El espejo que se ve a sí mismo

El espejo que se ve a sí mismo

¿Vas a renunciar a él?

-Sí, voy a renunciar a él.

La cultura es esa actividad del espíritu que eleva al hombre a la altura del bien universal y no por encima de él. Los cultos son lo que se han preparado para ver con claridad cuál es el camino que ha de seguir el hombre, en su universalidad y particularidad, para llegar a ser verdaderamente libres. Cada generación descubre un resquicio de este camino, y sin alardear lo comparten con voz amorosa, sabiendo que a los hombres de su tiempo les ayudará más de lo que podrán ayudar sus palabras a los hombres que vienen; pues el hombre culto se sabe perecedero en el tiempo, pero parte esencial del Espíritu eterno que lo llama a reconocerse en su imagen. El hombre culto busca la libertad que hay en esta dialéctica del destino y la voluntad; de la ley y la autonomía; de la vocación y la rebeldía; del objeto y el sujeto; del amo y el siervo. La cultura unifica a los hombres con el cosmos. Por ello, no es para sorprenderse que cultura era, como indica Gabriel Zaid, el cultivo (la preparación y desarrollo del alma a fin de reconocer su llamado) de las virtudes, las artes y la religión, allá en las lejanas Grecia y Roma.

El hombre culto estando preocupado por el bien de la humanidad, en este oleaje que hay entre el yo y el otro, puede caer en la terrible adoración del yo. Si bien es cierto que una renunciación a éste sería una imposibilidad de saber algo, pues el único que sabe que sabe o que no sabe, es el individuo, no estaría superando con esto la dialéctica, de hecho la perdería de vista. Sin embargo, creer que la misión del humanista es una tarea mesiánica o de reformación de la humanidad, es comenzar el camino de tirano o de ingenuo. El humanista ama a la humanidad por lo que es y no por lo que puede ser. Por eso es importante que recuerde a cada momento que el hombre es principalmente una obra de amor que puede caer, pero que necesita más que nada, de este amor activo del humanista, para volver a descubrirse como semejante al bien supremo. De lo contrario tenderemos reformistas preocupados más en su imagen o en su labor de escultores que en amar, tendremos tiranuelos con voz melífica, en vez de maestros y amigos.

El hombre culto es más que nada un ejemplo de la libertad que hay al amar el bien, la justicia, la belleza, tal y como se nos fue dada ¿o de que otra manera podemos entender a Don Quijote, sino como el máximo ejemplo del hombre que ama al hombre? Del otro lado está la burla que Lucy le hace al profesor de literatura David Lurie, su padre, cuando éste declara que “todas las mujeres le han enseñado algo de sí mismo al grado de convertirlo en mejor persona”, y ella le responde: “Espero que no te jactes de que la inversa sea verdad también, de que por el hecho de haberte conocido, todas tus mujeres sean ahora mejores personas.” Él se enoja y denota que si bien no lo había pensado tan enserio, le duele ver, con claridad, la villanía de su noble intención.

El hombre inteligente que agria las preguntas, buscando no verdades, sino aplausos o herir enemigos, es el modelo que mayormente seguimos los hombres hoy día. El parámetro de la cultura y del humanismo ya no es el amor a la libertad del hombre como creatura de Dios, sino el encumbramiento de un sujeto que se ha construido para el éxito y la pasividad.

¿Será que ya no vemos la necesidad de la cultura? ¿Que nos conformamos con el show?, ¿que ningún hombre volverá a ser ejemplo de bondad, por habernos convertido en espejo que se mira a sí mismo? ¿Será que nuestra mayor desgracia es aceptar que esta vida está condenada, y que para aliviar tal situación, todo, incluyendo la cultura, debe ser fruto de una inseminación del ego humano?… sin embargo, al reafirmar nuestra humanidad de esta manera, perdemos de vista aquello por lo que habíamos comenzado a luchar y nuestros ojos no ven más que ridículas desgracias.

 Javel

Piedra de toque

Piedra de toque

Decía Heráclito que uno no se mete a bañar al mismo río dos veces y acaso esto tiene su mejor ejemplificación en la política, pues lo que hoy aparece como el cauce natural del actuar político mexicano, mañana ya no formará parte de esta vorágine impredecible. Hace unos días se hablaba de unidad, se convocaba a ella, mejor dicho, no a ella todavía, sino a la formación de ésta. No se puede llamar a lo que no existe, aunque sí puede ser deseado… El deseo de unidad quizá ya se perdió en la violenta corriente de sangre que vivimos día a día. No es apatía la nuestra, es conocimiento trágico.

