La quema de la Catedral de Notre Dame

Los incendiarios de las redes se indignaron por la atención que se le ha prestado al incendio de la Catedral de Notre Dame. Que es una estupidez que nos preocupe más el incendio de un lugar sin vida a los incendios de los bosques habitados por cientos de animalitos; que si no se tratara de un monumento turístico no existiría tanta conmoción; que hay personas siendo asesinadas todos los día mientras las personas permanecen en la más cómoda indiferencia; entre otras razones de porqué los no preocupados del incendio en Francia son más inteligentes que los preocupados. La Catedral bien puede ser un lugar común donde se toman las fotos los turistas, dándole un uso que no la diferenciaría, que no la distinguiría, de ningún otro lugar. Para los habitantes del sitio, el recinto pudiera ser motivo de orgullo, algo que les da visibilidad en un mapa, que los coloca en una lista, que les da cierta importancia; pudiera ser un lugar de recuerdo, una referencia constante a su infancia, a su niñez, un lugar donde conocieron a su primer amor, el sitio en el que vivieron los días más felices de su infancia; el tamaño del lugar, la preciosura de sus paredes, los impresionantes detalles, cuidados centímetro a centímetro, les dota de un portentoso sentido a sus recuerdos. Víctor Hugo escribió un libro en cuyo título destacaba la Catedral de Notre Dame. La novela no sólo destaca un lugar, muestra la casi necesaria relación entre literatura y arquitectura. Ambas dependen de cimientos fuertes, ambas requieren de la inspiración, ambas pueden ser contempladas y comprendidas. Las palabras construyen, dan guía a la vida, son un hogar, nos dan comunidad; nos develan lo que hay ante nuestros ojos, nos muestran lo que no se puede ver de lo que tenemos ante nuestros ojos. Podemos tomarnos una foto con una catedral portentosa de fondo, pero la novela nos permite vivirla de distinta manera, nos permite habitarla.  La casa de Dios, un lugar de comunión, donde se tiene un vínculo con lo sagrado, es la manera como algunos entienden la Catedral. Por eso su inmenso tamaño, por eso la fijeza y grandeza que refleja. Un lugar donde hay espacio para muchos, para todos, donde se comparte. La destrucción de la Catedral de Notre Dame no deja de ser un asunto vital, pues no es sólo un lugar que nos puede dar likes.

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El porqué los tuiteros no saben tomar café

No puedo evitarlo, sé que llegaré tarde, sé que me volverán a regañar en el trabajo por ser el último en empezar a trabajar, quizá hasta me descuenten una cantidad considerable de mi sueldo por tantas impuntualidades, pero no puedo apurar mis dos tazas de café. Treinta minutos por lo regular me toma tomar mis dos tazas de café. Caliento el agua hasta que hierve; la dejó enfriar por un par de minutos; le echo una cucharada de café por cada taza; dejo pasar dos minutos; agito el café; espero dos minutos más; lo sirvo después de echarle una cucharadita de azúcar; dejo pasar otros dos minutos y lo bebo. La primera taza me toma saborearla quince minutos; siento cómo el calor y el sabor se posan sobre mi lengua, cómo van viajando por mi garganta y caen a mi panza; en poco tiempo el efecto comienza a recorrerme: despierto y me siento pletórico. La segunda taza refuerza lo anterior, pero esa, dado que se ha enfriado, me toma beberla diez minutos. Si una historia o una idea anda paseando en mi cabeza, me puedo tardar el doble de lo normal en beber mi sabroso café. A mi jefa no le hace ni pizca de gracia el que justifique mi tardanza explicándole lo mucho que me gusta saborear el café, que una buena taza de café es bueno saborearla como se saborea una buena plática; me contesta que eso es poco productivo, que así como se me paga un salario debo corresponder a eso con mi tiempo. Ella también se tarda en beber su café, pero en lugar de saborearlo, trabaja mientras lo sorbe: con una mano escribe 240 caracteres por minuto mientras con la otra alza su vaso para beber su líquido vital. ¿Por qué no puede distinguir el tiempo laboral y el tiempo de la vida, el más valioso? Seguro se debe a que tanto el alfabeto como el café los usa para lo mismo, para trabajar; seguro se debe a que la vida para ella está en las redes sociales.

