Imperfecto

Si le pidiéramos a Dios la gracia para amar como él nos ama, viviríamos dispuestos al servicio con gratuidad, y corresponderíamos de algún modo a Dios, a sabiendas que no hay correspondencia posible, porque no es posible dar algo a quien tiene todo ya.

Pero, la posibilidad de pedir ese tipo de amor es poca, ya que vivimos buscando ser amados en vez de amar aunque nada se nos dé, buscamos correspondencias e intercambios y nos limitamos a recibir en lugar de entregarnos como Cristo lo hizo en la cruz.

Si hiciéramos o pidiéramos conforme a la voluntad del creador, no hablaríamos de las cosas buenas usando un imperfecto, pero imperfectos somos y parece que en ello nos confortamos para no hacer el bien o siquiera averiguar lo que éste sea.

 

Maigo

 

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Sobre los consejos

Ante la marea de palabras que navegan en las redes, principalmente las redes sociales, expresarse se ha convertido en algo sumamente ambiguo. En las redes sociales imperan los gustos, las modas, lo escandaloso y llamativo, todo aquello que ensombrece las ideas claras. ¿Cuántas ideas que requieren mayor atención, pues intentan explicar algo, no se pierden ante decenas de publicaciones con centenares de comentarios a su vez, que van apareciendo cada minuto sin sentido alguno? Vemos que se dicen tantas cosas, queremos ver y decir tantas otras, que a nada terminamos poniendo atención. Usamos las palabras como una varita para llamar la atención sin entender su profundo valor. Quien da un consejo en redes parecería que no es consciente de su papel de consejero.

El consejero es aquel invitado que toca a la puerta en una casa a oscuras y llega con un halo de luz; o también puede ser peor que el vecino chismoso, a quien se planea meticulosamente cómo evitarlo. Esta dificultad de quien aconseja, no saber si es conveniente intervenir o ser llamado, parece ser su problema principal.  ¿Ser un metiche cuando alguna persona cercana necesita darse cuenta de su problema o no intervenir para no empeorar la situación? Resulta evidente que la resolución de este conflicto dependerá enteramente de qué crea el casi metiche, casi prudente, que conviene hacer. Los consejos no son reglas inamovibles a las cuales las personas deben adecuarse para vivir mejor; todo consejo tiene su singularidad, pues las personas, pese a que a veces se pierdan en los mismos laberintos, son distintas unas a otras y sus circunstancias tienen detalles únicos. A este común nudo con hilos peculiares se le puede dar otra vuelta: ¿es imprudente dar un consejo amoroso? La pregunta no es exclusiva para aquellos consejeros profesionales, guías o demás expertos en el amor, la pregunta parece que debe concernir a todos, pues a todos nos importa el amor. ¿Es mejor dejar en su dolor a aquel que está padeciendo un revés amoroso en vez de darle algunas palabras con las que quizá se pueda sentir mejor? Pese a lo tierno de la imagen, decirle a un enamorado que tuvo una fuerte discusión con su pareja: “no te preocupes, todo lo cura el alcohol” podría resultar perjudicial, pues estaríamos emborrachando sus penas, con todo lo que ello conlleva. Podría soltarse a llorar tremendamente; podría ponerse violento; podría atentar contra sí mismo. Las palabras más correctas: “no te preocupes, el tiempo lo cura“, ¿realmente ayudan al enamorado?, ¿no están diciendo todo y, a la vez, nada?, ¿cómo saber cuándo y a quién conviene aconsejar en esa situación?

¿Para dar un buen consejo hay que tener experiencia sobre lo que se aconseja? Esta parece ser la falacia preferida cuando se pregunta con quién conviene ser aconsejado. La experiencia no es garantía de sabiduría sobre cualquier tema, pues, siguiendo con el ejemplo del enamorado, un divorciado puede ser tan buen consejero como fue buen esposo. Dicho de otra manera, la experiencia no garantiza la reflexión sobre la propia experiencia.  Sólo quien observa en su propia experiencia y se comprende entiende a las personas a las que pretende aconsejar. Esto, evidentemente, no garantiza que les pueda ayudar. Aconsejar no es ayudar a las personas a progresar en sus emociones. Autoconocerse y aconsejar no es progresar hacia la paz interior.

