Regresión

Te fuiste, pero los gritos se quedaron. Regresaron los dolores, la triteza y el ahogo. Y cual Judas Iscariote mi espíritu busca una cuerda desesperado.

Maigo.

El coliseo de las opiniones

Encender la computadora y abrir el navegador web se hace para entretenerse, buscar información, generar contenidos, hacer negocios y mantenerse en contacto. Si el internauta busca información sobre algún suceso o tema de interés general, encontrará una pesada cantidad de opiniones, reflexiones e historias sobre el tema. El internauta se acoge a alguna versión de los hechos y toma una opinión; si algo se le ocurre, generará su propio contenido. El curioso de las redes sociales sentirá que algo ha aprendido, que en algo ha contribuido, que era su deber hacer aquello (no sabe exactamente qué hizo, vislumbra el cómo, y desconoce totalmente si lo que genera o repite tendrá consecuencias peligrosas). Mientras tanto alguien más añade datos al tema o teclea su opinión. Luego de un breve lapso de tiempo surge un nuevo tema o suceso y las opiniones cambian de rumbo. Todos dicen, pocos saben qué dicen, y aún menos saben la importancia o irrelevancia de lo que dijeron. La red es el laberinto donde fácilmente cae la opinión pública.

A las personas les gusta opinar, siempre lo han hecho, principalmente de asuntos controvertidos y escandalosos; quizá lo hagan por algún impulso natural a demostrar su sabiduría sobre el hombre y sus acciones; tal vez sólo quieran ayudar con su sapiencia; a lo mejor no tienen otra cosa que hacer y opinar les resulta uno de los entretenimientos más agradables que pueden alcanzar; inclusive pueden defender al involucrado o los involucrados en el asunto escandaloso (regularmente es uno para que sea más fácil defenderlo) porque en esa defensa el opinador se defiende. Cuando una mujer comete un acto escandaloso, tan escandaloso que termina en las tendencias, el asunto es reelaborado en forma de ácida broma, se tacha a la mujer de insensata o se le defiende aduciendo que ella es inalienablemente libre. Si la mujer actúa pronto, guiándose por alguna opinión proveniente de alguno de los dos grupos, contentará a un bando y el otro se sentirá derrotado. Pero ¿guiarse por las ocurrencias generales es lo mejor que puede hacer? Tal vez lo mejor sea no hacer pública su decisión, en caso de que sea posible.

En la arena, en el coliseo del internet, se puede encontrar a quien en las orillas del mismo, intente discutir los hechos auténticamente importantes para la vida pública de la comunidad. ¿Cómo encontrar esos hechos relevantes? Distinguiéndolos del entretenimiento. Lo que hace más difícil su distinción es que un hecho importante puede ser usado como mero entretenimiento. El ruido de la arena nos dificulta escuchar las reflexiones de los bordes del coliseo.

Yaddir

A quien corresponda

No se había dado cuenta de cuánto necesitaba, cada inicio de semana, llegar junto con el alba al edificio en la esquina de la calle de Búho Viejo, y dejar el correo postal. Un año, quizás más, había sido diligente en todas las entregas de todas sus rondas, pero especialmente devoto en ésta. Aquí, carta tras carta, se apilaban todas detrás de la verja metálica. La casa quieta, quién sabía por qué, se había convertido para él en un templo de solaz. Nadie que barriera nunca, nadie que corriera las cortinas, nadie que rompiera los sellos en las puertas… justamente: nadie que abriera las cartas. Se había vuelto su íntima destinataria. El tiempo había convertido a la abandonada en su interlocutor, y ese montón creciente era el epistolario que compartían. Correspondían. Y no se había dado cuenta de cuánto necesitaba dejar ahí las cartas para que nunca fueran abiertas, escribiéndoles con silencio todo lo que él quería que dijeran y que a nadie más confesaba, hasta la mañana en que sonó su silbato, estacionó su motocicleta, y el nuevo propietario salió de una casa recién recogida a recibirlo para aclararle que era muy tarde: el destinatario era ya incorrecto.