Dice Dostoievski que hay seres a los que sólo los golpes del destino más crueles los llega a salvar. El gran escritor ruso, que según Joseph Frank, padecía la soledad y odiaba la crueldad como nadie, no nos invita a ser amantes del sufrimiento, sino a abrazarnos en el dolor, para salir de él. Estos últimos once años México ha sufrido más que nunca. Heridas hay por todos lados: los secuestros, la corrupción, las desapariciones forzadas, el narcotráfico. Por un lado, el descaro del poder (Duarte); por el otro, el desinterés de los tres poderes por hacer justicia y formar unidad (No estamos completos hasta que aparezcan o se aclare el caso Ayotzinapa). El golpe ha sido dado. ¿Qué tragedia más fuerte podemos sufrir?… Tal vez ésta, estamos ahogándonos en este río de sangre, cada quien por su lado, pues si tomo la mano del otro para salir juntos, quizá terminé hundiéndome para salir él sin mí. Solos y llenos de miedo fúrico pataleamos por vivir.

La unidad no se construye con miedo, sino con confianza en que el otro también quiere enfrentar la injustica para ser feliz junto a mí. Quizá el que mejor comprendió esto fue el poeta Sicilia, cuando nos llamaba a unirnos por la paz y la dignidad. En medio de este caos, dirían Dostoievski y Sicilia, todos tenemos derecho de un lugar a donde poder llegar. La unidad, hoy más que nunca, debe de ser esta piedra de toque para todos. Reconocer que hemos sido golpeados no es suficiente, pues nos deja vulnerables, arrastrados por la corriente, pasajeros de la crueldad. Hay que desear ser justos en todo, para tener fe en el futuro que viene. México está ante una gran prueba y antes de preguntarse ¿a dónde vamos? Hay que resolver ¿En dónde estamos? Sólo así, por más fuerte que sea el afluente, sabremos qué hacer, a dónde ir, con quién llegar.

Reconocer la tragedia mexicana en nuestra falta de unidad, es un paso importante. ¿Quiénes queremos ser, en relación a lo que hemos sido?, es ahora la pregunta más pertinente.

Javel

Perorata de un salvaje

Perorata de un salvaje

…este chiquillo parece bastante reacio a unirse en el juego erótico corriente […] empezó a llorar y…  Aldous Huxley

 

Una vez que se llega a la conclusión: “Todo está permitido”, parece una burla inocente andar hablando de castigos. Si todo está permitido, es decir, si no hay límites, ¿por qué se habría de indicar uno? Los castigos, las reprimendas, son precisamente la muestra de que si se actúa liberalmente, habrá un cerco que nos impida reintentar el camino. Mejor es hablar de una rehabilitación, que no de un castigo. La rehabilitación permite, entre otras cosas, introducir en el pensamiento de los hombres, la escurridiza idea de que necesariamente no hay límite alguno, lo que hay es una mala decisión de cómo se quiere llegar al fin deseado. Lo que se debe es rehacer el camino, no obstruirlo, ni satanizarlo.

Castigar, es de hecho, una muestra desmesurada de la fuerza y el salvajismo que aún ronda nuestras vidas. El que castiga es un asesino de la libertad, y el que asume el castigo, un mártir del que hay que aprender la paciencia; pero sobre todo, al que hay que apoyar una vez que salga, para que retome su camino, siempre y cuando lo haga por otra vía que no coercione su libertad. Pues, de hecho, es la autenticidad del hombre ingenioso o talentoso la que se necesita conservar y alentar antes que nada. El hombre de talento es el que muestra el camino de la originalidad siendo transgresor de las costumbres apocadas que en nada ayudan al desenvolvimiento de la naturaleza humana. Ser libre y autentico es aquello que se ve impedido por la justicia.

