Vino

Vino
en una copa de cristal
Vino
con un tanino carmesí
Vino
con la hermosura en su mirar
Vino
Y nunca más me quise ir

Gazmogno

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Manchados

No es que la luna se hubiera teñido de sangre durante el eclipse. Más bien, fue la manera que tuvo Dios de quitarnos para siempre el color blanco de nuestra vista a los pecadores.

La visibilidad moral

La visibilidad moral

La moral se ha vuelto, o la hemos vuelto, cuestión instrumental. ¿No puede todavía ser pregunta? Se ha determinado que el conflicto consiste en los valores adecuados. Pero, en esta dimensión, lo moral no se manifiesta como problema, sino como medio. La dimensión de la moralidad es eminentemente práctica, no obstante. A la visión instrumental de la moral corresponde un pragmatismo que no es cuestionado. Por alguna razón, creemos que la práctica es aquello que nos exige la premura, aquello que se enfrenta mediante actos definitivos. No obstante, ¿en dónde está el conocimiento moral, si sólo se trata de actuar desesperadamente, pues parece ser ese el término cuando no hay manera de “definir” algo? ¿Cómo podría experimentarse el propio desconcierto ante la posibilidad de dar razón de lo que enfrentamos en la práctica misma? Si dar razón fuese imposible, ¿de dónde sacamos el entusiasmo por las medidas desesperadas? Dar razón de lo que nos ocurre es aquello en lo que el entusiasmo podría basarse, pero en ello no tiene lugar la premura.

¿Qué puede alumbrar la moral? Podríamos responder diciendo que siempre permanecen limitaciones tanto ante las decisiones personales como ante las políticas, ante las cuales se vuelve prácticamente inalcanzable la razón más clara. Pero eso mismo se presentaría como una razón clara ante la limitación en la experiencia de nuestra vida. La experiencia por sí misma no enseñaría nada si no hubiera, en el ámbito moral, nada por aprender. La limitación de nuestra visión sería sólo un invento si no remitiera a la experiencia misma. La limitación no es ante la visión multitudinaria de las posibilidades en toda su claridad; no es imposibilidad lógica,  pues lenguaje siempre puede haber sobre la situación propia. La limitación no está tanto en la facultad natural como en la relación con el reconocimiento de lo bueno que se hace posible por la naturaleza misma de la práctica, ante la cual cobra sentido el término experiencia, como aquello que reside en el haber logrado vislumbrar lo que uno mismo ha hecho frente a la situación práctica. ¿Cómo es que hablamos de problemas morales, sin haber experimentado la incertidumbre, la oscuridad y la claridad de lo que nos complace y nos mueve? Sospecho que el bien es algo cuya presencia no puede negarse sólo por haberse equivocado moralmente.

El conocimiento de las cosas humanas no puede excluir la mirada dirigida a uno mismo. En ese sentido, quizá el conocimiento de lo que llamamos nuestro beneficio personal esté siempre en relación con el conocimiento del beneficio como tal. Beneficio es un término retóricamente moralizado cuando la retórica misma no es conocimiento de la persuasión en lo conveniente, sino poder incendiario frente a las emociones inmediatas, capacidad de irritación sin sentido de la verdad. Nos descubrimos entrenados en los pretextos y en las razones prontas cuando vemos que no dan en realidad razón de nosotros mismos, sino que evaden la posibilidad de preguntarnos por lo bueno. Concluir que lo bueno es sólo idealismo irrealizable, es no comprender adecuadamente los problemas morales, es prejuzgar la experiencia práctica y desconocerse. Si en realidad estuviéramos convencidos de la imposibilidad radical para conocer lo bueno, ¿de dónde sale el entusiasmo por la premura, por las imágenes exaltadas del valor, por el prejuicio no analizado de que el poder es esencialmente salvífico? Buen desempeño práctico llamamos a la medida desesperada en tiempos desesperados. Pero la práctica nunca es así de abstracta, como sabemos por los problemas morales, que le revelan a uno, en parte, el desconocimiento y el conflicto de su propia naturaleza.

La razón es facultad de lo natural para descubrirse en su naturaleza. ¿Cómo valdría hablar de “naturaleza” si es un término que parece evocar algo ya conocido? El término no alumbra un esquema de la conducta, sino una innegable evidencia de la existencia misma de lo que nos permite percibirnos y vernos preguntando y creyendo. La habilidad de reconocernos desconocidos para nosotros mismos está en que sólo así es posible la pregunta más radical. ¿Qué habría por saber sin pregunta alguna? ¿Qué podría preguntarse en total oscuridad o en total claridad? La mejor vida no se revela, así, como un objeto que sólo se vuelva visible por el acto racional, sino como algo que permite, en su cercana distancia, contemplarnos. La mejor vida no es algo alcanzable por un solo acto, como podría figurarse románticamente, así como el autoconocimiento sería sólo un cuento si el resultado de toda indagación fuese inútil frente a la necesidad de los actos exigidos, si por la indagación no pudiera verse que la necesidad que otros creen como apremiante no pudiera ser también una desesperada hipocresía. ¿No será que siempre nos seduce el pragmatismo porque implica un desconocimiento de nosotros mismos?

