Sueños de Guerra

Eran trazos largos, afilados y demasiado tristes los que pintaba esa crayola negra sobre la hoja de papel. Nadie creería que ese círculo dibujado representaba una cara sonriente. Era lo de menos lo que pensara la gente, tenía que hacer otros cien dibujos similares para que sus conciudadanos los vistieran a modo de máscara, para después ir a alistar los fusiles y las granadas. Todos estaban impacientes porque la revolución enmascarada comenzara.

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La confianza liberal

La confianza liberal

 

Confían los liberales, con la notable excepción de Christopher Domínguez Michael, en que la institucionalidad puede ser límite suficiente al afán autocrático del futuro administrador del país. Los liberales suelen recomendar a quien tendrá el poder en los meses siguientes la limitación de sí mismo a partir de la construcción de instituciones. Nuestros liberales nos recomiendan vigilar la construcción de instituciones, incluso colaborar en la misma. Nuestros liberales han asumido la derrota de un proyecto, renunciando al esfuerzo por consolidar una democracia liberal y admitiendo que la decisión democrática por una “cuarta transformación” es aceptable en tanto sea institucional. Creo que a nuestros liberales les falta imaginación.

         El futuro administrador ha fundado la posibilidad de su triunfo en el descrédito de las instituciones, y desde ahí exige la transformación de las mismas. Sin diagnóstico de por medio, el futuro administrador redujo la complejidad del país al problema de la corrupción, presentó a la corrupción como un problema moral y se presentó a sí mismo como la única solución posible al problema. Si él es origen de la solución, él será origen de la institución. De aceptar la recomendación de los liberales, atestiguaremos la edificación idolátrica del autócrata (berrinches a petición, ha dicho Maigo con muy buen tino). Promulgar leyes a modo, construir instituciones a la medida de la propia ambición, podría parecer legal, puede aparentar espíritu democrático, pero la posibilidad no es criterio político suficiente.

         Entre los planes que el futuro administrador ha hecho públicos, encuentro dos que pueden ejemplificar muy bien la aparente institucionalidad de las decisiones y el trasfondo autocrático de las intenciones. Como parte de la reordenación del aparato administrador del Estado, se ha planteado paralelamente la descentralización de las dependencias públicas, la liquidación de más de la mitad de los empleados de confianza y la retabulación de los salarios de los servidores públicos. Ante el cuestionamiento por la inconformidad de los trabajadores, el futuro secretario de Turismo respondió claro: si no les parece, que se vayan a la iniciativa privada. Quien no sea despedido, debe aceptar la retabulación del salario y la reubicación geográfica para conservar su empleo. De no aceptar alguna de las dos, será desempleado. En las actuales condiciones, tanto los despedidos como quienes sean presionados para renunciar pueden ser defendidos por sus sindicatos. Problema para la próxima administración serán los juicios laborales que el reordenamiento genere. Sin embargo, en el periodo en que se desarrollarán los juicios laborales, las dependencias en su nueva ubicación requerirán de nuevo personal. Ahí nacerán los nuevos sindicatos del nuevo régimen. Para evitar los “quinazos” (bueno, concesión para los millenials que creen que la historia comenzó en 2006: la caída de Elba al inicio del sexenio de Peña es análoga a la caída de La Quina al inicio del sexenio de Salinas, a esa caída se le llama “quinazo”. ¿Estamos?), el nuevo régimen descentralizará las dependencias: la reordenación es la máscara de la disolución de los sindicatos. ¿Será institucional? Ahí es donde le falta imaginación a nuestros liberales. Tanto los liberales como los adeptos al nuevo régimen han coincidido en las ventajas de la reordenación: están contra los sindicatos (pues suelen ser corruptos) y no tienen aprecio por la burocracia (por su proclividad a la corrupción, o por su improductividad). Tanto a los liberales como a los adeptos del nuevo régimen la reordenación les parece buena idea. Y podría serlo, si no tuviese una intención antidemocrática.