El castigo, piensa el hombre talentoso, es el límite entre el bien y lo que debe hacerse para romper estigmas éticos, que malogran la grandeza del hombre que posee un ingenio superior. Por eso en las utopías no puede haber castigos, sino rehabilitaciones, pues todos son libres de gozar de la naturaleza humana en todos sus sentidos, siempre y cuando se respete la vida. La vida, siendo el sostén del talento y el placer, no puede ser tan pobre de tiempo y sensaciones… pero eso ya lo resolverán los científicos y neurólogos.

Pero acaso las utopías que ofrecen lujos, placer a flor de piel, vida eterna, poder ser auténtico, se olvidan de un pequeño detalle llamado Dignidad. La dignidad tiene que ver con la libre y plena realización del hombre como ser bueno y feliz. Es decir, la originalidad desde la postura de la dignidad humana, también apoya lo auténticamente humano, pero pone como fin a la felicidad, y no al placer infinito. El salvajismo al que hacía referencia hace un momento y que aún ronda en nuestras cabezas, es precisamente la furia que se siente cuando se nos intenta restar o aniquilar la dignidad propia o de algún hombre o pueblo. Este salvajismo nos ayuda a mantener los pies en la tierra. Y precisamente se pierde el terreno cuando no se muestra lo perverso del mal, lo inadecuado, lo tortuoso de las malas acciones. Cuando se muestra al mal, como algo deseable, perdemos vida. Castigar no es, por todo esto, un salvajismo, sino la más alta muestra de dignidad ante lo que está mal en el mundo. Es un intento por no dejar que el mal gane terreno. Es una muestra de cuánto amamos el bien. Es el buen salvaje gritando, ¡no me mates! ¡No me denigres!; o bien, es el niño que llora porque le da miedo el mal y se avergüenza de ser partícipe de este grotesco juego.

Javel

El desprecio a su máxima potencia

El desprecio a su máxima potencia

El desprecio, sea verdadero o falso, siempre es injusto. Si es falso, lo será sólo porque el que siente el agravio así lo mal entiende; terminará odiando al que de hecho lo aprecia. Si el desprecio es verdadero, entonces el ejercicio de la justicia es incompleto; se vuelve más fácil creer que ese individuo es malo, estúpido, inútil y despreciable, es decir, el derecho a la justicia pasa a ser de unos cuantos. Despreciar a un hombre de esta última manera, coaccionarlo al aislamiento, enviarlo con los otros despreciables, es ponerlo al servicio de la injusticia, dictaminando al mismo tiempo que “Tú no eres digno de la justicia ni del aprecio.” La mayoría de los hombres, sea falso o verdadero el desprecio, comprenden que no hay otra salida más que ser despreciables, para así justificar su desprecio al que los despreció primero.

Que el hombre sólo puede ser malvado, es la piedra sobre la cual anda el desprecio, la desconfianza y la injusticia. Piedra endeble, que fue forjada por el orgullo lastimado de los hombres. Pues hay un regusto amargo en esto de sentirse odiados, malqueridos. Pero si es verdad lo que vengo diciendo, entonces hay que reconocer lo depravado que se vuelve el contacto con los hombres. Estamos más atentos al momento en que caiga el virtuoso, que al arrepentimiento de los malvados. No hay búsqueda del bien común, sino cacería de brujas. Esta cacería de brujas oscurece de nuestra conciencia la idea y el deseo del bien, y sobrepone la del mal. La indolencia de esta pérdida, nos lleva a buscar en todo la injusticia, no sólo para denunciarla, sino para cometerla y encubrirla.

El desprecio al mal en que vivimos, es falso e injusto, pues no buscamos con ello reencontrar el bien, sino vivir justificando nuestro mal. El mal, el vicio, lo cruel, la injusticia, claro que se desprecian y adolecen, pero sólo ocurre en el momento en que sabemos que el bien es el fin último. Pero ¿cómo regresar al bien? Quizá el perdón es lo más antitético del desprecio, ya que el perdón es el reconocimiento de que el hombre puede ser bueno otra vez, es la confianza en su virtud, es el resarcimiento del pacto para la búsqueda del bien. Pedir perdón es el reconocimiento del mal que se hizo, y es llegar dulcemente adoloridos ante la compañía del otro que quiere buscar el bien con nosotros, es enjugar nuestra conciencia y ver el mal y el bien en su justa medida. Pero el desprecio a su máxima potencia nos envuelve en esta histeria y placer por la injusticia. El desprecio es un mal en el mundo, pues nos ha alejado de la justicia y el perdón.

