Olímpiele

Los dioses del Olimpo detestan a los mejicanos. Ya está, ya lo dije sin pelos en la lengua. No es muy difícil aceptarlo si nos separamos un poco de la televisión o del radio cuyo trabajo es mantener encendida esta agonizante y penosa llamita de la esperanza. Obvio, es su trabajo mantener a los mejicanos espectantes de una victoria olímpica desde su sillón comiendo palomitas. Lo que me lleva a abordar la parte del relleno de esta semana, porque lo que efectivamente quiero decir en esta entrada se dice en una línea y viene al final. ¿Qué clase de escritor sería si no doy hartas vueltas de preámbulo para entretenerlos y después decir lo que he venido a decir? En fin. Leía en la semana (no recuerdo dónde) bien indignados a unos deportistas (o espectadores) decir que la televisión, bueno los comentaristas que viven bien apretados entre esas dos paredes de la pantalla plana como duendes bidimensionales, estaban cubriendo los juegos olímpicos como un entretenimiento y no como un evento deportivo. (Espacio reservado para que usted, querido lector, añada su risa a la mía y soltemos la carcajada juntos).

Lamentablemente, esta impía declaración trajo a mí una epifanía. ¿Qué coño le veían los dioses olímpicos a los juegos? No me imagino a Zeus o a Apolo sentados en sus sillones de nube comiendo palomitas y entreteniéndose viendo a una bola de bípedos desplumados de uña plana correr uno atrás del otro o en carriles paralelos hacia una meta. No pienso, y juro que nunca lo hice; que los dioses se entretenían en las olimpiadas. Ya a estas alturas del partido, vengo a pensar que los juegos olímpicos en un inicio no era otra cosa que una piadosa ofrenda para que los dioses se regocijaran con la eccelencia y la belleza que ésta trae como torta bajo el brazo. Fin, ya lo dije. Ahora, ¿cómo se vino a corromper esta noble actividad en un terriblemente impío y absurdo quehacer de ver quién es más rápido que otro? No lo sé, seguro la culpa la tienen los precolombinos. ¿Cómo demonios un quehacer cuyo objetivo se vino a trasmutar y a convertir en una ecspresión innegable de la corrupción que tienen nuestras instituciones gubernamentales y su falta de interés para apoyar a nuestros acletas mejicanos? Eso tampoco lo sé, pero me queda claro ya que todos hablan de eso, que el desempeño de nuestros héroes nacionales, de aquellos que tienen la misión de demostrar que todo es posible y que el mejicano la tiene más larga que cualquiera, se ve truncada gracias a la tiranía y maldad de nuestras instituciones, o de los jueces del evento o de el público que les deslumbra con espejitos desde las tribunas, como si nuestros representantes fueran, efectivamente, descendientes de la Gran Tenochtitlán.

No voy a hablar de esta infamia institucional y de cómo el Leviatán (también) institucional está ahí para robarse el dinero y destrozar nuestros sueños (tampoco CONACULTA ayuda mucho y tenemos en Méjico, muy buenas letras que no ganan medallas, pero arrancan suspiros y despiertan consciencias). Vengo, hoy, amigos míos, a hablarles solo de una loca, descabellada y absurda idea que a nadie, nadie, nadie, nadie, en tooodo Méjico se le hubo ocurrido jamás (antes que a mí), no es muy complicada, como se los adelantaba al principio de esta entrada, se resume en una sentencia. Se me ocurrió, al ver que mis compatriotas no ganaban una medalla, que el problema no estaba en las instituciones, ni en el dinero, ni en el apoyo de la CONADE ni en si Peña Nieto puso al frente de ésta a su compadre para que se robe los millones, se los repartan y se los froten en sus pezones; tampoco estaba en que los dioses olímpicos nos despreciaran por ser americanos y cristianos, ni tampoco en que los acletas mejicanos no estén bien comidos o que los jueces fueran todos de esa gran mayoría opresora llamada no-mejicanos de la cuál está conformada el resto del mundo. Llámenme loco, llámenme tonto, pero creo que si los acletas mejicanos no ganan medallas, es simple y sencillamente por imbéciles, débiles, impotentes, mensos, inferiores, incapaces, llámenles como quieran. Simple y sencillamente son peores que los demás competidores. Ya está, no hay más que decir, pierden por malos, chafas, lelos, incompetentes. Pareciera que a veces se les olvida que competir en el Olimpo no es lo mismo que competir en el Tajín.

