¿Quién es…quién mató al sueño?

Fair is foul, and foul is fair:

Hover through the fog and filthy air.

Shakespeare.

Se dice del engañado por las brujas en el bosque, quien alguna vez soñó con cambiar el mundo, y para hacerlo acabó con el régimen pasado, mientras lo alojaba en palacio, que fue un tonto y un malvado, porque pensó que con el asesinato todo lo había cambiado.

Macbeth, mató al sueño al buscar poseer la corona de Duncan, cazó y culpó a inocentes muchachos para lavar su culpa, el bosque lo persiguió y se movió hasta sus almenas y el pobre mortal perdió lo que pensó era una promesa.

Qué bueno que esos engaños de brujas funestas, sólo funcionan con quienes confunden a las seguidoras de Hécate con inocentes sirenas; si es que la inocencia cabe en esas criaturas que no aparecen en los páramos desiertos sino entre las turbulentas aguas.

La muerte de Duncan no fue en vano si es que los hombres sensatos aprenden a no esperar cambios que sólo se fundan en el discurso vano.

Quién fue Macbeth es algo que sólo sabemos por el engaño que las brujas muy divertidas le hicieron, lo que para ellas es comedia para el pobre iluso es una tragedia.

Pero, ahora los hombres no confunden lo justo con lo mezquino, pues saben que las brujas engañan y que hablar en los salones de los palacios desde la mañana no es señal de un buen sueño, sino de insomnio.

Sólo los ingenuos creen que todo el que madruga logró dormir bien.

Maigo

Paz

En las celebraciones decembrinas comí conejo. Y no lo disfruté. Tal vez fue porque ese día comí demasiados platillos, porque no me gusta el sabor del conejo, porque estaba mal preparado (lo cual es imposible, porque todo lo demás estaba delicioso y fue preparado por las mismas manos divinas), o porque momentos antes de comérmelo me dijeron que el conejo lo habían matado ese mismo día. Hace mucho que no tenía contacto con alguien que matara su propia comida. Lo miré como si se tratara de alguien extravagante. No me considero vegano, vegetariano o algún amigo de los animales (por más contradictorio que esto pueda sonar). Pero visualizo desde mi celular lo que me podría comer. Eso que veo me lo podría llevar rápidamente a la boca. La mayoría de las veces ni siquiera tengo que esforzarme por hacer la mínima combinación de ingredientes. Ya no cocino. Mi relación con los animales cambia por cómo como.

Las corridas de toros le parecen violentas y salvajes a una buena parte de la población. ¿Hemos progresado en nuestra relación con los animales?, ¿somos seres más bondadosos por instaurarles y defender sus derechos?, ¿podemos ser defensores de los animales por dotarlos de características humanas? Podríamos decir que una vez que no criamos a los animales para nuestra comida, empezamos a verlos de una manera diferente, como nuestra compañía. ¿Pero qué clase de compañía es un animal? No creo que un jaguar pueda sentarse a nuestro lado en el sillón para apreciar los juegos olímpicos; dudo que se conforme con comer croquetas para adulto de raza grande. A un perro no podemos pedirle consejo por un problema laboral o amoroso. Un perico no nos pude ayudar a componer una canción. Los límites de los animales parecen fácilmente reconocibles.

¿Ser mejores con los animales nos vuelve mejores con las personas? Es decir, desde que tratamos mejor a los animales, sobre todo a los que nos acompañan en nuestro hogar, ¿somos mejores seres humanos?, ¿hay una relación entre repudiar la violencia hacia las personas, por ejemplo, y el no querer comer carne? Quien evita con un gran esfuerzo golpear al perro que se orinó en su sillón, ¿repudia la violencia en cualquier caso?, ¿cree que cualquier problema se puede solucionar con palabras? En un escenario plenamente hipotético, y por ello posible, si un animal atacara al defensor de los animales y el único modo de librarse de el sería asesinando a éste, ¿lo mataría o estaría dispuesto a sacrificar su vida con tal de no dañar a un animal? La misma pregunta se podría hacer si se tratara de una persona. Más compleja se vuelve la situación si la misma persona en paz con su tiempo tiene en su poder información fidedigna que le indica que un grupo armado atentará contra su vida, ¿hablará con dicho grupo experto en el uso de las armas para llegar a un acuerdo pacífico?, ¿le harán caso si él se presenta ante ellos sólo y sin arma alguna? ¿Podrá distinguir cuándo debe usar las palabras y cuándo la violencia para, ya no digamos defenderse, sino conservar su vida?, ¿será capaz de matar un animal para comérselo si su vida depende de ello?

