08
Ago
09

El árbol

El árbol

Las historias se dan en un mismo árbol. Sólo hay que arrancar la que esté madura, dejar intacta la que todavía está verde y esperar que las demás caigan por su propio peso. El problema no es llevarse alguna historia antes de tiempo, sino encontrar el árbol. Se esconde de los que creen que las historias son suyas, de aquellos que anidan en su corazón el deseo de sembrar su propio árbol para sí. Malvados e ingenuos por igual son descartados por él.

Siglos de pie, viendo pasar el destino de los hombres. Cansado de mirar sin juzgar a los que pasan frente a él. Tan cansado, esperando el final que parece nunca llegar. Mírenlo, la tristeza se escapa a través de sus frutos, las historias que alimentarán nuestra alma. Y comemos con el ánimo embriagado por el sabor, sintiendo que cada bocado saciará nuestro deseo para siempre…

¿Quién lo habrá plantado? ¿Hasta dónde se extienden sus raíces? ¿Qué tan viejo es? ¿Qué hay en sus frutos que parecen mantener al mundo?

Acaso los dioses le hayan dado el don de compartir sus frutos para alimentar a los hombres. Sea que haya sido designio divino o que en medio del azar se haya instalado en ese lugar para ver pasar las centurias sin que el tiempo lo alcance, al final siempre queremos retornar a él. Sus hojas han caído incontables estaciones pero ahí está, imponente en el horizonte de nuestros deseos. Poco podemos saber de él, mientras su boca siga extinta y su única respuesta a nuestras preguntas sea el cadencioso mecerse de sus ramas.

Su origen es un misterio. Preguntarse algo más por un origen que escapa a la comprensión de los hombres es jugar al adivino, al nigromante. El hecho es la visión que se presenta ante quienes los ven, no de dónde ha venido sino que ahí está y lo que pueden conseguir de él aquellos elegidos para probar su grato fruto.  Solo el presente, solitario como los que se acercan al árbol, importa. No hay más vacilación que trepar a la copa y dejar una parte de sí en ese intento.

Sus frutos son el alimento para el alma de los melancólicos, los afligidos, los insomnes y todos aquellos que han perdido el camino. Las historias se funden con la búsqueda de ese algo que los invite a sonreír, a cambiar, a esperar el mañana. Bendita naturaleza, les da lo que necesitan si saben escuchar. Oír con el gusto. Pues por la boca entra lo que les dará el bienestar, así como lo que les puede matar, el secreto está en afinar el oído y el paladar…

07
Ago
09

¿QUÉ LÁSTIMA?

No rechaces al hombre afligido que

te suplica ni vuelvas la cara al

necesitado; no des motivo a nadie

para que te maldiga, pues si te

maldice en la amargura de su alma

su Creador lo escuchará.

Sir. 4, 4-6.

Por lo regular, la virtud que se contrapone a la avaricia es la caridad, y esta contraposición está fundada en que tal virtud se muestra a los ojos del observador mediante la capacidad para compartir que se dice tiene el caritativo, mientras que la avaricia se aprecia en la incapacidad del avaro para deshacerse hasta de aquellos bienes que le son inútiles y estorbosos.

Pero como la avaricia no sólo consiste en guardar bienes, sino en la actitud y en la razón por la cual estos son acumulados, yo me atrevería a pensar que es más bien la compasión la actitud contraria a este pecado capital y no la caridad. Antes de continuar con mi osadía, conviene que me detenga unos instantes a reflexionar ¿qué es eso a lo que llamamos compasión?, ¿será la compasión lo mismo que la lástima?, y para ver si ésta es o no contraria a la avaricia resulta pertinente preguntar si el avaro es incapaz de sentir compasión.

Cuando escuchamos el término compasión, difícilmente podemos separarlo de la idea de lástima, hasta en el diccionario aparece definida la compasión mediante ésta, si consultamos un diccionario podemos ver que compasión es un sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias[1]; de modo que podríamos pensar que comprenderemos lo que es la compasión si vemos primero lo que es la lástima, yendo nuevamente al diccionario encontramos que lástima implica además de sentir dolor por el otro, una cosa que causa disgusto, aunque sea ligero[2].

Así pues, si relacionáramos las ideas que tenemos hasta ahora respecto a la compasión y la lástima, resultaría claro que la lástima no sólo sería sentir dolor por lo que le pasa al otro, sino también sentir disgusto, el cual bien podría trasladarse de ser un disgusto por aquello que el otro está viviendo a un disgusto ocasionado por la presencia del otro al cual se le ayuda con tal que salga pronto de la vista.

Si la compasión, incluye en sí misma la posibilidad de sentir disgusto por la presencia de otro, debido a que éste ha caído en desgracia, entonces difícilmente podría pensarse en ésta como en una virtud, la cual por ser un hábito que tiende hacia el bien del individuo y de la comunidad genera muchos otros hábitos benéficos para los mismos, es decir, si la compasión conlleva a la lástima, entonces lo único que puede esperar una comunidad compasiva es el resentimiento de aquellos que han sido vistos con desagrado, resentimiento que conduce necesariamente a la disolución de la comunidad.

