Savia

Es recurrente escuchar en casi cualquier casa que cuando mueren los abuelos o alguno de los jefes de familia “todo esto acabará”. Aquello a lo que se refieren con “todo esto” no es a la familia como una institución política, o quizá sí, pero hace mucho que ya no entendemos política sino como la administración de recursos materiales para el bienestar. En tal caso la familia sólo es otra manifestación de relaciones humanas que atiende a cubrir necesidades psicológicas, emocionales y de sustento físico. Pero dudo mucho que en esto se sustente la unión familiar. Si el árbol cayera hendido por un rayo en pleno y cruel invierno, aún habría esperanza de la primavera.

Muchas son las felonías y enconos por los que una familia podría separarse, no atenderé a ninguno pues sería cuento de nunca acabar. Lo que me interesa saber es por qué seguimos juntos. La familia sí es un punto de reunión emocional que cubre necesidades psicológicas, la primera de ellas: sentirnos protegidos por los padres. Todavía no es claro por qué los padres de cualquier especie auxilian a sus crías. Si atendemos a la idea de política como mera economía, llegaremos a la conclusión siguiente: aunque parezca una mala inversión o una inversión insegura, esto asegura el futuro de la especie, así como los futuros cuidados del progenitor en sus años seniles. En tal caso, la paternidad es egoísmo y miedo al porvenir. Pero nadie cría en verdad a un hijo por eso, si no por verlo feliz. Para esto se necesita un mínimo instinto de teleología: quiero que mi hijo esté bien. También es necesaria la empatía, ayudar al otro desvalido requiere un reconocimiento del prójimo. Ninguna de las dos anteriores bases las puede concebir el egoísta. Los retoños muestran el cambio en un árbol, no una terquedad por seguir vivo. El árbol sabe del otoño.

Tanto para ser amigo, maestro o hermano, lo anterior es necesario, recuérdese que estoy tratando de saber cuál es el fundamento de una familia y por ende, por qué hoy nos parece tan fácil disolver esos lazos. Pensando aun en la autosuficiencia de cada miembro de la familia, y que esto sea motivo para deshacer una unión que en nada aporta al bienvivir de cada uno de ellos, aún cabría preguntarse si esto es deseable. Quizá no, pues sin un fundamento las ramas quedarían volando. Hablo de un completo abandono de la tierra. Un retoño no podría echar raíces en la nada, ni llegar a su esplendor en verano.  La naturaleza humana necesita más cuidados que, sin embargo, no garantizan su esplendor. Pero, si ya de por sí es difícil, sin el fundamento de la familia lo sería aún más. Las ramas solas no pueden existir.

Ya sea el egoísmo de corte románico o fatalista, la conclusión es la misma: El árbol no echa raíces ni llega a crecer. Lo que separa a las familias es el deseo de soledad, el mal entendimiento (que son los que más tardan en sanar), etc. El primero es de entenderse, hasta la defensa de la soledad es válida en ciertos momentos, pero ya la justificación de un ser soledoso, lleva a justificar que lo que une a las personas es la utilidad social, y no el deseo al bien común. El deseo al bien común ya vimos que necesita empatía, el de utilidad no. Así el árbol se quebraría por sí mismo, y no habría savia como alma, no habría deseo de un abrazo real. La reconciliación no existiría.

Javel

Volutas

 

1

Soy el que no fui ayer, pero mañana triunfará otro .

2

¿Jugamos a la inmortalidad?

Para postergar el plazo.

Es un juego, nada más.

¿Un minuto de felicidad es suficiente para ganarle al inminente fin?

Las almas que contienen el fuego no mueren.

3

La morbosa obscuridad:

no hay historias aquí,

fantasmas no hay.

Todos quieren huir

hastiados de sí.

Amantes de piel blanca,

mirada impávida,

muertos al fin,

ni un sacrificio los haría volver.

Javel

 

Camino en Morelia

Camino en Morelia

En silencio crecen espinas, nace la flor.

En silencio camina el sol.

En silencio nacen los besos

que, sin querer hacer ruido, tiemblan la respiración.

 

Javel 

¿Unidad para qué?