Yaddir

Estridencias

La guerra había pasado y ya se volvía a gestar. Hubiera sido difícil saber si se estaba planeando; ningún susurro se escuchaba, pese al dominio casi total del silencio. La guerra anterior terminó con una paz silenciosa de ambos bandos. El acuerdo principal fue ese: el silencio. El ruido llegó a un extremo que separó en dos grupos perfectamente distinguibles a toda la humanidad. Cada uno defendía su modo de vida. La violencia acabó con la mitad de la población. Hay quien dice que todo comenzó con la incapacidad de llegar a consensos, de poder dialogar. Pero lo más probable es que no se supieran canalizar las provocaciones. En redes cada grupo avisaba dónde estaría para planear el ataque; el grupo rival asistía al evento y comenzaban los enfrentamientos. Siempre hacían lo mismo. No eran emboscadas, eran simples provocaciones. Al principio las armas eran los puños, pero, cual si fueran descubriendo la técnica armamentista, posteriormente usaron piedras, luego armas de fuego, para finalizar con bombas. Los cadáveres cubrían las calles, pues enterrarlos era peligroso, además de que quitaba mucho tiempo. Cada batalla dejaba más muertos, la mayoría caían por debilidad. La situación se volvió intolerable cuando las enfermedades mataron a más que las sangrientas y prolongadas batallas. Los líderes de cada bando llegaron a un acuerdo: la paz se sostendría si nadie emitía su opinión. Si alguien osaba violar el acuerdo, sería fusilado enfrente de todos. Para que nadie dijera nada, habría vigilantes compuestos por ambos bandos en partes iguales. Era importante mantener el silencio para que se escuchara la más mínima palabra. Hablar era un lujo peligroso. A los niños se les tapaba la boca con un algo semejante a un bozal decorado con caricaturas de los tiempos antes de la guerra. La única música permitida serían las pisadas. La internet quedaba prohibida. El papel sólo se usaría para lo más básico. Sólo los líderes podían escribir. Los libros hacía tiempo que no tenían sentido para nadie. Al principio de la más cruenta censura que la humanidad hubiera experimentado no fueron pocos los que se rebelaron, aquellos que estaban totalmente en contra de los acuerdos establecidos. Pero como los muertos eran menos que en las batallas, poco a poco fueron apagándose las ganas de la rebeldía. La paz llevaba mucho tiempo funcionando. Las miradas cada vez eran más amenazadoras. Parecía que era la única expresión de rebeldía, lo único que mostraba el anhelo de vivir mejor. El tiempo pasó y el olvido se impuso. Casi nadie recordaba por qué se habían dejado de hablar, por qué había guardias que tenían en el pecho, en el lado del corazón, una boca tachada. Pero había pasado tanto tiempo que ya nadie podía leer, nadie podía escribir y ya nadie sabía cómo hablar. Hasta que un día se escuchó un recio balazo y un profundo grito de dolor. De la boca de una persona asesinada extrajeron un pedazo de papel que nadie entendió, pero que decía “Nunca cayará lo nunca cayado”.

Yaddir

Ruido

Ruido

Ruido de frenazos,

              Ruido sin sentido,

 Ruido de arañazos,

 Ruido, ruido, ruido

Joaquín Sabina

 

Nada muestra tan claramente la decadencia de una sociedad como su ruido. Los oídos dotados del don de escuchar el lirismo de la poesía se estropean con el estrepito vehicular. La música pierde su fuerza revitalizadora al mezclarse con gritos; ponen el pie los gritos a quienes avanzan hacia la paz musical. Una sirena suena. El gemido que anuncia la violencia. Algo pasó o va a pasar; un estruendo que destruye la paz.

No basta con enunciar un problema importante, hay que enfatizarlo, repetirlo, hacerlo resonar, gritarlo para que se note. De cualquier cosa y por cualquier cosa la gente grita. Grita el vendedor en el mercado. La música pierde su melodía, empieza a gritar, al tensarse demasiado en la panza de una bocina. Un vecino invade tu lugar cuando te presume, sin que tú se lo pidas nunca, su peculiar y estridente gusto musical. Podríamos decir que un lugar te pertenece en la medida en la que forma parte de tu silencio. Si puedo dormir, mi noche me pertenece.