         El segundo de los planes es la presumida conciliación y pacificación que el nuevo régimen plantea. Hasta donde se ha dicho, el plan consiste en la convocatoria a diversos foros en que una pluralidad de opiniones encuentre una expresión común que delineará las acciones futuras. Sin embargo, las acciones futuras ya están decididas. Los foros no serán un encuentro plural de opiniones, sino la validación de la opinión del líder ante la presencia de quienes opinan diferente. El futuro administrador lo ha dicho: los vamos a convencer. Para él, dialogar es convencer. Los foros, y lo dijo certeramente Javier Sicilia esta semana, serán un espectáculo. Las decisiones las tomará el líder, pero se presentarán públicamente como resultado de la conciliación. ¡La conciliación de los vencidos! Si no se aceptan los lineamientos del líder, si no se coincide en el planteamiento, la voz minoritaria se apagará entre gritos. Allá tú si no te dejas convencer. Retórica indecisa entre el garrote y la oportunidad perdida. Por ello los liberales andan creyendo que se puede tomar la palabra del futuro administrador y confiar en su invitación al diálogo. Por ello creen que en lugar de criticarlo, en estos meses necesitan persuadirlo, aconsejarlo. A los liberales les falta imaginación. Cuando se descubran engañados y quieran denunciarlo públicamente, serán vituperados por la unanimidad mayoritaria. Engañados y vituperados, rumiarán sus frustraciones con banales dicterios al gobierno reaccionario.

         Sugieren los liberales que el futuro administrador ha de levantar diques institucionales y constitucionales a su propio poder, pero no imaginan que para él la constitución y la institución serán expresión de su propio poderío. A los liberales les falta imaginación, tienen demasiada confianza en el fair play para ver la realidad de lo político. ¿Qué necesitamos imaginar para la crítica del nuevo régimen?

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño.1. El jueves siguiente se cumplen 46 meses de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa. En la siguiente administración, Alejandro Encinas será el encargado de dar seguimiento al caso. Cabe recordar que el 9 de noviembre de 2014, en Xalapa, un grupo de jóvenes reclamó a Encinas por su apoyo a José Luis Abarca. Poco después los entonces perredistas y ahora morenistas comenzaron a modificar el discurso para exculpar a Abarca, señalar otro culpable y tomar el control de las protestas por el caso. El 9 de septiembre de 2015, desde la tribuna del Senado, Encinas concluyó que la PGR mintió en la investigación del caso, por lo que sentenció: fue el Estado. ¿Hay alguna duda del camino que la investigación tomará? 2. Ya lo dije: la nueva administración intentará controlar a la oposición. Señalé que sus candidatos azules eran dos: Miguel Márquez y Marko Cortés. El primero declinó en la semana. El segundo será, además, el candidato del Yunque (acercamiento permitido por la senadora electa Alejandra Reynoso). ¿Cómo es que Morena y el Yunque podrían apoyar a un mismo candidato? El Frente Nacional por la Familia es la respuesta. 3. Una vez más el reportero Humberto Padgett ha hecho un gran trabajo. En preparación de su próximo libro entrevistó a 47 presos de casos representativos en la historia reciente: el asesino del padre Machorro en la Catedral de México, un delincuente devenido actor, una luchadora que terminó en asesina. 4. ¿Dónde estáis, indignados de la patria mía? Un partido político creó un fideicomiso que utilizó para financiar ilegalmente sus campañas, y no es todo: el fideicomiso se anunció para ayudar a los damnificados del terremoto del año pasado, pero los recursos se desviaron al partido. ¿Cómo ven, indignados, marchamos? ¿Pedimos que se les quite el registro? Ah, claro, el partido es Morena y, ya lo hemos dicho, la indignación es selectiva. Ahí está su cambio. 5. De risa loca. Hace dos semanas comenté que el Dr. Lorenzo Meyer anda acomodando la historia para endulzar los oídos del sátrapa del momento. Y como ejemplo ponía que en el afán de simular la popularidad del movimiento de AMLO omitía sospechosamente ciertos movimientos populares, entre ellos el EZLN. Ahora, dice el historiador que el morenismo es el verdadero zapatismo. Viéndolo con humor, ¿no resulta hasta tierno?