Endulzar el gargajo

Y tú no te perfumes con palabras para consolarme — Joaquín Sabina

Pido disculpas de ante mano, queridos lectores, por el montonal de malas palabras que se encontrarán a continuación, que aunque se encuentran justificadas por el tema, no deja de causarme escozor escribirlas desnuditas de todo adorno. La disertación presente comenzó hace varios años, unos diez o doce, y fue provocada por una amiga mía a la que yo le tenía especial aprecio y le reconocía su vasta cultura y educación (o al menos su buena disposición para con las cosas intelectuales porque iba todos los sábados al tianguis del Chopo conmigo). Sucedió aquella vez que estando yo en Facebook jugando alguna mamada como Farmville, mi amiga escribió una entrada que decía algo así:

“Qué desagradables son las personas que sin mayor problema les da por escupir en la calle, luego uno pasa y el gargajo lo mira desde el suelo con una carita de inocencia agitando la mano como diciendo: ¡hola!”

No pretendo condenar a los practicantes de tan ancestral tradición china en la ciudad de México, en lo personal no suelo escupir en público, pero no lo tengo por mal visto, siempre y cuando sea en la calle y no dentro de una casa como hacían ciertos gitanos que conocí una vez en un salón de póquer. La entrada de mi amiga llamó mucho mi atención, no por su encomiable pudor y consciencia cívica, sino por su modo de contar la anécdota: describía (como todos podemos ver) una situación grotesca, pero le añadía un toque caricaturesco y hasta cierto punto gracioso. ¿Por qué chingados? Preguntarme eso fue mi primera reacción cuando lo leí. ¿Qué no estaba tratando de que nosotros compartiéramos ese repudio por los bárbaros que escupen en la calle? ¿Qué no era evidente que caricaturizar el acto ayudaba a simpatizar con éste y por lo tanto justificarlo un poco? Al menos a mí me parece que sí. No podía comprender cómo alguien a quien le gustaba la música punk (y que años después teñiría su cabeza de rosa y la raparía porque la anarquía es lo más chingón del mundo) y era bien intelectual, tuviera esta contradicción en una entrada de Facebook llena de protesta contra la sociedad y su mala educación. En fin, con el paso del tiempo comencé a darme cuenta de que no era un caso aislado, incluso bauticé a esta tendencia con la expresión “endulzar el gargajo”.

No hay mucho que buscar en el subconsciente, ni hay que hacer grandes estudios del lenguaje y la moralidad, lo que hizo mi amiga no tiene otro nombre que pudor. Es una práctica común que todo el mundo realiza, es tan común que no nos damos cuenta de que la realizamos con frecuencia, pero está allí. Gracias a él, el mejicano (que si algo lo caracteriza no es lo ingenioso, sino lo mocho) tiene una gama extraordinaria de palabras sin sentido. Llama “pompis” a las nalgas, “popó” a la mierda, “doctor” al médico, “choninos” a los calzones, “gallo” al gargajo, “pollito” al pene y “ciencia” a la psicología; dice “Güero” en vez de decir güey (no importa lo que digan esos imbéciles fresas de la red cola en sus anuncios, no le decimos güero al que no está güero por el puro antojo), dice no “manches” en vez de no mames, está “cañón” en vez de está “cabrón”, si usted, querido lector es mejicano, tendrá un repertorio de vestiditos para las palabras tan amplio como el mío (si no es que más). Todas ellas solo muestran pudor y vergüenza a la hora de hablar, a la hora de usar palabras que dan mala imagen al hablante o que tenemos por mal vistas. Normalmente las ocultamos y mostramos una más agradable (para no incomodar), a los mejicanos nos gusta endulzar el gargajo porque somos agachones. Cuando me di cuenta de esto me volví malhablado y comencé a decirle pan al pan y vino al vino (lo más que puedo); sin embargo, yo aprendí a disfrazar mis palabras, mis groserías desde niño por temor a mis padres. Tiempo después me di cuenta que ellos mismos me enseñaron usando términos como popó y pipí cada rato que a uno le daba la gana.

