Camino de la Vida

Es muy fácil extraviarse en el camino cuando éste nos es desconocido, resulta aún más sencillo perderse cuando sólo hay una oportunidad para recorrerlo; y en ésta nos jugamos todo. Muchas veces interpretamos a la vida como un camino que está ahí para ser recorrido, éste comienza con el nacimiento y termina con la muerte, ¿pero qué tan apropiada es la imagen de un camino para hablar sobre lo que es la vida?, ¿no será esta imagen propicia para justificar la irresponsabilidad de quienes aún no han llegado a ciertas estancias en ese camino?

La imagen de la vida como una vía que todos hemos de recorrer, es muy socorrida, y parece que lo es más ahora, cuando la vida es pensada como un suceder de etapas, como si éstas fueran partes un tanto separables unas de otras, tanto que se pudiera pensar que lo que hoy hace el niño en nada afectará la vida del joven, y que lo que hoy hace el joven ya no estará presente en el hacer del viejo.

Precisamente por lo socorrido de la imagen, es que me parece de especial interés ver a la misma desde un ángulo cercano y examinar si ésta es efectivamente apropiada para hablar de la vida, o más bien nos hemos perdido en la metáfora.

Dante inicia La Comedia señalándose perdido a mitad del camino de la vida, muchos dirán que con ello hace alusión a alguna depresión propia de la vida adulta, el examen que hoy nos ocupa no se enfocará en las depresiones que se presentan en el trascurso de la vida humana, porque éstas no ocurren con suficiente frecuencia como para usarlas de marcas en el camino que ha de recorrer todo ser humano, definitivamente las tristezas o alegrías no pueden servir como mojones en el camino, porque éstas no siempre ocurren.

Pensemos un poco en cómo es que alguien puede perderse en el camino y así quizá veamos cómo es que se piensa a la vida cuando se señala una vía para la misma. Para extraviarse es necesario que el camino nos sea desconocido, y que no sea único, es decir que se cruce con muchos caminos y veredas que se parecen entre sí, lo que hace que el caminante no logre llegar a su destino, es necesario para perderse que la vía que se ha de seguir se desdibuje para el caminante, ya sea por olvido, por descuido de quien distraído no ve por dónde camina o porque a empujones el caminante se ha visto obligado a salir de la vía que seguía antes.

La sensación de extravío supone la capacidad para reconocerse lejos del camino apropiado para llegar a donde se pretendía, y la posibilidad de encontrarse y tomar el camino correcto supone a su vez la capacidad para reconocer ese camino una vez que ha sido encontrado, lo que supone la vista de alguna señal que lo distinga como tal.

Así pues para extraviarse en el camino de la vida, será necesario pensar a la vida como algo que va más allá de nacer, pasar por varias etapas y morir, es decir, será necesario ver a la vida como aquello que constantemente se tensa entre la virtud y el vicio, de modo que permita a quien se pierde por un sendero retomar el otro; con los debidos trabajos que implica el cambio de una vía a otra, los cuales deben ser afrontados por el extraviado, y nada más por él, pues el camino que va realizando el caminante le es tan propio como la vida misma.

Ahora, si vemos a la vida como un camino seguro, es decir, bien definido y por el que todos hemos de pasar en algún momento, entonces cerramos la puerta a la posibilidad de extraviarse en el mismo, y por ende a la de encontrarse una vez que se ha reconocido la pérdida, lo que supone que cada quien hace en el trascurso de su vida lo que es  necesario y nada más, y si lo necesario es la locura ésta dejará de presentarse cuando se avance un poco en la vía que ya está trazada para el hombre.

Sin la posibilidad de extraviarse y con la seguridad de que en algún momento el propio camino marcará las acciones que se deben realizar, entonces el joven que hace idioteces no tiene porqué pagar por ellas, pues seguramente dejará de hacerlas en cuanto el seguro camino de la vida lo lleve a comportarse de manera diferente. Pensar así es negar la existencia de la virtud o el vicio, y es esperar que el tiempo haga que el idiota se vuelva inteligente y, que el imprudente adquiera la prudencia de la locura que le caracteriza.

Maigo.

