Abuelilla

Eran ya cerca de las diez y continuaba nublado. Esperaba que a esa hora ya hubiera salido el sol, aunque fuera tímidamente, por entre aquellas nubes, como un hombre que va abriéndose paso ante una gran multitud; pero todo parecía indicar que hoy el sol no iba a dar pelea y su madre que no llegaba. De no ser porque ella traía las llaves de la casona, ya se hubiera refugiado dentro y no en el coche, donde el viento frío había comenzado a calarle hasta los huesos. Ya tenía las manos y los pies entumidos para cuando llegó su madre, quien se disculpó –como siempre– por su impuntualidad mientras batallaba con el cerrojo oxidado por el tiempo.

Hoy era cumpleaños de la abuela y seguramente las habría recibido algún exquisito aroma proveniente de la cocina de la casona junto con la música de la Sonora Santanera, la cual cobraría vida mediante el antiquísimo tocadiscos que la abuela conservaría casi como nuevo, de no ser porque ella había fallecido hacía unos meses atrás. Ahora, en vez del ambiente festivo, la casona despedía un aire lúgubre que había llegado a instalarse desde la muerte de la abuela y rechazaba cualquier señal de vida nueva con crujidos parecidos a los estertores que padecería un enfermo terminal.

Dado que la abuela era la única que todavía habitaba en la casona, no obstante su mayor deseo siempre fue que alguno de sus nietos se la quedara, la familia optó por venderla debido a la mala racha económica por la que se encontraba pasando en aquellos momentos y aunque ella y su madre llegaron a pensar que nunca se vendería, lo cierto es que hacía apenas un día que habían firmado el contrato con los nuevos inquilinos, los cuales se mudarían tan pronto como sacaran todas las cosas de la abuela de ahí.

Los muebles –habían acordado– los donarían a un asilo ubicado a unas cuantas cuadras de ahí y los libros, a su vez, irían a parar a una biblioteca pública o, en su defecto, a alguna tienda de libros viejos. Sólo faltaba echarle un vistazo a unas cuantas cajas que la abuela había guardado en el sótano, tarea de la que quedaron encargados sus hermanos, y revisar las pertenencias de la abuela para decidir qué hacer con ellas.

Según el reloj, faltaban cinco minutos para las seis cuando terminaron de separar sus pertenencias entre lo que se quedarían y lo que donarían o quizá tirarían a la basura. La mayoría de la ropa, así como los zapatos, la donarían al asilo junto con los muebles mientras que algunas otras prendas se las repartirían entre su madre y algunas tías cercanas. Se quedarían las fotografías y algunas de las joyas que la abuela juraba que habían pertenecido a la familia desde tiempos inmemorables; sin embargo, se encontraban dudosas acerca de las cartas y los diarios que la abuela había escrito y conservado a lo largo de toda su vida. Tal vez podrían echarles algún vistazo y ver si la abuela había plasmado en ellos parte de la historia familiar para entonces conservarlos, o bien si se trataba de algo más íntimo y, de ser el caso, mejor deshacerse de ellos.

Mientras su madre sellaba y rotulaba las cajas, ella tomó uno de los diarios y lo abrió a la mitad con mucho cuidado. Enseguida notó la caligrafía esmerada de la abuela y tocó con suavidad la página que amenazaba con deshacerse entre sus dedos de lo vieja que era. Después fijó sus ojos en la hoja cuya tinta ya había comenzado a desaparecer y, con mucha calma, se dispuso a leer sus primeros párrafos.

Diciembre de 1937

 La abuela siempre dice que la casona es tan vieja, pero tan vieja que ha visto nacer a la tatarabuela de la tatarabuela de su tatarabuela y que

algún día también verá nacer a los bisnietos de los bisnietos de mis bisnietos, ¡claro!, siempre y cuando la cuidemos muy bien de las polillas. Por

eso, todos los días la abuela dedica la mañana entera a limpiar la casa de arriba abajo y no permite que ningún rincón se quede nunca sin fregar.

 

Las polillas, me dice, lo devoran todo a su paso: alimentos, ropa, muebles, papel…; por eso debo cuidar de mi diario como de mi vida, dice ella,

porque si no las polillas se lo terminarán cenando. Lo de menos, me advierte la abuela, es que se coman el diario completo porque así nada

quedará para lamentar; lo verdaderamente malo es que dejen partes sin comer porque entonces quien lo lea querrá saber qué seguía después y

se lamentará de que se lo hayan comido las polillas. Todo esto me lo dice “por experiencia” porque eso mismo le sucedió a su diario cuando ella

era pequeña.