¿Por qué vengo hoy a hablarles de mierda y de gargajos, de prostitutas y de lefa? Bueno, resulta que estando esta mañana en el trabajo, me encontré con un artículo desos que me gusta leer, desos que les gusta divulgar los estudios que hacen en las universidades del chiste y que demuestran todo lo que la imaginación no puede. En él, se trataba un tema interesante: la moral está íntimamente ligada al lenguaje. ¡Ah, no mames verga, güey! Dije y comencé a leer. Encontré cosas interesantes: comienza con un cuento muy corto (como los de tuiter) en el que se narra que un güey le da por comerse a su perro después de que lo atropellan. Según los estudios de doctores (doctores de verdad) de cierta universidad europea cuyo nombre no recuerdo, se le había presentado ese cuento a un montón de gente que hablaba alemán, a un montón de gente que hablaba francés y a una minoría que hablaba italiano. Luego al mismo grupo de gente se le presentaba otro caso donde se exhibía una pareja de hermanos incestuosos (no lo platicaré porque lo encuentro singularmente repulsivo y bárbaro en cualquier idioma) y para finalizar se les presentó el famosito dilema de si hay que aventar a un hombre a la muerte desde un tren andando para salvar a otros cinco pasajeros que viajan en el mismo. Según los estudios que señala el artículo al que me refiero, los individuos del experimento tuvieron una mayor aceptación de los problemas antes señalados cuando se les presentaba en otro idioma (sí, si esto les parece pendejo, esperen a leer lo que viene) según la explicación presentada en el artículo (y que por supuesto debe ser muchísimo más compleja en la tesis de aquellos doctores europeos) es que el idioma natal de las personas tiene un vínculo más fuerte con los sentimientos del individuo porque el subconsciente lo filtra (no me pregunten cómo, yo no creo en el subconsciente) mágicamente como hace con todo lo que percibimos y pensamos, para hacer sentir a la persona que está haciendo algo malo. Sin embargo, cuando se presentaban en una segunda y tercera lengua, ésta no dejaba actuar al subconsciente, por lo tanto lo único que actuaba allí era la razón y la lógica (que se sugiere en el texto sea la que rija nuestras vidas), es por esto que los conejillos de indias humanos, aceptaban el incesto como un acto de “libertad entre dos seres humanos, adultos y responsables”, y por lo que un 33% de chinos elegían tirar al pasajero del tren cuando se les presentaba el problema en inglés, contrastando con un veintialgo por ciento que lo había elegido al enfrentarse con el mismo problema en su idioma natal. Se sugiere, para finalizar, que la moral está en el lenguaje (de un modo impío) y que hay cierto modo de lograr una educación sentimental (y por lo tanto un modo de crear hombres moralmente superiores, y si no, con juicios morales más acertados) teniendo humanos políglotas.

What the fuck!? Es una expresión que se usa cada vez más en nuestros días, y la verdad es que me cuesta trabajo distinguir si es por moda o por pudor. Lo que sí sé es que en cuanto aprendí algunas malas palabras en inglés, no paraba de decirlas, rodeando así, la incansable vigilancia de mis padres. Por supuesto mis padres sabían que estaba diciendo una mala palabra (en inglés), pero les gustaba tanto que yo hablara otro idioma que no me reprendían. Como les comentaba unos párrafos más arriba, creo que tenemos la tendencia de ocultar con las palabras (y creo que esto es universal, sin importar si eres mejicano o belga  — esto se demuestra a la hora de terminar una relación amorosa, aquí y en china, quien termina la relación trata de hacer el acto lo más suave posible para la otra persona, le enumera sus virtudes y lo elogia un poco antes de mandarlo a chingar a su madre. Este es otro modo de endulzar el gargajo —), y por supuesto ocultamos las cosas que nos avergüenzan y eso sucederá mientras quede en nosotros una gota de pudor. La manera más sencilla de ocultar es cambiar el código con el que se muestra, es decir, el lenguaje, pero éste no necesariamente (como ya mostré anteriormente) debe ser un lenguaje extranjero, al contrario, las palabras ocultas dentro de la lengua madre son más asombrantes. Ahora bien, creer que uno va a comer caca porque se lo piden en inglés (o francés, o italiano, o Esperanto — si el esperanto hubiera logrado su meta y la moral estuviera efectivamente en el lenguaje, ¿no sería éste triunfo el holocausto de la libertad humana? —), me parece terriblemente absurdo. Si es cierto que a la hora de cambiar el idioma nos hacemos más abiertos a juzgar mejor problemas morales, no me parece que se siga que nos hagamos más propensos a llevar a cabo la acción que vemos como prohibida. Vaya, lo que quiero decir es que el problema que le veo a la propuesta de que la moral reside en el lenguaje, es que los chinos que aceptarían matar al hombre al leer en inglés el dilema del tranvía, no dejan de esconderse ante algo que les parece vergonzoso: el asesinato de un hombre (es como creer que asesinar con una máscara es un mejor modo de asesinar). Vaya, que endulces el gargajo usando otro idioma y no con una imagen caricaturesca como mi amiga, no quita el hecho de que aquella persona diciendo “fuck” en vez de “me carga la chingada”, siga encontrando vergonzosa la mala palabra (y por eso la oculta). Creer que no es así, es similar a creer que los travestis que salen en la noche a prostituirse en Puente de Alvarado, son, mientras están disfrazadas, mujeres de verdad.

