Gazmoñerismo nihilista

Nos volvimos locos, nos desquiciamos. La soledad se nos metió en el corazón y nos corroyó por dentro en el momento en que le negamos asilo a Dios, en que lo exiliamos. Pero él nunca se fue, es su tristeza la que nos destruye, su terrible desamparo el que nos aniquila. Dentro de nosotros, en nuestro corazón. No es la nada, es la terquedad de querer esa nada la que nos diluye.

Gazmogno

Felicidad

Sólo busca la felicidad quien se siente insatisfecho.

Hiro postal

De Máscaras

Cada vez resulta más difícil portar la máscara. Se vuelve más pesada, menos manejable. Uno pensaría que es más sencillo quitársela; arrancársela de la cara y respirar por fin el aire puro; ver las cosas sin distancia; articular palabras sin dificultad. Pero no. Desde niños nos enseñan a usarla, a adornarla; a volverla cada vez más rígida, más estorbosa, más obsoleta, pero a cada momento más necesaria. Nos van metiendo el miedo de a poquito. “Si te la quitas te lastiman. Si la extravías puedes morir, lenta, dolorosamente.” Primero viene la asfixia, luego la pérdida de sentido y al final la muerte. Además es algo contagioso. Si no la llevas puesta te ven mal, te rehúyen. “No te acerques a quien no traiga su máscara bien puesta. Es gente mala.” Pero cada vez resulta más difícil portarla. Digan lo que digan estorba, pesa, duele… deforma. Y no sólo el rostro, también el alma. Se cuelga de ella como un parásito, como un tumor que crece cada vez más pútrido desgarrándola, desgajándola, hasta convertirla en un revoltijo de carne con madera. Pero por mucho que uno quiera no encuentra la forma de quitársela; de arrancársela aunque se vaya con ella el rostro mismo. Tal vez eso es lo que tanto tememos, que se nos vaya la cara y perdamos el rostro; que nos quedemos sin rasgo alguno, sin definiciones, sin fronteras. Tal vez en eso consiste vivir sin máscaras: en la absoluta libertad que otorga un rostro sin características, completamente vacío de formas, líneas y sombras. Un rostro como el rostro de dios ante la nada; como el rostro de un bebé antes de que nacieran sus padres. Pero, ¿cómo lograr arrancarse la máscara?

Gazmogno

Luz y sonido en la Basílica.

Calificamos de obscura a la edad en que todo lo iluminó la fe, sin percatamos de que nuestras luces dependen de un limitado artificio. Anoche muchos mexicanos acudieron al cerro del Tepeyac a entonar uno de los himnos más conocidos por todos, las mañanitas que cantaba el rey David, seguido del no tan conocido pero sí parodiado himno guadalupano; otros tantos se desvelaron para ver ese suceso desde la comodidad de sus sillones y sin sentir las inclemencias del frío y el cansancio que supone la caminata en una peregrinación.

Si los que fueron al cerro o los que se quedaron en casa televisando a los que fueron al cerro tienen fe o no, es algo que no sé. Lo que sí sé es que a alguna persona se le ocurrió que no bastaba con la presencia del ícono entorno al cual se cantaba, pues tal parece que ya es una imagen emblemática pero vieja y poco adecuada a la luminosidad de nuestros tiempos. Ante la falta de espectacularidad que supone la presencia de un milagro viejo, y nada espectacular, se volvió parte del festejo la proyección de luces y la emisión de sonidos estridentes que representaran a lo que ya representaba el no tan visible y pequeño ícono que se encuentra en el fondo del que puede ser considerado por los amantes de las cosas monstruosas y espectaculares como un pequeño e insignificante templo.

La presencia de algo que ilumine al milagro muestra sin duda que El milagro ha dejado de ser lo que es, pues ya no maravilla por sí mismo como para que ocurra el verdadero hecho milagroso, el cual no consiste en la aparición de una imagen, sino en el nacimiento de una fe que es independiente de iluminación alguna, tal como se supone que es la fe en la guadalupana.

 

Maigo.