Javel

Murmullos de medianoche

Murmullos de medianoche

El día

El sol entró como todas las mañanas, iluminando el cuarto amplio, blanco y confortable de Samuel. Sobre la cama ya estaba despierto él. No recordaba mucho de lo que había pasado la noche anterior, pero tenía la vaga sensación de haber soñado con algo que no alcanzaba a dibujar en su imaginación. El sentimiento de pérdida punzaba su cráneo, sin embrago, tan pronto como cayó en la cuenta de que era asunto perdido, decidió ocupar su mente en otra cosa. Limpió su habitación, salió del cuarto, se dirigió al comedor, se sentó, desayunó un poco de pan francés, huevos, leche. Leyó el periódico, -creo que era el mismo de todos los días, o las noticias se le antojaban como para que fueran las mismas de siempre.

Una vez terminado su desayuno y el periódico, se dirigió nuevamente a su habitación, quería tomar un baño, lavarse los dientes, estar presentable. Se quitó la bata, la puso en la cama, abrió la llave del agua caliente, ésta comenzó a descubrir sus propios caminos húmedos en la piel toda marcada por heridas de Samuel. Desde la cabeza que tenía cicatrices de peleas donde él nunca triunfó, hasta el pecho, que tenía marcas de cigarrillos, seguramente auto infligidos. Todo su cuerpo era un espectáculo de la violencia que puede causar un cierto tipo de locura.

A eso del medio día llegó uno de los enfermeros. Lo encontró sentado en el balcón de la ventana, abrazando sus rodillas, mirando a ninguna parte.

-Coronel, aquí está lo que ordenó.

– ¿A quién le hablas colega?, soy el doctor en neurociencias, Abel Domínguez.

-Disculpe, colega, lo confundí con otra persona. Tenga las aspirinas que usted diseñó para su propio dolor de cabeza.

-Gracias, colega. (Tragó las pastillas)… Sabe, colega, otra vez tuve ese sueño que no puedo recordar.

-¿Cómo sabe que es el mismo?

-Porque me deja todo adolorido de nauseas.

-Quizá sólo sea su conciencia que da violentas vueltas en su cabeza.

-No creo. Recuerde que yo jamás creí en ese cuento de carácter clérigo-legal. Los que no pueden explicar nada ni poseer nada, no tiene derecho a maltratarnos asííííí.

-¡Rápido, pabellón tres, cuarto diecisiete! ¡Necesito ayuda para aplicar un sedante!

Samuel (el general y el doctor) despiertan en la noche

El doctor:

–Hay aves que nos llegan nocturnamente a mitad del camino de los sueños. Hay aleteos que perturban el ritmo anímico de cualquiera. Sus cantos platinados se anidan perfectamente en la almohada propia. Tanto nos perturban que cualquier sonido confundimos con su graznido añil.

El general:

–El aleteo de los malditos se escucha afuera, adentro, en todas partes. La desesperación es sólo el anuncio de su canto. En el pecho se siente su aleteo batir con fuerza. No, no es en el pecho, es la puerta, alguien toca, ¿pero si no hay nadie más en la casa?, y resulta que la única persona que podría estar tras de la puerta está dormida junto a nosotros. ¿Desde cuándo estamos tan solos?

Alguien pronuncia con voz vaporosa y reptante: Ego.

El doctor:

–El graznido y el aleteo infernal siguen. No, no hay engaño, el subconsciente fue el primero en huir, así que estamos solos, nadie que nos ampare en la voz oculta de una mentira. El grito se hace inminente, pero nunca llega éste a inundar la garganta, más bien se ahoga en el miedo… Ego fictum.

El general:

–Algo rasga el suelo. Son las zarpas del ave. No hay duda, ha descubierto en nuestras suplicas nocturnas el secreto que guardamos, la traición tan conocida: vendernos a cualquier postor, a cualquier deseo barato que nos saque de aquí o a cualquier creencia inútil. Pero el ave es guardiana de nuestro secreto. Nos asusta porque sabemos que cuando termine el ritual obscuro, ella reclamará nuestra carne. Poco a poco irá picoteando nuestra piel con su insistencia. Sus alas tomarán en la forma de preguntas, o de miradas acuciantes para nuestro derrumbe… Ego fictum ego.