 

El alfabeto era usado con calma y disciplina porque leyendo y escribiendo, enseñando y aprendiendo, se pretendía alcanzar la sabiduría. El alfabeto nos permitía vivir mejor. Ahora lo usamos como una herramienta. ¿Cómo vamos formando nuestro uso del alfabeto al escribir en las tumultuosas redes sociales? Escribimos abreviando las palabras, reduciendo los significados, simplificando las ideas, para que podamos entrar al torbellino de la conversación momentánea. Un par de horas está de moda la película del momento, y en otras dos se lamenta el suicidio de un cantante; si la muerte del cantante estuvo precedida por el escándalo, se producen dos horas de polémica y dos horas más de opiniones sobre los distintos bandos de la polémica. Twitter es un medio que exige muchos comentarios, que requiere una capacidad de reacción rápida, digna para juzgar sin pensar. El uso correcto del alfabeto pasa a segundo plano. Lo importante es opinar, meterse a la monstruosa tendencia. Una o dos erratas no tienen tanta importancia como llegar a tiempo al mercado; con suerte alguien logrará expresar una opinión, un punto de vista. Las palabras son navajas, se usan para atacar, no es extraño que en las redes se lean más groserías u ofensas que cumplidos y palabras agradables. Quien no ataca o escribe de modo ácido, quien no se alista en algún ejército es olvidado o visto con ojos somnolientos. Nunca hay consenso en Twitter (tal vez sólo en dos ocasiones lo haya habido: cuando todos se burlaron del YaMeCanse de Murrillo Karam y cuando en el juicio contra el Chapo Guzmán se dijo que Genaro García Luna había recibido sobornos millonarios en pago por protección al cartel del capo, a lo que los tuiteros sólo retuitearon); no se quiere resolver ningún problema. El alfabeto se desperdicia en las redes sociales y, con ello, se le da el peor uso a la vida.

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Linchamientos

La escena la hemos visto una y otra vez: alguien grita con furia que vieron a dos ladrones, la población enardecida procede a perseguirlos, cazarlos como a dos animales salvajes, para después poder castigarlos a la vista de todos con cualquier objeto que punzocortante o que pueda herir. Buena parte de los linchamientos se quedan en intentos, ya sea porque la policía rescata a los acusados, casi condenados, o,  en la minoría de los casos, porque la población decide entregarlos en lugar de golpearlos hasta la muerte; no en pocas ocasiones, los linchamientos acaban con la vida de los presuntos criminales; en algunas ocasiones, los linchamientos le quitan la vida a uno o varios inocentes.

 

“¡Ya estamos hasta la madre!” es la frase que encapsula el hartazgo de quienes padecen constantemente robos, secuestros o violaciones, de quienes deciden tomar la justicia por su propia mano. Se sienten desprotegidos por quienes deberían protegerlos; se sienten tratados injustamente por los impartidores de justicia. A falta de seguridad y de tribunal, los pobladores juzgan y se protegen. Pero se cuidan y juzgan con sus medios, capacidades y al calor de una acusación. En la antesala de un linchamiento, no se requieren testigos, pruebas o demandas ante un tercero, basta el grito acusatorio, la voz que exige justicia (o venganza) inmediata. Las personas de los alrededores se arremolinan, abandonan sus actividades, se dan valor los unos a los otros para, casi al mismo tiempo, juzgar y castigar al presunto criminal. La llama acusatoria se ciñe sobre el presunto criminal sin que éste pueda alegar nada, sin que tenga la mínima defensa. Todo pasa rápido, no hay tiempo para meditar lo que está por explotar; se ha encendido una mecha; es casi imposible que no explote. El poder del pueblo reunido consume al disminuido acusado.