La Ley Sinvergüenza

“Desaparece la abundancia para las querencias diarias
y aparece un sórdido maestro que, a muchos,
les iguala su temperamento a su fortuna”.

–Tucídides

Jamás he conocido a nadie que piense que las leyes de nuestro país son exacta y únicamente la justicia. Lo más cercano quizá serían las personas que argumentan que la única manera lícita de juzgar qué es bueno y qué es malo tiene que basarse en la legitimidad oficial y, por tanto, en la interpretación de la ley; pero son esas personas las primeras que obvian que hay modos justos y modos injustos de interpretar las leyes (aun quienes abogan que sólo los modos útiles son permisibles), y quienes primero sacan provecho de las posibilidades personales que les brinda tal maleabilidad. Incluso, para muchos de ellos la ley es más grave en la costumbre y el uso que en la escritura, y el modo en el que pueden hacerse las cosas es el primero en darse a interpretar. El modo en que deben queda siempre después, cuando se le considera.

Independientemente de las buenas, malas, muchas o pocas razones que puedan tenerse para decidirse por alguna posición de la cuestión, el hecho es que actualmente vivimos entre interpretaciones propias y ajenas de lo que es justo de un modo mucho más contrastante que entre quienes entienden la ley como simplemente justa. Llega a ser abrumador. Por un lado, no le veo lo malo a que cada uno de nosotros tenga la posibilidad de fortalecer su opinión sobre lo que cree justo; pero por el otro, la constante tensión hace que fácilmente esa misma opinión vaya perdiendo su peso común hasta que cada cuál iguala lo justo a lo inmediatamente útil para él (o los suyos). No quedan después de esa identificación causas para sentir vergüenza por hacer lo que sea, siempre que el provecho sea evidente.

Esta semana, un servidor de la Comisión Federal de Electricidad me dijo de frente y con una sonrisa que meneaba su bigote pintado de negro: “desafortunadamente, a veces mis compañeros se dejan sobornar. ¿Qué se le va a hacer?”. En nuestras condiciones, esta pregunta no es un modismo. ¿Qué se le va a hacer? Uno pregunta eso porque está obligado a pensar qué sería bueno hacer, qué sería justo y qué sería posible. Sólo en la imaginación nos queda representarnos esas condiciones en las que lo justo, lo legal y lo posible son la misma cosa, y en la esperanza que en una frase como la del servidor público tampoco sea modismo el “desafortunadamente”.

Un hombre solo no puede, por más justo que se proponga ser, ejercer su justicia sin consideración de la ley en la sociedad en la que vive. En nuestro caso, menos aún por cuanto resulta que la acción de este hombre justo imaginario no sólo estaría fuera de la ley, sino contra ella. Esto no está cerca de ser un pensamiento precipitado porque la ley escrita no es la vigente en un país donde se le cambia diariamente y donde los que la procuran más bien actúan según su concepción de lo más útil para ellos. Donde las leyes de nombre son farsas, la ley está en otro lugar. Es lo mismo que suponer que el más fuerte rige reconociendo solamente la victoria de su fuerza sobre la debilidad de los demás, a los que les queda solamente acatar su mandato o desaparecer. Yo, por lo menos, no tengo reparo en admitir que tal estado es, efectivamente, desafortunado y vergonzoso. Donde no queda ya vergüenza cada quién tiene, como dice Tucídides, su temperamento al mismo nivel que su fortuna.