 

 

La máquina del placer

He decidido tratar sólo un poco de un asunto que, aunque me guste, por reserva suelo cuidarme de hablarlo; principalmente por lo sencillo que es malentendernos con respecto a él. Me refiero al placer. Sé que es espinoso, probablemente porque todos lo sentimos tan de cerca que difícilmente aceptamos a quien nos intenta decir qué es como si no lo supiéramos ya, o a quien pone en duda que sea muy fácil comunicarse sobre qué es eso que se siente cuando se siente placer. Muchas veces al discutirlo (de por sí es raro hacerlo) no vemos diferencia entre el placer de esto o de aquello, nos parece que es igualmente claro en todos sentidos. Lo que nos place, y al contrario, lo que nos duele, parece el modo más visceral y original de encontrarnos con lo que está bien y lo que está mal. Esto es obvio en nuestras costumbres. Somos muy adeptos a la medicina porque nuestro paradigma del bien es la salud (y el de la sabiduría es la ciencia dura) y en público tanto como en privado, en la televisión como en conversaciones, y hasta en nuestros anhelos revelados o secretos, se nota que aquello que casi cualquiera hoy aceptará desear, por más que le faltara todo lo demás, es estar saludable. Esto revela que si acaso creemos que hay algo bueno para el hombre, sea quien sea, esto se verá claro en el placer que sentimos, en el placer corporal (¿hay otro?) de funcionar como debemos. Lo que está bien se siente bien, de allí es obvio que la mejor vida es la que se siente mejor. Parece clarísimo.

El placer y el dolor son la guía de las vidas de muchos porque en sus señales parece no haber equivocaciones: lo que duele no puede estar bien, así como lo que place no puede estar mal. Las bestias así viven, es su naturaleza alejarse de lo que no es bueno para ellos, y –nos explican los biólogos– el ingeniosamente fascinante modo de hacerlo que se le ocurrió a la naturaleza fue dotarlos de un mecanismo que los recompensara por procurarse y castigara por destruirse: el placer y el dolor. Los organismos naturalmente funcionan así, y no es distinto lo que nos compelen a hacer los anuncios de productos comestibles que aseguran que nos harán puro bien porque son bien naturales. Tomamos a la naturaleza por garantía de lo que debe ser, por eso los niños chiquitos (no modelados por la ciudad) y las bestias son ejemplos de naturaleza. Nosotros complicamos mucho las cosas porque no hacemos lo que debemos hacer. Se dice que nos ciega la razón, esa cosa que no está en ningún otro lugar de la naturaleza, en lugar de “dejarnos llevar” por lo que sentimos: lo que nos place y lo que nos duele. He escuchado más de una vez a quien dice de un modo o de otro que el ser humano es desafortunado comparado con el resto de los vivientes en el mundo, porque él se da cuenta de todo lo malo que le pasa y se lo provoca sin mesurarse o detenerse, mientras que los demás animalitos viven muy contentos y tranquilos “sin preocupaciones”, sólo se acercan a lo que les conviene y se alejan de lo que no. No comen más que lo necesario, no se mueven de más, no se confunden, no tienen anhelos terribles. Si no pueden evitar lo destructivo, se mueren y ya, sin haber nunca sabido sabido que iban a morir.

Aunque al decirlo así aparece una contrariedad que tal vez no suponíamos al principio: ¿por qué ocurre que nosotros los humanos sí podemos acercarnos a lo que no nos conviene? ¿No debería dolernos desde antes para que supiéramos que estamos metiéndonos en algo perjudicial, así como sabe mal el hongo que no debe tragarse? ¿Tenemos una respuesta si nos preguntan por qué algo que nos complacía resulta nocivo? Lo común es que juzguemos el dolor como la prueba (antes de la cuál pareceríamos estar en completa obscuridad al respecto) de que lo placentero era inconveniente. En realidad, quien mira así las cosas no está muy mortificado por el mal del placer, sino porque después de haberlo tenido se le haya presentado esta enfermedad (porque seguro seguimos hablando de enfermedades). Es decir, el placer no es el malo, lo malo vino después por descuido o por mala suerte. Por un lado, si se encuentra una forma de anular ese dolor, el mal parece dejar de existir. Hay anuncios de la televisión que ofrecen productos que hacen posible comer lo que sea sin sentir después los estragos del ácido, y todo medicamento contra la resaca se ofrece también así, como la manera de convertir el exceso de bebida en algo bueno, prometiendo dejarle sólo lo placentero y eliminando toda consecuencia posterior. ¿Qué es la gula? Ninguno de los que fueron considerados vicios está exento de ejemplos, pero la comida suele ser el más suave y eufemístico. Sin embargo, nos sigue faltando la pieza realmente importante del misterio: ¿por qué ocurre todo esto? ¿Por qué deseamos tanto que nuestros placeres se extiendan hasta el límite exacto anterior al dolor, y en ello, fallamos? ¿Por qué los seres humanos pueden destruirse a sí mismos?

