Brevísima elegía

Para que exista el árbol ha de haber tierra.

Para vivir necesitamos aquello

que derribó el inmenso hachazo en segundos.

JEP

Quien pierde todo, sufre melancolía. Un hogar no sólo se agrieta en sus paredes. El edificio se derrumba con sus habitantes, aun cuando ellos lo vean caer. Bajo los escombros quedan sepultados fotografías engañosas, libros hermosos, juguetes quebrados, alacenas amorosas. Las aves de rapiña encuentran solamente cadáveres; el rapiñador merodea y hurta cosas. No escuchas la voz cálida de tu abuelo ni el griterío a las dos de la tarde en la primara. Ha sido callada la algazara de la avenida. En minutos, el polvo se levanta, nos oculta y sume en un mundo desolador. En vilo esperamos por quien tal vez jamás aparezca. Espectros que deambulan en el limbo de los recuerdos. El espíritu es avasallado por la materia absurda e inerte; sufre melancolía.

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Silencio

Es mejor estar atentos ante el clamor bajo los escombros.

 

Maigo.

Sobre los daños y los beneficios

Dice una vieja máxima humana que no hay beneficio de uno sin perjuicio del otro. Lo cual se puede traducir en lenguaje más coloquial como que hay que chingar para que no se lo chinguen a uno y el que más chinga es el ganador (en México usamos la palabra chingón). De manera más o menos semejante, si ocurre una tragedia y se caen diversos edificios, habrá quienes tengan trabajo y ganen dinero por eso. Si un matrimonio tiene problemas y no sabe cómo resolverlos, habrá abogados que busquen la manera de beneficiarse del suceso. Si hay situaciones violentas que una comunidad o la seguridad del estado no sepan y no puedan resolver, habrá quienes ofrezcan sus armas para solucionar el conflicto y controlar a los demás. Pero la máxima, pese a que parezca tener sustento en buena parte de nuestra experiencia, no evidencia que el hombre esté contra el hombre o que no sepa entender alguna situación en desgracia para en vez de beneficiarse con la desgracia, ayudar en dicha situación. Podríamos preguntarnos si es una cuestión de justicia dar en momentos en los que alguien lo necesite. Si el amigo requiere de dinero en determinado momento, ¿es justo darle o prestarle ese dinero? Podríamos pensar que es calculador hacer un préstamo buscando su retribución y además el agradecimiento. Pero el amigo puede dar desinteresadamente porque quiere a su amigo. Aunque no querramos a alguien y no busquemos su reconocimiento ni su agradecimiento, ni saldar alguna culpa, podemos ayudar desinteresadamente, sólo porque vemos que se requiere nuestra ayuda y será bueno hacerlo. Podríamos decir que buscamos el bien de la comunidad o simplemente el bien de nuestro prójimo.

Yaddir

Ubi

Cada vez que yo veía a Jonás, me decía con ojeras que no había podido dormir porque los duendes se lo querían llevar. Según él, los veía por las madrugadas jugar a los pies de la cama entre ellos. Brincaban, corrían uno detrás del otro y cuando se daban cuenta de que el pobre hombre los estaba mirando, le hacían una seña con la mano invitándolo a unírseles. Hace ya seis meses que no veo a Jonás, y aunque los demás creen que se lo llevaron los duendes. yo pienso que se mudó sin avisarnos. Después de todo, ¿a dónde se llevan los duendes a las personas?

La mano en el aire

La mano en el aire

 

A mi abuela,

que tomó mi mano,

in memoriam

 

Misterioso el movimiento de la mano cuando surca el papel escribiendo. No la guían ni los renglones, ni la pluma. No la guía la lámpara, ni el sol. Hay quien dice que ni siquiera la guía el escritor. A veces parece que la guiase el aire. Se escribe como queriendo atrapar entre las letras las volutas de vida que flotan por el aire. Se escribe como esculpiendo frágiles palabras para el museo de la memoria. Algo se quiere atrapar con la letra, algo se lleva inevitablemente el aire. La mano en el aire escribe misteriosa.