Quizá ayude a depurar la idea de compasión el ver el origen del término, compasión proviene del latín  compassio, el cual traduce al término griego sympatheia, de dónde viene la palabra simpatía, muy contraria al disgusto que se oculta tras el término lástima; la sympatheia es un movimiento del alma, mediante el cual somos capaces de sentir junto con el otro sus alegrías o sus dolores, de modo que aquel que siente junto con el otro tiene la sensibilidad suficiente como para comprender aquello por lo que el otro está pasando, comprensión que le permite ayudarlo cuando es el caso. De lo anterior se desprende que la compasión es la capacidad de padecer con el otro, es decir, de sentir dolor por aquello que al otro le pasa sin por ello sentir desagrado con la presencia de éste, ese dolor al ser tan vívido, comprendido, mueve al hombre compasivo a ayudar a quien se encuentra en desgracia.

Una vez que ha quedado aclarado lo que es la compasión, enfocaré mi atención en ver si ésta es efectivamente, o no, contraria a la avaricia, y si puede ser tan contraria como para ser colocada como la virtud mediante la cual el avaro puede curar su alma del padecimiento que es vivir con la angustia de no tener con qué vivir al día siguiente.

Comenzaré esta reflexión en torno a la relación entre la avaricia y la compasión preguntando al avaro si éste es capaz de sentir compasión, pensando en que éste podría llegar al extremo de privarse de todo, en caso de poder, con tal de no carecer de ese todo el día de mañana, parece más bien que el avaro se caracteriza por su indolencia, pues no es capaz ni de sentir la necesidad de atenderse a sí mismo, de modo que menos se puede esperar de él que atienda a la comunidad y a lo que los miembros de ésta necesitan.

El avaro, comienza siendo avaro consigo mismo, es decir, cierra sus ojos y sus oídos a sus propios dolores y pesares, por lo que resulta absurdo pensar en que éste pueda salir de su ensimismamiento para atender a lo que otros sientan, así pues es incapaz de sentir alegrías y tristezas o de compartir las de los demás, mucho más alejado está de comprender a quienes lo rodean.

Como la compasión exige la capacidad de sentir, primero lo que hay en la propia alma, y después lo que hay en la de los demás, para que así se de la comprensión que ésta exige, entonces resulta claro que el avaro no es capaz de compadecerse con los demás, quizá lo más que pueda ofrecer sea lástima, pues bien puede ser el caso que el avaro se decida a compartir una pequeña parte de sus bienes para deshacerse de la molesta presencia de quien ha caído en desgracia -quizá por falta de precaución y su incapacidad para ahorrar- podría pensar el avaro.

Así pues la única forma en la cual el avaro puede curarse de tal indolencia, es abriendo los ojos ante lo que él mismo necesita, y de lo cual se priva con tal de acumular, de modo que pueda sentir junto con los otros tanto las alegrías como las desgracias, sentimiento que lo puede conducir a compartir lo que tiene y a integrarse a la comunidad de la que lo aleja su avidez por la riqueza.

No está por demás señalar que la compasión sólo puede presentarse entre amigos, es decir, entre seres que se conocen, pues sin el conocimiento que el amigo tiene del otro la comprensión de lo que siente el otro resulta imimaginable, no es posible comprender bien a quien es desconocido. Este carácter comunitario de la compasión, nos puede llevar a concluir que si bien es imposible una comunidad conformada por avaros, una comunidad conformada por hombres compasivos, no sólo es posible, también es deseable, pues no hay mejor comunidad que la que se puede formar con los amigos.

Maigoalida de la Luz Gómez Torres.


[1] Cfr. La entrada del DRAE para compasión.

[2] Cfr. La entrada del DRAE para lástima.

04
Ago
09

De cómo una Vez Se me Enfrió mi Café

A. Cortés

Les contaré un sueño que tuve una vez. Me tomó dormido sobre cierto sillón de piel que tiene la mala costumbre de encantar a sus durmientes con pesadillas y sueños inquietos, como si lo rodeara un aura maligna infundida por algún travieso demonio. O –más verosímilmente- como si no fuera ergonómicamente apropiado para dormir. Esta vez, sin embargo, no sufrí la clase de temores que aquejan a quien dice haber tenido pesadillas.

Al perder el tono muscular comencé a sentirme flotando, yendo sobre el agua en algún bote o barco pequeño y crujiente. Primero disfruté esos tronidos de madera chocando como dientes que se aprietan muy fuerte, como los de quien intenta sujetar apretando los brazos varias cosas, con su plan de fuga cada una. El sonido se hizo menos importante, cada vez menos, porque sobre el suelo de madera se me hizo presente el gran hombre que sujetaba todas las tablas. Así me di cuenta del precario navío que me soportaba: un montón de láminas de madera agarradas por una sola y pobre persona. Estaban técnicamente despegadas, pero por hacerlas todas hacia el centro con las manos, se mantenían unidas en una delicada tensión que aquel desgraciado expresaba con sus divertidas muecas y el tremor de su cuerpo. Me divertían a mí, eso sí, aunque él no parecía estar pasando un buen rato.

Seguido a ésto, otro caminó detrás del ancho hombre, pero éste era más bien un niño. No estoy seguro de que me haya visto, pero puedo saber con esa extraña seguridad incongruente propia de los sueños, que sabía que yo conocía la trama de su plan y que no le importaba en lo más mínimo: haría cosquillas al sujetador. No suena muy dramático, quizá, andar haciéndole cosquillas a la gente; pero en este caso, yo supe que todo para mí terminaría mal (cuando menos) en cuanto el escuincle tocara ese gran costillar tembloroso.