Escuela de Niños

¡Qué descorazonadora es la docencia en nuestros días! La figura del maestro está cada vez más erosionada, más y más, mientras menos pensamos que puede llegar a haber hombres sabios y más nos interesa que los expertos tengan agudas especializaciones. Hay menos importancia en los hábitos y más en los estándares. Las escuelas están plagadas de publicidad y vacías de vida pública. Se habla de valores, de competencia, de liderazgo; y en ninguna parte se recuerda ninguna de esas virtudes, ya tan de viejito, como la paciencia, la templanza o la sensatez. Hay tantas vías para dedicarse a las ciencias que no hay por qué preocuparse de esas cosas de antaño. El mercado está hambriento de profesionistas, y los profesionistas de la educación también se ocupan de que todos estén preparados para entrar en el remolino. Las ciencias se ven como tan indudablemente excelentes para todo lo humano, que uno supondría que para cada una habrá alguien que pueda interesarse por ella. Por eso es necesario que se le guíe correctamente. Ahora bien, guiar a alguien para que aprenda no es cosa de juego: somos delicadísimos sobre lo que nos atrae y sobre el concepto que tenemos de nosotros mismos con relación a lo que nos atrae. Nos vemos como funámbulas mentes apenas estables, al borde del desequilibrio. La sociedad de psicoanálisis que somos nos ha convencido de que nada peor hay en el mundo que reprimir lo que en verdad nos causa placer, y que el mundo perfecto debería estar lleno de bienintencionadas personas que nos pudieran guiar hacia las actividades que más placer nos causan, para que aprovechemos al máximo ese mercado que nos espera con gusto.

Nuestra sociedad está por eso hecha una confusión terrible en cuanto a qué es educar. Por un lado es una entusiasta de las carreras universitarias y de la excelencia académica, de las becas en todos lados y de los avances por miríadas en las escuelas; pero por ello mismo torna la educación en una cosa que debe tomarse con extrema cautela y tiritante timidez. ¿Por qué antes no aprendía tantas cosas tanta gente? La respuesta es porque no se sabía educar. Se era cruel, se era torpe al acercarse a los intereses del estudiante. Ahora sabemos muchas cosas para no predisponer a los alumnos a detestar el proceso por el que se harán más eruditos (no mejores). El maestro ya no debe llamarse maestro, las clases ya no deben tomarse en silencio necesariamente, el “orden” no tiene por qué ser considerado desde una sola perspectiva. Vaya, nuestra multiculturalidad es también una disposición para la multicomplacencia en la educación. Por supuesto que el maestro también es una contradicción andante: no puede admitir que es mejor, porque eso es ponerse por encima del estudiante, intimidarlo, abusar de un poder que no le pertenece más que por una casualidad que lo hizo nacer antes a él (¡injusta, la edad!); pero tampoco puede hacer como que es igual a los estudiantes, no. Es más bien una clase de amigo artificial que les pusieron allí a los jóvenes para que, conforme quieran, se acerquen y aprendan de su mayor experiencia los datos que pueda compartirles. Está para complacerlos y buscar en cada cuál el modo en el que más le place memorizar, o hacer apuntes, o sólo mirar. Por eso no se llama maestro, porque eso amedrenta. Es un guía nomás (y no se le habla de usted, tampoco). No se trata de mejorar nada, ni de corregir males, sino de “estimular el talento” de un joven. El estímulo entonces se trata como si fuera una clase de magia que lo acerca al aprendizaje por las sonrisas del guía.

No tengo nada contra el cuidado, pero éste no es el cuidado del que se pregunta por el mejor modo de enseñar, no es la preocupación por el modo en que vivirá quien se comporte de cierto modo sabiendo ciertas cosas; es más bien el ‘cuidado’ del cobarde que se apoca en una esquina, esperando no producir descontento entre los que lo rodean. Teme al disgusto de los estudiantes. Esto no puede ser otra cosa que pequeñez de alma. Nuestras instituciones están haciendo una descarada recomendación de pusilanimidad a los docentes (y dije “recomendación” porque luego me da por los eufemismos). Eso nace de la noción de que el más mínimo fastidio que se produzca en el aprendiz logrará arruinar para siempre la lección, y que todos los pequeños y discípulos tienen la aptitud para saber lo que sea que se les enseñe, siempre y cuando se les enseñe del modo que se adapte a la personalidad del educando. Hasta hablar de la educación ya es más difícil en nuestro tiempo, estoy seguro de que cualquiera que esté al día en pedagogía ya me estará reprendiendo por mis términos: ¿discípulos?, ¿lecciones? Hablo como recién sacado del medievo, y ahora somos tan modernos que debemos aprender a hacer atractiva la letra para que entre por la voluntad del chico, no “con sangre”, como antes se decía, salvajemente.