No quiere dialogar, está claro. Dialogar significa encontrarse con el otro y respetar su existencia. Respetar no es dejar de lado, sino encontrarse en lo importante. Lo que él quiere es imponer su visión, no superar un desacuerdo, sino aplastar al oponente, porque hay que decirlo, no hay otredad en la polémica injusta. Injusta es su argumentación, casi irracional, porque se ha puesto en el lugar de los oprimidos, los injuriados, los lacerados por los de allá arriba. Pensar, mejor dicho, sulfurar palabras desde esta posición sin pensar en la justicia es injusto, es víscera. Sentir la injusticia sin pensar el bien: paranoia.

Pero tiene su orgullo, que es su humildad. No necesita consejos de nadie porque ya lo ha visto todo desde la tierra. ¿Cuántas veces no la ha recorrido?, pero estos sabedores del amplio espectro del alma humana que van con parsimonia dando, regalando, consejos, por lo regular son más egoístas y orgullosos hasta el enojo que ningún otro hombre. Su humildad es su orgullo. Tentación del bien más pedestre. Ya conoce el bien, por eso actúa así. Miedo a perder lo que conquistó. Existen pequeñas vanidades que ante cualquier ofensa se levantan. Pero él no es de ésos.

Él es un hombre de sabiduría casi incansable. Sabe hablar al pueblo, a los no expertos. A los que zalameros confían en él. Las conferencias matutinas son para el pueblo, los medios son sólo altavoces. A los expertos les contesta con guante blanco entre líneas. De lo que nos queda suponer que hay una política pública y otra que sólo se susurra en las catacumbas. Ideas que no entiende el pueblo han de ser discutidas en otro palacio. Y en ese palacio, desdeñar al anfitrión. Todo es público, excepto la verdad. Al pueblo le ofrece triunfos; a los expertos les hace oídos sordos con sus preguntas. Existen altezas que desean el tesoro de los más insignificantes.

Claro, su mundo es una pirueta. Hoy dice lo que mañana refutará. Sería un gran ejercicio de memoria y literario dar unidad a cada una de sus afirmaciones o sentencias. Está desesperado, porque el poder lo alcanzó y no sabe qué hacer con él. El poder institucional, de gobierno, que él representa existe porque atiende alguna necesidad. Poder y necesidades siempre van uno junto al otro. ¿Cuáles son las necesidades del México de hoy?, ¿el amor?, ¿la vuelta a lo nacional?, ¿el desprecio a lo fifi, como la virtud ciudadana? Sus respuestas son ideologías, por no decir prejuicios de clase. Tampoco digo que sea representante del marxismo o socialismo. Del humilde si acaso, pero el humilde que quiere ser poderoso, aunque no sepa para qué.

Quiere a México unido, aunque no pretende unidad (como todo gran demagogo sabe mentir, sabe aprovechar el mal como bien, aunque la bola de nieve crezca en contra suya y de todos los que le sirven), desea unicidad, sin amistad, sin libertad, donde la medida sea él.  No quiere que los otros confluyan en un bien, quiere ser él, el único bien.

Javel

Honor y Justicia

Honor y Justicia

Me parece necesario engarzar honor y justicia, pues ya casi no se ven juntos. Sin embargo, la cuestión parece satín apolillado, algo de snobs, el elogio por los valores pasados. Lo que nosotros entendemos por honor es apenas la pantomima de lo que una vez fue la medida de lo heroico. Para los mexicanos modernos el honor no funciona porque todo es relativo. No hay excelencias. Además, aquello que produce el “honor”, que es el respeto y la gratitud, son vistas por nosotros como adulación de unas nimiedades que no deberían ser ni mencionadas, pero que pueden dar a quien las sabe nombrar con laureles, una buena recompensa. Honor a quien honor merece es una frase en desuso. “Honor a quien mejor me las bese”, podríamos decir ahora. Tome su recompensa, buen hombre, y ahí comienza la corrupción. ¿Por el honor?… quizá todos desconfiamos de todos, por no haber una idea de bien.