Coletilla. En uno de sus últimos homenajes platiqué con Max Linares, creador de una de las máscaras más bellas de la lucha libre mexicana. “Viendo los achaques y padecimientos de una vida dedicada a la lucha, ¿se arrepiente?”, le pregunté. “Por un momento sí, pero los recuerdos, el cariño de la gente y las nuevas generaciones hacen valer cada golpe”, me contestó. “Amigos, compañeros y discípulos, ¿lo valen?”, añadí. Sonriendo me dijo que sí. Algo envidio al Rayo de Jalisco, que en paz descanse.

Realidad y vida ordinaria

Realidad y vida ordinaria

Carece de interés la expresión que no busca el arte para ordenarse. La Academia justifica su falta de ingenio en la sobriedad que requiere toda exposición. Falta sentido del arte expresivo que permite el conocimiento del alma: un conocimiento que no se agota en el límite nuestras individualidades marcadas, y que no por ello deviene abstracto (el conocimiento de uno mismo no es inventario de todas nuestras impresiones). No nos sobra crítica en el exceso de precisión conceptual: la especialidad tiende a ser acumulada en trabajo de hormiga, pero resulta indigesta cuando pierde de vista la conexión íntima entre la vida y lo pensado. Puede haber erudición maravillosa de un campo que llegue a agotar todas las flores y a rascar en todas las peñas que ofrece dicho terreno, pero en agotarlo todo no hay un arte grácil: se confunden la disciplina y la voracidad. Pero ¿no carecemos también de ingenio cuando no apreciamos la seriedad presente en el problema de ser profesional?

Eliot observa que Shakespeare aprendió más historia de Plutarco que otros historiadores habiendo agotado bibliotecas enteras. Más prosaica, pero no por ello menos pertinente, resulta la observación cauta del juego de espejos y maquillaje que las ganas de aplauso y el apapacho (no sorprende que la era de las conferencias sea también la del auge de la superación personal) tienden ante nuestros apetitos. Sería una lástima entender la observación tan fina del ojo verdaderamente crítico de Eliot para llevarlo en el agua sucia que corre hacia el molino del amor propio. Eliot explica la relación entre poesía e historia, entre poeta y tradición, como un vínculo ineludible cuyas flores son visibles en la poesía misma. Seríamos más cautos si, en vez de querer brillar personalmente al vestirnos de entendedores que practicáramos ese pudor que debe haber para que la ignorancia haga mella. ¿Servirá la poesía para brillar? Evidentemente no, a menos que se entienda su utilidad, de nuevo, bajo la tónica de la especialidad: puede dar el privilegio de la cátedra. Contrasta con ese interés el hecho comprobado de que es un género que no interesa al público general. La pregunta del público indignado: si no sirve, ¿cómo apreciar su lugar? Se estima inútil la respuesta, pero hay quienes se atreven a darla: para conocerse o, al menos, para conocer las gracias del idioma.

Nadie aprende de poesía, ni de nada escrito que tenga arte, si no es leyendo. Nadie se enseña a leer si no empieza a leer. El círculo no se abre por poseer quien nos tienda la mano para llevar a cabo tal tarea: ese que nos enseña aprendió de la misma manera, a no ser que esté exponiendo la obra propia. Sería una exageración, como muestra Eliot, aseverar que la sabiduría de los poetas proviene toda de la erudición. Sería, en el caso de muchos lectores, algo burdo pensar que sin leer se puede conocer seriamente lo que buscamos. ¿Cómo entender, a fin de cuentas, ese gesto filosófico de Platón por eternizar, en un sentido ordinario de la palabra, a Sócrates para que el esfuerzo discreto pudiera entender el sentido profundo de la eternidad misma? No puede haber queja de que el filósofo no entendió lo ordinario mejor que los que viven ordinariamente. Si filosofar es atar el concepto escurridizo a las redes del esquema, tomamos los medios por los fines, y nos aseguramos rápidamente en un oficio que no corresponde con algo que no puede ser oficial. Lo interesante de Sócrates no está sólo en la insistencia (incómoda para muchos todavía, siempre y cuando no se miren como simples espectadores) con que realizaba sus preguntas, si no en comprender como nuestra propia incomodidad o insatisfacción revelan la ignorancia ante lo que la pregunta intenta abrir. Sin la palabra escrita, estaríamos probablemente en condiciones más complejas para vernos la cara con el problema de Sócrates. Lo mismo sucede si leer consiste sólo en terminar el texto desde la primera hasta la última página.

