, violencia, desesperación y crimen: parece que todo ello se erradicaría si tan sólo la educación fuera como debería.

He tenido la corazonada de que la idea, hoy tan impresionantemente popular, de que todos los problemas de la gente pueden resolverse con un buen sistema educativo, es producto de la educación que llevamos desde hace muchas generaciones. Es curioso que sean éstas las que están bien convencidas de que la misma educación requiere un progreso substancial. Esta multiforme solución tan paseada se apoya de unos pies quebradizos: la confianza de que es posible ocasionar la mejora de las personas a través de la mejora de la tecnología y el más eficiente intercambio de la información a través de ella. Para lograrlo, muchisisísimas personas necesitan educación. Pero hay un problema que nomás no hemos tenido el valor de enfrentar de lleno. Sólo pocas personas disfrutan ser educadas, así que enfocarse en ellas es ineficiente. La vocación por la educación es un lujo que no podemos darnos, debemos mejor apelar a los rasgos más comunes y corrientes. Lo que esto quiere decir en el fondo es que no es posible mantener ambas cosas: educación de alta calidad y cantidades mayoritarias de educados. Nuestro dogma nos responde ya a cuál lado de esos dos inclinarnos: la ineficiencia es inaceptable, demerita nuestro grado de sumamente civilizados y nos sume en la aristocrática visión del obscurantismo más –despectivamente hablando– medieval. La eficiencia se mide con la cantidad y la celeridad, así que tenemos que olvidar cualquier esfuerzo por la preparación de estos pocos curiosos. La guía de este planteamiento está más o menos formulada con esta secuencia: ¿los estudiantes no escuchan? No podemos enseñarles a escuchar, así que hay que decirles lo que quieren oír.

Asumamos que somos un montón de gente, no de máquinas. Las máquinas mejoran cuando sale la nueva versión y se puede replicar por millones; la vieja se tira o se presume con una placa especial para lucir la absurda nostalgia del coleccionista. Las generaciones de personas, en cambio, ni se tiran ni dan mucha noticia de haber llegado con notables avances. No parecemos contar con herramientas para lograr más buenas generaciones, más comprensivas personas, ni mucho menos gente más feliz. Entonces, ¿de dónde que estemos tan seguros de que las reformas así planteadas a nuestra educación son el primer y más fuerte soporte del cambio nacional que estamos esperando? ¿Quién va a tener la cara para asumir la responsabilidad del plan que acabará con el carácter violento de los más indignados, con la pereza de los parásitos sociales, con la mezquindad de los servidores públicos corruptos, en fin, con la insensibilidad de los corazones más crueles de nuestra nación, a través de una más eficiente transferencia de datos a las mentes jóvenes? ¿O apoco hay alguien que de verdad crea que el obeso mórbido pudo haber mantenido la salud si tan sólo le hubieran enseñado a leer la información nutrimental de las cajas de comida, o que lo que le falta al asesino para dejar de matar es conocer el nefasto impacto económico que el asesinato le impone a su ciudad por la disminución del turismo?

La relación entre las «técnicas de aprendizaje», los «temas de los programas escolares», y la formación del carácter de un hombre decente, es ridícula. Es absurdo pensar que las cárceles se vaciarían si hubiera menos analfabetas. ¿Y todo esto qué? Estas cosas son de poca importancia para la mayoría, porque la mayoría ya asumió que lo que es necesario es una reforma. La mayoría da por sentado, sin pruebas ni verdadero examen que el progreso no sólo es posible, sino lo más deseable del mundo. Entonces, la reforma no necesita plantearse ninguna pregunta sustancial, sólo necesita anunciarse. «Calma –dirá el demagogo–, ya vienen los cambios al modelo educativo». ¿Basados en qué? ¿En lo mismo en lo que se basaron los cambios anteriores que no sirvieron para nada? ¿De dónde nos viene la seguridad de que el defecto del procedimiento anterior fue la aplicación y no el deseo de variedad? Anhelamos tanto el cambio que ya estamos acostumbrándonos a que todo fácilmente se mude de una cosa a otra, sin preguntar. Ya queremos que todo mejore por el mágico arte del progreso. «Ahora habrá más evaluaciones». ¿Y qué queremos evaluar? Dudo mucho que se tenga clara esa pregunta, y sin embargo, el impacto aparente es suficiente: el trámite se hace, la gente se mueve, los libros azules se tiran y se imprimen unos verdes, la burocracia con su aletargado paso camina hacia donde la llevan sus engranes como un gigante mecánico ciego y soso. Y ya, al término de unos años, se dirá que se hizo algo, cuando en realidad el fondo del asunto sigue exactamente igual: nada se ha hecho, nada ha mejorado. Y lo único que aumenta es la desilusión.

