¿Qué es de ti?

¿Qué es de ti, hombre, si de tierra estás hecho

y no está tu felicidad en esta tierra?

¿Qué es de ti, hombre, si no hay gloria para el descarriado

ni perdón para el pecador?

¿Qué es de ti, hombre, si no hay consuelo en la ciudad

y sólo vives para ella?

¿Qué es de ti, hombre, si no posees nada

y tu anhelo excede todas las riquezas?

¿Qué será de ti cuando los siglos se hayan consumido

y no haya más tiempo para la acción?

Los Malos Buenos Deseos

To be happy with you have,

you have to be happy with what you have to be happy with.

-King Crimson

Muy fácil es decirle a alguien que aprenda a conformarse con lo que tiene, y fácil también (aunque no tanto), es convencerse a uno mismo de que debe hacerlo: la vida es de por sí dura como para que encima le añadamos más problemas mortificándonos por lo que no tenemos; no sólo eso, sino que al estar pensando en lo que nos falta perdemos la mirada y dejamos de atender lo que sí tenemos, de darle el valor que merece; si dependemos de lo demás para sentirnos bien entonces nunca seremos dueños de nosotros mismos; y además, por inconformes vivimos infelices, cosa que parece muy tonta si la felicidad depende de decidir estar bien con lo que se tiene, sea lo que sea, sea cuando sea.

Este discurso, plenamente recurrido por muchísima gente en nuestro país, y seguramente en el resto del mundo, no sólo es fácil, sino que muy perjudicial. La razón es que no es cierto que convenciéndose de que a uno le basta lo que tiene, le basta. No es cosa de recitar la nueva vida lo que lo deja a uno comenzar a ser feliz, porque de hecho la necesidad de tal convencimiento surge de sentirse infeliz por lo que no se tiene (o por lo que sí se tiene que uno no quiere). Y tener lo estoy usando en un sentido muy amplio, que puede ser de objetos o de privilegios o de una buena vida. Si sentimos que nuestra vida no es digna, no hay modo de convencernos de que la felicidad está allí en la indignidad, tan pronto como nos persuadamos de que en lo único en lo que radica el gozo de vivir es en la decisión de disfrutarlo. En ese sitio yace lo que más nocivo encuentro de la propuesta conformista: equipara todas las posibles decisiones, las concentra en el mismo punto y las deja todas a la par, sin distinción de buenas o malas, ni de buenas o malas vidas. Decidir que se vive bien, vívase como se viva, es lo mismo que decir que hay que autoconvencernos de que no importa lo que decidamos hacer, si decimos que está bien las suficientes veces como para llegar a creerlo fervientemente.

Especialmente estas épocas escuchan mucho de esto porque cunden de buenos deseos y esperanzas renovadas (por lo menos entre los que no creen que la Tierra explotará mañana) por la satisfacción de los deseos. Estos anhelos, dicho de paso, casi siempre son económicos, y de ahí que haya tantos rituales y supersticiones con las que se afirma que el siguiente año tendrá más dinero y éxito-en-el-trabajo: como se supone que las ganas de que todo esté bien son suficientes para que lo esté, no hay por qué suponer que uno no incrementará sus riquezas, si tanto lo desea. Pero ese camino fomenta que uno no tome consciencia de sus errores y pierda la perspectiva sobre la profundidad de las consecuencias de sus acciones. En el mercado (porque por supuesto hay un mercado amplísimo para esta tendencia) se habla sin parar de prosperidad y éxito, de valores y caridad, de calidad de vida y de innumerables fórmulas que ya no nombran nada porque todas tienen un mismo cometido y están pensadas desde una misma perspectiva: crear la noción de que la buena vida la puede tener cualquiera, viva la vida que viva. El camino, entonces, es facilísimo, porque requiere únicamente admitir que uno lo quiere, y después de eso todo llegará solo. Pero la prosperidad no se puede obtener, creo que afortunadamente, en los libros de Sanborns ni en el radio matutino. No es verdad que sonreír siempre es fácil, y que “no cuesta nada”. No es verdad que la vida sea muy simple y sencilla y que los problemas sean en realidad la actitud hacia los problemas. Quien está convencido de que éste es el camino para ser feliz se pasa todo el día hablando de ello, esforzándose, repitiéndolo: tiene que callar la muy obvia sensación de infelicidad que lo llevó ahí en primer lugar. Decirle a miles de personas que abran sus corazones para la llegada de la luz al mundo y que liberen sus almas y que despejen sus mentes y que gocen su yo interior no sirve a ningún buen propósito si quien escucha tales cosas no tiene la más mínima preocupación por mejorar. Y mejorar sólo es posible si uno no está conforme, y si uno no admite que así como vive está mejor que de cualquier otro modo.

