Naturaleza

Cuando regresamos del exilio, la ciudad estaba cubierta por completo de tela de araña. Las autoras de semejante puntada se habían ido a devorar el azúcar del siguiente pueblo tal y como lo habían hecho con el nuestro. Nadie salió herido en esta ocasión, excepto nuestras mascotas que ahora yacían inmóviles, secas envueltas en la fina resaca de un mórbido bacanal. Tal vez no lo crean quienes no han vivido una experiencia semejante, pero la última vez que nos invadieron, perdimos más de cien hombres tan solo en la limpieza de la ciudad. El tejido es tan fino que sería invisible si no abundara como lo hace ahora, recubriendo cada centímetro del terreno habitable. Hemos aprendido la lección. Esta vez no estamos dispuestos a que alguien muera asfixiado por esa maldita tela. Esta vez, le prenderemos fuego, es la única manera de asegurarse que no quedarán huevecillos otra vez.

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El mito de los versos y los versos de la fábula

El mito de los versos

y los versos de la fábula

 

Creo que hemos sido muy afortunados por extraviar las versificaciones socráticas de Esopo; quizá la más pequeña pérdida y la ganancia más grande. Si el Fedón es una fábula, su moraleja probablemente sería que tarde o temprano los grandes hombres reciben un llamado y que en correspondencia con él escriben. La respuesta al llamado, podría añadirse, es también una asunción histórica: el pensamiento se concreta en la escritura como la piedad abre mundo en la materialidad del templo. La correspondencia al llamado, quiere decirse, es histórica. Y cuando por estas razones se anda, no falta quien nos recuerde que “poéticamente habita el hombre”: la historia y el mundo, el acontecimiento del pensar. Si el Fedón es una fábula… claro, si Platón fuese un moralista, el Bien unas uvas verdes y Sócrates una zorra… La gran fortuna de la pérdida, en cambio, es lo que nos permite pensar al Fedón como un mito. Específicamente pienso en el Fedón como el mito de la perseverancia del pensar. De tener las fábulas terminaría pronto cualquier reflexión sobre el socratismo y el problema de Sócrates sería sólo un tópico filológico. De tener las fábulas, los Simias y los Cebes podrían elegir entre doctrinas y no habría necesidad alguna de salvar el lógos. De tener las fábulas probablemente no hubiese nadie exento de considerar a los Diálogos como intentos fracasados. No teniéndolos, podemos debatirnos sobre si el Fedón es una fábula o un mito. Como mito de la perseverancia del pensamiento no es seguro que el filósofo asuma la historia o considere al preguntar como piedad del pensar. Como mito de la perseverancia del pensamiento el filósofo estaría en problema constante con la historia: no puede habitar en la polis sin cuestionar su ethos, no puede aceptar los juicios sumarios de los ciudadanos sin preguntarse por lo justo, no puede estar a la altura de la historia quien ni siquiera conoce su propia altura –medida en pulgas, evidentemente-. A más del problema de la temporalidad del pensar, la intemporalidad de la idea y la eternidad de la sophía. Como mito de la perseverancia del pensamiento, es decir, como imagen de la autognosis, imposible sería que el filósofo asuma al preguntar como la piedad del pensar, antes bien se cuestionaría su piedad, intentaría defenderla públicamente y quizá descubriría en ello un nuevo mito: ¿cómo podría ser un llamado el minotauro?, “¿qué significa la presencia del dios Asclepio en Atenas?”, ¿la fábula de la moralidad de la muerte o el mito de la perseverancia del pensar?: el problema que es Sócrates.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. Fernando García Ramírez presenta las notas de los diarios locales de Tabasco correspondientes al 8 de junio de 1969 en que se da cuenta de la muerte de José Ramón López Obrador. El acta ministerial del asunto, por cierto, desapareció en el periodo de gobierno de Enrique González Pedrero, periodo en que Andrés Manuel López Obrador era priista y connotado colaborador del gobernador. 2. Se equivocan quienes (como Julio Hernández en La Jornada o Hugo Corzo en El Heraldo de México) ven en la primera resolución de las dos sucesiones de la CDMX una continuidad peñista-eruvielista. La apuesta eruvielista tenía que ver con el apoyo ecatepequense (véase la relación entre Eruviel Ávila y Onésimo Cepeda en el perfil del primero realizado por Humberto Padgett en Los suspirantes 2018), la del actual gobernador del EdoMex y su equipo (que comenté la semana pasada) estaba relacionada con Francisco Javier Chavolla, a quien el mismo día de la sucesión pusieron cuña: Maximino Martínez. A mi juicio, la decisión de Francisco busca una independencia política antes de la otra sucesión: los que se adelantaron enviando señales se equivocaron, quienes las leen tras la decisión caen en cuenta de su error. Francisco jugó muy bien sus cartas. 3. Con la excepción de Federico Arreola, nulo fue el apoyo a José Luis Camacho Acevedo ante las amenazas de un funcionario de la Segob. Claro, como el amenazante ahora es antiteleviso, los políticamente correctos voltearon a otro lado. Ya sabe, ya lo he dicho: la indignación es selectiva. 4. La izquierda unamita ya está en las preposadas, ¿o cómo explicar que nadie proteste porque la UNAM vaya a titular a los diputados sin examen de ingreso y sólo por ser diputados?