Honor es el justo reconocimiento de las acciones justas o nobles o buenas. Asunto difícil para nosotros, porque hemos perdido el norte. La excelencia en el actuar ya no es posible, lo sobresaliente es políticamente incorrecto. Dejamos de buscar. El honor no se entendía sin la justicia; hoy honor es algo así como la admiración por lo evidentemente atrevido, innovador, etc. En este sentido, el honor es una moda que se cuelgan algunos sin haber hecho nada de beneficio para los demás. La posición de un político es la ideal para actuar con nobleza, pero no se puede pensar en el bien común cuando se piensa en el bien personal, cuando se ve en los otros a un enemigo que lejos de reconocer el buen trabajo gritan ¡No! Ciegos de felicidad los llama el gobierno. Además de sospechosos. Pero recordemos que México es una Democracia, y las democracias se construyen más por las oposiciones que por las adulaciones. Claro, si es que pensamos que aquello que mejor conserva un Estado es la justicia y no la economía. Cuando la economía, la tecnología, así como el deseado reconocimiento del primer mundo es el ideal de un presidente encargado de una nación plural con identidad que se va perdiendo, entonces las individualidades son peligrosas al Estado, la búsqueda por el mejor camino al diálogo también. El honor es imposible. La peor tragedia sería no levantar la voz por la dignidad, valiente, furiosamente ante el tirano.

Reconocer lo justo no es lo mismo que adoctrinar en lo bueno, lo bueno jamás es un tema de clase. Lo bueno es el movimiento de las voluntades hacia aquello que es propio del hombre y que lo lleva a su perfectibilidad. Reconocer lo justo es acaso una virtud más, pues requiere logos, entendimiento, pasión, así como la búsqueda de la respuesta más importante ¿Qué es el hombre? Nada de eso importa si la respuesta las da el consumismo o cualquier otra manifestación del servilismo. En ese sentido, gritar ¡no! Es lo mejor que le puede pasar a un país. Porque el “no” revela la tragedia. El no apunta a lo que no se quiere ver o desvela lo que se oculta. Alguna vez, mientras intentaban secuestrarme, traté de gritar, pero la voz se me quebró como el acero de una espada. El miedo a lo injusto muestra un deseo por vivir bien, pero no es el miedo quien actúa con justicia, es el valor, otra virtud despolitizada. Que no muestran las caras los valientes, es obvio, son valientes, no osados, no idiotas. Pero muestran, en cambio, lo heroico moderno, voluntades que no se dejan aplastar por el mal gobierno, por lo injusto del hombre. Por eso ¡Griten(,) valientes! Razonen; actúen.

En una comunidad justa si te están matando o secuestrando todos haríamos lo mejor. Eso revela lo injusta que es la vida en México (alguien hace algo, aunque no siempre sea justo), pero al mismo tiempo deja ver que aún buscamos justicia. No tenemos hombres honorables en el gobierno, sino cobardes zalameros. Un hombre de honor además de oponer al gobierno rico con el pueblo pobre, hablaría de lo incongruente entre un gobierno feliz y un pueblo muerto. Trataría, además, de ver amigos en quien busca lo mejor, y no enemigos con obscuros deseos de vilipendiarlo. La política es más vanidad que deseo por lo justo. Éstos siempre son cobardes. Aristóteles veía un mal en la democracia, y era que, al gobernar el pueblo,  siempre habrá más ignorantes que sabios, más innobles que justos. La voluntad popular nunca es reconocimiento del bien si está enceguecida por una voluntad cobarde.

Javel

Corte y queda: Un pueblo humilde y orgulloso de sí como México, reconoce sus deficiencias y acepta, aunque abochornado, la ayuda que recibe. Sabe de sí y sabe que necesita investigadores, especialistas, expertos. Ríe cuando después todo está bien, como un niño. Esa era su capacidad, aceptaba al otro. AMLO quiere brutos e improvisados de buen corazón, especialistas en nada para no ofender sus capacidades, para no alterar lo uno inamovible. Ya temía yo que arruinara el diálogo con sus nacionalismos. Oaxaca es bello, si no vemos el deletéreo pozo.