Es común que en momentos de rápida amenaza uno quiera evitar lo inevitable, pero yo no quise hacer más que ver. Vi mientras el niño se acercaba juguetón a ése que era su padre (porque yo de pronto supe que era su padre) y de puntitas se preparó para picarlo debajo de los brazos. Vi, y nada hice que no fuera quedarme quieto y observar. Hasta ahora pienso que tal vez por eso no le importó que yo supiera sus maleducados designios. Muy cauteloso el chamaco, se tardó en adoptar una posición que le diera la confianza de no ser descubierto antes de tiempo, y en cuanto estuvo plenamente preparado noté maravillado que ambos, el gran varón fornido y el enclenque mocoso, tenían exactamente la misma posición: ambos con las piernas abiertas y tensas, la mirada al frente, el cuello ensanchado por la trabazón de la mandíbula, y los brazos abiertos hacia los lados. Sus caras eran parecidísimas, aunque no podría describirlas porque no las recuerdo en absoluto. La única diferencia era que el niño no tenía nada que sostener, sólo estaba allí imitando sin saberlo y sin quererlo, haciendo cualquier cosa que más se asemeja a los asuntos de los niños que cargar con la responsabilidad de mantener unida la cubierta de un barco (que quién sabe a quién se le ocurrió diseñar) y a salvo a sus pasajeros (que quién sabe por qué se les ocurrió zarpar).

Estaría bien contar que por fin se decidió a hacerle cosquillas y que el gran hombre saltó dando un gran grito, inevitablemente cediendo al espasmo de sus músculos; y también ayudaría decir que las tablas salieron volando para todos lados, desapareciendo como si de puro hastío cada una quisiera estar lo más lejos posible de la otra, haciendo un zumbido desgarrador a su paso cortando el aire como balas; y añadir que caí en el frío más espeluznante y sofocante que recuerdo, que presionó mi pecho y me congeló hasta el pensamiento. Estaría bien decir todo eso para que el final de mi sueño fuera más llamativo y atrayente, pero la verdad es que eso ya no lo soñé.

Desperté tras eso y terminé con mi café, que ya se me había enfriado.

02
Ago
09

ll

En las manos llevabas algo
que no pude adivinar.

Pasaron los años
y comprendí el misterio…

Era mi corazón.

01
Ago
09

Dos minutos en la vida

Tres de la tarde con cuarenta y tres minutos y treinta y nueve segundos.

Él está de pie, en el teléfono público situado en la esquina que se encuentra frente al monumento, al que acaba de llegar con cierta prisa. Sólo tiene unos momentos antes de que termine su hora libre y debe regresar temprano a la oficina, pues quiere ahorrarse las explicaciones a su jefa, así que debe apurarse. Toma la bocina, la lleva a su oído derecho, e inserta un par de monedas. El semáforo que se encuentra a un costado de la esquina está en rojo. El sol brilla con todo su esplendor. El cielo, de un azul intenso y profundo, carece de nubosidades, por lo que el calor es inimaginable. Hay una camioneta bastante lujosa detenida, esperando a que la luz torne a verde para continuar con su camino. Pese a llamar en general la atención de los transeúntes, pasa desapercibida ante los nerviosos ojos de nuestro personaje. Lo anterior se debe a que tiene la mente concentrada en la llamada que se propone hacer, aunque algo, una especie de duda que le retuerce las entrañas, le impide pulsar los botones que han de conectarlo con quien él espera. Él sabe de antemano que no tendrá éxito en su actual designio, que ella no le contestará; o por lo menos cree estar seguro de ello. Siempre ha sido así. Siempre que está por hacer la llamada, siente como si estuviera iniciando una empresa destinada al fracaso. A decir verdad, no importa si su llamada termina siendo contestada o no, siempre es lo mismo. Es algo que no tiene sentido. Finalmente, después de un par de eternos instantes llenos de duda y nerviosismo, el teléfono da línea y sus temblorosos dedos marcan el número deseado, no sin cierta dificultad.

El teléfono suena. La zozobra aumenta. El teléfono suena otra vez y un par de veces más. Él pone su atención en su alrededor para ver cuál es el panorama que le rodea, intentado convencerse de que le es indiferente lo que pase. Además, teme que los extraños que pasan por el rumbo le estén observando allí parado, pues es seguro que todos se fijan en él. Totalmente indefenso ante ellos, quisiera ocultarles lo que hace pues no tienen por qué meterse en sus asuntos personales. Siente un gran temor por las miradas invasoras de quienes caminan cerca del lugar. Esa amenaza no la puede soportar. Siente que todos quieren interrumpir y violentar su privacidad. Gotas de sudor corren por su frente, y sigue examinando los alrededores en busca de algo. En verdad se siente vigilado, aunque  nadie ha reparado en él y mucho menos mostrado interés en lo que hace.

A decir verdad, esa incomodidad y el extravío de su mirada en realidad se deben a que no puede notar otra cosa que el teléfono sonando una y otra vez en la bocina. Eso es un martirio para él.

El semáforo continúa en rojo y el teléfono vuelve a sonar.

En un instante, su vista perdida hace contacto con algo. Se trata de la lujosa camioneta que no hubo visto con anterioridad y que sigue esperando a que se ponga el siga. Sus ojos se encuentran con que, en el asiento del copiloto, viene sentada una muchachita de entre trece y catorce años de edad a lo más, concentrada en comer una congelada de color anaranjado que su pequeña mano sostiene con vehemencia y que viene saboreando con  un placer indecible desde que apareció en la escena.

