¿Cómo han pasado los años?

¿Qué es la edad? La pregunta tiene la cualidad de nunca ofrecer una respuesta satisfactoria, mucho menos una que pueda compartirse. Eso nos hace sospechar que se trata de una pregunta importante. La hacemos una vez, luego otra, creemos poder saber lo suficiente para responderla, pues el incremento de años en nosotros (de edad, se dice constantemente) nos vuelve más propensos a la arrogancia de creer que sabemos tanto de la vida que tenemos respuestas como monedas, pero aumentan los años y aumentan las dudas. Un corazón joven ha pasado la medición de cincuenta años como se cierra la juventud en otro a los cinco. Ambos bombean sangre; ambos viven. Pero es obvio que algo los distancia, que algo visiblemente los distingue.

Como toda medición, la edad no está exenta de nuestra arrogancia de querer controlarla. Creemos que se tiene poca edad por hacer lo que el común de los jóvenes hace. Es joven quien sale a tantas fiestas como la cantidad de enfermedades con las que carga. Se cree que no se carga con mucha edad porque se parece de pocos años. Las cremas, tratamientos, maquillajes, tintes, suplementos alimenticios, hilos, inyecciones y cirugías pláticas controlan nuestra edad como propician nuestro ahorro. Las estratagemas rejuvenecedoras a veces funcionan, pero sólo en apariencia. El alma no puede rejuvenecer. Hay cualidades que no podemos controlar. Por eso resulta tan extraño el adulto-joven (en México usamos el oxímoron chavorruco para referirnos a ellos) entre los que tienen el alma joven.

Si bien es difícil saber qué es el alma y qué el cuerpo, pues nunca sabemos dónde empieza una y dónde termina el otro, o cuál función claramente es de uno y cuál de otra, una cirugía plástica no quita años más que a las fotos. La persona de cuarenta años no va a tomar una decisión como la que tomaba a los treinta porque una cirugía o cualquier otro tratamiento le hayan ayudado a verse como si tuviera esa edad. Esa alma ha tomado decisiones que la han cambiado, pese a que pueda no aparentarlo o manifestarlo en su cuerpo.

El misterio de la relación del alma y el cuerpo podría pensarse preguntando ¿qué es la edad? Pero eso, por más que suene a tema temido por su extrema complejidad, no lo vuelve absolutamente incomprensible. Porque esa pregunta no tiene que ver con el febril afán de rejuvenecer. Sino con entender qué clase de vida se ha llevado; qué circunstancias son decisivas para comprendernos; cómo nos conocemos a nosotros mismos a partir de lo que hemos querido hacer. Aquí ya contradije algo que dije previamente, pues hasta el chavorruco podría ser joven si se autoconoce lo suficiente como para saber que es bueno para él ser chavorruco (aunque esto podría sonar contradictorio). ¿Habrá quien ame ser chavorruco? Tal vez la edad se relaciona con lo que amamos hacer; lo que amamos hacer, lo que sabemos que es bueno hacer, no es una cuestión de vanidad. El amor, finalmente, es uno de los misterios que principalmente se manifiestan en la misteriosa relación entre el cuerpo y el alma. El amor nos ayuda a entender lo que somos.

Yaddir

Vanas actividades

No todas las actividades son útiles ni todo el conocimiento es bueno. Un video imitando distintas facetas de las canciones de Britney Spears casi sirve como distracción. Se imita vanamente. Tal vez el comienzo de esto podría encontrarse en el cine como negocio. Seguro que alguien pensó: ¿para qué mostrar el desenvolvimiento de actores en situaciones complejas, donde se añada algo a lo cotidiano, si la audiencia quiere distraerse de eso en estos momentos aciagos? Hay que mostrarles situaciones fáciles donde los aparentemente buenos (ellos se asumirán como tales, pues nadie pensará que está en el bando contrario) siempre ganen. Pero aplicarse ingeniosamente en actividades más fáciles de olvidar que de recordar no es exclusivo del entretenimiento progresivamente segmentado. Existen miles de páginas de experimentos con palabras cuyo mérito consiste precisamente en hacernos ver que el tiempo y la manera de desperdiciarlo son infinitos. Aunque los asuntos importantes, validados porque fueron la actividad principal de las personas más insignes, podrían tener un uso absurdo. Si leyera a todos los escritores literarios de mi tiempo sólo para reconocer quién fue influido por quién, y encima me vanagloriara de ello por suponer que no desperdicio mi tiempo como mis amigos tiktokeros, realizaría una actividad que quizá nadie más se atrevería a hacer, pero desperdiciaría mi vida para no enseñar nada.