Coletilla. Christopher Domínguez Michael presentó una reflexión interesante a partir de las ideas de la novelista japonesa Minae Mizumura. Acusado de europeizante, clasista y misógino por los políticamente correctos, nuestro crítico responde con decencia, inteligencia y valentía.

 

De la materia milagrosa

De la materia milagrosa

Ortodoxos les llamamos, oscuramente, a quienes no están dispuestos a soltar el esquema rígido de pensamiento que la tradición impone. Heterodoxos nos sentimos en la innovación. Ortodoxo parece, por ejemplo, la imposición de lo bueno. Pero contrasta esa idea nuestra con el hecho de que nuestra negación de la posibilidad de juzgar sabiamente lo bueno es una impostura, un disfraz que rápidamente se desenmascara, aunque la idea no se extirpe fácilmente por la comodidad que trae. La diferencia entre lo ortodoxo y su contraparte no se hace adecuadamente cuando en el campo de la opinión no puede haber rectitud alguna. Nuestra supuesta afirmación del derecho a la heterodoxia se convirtió en un mal producto ortodoxo. Un éxito incontrovertido, sin duda, pero que también posee poca legitimidad. Nuestra ortodoxia no puede llamarse así realmente porque la opinión, aunque siga siendo el terreno fértil de toda orientación moral y reflexiva, se ha uniformado de manera gris. La uniformidad no es ortodoxia, sino pobreza.

De entre nuestras ortodoxas heterodoxias, resalta la “normalidad” del cuerpo. Por normalidad no sólo nos referimos al hecho de que nuestros congéneres aparezcan siempre bajo una materialidad semejante, sino a la normalidad instaurada por otros múltiples factores. El cuerpo es normal en el sentido también de una “norma”, que fija y rectifica nuestras aproximaciones a lo natural, lo erótico, lo social, lo político, lo imaginativo, lo onírico e incluso lo artístico. No parece que esta relatividad de ámbitos sea producto sólo de la ciencia moderna. Quizá la ciencia moderna haya sido elaborada con un atisbo primario de la corporalidad, que pudo haberse desarrollado y diseminado. ¿A qué nos referimos con la normalidad? Sabemos bien que los “misterios” del cuerpo nos han sido revelados, desde el sexo hasta los procesos cerebrales, aunque de éstos muchos nos sean todavía desconocidos. Pero ¿qué hizo de lo normal lo contrario de lo misterioso, de lo ignoto? Lo normal puede ser desconocido, aunque no por ello deja de ser evidente. Los primeros pensadores de la naturaleza lo mostraban. La norma del cuerpo es ya un presupuesto psicológico de quien busca respuestas por su actitud “normal”, entendida esta palabra como aquello que parece natural y regular. Pero esto es demasiado aventurado: lo normal no se comprende sin una especie de sorpresa que nos introduzca en ello, sin el estado verdaderamente natural de la ignorancia educable desde el que toda alma se enfrenta con este mundo, y que no nos abandona del todo mediante la sola experiencia.