Jamás vemos lo importante si hay tantos ruidos sobre los que escribir. Perdemos una frase; dejamos de seguir una melodía; nos quedamos a medias con una historia ante tantas voces, ante tantas historias gritadas más fuertemente. No nos extrañamos si en una calle citadina preguntamos (o nos preguntan): “¿qué te estaba diciendo?” y respondemos (o nos responden) “Nada, olvídalo. No era importante”. Vaya que suele pasar. Entre tanto ruido nos perdemos. El ruido es el peor laberinto cuando nuestra musicalidad se encuentra arruinada. Pero “¿en qué estaba? ¡Claro!, ¡lo importante!” Un funcionario puede insultar a las esposas, hijas y familiares de las personas a las que representa sin que tenga consecuencias. Hay un poco de ruido, pero el nuevo ruido destrona al viejo ruido (¿cuántos se alarman en este momento de los ruidos de la semana anterior?). Una piloto puede compartir su deseo por que mueran miles de personas sin que nadie diga nada hasta que se haga mucho ruido. El ruido dominante es el del más fuerte, la voz que calla a todas las voces; el ruido que decide qué hacer. El ruido seguirá, piloto y funcionario aprenderán a no escucharse (¿podrán escuchar algo bueno?). Pero ninguno podrá escuchar lo que no alcance a ver.

Yaddir

Dulces sueños

Constantemente me sorprendo pensando que haya quienes duermen escuchando balas. No me refiero a canciones con detonaciones que puedan arrullar a las personas, estoy pensando en quienes escuchan a cada rato las detonaciones de dos grupos en pugna como si estuvieran a un metro de ellos y aun así logran soñar. ¿Qué nivel de concentración o de indiferencia han logrado conquistar?, ¿en qué clase de valentía o de resignación han ido a dar? Supongo que es parecido a acostumbrarse al ruido; sólo cuando hay silencio se nota; se puede caminar mientras cientos de voces se mezclan y los autos gritan su prisa. Pero, a diferencia del ruido citadino (que no deja de ser una lenta y cotidiana tortura) las balas pueden matar. Tan sólo una bala podría penetrar por una ventana, inclusive una pared (dependiendo el calibre), y terminar tajantemente con la vida de alguien mientras sueña; una persona, que vive en una populosa y peligrosa colonia, me aseguró que escuchó una bala rebotar al menos ocho veces en su cuarto y salir sin lastimar a nadie dentro del cuarto. ¿Pero qué se puede hacer ante ello?, ¿conviene protestar, exigir seguridad, protegerse con paredes más gruesas, vidrios blindados y pijamas anti balas? o, dadas las complicaciones y lo costoso de un equipo semejante, ¿lo mejor es no preocuparse por ello para poder dormir mejor?, ¿a qué clase de vida se puede aspirar cuando en cualquier momento, sin prepararse para ello, sin que haya posibilidad de arreglar asuntos pendientes, la vida se pierde en un sueño? No se puede vivir bien sin sueños.

Yaddir

Revolución

“¿Hipotéticamente? Fácil: porque si uno no mata, nadie lo toma enserio. Es la única prueba de seriedad, lo único que cuenta.” La frase golpea. Irrumpe en la comodidad de la lectura entretenida. Le exige al lector que se tome enserio la tranquila seriedad con la que se dice. Podría leerse como una frase política, de protesta, con sustento si se tiene en cuenta que la dice el famoso nihilista Serguei Nechaev puesto como personaje por J.M. Coetzee en El maestro de Petersburgo. Aunque parece ir más lejos de esa comprensión, pues Dostoyevski, el personaje con el que dialoga el nihilista, no intenta hablarle de la importancia de la justicia, de que está justificando fácilmente un crimen con su idea, sino que le cuestiona por qué quiere ser tomado en serio, como si le preguntara: “¿sabes a dónde quieres llegar con esas ideas?, ¿estás poniendo a prueba a la policía, a la comunidad o a ti mismo?” Quiere entenderlo, saber si su acompañante sólo es un provocador, un justiciero radical o un egoísta que muestra constantemente su poder y constantemente quiere superar su alcance. Popularmente se concibe a Serguei como un personaje que buscaba la revolución de cualquier manera. Se podría pensar que contra la injusticia se vale todo; quiere enmendar la ley ilegalmente. ¿Quiere actuar por encima de la ley porque ese es el único modo de ser tomado en serio?, ¿considera que si la ley es puesta y ejecutada por hombres, él, al concebirse como un hombre no inferior a los demás, y en muchos sentidos superior, puede derrumbarla para cambiarla?, ¿se sentía indignado por el modo en el que eran tratados los rusos y quería hacer algo al respecto?, ¿creía que toda revolución necesariamente tiene que ser violenta para ser tomada en serio? Algo parece claro: Nechaev es alguien que hará cualquier cosa para conseguir lo que quiere.