Las vanas ingeniosidades en ingenios nada vanos pueden tener un buen fin. Supongo que un profundo observador podría encontrar en un video de TikTok rasgos que pudieran ayudarle a desarrollar un perfil psicológico. El negocio del cine ha podido mostrar temas y asuntos complejos a un amplio público, así como ha vuelto públicas algunas injusticias. Sin contar que visitar una sala de cine ha servido de pretexto para empezar una bonita relación amorosa. Los experimentos de los literatos sirven para conocer ligeramente las posibilidades del lenguaje la existencia de la literatura en cada rincón de los signos reglas ortográficos  o en la ausencia de estos y los distintos ámbitos de la experiencia que logran manifestarse. Montaigne dice que los sabios manejan los problemas humanos de la misma manera que los necios, éstos porque no se percatan de ellos, y aquéllos porque están por encima de dichas complicaciones. Parecería que es como decir que la ignorancia da felicidad. Justamente no es eso. Y Montaigne lo sugiere inteligentemente. Pues podríamos quedarnos con el atractivo de la idea: ¿para qué conocer, si es tan feliz un tonto como un sabio? O dicho en tono más sombrío y popular: es tan feliz quien nunca ha pensado más allá de lo que va a comer pronto que quien se devana los sesos por obtener la felicidad. Pero el pensador francés sabe que el sabio está más cerca de la felicidad porque sabe qué lo hace feliz. Hasta buscar las influencias de los escritores es una actividad que podría proveer la felicidad. No he conocido lector tan llano que no disfrute de una buena historia aunque esté buscando lo menos importante para sí mismo.  

Yaddir

Reflejar

Reflejar

Había pensado que un espejo tenía apenas el elogio del estupefaciente: uno sólo se mira frente a él, haciendo como que comprende el misterioso rumor de aquello que cambia pero no asombra. Recordaba a veces la observación del día anterior, pero rápidamente se encontraba con la satisfacción de ser él quien determinaba qué habría de mirar. ¿Por qué reflejaba el espejo? Apuntaba en su memoria cosas sobre los vericuetos de la luz, sobre la imposibilidad de que fueran únicamente las sombras del cerebro lo que veía con el sabor del sueño entre los labios, con los ojos escamados todavía por el abismo ya añejo del que provenía todas las mañanas. ¿No bastaba la certeza cotidiana de sí mismo, esa de la que huía el sabio cartesiano para encontrar la fuente del yo solitario en el indubitable cavilar, origen de toda imagen posible del mundo? ¿Por qué es reflexionar un camino al saber? “Si uno se cree tan simple, puede quedarse en la certeza de que el espejo sólo sirve para ver lo que uno quiere”, llegó a decirse.

Seguro de que no podía manipularse, como no podía manipular en serio la imagen del espejo, creyó en la fidelidad de esa imagen que lo reflejaba. Sabía que algún día se vería encaneciendo. ¿Qué revelaban sus anteriores cavilaciones? La lengua del espejo podía ser la vanidad milenaria, pero eso sólo sucede cuando lo que se refleja se maneja como en los teatros populares que desafiaba don Quijote. El espejo parecía estar ahí para soportar: parecía únicamente un dispositivo que reproducía sin capricho alguno una misma escena: él (“yo”, decía cada mañana). ¿No estaba confiando demasiado en la idiotez de lo cotidiano, en la seguridad de que esa imagen que el espejo regresaba a ojos del contemplador era la misma de otros tiempos? Ahora volvía a su pasado, como quien intenta hablar con los muertos. “Si crees que conocerte conlleva la seguridad de leer el tiempo en una clave adivinada en tus mocedades, latente en un fluir continuo, sin menoscabo de la falsa pureza de una misma sangre, no tienes idea ni de ti ni de mí”, dijo el espejo.