Confusión Biológica

La opinión popular, que hoy tiende a aceptar el cientificismo de nuestros expertos en materia biológica, dicta que la vida tiene algunas características sencillamente distinguibles: es una condición que gozan las cosas de la naturaleza que nacen, crecen, se reproducen y mueren; o desde una perspectiva menos afín al nivel medio superior de educación, las que tienen nutrición, relación y reproducción. En general la perspectiva nombra todo ser organizado de modo que lleve a cabo funciones que lo mantienen hasta que deja de ser y que propician que se generen otros seres semejantes a partir de él.

Qué fácil suena distinguir lo que es la vida así, sobre todo si en el caso de la humana hacemos consciencia de que nuestra tendencia a reconocernos como un solo organismo es en parte un engaño del tamaño y de nuestra configuración: somos la suma de incontables seres vivos pequeñitos, cada cual con su importante papel, que mantienen su estabilidad dependiente de muchas otros delicados sistemas de balance. Nuestro pensamiento sobre nosotros mismos también es resultado de multitud de operaciones incontrolables. El problema es que nuestra experiencia de vivir se nos muestra como la posibilidad de pensar a voluntad y actuar como juzgamos mejor; y si esas cosas fundamentales están en sus principios gobernadas por pequeños destellos de intercambios energéticos fuera de nuestro control, entonces es evidente que la sensación de ser nosotros los que viven su propia vida es una porción de ilusión.

La gran dificultad de discutir la vida desde esta perspectiva es que la realidad de las operaciones biológicas es incompatible con nuestra experiencia más vital (si se puede decir así). Estuve dándole vueltas y vueltas a los mismos puntos, intentando platicar con alguien que se rehusaba a admitir ninguna otra forma de exposición de la vida que la biológica; y tal vez yo mismo estaba en la misma obstinación de no aceptar como vida las realidades de la rutina química de las células. Y entonces me percaté de que el verdadero conflicto está en creer que una cosa como el equilibrio del sistema químico y otra cosa como nuestra experiencia humana son la misma, y en creer que una explica a la otra o al revés. Ahora me parece más sencillamente que el único mal de la opinión popular es que su dogma incluye esa noción de que nuestra experiencia es en su raíz falsa, cuando la naturaleza de ambas discusiones es de lo más diversa. Es verdad que en la naturaleza hay un montón de cosas de generación organizada que tienen metabolismo y relaciones y homeostasis y nociones compatibles; pero eso no quiere decir que nuestra comprensión de nosotros mismos como una sola vida (a menos que uno esté enfermo no se siente más que uno) sea error por ignorancia. Sobre nuestra experiencia de la acción, del amor, de la amistad, etcétera, habrá de hablarse de otra manera.

Jaque mate

Érase una vez, en un país muy lejano, un rey que tenía vastas y fructíferas tierras, un ejército que resultaba más letal y eficiente que una plaga de hormigas y el dinero suficiente como para mantener holgadamente a cinco generaciones venideras, si es que algún día tenía descendencia… Ése era su más profundo y quizá hasta último deseo en la vida, por lo que sus días transcurrían con el temor de hacerse viejo pronto y jamás verlo cumplido. Cuando hubo perdido la esperanza, el monarca tuvo no uno sino dos hijos varones, a los cuales amó por igual tan pronto abrieron sus ojos. El rey nunca había sido más feliz. Sin embargo, no todo era dicha y felicidad para la nueva familia real.