El doctor Franz

El doctor Franz

“porque los seres, en sí mismos considerados, son incognoscibles; y sólo es objetiva la relación”, Antonio Caso

Hoy quiero hablar de un hombre solitario, será un ejercicio de la imaginación hasta el punto de negar el tiempo, o quizá, acelerarlo. En quien pienso es un hombre ya maduro. Ha vivido por espacio de treinta y siete años abandonado a su suerte en este islote. No está tan mal, ya que siempre hay fruta por todos lados para satisfacer su hambre, agua para beber también hay casi en toda la isla. No habla. Vive en la obscuridad racional. Ni siquiera es conducido por sus instintos a buscar raíces, estira la mano y lo consigue todo. El paraíso de la autosuficiencia ha llegado para este amigo, pero él no lo sabe. Animales no hay, es un espacio virgen de movimiento sensorial. Las hierbas que lo acompañan a veces silban con el viento y él se asusta, huye al primer agujero que encuentra. No sabe más que ese miedo y esa hambre, lo mismo que esa tranquilidad y goce cuando cesan. Vive atrapado en su isla, en su cuerpo. No le reporta nada la pasividad caribeña. Como ha vivido tan poco, no ha aprendido las relaciones del tiempo, hablo de cambio estacionario, sólo siente frío y calor. Tampoco sabe de sí, más allá de la piel.

Un día, hace años, mientras caminaba a orillas del río, vio su reflejo -claro, él no sabía que era suyo, porque no sabe nada de lógica. Lanzó piedras al intruso, éste se desvaneció en ondas infinitas. Luego pensó en regresar. Cuando volvió, ahí estaba él esperándolo. Nuevo ataque ahora con los puños, que él otro también levantó. Se hizo su voz un gruñido sordo. El otro mudo, sólo hizo ruido al golpear el agua. Por un tiempo, sólo iba de noche a saciar su sed, y únicamente cuando todo era obscuridad. Un día, él se levantó por la mañana, había olvidado ya el incidente aquél. Cuando estuvo a metros del río recordó algo que lo hizo alejarse un poco, pero la sed de saber lo llevó otra vez al río, en plena luz solar del solsticio de verano. Ahí estaba no él, ni el otro, sino otro más, con la piel más marchita, con la cara enjuta y amenazantes, entre vellos faciales, unos ojos de odio. Él no sabía que esto era miedo y odio al individuo. No volvió más, porque ese verano murió. Cuando entramos a revisar su “isla”, encontramos unos dibujos algo extraños que al fin hemos identificado como aves y un hombre con un bastón.

-Doctor, ¿cómo sabe que eran aves?, y ¿cómo no registraron el proceso de creación aun con todo el equipo de grabación que hay en la “isla”?

– A lo primero, porque también dibujó la isla, o al menos una parte de ella y encima estos seres que volaban. A lo segundo, lo único que sabemos es que, al parecer, el hombre, aún en este nivel de la existencia, cuenta con un secreto, con un deseo por lo íntimo, por lo suyo. Se busca, pero siendo sólo uno, es estéril la búsqueda.

-¿Y el hombre con el bastón?

-Era yo. Cada año se presentaba un invierno en verdad crudo. No resistí más, así que me dirigí con la aprobación del equipo médico de investigaciones antropológicas a la isla. Llevé unas mantas que después él perdió, y le encendí una fogata. Una noche, cuatro años antes de su muerte, cuando encendía el fuego, el sujeto despertó, creí que me atacaría, pero no, sus ojos se dulcificaron entre las manchas de sol caribeño. Dibujó, para mí, un barco. Seguro que recordaba el día en que lo tiré en la isla. La voz del doctor Franz se apagó por un momento, pero continuó: Para él que todo era nuevo cada día, seguro que en su ADN se revolvía un vértigo por los cambios tan repentinos, así que optó inconscientemente por tener un punto de toque, un recuerdo, una idea fija, un ideal. Lamentablemente su ideal era tan fijo como el río, ¿un barco que huye?

-Doctor, el sujeto vivía en la opulencia, en la abundancia bíblica del fin de los tiempos. Ustedes controlaban entre otras cosas la dirección de los ríos, el crecimiento de las plantas, cada día llevaban para él árboles nuevos, fruta exótica. ¿Cómo es que murió tan pronto aun con todo este paraíso?