Yaddir

Plana ciencia

Ilustrados mucho o poco, solemos pensar que es provechoso para la sociedad que se divulgue la ciencia. En realidad, la información científica divulgada es impactantemente menor a los resultados de las muchísimas investigaciones patrocinadas por gobiernos y concejos universitarios en todo el mundo. Pero desconozcamos ese detalle provisionalmente por la suma complicación de su naturaleza. Será más fácil enfocarnos en esa idea que nos es tan cómoda, tan común, tan suave para nuestro pensamiento como que algo pesado es jalado por la Tierra, de que es provechoso para la sociedad divulgar la ciencia. La causa es muy sencilla: conocer la verdad de las cosas de este mundo nos surte de bienes. De éstos, los que más frecuentemente se ofrecen a la vista son los más útiles (cosa que se entiende porque son los más vistosos); con los que se explica, por ejemplo, que es gracias a nuestro conocimiento de las magnitudes físicas de los materiales que somos capaces de construir puentes kilométricos, o que el conocimiento de los pormenores eléctricos de los órganos humanos nos permite idear soluciones, producidas en masa, que regulan su funcionamiento en casos de enfermedades. Por la difusión de los descubrimientos psicológicos es más probable que halle comprensión un autista y gracias a la ciencia política no toleraríamos nunca más vivir bajo regímenes tiránicos u oligárquicos.

Otra idea, menos difundida aunque no por mucho, es que la ciencia requiere para su realización un ánimo desafiante, un arrojo marcado por la duda antes que la asunción irreflexiva y la apertura al descubrimiento, un ímpetu difícilmente contenido por la ortodoxia o impedido por el conformismo –que no es otra cosa que una corrosión del carácter provocada por esa ortodoxia–. Si tienen oportunidad, hablen con algún científico al respecto. Lo más probable es que les diga que esa imagen es bastante fantasiosa y que el trabajo científico es mucha más rutina, grilla y burocracia de la que uno primero sospecharía; pero aunque ésta sea una importante observación, podemos dejarla al margen mientras consideramos que el paradigma de hombre de ciencia que se nos presenta desde que somos pequeños se parece mucho más a esa fantasía. Nos enseñan a admirar a Galileo prefiriendo la verdad a la propia vida, a Newton descubriendo la llave del universo que permaneció escondida por milenios o a Einstein desafiando las convenciones gravitacionales en contra incluso de antiguos gigantes astrónomos.

Hay una tensión entre estas dos ideas. Cuando la divulgación de la ciencia se realizara por entero, todas las personas por igual aceptarían y aprenderían todo lo que hay por saber tal como es. Se lograría educar en el terminado y comprehensivo dogma de la verdad universal. Pero al mismo tiempo, el ánimo científico estaría eternamente desafiando el dogma simplemente por ser ortodoxo, sin atender si es o no verdadero, y jamás la gente educada para desplegar tal ímpetu podría aprender lo que la ciencia divulga. Esta contradicción frente a la ciencia resuelve a momentos la tensión devaluando alguna de las dos convicciones o ambas. Por ejemplo, pensemos que la mayoría de las veces la ciencia no se enseña en realidad, sino que más bien se ayuda de imágenes inexactas para persuadir a personas neófitas de asentir ante modelos, conceptos o sistemas que se quieren divulgar. Es decir, se vulgariza la ciencia. Es mucho más fácil concebir distancias en un planisferio representándolas como líneas rectas, aunque no sean así exactamente, que haciendo cálculos de curvas sobre secciones de esfera u ovoide. El resultado no es el conocimiento de la verdad sobre alguna parte de la totalidad universal, sino la aceptación pública de cierta doctrina. Pensando en el otro lado, se educa con el discurso de la belleza del espíritu desafiante, pero al mismo tiempo se caricaturizan algunas doctrinas de manera que se tiene algo para desafiar incluso cuando no se cuenta con muchas ganas de meterse en verdaderos problemas. A los ojos de la opinión común sólo hace falta decir que «la religión no es sino colección de supercherías primitivas» para ponerse la camiseta del equipo de la ciencia. Y celebramos con razón que por decirlo nos echen porras y no piedras. Estos dos suavizantes ‒el de la divulgación y el de la infatuación científicas‒ no solamente alivian la tensión, sino que forman una dinámica perfectamente comprensible y cómoda, hasta lógica, en la que parecería que nunca existió ninguna contradicción. Así, la gente de a pie podemos asentir al proyecto de educar a la humanidad siempre que desafiar tal o cual añeja norma nos rinda los beneficios útiles y vistosos que estamos esperando de nuestra ilustrada civilización. Somos valientes que ponen en duda toda convención… o eso nos dicen y no tenemos por qué ponerlo en duda. Al asentir a lo dicho por los expertos nos convertimos automáticamente en expertos nosotros mismos, ¡y sin haber quemado ni una sola pestaña! Incluso para el autoestima es una ganga: somos parte fundamental del mejor y más benéfico cambio que ha sufrido el mundo humano jamás y lo único que tuvimos que hacer fue ser nosotros mismos.