Creo que olvidan todos estos convencidos lo importante que es el interés. Me parece que no se percatan de que tan inhumano es el amarrar la mano izquierda para que el niño zurdo aprenda a escribir, como lo es el tornar la relación estudiantil en una lucha de poder y placer de la que todas las armas las tiene el guiado y ninguna luz se le concede al guía. ¿Cómo no va a achicarse este pobre si de cualquier adjetivo pende una demanda? No puedo admitir que este modo de acercarnos al problema sea apropiado.  ¿De veras creemos que tan poco es el profesor, o sólo estamos echándole ganas para creérnoslo? Y del estudiante, ¿de verdad cree alguien que cualquiera puede aprender cualquier cosa? Ambas proposiciones me parecen ridículas, y aún así, son tan corrientes hoy día, que he tenido que ejercer mucha cautela hasta aquí. Creo que no es aventurado de mi parte decir que no le ponemos atención a alguien por el que no tenemos respeto. ¿Cómo lo haríamos? ¿Y no se ha dedicado la pedagogía a restarle respetabilidad a la docencia? Por la otra parte, yo no he conocido a nadie al que le interese todo, ni creo que pueda haberlo; y no entiendo cómo podría alguien que no se puede interesar en todo, aprenderlo todo. Jamás, por fin, he conocido a nadie que pueda interesar a quien sea en lo que él quiera; es más, que pueda interesar a todos los que se le acerquen en un tema.

Aprendemos de lo que nos interesa porque nos acercamos, y a veces nos interesamos por cosas a las que no les habíamos encontrado el interés antes. Es probablemente imposible darnos cuenta de cuándo empezamos a querer qué cosas. Lo que sí es que nuestro interés ha cambiado muchísimo con los años, no importa quiénes seamos. Cuando hablamos de educación, es imposible hacerlo seriamente sin pensar que una cosa es la niñez y otra la madurez: lo que consideramos importante cambia por completo cuando comenzamos a responder por nuestras decisiones, cuando tenemos juicio, cuando actuar significa más que dejarse llevar. El adulto intenta que el niño se interese por lo que cree importante él. Si el niño decidiera, como parecen querer nuestros expertos en educación, sólo se acercaría al placer; probablemente no estudiaría ni las cosas más divertidas; jugaría y no estudiaría, sin más. En la madurez tenemos suficiente criterio como para percatarnos de que lo que nos gusta no es lo mismo que lo importante; es decir, conforme nos hacemos de más juicio, la perspectiva sobre lo que nos gusta se problematiza (no digo que se resuelva, pero sí se comienza a distinguir lo que nos place de lo valioso, por más que a veces coincidan ambas cosas).

Lo que se ha olvidado en nuestra pedagogía descuidada es la importancia del deseo en las acciones humanas. Estamos tan acostumbrados ahora a que el deseo debe dejarse libre porque si no, se enferma, que nos estamos deshaciendo de todos los medios que las sociedades tenían para frenar pasiones obviamente nocivas para cualquier comunidad. La prepotencia, la pereza, la incontinencia, todas ellas son cosas que se avivan en los niños cuando no se les limita el placer. “Guiarlos para que aprendan a su ritmo” no es otra cosa que decir cobardemente que queremos que el niñito no se sienta mal nunca, pero esperamos que se interese por aprender. A la palabra no se le concede ninguna importancia fuera de la posibilidad de comunicar un dato, se le ve como una clase de herramienta más del compendio de juguetitos que puede sacar el pedagogo para hacerle brotar el interés al joven sobre lo que él quiera aprender, a su propio ritmo, a su propio modo. Se evitan las reprimendas y los castigos, se evita el hablar de lo que está bien y lo que no. Se ha estado sacando sistemáticamente de nuestras escuelas a la ética, porque no es científica.