 

Tacitus

Una década en el nuevo milenio

A lo largo de la historia, dos fuerzas antagónicas han estado siempre presentes. Aquellos que desean aprovechar la corriente como si se anduviera en los rápidos, mientras otros disfrutan el río por sus remansos. Los puristas defienden su propio estado de cosas, no admiten cambios y piensan que cualquier modificación significa cataclismo. Con la llegada del correo electrónico, los románticos dieron un alarido porque las cartas recibidas no vendrían con perfumen especial. Ese pedacito de Julieta en papel se desintegra por la malévola celeridad. Lo mismo con la llegada de Netflix y similares: la magia del cine se perdería en el convencionalismo del sillón. Lo antiguo y clásico se arruinan por la modernidad e innovación, traducido en tecnología. Si la esencia humana se mantiene en la permanencia y en el pasado que ha funcionado siempre, la novedad es detrimento.

Quienes se preocupan por la escritura y lectura temen la vorágine virtual. La facilidad para publicar vuelve accesible a todo quien desee escribir. Futuro novelista, incipiente poeta, afortunado de los versos, amante de la política, chismoso de la calle, patriota exacerbado, ignorante vanidoso. En redes sociales todos publican sin costo alguno y en un ambiente tan democrático —o demagógico—que las limitaciones son mínimas. Por ello la sencillez y tendencia al conato y la agresión; ni las buenas manera ni cortesías parecen controlar lo que se escribe y publica al minuto. Bajo esta óptica, el Internet ha sido una imagen usualmente comparada con Babel. Además de las ideas en diferentes sentidos, sin comparación ni contraste, las distracciones y opiniones sin fondo contribuyen al remolino. Considerado el libro transmisión de la riqueza intelectual, la escritura como el alentador de la cultura trascendental, lo expuesto en la red es baladí.

A pesar de ellos, junto con la creciente expansión del Internet, ha crecido el número de creadores de contenido. Así de ambiguo, así de general, cada uno en diferentes expresiones. Con sus propias capacidades, han elaborado sus propias obras: vídeos, artículos de enciclopedia, hemerotecas. Son ciertas las dificultades y asperezas que genera la comunicación aglomerada y veloz, sin embargo también son un reto para el buen lector. Particularmente, asumir al Internet como incapaz de ser desenmarañada, no permite verla como el gran acervo que es. YouTube ha solucionado problemas cotidianos como anudar una corbata o mejorar la tabla en Excel. Incluso al músico aficionado le permite hallar las notas de su pieza favorita. Si así ocurre con los vídeos, ¿sucederá los mismo a través del acto de leer y escribir?

La variedad de blogs parece tener similitud con la publicación en redes sociales: banal, ligera y rápida. Si bien hay facilidad en abrir y comenzar un blog, eso no significa carencia de sustento o contenido. Al contrario, muchas personas ansiosas de escribir, o mostrar sus ideas, tienen la facilidad gracias al portal en línea. Internet ha cumplido en mejorar la vida al permitirle escribir y, si ha llegado acertadamente, a trascenderle a su lector. Las dificultades en ser distribuido por una editorial, se contrarrestran por el uso del blog. La demanda y enorme multitud de lectores es satisfecha por la libertad ofrecida en la red. La lectura es banalizada cuando se cree que el Internet la banaliza. Es perder todo crédito en su capacidad y sus múltiples pieles con las que puede aparecer.

Hacer historia

Cuentan los historiadores que cuando César se encontraba exiliado de Roma, despúes de haber sido cónsul durante un tiempo conveniente para Graco y Pompeyo, se dedicó a escribir para el pueblo romano, describiendo con detalle los trabajos que pasaba en el territorio que enriquecería las arcas de Roma y aumentaría su seguridad.

El comentario que ahora es famoso porque relata las guerras de los romanos en las Galias cuenta de las acciones bárbaras que llevó a cabo Vercigetorix al dejar morir de hambre a las mujeres, niños y ancianos que ya no podían ser alimentados mientras durara el sitio de los romanos, se justifica la conquista y las acciones que los lectores podrían ver como actos reprobables adquieren entonces el matiz de aceptables.