 

El vacío

El monje extendió la mano para tocar el vacío. Su discípulo lo miró desconcertado y preguntó si lo que había tocado no era el tronco de un árbol. En ese momento una rama se quebró y cayó justo en la cabeza del discípulo. El maestro, riendo, respondió, “el árbol, en su infinita benevolencia, te acaba de abrir la cabeza para que puedas vaciarla”.

 

Gazmogno

Jornada a las Tierras donde Nace el Sol (4)

Escrutando hondo en aquella negrura permanecí largo rato atónito, temeroso, dudando. Ni un rayo de luz ni un mínimo destello percibíase entre la penumbra. Mirara a donde mirase no lograba divisar absolutamente nada. De manera instintiva comencé a parpadear con insistencia en un vano intento por esclarecer la visión para encontrar aunque fuera un pequeño punto sobre el cual descansar tanta ceguera, pero el resultado era el mismo: negrura por todos lados; incluso llegó un momento en el que ya no pude distinguir si tenía los ojos cerrados o abiertos.

Rendido ante aquella extraña ceguera intenté refugiarme en mi oído, con la esperanza de escuchar algo que pudiera servirme de apoyo en esta desolación, pero la nada se me metía tan profundamente que ni mi propia respiración percibía ya – si es que a esas alturas todavía respiraba, pues ni siquiera estaba seguro de poder sentir el palpitar de mi propio corazón – lo único que me llegaba era negrura y más negrura. Por un momento, incluso, intenté aferrarme a esta vaga conciencia de la negrura, pero en ese instante la vacuidad se me metió hasta en los pensamientos devorándolos uno a uno, licuándolos y ennegreciéndolos hasta que no hubo más que una especie de inconsciencia que sólo puedo describir como ese estado onírico en el que no se experimenta sueño alguno. Y así es como lo recuerdo ahora. El tiempo parecía transcurrir, aunque no era exactamente una sensación temporal, de la misma forma en la que tampoco estaba teniendo una sensación espacial cuando comencé a sentir un ligero estremecimiento.

En el vacío – desde el vacío – algo se estremecía. Al principio fue como una sensación difusa e irregular que poco a poco fue cobrando ritmo e intensidad. A este vago estremecimiento se le fue uniendo algo así como un sonido – y digo “algo así” porque la percepción que tuve en ese momento no parecía ser mía; no era oído el que escuchaba, o por lo menos no era esa la sensación que tuve. Era más bien como algo impersonal, como si algo escuchara por mí.

Lenta, rítmica y gradualmente fue definiéndose lo que parecía ser el sonido de un gong. Cada vez resonaba con más fuerza, más metálico, más cerca de donde yo estaba fuera lo que fuera que fuese. Y la estridencia comenzó a ser tal que resultaba insoportable, como si todo a mi alrededor se cimbrara al unísono, como si mi propio ser vibrara con cada estallido, con cada espasmo, siendo yo mismo ese sonido; como si mi sustancia fuera la del agua de un estanque que se estremece todo cuando alguien arroja una piedra, sólo que en este caso no había piedra que cayera dentro del estanque, pues no había siquiera un adentro ni un afuera, tan sólo una sensación líquida e intermitente de estremecimiento.

Como dije, al principio resultaba insoportable y terriblemente perturbador, pues era como si con cada latido todo mi ser se disolviera y estallara en mil pedazos que al instante volvían a formarse sólo para ser liquidados de nuevo. O más bien, como si mi ser cobrara realidad sólo en ese estallido, disolviéndose en el ínterin en el vacío.

Pero lo insoportable se volvió soportable y más que eso, agradable, pues había algo así como una especie de dicha con cada estallido, con el hecho de formar parte – de ser parte- de un ritmo que me sobrepasaba, de un latido que parecía provenir de los confines mismos del cosmos y que me había sacado del vacío en el que estaba para encausarme en una especie de vibración universal. La dicha creció todavía más cuando descubrí que cada latido iba acompañado de un resplandor, primero difuso y lejano, que cobraba cada vez más fuerza y luminosidad, cada vez más intensidad, como si alguien que ha perdido la vista fuera recuperándola gradualmente con cada parpadeo. Y así andaba yo en la nada, parpadeando y viviendo en el latido cósmico del universo, con un regocijo infinito hasta que la vi… y todo se detuvo.

Gazmogno