Una verdadera educación científica de toda la sociedad es imposible, para empezar, porque no existe tal cosa como el científico todólogo que pueda hacerla de maestro mundial. Todos los científicos son especialistas a tal grado de finura que, por así decir, entre un químico electroanalítico y otro podrían no entenderse nunca porque uno se dedica a la formación de sistemas que permitan cuantificar electroquímicamente la concentración de dopamina en una muestra dada, mientras que el otro intenta perfeccionar métodos de electrodeposición para sintetizar catalizadores para celdas de combustible. Los resultados de sus investigaciones se harán más o menos conocidos dependiendo de las instituciones que les den los fondos y de las revistas que los publiquen. Ninguno de los comités a cargo de las revistas prestigiosas de divulgación científica tiene representantes de todas las especialidades, ni tiene por qué esperarse de ellos cosa tan descabellada, que sería como esperar de un vivero que contenga cuando menos un espécimen de cada distinto vegetal sobre la Tierra1. Y todo esto no es demasiado escandaloso porque tampoco es posible que todas las personas sean férreas defensoras de la verdad sin asegunes, en todas sus formas, feas o hermosas, finas o gruesas. Francamente, a pocos les interesa. La ciencia suele interesar por sus efectos, por los resultados que porta2. La resistencia del material del que está hecho el puente kilométrico no importa a prácticamente ninguno de los que lo cruzan más de lo que les importa que el puente esté ahí para ahorrarles la vuelta, esté hecho de concreto, madera o cristales de nitrato de uranilo. A la mayoría de las personas les daría igual si la Tierra girara al rededor del Sol o si fuera viceversa, si todo lo demás en sus días fuera igual. Ésa es la vida real de la mayoría de nosotros los ilustrados contemporáneos.