El Panal (séptima parte)

Yo temía los estornudos casi tanto como a ahogarme con mi propia saliva o vómito, me golpeaba la frente cada vez que en mí afloraban, sin embargo, la distancia entre el techo y mi cabeza era tan reducido que de haber querido matarme golpeando mi cabeza con el muro, hubiera tardado años, ya que era imposible conseguir fuerza suficiente en un espacio así. Temía a los estornudos, no por el dolor del golpe, sino por la incomodidad de no poder estornudar como Dios manda, como le molesta al sacerdote del oficio dominical; y porque ya con unos años encima, el carácter involuntario de cada estornudo removía las llagas de mi espalda de una manera muy poco placentera, cuando llegaba a reventarme más de una al mismo tiempo, era por culpa de los estornudos. Después de cierto tiempo comienzas a escuchar un zumbido, tal vez obra del silencio sepulcral que domina el lugar, pero ese zumbido dentro de tus orejas no te deja jamás, hay quienes comenzamos a gritar, yo pasé un año gritando, pero no sirvió de nada, el ruido no se fue y ahora en retrospectiva, me hace estremecer la idea de que alguien, al igual que yo hubiera pasado gritando la mayor parte del tiempo, porque, por supuesto, yo jamás escuché ruido alguno.

La noche de la impostura IV

La noche de la impostura IV

 

Ayotzinapa es, ante todo, el problema de una imposibilidad: la imposibilidad de la justicia. Y como problema está presente en la vida pública al mismo tiempo que su presencia se va olvidando problemáticamente. En tanto se olvida, Ayotzinapa permanecerá en la vida pública como una falsificación constante, como la noche de la impostura.

         La justicia es necesaria tanto en la diferencia como en la unanimidad. En la unanimidad en tanto posibilidad de lo bueno. En la diferencia en tanto posibilidad de la unidad. La imposibilidad de la justicia, en cambio, aumenta la diferencia, pervierte la unidad. La diferencia aumenta en tanto la conciliación no se realiza y la conciliación se posterga en tanto se ahonda el conflicto. Ayotzinapa, en este momento, está en el ahondamiento del conflicto. Las reducciones fáciles de la desaparición de los normalistas a pares como crimen-autoridad, gobierno-pueblo, resistencia-represión, ahondan el conflicto sin contribuir a la comprensión. El par crimen-autoridad, que pretende defender las instituciones, debilita la realidad del crimen y fortalece la idealidad de la autoridad: obnubila la anomia. El par pueblo-gobierno, por su parte, ridiculiza la experiencia del poder y reduce la actividad política a la administración: tan administrables se vuelven los recursos como las indignaciones, las ventajas como las desventajas, las personas como las culpas… sobre todo las culpas. El par resistencia-represión, más allá de la frivolización del poder en que se fundamenta, apuesta a la cancelación de lo político mediante la promoción del Estado Servil. Igualmente peligrosa, en el momento actual, es la exacerbación de la diferencia por la indiferencia. Desentenderse del dolor de los padres, de la indignación por las irregularidades en la investigación, de la conformidad con el silencio criminal de la guerrilla y la izquierda, del oportunismo de los administradores de la inconformidad y del pragmatismo de los místicos de la ganancia es exacerbación de la diferencia por la indiferencia. El olvido negligente de Ayotzinapa nos sorprenderá como un súbito recuerdo que bordea las dificultades –como nos lo recordó el 94-. La indiferencia aumenta la diferencia y la diferencia pone en duda la posibilidad de la unidad.

         La posibilidad de la unidad, por su parte, torna dudosa y peligrosa. Dudosa en tanto se ve lejana desde el Estado fallido. Si el Estado no puede ofrecer justicia, la constitución de sus miembros estará marcada por el conflicto de la diferencia –o por la indiferencia conveniente-. Si el Estado, administrando la desgracia, va postergando la justicia, se trata de un Estado perverso, que desprecia a sus miembros; si no la posterga, en cambio, sino que ni siquiera puede aplicarla, se trata de un Estado fallido, que se conserva por costumbre, por miedo a la desgracia o por la imposibilidad de imaginarnos algo más. Y es ante el Estado fallido, finalmente, que la posibilidad de la unidad torna peligrosa: amenaza la tentación de la violencia. Violencia para reformar el Estado, violencia para devolverle su legitimidad; violencia para sustituir al Estado, violencia para forzarnos a algo más. La gravedad de Ayotzinapa, de la imposibilidad de una respuesta justa al caso, apunta a una forma de violencia no política que no podremos olvidar. Ayotzinapa es una gravedad, pero una gravedad despojada de la gracia.