-Bueno, lo que hemos aprendido es que la conservación de la especie, incluso cuando éste fue sólo un individuo, depende de la interiorización de su propia existencia. Es decir, del saber de sí mismo, de otro modo la conservación no tiene ningún sentido. La autoconservación, lo mismo que la autosuficiencia, dependen de este saber íntimo, así como de una relación estable o mínima con el mundo. Al no haber yo, ni otro -pensemos que su mundo siempre cambiaba-, no podía haber idea de algo. La inteligencia es la capacidad de establecer relaciones y para ello la mismidad es necesaria. Todo su mundo era ilógico o mejor dicho ilusorio. Inteligible. Creamos el río que nunca cesa. Murió rápido porque no tenía necesidad de vivir. Nada lo ataba. No podía atarse ni comprometerse con algo. Las fuerzas creadoras de su ser más íntimo, seguro que lo destruyeron o volvieron loco los últimos momentos.

-¿Qué vendría a representar el arte encontrado en la “isla” y el barco dibujado para usted, doctor?

Después de un ceñudo suspiro respondió el doctor Franz: No podemos llamar arte en sentido estricto al ejercicio de exteriorización imaginativo que encontramos en la “isla”, lo que podemos decir es que había una mínima relación entre su percepción del mundo y su recuerdo, pero aún así no había otro, ni mucho menos “yo” como sensación. Porque el arte no es una exteriorización del mundo, eso sería un absurdo. El arte al significar algo, depende de un campo conceptual, de una historia de vida y de un espacio para cambiar o resignificar o alumbrar algo distinto de lo que se ve a simple vista. El artista sabe que su acción es una herramienta que sirve para alcanzar algo que se nos escapa, la realidad, por ejemplo.  En la era primitiva de la humanidad el arte sí representaba una herramienta, y esto lo saben bien los antropólogos, esas herramientas nos dicen de qué manera se entendía el mundo, y por ende lo que los hombres intuían de sí. Repito, este individuo lo más que hacía era representar un momento de la existencia, necesario a todas luces por su hambre de permanencia… El barco significa que su memoria se resistió, en algún sentido, a la mutabilidad tan caprichosa de la isla.

-Por lo cual…

Siguió el doctor nuevamente como en un soliloquio. Todos los asistentes a la conferencia en el Palacio de Cristal universal, no pudieron más que guardar silencio ante las nuevas y emocionantes palabras que diría el nonagenario mentor de la humanidad. Hasta el segundo al mando, que fue quien quiso tomar la palabra, tuvo que sentarse alisando la corbata de su traje y sonriendo en una inclinación de medio cuerpo al doctor Franz.

-Pensemos, siguió el doctor, que las herramientas dependen de una ley, es decir, de unas ciertas cualidades de la materia a las que está destinada el utensilio. El cuchillo, por ejemplo, no puede ser mejorado en el sentido de que su utilidad es la de cortar, y esto depende de la tensión más o menos suave de la carne o fruta que se intente cortar. El arte es una extensión no del cuerpo y sus necesidades más económicas, sino de la mente, es una sutileza del ocio, casi su coronación. ¿A qué atiende el arte?, al alma, jóvenes, pero -volvió a consumirse ese fuego en triste ceniza- lamentablemente nuestro sujeto fue adormecido hasta que no supo de sí, mucho menos de su alma.

-¿Qué es alma?, -No sé, respondió el adulto al lado del niño. El niño siguió atento a su casco transmisor, por el cual se veía la entrada de un nuevo ponente.