Con todo, últimamente ha estado dando vueltas la noticia de la existencia de los Flat-Earthers. Entre la sorpresa, la incredulidad y el escarnio de todos los demás, se trata de un grupo considerablemente numeroso de personas, especialmente en Inglaterra y Estados Unidos, que dedican sus esfuerzos a contravenir la doctrina de que la Tierra es redonda y a sostener que más bien es plana. No son una sociedad nueva, pero últimamente han estado llamando la atención por su incremento (de hecho hay varios de estos grupos más o menos serios, pero por ahora consideremos solamente la Flat Earth Society como representante del resto). Las redes sociales han ayudado mucho a compartir su discurso, entre los que lo creen y los que lo toman a guasa. En una convención recién celebrada este noviembre, miles de personas asistieron gustosas a conocer a sus congéneres y a disfrutar conferencias acerca de las implicaciones lógicas y prácticas de que la Tierra sea plana. Y créanme, ellos son en verdad más ilustrados que los ilustrados contemporáneos. El mismo valor que se admira en Galileo es necesario para decirle al mundo entero, con todo y sus agencias de exploración espacial y su tradición educativa centenaria, que están equivocados quienes suponen que la Tierra es redonda. La agrupación se presenta con la intención de fomentar el pensamiento crítico, de negar el dogma que no ha sido probado y de confiar en las capacidades propias para realizar razonamientos científicos antes de acceder a ninguna conclusión. Y esto no es cosa ligera: ¿qué fuerza puede tener la tradición, por más que sea centenaria, si es irreflexiva, contra un instante de visión en ojos propios para contemplar la verdad? (Que no se diga que es imposible para un ilustrado ponerse romántico). Las consideraciones de este grupo son, a su propia vista, muy serias y comprensiblemente mal recibidas por la mayoría de las personas; después de todo, esa mayoría es la que está educada desde la niñez para repetir doctrinas que no entiende. Argumentan tanto positiva cuanto negativamente. Los sentidos, dicen, son nuestra primera aproximación al mundo y su verdad, y nunca ha de desconfiarse de ellos si no se presenta antes una razón para ello tan convincente que no deje ninguna duda; el peso de la comprobación recae en los que nos quieren convencer de que no vemos lo que vemos, no al revés. Y si uno se fija bien, toda observación personal que se haga, siguen diciendo, del horizonte o de la perspectiva al escalar una montaña, nos mostrará sin reservas que no hay ninguna curvatura a todo lo largo del mapa que no sea solamente un accidente geográfico. Los experimentos que proponen trazar una recta de la visión para después corroborarla a lo lejos o a lo cerca usan telescopios, boyas, faros, observaciones del mar y movimientos de banderas o velas de barcos; y éstos siempre concluyen que no podría ser redonda la Tierra, pues de lo contrario la visión se perdería allá donde no se pierde: la recta de la visión coincide siempre en el punto de la observación independientemente de la lejanía o cercanía de los objetos hallados en una recta correspondiente a la planicie terráquea, por más alejado que esté el horizonte. ¿Y las fotos de los astronautas, los estudios astronómicos, los cálculos de aviación o de predicción meteorológica? La respuesta que dan los planitérreos es que algunas de estas cosas son resultado de la propaganda política y otros de coincidencias que pueden ocurrir lo mismo para una Tierra redonda que para una plana. La cereza del pastel retórico es esta consideración de aire conciliatorio: ellos dicen que la doctrina de la Tierra redonda no es un intento malintencionado para engañar a la población (¿qué se ganaría con ello?); lo que en realidad pasa es que las grandes fuerzas políticas que apoyan el dogma creen que la Tierra es redonda pero, aunque no tengan los medios para comprobarlo, fingen que lo han hecho porque lo que les interesa en realidad es un discurso internacional fuerte, cuya raíz fue la carrera de expansión que en la Guerra Fría libraron EEUU y la URSS y cuyas ramitas son todas las querellas políticas entre potencias mundiales de hoy.

Los experimentos que aquí refiero, lectores, son todos derivados de los que dio cuenta Samuel Birley Rowbotham3. Apenas uno considera que todos son el mismo experimento, nomás maquillado por acá o por allá, y que en él se cae en la tremebunda omisión de las distancias continentales, queda todo su fondo demostrativo sin un gramo de crédito. Y leer la explicación que los planitérreos ofrecen de las observaciones de la gravedad es apenas un paso menos irrisorio que escuchar a algún compañero pedestre explicar la teoría de las supercuerdas. Sin embargo, eso no es lo importante. Es un deleite observar que en tantas personas sobrevive tan vivo el fuego ilustrado de la divulgación científica y el desafío a las convenciones, que están dispuestos a poner a prueba con todo el rigor del que son capaces, la que muchos propondrían como la más ridícula de las nociones en la ciencia natural. No son intransigentes ni absurdos, al contrario, actúan con mucha congruencia. A menos de padecer de una mente poco reflexiva, de golpe caerá uno en la cuenta (apenas se pase la risa), de que la mayoría de los que desprecian a la Flat Earth Society de hecho no podría demostrar matemáticamente ni el movimiento de la Tierra al rededor del Sol, ni la necesidad de su forma ovoidal para que la intensidad de su campo gravitatorio acelere 9.81 metros sobre segundo al cuadrado los objetos a ella sometidos4. Podrá la vida llana alejarnos de las verdades del universo, pero la tendencia naturalmente humana a conocer no dejará de aparecer en nuestras sociedades, por más que las contradicciones en las que vivimos parezcan haberla sofocado por entero. ¿Y no son una lúcida, brillante muestra ellos que en pleno siglo XXI defienden que la Tierra es plana? ¿Importa si están bien o no?5 ¡Celebremos que nuestra educación aún puede rendir estos frutos! Y es que con éstos que han aprendido todo lo importante del furor por el mejoramiento de la humanidad y el reparto de mercedes a su género, ¿quiénes dirán entonces, hombres de poca fe, que la Ilustración no ha sido todo un éxito?