Al intentar responder resulta que nunca es tan sencillo, y que la aparente claridad que tenía el proyecto de siempre acercarse a lo placentero y alejarse de lo doloroso es ilusoria. Para empezar, ninguna experiencia del placer considera un solo aspecto de nosotros, porque una cosa es el gusto del alcohol en la lengua y la garganta, y otro es la soltura de la deshinibición. Otra perspectiva nos deja ver que muchas veces nos sobreponemos a dolores que consideramos de grado inferior al placer que nos ganamos por soportarlos, ¿y cómo los graduamos o cómo los medimos? Vaya, habrá muchos modos de percatarse de la grandísima dificultad, pero éste es uno que se me hace claro: nuestras vidas comprenden una cantidad tan inmensa de situaciones que caben dentro de lo conveniente o lo inconveniente, que no es posible que todas se den sin cruzarse unas con otras. No es posible que la vida siempre tenga un solo curso para todos sus sentidos y que ninguno de ellos interfiera con el sentido de alguna otra cosa. Es perfectamente comprensible que el bien de una sea el mal de otra, y que uno de ellos sea peor o mejor para nosotros. Y aún así, no es sensible negar que experimentamos cada diferencia de éstas como algo íntegro que es toda nuestra vida. Los diferenciamos, pero seguimos llamándolos nuestros placeres. Incluso si nos mantenemos observando sólo nuestra comprensión de cuerpo, la salud no se puede mantener dándole placer a todo él, órgano por órgano (abundan los casos de medicamentos que arruinan algo curando otra cosa, por poner ejemplos), y así tampoco se puede sostener la vida humana por completo queriendo suponer que todo es bueno siempre que no se dé con una enfermedad, o que la solución al mal está en el paulatino adormecimiento del pesar. La vida no es mejor anestesiando el ánimo hasta no poder sufrir por nada (o el comatoso es el más feliz). Creer que placer y dolor son indicadores unívocos es más bien creer que no tenemos vida. Es creer que somos una máquina buscando en cada parte su provecho, triste ilusión que no puede entristecerse, y cuyas fracciones tienen cada cual su proyecto propio (¿cómo puede una porción tener proyectos?). Si placer es que cada célula del cuerpo esté llena de sus componentes constitutivos, entonces no sabemos nada de nosotros porque nadie siente en cada célula; y si no es así, ¿entonces qué es? ¿Es puro teatro? ¿Montado por quién? Si uno se piensa así muy seriamente, ¿entonces qué demonios significan el placer y el dolor? Debe ser de otro modo, y me encantaría decir bien de qué se trata, pero por lo pronto me parece de lo más difícil.

Breve Pensamiento sobre el Vicio

Desde hace tiempo que el uso de la palabra «vicio» se enfoca en algunos de los malos hábitos, especialmente a los notablemente repetitivos y que producen placer reforzado en cada reincidencia. La imagen del vicio que tenemos más ensayada en nuestros días es la de fumar, y funciona de paradigma para lo que después se entiende de todas las otras instancias de vicio. Parece entonces, que es una cosa que dan ganas de experimentar varias veces, y cuyo ímpetu se va reforzando más y más. Se ha convertido en aquello que no podemos dejar de hacer, aunque nos lo propusiéramos (independientemente de si nos lo proponemos o no). Sin embargo, su contrario, la virtud, queda muy mal parada en esta comparación, porque por contraposición resulta que se ha convertido en abstenerse del vicio. Así, ya no hay nada de admirable en ser virtuoso, más allá de lo que se admira en alguien que no sea un inepto. En esos términos parece que uno es virtuoso por privación. Ocurre esta degradación de la exaltada posición que solía tener la virtud por la degradación análoga del vicio: ya no es algo ni temible ni repugnante. Es solamente una clase de manía o compulsión.