Quien está al volante del vehículo, una mujer que parece ser la madre de la jovencita, le viene diciendo algo a ésta; quizás un regaño, pues no se ve muy feliz. La chiquilla, por su parte no atiende porque toda su atención se concentra en degustar la golosina, lo que la hace que la escena sea deliciosa y cautivadora.

El sol calienta cada vez con más intensidad y teléfono sigue sonando pero él ya ni cuenta se da. Permanece atento al maravilloso espectáculo de la hermosa ninfa de nariz pequeña y delicada, labios breves y rosados, que al momento están cubiertos del color de la congelada, y ojos perdidos en el disfrute y llenos de vitalidad. Siente que sus piernas flaquean ante la impresión que le provoca ese ser encantador.

El semáforo cambia la luz roja por la verde, la suntuosa camioneta se pone en movimiento y la bella criatura parte de su vida para siempre. El teléfono deja de sonar pues la máquina contestadora se ha accionado: “Por el momento no hay nadie en casa, por favor deje su mensaje después del tono…”. Nunca más la volverá a ver.

Tres cuarenta y cinco de la tarde con treinta y nueve segundos.

28
Jul
09

En la tierra del zapote

Por Tlilcóatl

Se cree que el zapote se cultiva desde tiempos precolombinos en el actual estado de Oaxaca y en las cercanías de dicho estado, lo que inspiraría a los mexicah a nombrar a los habitantes de dicha región: zapotecah, lo que en una traducción libre significaría: “gente de la región del zapote”; aunque ellos en su lengua nativa se llamaban be’nezaa que en zapoteco quiere decir: “gente de la nube” debido al mito que explicaría su antropogonía, creyendo ellos que habían nacido directamente de las nubes, lo cual les otorgaría cierto aire divino. Así notamos que los mexicah nombrarían a los mixtecah por una connotación similar a la que los zapotecos creían de sí mismos, siendo que mixtecah se traduce de la raíz náhuatl mixtli que es nube, resultando “la gente de la región de la nube”, ellos evidentemente hablaban mixteco y se autonombraron: ñuu dzavui que algunos traducen como “el país del dios de la lluvia” (o sea, Tláloc).

La historia Zapoteca comienza a escribirse a partir del llamado Clásico mesoamericano y hasta aproximadamente el 800 o 1200 (según algunas otras fuentes)dC cuando cayeron ante la misma fuerza que caen las grandes civilizaciones. Entre sus sitios arqueológicos destacados están: Monte Albán y Mitla, los cuales se encuentran en el actual estado de Oaxaca.

Aparte, es de interés mayor percatarse que algunas de las tradiciones culturales más que menos se han conservado a través del tiempo y pese a eventos tan fortuitos como lo fue la conquista o más actualmente la globalización, una de las distinguidas culturas es la misma Zapoteca (claro que entre muchas otras, ya que aunque posteriores igual guardan cierta influencia o cercanía como la familia lingüística o antepasados en común para con este tipo de civilizaciones, hablamos de los otomíes, tarascos, mazahuas y demás). Realmente son pocas las culturas que se preservaron plenamente –prácticamente ninguna– luego de la conquista y hasta la actualidad, muchas perecieron incluso con la llegada de los españoles, tal es el caso de la poderosa civilización Mexica; los mayas y teotihuacanos así como los toltecas desaparecieron por causas para nosotros desconocidas, y así con muchas otras de las culturas precolombinas; pero ahora intentaremos reivindicar a los zapotecah, cultura grande y majestuosa a la que la historia no le ha hecho justicia; habitan hoy día en Oaxaca y partes pequeñas de Tabasco y Veracruz, Guerrero y Chiapas guardando parte de las tradiciones y costumbres que solían tener; existiendo aún nativohablantes del diidza za.

Cierto es el influjo que los zapotecah han padecido ante la modernidad que ha avanzado a pasos agigantados y que ha entrado por la puerta de atrás a sus pensamientos, existen prácticas que incluso llegan a parecer más españolas que autóctonas y no podemos negar el fuerte mestizaje que a sus celebraciones y cotidianeidad ha acaecido. Es evidente que sus sitios arqueológicos han dejado de servir para que lo que fueron constituidos ya que ahora son importantes zonas turísticas, sus comidas son endémicas y milenarias y lo que antes era la vida cotidiana se ha vuelto una historia escrita.

El punto relevante por verse acá es qué tanto podemos denominar como propio lo que bien puede mirarse como ajeno o qué tanto aquello que ya ha sido influido es algo que nos cifre o nos identifique como partícipes de nuestra historia. Es decir, si lo más parecido o lo que ligamos a la idea de “prehispanismo” no es igual sino sólo un poco semejante a lo que fue, tenemos un fuerte problema de historia e identidad. Claro que eso no es ninguna novedad, el problema es que lo que resultó de la combinación extraña entre las dos culturas es lo que algunos han decido tomar como propio, lo cual no es tan descabellado si creemos que la historia en México comenzó a cifrarse hasta empezado el S. XVI, cosa evidentemente errónea.

Sería mentira decir que muchas personas con raíces indígenas se sienten orgullosas de tenerlas, la mayoría de ellos piensan que es algo “naco” o que los pone en situación de vulnerabilidad ante los demás, de ser cierto es culpa de la desinformación o la falta de oportunidades en este país, además de las descomunales ganas que sienten algunos por borrar ese pedazo de pasado. Por ello sería igual de falso alegar que se está luchando por conservar aquellas viejas tradiciones o usanzas si la verdad es que muchos se han encargado de desvirtuar (como los grupos de calpullis) o despreciar lo poco que se tiene certero.