1 Eso por no mencionar que aquello de la rutina, grilla y burocracia de la profesión científica domina aquí con máxima fuerza.

2 No es gratuito tampoco que usemos como usamos la palabra ‹importar›, con la idea de que si nos interesa es porque nos da algo que viene de fuera.

3 Parallax, Earth Not A Globe, 3ª edición de 1881. Más exactamente dicho, muchos son derivados de estos experimentos, pero varios razonamientos que ofrecen tienen también otras rutas, algunas más antiguas.

4 Con más exactitud, son 9.80665 m/s2, al nivel del mar.

5 «La ilustración estaba destinada a convertirse en ilustración universal. Parecía que la diferencia de dotes naturales no tenía la importancia que le había adscrito la tradición; el método probó ser el gran igualador de mentes naturalmente desiguales» y «La nueva ciencia política pone en preeminencia las observaciones que pueden hacerse con la máxima frecuencia, y por lo tanto, por personas con las capacidades más mediocres. De este modo culmina frecuentemente en observaciones hechas por personas que no son inteligentes sobre personas que no son inteligentes». Leo Strauss en Liberal Education and Responsability y An Epilogue, respectivamente.

Madrugada

José llegó muy tarde y muy enojado a trabajar hoy. Dice que no fue su culpa. La historia que le contó al jefe fue que se levantó de madrugada como todos los días, pero en esta ocasión, las puertas de la casa estaban abiertas. Él, pensando lo peor, recorrió toda su casa buscando a algún ladrón o un objeto de valor que hiciera falta. Todo estaba en su lugar, con excepción de su madre que había desaparecido. La viejecita fue encontrada un par de horas después, dentro de la casa del alcalde, quien había reportado que un intruso estaba en su patio, cerca del gallinero. Según dijo, José,  un tanto apenado, su señora madre, fue hallada cantándole las mañanitas al gallo del funcionario público. ¿Que por qué hizo eso? ¡Pues quién sabe!

El asta sin bandera

El asta sin bandera

 

En 1942 se publicó el libro La cifra de las cosas, que reúne las poesías de Shantidas Giuseppe Lanza del Vasto [1901-1981]. De allí extraigo el poema hoy revisitado: “Resurrección”.

 

Cuando suene la trompeta postrera

entre la tierra brotarán los muertos

como a la nube aturden los truenos,

e izarán como el asta sin bandera

sus huesos secos. Mas cuando al Hijo veis

con la Santa Virgen de la Flor de Lis

luminoso en el claro de los cielos

cual yace en el campo la primavera,

esta mi carne, débil compañera,

brotará, tierna hoja, de mis huesos.

 

 

Escenas del terruño. 1. Ayer se publicó la “Ley general en materia de desaparición forzada de personas, desaparición cometida por particulares y del sistema nacional de búsqueda de personas”. No me uno a las celebraciones, pues me preocupan las definiciones de la ley. Véase, si no, el artículo 4, donde se define a la persona desaparecida como “persona cuyo paradero se desconoce y se presuma, a partir de cualquier indicio, que su ausencia se relaciona con la comisión de algún delito”. ¿No cabe en la definición lo mismo el desaparecido que el prófugo? Y a la persona no localizada se le define como “persona cuya ubicación es desconocida y que de acuerdo con la información que se reporte a la autoridad, su ausencia no se relaciona con la probable comisión de algún delito”.  ¿No es un arma del Estado Servil? A lo largo de la ley hay más imprecisiones peligrosas. 2. Héctor de Mauleón narra la llegada del Cártel de Jalisco Nueva Generación a Puebla. Comenta certero: hace un año se estimaba la presencia del CJNG en 16 estados, hoy está presente en 20. Hay crecimiento. 3. Buena la nota de portada de Reforma del pasado lunes: a sólo unos meses de su inauguración, cierran el auditorio municipal de Tecámac, Estado de México, por daños estructurales. No hay que irse con la finta. El principal partido opositor en el estado ha dicho que la inauguración del auditorio se aceleró con fines electorales y con ello distrae la atención de lo importante. Piénsese: ¿Qué partido ganó en Tecámac la elección anterior? ¿Por qué el partido ganador se ha acercado al que tenía la responsabilidad de posicionar al PRI en la elección estatal después de que un allegado de Montiel le ganó su puesto en la dirigencia estatal del tricolor? ¿Por qué nadie ha señalado la relación entre la construcción pública en aquel municipio mexiquense y la ampliación de un emporio privado? La remodelación del auditorio beneficiará al suertudo de la región. ¿Quién? Tiene mueblerías, restaurantes, ferreterías y muchos negocios más en aquel municipio, al que ha gobernado en más de una ocasión. Ahí hay nota. 4. Ojo con el Seguro Popular en la Ciudad de México. Esteban Illades nos dice que los trabajadores del Seguro Popular en la CDMX fueron obligados a presentar su renuncia y a firmar un nuevo contrato en que se modifican desfavorablemente sus prestaciones laborales. La justificación es la falta de presupuesto. 5. “Compartir la vida privada en redes es sinónimo de existir”, señala Emilio Lezama en una interesante reflexión sobre la civilización del espectáculo. 6. No fue de la Nunciatura, ni fue para bloquear el premio de Mancera en el Vaticano: fue para influir en la sucesión. Perdón, las sucesiones: las dos sucesiones de la Ciudad de México. Al buen entendedor…