De todo esto, pienso que vale la pena recordar que el vicio propiamente no es el fumar, ni el beber alcohol, ni el consumir una droga, sino la incontinencia con la que actúa quien, estando en condiciones en las que tales acciones son perjudiciales, no puede evitarlas. El vicio es la incontinencia porque ésa es una disposición de su carácter hacia la acción. Eso, obviamente, es mucho más peligroso que el cigarro que se fuma, porque aquéste en realidad sólo es el signo de lo que ocurre más profundamente en el vicioso. Con el panorama nuevamente expandido, se nota por qué importa no pensar nada más como vicios las recurrencias de actos que sumados podrían ocasionar la muerte: porque vicios son las disposiciones humanas a hacer mal. Y creo que concordarán conmigo en que hay maneras mucho peores de hacer mal, y vicios de los que se debe tener mucho más cuidado que de estos mal entendidos.

Se ha debilitado mucho la idea de que es vicioso el cobarde, por ejemplo, o de que es un vicio la envidia, porque más y más se ha dejado de pensar que las acciones podrían producir admiración o repulsión, y que el que actúa puede estarse perfeccionando o degradando mientras hace las cosas. Se escapa que en cierta medida tal experiencia es un signo confiable sobre nuestra capacidad de apreciar la bondad en lo que los demás hacen (y nosotros mismos también), o su maldad. Hemos aprendido a vivir con una moral enclenque y relativizada. Pero eso es sólo por la costumbre en los conceptos y en el uso de las palabras, porque la admiración de las acciones que nos parecen bien hechas y la repulsión de los que hacen mal se mantiene como ha estado desde que tenemos noticia, por lo menos en la mayoría de los casos y especialmente en el ámbito cotidiano. Por eso no creo que haga ningún mal recordar la importancia de llamar vicio a la disposición y no a la manía, y también se puede alegrar uno de paso por el provecho de considerar como mucho más importante a la virtud, pues lejos de ser una privación, es algo bien deseable y admirable. Después de todo, parece más sensible pensar que ambas cosas son principios de acciones y consecuencias de acciones, y no solamente accidentes.

Canijo vicio

Existen quienes no pueden vivir sin fumarse un cigarrillo. Hay otros que apenas si pueden resistirse a una copa de licor. Otros más disfrutan de someterse al efecto que proporcionan ciertas drogas. Otros cuantos se dedican a jugarse el dinero –y hasta la piel– en los juegos de azar y así cada quien tiene sus vicios en mayor o menor número y grado de intensidad. De entre los míos destaco el de escuchar conversaciones ajenas a doquiera que voy y aunque soy consciente de él también tengo que reconocer que no me esfuerzo mucho por evitarlo. Al principio creía que lo hacía por el mero chisme, el cual casi siempre resulta tan jugoso y sabroso como un buen corte de carne, pero si en realidad no se lo contaba a nadie ¿acaso podía contar como chisme? Entonces continué con mi vicio, pero ahora preguntándome por su razón de ser hasta que finalmente me di cuenta de por qué lo hacía: escuchar conversaciones ajenas me hacía pensar, pues aunque no lo parezca la gente siempre tiene algo interesante que decir, incluso cuando su plática gira en torno al objeto más trivial del planeta.

Ese día la conversación ajena llamó mi atención por lo siguiente. Acaba de salir de mi clase de ballet, la cual tiene lugar en la Casa del Lago, y mientras me quitaba mis zapatillas para calzarme con mis tenis escuché que a corta distancia mencionaban la palabra filosofía. Agucé el oído y entonces me enteré que uno de los chicos que se encontraba ahí parado –esperando entrar a algún taller supongo– le comentaba a su compañero que él había estudiado algunos semestres de la licenciatura en Filosofía, pero que luego había desertado por considerar que ése no era su mero mole. En realidad no me sorprendió nada escuchar tales declaraciones pues la mayoría de las personas que ingresan a esta licenciatura terminan abandonándola y las razones más o menos varían entre lo siguiente: no era su primera opción de carrera, les gusta pero no demasiado como para dedicarse plenamente a ella, descubren que no les gustaba tanto como creían o, como en el caso de este chico, se daban cuenta de que realmente no era lo suyo.