Aquello que parece la evidencia previa tiene una interpretación que lo convierte en lo normal. ¿Por qué nos rige la idea del cuerpo? ¿Acaso no es constatable en cualquier acto sensible? Lo es, pero acaso perdemos de vista lo más importante de nuestra relación con la materia: la incapacidad de separarse de algo que la haga estar y ser de tal modo. El “cuerpo” humano es un fenómeno que vemos y pensamos distinto a los vegetales. La visión misma de la materia implica no un acto material o espiritual, sino una constancia entre la sensibilidad y lo que la mantiene. El erotismo del ser humano no es una característica ajena a su existencia como ser vivo, siempre y cuando veamos que la relación entre los “cuerpos” que abre el erotismo no puede nunca ser abstracta. El cerebro cumple sus funciones con indiferente regularidad, aunque no puede eso decirnos nada sobre la experiencia de enamorarse, o de conocer. No nos dice nada porque la explicación de la experiencia requiere de aclaraciones ontológicas, de exploraciones literarias y de la palabra, no de esquematismos descriptivos. La verdad sobre el cuerpo no es necesariamente lo mismo que la evidencia de lo material. Podemos saber lo que sucede tras el apareamiento sexual, el número y orden de las sustancias que produce el deseo, puede haber clasificación de los fetiches y técnica anticonceptiva sin que eso deshaga del todo nuestra perplejidad inicial. El milagro podría estar presente sin que tengamos los ojos para verlo.

¿Se está negando la capacidad inigualable de la ciencia? No, pero se puede resaltar el carácter pragmático que desde hace tiempo impera sobre buena parte de sus descubrimientos. ¿Podría comprenderse al cuerpo como una regla pragmática del pensamiento? Eso puede orientarnos a interrogarnos éticamente sobre la aparente necesidad que vemos en nosotros de acudir a lo corporal en el ámbito del deseo. La normalidad del cuerpo, por ejemplo, es el dogma que permitió la “liberación” de éste. Pero ¿qué se liberó? Nuestra ortodoxia sobre el cuerpo trastabilla en este caso, porque no nos sabe decir cuál es el ámbito de la libertad. La norma del cuerpo conlleva una producción imaginativa que no se explica siquiera desde la separación entre el espíritu y la materia. ¿Somos libres del cuerpo, o de los prejuicios sobre él? La libertad, no obstante, tiene que ver con los actos. ¿Qué decisiones conlleva la idea del cuerpo? Ahí está propiamente la dimensión ética que tiene todo el peso de la responsabilidad. Decimos que esa liberación nos hizo más responsables, aunque eso no es del todo claro. La pregunta política por la justicia y su contraparte en el conocimiento ético de la virtud nos ayudan a ver que la prudencia es la verdad en el ámbito de la autarquía. La vida feliz es placentera, pero no hedonista. Nuestra libertad es la apariencia de una engañosa esclavitud. Sólo hace falta ser un poco suspicaces para notar que el deseo no se aclara en nada ni se guía meramente por cuerpos. La “heterodoxia” moderna del cuerpo es reacia a contemplar la rectitud en la práctica.

 

Tacitus

Cinismo y Dignidad

Cinismo y Dignidad

Se desconfía, por definición, de aquello que no parece bueno, -hablo en el terreno de los hechos. La desconfianza es la antesala para la investigación, así como para el sano reclamo a lo que no se hace evidente. Es por esto que la acción política debe ser clara y justa. Cuando es claro y justo el proceder de un político, de un servidor público, no sólo la confianza aparece, sino que el progreso es posible en una nación. Pues de este modo se crean lazos y guardianes del justo actuar de los hombres. La sociedad crece y se nutre en el actuar claro y justo. Pero así como la claridad se puede hacer acompañar de la justicia, también hay quien la engarza a la injusticia y al que es claro e injusto, se le llama cínico.

Por eso, la claridad –sigo en el terreno de los hechos– no sólo atiende a la estructura lógica con que se piensa y presenta un proyecto o idea, pues es claro que también se puede estructurar magistralmente una mentira, sino a la prudencia con que se reviste el hecho. El impúdico no es prudente, pues su ambición no conoce límite, es decir, no atiende a leyes, ni piensa en el bien común. El cínico es un traidor hasta consigo mismo, pues calla sus intenciones al mismo tiempo que con el pie golpea al pueblo. Pero quizá ya no haya pueblo que golpear, pues para esto se necesitan inocentes, alguien que aún dude que el mal gobierno no existe. Sin embargo durante cinco años hemos visto crecer al nepotismo, la violencia, la corrupción, el desinterés por las leyes, las cloacas que construyeron las ratas en la casa de la justicia. En fin, en cinco años hemos visto cómo crece a pasos agigantados la injusticia. La duda ya no cabe, el cínico está ahí.