Los zapotecas, bien es posible decir que, representan una buena parte de ese pasado que he intentado descifrar a lo largo de mis escritos pero igual de cierto es que –sin ser culpables– tampoco preservaron íntegramente lo que había en la tierra del zapote.

27
Jul
09

Recuperar la palabra

Para nadie

No os preocupéis del mañana,

que el mañana se preocupará de sí mismo.

Cada día tiene ya bastante con su propio mal.

La soledad y la fiesta parecen ser los extremos de la vida social. De un lado, la desconfianza extrema en el hombre banaliza la diaria convivencia y relega la disposición comunitaria a una breve suspensión del caer de los días; de otro, la extrema confianza en el hombre pulveriza los tratos cotidianos y confina al desamparo los pasos que afianzan la travesía de la vida. Qué tan confiados seamos y cómo se viva la fidelidad parece el fondo del asunto; como si la vida fuese cuestión de créditos y mercados.

En el mercado platicaba Sócrates, hilando sus días con las palabras, tanto de los sabios del pasado, como de los hombres de su tiempo -amigos, conocidos, advenedizos y personajes de gran fama-; la conversación socrática era totalmente provinciana: hablaba de lo suyo, entre los suyos y con su modo vernáculo de expresión. Mi deslustrada memoria sólo ubica un pasaje, más allá del agradable chascarrillo aristofánico, en que Sócrates se encuentra cerca de los extremos de la vida social: al inicio del Simposio medita en la soledad antes de acudir a la fiesta, mas la peculiar fiesta que ahí se narra deja a un lado el vino y da lugar a la palabra; fuera de eso, parece, la vida de Sócrates no pasó más que de hablar. Los maestros medievales, por su parte, llevaron la vida hablando con los discípulos y compañeros del monacato, hablando de su fe a los hermanos de la fe; habiendo voto de silencio, llevaron su vida hablando a Dios. Los maestros medievales no podían dejar de hablar, así dispusieron su vida, así urdieron sus días. Los primeros modernos estaban al pendiente de los discursos del momento: los escuchaban, pedían la palabra y se integraban a la plática. Descartes y Leibniz son buenos ejemplos de hombres entregados al cultivo de la vida en el huerto epistolar. Los primeros modernos forjaron una provincia internacional de la palabra. Nuestros tiempos, en cambio, parecen deshabituados a la plática, más asiduos a los extremos, globalizados y cosmopolitas pero aversos hacia las provincias de la palabra; de otro modo, no hallo manera de explicar el gélido silencio en que los actuales hombres de letras han confinado a Caritas in veritate, la más reciente encíclica de Benedicto XVI.

No creo, en verdad, que la indiferencia al nuevo mensaje papal se deba a una actitud anticlerical, pues muchos de esos hombres de letras permanecen en constante acecho del mínimo desliz expresivo del obispo de Roma. Tampoco creo que se deba a una, presumida cuanto denunciada, tendencia al cientificismo predominante en el ámbito intelectual; pues la mayoría de ellos se jacta de superar dicha tendencia y hablar desde la libertad de sus palabras. Mucho menos creo que la indiferencia se origine en la radical heterogeneidad de los temas y preocupaciones del Papa y los intelectuales, pues gran cantidad de los últimos ha hecho su prestigio en el mundo de las letras, o su carrera en el mundículo académico, tratando los mismos temas que en la encíclica preocupan al sucesor de Pedro. No se haría mal en preguntar cuándo tendremos el gentil e iluminador comentario a la encíclica de todos aquellos que se fingen preocupados por la actual crisis económica, o por la naturaleza del sistema capitalista, o por las estructuras “metafísicas” detrás de nuestros modos técnicos de producción, o por las consecuencias éticas del desarrollo tecnológico, o por el aborto y la ingeniería genética, o por la vida política en general -incluida la felicidad (término que sólo aparece en dos ocasiones a lo largo de la encíclica, y sólo en una de ellas como elemento de la salvación, y por ello en ninguna como fin en sí mismo)-. La indiferencia se debe a otra causa, causa que avizora la carta misma: nos hemos confundido sobre lo que realmente vale la pena.