         El lector, navegante del aire, se orienta entre el misterio de las letras adivinando el horizonte de la página. A veces señala un rumbo, a veces atina a ubicarse en el caudal al que los versos lo han llevado, y las veces más afortunadas el aire permite a su voz describir los contornos de la mano: eso es la comprensión poética. La mano en el aire, los ojos en la voz, la vida en suspenso… Eso es el poema.

         Hay un poema, un buen poema, de Jaime Torres Bodet en que el misterio del aire se resuelve en la mano guiada por los ojos de la memoria. De su libro Sonetos [1949], copio el tercero del poema “Continuidad”.

Todo, así, te prolonga y te señala;

el pensamiento, el llanto, la delicia

y hasta esa mano fiel con que resbala,

ingrávida, sin dedos, tu caricia.

 

Oculta en mi dolor eres un ala

que para un cielo póstumo se inicia;

norte de estrella, aspiración de escala

y tribunal supremo que me enjuicia.

 

Como lo eliges, quiero lo que ordenas;

actos, silencios, sitios y personas.

Tu voluntad escoge entre mis penas.

 

Y, sin leyes, sin frases, sin cadenas,

eres tú quien, si caigo, me perdonas,

si me traiciono, tú quien te condenas…

 

Y tú quien, si te olvido, me abandonas.

En todo el poema se cumple perfectamente la forma del soneto, aunque en la tercera parte –como sin duda vio bien el lector- hay un verso extra, un misterio digno de pensarse. El soneto, tan perfecto y acabado como lo pide su forma, se prolonga. El soneto señala más allá de sí. ¿A dónde?

         El poeta nos sitúa en la regularidad de la forma poética. El soneto nos permite sentirnos como en casa. Pero ahora todo en la casa prolonga y señala, todo en la casa es ausencia, todo en la casa es recuerdo. El soneto aloja a un deudo. Porque a quien se le ha muerto la persona más querida, todo, el pensamiento y el llanto, todo, está permeado por la ausencia. La casa ya no es hogar. Los cuartos tan conocidos son inclementes al evocar recuerdos. Los rincones guardan crueles los polvos de las delicias pasadas. La casa nunca se había sentido tan vacía. El espacio nunca había sido tan insoportable. La casa es toda prolongación de la vida ida, señal del otro irrecuperable. La regularidad del poema, como la cotidianidad de la vida, se vuelve inhabitable.

         En la casa del deudo el aire se vuelve inapresable. Opresivo, a veces el aire se llena de soledad y nostalgia. Inclemente, a veces el aire roza fuerte las mejillas y reseca los enrojecidos ojos. Pero juguetón, a veces el aire, como el verso, simula una caricia, presencia añorada, ternura arrebatada, que se escapa entre los dedos como la vida exhala de los labios de los muertos. No apresamos la vida, no alcanzamos la caricia, no evitamos que la mano se pierda en el aire. En la vida del deudo el aire se vuelve inapresable.

         Sin casa, sin vida, sin manos, el deudo encuentra un ala en su dolor: la muerte del ser querido es una sospecha, casi una promesa, un leve murmullo de la vida eterna: dos manos reunidas para caminar juntos las vidas.

         El aire, liviano; la gravedad dolorosa de la pérdida; la mano que intenta apresar las palabras. “Actos, silencios, sitios y personas”; los hábitos, eso que la gente llama personalidad; en cada rasgo del deudo se reconoce la presencia ausente. El deudo sabe que es una extensión de la voluntad ajena: sigue viviendo la vida que le fue dada, regalada, la vida que juntos conformaron. El deudo sabe que seguirá siendo una extensión: en el recuerdo piadoso cifra el esfuerzo de no traicionarse, de no perderse, de no olvidarse. El deudo sabe que sus muertos lo llaman más allá de la vida, que la piedad es un anhelo de reunión, de comunión, que la memoria es un abrazo en la orfandad.