-El doctor ha tenido que retirarse a su domicilio, pues no se encuentra bien de salud. Explicó de la forma más cortés el interlocutor. Entonces, sonrió nuevamente para las cámaras, lo que ya no pudo decir el doctor Franz fue el grande éxito que obtuvimos en este experimento de corte científico, político, antropológico. La idea de un hombre social tal y como lo conocemos no es más que una eventualidad que lo llevó -al hombre como especie- a fraguar una sarta de mentiras y convivir con embaucadores, de los que el doctor fue discípulo, pero a los que, por el bien de la humanidad, decidió enterrar en el olvido. Lo que conseguimos, es grandioso para todos. Descubrimos que el ser considerado en sí mismo, en el aislamiento total, es incognoscible para sí, es decir, que es libre cuando ignora. Además, que el todo son relaciones imaginarias. El doctor, el último sabio y principal enemigo de la identidad, o idealismo del bien en sí mismo, hizo mucho por nosotros desde que, por fortuna, cayó en la antigua tierra un meteorito capaz de hacer millonarios a todos los hombres y que portaba esporas de crecimiento o abundancia para esta tierra nuestra. El paraíso también nos alcanzó, ¿no creen?, nuevas sonrisas.

Sonrió, por última vez el hombre, al tiempo que entre un dulce estertor suspiraba fuertemente y dijo al final de soltar el aire: ¡Alégrense humanos! Ya no habrá “yo”. Causante de guerras e injusticias en el pasado. Ahora tenemos la receta de la verdadera pasividad, del mejor de los bienestares. Al advertir que el mundo es inconexo con el hombre de la isla, notamos que el conocimiento es, por sí mismo, imposible. La posibilidad de algún conocimiento es voluntad de poder, lo cual quiere decir que podemos no saber de nosotros, como de hecho demostró el experimento social, es lo más natural. El intelectualismo ha muerto y todos son interpretaciones de hechos que nada tienen que ver con nosotros a menos que así lo deseemos. El mal no es posible, porque no hay leyes. El bien no existe, vivamos así, sin arte, sin ley.

-La ley, -el doctor Franz reposó su sien en la mano del bastón e inspiró hondo-, ¿qué hemos hecho?, azotó el bastón en el piso del transportador. La nada, tensó la quijada, es un misterio que no convoca.

Se alejaba la nave del doctor a algún lugar en el espacio.

Javel

Para seguir gastando: Las armas, como muchos otros instrumentos, son una forma de la utilidad intelectual. Esto quiere decir que el arma le es cómoda y útil al supremacista blanco, por ejemplo. Idea y acción siempre van de la mano. O Como decía mi maestro Pancho, en la hechura del edificio, se conoce al arquitecto. El tiroteo sucede desde que quien gobierna no piensa en la idea de bien en sí misma, y hace intentos absurdos por justificar su presencia. Las supremacías, lo mismo que la voluntad popular, son hitos para el statesman.

Coletilla: Oscilias cavilosa, tan alegre vida, imponiendo (sin poder) (el) oceánico juego del amar en la palabra. Diálogo le dices tú.

La verdad en movimiento

La verdad en movimiento

Puede verse a la Filosofía como una forma profunda de la retórica y por ello como un pensamiento que atiende a resolver problemas de conocimiento inmediato o prácticos. Sin embargo, la posibilidad de dar respuesta a los problemas de la vida cotidiana no tiene mucho que ver con la ciencia primera. Es verdad que en cualquier caso la situación histórica es lo que posibilita la pregunta por el conocimiento, pero si el filósofo responde a la situación analizando la situación misma o describiéndola, en sentido estricto estará haciendo tautologías. Lo primero para nosotros no es lo mismo que su causa primera. Con esta afirmación comienza la sospecha y el juicio a Sócrates. Salir de la obviedad sólo es posible con una mínima rebeldía por parte del Eros filosófico, es decir, sólo cuando se abandona lo evidente o mejor dicho se le enjuicia, es cuando podemos salir de la verdad cotidiana, estacionaria. Todos dicen que sí, ¿por qué? Otra forma de decir esto es que la Filosofía se sabe crítica porque reconoce sus limitaciones y el alma aspira a la verdad última.