Cerró los ojos pensando en que la imagen real de la oscuridad de su cabeza habría de deshacer el terror de haber escuchado al espejo. Creyó, no con ingenuidad, sino con frialdad, que podría arroparse en su propia vanidad. Fabuló el tiempo, la estación; fabuló su propio terror, que lo convirtió de pronto en cerdo. ¿Descubrió que el mito no era sólo un arcaísmo? Sólo descubrió el sabor amargo del desperdicio, en un macabro proceso de reflexión (en su sentido etimológico) obligada, al probarse las llagas abiertas por la pesadumbre voraz. Descubierto, desnudo en su aturdimiento, buscó aprovechar la separación entre el cielo y la tierra para inventar su propio origen, pero la nobleza de la palabra le regresó un gentil latigazo: “no es el sacrificio lo que exigen las ideas, el hombre más sabio que ha habido eligió la muerte cuando era lo mejor por elegir”. Buscando la voz, miró frente al espejo (el de su habitación) su propia sonrisa inútil estirada a lo largo de una mueca fatua que demostraba su profunda estupidez.

 

Tacitus

Vanidad moral

Entre muchas de las distinciones que hace Dostoievski, hay una que me parece muy importante para el momento actual, ésta es la del cinismo superficial y el cinismo verdadero, interno, depravado. La cuestión la pone en juego el autor de Los hermanos Karamazov cuando habla de las costumbres pueriles de los colegiales de diez y once años, quienes para divertirse azotan al pobre de Aliosha con palabras sobre el asunto de las mujeres, palabras que ni los soldados pronuncian ni saben de qué se trata. La reflexión, como en muchos otros casos, me vino después de cuatro o cinco veces de haber leído el libro completo, pero he de advertir que sólo como una tenue luz.

Pensé que existe un mal verdadero y otro que es falso. Pero como el propio ruso nos advierte, hay una falsedad que usamos para divertirnos, como las comedias, por ejemplo. En cambio, llamaría cinismo exterior al que busca un reconocimiento como sólo lo hacen los adolescentes. Pavonearse de experiencia sexual o de gandul, parece que sólo tiene el propósito de construir un mito en torno nuestro, pues de qué otro modo se entienden los adolescentes si no es como rebeldes ante el mundo. En todo caso, ninguno de estos dos males hace daño, pues muy en el fondo se sabe que es mentira. Anima a ciertas cosas, pero su influencia es limitada. El problema es, obviamente, cuando el cinismo está ya arraigado en el ser, hacer, pensar y sentir de las personas. Es decir, cuando el cinismo pasa de ser un asunto de bravuconada juvenil, a un desarraigamiento de toda posible cordialidad (como en Fiodor), de una posible esperanza en el bien (como Iván) o posible remordimiento (como Smerdiakov). El cinismo pueril como el de Krasotkin puede llegar hasta la intolerable falsedad de Smerdiakov, el suicidio.

Pensé también que hay un bien verdadero y otro superficial. Éste último me parece que comparte los mismos fines que el cinismo pueril. Ambos buscan la aceptación de los más, a parte de que sólo son aceptados por las personas que se dejan impresionar fácilmente como la señora Jojlakova quien dice que no puede amar al prójimo “si es que a cambio no recibe -ella misma- el amor que da”, pues le gusta sentirse deseada por el amor que expresaría a los leprosos. Lo tenue de su cinismo nos lleva a reír y pensar que nos parecemos un poco a ella. Apoyamos una causa no tanto por haberla pensado y repensado, sino sólo para recibir elogios y flores por nuestra disposición altruista de quines consideramos dignos. Esto último no nos empuja a ser cínicos y decir: ¿Qué más da?, sino a repensar aquello que creemos y por qué accedemos a apoyar o denigrar algún asunto ya sea de fe, político, científico o artístico.

Todo esto lo pensé porque me sorprendí una ligera risa ante el asunto de las faldas escolares. Me dije, me río, pero apoyo la causa, sólo fue la sorpresa del momento, sin embargo, considero que hombre no deja de ser quien es mutilado de alguna extremidad, tanto como el que ha nacido débil en alguna cuestión mental, ni mucho menos quien quiera vestirse con faldas siendo varón. Su dignidad reside en algo distinto, aunque aún no pueda decir bien en qué, quizá en la posibilidad de amar y ser amado. Quizá en la libertad que gozan los hombres que se encuentran sin vanidad ni temores al rechazo y pueden hablar entre ellos como iguales, como amigos.