Yaddir

Huachicoleo del alma

Huachicoleo del alma

Parece que la conversación pública padece huachicoleo del alma. Y no lo digo sólo por la oportunidad de la expresión o la permeable presencia del desabasto de combustibles en las ciudades de México, sino por la abundancia de alegatos publicados mas no públicos, politiqueros pero no políticos. Los huachicoleros del alma han conseguido el desabasto de ideas políticas en la conversación pública y la sobreoferta de combustibles antipolíticos. Sólo así explico mi sorpresa: estamos viviendo un ensayo de Estado de Excepción y la preocupación mayoritaria no parece haberse dado cuenta. Sí, ya sé que se me objetará que todavía soy libre de inventarme un Estado de Excepción, que a pesar del desabasto la mayoría de las personas se ha desenvuelto libre y rutinariamente, que las garantías todavía no han sido tocadas, o que todo ha sido magnificado por la verbosidad mediática. Todo lo cual es casi cierto. No afirmo que estamos en Estado de Excepción, sino que estamos presenciando un ensayo de Estado de Excepción. Y añado: el ensayo va resultando tan exitoso que la abundancia de opiniones en torno a él es buena prueba. Intentaré explicarme.

         Desde el poder ejecutivo se ordenó que las fuerzas armadas tomaran control y posesión de las instalaciones de una empresa. Para justificar pragmáticamente la decisión se alegó que fuera de esas instalaciones, pero en algunas propiedades de la empresa, se cometían crímenes. Tomada militarmente la empresa se añadió que la justificación última de la decisión es la soberanía nacional. La justificación última encontró aceptación por varios de los elementos esenciales de la ideología política dominante (y en el poder): la convicción de la superioridad de la unidad sobre la ley, la teología del petróleo y la reinterpretación lópezobradorista del origen de la violencia.

         Que en nuestros días se ha supuesto a la unidad como objeto de cuidado en detrimento de la ley se reconoce desde los días posteriores a la elección: aunque casi medio país no votó por él, se dice, hay que apoyar al presidente para que las cosas salgan bien. Opinión que se refuerza con el protagonismo autocrático de Andrés Manuel López Obrador, quien insiste en presentarse como el camino a la unidad y la concordia. Cierto, entre los eslóganes habituales de su rutinario y limitado discurso, el presidente insiste en que nada contra o sobre la ley, siendo él y no la ley la garantía de lo dicho. “Yo no miento”, insiste. En estos términos, la toma militar de una empresa pública se vio públicamente como aceptable: ¡primero la unidad!

         La teología del petróleo es el discurso nacionalista que para arraigarse en un pasado fabulado cree encontrar la identidad nacional en el subsuelo. Manipulador ideológico de la historia, López Obrador ha insistido -desde hace mas de treinta años- que el destino del petróleo es el destino de México. Incapaz de reconocer al petróleo como un recurso agotable, el presidente ha pretendido que Pemex es la promesa del futuro nacional. ¿Qué pasará con México cuando el petróleo se haya terminado? Encontrará la identidad en el rencor, buscará culpables y sacrificará a los corruptos que hayan “saqueado” a México. Andrés Manuel, profeta petrolero, no será el responsable, sólo el conducto, el enviado. ¿Acaso no dijo en el espectáculo multicolor en que recibió el “bastón de mando” que él ya no se pertenece?