Samuel:

–Si en verdad pudiéramos vivir solos. Pero las personas nos recuerdan algo oculto que no vemos siempre, que molesta a nuestras conciencias como el tábano al ganado rumiante. Cada noche es lo mismo. Las aves entran, despiertan a nuestra alma quebradiza. Llega el silencio sólo cuando logramos dormir, pero bien pronto nos vemos en sueños donde el ave está ahí, vigilante desde el árbol seco. Su aleteo nos hace sentir incómodos, como ajenos a todo lo nuestro que ya es suyo.

A todo esto, sólo queda un recurso. Sí, el mismo de siempre. Pero no en el que pensaron  aquellos valentones desgraciados, pues ¿cómo poder recuperarnos acudiendo a la nada? No, lo que queda es confesarnos, pedir ayuda. Sabernos alguien sujetos al peñasco del hastío disfrazado de hedonismo… Evitemos caer en sueños al vacío, que por algo no estamos solos

Despertemos de este sueño tan dañino.

Salgamos de esta caverna en la que el eco desgarrador dice vaporoso, ¡Ego fictum Deo!

Javel

Palabras para seguir gastando: No es un secreto que la violencia intenta profanar  el lugar de la virtud, convirtiéndose en una segunda naturaleza en el alma de los hombres, más que nada de la juventud. Juventud que es momento de voltear a ver y decir junto con Héctor De Mauleón, Me echo en cara lo que hemos dejado de hacer,  aquello por lo que, tristemente, Ha llegado la hora de pensar en la generación herida.

El ocio de los amantes o tres veces el ocio

El ocio de los amantes o tres veces el ocio

Hay que notar que el ocio es, ante todo, un momento en el que se desarrolla el amor hacia la libertad –y quizá más pedagógicamente, el momento en el que se descubre el amor conducido por lo bello, bueno y verdadero. Incluso hoy, en toda la parafernalia de las iniciativas a favor de la recreación moderna, está como su columna de apoyo la idea del ocio como posibilidad de desarrollar la libertad. Libertad que ellos adornan con el adjetivo de “creadora”. Esta última palabra es la que más engrosa las filas de los ociosos hoy en día, pero también es la que más problemas ha causado en el ejercicio del ocio. Si bien es cierto que es muy común pensar en el artista como el mejor logro de la ociosidad, no es agotable en él esta actividad.

Pensar al ocio en los términos anteriores, nos lleva a exigirnos tres planteamientos que tendrán que desembocar en un solo cauce. A saber, estas cuestiones son: el ocio, la libertad y la creación. El remanso es la vida contemplativa, y la desembocadura, la buena vida; que muy seguramente son sinónimos. Hay que notar una característica más que nos ayude. El ocio como ejercicio de libertad y de creación, está envuelto hoy en día por una particularidad del espíritu humano: la autonomía y el deseo de poder, o en otras palabras, por lo que se busca recurrir al ocio es por el progreso individual. Así, aparece el gran problema:

El motor que impulsa al hombre a dedicarse profesionalmente al ocio, es la economía. Pero acaso aún no es notoria la contradicción de estas almas embebidas en el deseo de lujo y poder. Terrible es que aún no hayan notado que todo asunto, hoy día al menos, que involucre dinero, puede ser agrietado por la corrupción. ¿Cómo se puede corromper al ocio? Alejándolo de su fin rector: Formar hombres que amen la libertad. La libertad ha sido el ideal de todos los hombres, al que la mayoría le dice vida justa o feliz. Todos los antiguos mostraron que estos asuntos son difíciles, pero bellos y buenos. ¡Qué maldición para nosotros que deseamos todo sin hacer mucho, o mejor, nada! No es difícil ver desde aquí por qué el temperamento del hombre ocioso ha de ser parecido al de un amante que no consigue del todo a su amada. Pues un hombre así no flaquearía de su intención, ni tampoco la buscaría por caminos por los que desmerezca su amor, y que, lo más importante, denigren la imagen de la bien amada. La vida del ocioso ha de estar llena de esta inflamación en el pecho y la cabeza, para que le atormente dulcemente la búsqueda; y para que le endulce virilmente el encuentro. Pero hoy más que nunca, el hombre está dispuesto a vender al amor de su vida por el poder que da el dinero. El hombre que haga esto y se diga ocioso, ha de ser llamado perverso. Cuando la creación se prostituye, no sólo la libertad, también la posibilidad de la felicidad muere con ella. Cuando el ocio se corrompe, el hombre deja de ser digno de la creación.