 

Suponiendo que el criminal a punto de ser linchado haya afectado a una persona, ¿las personas ajenas al conflicto buscan saciar su venganza o quieren ayudar a la víctima a impartir alguna clase de justicia durante el linchamiento?, ¿quieren mostrar que se protegen o que unidos tienen más poder que cualquier criminal? En caso de que quieran mostrar poder en su unidad, ¿es justo que con esa unidad logren su defensa de cualquier aparente agresor al grupo? Dicho de otra manera: ¿la fuerza propicia justicia? ¿El deseo de venganza se contagia más fácil que el deseo de justicia?

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Disculpas

“Los hombres deberíamos agradecer que las mujeres pidan justicia y no venganza” leí hace dieciocho días en una publicación compartida en Facebook. La idea que fundamentaba la veracidad de la opinión era que todos los hombres eran culpables de las acciones injustas de todos los hombres en todo momento. Inmediatamente recordé una frase complejamente bella “todos somos culpables de todo el mal en el mundo”. La frase, según la entiendo, muestra nuestro desdén para disponernos a realizar el bien, pues, en la medida en la que no nos importa actuar con justicia, o ni siquiera nos interesa saber cuál es la manera más justa de actuar, estamos siendo injustos. Por ningún lado pude constatar que el comentario compartido tuviera el alcance de la mencionada frase, ni tampoco que dijera que las mujeres podrían haber cometido injusticias, pero, según lo entiendo, daba por supuesto una tradición de maltrato hacia las mujeres por parte de los hombres; tradición que los hombres habían heredado y de la cual eran culpables.

 

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, le pidió al Rey de España, Felipe VI, que se disculpara por los abusos cometidos por los españoles durante la conquista a los antepasados de aquél. ¿Heredaron los españoles la culpa de lo que sus muy remotos compatriotas le hicieron a los antiguos habitantes del lugar que ahora es México? Hasta donde puedo constatar y mis informantes me han comentado, los mexicanos ya no rendimos ninguna clase de tributo a los españoles: no les enviamos dinero a los gobernantes del otro lado del charco, ningún gobernante mexicano, ni siquiera de la más pequeña demarcación, es español, y, cuando vemos a los españoles, no es necesario rendirles ninguna clase de pleitesía. Así como los españoles de aquellos años no son los mismos que los españoles del presente, tampoco los mexicanos de estos años son como los pueblos que habitaron en este lugar; nadie se ofrece voluntariamente para que se le arranque el corazón a modo de ofrenda. En los años de la conquista no existía México, ¿a quiénes se les va a pedir disculpas? En los años de la conquista, los reyes españoles eran los gobernantes absolutos de España, ¿con qué clase de autoridad se van a dar disculpas? Los mexicanos de la actualidad tenemos más en común de lo que tenemos con nuestros antepasados conquistados.

 

¿Por qué a un gobernante le parecería adecuado remontarse 500 años en la historia para pedir una disculpa?, ¿querrá polarizar la relación entre mexicanos y españoles, que, hasta dónde sé, es buena?, ¿buscó confesar que es una persona rencorosa, pues si no perdona los agravios de hace siglos y que a él no le afectan, de ninguna manera y bajo ninguna circunstancia perdonará los agravios lanzados a él? Además de invocar un patriotismo barato, sin sustento alguno, no se me ocurre alguna razón por la cual le hubiera parecido siquiera digno de mención que mandó una carta para pedir disculpas por una situación que a nadie afecta.

 

¿Se puede ofrecer una disculpa en nombre de otra persona? Me parece que sólo se podría ofrecer en la medida en la que se es responsable de las acciones de la otra persona; en la medida en la que por mis acciones alguien cercano a mí afectó a otra persona. ¿Se le puede exigir una disculpa a algún régimen por la inseguridad, la violencia, los desaparecidos y la corrupción? No sólo se les debe pedir disculpas, como ya en varias ocasiones se han ofrecido, sino exigirles a los gobernantes que actúen para que se pueda vivir en un país con mayor justicia. Un régimen es culpable no sólo por solapar funcionarios corruptos, sino por sus omisiones que le impiden a los ciudadanos vivir bien.

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Breve reflexión sobre la revolución mexicana

Parece que el pasado define el presente. Somos lo que hemos hecho. Podría considerarse una obviedad recalcarlo, si no se tiene en cuenta que no es fácil comprender el pasado. Para qué se quiere comprender el pasado, limitará o posibilitará entender nuestro presente. Pasado y presente y futuro no son momentos separados, sino complementarios.