         El carácter sacrosanto y nomotético que el presidente se adjudica tiene una consecuencia importante en la comprensión de la violencia y en la posibilidad de instaurar un Estado de Excepción. Con Felipe Calderón la explicación, casi nula, del origen de la violencia intentó ser legal pero su temperamento la emplazó al desplante y el capricho: del alegato por la salvación de los hijos al desdén desesperado del sólo son malandros. El carácter de Calderón Hinojosa, su falta de templanza, le impidió cualquier condición que acercara al Estado de Excepción. Incapaz de contenerse, el presidente parapetó con la ley su enojo y presumió como tenacidad su capricho. Con Enrique Peña la explicación se impuso, pues su estrategia de erradicar la violencia no hablando de ella quedó calcinada en el río San Juan. Tentado a decretar el Estado de Excepción a partir del reconocimiento de su desprestigio y desdibujamiento público, fue capaz de ver que la violencia misma bloqueaba el intento de rescatar al Estado. Apocado y timorato, Peña Nieto se hizo a un lado esperando que el terror fuese disuasión efectiva. La falta de carácter del presidente redujo las leyes a reglamentos, consiguió que el cumplimiento de los segundos fuese un trámite burocrático, logró que las primeras fueran un rumor académico. La violencia se consideró sólo un problema técnico y fue técnicamente incorregible. Y en el escenario de descrédito de la técnica, el análisis, los reglamentos y las leyes, apareció la modificación de la explicación del origen de la violencia de Andrés Manuel López Obrador: la causalidad moralista. Si la ley es límite contra el Estado de Excepción, la moral podría pedirnos suspender la ley. Si los reglamentos nos impiden el Estado de Excepción, la moral nos dictará modificarlos. Si el Estado de Excepción es técnicamente inviable, la moral corregirá a la técnica. La situación límite no tuvo, ni con Calderón ni con Peña, una interpretación moral. Para López Obrador, la situación límite es moral: me colmaron el plato. En su postura, Andrés Manuel supone que el límite no lo da la ley, o los reglamentos, tampoco los análisis o los especialistas; el límite es Él, el señor presidente, el garante de la moral. El Estado de Excepción ya tiene listo el camino. El desabasto de gasolina va siendo un ensayo exitoso.

         Tres ejemplos para ilustrar el éxito del ensayo.

  1. En Tamaulipas, habiendo tomado control militar de las instalaciones de Pemex, el ejército prohibió a los trabajadores el uso de dispositivos móviles. Los empleados acataron, ya sea porque están convencidos de la moralidad de la medida, ya sea porque están aterrados de nuestro régimen de delación y sospecha. Los lectores de noticias transmitieron el hecho. A los analistas no les pareció raro. ¿Y al lector? No hizo falta modificar la ley o los reglamentos para que un sector de la población renunciara a sus derechos laborales.
  2. En la morbosa exhibición de los desesperados en las gasolineras fue lugar común la aceptación de racionamiento. La población mexicana se habituó a un régimen de guerra sin declaración de por medio. La convicción, según los entrevistados, es moral. Todos dicen estar en contra del crimen. ¿Qué diferencia habría con el racionamiento en el resto de los productos? La facilidad con la que el argumento moral manipula las convicciones vuelve el asunto preocupante.
  3. En el discurso público y las tomas de partido de estos días abundan los alegatos técnicos, legaloides, morales, politiqueros y conspiracionistas… pero casi nadie ha notado la renuncia a los propios derechos, la sumisión de la vida a un régimen extremo que por una presumida superioridad moral ha ensayado un Estado de Excepción. No se ha de prohibir la expresión en tanto carezca de ideas políticas. Para el Estado de Excepción la verborragia es buena herramienta, pues por ella se transmite el imperativo moral.

Vamos, muchachos, sigan saturando lo público con lo que no es político, que ya hasta a la conocida frase de Cosío Villegas ha aludido el simulador. El ensayo de Estado de Excepción va siendo todo un éxito. El huachicoleo del alma nos ha dejado en desabasto de ideas políticas. El mercado sólo tiene combustibles de inflamación del ánimo. Todo está puesto para que, inflamados los ánimos, del ensayo pasemos a la ejecución. ¿Y cuando la moralina no sea suficiente?

Námaste Heptákis

 

Coletilla. Hoy, estimado lector, nuestro blog celebra 10 años. Quiero agradecerte a ti y a mis amigos. Tanta complicidad, ¿dónde encontrarla? “Mis amigos son unos malhechores, convictos de atrapar sueños al vuelo, que aplauden cuando el sol se trepa al cielo y me abren su corazón como las flores”. Gracias.