La impostura profesional es una especie de esclavitud cuando no conoce la sabiduría como problema, y no sólo como una aspiración, un proyecto. La poesía tiene en realidad poco que decir a la vanidad porque su primer requisito es la disciplina de un sentido lleno del cerumen del pretexto: el oído. El profesionalismo del saber tiene siempre el mismo tono aburrido en que uno pierde el verso entre el timbre y la rima. Se resiste la poesía a ser un saber profesional porque habla de algo que no es profesional. Ningún profesional puede mantener su calma expositiva si piensa que su vida está ligada de maneras que se le escapan a la voluntad de los dioses. Se pierde la raíz de la comicidad en la vida cuando no se lee la farsa que uno representa, y no sabe cómo hacer del fracaso la fuente del ánimo. Cuando queremos información pura, estadísticas claras, conceptos y orientaciones, perdemos todo el aporte que el arte se ha esmerado en crear con la palabra. El poema se queda en resumen, Sócrates sólo expone los orígenes históricos del método interrogativo, y nos queda el sentido más limitado de aquellas palabras que canta el ave de Burnt Norton: “human kind cannot bear very much reality”.  Nuestras palabras siempre tienen la forma que provee nuestra realidad.

 

Tacitus

La anomalía en la obra del Creador

I

En su breve tratado Sobre la gracia y la dignidad, Schiller define una de las bellezas en el hombre como arquitectónica. La definición que ofrece orilla perderse por su generalidad: la belleza arquitectónica es la “expresión sensorial de un concepto racional”, es decir, “cualquier estructura bella de la naturaleza “. Sin embargo ayuda a esclarecer el concepto recurriendo a una representación sensible (Schiller estaría de acuerdo; él mismo reconoce importante el aspecto estético del entendimiento). Definir algo como arquitectónico es atribuirle dos cualidades: diseño e inmutabilidad. Un gran palacio, construido por las mejores manos y el más diestro arquitecto, sobrevive casi perennemente. Los acueductos romanos son ruinas más por desuso que inutilidad. Así la naturaleza siempre está en movimiento sin cambiar. Curiosamente no es teleológica por tener fines establecidos y trascendentales. En realidad es llamada así porque su movimiento responde a una causalidad que conduce a una finalidad; una causalidad basada en el efecto que mantiene el funcionamiento natural. Ningún perfeccionamiento en camino porque la naturaleza ya es perfecta. Ejemplo de autosuficiencia, resistiendo las fauces de Cronos, su superioridad radica en la necesidad. La obra del Creador tiene su belleza para ser admirada.

El hombre, como ser natural, también es parte de la belleza arquitectónica. Resulta testimonio de la Creación. Parte de él está bajo el imperativo de la necesidad. Sin embargo, a pesar de ello, Schiller advierte que también goza de voluntad. Esta parte suya lo distingue de otros seres naturaleza. La persona es quien puede ser causa de sí mismo: sólo el hombre tiene el privilegio de “intervenir por voluntad suya en el cerco de la necesidad […] y hacer partir de sí mismo una serie totalmente nueva de fenómenos”. A este acto Schiller lo llama acción y al producto, obra. Aspecto nada modesto: si la voluntad irrumpe en el cerco de la necesidad y produce una serie de fenómenos, esto lo acerca al Creador. Los actos de la voluntad al menos se parecen a lo que dio inicio a este mundo; la voluntad es un componente casi divina. Hay dos áreas claras en la persona: espíritu y cuerpo. Claras aunque no incomunicadas; distintas aunque no inconciliables.