 

También debo tener cuidado con las polillas que habitan la casona porque son “especiales”. Según la abuela, ellas saben leer y por eso prefieren

comerse algunas letras antes que otras. Por ejempl , cuando t enen mucha hambre  e com n la a y la o porque as  se llenan má  rápido. Cuando 

ólo t enen algún ant jo se comen la i porque es la más delgada de t da  las vocal  . La e, di e la abuela, se la c men cuando ti n n gula p rqu  es la

vocal qu má  fr cu ntemente ap re e en un   crito. L   c n  nant   la  eligen s gún su   n do: la c, la   y la z, por tener  on do  ibil nte, s  l s c m n  n la no

he por   r el mom nt  en  l que   len lo  d   u      nd t   l   an m l   r  tr ro .       l   mo        t o   . P   an, r   g     ue   do    ui  , p   a    nt   .

Interrumpió su lectura cuando notó que la página presentaba algunos pequeños círculos de un tono más oscuro al que tenía propiamente la hoja. Cerró el diario despacio  y se secó las lágrimas pensando que la abuela de su abuela tenía razón: hubiera sido mejor que se lo comieran todo las polillas…

 Hiro postal

Bólidos y Vejestorios

¿Yo?, yo ya no ando comprando las últimas novedades y cambiando de modelo en modelo por todo lo moderno. Cada vez eso se vuelve más rutinario y aburrido, y la gente no se da cuenta de que la estafan haciendo que los productos sean más desechables y menos duraderos. Les venden computadoras que se cambian en dos años y focos ahorradores que duran menos que los meros buenos que se hacen de vidrio. Yo, en cambio, he descubierto la mejor tendencia hasta ahora inventada (y no sé por qué nadie la tomó tan en serio antes). En realidad ya se había intentado, pero no bien, no por completo. Qué bueno que la mejoraron, la verdad. Antes le habían puesto un nombre poco inspirado: “retro”, sin ver que se puede retro-ceder tan sólo unos segundos y eso no hace diferencia. Sólo pintaban los envases de las cosas como en los cincuentas y ya con eso se creían muy rudos; pero la clave no está en el refresco disfrazado, sino en beber leche bronca, y envasarla en vidrio.

Esta nueva ola es el “Tech-Furui”. Creo que es chino y significa usar pura tecnología como era antiguamente. Ahora tengo todo viejo y uso siempre las cosas como eran antes. Es mucho mejor, porque todas las cosas las hacían mejor antes. Por ejemplo, uso sombrero y visto de pana; y más aún, no me voy de buzo en las vacaciones con los disfraces de sirena y gogles ridículos que se romperían ante la mínima presión. No, yo me pongo escafandra, con casco de metal y todo. Si me preguntan burlonamente qué me pasa es porque no tienen idea de lo deprimente que es su propia situación: su traje no protege y sus botas no traen la bella sensación de jalarlo a uno por su macizo peso de plomo. Las cosas viejas pesaban en serio. También dejé de ver la televisión a color, porque eso es como hacer trampa: es mejor el esfuerzo por discriminar los grises obscuros y los claros. Tengo luz en casa, obviamente, porque no puedo pedirles a los demás que tan abruptamente cambien sus costumbres; pero yo no la uso. Yo enciendo una lámpara de aceite por las noches y si necesito más luz (como cuando voy al baño), la obtengo del primer modelo de celular con lamparita en el mercado, cuando acababan de sacarlos sin antena.

Claro, se ha necesitado mucho dinero para traer este estilo de vida a la realidad, porque ni las escafandras ni las calderas de hierro son baratas en estos días. Pero no importa, porque al final lo vale. Nada como sentarse en una mecedora a esperar que el café se caliente en el fogón, para después leer el periódico bebiéndolo en un pocillo. Al final de la semana, además, me entregarán mi Audi modificado, al que le metí caja estándar, un carburador y una máquina que funcione con gasolina Nova (aunque ésa ya no la consigo, pero creo que la Magna no lo echa a perder). No puedo esperar a estrenarlo, lo único que le falta a mi emocionante nueva vida es manejar lo más rápido que pueda escuchando un motor de verdad, como antes los hacían, rugiendo como bestia mitológica antigua.

La vejez por violencia

Si los mercadólogos hacen bien su trabajo (y no encuentro razones para suponer lo contrario), entonces podríamos pensar que lo que el mercado le ofrece a la mayoría es también lo que la mayoría de las personas desea. La televisión aún es indicador de lo que se le ofrece a la mayoría de los mexicanos, y es más visiblemente en los anuncios comerciales, como son más directos al respecto de lo que esperan que compremos, que se puede notar un deseo ferviente de no envejecer nunca. Se diría que nadie tiene por qué querer llegar a una edad en la que solamente son recuerdos la fuerza de los brazos y la tenacidad de las piernas, el placer del ejercicio y del baile, el deleite de poder darle deleite a todos los sentidos; pues tener todas estas capacidades y muchas que les son afines es signo de salud, parece ser.