Los pequeños príncipes crecieron sin su madre, pues ésta había muerto al momento de parir, y tuvieron que criarse entonces en el regazo de las distintas nodrizas de pechos turgentes que el monarca buscaba para asegurar el bienestar de sus hijos. Al poco tiempo comenzó a notarse el increíble parecido que había entre ambos hermanos, lo cual hizo imposible que la gente pudiera distinguirlos, a excepción de su padre que los conocía como la palma de su mano. Los niños crecieron sanos y fuertes, pero sobre todo con un amor incondicional entre ellos, pues al carecer de madre intuían que, en caso de que su padre faltara, sólo se tendrían a ellos mismos en este mundo. Por si esto fuera poco, sus vínculos fraternales se hicieron aún más estrechos por su calidad de gemelos. En un abrir y cerrar de ojos, los príncipes pasaron de ser unos niños para convertirse en los dignos herederos que tanto había anhelado el monarca, su padre, quien ya vivía al acecho de la muerte.

Un día la fatalidad tocó a la puerta del castillo real y el monarca cayó presa de una terrible enfermedad que lo dejaría encamado hasta el final de sus días. Llegaron médicos de todas partes del mundo para intentar curar al rey, pero todo esfuerzo resultó inútil y vano. Los gemelos, si bien ya no eran unos jóvenes imberbes, tenían miedo de tomar decisiones equivocadas respecto a su padre y a la administración de su reino, pero aún así tomaron las riendas del asunto a sabiendas de que sólo uno de los dos terminaría heredando todo el reino. Esto no causaba conflicto alguno entre los hermanos, sin embargo los enemigos del monarca veían en esta sucesión la oportunidad de arrebatarle al viejo moribundo el reino que había estado tanto tiempo entre sus manos. El monarca lo sabía y si en su momento había ansiado con tanto fervor tener descendencia había sido para tener a quien dejarle todo aquello, por lo que no iba a permitir que su reino cayera en manos ajenas. Mandó entonces llamar a su consejero principal, quien tenía el deber de escribir el legítimo testamento del rey y cuidar de que éste se llevara a cabo al pie de la letra, para revelarle un oscuro secreto que concernía a sus hijos y que había guardado por todos esos años con la esperanza de no tener que revelarlo nunca, y como ya no podía darse ese lujo, había llegado el momento de revelar la verdad.

Cansado de que la reina no pudiera darle descendencia, ideó un plan para quedarse viudo, de tal modo que buscaría a otra doncella que fuera fértil para casarse con ella y así cumplir el deseo que en su corazón habitaba. Fue entonces que la reina le anunció que estaba encinta y que pronto le daría un heredero. Aunque esto alegraba al rey como nunca antes, también significaba que debía abortar su plan, el cual ya estaba en marcha: el monarca, adelantándose unos pasos, ya había puesto su semilla en el vientre de otra mujer, una joven pueblerina a la que después llevaría como sirvienta al castillo real. Nadie sabía de su fechoría, ni siquiera la joven pueblerina, pues había cuidado hasta el último detalle para salir bien librado de ella. Fue así como el rey se hizo de dos hijos varones, los cuales tuvieron el buen tino de nacer el mismo día a la misma hora y no sólo eso, sino que demostraron ser de su sangre al dejar que sus respectivas madres murieran desangradas por el esfuerzo del parto. Bastó con mandar matar a las parteras para que el secreto quedara a salvo. De este modo, los cabos sueltos se ataban y el rey conseguía lo que siempre había querido: una descendencia.

El consejero principal, el hombre de más confianza que había tenido el monarca, escuchó la historia en completo silencio, sin interrumpirlo y cuando el rey calló, comprendió horrorizado que sus hijos no eran gemelos y que además uno de ellos era un bastardo y por tanto no tenía derecho alguno a subir al trono, por mucho que su padre lo hubiera amado igual que al otro. En ese momento, el rey palideció y su cuerpo comenzó a temblar frenéticamente, le dio un ataque que duraría no más de cinco segundos y que lo sacudiría sin piedad y con la fuerza suficiente para que en el último estertor el aliento de la vida lo abandonara, dejándolo en su lecho inerte y con el rostro desencajado. Parecía como si la enfermedad hubiera estado esperando a que el monarca confesara su culpabilidad para poderlo castigar finalmente.

No hubo tiempo para escuchar la última voluntad del rey. Sus hijos, aunque idénticos, no eran gemelos. Uno de ellos era el legítimo y el otro no era más que un bastardo, ¿pero cómo diferenciarlos si su padre era el único capaz de hacerlo? ¿Cuál de los dos tenía que subir entonces al trono? Eso sólo podía contestarlo el rey y el rey había muerto…

Hiro postal