Benedicto XVI compone la encíclica teniendo enfrente la crisis económica mundial. Desde el inicio deja claro que el temor y la confusión derivados de los fenómenos adyacentes a la crisis del sistema financiero mundial han permitido ver los errores del progreso de los últimos cincuenta años, y al mismo tiempo advierte que la única manera de superar efectivamente la crisis es subsanando las carencias del desarrollo que ha formado nuestros días. O en otras palabras, pudiendo haber un número suficientemente vasto de causas de la actual crisis económica, Benedicto XVI afirma que hay una fundamental: el progreso ha sido incompleto. O dicho llanamente: un progreso incompleto no es progreso real. Desde ese planteamiento el Papa decide recordar a los lectores, mediante el comentario de la encíclica Populurum Progressio de su antecesor Pablo VI, la posición oficial de la Iglesia ante el desarrollo. En su interpretación, Benedicto XVI identifica a la fraternidad como el verdadero fin del desarrollo de los pueblos, pues sólo es posible que todos trabajen juntos en vistas al bien común cuando la guía rectora de la acción es la caridad -amor al prójimo-. Si el desarrollo es resultado de una actividad de amor, los hombres de los pueblos en desarrollo trabajarán juntos por el bien de sus hermanos, logrando así el desarrollo fraterno de la totalidad del hombre: económico, moral, político, cultural y espiritual. Reconoce, además, que si bien han cambiado las circunstancias que daban sentido a la Populorum Progressio, en el mundo globalizado las señales básicas de Pablo VI siguen teniendo sentido, pues es precisamente en el mundo global donde se ha de buscar que los hombres se encuentren más allá del trato comercial, que se encuentren en la caridad. Sin embargo, y este es el punto de mayor profundidad en la carta, la caridad sólo es posible si se funda en la verdad, verdad de razón y fe, si –finalmente- superamos el relativismo de nuestro tiempo: el nihilismo. Es aquí donde hay que relacionar Caritas in veritate con Deus caritas est y Spe salvi, las dos encíclicas anteriores del obispo de Roma. Por la relación se advierte que la única manera de superar el nihilismo es la esperanza, y la esperanza sólo tiene sentido en el amor de Dios. Para Benedicto XVI, por tanto, la crisis de nuestro tiempo, que en su expresión económica es una pequeña fístula, es la crisis de la fe. Carentes de fe vagamos asqueados por el mundo infinito sedientos de un consuelo pasajero. Si se ha de hacer algo ante la crisis, advierte el Papa, primero habrá que reconocer el problema; leer la reciente encíclica sería un buen primer paso.

Caritas in veritate es más que una indagación metafísica sobre el problema de nuestro tiempo, de hecho esa discusión sólo está al fondo. En esencia la nueva carta ofrece orientaciones básicas para la acción en estos tiempos de crisis. Si bien advierte que la única salida real de la crisis económica es el desarrollo pleno del hombre, no deja la advertencia en la vaguedad, sino que describe, aproximadamente en tres pasos, cómo se ha de lograr ese desarrollo pleno. En primer lugar se ha de promover el trabajo de los hombres en comunidad mediante el afianzamiento de los lazos fraternos que constituyen la sociedad civil. O dicho de otro modo: no hay bienestar económico sin justicia en la sociedad civil, no habrá salida de la crisis económica sin democracia. En segundo lugar, y a fin de garantizar el desarrollo de la sociedad civil, se ha de proteger al núcleo básico de todo grupo social: la familia; y protegiéndola se han de garantizar los derechos básicos de los hombres, pues es precisamente la familia la que garantiza el bienestar de sus miembros mediante el celoso cuidado de su dignidad. O dicho de otro modo: no habrá democracia sin tradiciones familiares, y las tradiciones siempre tienen su fundamento en la fe. Y en tercer lugar, se expone en la encíclica, si el hombre encuentra un sentido en su núcleo social más cercano y vivo, no degenerará en actitudes contrarias al bien humano, y por tanto obrará de acuerdo al bien, guiado por la caridad. O en otras palabras: si se quiere poner límites a los usos del desarrollo tecnológico, hay que educar bien a los usuarios de la tecnología; la mejor educación, se sugiere en la carta, es la de la fe. Así, propone Benedicto XVI, será real la superación de nuestra crisis.

Palabras de esperanza, sin duda. El Papa no desconfía que podamos salir de la crisis, que en nosotros esté la solución a nuestros problemas. Lo dice con claridad: “la idea de un mundo sin desarrollo expresa la desconfianza en el hombre y el dios”. Ese es su supuesto intocado. Creo que el progreso es su fe.

A primera vista el Papa no propone nada nuevo o nunca antes dicho por los hombres de letras mencionados antes; al contrario, sus coincidencias son mayores que sus divergencias. ¿Por qué, entonces, la indiferencia? Sospecho que se debe a que los hombres de letras están más ocupados en las soledades y las fiestas que en las pláticas provincianas; que el mundo globalizado les da más satisfacciones, distracciones y oportunidades para pasar el rato, que la plática con los suyos de los temas que supuestamente les interesan -si es que aún les interesa algo-; que hay más invitaciones -y presiones- para reunirse en fiestas que en lecturas; que, finalmente, prefieren la vocinglería parlotera de la juerga a la  musicalidad permeante del diálogo. Los hombres de letras que desprecian el diálogo con esta provocadora carta son signo de nuestro tiempo: así somos, nos estamos quedando sin palabras. Hemos decidido llevar nuestra vida hadados a una soledad inane en medio de nuestra extenuante fiesta infinita: síntesis de los opuestos, que no buena vida.

Námaste Heptákis

Addendum: Seguimos pidiendo la liberación del Auditorio Justo Sierra.

26
Jul
09

la maquina cibernética

En una maquina cibernética hallaron unas claves, unos códigos conjugados y metafixiados. Hablan de un humano que se hacía escuchar y nombrar Rockdrigo González, ahí refieren a una radiotransmisión transmitida por ondas hertzianas medio marcianas. A través de los airosos aires de la capital establo de mexicapan de las tuneishions llega a nosotros una muestra arqueo-etno-musico-tera-para-psicológica o apocalíptica visión de mediados de la penúltima década del siglo XX.

¡Ah qué carnal ese! Entre concreto desmoronado y varillas gruesas quedo su cuerpo la mañana del 19 de septiembre de 1985. Ese no fue su fin sino el principio de su vagar por las guitarras y cintas, por viniles y libros, por calles y compactos, por cines y tributos… en fin, sus desentonados falsetes y afinados berridos han marcado a más de uno, con sus letras y armonicazos han dado a la banda la sonoridad de su rol por esta vidaza.