Algunos lectores de las acciones de César, consideran que la relación de lo que ocurría en las Galias, más que historia es propaganda, de modo que el pueblo viera al general que aspiraba a dictador sufriendo de fríos y hambres en tierras lejanas.

Entre los comentarios y el reparto de pan, además de festejos que tuvieran muchos espectáculos sangrientos en la arena de batalla, la gente de Roma en César cada vez más confiaba, en él veían a un salvador y un protector de los derechos y garantías, y sin darse cuenta de lo que ocurría el pueblo se enajenaba y su libertad perdía.

Con César relatando lo que él mismo hacía en lo que hoy sería Francia la narración de la historia devino en propaganda y en lecturas que engrandecían cualquier acción por César realizada, pues desde su partida a las Galias él siendo César ya no se pertenecía a sí mismo, sino más bien a la ciudad eterna que junto al Tiber se levantaba.

No creo que Heródoto en eso pensara cuando empezó la investigación que una vida le llevara, pero Heródoto no se concentra más que en aquello que es digno de mención de los pueblos por él conocidos, o al menos eso dice a veces.

Pero lejos estaba el padre de la historia de lo que hacía César con sus comentarios, ya que Heródoto no relata ni siquiera el hecho de las Termópilas buscando paralelismos con su persona.

Maigo

Adendum: Estimado lector que hasta ahora me has acompañado cada semana, como parte de la celebración por los 10 años de vida que ya tiene este Blog, regresa con nosotros alguien que desde el inicio estuvo, luego vagó y finalmente regresó, por lo que a partir de este momento compartiré el espacio que cada semana tengo para que ese alguien publique, así que desde hoy las entradas que cada miércoles hacía se espaciarán a cada dos semanas.

Gracias por la lectura, y por los comentarios, por la amistad y las letras y especialmente por la paciencia que hasta ahora me has tenido.

Te pido lector le des la bienvenida a quien con nosotros se incorpora, publicará el próximo miércoles, no sé si desde temprana hora, pero lo tendremos por aquí cada dos semanas y con alegría le digo en buena hora regresas Perro de Llama.

La gasolina de la bicicleta

“Ante la falta de gasolina usa la bicicleta”. La frase anterior la he leído, escuchado y hasta compartido en redes sociales. Es un transporte con varias ventajas evidentes: no provoca gastos mayores que la compra del aparato y de vez en cuando algunas refacciones de bajo costo; no contamina, lo cual ayuda a que los habitantes de la ciudad enfermen menos y las personas con problemas respiratorios no tengan que encerrarse en casa durante los días de polución; no ocupa demasiado espacio, pues, a diferencia de un automóvil, con la bicicleta sólo se utiliza lo indispensable para ésta y su ocupante, por ello no estorba demasiado a los transeúntes ni causa aglomeraciones; y ejercita a quien la usa, lo cual le permite tener una mejor disposición para sobrellevar los asuntos complejos y problemáticos de su día. La bicicleta es el transporte del futuro.

Pero lo problemático no es el uso de la bicicleta, sino las condiciones con las que se cuenta en una comunidad adicta al transporte amplio y veloz, que ruga y sea llamativo, para que los ciclistas sean respetados. Muchos ciclistas han muerto embestidos por los automovilistas más frenéticos y alocados; “¿para qué respetar a quien tiene un transporte débil si éste se entromete en mi camino?”, supongo que se han de preguntar y justificar quienes atropellan a los ciclistas, viéndolos como insectos en su camino. Lógica que además de compartir los conductores que se educaron viendo las películas de Rápido y Furioso y Mad Max, comparten las autoridades, pues la mayor parte de los caminos son trazados y planificados para quienes tienen automóvil. Esto podría deberse a que las distancias que recorren quienes pueden usar automóvil son considerablemente amplias y necesitan ser recorridas de la manera más rápida posible. Es decir, el uso del automóvil propicia el frenesí. Las grandes ciudades están programadas para realizar las actividades, principalmente las laborales, con premura y desesperación. La bicicleta es débil en un ambiente dominado por el ruido de grandes motores.

Los ciclistas, conscientes de su papel en la sociedad, tienden a considerarse un grupo aparte, como personas más avanzadas, quienes utilizan el transporte del futuro. Eso suele ser un problema para quienes seguimos usando nuestras piernas como principal uso de transporte, pues, al igual que los automovilistas, los ciclistas llegan a aventarnos su transporte y a ocasionarnos lesiones sólo por dar unos pasos por sus ciclovías. Algunos llegan a justificar sus acciones, aduciendo que no respetamos su espacio. Usar el transporte del futuro no es igual a ser personas del futuro, ni mucho menos a ser mejores personas. El mejor transporte siempre será el que más incite a la convivencia.

Yaddir