Su interlocutor se mostró sorprendido, reacción que francamente ya me esperaba pues es la típica que tiene la gente cuando te escucha decir “Estudio Filosofía”, y generalmente enseguida sigue la –por lo menos por mí– temida pregunta de “¿Y qué haces (en la carrera)?”, pero como este chavo parecía dárselas de muy listo lo que hizo fue aparentar que sí sabía la respuesta: “Y ahí te enseñan a filosofar, ¿no?”; ¡menudo reparo! Tengo que admitirlo: casi me río en la cara de aquel sujeto. ¿Qué carajos quería decir con eso de “filosofar”? ¿Es que en verdad tenía alguna idea de lo que estaba diciendo? Porque cabe señalar que a punto estoy de terminar la licenciatura y sigo sin saber bien a bien qué es lo que hace alguien que estudia Filosofía. En fin…

Después de esta interacción, comenzaron a hablar sobre Wittgenstein, filósofo que al parecer era el favorito del desertor, y entonces puso al tanto al listillo de la vida del alemán y entre los dos empezaron a elogiarlo. En algún punto perdí el interés y puse mis cosas en orden para ya irme cuando otra aseveración detuvo mi partida. “Pero es que no te enseñan filosofía realmente, sino historia de la filosofía” dijo el listillo y agregó: “No te enseñan a pensar, sino que te enseñan lo que otros han pensado”. Ni siquiera sé cómo me aguanté la risa o el bufido o lo que fuera que hubiera salido de mi boca en esos momentos y es que no se podía ser tan ingenuo en esta vida.

¿En verdad esperaba el tipo aquel que en la carrera nos enseñaran a pensar? ¿Cómo alguien podría enseñarte a hacer eso? ¿Qué, acaso a los de Lengua y Literatura Hispánicas les enseñan a leer y escribir en la carrera o a los de Contaduría a sumar y restar para sacar los impuestos? ¡Pues claro que no! Aunque tal vez estos ejemplos no queden muy de acuerdo con lo que quiero ilustrar pues ambos (leer y escribir, sumar y restar) son cosas que ciertamente nos han enseñado y que tal parece que sí se pueden enseñar. Lo que realmente quiero hacer notar es que tales acciones son facultades que el estudiante de cada carrera ya debe tener desarrolladas desde antes de ingresar a ésta, pues lo único que se hará en la universidad es indicarle de qué modo tendrá que usarlas para llevar a cabo lo que le corresponde por tratarse de tal o cual licenciatura.

Es por ello que creo que es absurdo pensar que ahí –en la carrera de Filosofía– le enseñan a uno a pensar. Si ése fuera el caso, todos desde que somos niños tendríamos que cursarla pues sin ella nos sería imposible desarrollar esto del pensar y, por ende, desenvolvernos en la vida. En cambio, me parece que lo que realmente te enseñan en la licenciatura es respecto de qué cosas hay que pensar o sobre cuáles es posible hacerlo y por qué, pero nada más –y nada menos tampoco–. Digamos que después de todo aquello tomé mis cosas y me fui, pues no fuera a ser que realmente terminara metiéndome en lo que desde el principio no me correspondía.

Y, vean ustedes, todo esto es lo que provoca escuchar una conversación ajena. ¡Canijo vicio…!

Hiro postal

Todos tenemos una…

“Cada quien su muletilla; la mía es la grosería.”

Hiro postal

Respuesta a “Apología Nimia y sin Razón del Ocio” de la Cigarra

Como siempre que respondo, recuerdo al lector la importancia de tener presente el texto al que respondo. En este caso, el de la Cigarra. [Buscar vínculo abajo].