         La mano en el aire escribe un verso más allá de la medida porque la vida nos llama más allá de la medida: nunca morimos solos, cuando se nos mueren nos mueren con ellos. Si muriésemos solos, cada instante de la vida sería abandono, cada desmedida sería un olvido, nunca la poesía sería misterio. A veces la poesía, como la vida, promete un más allá. Leer es mirar el horizonte desde acá.

 

Námaste Heptákis

 

Coletilla. “No nos quedamos mirando cuando el alma abandona el cuerpo, sino que nos velamos los ojos con lágrimas o nos los tapamos con las manos”. John Maxwell Coetzee

La vida y sus herramientas

La vida y sus herramientas

La mano, se dice, es el instrumento por excelencia. Se convierte en signo del trabajo: se agrietan o endurecen con el uso rudo. La mano y el lenguaje son instrumentos distintivos del hombre, cada uno con un sentido especial. La mano no entra en la definición de hombre, porque su función está incluida en la vitalidad y la racionalidad. El lenguaje parece tener mayor presencia en la definición, pero sería falso afirmar que sólo pertenece a la racionalidad: el habla es parte de la vitalidad del hombre, porque el pensamiento es una actividad del alma. Por eso las definiciones no se elaboran sintéticamente. La vitalidad o el alma no es la materia, pero no podría el hombre ser tal si su racionalidad no fuera actualidad vital visible en la individuación espacial de la materia. El obrar no define al hombre, sino que éste es definido tácitamente como él único ser obrante: la operación de la mano responde al deseo, al pensamiento, a la imaginación, la memoria y a la palabra misma, por ser ella pensamiento. El lenguaje expresa la actividad de las facultades de otro modo: la mano no es apofántica, sino productora o coordinadora. Manipular tiene un sentido maléfico cuando se busca la injerencia en el pensamiento de modo errado y egoísta.

La mano no podría mantenerse si no es teleológicamente. La mano y el lenguaje están unidos en el lugar del alma en el cosmos, que es la humanidad. Cabe aclarar mejor su pertenencia a la vitalidad y racionalidad en este sentido. La mano no sostiene fundamentalmente. El bios hace posible que la mano encuentre orientación y apariencia. La técnica, asociada inmediatamente con la mano como productora, no es reflejo de ella. La técnica, como saber, requiere de la mano, pero su causa no es ésta. La experiencia de la verdad sí lo es. La mano, se ve, no puede experimentar la verdad. La “manipulación” técnica es figuración de la materia, producción, no creación. La arquitectura, como saber, no se limita a la operación de los materiales, si no que se observa en el conocimiento de las relaciones adecuadas entre las partes y los materiales. Quien no sabe hace cimientos, seguramente no sabrá elevar muros, porque no conoce la manera adecuada de producir casas. La experiencia de la verdad lo posibilita la apertura del alma racional al mundo. Si lo natural no pudiera ser ordenado racionalmente en el arte, la mano estaría impedida. Ese conocimiento puede perfeccionarse: un albañil común no sabe lo mismo que Gaudi: sus producciones lo demuestran. Los que ven el arte arquitectónico no poseen el conocimiento de la técnica, aunque pueden apreciarlo y reflexionar sobre su ubicación espacial y el sentido del acomodo estructural que pensó el arquitecto, lo cual quiere decir que experimentan la verdad a partir de la producción en otro sentido. La mano se adorna con el sentido llano y profundo de la vanidad. Todos los instrumentos manuales son elaborados por la mano porque la vida permite la manualidad. Ningún otro animal tiene manos y, además, su vitalidad no es racional. Su alimentación e intelección los mantiene en lo irracional en tanto sus reconocimientos y apetencias no los hace juzgar la verdad o falsedad. La conducta de los perros es educable pero de manera ilógica: para ellos la palabra es únicamente sensible.