Reconociendo su cuerpo como parte de lo Creado, tiene belleza arquitectónica. La misma naturaleza sabia, así como en otros animales y plantas, lo dirige y mantiene en la ruta para preservarlo. Hay dos legislaciones que rigen en su vida. La voluntad agrega complejidad en el hombre. Su aspiración por la libertad lo eleva a persona. Quedando la gracia definida como belleza en movimiento (inasible para admirarla con la vista, olfato  o tacto) y distinguiéndose de la arquitectónica, ¿cuál es el único ser natural capaz de manifestar una belleza que resplandezca en el mundo fenoménico pero no sea causado por los fenómenos? El hombre. Puntualiza Schiller sobre ambas bellezas: “La belleza arquitectónica honra al Creador de la naturaleza; la gracia, a su poseedor.” Se aspira a la gracia, la otra belleza ya está presente. Enfatizando la diferencia esencial entre el reino de la necesidad y el ser capaz de intervenir en su dominio, Schiller se preocupa por restaurar la más hermosa obra divina: la Creación. Sabe que el hombre, como parte de ella, sólo hallará su verdadera humanidad una vez que dicha restauración ocurra. Es decir, la máxima virtud humana es la armonía plena. Reconciliación de los aparentes contrarios. El espíritu será virtuoso si logra armonizar con la naturaleza y cumplir con su destino.

Berrinches a petición

Se supone que el surgimiento de una emergencia puede suponer el incumplimiento de una regla, porque lo que emerge sale de lo cotidiano y nos obliga a prestar atención en lo emergido y a veces hace que peligre lo que sustenta nuestra existencia. Pero no todo lo que emerge de las profundidades es peligroso, la planta medicinal que brota de la tierra puede curar males, y  en exceso también causarlos, por lo que la emergencia debe ser reflexionada antes que atendida.

La naturaleza propia de la emergencia es la de mostrar lo que ya existía desde antes, pero que no tenía suficiente fuerza como para llamar nuestra atención, emergen las plantas y los seres vivos, y emergen las líneas causales y las leyes de la física cuando se presentan choques entre partículas, también emerge la pregunta por el sentido de la vida cuando ésta parece extinguirse.

A veces la emergencia supone urgencia, ya que no es posible mantenerse impasible ante lo que se muestra y causa cierta sorpresa, pero es necesario notar que no todo lo que emerge debe ser atendido de inmediato y justifica la negación de una ley que mantiene en orden a la vida misma.

El problema principal con las emergencias es que en muchas ocasiones las confundimos con urgencias que deben ser personalmente atendidas, y al acostumbrarnos a ellas todo se convierte en emergencia, pues tan emergente es la vida que se extingue como la cancelación del servicio de internet, y todo lo que incomoda se convierte en urgencia y aparenta justificar la cancelación de la ley.

La cancelación de la ley sólo es urgente cuando emerge un peligro que implica la extinción de la comunidad que vive gracias a ella, así como el cambio de hábitos son necesarios cuando continuar con los mismos supone la extinción de la vida.

Cuando en una comunidad alguien ve como emergencia cualquier ocurrencia y exige la cancelación de la ley por cualquier motivo, ese alguien se convierte en tirano.

El tirano ve como emergencia cualquier cosa que pasa por su mente, lo que se le va ocurriendo emerge desde su interior, eso es natural en cualquier persona que se acostumbre a discurrir por la vida, la ocurrencia a veces surge y sale como algo que no está dentro de lo acostumbrado, pero la emergencia del tirano siempre tiene carácter de urgente y al ser urgente supone la ruptura de la ley como algo perfectamente válido.

Uno de los más grandes problemas que supone pensar a toda emergencia como urgencia es que en caso de que resulte innecesaria la ruptura de una regla lo que se puede esperar es que el tirano indispuesto contra la ley haga un berrinche que muestre como urgente lo que simplemente es emergente en el trascurso de sus más desordenados pensamientos.

Así del tirano lo que podemos esperar es berrinches que obliguen a la comunidad a aceptar como urgencia lo que es simple ocurrencia.