La claridad del cínico es la burla, pero el pueblo a estas alturas (2017) ya no desconfía, porque ya sabe que el cinismo se impondrá. Parece que vendrá una triste realidad nuestra para el próximo Julio, pero no hay que bajar la guardia ante la burla. Hay que tomar como oportunidad el hecho de que las mismas ratas se muestran al sol, de que se desenmascaran los cerdos vampiros para retirarlos, si no a todos, al menos sí a la mayoría o a los más peligrosos. Además, si no hacemos esto, con el tiempo también enfermaremos de maldad, pues permitiremos que el cínico –asunto extraño a su naturaleza– siga socavando la ley y haciendo piruetas y laberintos que le permitan escapar a sus responsabilidades ¡Ah!, pero eso sí, conservando el poder. Así, poco a poco, estaremos bajo tierra: muertos. Pero todos sabemos que así no es la política, ya que poder significa responsabilidad y responsabilidad quiere decir: cuidar de la dignidad de un pueblo. Cuidemos de nuestra dignidad, analicemos bien las opciones que tendremos.

Javel

Buenas intenciones

Mi abuela me decía que de bien intencionados está lleno el infierno, y me parecía extraño que eso dijera cuando por todas partes escuchaba que lo que cuenta es la intención. Creo que mi abuela no creía en intenciones ocultas sino en lo que se veía, pasado el tiempo, como el fruto de una acción.

 

A veces queriendo ayudar hacemos daño, pero casi siempre eso ocurre cuando no nos damos el tiempo para examinar cómo ayudar realmente al otro, porque en muchas ocasiones complacerlo sólo ayuda a perjudicarlo, ya que el alma suele perderse en complacencias que carecen de sentido, pero cuyo sinsentido pasa desapercibido para quien se emberrincha con ellas.

 

Mi abuela me decía que de bien intencionados está lleno el infierno, porque quien complace todo el tiempo deja de corregir amorosamente y tarde ve la insensatez de quien pide ayuda sólo para pasar mejor el tiempo. Pero lo que ahora menos hay es tiempo para contemplarse y verse en el otro y para corregirse sin temor o deseando por sobre todas las cosas ser mejor y no sólo intentar serlo.

 

De bien intencionados está lleno el infierno, porque el que sólo actúa teniendo buena intención no mide cuidadosamente el alcance de todos sus intentos.

 

Maigo.

Ideologías filosóficas

La tentación de la persona que le dedica bastante tiempo a su reflexión de incidir en la vida política de su comunidad es proporcional a su vanidad sobre su propia inteligencia. Tan propias le son sus ideas como la vida pública que lo rodea. ¿Puede cambiar algo a partir de su propia reflexión?, quien reflexiona sobre asuntos como el reflejo, ¿es consciente de los problemas políticos que han acuciado al hombre a través del tiempo?, ¿sabe que es un problema político el cómo inciden sus ideas en la cosa pública? Si realmente le gusta reflexionar, supongo que reflexionará en el inicio de su incidencia en la vida pública; si sólo se dice pensante por haber leído unas cuantas hojas de titanes del pensamiento, no se da cuenta del problema en el que está. Aunque, ¿puede haber política sin reflexión sobre la política?

Uno de los pensadores sobre la política más influyentes dijo que los filósofos se han dedicado a interpretar el mundo y de lo que se trata es de transformarlo. La mayoría de sus lectores, principalmente aquellos que justifican usar la fuerza para hacerse de poder político, usan como estribillo para su causa esa frase sin percatarse de que esa fulminante afirmación nunca fue publicada, es la conclusión de una serie de tesis donde se reflexiona sobre la diferencia entre algo antes de conocerse y el objeto que ya tiene toda una estructura para ser conocido, el historicismo, entre otros temas, y que además esas frases sintetizan los defectos de la obra de Ludwig Feuerbach. Podría pensarse que sólo el auténtico filósofo, quien ha reflexionado durante miles de horas sobre qué asuntos son los más importantes de ser pensados, puede transformar el mundo. Pero nos topamos con un problema aún mayor si no vemos que el escritor de las referidas tesis nunca las publicó, es decir, nunca consideró conveniente hacer pública una afirmación tan radical. Al parecer el referido pensador alemán era más consciente de los problemas políticos del pensamiento que sus lectores.

Al no existir una separación clara entre las acciones y las ideas, pues toda acción parte de una idea sobre lo que conviene hacer o dejar de hacer, quienes creen en la superioridad de las ideas han visto la mitad del mapa de la zona que quieren conquistar. En consecuencia, un intelectual es más fácil de manipular por un político asiduo a las oscuras negociaciones que alguien cercano a la acción; todavía le resulta más fácil si el político tiene la máscara de intelectual. La tentación siempre enceguece.

Yaddir