Javel

El artificio de la autoestima

El artificio de la autoestima

 

Siete cuentos morales es una obra maestra. El tercero de sus capítulos se intitula “Vanidad” y puede ser un reflejo en que se reconozca la vanidad lectora. John Maxwell Coetzee construye en “Vanidad” un apacible espejo de agua en que pueden reconocerse distintos rostros. La piedra que rebota, la amenaza de tormenta y la sequía son los horizontes de la imagen, los modos en que la autoestima moderna se reconocerá vanidosa.

         La historia narrada en el tercer capítulo es sencilla: una familia se reúne en torno a la madre para celebrar su cumpleaños 65. Al ser recibidos, los hijos, los nietos y la nuera se encuentran con que, por primera vez, la madre se ha arreglado el peinado, teñido el cabello y maquillado el rostro. Los niños no pueden fingir el desconcierto; los adultos intentan varias formas de fingimiento. El lector no sabe cómo termina la celebración, pero el autor nos deja con al menos tres posibilidades de pensar más allá del cuento (¿o tres posibilidades de fingimiento?).

         La segunda mitad de la historia se centra en la diferencia entre el hijo y la nuera sobre la nueva actitud de la madre. Él, acostumbrado a lo estrafalario de su madre, se extraña por el cambio y se apega a fingir la normalidad de no notarlo. Ella, que no suele considerar tolerables las ocurrencias de la suegra, sentencia segura la catástrofe que seguirá al cambio. La suegra ha modificado su aspecto porque quisiera ser vista con deseo nuevamente. Ante la vejez, cabe amarse a sí mismo, cuidarse y arreglarse para ser amado por otro. La autoestima es el refugio de quien queriendo amar cosecha soledad. Es claro, piensa la nuera, que la mujer mayor resultará lastimada; es clara la amenaza de tormenta. Sin la suposición de la autoestima, todos coincidiríamos con el veredicto de la nuera. La autoestima es el modo en que nos ocultamos la superficialidad de nuestro erotismo. El moderno que no sabe amar ha de quererse mucho para no desesperar. La autoestima parece una confianza impermeable.

         La nuera, sin embargo, perturba la tranquilidad de la autoestima. La nuera es una piedra que rebota. ¿Quién es? Es una académica profesional, lectora de libros de filosofía, se llama Norma y es la nuera de la novelista Elizabeth Costello. No es accidental que Coetzee nos muestre la falsedad de la autoestima por medio de las palabras de un personaje que se define a sí mismo como intelectual. De hecho, considerando intelectualmente la autoestima, Norma tiene razón y la Costello ignora por insensata la proximidad de la tormenta. Mas la autoestima no se encuentra únicamente en la suegra: la intelectual cree conocer perfectamente el problema de Costello, se cree capaz de definirla y caracterizarla, cree que puede denunciar la autoestima ajena y que la propia pase desapercibida. ¿No es eso lo que también le pasa al lector de Coetzee que entiende el juicio de Norma y cree entender la superficialidad del erotismo moderno? Norma compara a Elizabeth con un personaje de Chejov. El lector culto es capaz de terminar la historia, que el autor deja deliberadamente incompleta, siguiendo la indicación chejoviana. Cierto, los personajes de Chejov suelen comportarse como Norma juzga el comportamiento de su suegra. Cierto, el lector de La dama del perrito podría tener en la mano la cartografía de Elizabeth Costello. Pero también es cierto que la suegra sabe que su nuera no la entiende, que no puede entenderla. Entre la académica y la novelista, aprendimos en la sección central de Elizabeth Costello, hay una diferencia importante sobre el pensamiento de René Descartes. Cartesiamente, Norma y Elizabeth son incomunicables. Asumir al otro como un personaje definido es posible por la autoestima intelectual de quien supone que nunca nos conocemos. El cartesianismo hace de eros un impulso y de la mímesis pasividad. La autoestima arroja al lago una piedra para medir las ondulaciones del mundo. Los otros, inaccesibles e incomprensibles, son caracterizaciones del propio impulso. La autoestima es el principio de la identidad.