Entre sus canciones se cuelan las historias de adolescentes matricidas alcohólicos (Gustavo), un asalto del terrorista de la línea tres traumatizado al llegar del campo y perder entre la multitud a su pareja (Metro Balderas), las descripciones de la mezquindad, bajeza e impunidad de la zoología social (Ratas), amores que pasan tan rápido como el aliento y como improvisación sentida (Rock en vivo).

En sus canciones viven hombres de versos y aguardiente que atraviesan el campo, los que recogen el fruto del mar desde el amanecer, los que reciben un salario y ven con tristeza que sus anhelos están medidos por él, los que anhelan la situación del explotado, y los que en sus crisis se sienten como perros en pleno arroyo vehicular. Sus palabras pasan de la urbe al campo, de la paranoia de la modernidad a la alegría poética rural, transcurre y fluye. Sus visiones del “rocanrol mexicano” (sic) dejan testimonio de una crítica de su ambiente bastante ácido. En tiempos donde el rocanrol era delito para el aparato de estado y traición ideológica para la izquierda organizada y semiclandestina, Rockdrigo le pinta huevos a las rígidas estructuras que sistematizan las verdades, ve en el rock la progresión de la música para crear puentes a las músicas populares concretas de cada espacio y tiempo, una balcón a los exteriores e interiores donde el ambiente marca las arrugas de la piel.

Una entrevista acompañada de rolas. Un viaje por un personaje y sus carburaciones mentales. Esta es una invitación a no solo oír y decir si agrada o no este musicucho, sino a atender una voz feroz y reflexiva.

Visiten http://www.rockdrigo.com.mx/ . Ahí se encuentra la grabación del programa “Dos hasta la media noche” de 1984, transmitida por Radiomexiquense XEGM.

OKTLI

25
Jul
09

Tesis sobre el cuento de Ricardo Piglia

Ricardo Piglia (1945, Adrogué, provincia de Buenos Aires) es un escritor. Escribirlo así, dice mucho si pensamos que pocas personas pueden jactarse de ello actualmente. No es un intelectual, no es un académico, no es novelista (aunque escriba novelas), no es un ensayista (aunque escriba ensayos). Un escritor es siempre un polemista y un sofista (en el riguroso sentido que la filosofía le da a ese término). Formado como historiador, ha dedicado su vida a la escritura, al trabajo del narrador, al trabajo de problematizar el juego político que implica narrar, juego plegado en la historia y la memoria. La literatura, tratada menos como mimesis y más como expresividad en el terreno estético, por otra parte, la literatura tratada menos como expresividad y más como mimesis de los síntomas de una sociedad enferma de modernidad articulan su obra. Los registros de la novela histórica, policíaca, el cuento breve o el relato y el ensayo sirven de géneros, de estructuras bien estudiadas y por ello llevadas al límite, a la radicalidad que franquea dichos límites, en ese sentido su trabajo es el de la frontera y la extranjería, si se quiere intertextual siguiendo un término de moda.  Su obra se acomoda, por ello, plácidamente en la academia, es decir, su literatura, tristemente, ha sido absorbida por los profesores de literatura comparada de las universidades más prestigiosas, y eso no es gratuito. Es fácil encontrar en sus relatos, en sus ficciones, tantos guiños a los pensadores consagrados que resultan materia fértil para coloquios y seminarios. Piglia es también el escritor conciente del mercado y la circulación de la ideas en el mundo de la industria cultural, de la libertad de elegir a lo Freedman. El arte de la polémica, siempre ambiguo, reaccionario, iluminador, es practicado por él tanto por su alter ego literario Emilio Renzi. Resumiendo, la obra de Piglia es la tensión siempre difícil entre la ficción y la historia, entre la ficción y el cómo narrarla, entre la ficción y la realidad, sea lo que sea ésta última. La iluminación profana, línea con la cierra el texto que les comparto a continuación, fue el sello de Benjamin, la jerga de Benjamin tan cargada de una semántica teológica obscurece el contenido utópico de toda filosofía, la ficción, la literatura, como la lee y produce Piglia, reconoce el sello benjaminiano para ubicarlo y clarificarlo en los límites de lo que aún es posible decir y escribir sobre dicha utopía, sea negativa o positiva; el adjetivo preciso (como fue en Borges) es una de las tantas marcas en su estilística que denotan el modo implacable en que una tradición permea (sea ésta sobretodo Macedonio Fernández, Borges, Artl, Kafka y Joyce).

A continuación les comparto uno de sus escritos más polémicos. Se trata de las “Tesis sobre el cuento” publicadas en Formas breves (Anagrama, 2000). Las tesis circulan, del mismo modo, en internet, donde también se puede encontrar algunos pasajes de sus obras más representativas: Respiración Artificial (novela), Nombre falso (cuentos), Cuentos con dos caras (cuentos), La ciudad ausente (novela), El último lector (ensayo). Espero que podamos discutir sobre ellas.

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Tesis sobre el cuento

Ricardo Piglia

I

En uno de sus cuadernos de notas, Chejov registró esta anécdota: “Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida”. La forma clásica del cuento está condensada en el núcleo de ese relato futuro y no escrito.