         La diferencia en aumento, la unidad peligrosa, Ayotzinapa es un problema para nuestra esperanza. Motivos sobran, razones abundan, como si para la esperanza de justicia no hubiera pretexto. Y sin embargo, Ayotzinapa nos desesperanza –y a algunos francamente desespera-. Ayotzinapa todavía nos permite no resignarnos ante el mal, ante el mal que se olvida desencarnando. Para que Ayotzinapa deje abierta la posibilidad de la justicia, Ayotzinapa debe ser nuestro problema, nuestra herida abierta, nuestro problema de la posibilidad de la justicia.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. Jesús Silva-Herzog Márquez nos había hecho ver la estupidez en la invitación presidencial a Donald Trump. Javier Sicilia considera que no sólo es estupidez, sino imbecilidad, y que la imbecilidad no sólo caracteriza a los funcionarios federales que invitaron al candidato republicano, sino a la práctica política de nuestros días. 2. Siete años han pasado del incendio de la guardería ABC. La investigación del caso está en una nueva etapa en la que se pretende desligar a los funcionarios y responsabilizar únicamente a los socios de la guardería. Sin embargo, como en otros casos más, la investigación tiene oscuridades. Por eso es interesante el recuento de Katia D’Artigues. Por cierto, ¿cuándo cumplirá su palabra el Lic. (sic) Enrique Peña Nieto y se reunirá con los padres de las víctimas del incendio de la guardería ABC? 3. Hay que leer el panorama de relaciones políticas del consejero jurídico de la Presidencia, Humberto Castillejos, que ha presentado Raymundo Riva Palacio. 4. Una vez más amenazan a Héctor de Mauleón, pero la amenaza también se extiende a Rafael Pérez Gay, Olivia Zerón y Denise Maerker. ¿Dónde están los defensores de la libertad de expresión?

Coletilla. “Leer a Dostoievski nos recuerda que la vida humana es antes que nada diálogo”. Fabio Morábito

La palabra y el sonido

La palabra y el sonido

Sólo los seres humanos tienen una capacidad específica para escuchar que ningún animal tiene y que lo saca de los esquemas biológicos comunes. Involucra su facultad del oído, pero no tiene nada que ver con el mero funcionamiento sensible. El ser humano es el único capaz de escuchar palabras; es el único capaz de apreciar la música. Ambas actividades se realizan por medio del sentido del oído: los sordos jamás podrán saber lo que es la música, por más señas que se gasten en intentar ilustrarlos, y las señas no son, como tales, palabras. Por eso se llaman señas. Son quizás sólo partes de la sensibilidad auditiva, pero considero que son las más complejas experiencias que muestran la complejidad de esa palabra llamada sentido en el hombre.

En sentido estricto, el sonido de una palabra podría ser separado de su significado. Un niño puede escuchar a su padre discutir con su madre sobre la quincena sin tener idea de lo que quieren decirse. Pueden ser sólo sonidos, pero, aun así, los distingue del ruido que produce el choque de sus zapatos con los charcos acumulados en la calle. Quizá algo parecido suceda al escuchar un idioma ajeno. Puede que la manera en que los animales domésticos aprenden su nombre y las órdenes parezca idéntico, pero no lo es en realidad. No lo es simplemente porque, aunque distingan su nombre del sonido del timbre de la puerta, no saben lo que es una palabra. El hombre podrá no saber definirla, pero vive utilizándolas, no sólo reaccionando a ellas. Su mundo y esa facultad, introducida por medio del oído y asimilada, dotada de sentido por la inteligencia, tienen una relación de intimidad.