Coletilla. Lo bueno de la nación es que tiene tanta gente preocupada por promover la cultura y combatir la corrupción que… Ajá. Sí. Bueno ya. Nuevo escandalito: el presupuesto federal de cultura se dirige principalmente a la Orquesta Sinfónica Esperanza Azteca, de Televisión Azteca. Y dice la chairiza: ¡corrupción! ¡la cultura es para la gente y no para los potentados de siempre! ¡la mafia en el poder! La Orquesta, empero, pertenece a Fundación Azteca. Y el secretario general de la Fundación Azteca es Esteban Moctezuma Barragán. Y Esteban Moctezuma Barragán colabora desde enero de este año en el proyecto de Andrés Manuel López Obrador. ¿Entonces?

La expresividad de la verdad

La expresividad de la verdad

Se dice que la expresión es un requisito de la genuina libertad. Las obras de arte, desde las literarias hasta las escultóricas, se catalogan, entre la propiedad y el despilfarro, como modos de expresión. La palabra cotidiana, morada de las opiniones y los sentimientos, es el escenario descarnado, a veces decente, en que la expresión se muestra. ¿Qué comparten ambos usos de la palabra expresión? El prejuicio común es que el arte es una manera elevada de la expresión. ¿Y la verdad? El surgimiento de esta pregunta requiere una aclaración. El fundamento expresivo de la palabra cotidiana y de las obras de arte, a las que podemos incluso agregar las obras reflexivas, vale en tanto permite mostrar una opinión, una emoción, una visión. Aquellos que se encolerizan ante esa unificación generalizan el problema del arte y la palabra diciendo que el permitir que todo valor sea últimamente expresivo conlleva al relativismo más agrio; el arte y la reflexión muestran una perfección que no se aprecia desde esa posición. Pero, al mismo tiempo, no queda aclarado en qué consiste la perfección expresiva del arte, ni mucho menos la de la palabra, fuera del talento artístico y reflexivo, que son fundamentales, pero que resultan importante a raíz de otro elemento: aquello para lo que son talentos.

La expresividad del arte es evidente. ¿Está el carácter artístico sólo en expresar algo importante? Evidentemente, no, pues el arte es también una actividad productiva. La expresividad artística de la pintura, por ejemplo, requiere del sentido de la vista y de la imaginación, pero ante todo requiere que dicha imaginación (que no es lo mismo que la creatividad) permita que la reproducción de una imagen sea perfectible: que haya distinción entre la Mona Lisa y los dibujos en una servilleta. El artista puede dibujar con maestría sobre una servilleta, incluso. Si su mano no pudiera ser guiada de manera distinta a aquel que no posee su arte, no habría posibilidad de distinguir certeramente entre su maestría y la expresión del inexperto. La expresividad humana no asegura el arte, aunque sea su fundamento. El arte es una posibilidad de esa misma expresividad. La maestría técnica, no obstante, nunca es abstracta: puede ser enseñada, pero ante todo es modificable: las técnicas de pintado se han configurado a partir de la decisión artística en torno a la aparición de la imagen. La diferencia entre ser e imagen posibilita el arte pictórico, pero obviamente terminaríamos por mentir si decimos que presentar una imagen distorsionada levemente es mentir: ¿cómo sería posible distorsionar la imagen sin verdad? La expresividad de la imagen es a lo que nos afrontamos en el mimetismo de la pintura, incluso en aquellas en las que no aparecen imágenes de “objetos”. Esa expresividad es un enigma que no se aclara en afirmar que toda pintura es “retrato”, por lo que la maestría del pintor no proviene únicamente de la semejanza que imprima. ¿Qué permite la semejanza, si siempre hay una separación indisoluble entre la imagen y lo que representa?