Contra lo previsible y convencional (jugar-perder-suicidarse), la intriga se plantea como una paradoja. La anécdota tiende a desvincular la historia del juego y la historia del suicidio. Esa escisión es clave para definir el carácter doble de la forma del cuento.

Primera tesis: un cuento siempre cuenta dos historias.

II

El cuento clásico (Poe, Quiroga) narra en primer plano la historia 1 (el relato del juego) y construye en secreto la historia 2 (el relato del suicidio). El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario.

El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie.

III

Cada una de las dos historias se cuenta de un modo distinto. Trabajar con dos historias quiere decir trabajar con dos sistemas diferentes de causalidad. Los mismos acontecimientos entran simultáneamente en dos lógicas narrativas antagónicas. Los elementos esenciales del cuento tienen doble función y son usados de manera distinta en cada una de las dos historias. Los puntos de cruce son el fundamento de la construcción.

IV

En “La muerte y la brújula”, al comienzo del relato, un tendero se decide a publicar un libro. Ese libro está ahí porque es imprescindible en el armado de la historia secreta. ¿Cómo hacer para que un gángster como Red Scharlach esté al tanto de las complejas tradiciones judías y sea capaz de tenderle a Lönnrott una trampa mística y filosófica? El autor, Borges, le consigue ese libro para que se instruya. Al mismo tiempo utiliza la historia 1 para disimular esa función: el libro parece estar ahí por contigüidad con el asesinato de Yarmolinsky y responde a una casualidad irónica. “Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro publicó una edición popular de la Historia de la secta de Hasidim.” Lo que es superfluo en una historia, es básico en la otra. El libro del tendero es un ejemplo (como el volumen de Las mil y una noches en “El Sur”, como la cicatriz en “La forma de la espada”) de la materia ambigua que hace funcionar la microscópica máquina narrativa de un cuento.

V

El cuento es un relato que encierra un relato secreto.

No se trata de un sentido oculto que dependa de la interpretación: el enigma no es otra cosa que una historia que se cuenta de un modo enigmático. La estrategia del relato está puesta al servicio de esa narración cifrada. ¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra? Esa pregunta sintetiza los problemas técnicos del cuento.

Segunda tesis: la historia secreta es la clave de la forma del cuento.

VI

La versión moderna del cuento que viene de Chéjov, Katherine Mansfield, Sherwood Anderson, el Joyce de Dublineses, abandona el final sorpresivo y la estructura cerrada; trabaja la tensión entre las dos historias sin resolverla nunca. La historia secreta se cuenta de un modo cada vez más elusivo. El cuento clásico a lo Poe contaba una historia anunciando que había otra; el cuento moderno cuenta dos historias como si fueran una sola.

La teoría del iceberg de Hemingway es la primera síntesis de ese proceso de transformación: lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión.

VII

“El gran río de los dos corazones”, uno de los relatos fundamentales de Hemingway, cifra hasta tal punto la historia 2 (los efectos de la guerra en Nick Adams), que el cuento parece la descripción trivial de una excursión de pesca. Hemingway pone toda su pericia en la narración hermética de la historia secreta. Usa con tal maestría el arte de la elipsis que logra que se note la ausencia de otro relato.

¿Qué hubiera hecho Hemingway con la anécdota de Chejov? Narrar con detalles precisos la partida y el ambiente donde se desarrolla el juego, y la técnica que usa el jugador para apostar, y el tipo de bebida que toma. No decir nunca que ese hombre se va a suicidar, pero escribir el cuento como si el lector ya lo supiera.

VIII

Kafka cuenta con claridad y sencillez la historia secreta y narra sigilosamente la historia visible hasta convertirla en algo enigmático y oscuro. Esa inversión funda lo “kafkiano”.

La historia del suicidio en la anécdota de Chejov sería narrada por Kafka en primer plano y con toda naturalidad. Lo terrible estaría centrado en la partida, narrada de un modo elíptico y amenazador.

IX

Para Borges, la historia 1 es un género y la historia 2 es siempre la misma. Para atenuar o disimular la monotonía de esta historia secreta, Borges recurre a las variantes narrativas que le ofrecen los géneros. Todos los cuentos de Borges están construidos con ese procedimiento.

La historia visible, el cuento, en la anécdota de Chejov, sería contada por Borges según los estereotipos (levemente parodiados) de una tradición o de un género. Una partida de taba entre gauchos perseguidos (digamos) en los fondos de un almacén, en la llanura entrerriana, contada por un viejo soldado de la caballería de Urquiza, amigo de Hilario Ascasubi. El relato del suicidio sería una historia construida con la duplicidad y la condensación de la vida de un hombre en una escena o acto único que define su destino.

X

La variante fundamental que introdujo Borges en la historia del cuento consistió en hacer de la construcción cifrada de la historia 2 el tema del relato. Borges narra las maniobras de alguien que construye perversamente una trama secreta con los materiales de una historia visible. En “La muerte y la brújula”, la historia 2 es una construcción deliberada de Scharlach. Lo mismo ocurre con Azevedo Bandeira en “El muerto”, con Nolam en “Tema del traidor y del héroe”.

Borges (como Poe, como Kafka) sabía transformar en anécdota los problemas de la forma de narrar.

XI

El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Reproduce la búsqueda siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta. “La visión instantánea que nos hace descubrir lo desconocido, no en una lejana tierra incógnita, sino en el corazón mismo de lo inmediato”, decía Rimbaud.

Esa iluminación profana se ha convertido en la forma del cuento.




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