El dolor que causa esta indignidad en los hombres aún preocupados por la felicidad (que somos todos), los lleva a preguntarse lo que todo hombre se cuestiona –o debería preguntase– alguna vez en su vida ¿Estaré haciendo bien las cosas? ¿No será que vivir se trata de algo más que el poder? Esta crisis moral de la que nos percatamos en un momento de ocio o de reflexión, es la prueba más patente de que éste no es un asunto de los artistas solamente, pues todos buscamos ser buenos y felices, o como si dijéramos, todos queremos ser partícipes de la bondad de la vida. El ocio permite esto. Así, el actuar del mejor de los ociosos nos muestra que el alma de los hombres no logra alcanzar la felicidad si no consigue armonizar a los dos caballos que conducen al alma. Sócrates nos ayuda a ver que el ocio no es un momento en el que se desahoga la actividad intelectual, sino la ocupación más importante del alma, que es encontrar la verdad. Por ello, la armonía a que nos conduce el ocio es el logro de las mejores disposiciones del alma humana. El hombre libre, ocioso, no crea su vida ni su felicidad, sino que va perfeccionando su carácter al ejercitar las virtudes intelectuales y morales que se le han dado, se va humanizando más. Al hacer esto ayuda a otros hombres que buscan la felicidad, la sabiduría y el bien en el ocio.

En el momento en que nos percatamos que lo que más amamos es la libertad, en ese momento comienza nuestra búsqueda por la mejor vida. En ese momento comienza el ocio. Ocio que no es una parte de la vida, sino toda ella, pues no buscamos por momentos ser felices, sino en todo momento. Así como no buscamos ser felices solos, sino en compañía de amigos, familiares, la pareja. Por esto la actividad del ocioso repercute en todos aquellos que lo frecuentan. Por eso la ociosidad o Filosofía debe ser un asunto de hombres libres y responsables de su libertad creadora. Por eso el ocioso debe amar la vida libre, justa y buena, tanto como a los hombres, ¿pues de qué otra manera el ocio sería un bien para todos?

También creo que el ocioso ha de tener mucho de vagabundo.

Javel

Para comenzar a gastar: El saqueo a las tiendas que ha venido ocurriendo demuestra que no buscamos dignidad al vivir, sino posibilidad de aprovecharnos del otro en momentos de debilidad. Buscamos ser villanos en la villanía y la dignidad se quedó en los deseos del año pasado.

La necesidad de la crítica política

La necesidad de la crítica política

El que no vive para servir,

aún no ha comenzado a vivir.

La primera respuesta que viene a la mente cuando critican nuestro trabajo es, “pues hazlo tú”, olvidándonos de que somos nosotros quienes podemos actuar en favor nuestro. Esto en el ámbito privado. En el espacio público, el representante ha de aceptar la crítica no por otra razón que la siguiente: en él se ha vertido el poder de hacer el cambio o resguardar la permanencia que se considere la mejor opción para la mayoría. Por eso, el representante político ha de saber escuchar la crítica del pueblo, pues es la otra parte del poder, sin la cual su actividad no es del todo clara. Todo servidor público y el pueblo en general, ha de saber que es un asunto complicado conocer todas las condiciones en que se encuentra un país, una región, un estado o municipio. Por eso se cuenta con ayuda de otros representantes a cargo de direcciones, ya sean de salud, de educación o de seguridad. Por eso cada colonia tiene a su representante, para decir qué no se ha hecho bien y reconocer qué sí está funcionando.

En este sentido, la crítica política se ejerce no para denostar la imagen del servidor público o representante en cuestión, sino por una cuestión más justa: poner de relieve lo que no está bien dentro de su jurisdicción, para que se cambie. El cambio no ha de molestar a nadie cuando es para bien de todos. El problema de recibir una crítica, es que se piensa más en la fama y en el lujo que se ha conseguido, que en la posibilidad de mejorar la vida de los demás. Es difícil, sino hasta peligroso, ejercer un ejercicio crítico como lo hacen los periodistas o columnistas de los diarios cuando el Estado se funda en el hambre de fuerza y no en la búsqueda de la justicia. Cuando la imagen, que no la justicia, sustentan más a la riqueza.