Lo curioso es que en ningún lugar que yo haya visto últimamente ofrecen los vendedores sus maravillas diciéndole al espectador que se podrá ver como si fuera joven aún siendo viejo; más radicalmente, anuncian juventud. Directo y sin rodeos la ofrecen por dinero. Entre slogans y discursos de anunciadores venden la opción –que todos tenemos mientras tengamos la solvencia– de hacernos más jóvenes o quedarnos cuanto lo seamos, y no acercarnos a la vejez. ¡De hacernos más jóvenes y no acercarnos nunca a la vejez! Nadie se lo toma en serio (espero), porque nadie piensa realmente que con cremas se acaban los cumpleaños, y nadie es tan bruto como para imaginarse sin duda que un masaje detiene el tiempo; pero los anuncios revelan que sí hay un deseo de que pase, y lo que es más sorprendente, lo dicen como si pasara.

Mi sospecha es que vivir entre tanto aparato y artificio nos ha sobredispuesto a imaginar las cosas como si fueran afines a nuestras herramientas. Cuando un desarmador viejito se zafa de su mango y queda inútil, podemos pensar sin peligro de errar, que fue usado mucho o que fue usado mal o que el ambiente lo desgastó con el paso del tiempo. Lo que queda envuelto en el velo de esa seguridad es que si no lo hubiéramos usado tanto, o lo hubiéramos guardado en un lugar más propicio, no le habría pasado nada. Y efectivamente es así con la mayoría: si se cuida un aparato como debe de ser, no le pasa nada. No sólo estoy pensando en las herramientas de un mecánico, pienso también en las cosas de la casa, como una taza. Si la taza se cuida y no se cae y no se deja tres meses en el jardín y no se lava tallándose con piedras, no le pasa nada nunca.

Hacemos entonces como si el «cuerpo humano» fuera un aparato. Sí, decimos que complejísimo y queridísimo, pero lo tratamos como aparato al fin, acaso el más digno de cuidado. Nadie gastaría reparando su horno de microondas lo que se gasta una mujer rica en depilaciones permanentes, pero ambas inversiones tienen objetivos muy similares. La vejez entonces es descompostura, y la descompostura del mecanismo complejo llamado cuerpo humano es enfermedad. Pobres viejos porque ahora resulta que están todos enfermos. Y lo que más es de sorprender es que el tiempo no lleva a la vejez más que por coincidencia, pues tiempo bien llevado puede seguir pasando sin que por eso nos descompongamos (como mi horno de microondas, que es más viejo que yo). En vez de sufrir el momento de tener que arreglarnos será mejor alejarse desde antes de lo que obliga a estar en esa situación. ¿Y qué es lo ajeno al cuerpo, qué es lo que envejece por hacerle mal? ¡Lo artificial! También lo dicen todos los anuncios: las drogas, los ácidos, los pesticidas, los tratamientos de las fábricas, las toxinas, los químicos (¡los químicos no son naturales!), hasta el «estrés» y lo demás que suene no-natural, son todos males genéricos que clasifican como artificios. Qué cómico paraje éste al que nos hemos conducido: el mantenimiento del hombre se logra con una diligente distancia de lo artificial, un seguro, y dos chequeos anuales del médico (para hacer el cambio de aceite).

El discurso vertebral de estas acciones y estos deseos se hace fácilmente visible: el cuerpo humano es una complicada mezcla de materiales y su vejez o juventud dependen de su estado de salud, que no es otra cosa que el mantenimiento de su estado natural. Si mantengo el material natural intacto (o reemplazo lo que perdí) se mantiene también mi salud, y eso no debe de ser muy difícil porque las alteraciones del cuerpo son consecuencia de descuidos que permiten que actúen sobre él agentes externos. Por eso los anuncios hablan de quedarse siendo joven, porque al arrancar la juventud del tiempo e imputársela a la salud, hacen de la noción vulgar de salud lo mismo que la de juventud. ¡Hay quienes se llaman médicos y en ese nombre hablan de los síntomas de la vejez! Ahora sólo es necesario comer sanamente y alejarme de los químicos para nunca hacerme viejo, así como para que mi taza no se quiebre debo mantenerla alejada de los niños.

Triste vida para quien se crea herramienta ¿no?, porque si resultara que no es cosa de la salud la vejez, sino del hombre tal cual, y que es su natural forma envejecer por ser mortal, entonces tal persona estaría renunciando a apreciar con justicia buena parte de su vida. Y es cosa segura que morirá, o viejo o por violencia. No me extrañaría en tal caso que fuera un viejo, o una persona madura (que a sus ojos serán lo mismo), ácida y a quien la vida le parece de lo más odiosa. Sin amor por uno mismo, ¿cómo esperar de alguien que ame algo más? Y como dice por ahí el buen Jenofonte, ¿quién en su sano juicio confiaría lo que fuera a quien prefiere estar disfrutando de su juventud que estar disfrutando de la compañía de sus amigos?