La expresividad artística evidentemente remite a la sensibilidad y el pensamiento de quien produce las obras. En algún sentido tuvo que “formarlas” antes de producirlas. Para los que vemos las obras, esa experiencia no es lo fundamental. Por eso los detalles biográficos son un estorbo para la interpretación. El arte pictórico, por ejemplo, permite que la imagen producida sea la que me haga ver las cosas de manera nueva. Sin la verdad, evidentemente no tendría caso siquiera hablar de arte, puesto que aquello que se me presenta nunca estaría organizado, ni mucho menos dividido. Sin la verdad sería irrelevante decir siquiera que la comprensión del artista es posible. En este caso, la verdad no está sólo en conocer el pensamiento del artista, sin incluso en reconocer el sentido de la manipulación de la imagen. Todos los criterios artísticos responden a la expresividad, pero la expresividad artística es incluso susceptible al lenguaje. La estética moderna pone el énfasis en la producción de emociones, sustentada en la idea moderna de la imaginación, que fundamenta el significado de la “representación”. El mimetismo queda imposibilitado para el noumenismo.

La maestría artística del lenguaje conlleva otro problema igual de interesante. Involucra la relación entre la poesía y la filosofía. No negaremos la maestría del decir filosófico, cuyo ejemplo prístino es el diálogo platónico. Involucra, por supuesto, la cuestión retórica en relación con la palabra, así como la tensión entre el decir poético y el filosófico, como sostenes de la verdad. Sería mejor decir que ambos tipos de palabra se distinguen no porque sostengan en ellos a la verdad, sino por el carácter mismo de la relación entre el hombre y la verdad, que sería imposible sin el carácter dialógico de la relación entre hombres (en plural) y el ser. El carácter expresivo de la filosofía no se resuelve únicamente en afirmar el elitismo de dicho decir, aunque eso no significa, hasta aquí, que la maestría de ese decir no implique siempre una complejidad valiosa para la vida humana. Dicha complejidad es característica de la maestría, aunque, por lo pronto, eso tampoco resuelva la constante de la filosofía: su contraposición necesaria con la sofística. La maestría del decir filosófico permite que la expresividad no sea únicamente pluralidad arbitraria.

Un problema filosófico se alumbra a través de ese decir. Esta peculiaridad debe apuntar a la presencia de la historicidad en la expresión. La diversidad de caminos seguidos por la reflexión filosófica, posibilitada por la precisión y maestría del decir, ¿permite que hablemos de una maestría en relación con la verdad, como en el prejuicio común al interpretar una pintura? Para captar la maestría del decir filosófico se requiere la posibilidad hermenéutica. No una teoría de la exégesis, sino un cuidado del pensar que exige cuidado de la palabra. Sólo así el decir se alumbra. Así, la verdad se extiende como problema a la vez que como evidencia propia de la relación expresiva. Un problema se alumbra en el diálogo, por ejemplo, en tanto que revivir un argumento es un hecho que rebasa la aplicación de una lógica formal: la lógica reúne la naturaleza de la inteligencia en su capacidad para descubrir “razones”, que no para inventarlas. Ese descubrimiento, visto en su nacimiento y límite en el diálogo, requiere de un ethos. La expresividad filosófica depende de dicho ethos: indaga la relación profunda y laberíntica entre palabra y obra. La maestría del decir filosófico guía al alma en la belleza de pensar.

 

Tacitus

 

#280

¿Dónde radica la sorpresa o hastío
que despierta un mensaje breve?
Al buen juguetón, palabras sugerentes.
¿Brevedad difícil es sinónimo
de escritura preciosa y clara?
Al buen entendedor, justas palabras.
¿Cualquiera puede volverse un escritor?
No, nada se alcanza con una bala.