El lenguaje es herramienta que también puede ser productiva, poética. No importa su origen cuando se le juzga en relación con su función primordial, aunque compleja, que es distinguir, afirmar, negar, unir, referir el ser. No puede disponer de él porque resulta complicado afirmar su eficiencia a partir de lo meramente arbitrario. Por eso es primordial, para toda investigación, aclarar la relación entre lo esencial y lo real, y notar que no se habla de se predica el ser en el mismo sentido para lo más alto y para la imperfecto. El nombre ser aplica a Dios como sustancia, y por eso es complejo identificar cómo la sustancias naturales comparten ese nombre. Lo esencial en el hombre implica la relación entre género y especie en la definición. El lenguaje como instrumento tiene una función rudimentaria que no se aclara, sólo la investigación “lógica” puede hacerlo. No obstante, se ordena conforme al fin de la verdad: la apófansis. Quizá la naturaleza del diálogo puede aclarar esa complejidad, que rebasa los análisis tradicionales. El instaurador del carácter dialógico del pensamiento es Platón. Su lectura muestra la superficialidad de la interpretación académica de las ideas. Platón, en sentido estricto, no dejó palabra suyas. Son palabras de otros en todo momento. La labor de un lector nunca termina sobre todo en el caso de los diálogos. Los argumentos y las acciones forman una trama en la que el logos está siempre presente como conversación, que es la forma misma de la lectura. Lo dialógico, en ese sentido, revive constantemente, porque depende mucho del lector. Pero no del todo. La guía de Platón muestra cómo lo apofántico está insertado en lo dialógico. Su lectura es en mayor o menor medida reproducción de la práctica socrática. La función del logos para la verdad se reproduce en el acto mimético en el que cada argumento oscurece o ilumina nuestra vida. Nuestra referencia atraviesa oscuridad y claridades porque nuestra vida racional es naturaleza que se distingue por el bios. La práctica demuestra hábitos como signo de esa vitalidad.

 

Tacitus

La inhumanidad

La inhumanidad

La locura no es inhumana, porque la posibilidad para que nazca nace de la capacidad de razonamiento, o de alguna alteración de la propia naturaleza humana. Otro caso es el del torturador. Lo inhumano de la tortura está completamente en el ser de quien la ejerce, pues voluntariamente trastoca todo rasgo de sensibilidad para poder ejecutar su trabajo. En los relatos que vienen del bajo mundo del secuestro, la sordidez es la antesala para iniciar la empresa. Confiesa el Mochaorejas que “sin adrenalina no es nada” secuestrar; varias de las víctimas que fueron plagiadas en sus propios autos y llevados a casas de seguridad, narran cómo en cuanto ponen un pie en esa otra realidad, lo que inunda la atmosfera es un ruido infernal, con olor a droga, manos que no parecen las de hombres, voces que no son humanas. Nadie pide perdón, todo es lastimar.

En un sentido muy amplio, la vida es crear, lo verdaderamente humano es la creación, tanto realizarla, como reconocerse como tal. El torturador no crea nada, de hecho encadena toda posibilidad de que su víctima sepa del desarrollo de la creación más allá del saco de su cabeza. El secuestrado, es quizá de los pocos que conocen la náusea existencial, o mejor dicho, el vértigo de dejar de ser. En esta necesidad de seguir creando, nace el síndrome de Estocolmo. El secuestrado se abraza a lo inhumano para salvarse.

La tortura del secuestrador destruye, detiene el tiempo, negocia con el hombre. El perpetrador comienza su labor con su propia humanidad. Se destruye a fuerza de poder trabajar. Su conmiseración la diluye entre alcohol y música estridente. Es un hombre que dejó de ser, para negociar con sus hermanos. Por eso el secuestrador aterra tanto, porque su humanidad ya no existe. Prueba de esto último es lo que nos cuenta una mujer (cito de memoria): “Me desnudaban, me dejaban por horas ahí colgada de brazos, sin tocarme, hacían burla de mí, y de repente, en un segundo se lanzaban contra mí, me violaban, me golpeaban, para después en el silencio decirme que los comprendiera, que era su trabajo”. El torturador se deleita destruyendo, su estética es la demolición como negocio.

¿Qué hacer con los desaparecidos? Buscarlos ¿Qué hacer con estos inhumanos? Justicia.

Javel