Si nos tomáramos la palabra con seriedad, el que evalúa tendría que decir qué vale y qué no, tendría por necesidad que asumir que hay algo de lo que se enseña que tiene más valor que otras cosas, y que el modo en el que lo manifiestan los que aprenden es congruente con ese valor. No es el que dice quién pasa y quién no, sino quién está bien y quién está mal (y por tanto, qué es estar mejor y qué peor). Pero, ¿valor en la educación? Miramos esta perspectiva con terror supersticioso: «¡Queremos ciencia, en la ciencia no hay juicios de valor!». La palabra evaluación ya nada más se usa porque tiene tinte de importancia y apantalla. En realidad, de ella no tenemos la mínima idea. Y aún peor, podríamos estar seguros de que mientras más tiempo carguemos esta ausencia de preguntas y asumamos que sabemos perfectamente cómo se mejoran las generaciones haciéndolas expertas y doctas y llenas de maestrías, celebrando el cambio por el gusto de la variación como un acalorado festeja el aire acondicionado, menos aptos seremos para hacer precisamente las preguntas que nos dejarían evaluar qué tan benéfico es lo que estamos haciendo por nuestros jóvenes y su educación, y claro, por nosotros mismos.

La encrucijada de Alejandro Rossi

El distraído se pasea por el mundo y,

de vez en cuando, susurra unas palabras.

Amigo minucioso de las letras, testigo pertinaz del adjetivo, certero flechador de frases elocuentes, cazador infatigable de la página perfecta, escritor afortunado, crítico sonriente, refinado pensador, lector ávido de Borges y admirador del maestro Mairena, Alejandro Rossi fue -cabe creerlo- el creador definitivo de un nuevo modo de ensayar: el amor al detalle.

Poseedor de un tino verbal inigualable y un elegante oído afecto a la belleza del ritmo narrativo, Alejandro Rossi creó una obra caracterizada por la justa medida de las proporciones. No se encuentra en él la frase exagerada que arranca el aliento. No se encuentra en su prosa el fluido repiqueteante de las frases que, caóticas, van clavando en la bruma al lector. No hay en su obra exceso o carencia de pausas: su prosa es como una plática serena que disfruta los silencios mientras, al vapor del café, se mira simplemente la presencia del interlocutor. Por ello es el maestro perfecto en el uso de la coma. Su obra, medida de proporciones, nos asombra porque está bien escrita, porque, quizá por primera vez, nos encontramos ante algo que no tenemos que leer de prisa, que podemos leer al paso. Lo importante es la cadencia de los pasos, los detalles de la andanza, lo que de pronto se puede decir.

Al decir sólo se trata de hablar al caminante, de dejar que cada paso fructifique -ora atrás, ora adelante -, de que se diga bien lo que se diga -sea liviano, sea importante-. Quizá por ello Alejandro Rossi buscó la proporción en su formación filosófica: si era necesario hablar de las cosas como son, apresar los detalles de las cosas, había que estudiar fenomenología y ser discípulo de Heidegger; si era necesario hablar con la propiedad de un buen razonamiento, apresar los detalles del pensar, había que estudiar filosofía analítica e ir a Oxford. Lo importante era hablar bien; pues si en filosofía no se busca esto, el discurso es mero barullo insoportable. Sin embargo, una buena vida no se hace de barullos. La buena vida se hace junto al bien hablar, pues así lo dicta su finalidad: el diálogo.

Algo ha de haber, quizás, en el diálogo de los filósofos que lo hace pesado, excesivamente erudito, demasiado confiado a sus verdades, desproporcionado. Algo ha de haber, también, en los filósofos dialogando que los pueda moderar. Ese algo, en su caso, fue despertado por la amistad de un poeta, quien lo invitó a hablar de lo que sabía, pero no siguiendo los cánones de su profesión, sino bajo los cánones del bien hablar. Era un paso natural, Alejandro Rossi estaba destinado a darlo, era la siguiente proporción, el siguiente cruce de caminos; por eso el poeta fue una coincidencia afortunada. Ya en la literatura, “diálogo de todos que pulveriza, que disuelve la extranjería”, se supo un clásico contemporáneo y como tal escribió.

Rossi escribió para hablar bien, no hay más. Hablando bien educó a sus estudiantes en la Facultad de Filosofía y a sus lectores en Plural y Vuelta; a los primeros para atender a los detalles en clase, a los segundos para atenderlos en el texto. Hablando bien transfugó los límites del género y creó una obra –Manual del distraído– inclasificable: a veces ensayo, a veces relato, a veces íntima reflexión; una obra que no por única es extraña, sino que por estar bien hecha es única. Hablando bien escribió la imaginación de su propia vida –Edén: vida imaginada– para proporcionar la vivida, para que la literatura haga realidad los detalles de lo vivido, para que lo bien hablado nos haga ser más reales. Bien haríamos en hablar bien. Bien haríamos en leer bien. Bien harían, también, los filósofos que se creen literatos y los literatos que se creen filósofos en leer la obra de Alejandro Rossi, pues -alejados ya de pretensiones cósmicas- ganarían, al menos, un poco de moderación; moderación necesaria para la buena vida; moderación que buena falta hace a nuestros tiempos y colegas.

Námaste Heptákis

Coletilla. El compromiso de Alejandro Rossi con la Universidad fue noble. Hace diez años se opuso al secuestro que el CGH impuso a la UNAM. Por su actitud, por su palabra y por su obra durante ese conflicto recibió denuestos ignominiosos que atentaron hasta con su integridad física. Por su convicción, por ese justo compromiso de no hablar sin seriedad, decidió no apoyar hace unos meses las protestas del Observatorio Filosófico; acto seguido: nuevamente lo embistieron las injurias. Él siguió siendo ejemplo de convicción y honestidad; esa era su enseñanza como universitario.