         No por nada el problema de la identidad torna evidente en el tercer capítulo de Siete cuentos morales, pues es el primero donde aparece claramente Elizabeth Costello; aparición que en “Vanidad” queda innombrada y que será permanente el resto del libro. ¿Quién es Elizabeth Costello? ¿Por qué aparece? ¿Qué busca la estrafalaria novelista australiana? Enigma hasta el baconiano final de Elizabeth Costello; pregunta irresuelta en Hombre lento; titilar de una personalidad poderosa en Siete cuentos morales. El lector, desconcertado, podría simplemente admitir que conoce y reconoce a Costello, o bien que la novelista es claramente un misterio; cualquiera de ambas disposiciones nos abandona a la sequía. La suspensión del juicio sobre Elizabeth Costello también nos desampara. Definir o dejar indefinido al personaje coetzeano será producto de nuestra autoestima: nos asumimos lectores que ya saben lo que sabe Coetzee. La vanidad del lector, su autoestima, le impide reconocer la sabiduría del autor. El buen lector ha de evitar el fingimiento ante la extrañeza por la nueva imagen de Costello. La sabiduría del autor nos hace deseable la mirada a la novelista. Si John Maxwell Coetzee es sabio, el lector encontrará en “Vanidad” la oportunidad de cuestionarse sus expectativas sobre el amor. “Vanidad” nos cuestiona sobre quién, cuándo y cómo amar; sobre cómo podríamos aspirar a ser amados; sobre la caracterización del resignado a la soledad. La siempre incómoda Elizabeth Costello irrumpe para enfrentarnos al amor y a la soledad. Coetzee logra exhibir a la autoestima como el ensalmo por el que ya no nos perturban ni la soledad ni el amor. Quizá la autoestima sea el espejo de nuestra vanidad.

Námaste Heptákis

 

Coletilla. Son tres las referencias a Descartes en la obra de Chejov, dos en narrativa, una en drama. Curioso lector, ¿aceptarías el reto de identificarlas?

El cristal en el río

El cristal en el río

Nunca he sabido a ciencia cierta cómo me miran otros; creo que sólo he poseído sospechas cuando la compasión se hace evidente, cuando la preocupación se mezcla con la impertinencia y cuando la distancia es impuesta intencionalmente, pero eso sólo me ayuda poco. El arte de opinar sobre lo cercano requiere pericia de los afectos, que casi siempre nos nublan, llevándonos al ridículo o al entusiasmo vano. Rara es la moderación genuina, y apreciarla es quizá imposible sin abandonar la egolatría imperante. Pero esta imposibilidad de conocer mi imagen me hace ver también que yo mismo no siempre soy “lo mismo” para mi propia vista. El cuerpo se vuelve un pretexto ante el espejo para estar cierto de mí. La tristeza y la alegría me recuerdan lo susceptible que es mi materia de ser manipulada por motivos desconocidos, pero también me muestran que nada de mi cuerpo responde en sí mismo por la emoción tal como se articula en mí. De nada sirve caer en la pantomima del reflejo si no vemos que el espejo sería inservible si la imagen no fuera una actividad ajena a los cuerpos en general. El rostro es lo más distintivo, pero también lo más complejo: expresa, mira y es mirado, reconoce inmediatamente, acostumbrado a la sorpresa del fenómeno, como si estuviera por siempre tentado a creer en las superficies, aunque sepa que algún fondo lo sostiene en cada reconocimiento.

Todo pareciera apuntar a que es relativamente sencillo distinguir entre la imagen proyectada y lo que somos. Pero una reflexión más detenida nos deshace la ilusión. Estamos fascinados con la aparente distinción entre lo que se es por fuera y por dentro que no notamos la verdad profunda de aquel verso inmejorable de Eliot, que pudiera aplicarse en más de un contexto: we are the hollow men. Tan atiborrados de entusiasmo ante el impacto visual, tan emocionados ante el espejismo de lo distinto y tan convencidos de que nosotros escogemos lo que proyectamos, que no notamos el vacío tremendo que reflejamos. Nadie puede quejarse de la voracidad tediosa de la publicidad en su vida si decide gastarse en la inerme comunicatividad de la conversación simulada o en esculpir su perfil cibernético con el pretexto de la vinculación. ¿En qué consiste ver nuestro interior? ¿A qué nos referimos estrictamente con esa palabra, con la que no atinamos a la interpretación adecuada de nuestros intereses, a pesar de decir que ahí reside la relevancia completa de la personalidad?