Además, la crítica siempre es al poder. El poder público no es tal si no sabe actuar, y tampoco si no quiere actuar justamente: desde aquí comienza la crítica. La corrupción es la muestra más clara de que la crítica es necesaria para reencauzar la actividad de un pueblo. Pues si no, todos harían lo que quisieran, como de hecho ya ocurre. Pero sin la crítica sería un caos aún peor. No obstante, para criticar es necesario conocer. No sólo basta reconocer las injusticias, hay que saber a quién dirigirnos, a quién exigirles respuestas o en todo caso, a quién decirle, para que por nosotros levante la voz. En este sentido, los analistas políticos son esenciales cuando acuden a la verdad.

Los periódicos, que eran el foco centralizado del análisis y la crítica al Estado, antes de internet, siguen ofreciendo voces claras, por eso es importante leerlos, así como buscar en la internet voces buenas que nos ayuden a hacer nuestra tarea como ciudadanos: ver, analizar, criticar, denunciar. También para saber lo difícil que es hacer justicia en un país como el nuestro conviene estar informados.

La crítica, es verdad, no se queda en el reconocimiento racional de los problemas, pero como ya dije, ésa es la primer tarea del pueblo junto a las autoridades, lo que sigue después de este reconocimiento es hacer algo. Siguen los políticos, a ellos se les dio la batuta. Y claro, el pueblo ha de estar atento. Cuando ellos no hacen nada por hacer el bien a la ciudadanía y en cambio ayudan más al crimen, es cuando se hace evidente la necesidad de la crítica, así como de la investigación; y de ambas su libertad de expresión. Pero el totalitarismo siempre imposibilita la crítica porque ansía más el poder absoluto que el poder verdadero. La crítica, que también es poder, no es posible cuando el crimen ostenta todas las formas de éste. En este caso, se vuelve adulación y nadie vive bien adorando al mal.

Por eso no hay que callarnos ni olvidar, pues la voz y el recuerdo son los últimos refugios de la libertad antes de una rebelión. De hecho, son y deben de ser en todo momento las herramientas de cualquier presidente antes de encausar una guerra que podría ser a la postre una enfermedad sanguinolenta. Del otro lado de la crítica sí está la acción pero, al dirigir un país, nadie debería actuar sin saber los efectos reales. ¿Cómo se puede mejorar un país enfermándolo de guerra?, aún peor, ¿quién pide a los enfermos que no se quejen?

Ítem. La explosión en el pueblo de Tultepec nos pone ante otra emergencia nacional de la que justo habló EPN en Tlaxcala este miércoles: La infraestructura del sistema salud. Mientras él inaugura más hospitales, las voces de los quemados se dejaban escuchar a lo largo de todo el Estado, pues en muy pocos hospitales se cuenta con recursos necesarios para atender a los heridos, “¡Aquí ni jeringas hay!”, dijo un doctor ante la desesperación de no poder ayudar a los enfermos que tuvieron que ser trasladados a otros hospitales de la Ciudad de México. Es una realidad con la que se vive a diario en los recintos de salud. No hay material, no hay suficientes médicos ni enfermeras en los hospitales del país. ¿Cómo se pueden unificar los esfuerzos, como pide EPN, si no hay fuerzas para trabajar?

Ítem. No puedo entender a las autodefensas, como la suscitada  hace poco, más que como un acto de auténtica desesperación. Mirando que las autoridades no hacen nada, lo que queda es actuar; viendo que la ley no consigue nada, lo que queda es la última salida, el delito. Las autodefensas son la prueba más clara de que la violencia es la armadura de la seguridad, así como que la justicia pasó a ser un muerto más en nuestro país desde que las autoridades facilitan más la vida de la delincuencia, ¿o no fue eso lo que pasó? ¿No el delincuente quedó más tranquilo con la transacción de vidas que los pobladores del lugar?… Aquí no hubo mediadores, hubo quien tirara paro a los secuestradores.

Palabras que gasté: Pobre parque / parque mío, / parque, parque, parque… / parque ¿para qué?

Luis Eduardo Aute

Palabras para terminar el año: ¡Muchas gracias por todo!

 

Javel