La primera limitación es quizá la del tiempo. ¿Cómo va a existir una verdad última que trascienda si el hombre es histórico lo mismo que sus signos o construcciones? El hombre necesita alma inmortal -otra sospecha. Es verdad, si es que por ello entendemos la cuantificación de la vida humana, pero esta cuantificación atiende a la división primordial cartesiana, es decir, la división entre res extensa y res cogitante. A partir de aquí es posible hablar del tiempo como la suma de momentos, como si tratáramos de formar un vitral a partir de cada uno de estos instantes, hasta que con la muerte de cada uno se forme la figura final y el juicio último de cada hombre. Reacomodar los juicios de este vitral es posible con la aritmética y geometría mientras se vive. Pero visto así, el problema del alma, como lo supo Descartes, es que la separación entre “yo pensante” y mundo es ya insoslayable. No hay verdad primera, se va creando. El conocimiento es más seguro si también cuenta con “forma, situación y movimiento”. Desde aquí la relación hombre-mundo no puede ser más que recuperada por la cuantificación al infinito de sus partes. ¿En dónde encaja el hombre? En los átomos. Sólo que es un conjunto de átomos superior, ya que sabe de sí. Está sólo en el universo. El individualismo es también inevitable y cada hombre sólo alcanzaría a saber de sí y eso de una mínima parte, su situación biográfica, por ejemplo. La sospecha se hace grande sólo para el filósofo.

Si seguimos esto, la segunda navegación de Sócrates se hace necesaria. Interesarse por los otros en la medida de la comunidad política, así como sus raíces primordiales, la teología y teleología a fin de recuperar la unidad política, lo mismo que la naturaleza del hombre como un todo íntegro.  ¿La segunda navegación es un cuento (retórica) porque Platón le temía al infinito? No lo sé, pero atiende más al amor por la verdad última. En el otro lado están los amantes de verdades individuales y tiránicas. Y es que la posibilidad de salvar a la Filosofía de caer en la llamada proliferación de las retóricas o cuentos insostenibles, parte de que la primera preocupación del filósofo es saber quién es él (sin apartarse del mundo) y sin negar la idea de un fin a su existencia (nihilismo), así como de la recuperación y justificación en la relación hombre mundo, hombre polis, hombre-divinidades, hombre-hombre. Esto último porque al diferenciar hombre de mundo, Descartes logra imponer unas falsas cadenas en la mente y orgullo del hombre; hora se sabe sometido a la naturaleza, hora al sistema, hora a la historia, hora a sí mismo. Si Dostoievski trata de salvar a su Hombre del subsuelo, Nietzsche lo enferma hasta la locura.

Kant trata de salvar al hombre de estas cadenas. Pues sabe que el hombre será libre por su capacidad racional y su deseo del bien universal, sabe que el reconocimiento de un bien supremo es sólo posible si cada uno abandona su individualidad para someterse al bien del Estado. Libre albedrío. Voluntad racional y voluntad general están el inicio de la tiranía moderna. El amor al bien ha desaparecido, el hombre cuenta con la moral del deber. Se han reducido sus causas. Ya no es el hombre en relación consigo mismo. El mundo sigue siendo el otro que aterra e invade. Y su sombra es la luz más aterradora, es el nihilismo. Es el hombre sin amor ni verdad, sin ayuda de la voz divina, sin Eros. Es el hombre ideal de la razón; por eso Rousseau se diferencia en suma de los ilustrados, ya que él pone al hombre frente a sí mismo, para que éste pueda actuar en virtud de su naturaleza más plena y no de acuerdo a una mínima parte del cerebro o juicios a priori

Sócrates nos advirtió. El buen amante es atento y no pretende ser dueño de su amada, porque la tiranía en el amor aparecería como su más alto logro y no como su peor bajeza. Eros y conocimiento del bien en sí mismos son los pilares de los cuales parte la Filosofía, lo demás es historia de la dominación innoble. El buen amante nunca triunfa de su amada, peregrina por ella para ser su digno compañero. Obvio la verdad no es estática, es activa, fuerte, compañera encantadora.

Platón atiende a la parte erótica del hombre, porque sabe que sólo esto unifica acción y pensamiento. Aunque para el cobarde la Filosofía es siempre sospechosa: ¿me amará? ¿no será un engaño? Mejor no amar a esas alturas, podría ser pésimo negocio. ¿Dices que hay algo que se llama amante, pero no amor, Meleto?, ¿y que hay hechos de hombres, pero no hombres? Quien pretenda permanecer en el asiento de la “verdad”, habrá perdido para toda su vida la dulzura de un paseo en el mundo más claro.

Javel