Me parece que la más clara contradicción de este proyecto de pseudoeducación se encuentra tan pronto se pregunta por el origen de los castigos. No se puede tener una niñez absolutamente gustosa, ¡qué inhumano! No se pueden hacer las cosas que los pedagogos recomiendan: “sentar límites claros y cuidar que el niño no sufra”. Y no lo digo con crueldad ni misantropía, no hablo de dolores extremos, ni de torturas, hablo de vergüenza. Un niño debe sentir vergüenza de hacer lo que no debe, y si nuestro sistema de educación, sea el que sea, está criando sinvergüenzas, no hay manera de defenderlo. Tarde o temprano el sistema que ha corrido la ética se enfrentará a los gandules que él mismo propició, y al querer darles sus productivos rumbos mercantiles no podrá obtener de ellos trabajo, sólo un desprecio por lo contrario al hedonismo sin idea de justicia. Y, sin embargo, el ser humano siempre ha tenido naturalmente un modo de alejarse (ya sea más, ya sea menos) de esta condición de depravación. Esto es la vergüenza: uno siente desprecio por lo que se considera una acción indeseable. Esto es doloroso (no por nada en México se le dice predominantemente pena), no hay razones para ocultar ese hecho. Humillar a alguien no siempre es un golpe devastador al alma que no permite que se recupere, no es siempre una disminución de su impresión de sí mismo por la que queda desmoronado. Éstos son casos extremos en situaciones indeseables; pero hacer que alguien se percate de cómo es más humilde que otro, es indispensable para que tenga respeto por quien después puede hacerle algún bien, uno que probablemente ni él mismo entiende cómo ocurrió.

Uno no puede saber lo mismo que el maestro porque entonces éste ya no le enseña nada, pero se necesita un buen golpe de vergüenza para que el prepotente acepte que lo que le falta lo hace menos que su maestro. Muchos necesitamos que nos muestren que nos hace falta escuchar. No debería tener nada de malo aceptar que uno es menos en estas condiciones. Se consideró alguna vez que el castigo funcionaba para lograr resultados, y hasta hace relativamente poco se satanizó semejante noción, afirmando que era mucho mejor el estímulo positivo. El problema es que pronto se olvidó que eran dos modos que funcionaban de diferente manera en diferentes casos, y ahora cualquier clase de castigo es vista por los más ingenuos como crímenes de lesa humanidad. Lo que empezó por condenar a quien reprendiera a un joven con dolor físico (y entiendo muy bien la queja con esa clase de corrección) ahora es la absurda afirmación de que cualquier clase de humillación o insinuación de carencia son tan terribles para la mente del niño como lo son para su cuerpo los cinturonazos. El adulto es para el niño que aprende, la figura que debe tener esta autoridad, debe ser a quien vale escuchar (otra cosa es quiénes son buenos o malos maestros, problema también muy importante, pero insignificante entre quienes no admiten siquiera que pueda haber maestros). El maestro es de algún modo quien quiere hacer bien al joven, no porque quiera complacerlo (para eso hay dulces), sino porque lo quiere hacer mejor, aunque eso duela. Y después resulta que las lecciones más importantes siguen doliendo, aunque ya no estemos en la escuela, y seguimos, cuando adultos, confiando en quienes pensamos que nos pueden hacer bien porque son mejores. De ahí que sea tan sensible la pérdida que tenemos en nuestra sociedad de la figura del sabio, que ya no encontramos en ninguna parte, porque el sabio no es quien puede respondernos nuestras dudas sobre cualquier tema de un examen, no es el que da conferencias en todos los estados, ni el que ha vendido más libros; el sabio más bien podría hacernos sentir que lo que es valioso, lo que es importante, no llegará a nosotros sin esfuerzo; y nos hará sentir vergüenza cada vez que hagamos como niños, jugando a que ya hemos logrado lo que por miles de años miles de hombres no han logrado ni con todos sus esfuerzos. Y si somos dignos de escucharlo, en vez de descorazonarnos, nos esforzaremos más.

Dilema Bárbaro

“Es que ya no sé qué hacer, papá –se quejaba desconsolado el padre de Bocelarto–, ya no sé qué hacer. No hace caso a nada de lo que le dice nadie, no tiene respeto ni por sus mayores ni por sus amigos, se ríe en tu cara cuando lo tratas de castigar, y la psicóloga dice que tiene problemas de atención, pero en casa hemos hecho de todo para que esté lo más cómodo y a gusto posible, nos hemos atenido a sus intereses y a su modo de aprendizaje; ¡y aún así se distrae! Ya no es la primera vez que lo corren de una escuela, dice majaderías que a mí no se me habrían ocurrido ni en la carrera, papá, y lo peor del caso es que ya lastimó a uno de sus compañeritos en la escuela. No sé qué hacer.”