Maigo

 

Trabajo digno

Reza un dicho popular: “el trabajo dignifica”. Pocos se atreverían a disentir contra lo que tantas veces han escuchado, más si lo han dicho personas a las que ellos respetan. La manera más rápida de entender esto sería pensando que es preferible trabajar a robar, pues sólo así se saborean mejor las cosas que se compran; sólo así se aprende a gastar, pues si cuesta obtener el dinero, no se decide despilfarrarlo. Quien roba no disfruta lo robado, por eso necesita robar más, para distraerse constantemente de su atropello. De cierta manera, sería lo mismo que decir que uno sólo se siente bien gastando lo que se gana con justicia. Pero cuando en el trabajo el esfuerzo no se recompensa con lo obtenido, ¿se está dignificando, denigrando o sobrevalorando al trabajador? El propio trabajador, ¿cómo valora lo que hace?, ¿por hora, por el esfuerzo empleado, por lo que estudió? Y ¿qué tan injusto es que se recompense de la misma manera a quienes tienen más capacidades que a quienes tienen menos? El gran problema del trabajo es que la retribución sea justa.

Por otro lado, qué sea considerado un trabajo nos complica el problema, pues pese a que muchos escriban, pocos pueden vivir de la escritura, algo parecido pasa con música, la pintura, la escultura o cualquier otro arte cuya valoración sea difícil, si no es que imposible, de realizar en términos monetarios. Pero pensar cualquier actividad en sentido monetario es reductivo, pues quizá un escritor con poca percepción de ingresos pero que escribe aquello que desea decir, sienta su trabajo más digno que el autor de libros con millones de copias vendidas; uno realiza su trabajo porque algún bien siente que hace, el otro es comparable a un empresario petrolero, textil, minero o de cualquier otro tipo. Hay trabajos que dignifican, en otros simplemente se gana dinero.

Muchos trabajos tienen la ventaja de que son productivos, es decir, se ve concretamente la influencia que el trabajador dejó en algún material o ser vivo. Incluso el trabajo de los políticos se puede ver en el modo en el que vive la gente a la que influyeron mediante su gestión, partiendo del supuesto de que dicho trabajo sea realizado con justicia. ¿Pero qué pasa con el trabajador, de oficina por ejemplo, cuya labor no sabe cómo influye dentro de la empresa o secretaría en la que se encuentra?, ¿qué sentirá el trabajador que no ve reflejado por ningún lado las constantes gráficas que hace, las constantes juntas a las que asiste, el constante tecleo al que se dedica con frenesí?, ¿su carácter se verá modificado por lo que hace?, es decir, ¿se sentirá más digno entre más tiempo pase realizando lo que él considera su labor?, ¿vive bien quien no sabe la finalidad de lo que hace? Quizá su última, y quizá única, ambición sea la jubilación. Pero hasta esa, dependiendo el país en el que se trabaje, podría estar en peligro, podría no ser justa.

Yaddir

Brevísima perorata contra la música acediosa

«Obviamente, esto implica un desafío para nosotros mismos, un desafío que no se satisface ni fácil ni ‹automáticamente›. Que estemos dispuestos a escuchar atentamente al mensaje esencial de esta música y que dejemos que este mensaje encuentre un eco, como si reverberara en las cuerdas de la intimidad de nuestras almas, es decisivo».

Josef Pieper, Thoughts About Music

Si la música no tuviera más de un sentido, no tendría ninguno. Repudio aquella música acediosa, plana, delgada, seca y quebradiza, la que trata de decir que no dice nada, la que aspira a repetir con hipnosis de péndulo la liviandad de una vida desesperanzada, repetida y repetida, descuadrada, desarticulada. La que ni hace falta despreciar porque sola se desprecia, simulacro de una existencia hueca hecha trozos, desconectada. La que quiere que se le corte, que se le consuma a mordiscos entre comidas. Esa música que imagina despedazado al oído gritándole que no percibe; le encantaría que no fuera sino un tambor de pieles como los que están replicados por millones en nuestras bocinas. La repudio, prefiero el silencio. Quiere negar el ritmo y desconocer el canto, convencernos de que no hay voz y de que toda melodía es un invento. Y en todo ello, con su intento de descuido, fracasa. Dice lo que no pretende y con lo que sí dice, entristece. Que no elogie la carestía quien tiene entre sus posesiones el don del elogio. En la riqueza de lo desconocido descubre quien cuida la música la posibilidad de encontrarse más de un sentido de él mismo. Porque la música cuidada refleja al que escucha con cuidado: aquél que se da cuenta de que, como ella, él mismo es más que sólo él mismo.