Los sapos tienen algo semejante al aparato auditivo, el cual, según los biólogos, no les sirve para oír. No pueden siquiera oír los gritos ni zumbidos. Perciben vibraciones por medio de sus patas. No experimentan el sonido: no son capaces de esa actividad. Don Quijote y Sancho perciben sonidos extraños, temibles, en la oscuridad, un estruendo parecido tal vez a las pisadas de un gigante. Uno teme y el otro se envalentona. Ninguno de los dos sabe a ciencia cierta lo que escucha, pero saben que están escuchando. El animal teme frente a los truenos en una tarde de lluvia, pero no sabe que son truenos. Lo que el animal y el hombre escuchan no puede ser equiparado no tanto por su reacción, sino por la diferencia en el trabajo de la inteligencia. Ni siquiera en el caso de don Quijote puede hablarse de una experiencia meramente funcional del oído. Rocinante no podía tener hipótesis sobre el origen de los estruendos. Evidentemente, ni siquiera el ruido es oído de la misma manera por ambos entes. No es sólo problema de la frecuencia de sonido para la que cada oído fue diseñado. El ruido puede aislarse, pero sólo en el caso del hombre es reconocido como ruido.

No sé si la música valga como ejemplo para reflexionar en este caso, pues es evidente que sólo el hombre ha nacido con el don de acceder a ella. La labor de la imaginación en relación con el sentido es, en este caso, muchísimo más compleja. No es ajena a la razón, como nada lo es para el ser humano, lo cual se prueba en el hecho de que hay una ciencia a partir de ella: la notación y la composición. La música está hecha por unidades. No por puntos de sonidos acumulados, sino, como en una línea euclideana, por un continuo limitado (por más contradictorio que parezca). El punto no es la única posibilidad de la unidad. Unidad, no átomo. Tanto las canciones populares como las sinfonías, con toda la enorme diferencia que entre ambas hay, poseen dicha característica.

La música queda en la memoria, lo cual se prueba por las tonadas chifladas y el tarareo, con todo y distinción básica de los tonos. El sonido que de ella proviene no se encuentra en la naturaleza. No nos engañemos, la inspiración concreta para que los instrumentos musicales y los primeros arreglos surgieran no pudo provenir del deseo de reproducir el canto de las aves. Y si provino de ahí, llevó al descubrimiento de que sólo las aves pueden graznar o gorjear y no cantar en sentido literal, sino metafórico. Por eso la imaginación intervino de manera decisiva en su surgimiento. Los instrumentos de viento y de cuerda, la afinación de una voz tienen algo que las aves no. Si las aves “cantan” es gracias a una relación con el hecho musical; el hecho musical no es gracias a lo natural. El viento no es musical hasta que viaja en esa forma cilíndrica que lo expulsa y lo retiene a la vez en distintas formas. Lo que se requirió para la creación de un instrumento fue el aprovechamiento del potencial de los materiales y el sonido, cuya organización se debe a la obra de la imaginación. Ninguna otra cosa pudo dar el orden de las cuerdas en una cítara, ni el acomodamiento de los dedos en una flauta. Nada más pudo después hacer música atonal, que no caótica, porque el caos nunca es musical.

Si es así, el gusto tiene relación evidente con la imaginación. Lo que no se puede sopesar fácilmente, es la manera en que la imaginación es educada, o si acaso es educable. Si, como los románticos creían, la música puede incidir en el “espíritu” de los hombres a partir de la guía de esa facultad de manera evidente. Esa idea se convierte fácilmente en el prejuicio burgués que Nietzsche observaba al hablar de la ópera, sin coincidir con los revolucionarios, pregoneros de la protesta. Podemos simplificar el problema de la educación y de la música por esa vía, y eso decía el hombre de Sils-Maria. Sólo puedo agregar que, hasta ahora, las diferencias en el carácter que pueden relacionarse con la música parecen apuntar, según veo, una cosa: Eros se manifiesta de manera templada hasta en el gusto. No hablo del erotismo como impulso. No hablo del gusto como reacción a la estimulación sensitiva. Hablo de algo que se hace patente en las emociones y su saludo a la musicalidad. Un rasgo de humanidad distinto a la palabra, pero no enemistado con ella.

Tacitus

Obsesión por las alturas

Con piedras de las ruinas ¿vamos  a hacer

otra ciudad, otro país, otra vida?

De otra manera seguirá el derrumbe.