El abuelo del susodicho escuchaba atentamente, con la frente hendida abatiéndose en un ceño serio y pensativo, y no podía más que sentir una profunda compasión por las lágrimas de su hijo que veía yermo todo esfuerzo, y al mismo tiempo, una clase de decepción por su incapacidad le impedía afligirse por completo mirándolo a él como víctima. El pobre hombre continuó: “Papá, a estas alturas de veras ya no sé si sea mejor seguirlo guiando por sus propios intereses, como dice la psicóloga, o… –se detuvo porque no estaba seguro de cómo decir lo siguiente–, …o recurrir a métodos más severos. Y me refiero a métodos físicos.”

El anciano abrió los ojos tras este desenvolvimiento inesperado del discurso. Él no le había pegado más que nalgadas comunes y corrientes a su hijo cuando éste se portó mal en su época de travesuras, y el tono en el que hablaba el acongojado sugería un poco más que ese trato. El abuelo se levantó, indignado, y solamente dijo a modo de despedida: “¿Ésas son las únicas cosas que se te ocurren para educar a tu hijo? ¡Debería darte vergüenza! Cierra cuando salgas”, y tras ello subió las escaleras a su habitación, dando bien a entender que la reunión había terminado. Esa tarde el padre de Bocelarto regresó a su casa cabizbajo con la voz seca y muy queda, sin dirigirse más que humildemente a su familia. Hablar con su hijo tendría que esperar, pues se sentía tan avergonzado como hacía muchísimo tiempo no le ocurría.

La Pena de Robar

«Pena: robar y que te cachen» es un refrán recurrido por los que intentan quitarle de encima la vergüenza a quien está impedido de hacer algo por el adormecimiento que le produce. Es un ejemplo de un momento en el que de plano no sería posible sacudirse el feo sentimiento de que uno está siendo observado al hacer algo muy feo, y me imagino que la idea es que con el contraste se dé uno cuenta de lo trivial de su propia situación embarazosa. Mientras menos se parezca la situación a la del hurto, menos justificable es a su vez la causa del sentimiento. Así como entre los más jóvenes los refranes son menos y menos usados, así también me parece que vamos creyendo que no son tantas las cosas que merecen que sintamos pena por ellas; al fin, vivimos en un país libre, ¿no es cierto? ¿Por qué me voy a andar avergonzando de lo que hago si es lo que sinceramente quiero hacer?[1] Ese refrán pretende recordar a los pocos que ahora lo escuchan el mejor ejemplo de lo vergonzoso, la imagen que se ha colado en nuestra sabiduría popular de lo que quiere decir en serio sentirse apenado.

Es una triste imagen, sin embargo. Es un refrán rodeado de fealdad. No sé qué está peor: que ahora no se recite casi nunca, o que se haya recitado alguna vez. Cuando los ojos fantasiosos miran el pasado buscando con añoranza mejores tiempos pueden fácilmente engañarse, y no es raro que veamos lo que antes era como mejor que lo que ahora es, sin que estemos siquiera seguros de que no es nuestra imagen de lo que anhelamos, y nada más. Es muy sugerente que el bastión de nuestros días sea un descaro combinado con un aire soberbio, porque parece indicarnos que se ha dejado de citar este refrán porque no dice ya nada: muchos sin ser ladrones sin embargo no tienen vergüenza, y a los ladrones que se la aguantan no les sirve para nada. Pero esto tiene otra cara, y es que quienes sí lo recitan no cuidan lo que dicen. «Pena: robar y que te cachen» es una imagen que nos invita a fundirnos en la noche para no ser vistos, para evitar la vergüenza de que se nos vea. Antes de conmovernos por la infamia del robo y la comparación con nuestras acciones, nos enseña (que juzgue el lector si bien o mal) que el perjuicio está en el incómodo escozor de la vergüenza que nos enrojece haciéndonos evidencia caminante. Eso era verdad también el día en que este dicho se dijo por primera vez. La verdadera pena, sin embargo, no está en que te cachen al robar, sino en que robes.


[1] Digo de paso: que aquí le digamos ‘pena’ a la vergüenza como si aquésta fuera la pena por antonomasia me hace pensar que en el fondo somos menos desvergonzados de lo que parece.