El reflejo está ligado misteriosa y abiertamente con la memoria. Curiosamente, nuestra obsesión por retratarnos instantáneamente parece exigir un descuido de la exigencia por recobrar el pasado con la atención. Lo sabroso del recuerdo es el sabor que deja al ser recobrado de la manera adecuada. Parece que el retrato conmueve la facultad dormida, lo cual logra sólo para los momentos de pudimos grabar. La diferencia entre el recuerdo y el afán por el pasado tiene que ver con la actividad involucrada en cada caso. Posamos para el millar de imágenes queriendo destacar nuestro aplomo y particularidad emotiva, y en la ráfaga se nos va el desinterés por recordar. No habremos de capturar nuestra imagen artificialmente por más tiempo que invirtamos. Los pintores muestran su estilo en el retrato ajeno. La mayor parte de apreciaciones que hacemos de los demás, al parecer, tienen la extraña peculiaridad de ser lo menos hirientes con nosotros mismos. Curioso que ese procedimiento sea general: la vara del subjetivismo tiene un carácter extrañamente universal. ¿Qué imagen perfilamos constantemente? Lo que hacemos ver depende de la relación, en la que se abre el campo del reconocimiento, escondido pero explotado por todos. La ansiedad voraz por la memoria postiza intenta prolongar las alegrías que tenemos que mantener con la sonrisa mientras dura la foto; lo interesante es observar cómo ese afán por mantener el momento –ansia nada nueva en su naturaleza-, ese esfuerzo por la imagen propia requiere que la imagen de otros sea captada con los filtros comunes. La poca memoria no sobrevive sin la presunción, a pesar del talento proteico de esa pasión.

 

Tacitus

Buena enseñanza

A la memoria de Francisco García Olvera

El maestro educa con su ejemplo. El aprendizaje se propicia en cuanto comenzamos a percibir lo bueno de quien quiere que entendamos. Entre ideas pesadas propiciadas por un mundo pesado, ajenas a la luz y a la bondad, la claridad de la excelencia sorprende, cobrando sentido a cada explicación. Podemos sonreír con sinceridad. No es difícil ver la maestría en acción, lo difícil es notar cómo eso influye en quien quiere ver. Aprender cómo esa experiencia va influyendo en lo que hacemos y pensamos es alejarse de la monstruosidad de ser un alumno, es aprender y no simplemente succionar un poco de lo bueno. Aprender que es posible la bondad es la mejor enseñanza.

¿Qué quiere enseñarnos un maestro al que no le gustan los homenajes? Lo más evidente es que no quiere hacer una secta (importante distinción que tiene ante el profesor). Dejar de ser homenajeado por mera supervivencia en la vida académica sería sumamente raro, pues la importancia de la academia se mide con la sonoridad de los aplausos, de los homenajes chiquitos. Esto, suponiendo que el homenaje sea mero aplauso entre el disentimiento más cordial e irracional. Dos horas, o tal vez una jornada de varias mesas que sumen 10 horas, podrían condensar toda una vida de enseñanza o quizá las aproximadamente 60 horas que dura una clase. A lo anterior se le podría sumar el tiempo en el que comenzamos a ver que lo enseñado en clase tiene una relación directa con la realidad, que lo aprendido no se queda en una libreta, sino que va formando nuestro ser. La planta en pleno florecimiento se puede observar durante un breve momento, pero el tiempo que tardó para llegar a dicha plenitud desde que era una pequeña e indefensa semilla no se aprecia con un vistazo. ¿Cuántas personas que participan en un homenaje alcanzan a ver el cambio en la permanencia del florecimiento?, ¿decir que casi nadie sería exagerado o apenas justo? El maestro sabe que un homenaje es injusto, por eso no participa de dicha fiesta.

Pero la simplificación del homenaje no resulta suficiente motivo para desdeñarlo, pues el maestro sabe que hasta en sus clases, los alumnos y estudiantes tienden a simplificarlo. El principal problema al que el alumno que quiere ver lo bueno se enfrenta es a la vanidad. Al engaño que la vanidad le puede causar. El maestro sabe que el vanidoso no quiere ver, quiere estipular. No entiende la racionalidad de la palabra, sino el capricho de su arrogancia. La vanidad comenzará a enseñarle que el modo de actuar no tiene relación con el modo de pensar. El vanidoso ya no verá la enseñanza del ejemplo. El vanidoso no tiene maestros. Para propiciar lo bueno, se debe alejarse de lo malo, se debe ejemplificar que la vanidad es inútil.

Yaddir