JEP

Sabemos que la capital del país fue construida sobre un lago. Sobre un suelo acuoso fueron levantadas las plazas y edificios que componen la ciudad moderna. Las calles encierran lo que una vez fueron ríos  y canales; el agua continúa siendo lo que hace latir la ciudad. Los antiguos utilizaban aquéllos para desplazarse y ahora los automóviles sustituyeron las canoas. Una consecuencia indeseada de este suelo acuoso es lo endeble. Supuestamente el Palacio de Bellas Artes, cada año, está hundiéndose y la ciudad parece cumplir el mismo destino. Negados o resignados a este hecho, cumplimos los tiempos presurosos y vertiginosos.

Dicen que no sólo las paredes de la ciudad velan el pasado novohispano y mexica, la misma ciudad fue establecida sobre sus bases. Debajo de lo que vemos se encuentran enterrados siglos y siglos de historia nacional. Además de ser un dato dulce y romántico para algunos, para el mexiqueño debería resultar un problema. Según estudios geológicos, el suelo endeble y presión de las capas históricas ponen en peligro a los edificios al irlos agrietando paulantinamente. A ello contribuye la excesiva explotación de los mantos acuíferos subterráneos. Entre mayor población defeña, más tiene que aguantar la Ciudad de México*.

No hace falta ser un especialista en urbanismo para también suponer que el uso irresponsable de suelo agrava el problema. Conforme la mancha  urbana va expandiéndose, vamos acercándonos al cataclismo. El deterioro de la ciudad no solamente puede verse en las grietas de las paredes, sino también en la fractura de sus ciudadanos. Contratos y acuerdos logrados en un albazo o estudios periciales dictados en el claroscuro, traen consigo que la ciudad vaya creciendo monstruosamente. Sucede peor cuando lo autorizado es muy bello por fuera; terminamos admirados y aplaudiendo lo oprobioso. Al establecer centros comerciales, hoteles y residencias, la marabunta de personas también se establece ahí.

Mientras hacemos parecer moderna la ciudad, con sus rascacielos y monumentos financieros, atiborramos el lugar donde vivimos. Nuestro gobierno aprueba proyectos para que avancemos a paso de gigante hacia el futuro. Encontraremos la felicidad citadina cuando nos parezcamos a Barcelona o Nueva York. Cuando la vía Adolfo López Mateos alcance el renombre y olores de la quinta neoyorquina, deberíamos sentirnos orgullosos. Hablando de calles y avenidas, otro reflejo del colmo que vivimos está en el exceso de automóviles. Trabajamos con corbata para conseguir uno y así lo hacen millones de habitantes. El resultado de esto son avenidas atestadas. ¿Y cómo promover el transporte público si lo ahorrado para el coche lo irán robando en cómodas sustracciones? El tráfico es imagen de la pesadez y hastío de los capitalinos en su ciudad.

Desatender lo que sucede en nuestra ciudad, al final, nos perjudica sólo a nosotros mismos. Con buenos ojos al futuro, nos cegamos ante la torpeza de gigante que viene con nuestra altanería. Un viernes de quincena es todo lo opuesto de lo que debería ser el flamante siglo veintiuno. Las secretarías ambientales continúan en una irresponsable opacidad y mantenemos la desmesura urbana; no hemos aprendido nada de la cabalgata sombría del ochenta y cinco.

*Derechos reservados al Gobierno Mancerino.

Moscas. El periódico Reforma (XXIII/8, 293) publicó una historia encrudecedora.  Como bien señala el diario, el transportista Marco Antonio Vinicio Loera perdió todo con el plagio de su hija.

II. En estos días han llamado la atención los movimientos en las dependencias públicas. Entre ellas destaca el cambio de Tomás Zerón, personaje controversial, como secretario técnico. Ante ello se presenta una interpretación interesante.

III. El desinterés en la cultura no sólo se ve en los recortes del Presupuesto de 2017. Desde su inicio no ha podido operar con normalidad la Secretaría de Cultura. Respecto a ello, García Soto denuncia.

Y la última… Tal vez conseguimos menos de diez medallas en las Olimpiadas, pero en los Juegos Paralímpicos el país obtuvo decentemente unas quince. Enhorabuena por los deportistas.