 

Las Vueltas del Tiempo es una novela que nos muestra la laberíntica complejidad de entender una situación histórica, la revolución mexicana. Agustín Yáñez, autor de la obra, nos muestra al menos diez maneras de entender aquella constante guerra y los cambios que trajo consigo para un país. La lucha por la igualdad entre ricos y pobres, la máxima apuesta por el poder, el mayor ataque a la Iglesia, el cambio de las costumbres, el mejor negocio, abrir y cerrar la puerta a los norteamericanos, el resurgimiento del sentimiento patriótico, la muestra de la naturaleza violenta del hombre, la mayor de las injusticias y hasta otra cara de la eterna pugna entre liberales y conservadores, son algunas de las maneras en las que el autor mexicano nos presenta esa década de guerra. Lo adecuado sería entender todas las caras de la revolución engarzadas, como las historias de cada uno de los personajes que vivieron y sufrieron esa época; pero, al igual que los personajes, cada quien entiende la revolución para explicar sus partidismos y estado actual; cada quien sesga la historia a su conveniencia. Pero ni el aparente protagonista de la novela, el general Plutarco Elías Calles, tiene la influencia de incidir en todas las vidas y concepciones de la revolución. La historia no la hace un sólo hombre.

 

Lo que sustenta cada comprensión de la revolución no es el capricho del personaje, es su carácter. El actor revolucionario hizo lo que hizo debido a lo que él quería hacer o consideraba bueno de realizarse; o le afectó la revolución en la medida en la que su carácter le impidió defenderse de los revolucionarios. Los hechos históricos no los realizan personajes decisivamente importantes y poderosos por sí mismos; tampoco tienen su base en un clan de millonarios y poderosos perfectamente organizados para decidir el rumbo de un país; la historia, según entiendo a Agustín Yáñez, tiene su base en la confluencia de los caracteres y cómo deciden o dejan de decidir sin que tengan una plena comprensión de su presente. Entender el pasado, así como el presente, es un esfuerzo constante de autoconocimiento.

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Twitter de la vida real

¿Qué pasaría si lo que dicen los usuarios en Twitter lo dijeran las personas en la calle? De cierta manera dicen lo mismo de manera semejante, pues en las conversaciones ajenas, las cuales muchas veces son públicas y eso me permite escucharlas, se replican comentarios como los vertidos en los memes. Existe una notoria tendencia a hablar del tema de moda, sin emitir una opinión que pueda resultar de la propia y meditada apreciación; se trata, simplemente, de repetir alguna postura, no quedarse callado, es decir, expresar que se va progresando con la conversación del momento (aunque ésta nada tenga que ver con las conversaciones previas y pese a que nunca se modifiquen los modos del conversar). Como en lo que podríamos denominar vida real hay contactos que no amigos (en eso quizá la vida real le haya aprendido a la red del pajarito enojado). La red también permite las idolatrías, aunque con la salvedad de que ahí se puede tener un contacto, mínimo, con el ser idolatrado. Las injusticias también se replican e incluso se estimulan, pues, quizá la única diferencia que da Twitter con respecto al vivir en contacto tangible con los demás, sea el que los usuarios se envalentonan al escribir. Twitter es el lugar favorito para los chivos expiatorios, las difamaciones y la pérdida del pudor.

En la comodidad de su hogar, el tuitero puede ser la persona más valiente jamás pensada; ataca a funcionarios, policías, estudiantes, profesores, otros tuiteros e inclusive a miembros del ejército. Si bien vivimos en un ambiente violento, no vemos tanta saña derramada por las calles como la que se derrama por Twitter. ¿El escritor del tuit se imaginará interpelando a un funcionario en la calle a la cara, hablándole con el tono de la más vehemente indignación, cuando está escribiendo su mensaje? ¿Tendrá la misma satisfacción el quejarse con todas las personas indignantes en la red social como la tendría el quejarse frente a ellos?, ¿deja algo bueno el escribir tuits?

Twitter es el lugar donde se consuelan los cobardes.

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