Por A. Cortés:

El título de la Cigarra nos dispone a leer una apología del ocio, y aún así, nos equipa sin dilatarse de razones para repudiarlo. La conclusión de su apología no es que el ocio sea bueno, sino que por ser indiferente a los juicios de valor ético, es tan malo como lo es el trabajo. ¿Y qué clase de apología es ésta? Su argumento, mucho más débil que convincente, pinta al ocio desde la perspectiva del negocio, y así, nos impone desde el principio de su interpretación como si fuera el “tiempo libre”. Es libre del trabajo, y por eso, se comprende que el ocio es solamente el residuo que queda de la vida normal en la que nos la pasamos haciendo lo que no nos gusta hacer. Por esto, nos dice la Cigarra, no puede pensarse que el ocio sea el padre de los vicios, porque no a todos nos gusta lo mismo, y por eso es más bien el gusto por lo enfermizo lo que engendra el vicio, no el ocio. Esta comprensión, según sospecho, está íntimamente vinculada a la confusión al respecto de lo que es el vicio.

No es cierto que un vicio sea la afición extrema a algo que merma la salud. Tampoco es cierto que la adicción sea el superlativo del vicio. Para empezar, porque los extremos no tienen superlativos, y para continuar por la perspectiva que nos compete, porque si entendemos que el vicio es predominantemente detrimento físico, es imposible explicar por qué es que el ocio debería ser justificado. Resulta en la vida cotidiana que el “tiempo libre del trabajo” es a la vista de cualquiera el momento para hacer lo que siempre se está queriendo hacer y que no se ha podido por estar trabajando; si en esta condición resulta que se dan los vicios, no importa si es porque a uno le gusta ser vicioso o si es por otra cosa, hay razones buenas y de peso para impedir que los hombres tengan la posibilidad de dedicarse a lo que los dañará. Desde la perspectiva de la salud pública tenemos dos caras: la saludable y la enferma. Y se debe hacer lo que se considere que conservará la salud. De ese modo, es evidente que vale la pena sacrificar unas cuantas horas de vacaciones si acaso eso garantiza que la población se mantendrá lejos de lasadicciones. El hecho de que haya quienes no se dedican a nada malo para su salud no es razón suficiente para pensar que los demás seguirán el ejemplo, o que no deben preocuparnos. Como hay razones para protegerse del vicio, y si se mantiene la salud en el trabajo, el ocio no tiene por qué defenderse ni conservarse. Como esta censura del ocio no dice que todos los ociosos siempre son viciosos, demostrar que existe quien no es vicioso en el ocio no toca en absoluto el punto importante. Entonces, lo que dice la Cigarra de “no es cierto que el ocio sea malo porque cuando yo estoy ociosa, sólo duermo y no hago nada malo”, no sólo es insuficiente y nimio, sino que no es un argumento razonable en absoluto. Su texto es, por lo menos, fiel a su título.

¿Y por qué sería digno de calificación moral el ocio, o la actividad en el ocio, si su influencia es con respecto al buen mantenimiento del cuerpo? Esto es lo que no se puede responder desde la perspectiva de la Cigarra. Si acaso el ocio debe de ser sopesado para intentar alguna justificación o apología, no debe de pensarse en qué sentidos no es dañino, sino en qué sentidos puede ser benéfico. Es notorio que en lo que se refiere a la salud no es posible más que, si acaso, como fomento del deporte, pero esta perspectiva también se refuta fácilmente diciendo que pocos decidirán dedicar su tiempo libre a ejercitarse en vez de vacacionar, descansar o dormir. Si el ocio tiene algo de bueno, es porque es la condición indispensable para que el hombre se dedique a lo más humano: la conversación.  O si se quiere, al arte (pues hay quienes defienden mucho este punto y no es éste el lugar para discutirlo). Eso es el ocio, no el tiempo que sobra, sino las condiciones humanas de vida en las que las necesidades más básicas ya no ocupan al hombre y, por tanto, puede dedicarse a todo lo que no le es común con los demás animales. Y esto no tiene que ver con que tengamos más o menos propensión a la diabetes.

No toda la actividad ociosa es buena, pero sí toda ella es digna de juicio moral. La –según la Cigarra- diabolización del ocio que se dedica al vicio no tiene nada que ver con un prejuicio supersticioso que malamente ataca la caída a la enfermedad confundiéndola con perversión; más bien, es el juicio que nace de la posibilidad de notar que los malos hombres actúan mal, y que la acción mala es evidente para la mayoría. Notamos que hay quienes son perversos. Los que notan que los viciosos se destruyen a sí mismos se dan cuenta también de que su destrucción proviene de la maldad de su acción, no de que les dé mucha tos, diarrea o enfisema pulmonar. Y por ello es tan importante reflexionar sobre las posibilidades humanas en el ocio, porque sólo en él es posible que las acciones más benéficas de los hombres se lleven a cabo, pero también es posible que en él se caiga en el vicio. El buen ocio promueve la virtud, que no es la salud sino la buena acción; y el mal ocio promueve el vicio, que no se parece a la adicción más que en la disminución de quien actúa mal. Finalmente, la reivindicación del inocente padre ocio no depende de lo que más nos gusta hacer, sino de lo que es mejor que hagamos. Si no vemos eso, entonces estamos –dándonos cuenta o no- de acuerdo con todos los partidarios del mundo del negocio en el que se debe erradicar por completo cualquier posibilidad de conversar sin trabajar, y con esta cancelación, acabar toda condición para dedicarse a algo distinto de lo que tenemos en común con todos los otros animales.

http://ydiceasi.wordpress.com/2010/05/22/apologia-nimia-del-ocio/

Esto no es envidiable

La palidez en su rostro se asienta,

delgadez en todo el cuerpo,

a ninguna parte recta su mirada,

lívidos están de orín sus dientes,

sus pechos de hiel verdecen, su

lengua está inundada de veneno.

Risa no tiene,  salvo la que

movieronvistos los dolores,

y no disfruta de sueño, despierta

por las vigilativas angustias, sino

que ve los ingratos -y se consume al

verlos-  éxitos de los hombres,

y corroe y corróese a una,

y su suplicio el suyo es.

Ovidio.

Entre aquellos actos humanos que llegan a ser calificados como pecados capitales, debido a que su presencia conduce a otras acciones que son nocivas para quien las realiza y para la comunidad en la que se desenvuelve el que actúa, podemos encontrar a la envidia, que es quizá el más socorrido de todos estos actos que son llamados pecados capitales. Y éste nos resulta mucho más familiar que el resto, no porque estemos habituados a sentirla sino porque es un acto que resulta tan ambiguo que solemos hablar de ‘envidia buena’ y de ‘envidia mala’, lo cual nos indica que hay algunos casos en los que este pecado capital es bien aceptado. Esta aceptación de la envidia, nos conduce a preguntarnos ¿por qué es entonces un pecado capital?, o ¿no será más bien que la aceptamos debido a que estamos tan habituados a la misma que en algunos casos la vemos como un sentimiento que no produce mal alguno, es más, la llegamos a concebir como un sentimiento positivo, capaz de impulsarnos a hacer más cosas y a dejar la mediocridad a un lado? Pensando en que no nos hemos vuelto tan cínicos como para ir aceptando poco a poco la presencia de los pecados capitales como algo que es bueno para la comunidad, iniciando con la envidia, constructora de hombres exitosos, siguiendo con la soberbia, hacedora de seres que no soportan la mediocridad de los demás y continuando con la lujuria, maquiladora de consumidores de cuanto producto se anuncia a través de los medios de comunicación, nos conviene que nos demos a la tarea de aclararnos lo que es la Envidia. Para comenzar, podemos decir que al ser la envidia un pecado capital, ésta es catalogada, de entrada, como algo malo, es decir, como algo nocivo para la salud anímica del envidioso y para la comunidad envidiada[1], ¿pero qué es lo que genera la envidia como para que sea catalogada como algo más bien nocivo que como algo positivo?, hay quienes consideran que ésta es la madre del resentimiento, del odio y de la destrucción (San Agustín), pues el envidioso no puede soportar que otro tenga algo, ya sea porque considera que eso le corresponde más bien a él, o porque no hay nadie que merezca tener su objeto de envidia. Lo nocivo de la envidia, proviene de lo que ésta propiamente es, es decir, del sentimiento de tristeza a partir del cual podemos identificarla, el envidioso siente dolor y pesar al percatarse de los bienes ajenos, ese dolor en muchas ocasiones es el resultado del sentimiento de inferioridad que atribuyen algunos psicólogos al envidioso, un niño siente envidia por primera vez al sentirse desplazado o al ver que la atención que creía merecer es dirigida a otra persona, ese dolor llega a ser expresado cuando el envidioso busca destruir el bien al que ha accedido el otro. Ese dolor acompañado del deseo exacerbado por poseer el bien ajeno, puede conducir al envidioso no sólo al deseo de poseerlo a toda costa, ya sea robando o engañando para poder hacerse de dicho bien, también, cuando no es posible hacerse del mismo, el envidioso es conducido al extremo de buscar destruir el bien ajeno con tal que nadie lo tenga si no lo posee él –si yo no lo tengo, nadie más lo hará-. Pero, la envidia no sólo se expresa mediante la destrucción del bien ajeno, también se muestra en la sonrisa hipócrita de quien sintiéndose impotente para obtener lo que otro tiene o destruirlo, busca aproximarse al otro con tal de quitarlo, es decir, la envidia también deviene en hipocresía, o en un mostrar lo que no se es con la esperanza de no hacerse notar; el envidioso hipócrita quiere usar al otro y a su trabajo para obtener aquello que desea sin tener que trabajar ni un instante, un ejemplo de estos envidiosos lo encontramos en el ambiente de la academia donde el que envidia busca al envidiado para no tener que adquirir por sí mismo aquello de lo que carece para ocupar un puesto o para obtener fama, acabando así por ser una mala caricatura del envidiado. La envidia, consiste propiamente en ver con malos ojos lo que el otro tiene[2], y ese mal-ver las cosas o las circunstancias, es el lo que proviene de la miopía del envidioso, no sólo es ver con malos ojos, o malas intenciones, es ver mal, es ver con ojos enfermos el reflejo de lo que se es y de lo que es el otro, el envidioso está enfermo del alma, es incapaz de ser feliz o de buscar serlo –si él no puede ser feliz, nadie más lo será- de modo que su vida transcurre en un camino escabroso y lleno de pesar en el que pretende destrozar la felicidad del otro, y de paso la de la comunidad entera. Pensando en ello, nos podemos percatar que no es posible pensar en una envidia ‘de la buena’, es decir, en una alegría debida a que el otro obtenga aquello que el envidioso ha querido obtener siempre, sin trabajar por ello, aquí más bien se está confundiendo el ver en el otro un ejemplo a seguir con la envidia; cuando el otro es un ejemplo, cuando vemos lo que consigue y buscamos mediante el trabajo salir de la situación de vida en la que nos encontramos es mejor hablar de emulación que de envidia, buscamos ser como el otro, aprendiendo de sus virtudes y no sólo buscando destrozar lo que el otro consigue mediante las mismas, de modo que aquel que pone frente a nosotros las vidas de hombres ilustres que consiguen grandes bienes para sus almas mediante su actuar virtuoso, no busca despertar en los que ven tales vidas la envidia, es decir la tristeza y el pesar en el corazón por no tener lo que el virtuoso sí posee o llegó a tener, sino el deseo de emular a tan grandes hombres en lo que se refiere a llevar una vida virtuosa. Conforme a lo anterior, resulta más claro que la envidia no puede llegar a ser tomada como una actitud virtuosa pues ésta no permite al envidioso ser feliz o trabajar por serlo, al contrario, lo conduce a destrozar todo aquello que es resultado del buen trabajo de los demás, de modo que para la vida de una comunidad no hay nada tan nocivo como la presencia de quienes se dedican a poner piedritas, o rocas de Sísifo, en el camino de los virtuosos. Así pues, a modo de conclusión. Sólo podemos decir que la envidia es un mezquino vicio, es miopía del alma, al grado de que nos lleva a confundir las cosas envidiables con aquellas que son admirables, es decir, dignas de ser emuladas.


[1] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica. §2539. [2] Cfr. La entrada del DRAE para la palabra envidia.