Curiosidad

Ayer fui a la casa abandonada de la avenida Cardoso, la que no hemos podido robar. ¿Te acuerdas cuántas veces le pegamos a los vidrios de las ventanas sin que pudiéramos derribarlos? ¿O la vez que terminamos por romper a golpes la llave de percusión? Ya hasta había empezado a creer esa historia de que el difunto señor Páez guardaba la casa de todo intruso porque guardaba allí dentro una gran fortuna. ¿Te acuerdas que esa fue la razón que nos llevó a querer robarla la primera vez? Yo no sé qué me emocionaba más en ese entonces, si encontrar el tesoro o descubrir qué le había pasado al muertito. Me emocionaba mucho la idea, en ese entonces, de encontrármelo allí tirado en la sala con el cráneo roto y el rostro irreconocible por la golpiza que dicen que le acomodó su esposa para mandarlo derechito al más allá.

Bueno, pues ayer que regresaba yo de trabajar, al pasar por afuera, le dirigí la mirada a la puerta principal y la maldije por habernos roto tantas ganzúas, por habernos hecho perder tanto tiempo y seguir negándonos el secreto que esconden sus puertas de cristal. Más tardé yo en pronunciar la maldición que en lo que ella, así sin que hubiera nadie detrás, abriera sus puertas invitándome a pasar.

Anuncios

Contado ruido

Contado ruido

(con tantas ranas y con tantas letras)

 

Hace varias semanas presenté (Hacer sonar un ruido) una colección de versiones del haikú más famoso e invité a versionarlo. Hubo versiones de Cantumimbra (Haciendo sonar un ruido y Dos mitos, de creación y destrucción), Yaddir (El lago apacible), Carmín (Haciendo sonar un ruido V), Tacitus (Haciendo sonar un ruido IV y La rana en los extremos de la memoria) y Námaste Heptákis (Sonando un ruido y La historia del lago taciturno). La fatalidad de septiembre me impidió seguir con el juego y octubre nos trajo un viejo juego nuevo vía Javel, en el que ya participó Tacitus. No queriendo pasar al viejo juego nuevo sin terminar el nuevo juego viejo, propongo lo siguiente.

1. Un cuarteta cuasijitanjafórica de la rana saltarina en tiempo de la gripe

sereno soleado lago

simula silbar el viento

saltando salpica el sapo

sonoro sonar moquiento

 

2. Un haikú que reúne el juego de la rana y el juego de las cuentas

a once letras               11

les salta una rana      15

¡cuarenta letras!        14

__________

40

 

3. Mi aportación al nuevo juego

Soneto de arte menor, con descripción de su estructura formal, cuenta interna de vocales y suma final de trescientas letras. Se intitula, obviamente, “Las trescientas letras”.

Las sumas de los factores        21

los productos no alteran,         21

así las cuentas esperan            20

de todos estos valores.            19

 

Ochenta sílabas cuentan          21

entre diez versos menores;      22

rima simple, malas flores          21

sin que en la cuenta mueran.   22

 

Primero son dos cuartetos        22

con sus vocales setenta,             20

y luego van los tercetos             20

 

en que rebasan las treinta.      22

Siendo al final los intentos       24

trescientas letras la cuenta.     25

________

300

 

¿Alguien más quiere jugar más juegos?

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. El jueves siguiente se cumplen 37 meses de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa. En agosto, los funcionarios de la PGR se habían comprometido a presentar avances de la investigación en octubre. La dificultad de septiembre y los cambios dentro de la procuraduría dificultan creer que los funcionarios cumplirán su palabra. 2. Una historia conmovedora. El señor Santiago Nieto trabajaba para el PRD cuando se postuló para Fiscal Especial de Investigación de Delitos Electorales. En la postulación olvidó, ¡ay!, señalar que recibía sueldo por parte de quienes tendría que investigar. Y fue votado, ¡ay!, por los mismos perredistas que lo tenían contratado. Tras la renuncia del Procurador Cervantes, el señor Santiago Nieto filtró al diario Reforma información confidencial sobre una investigación a su cargo. Tras la filtración, el abogado del investigado divulgó el documento que el fiscal había filtrado y… ¡ay!, los documentos no coinciden: o mintió el fiscal que filtró ilegalmente el documento, o mintió el abogado. Ayer fue depuesto el fiscal. Los perredistas fueron los primeros en defenderlo alegando que la destitución del fiscal que infringió la legislación enturbia las investigaciones. Ha nacido el nuevo “mártir”.  3. La exitosa administración de Eruviel Ávila en el Estado de México fue premiada con la dirigencia del PRI en la Ciudad de México. Ávila Villegas llega encaminado por un purpurado que espera cerrar el paso al sucesor natural de Norberto. La relación elecciones e iglesia más complicada que nunca. 4. Urge que “los jóvenes con iniciativa” que verifican información “objetivamente” se pongan a trabajar en la revisión de la renovación de credenciales de elector tras los sismos de septiembre, pues al permitirse la reposición extraordinaria sin identificación, el próximo año el candidato perdedor usará la reposición como evidencia de fraude. Chin, cierto, “los jóvenes con iniciativa” no tienen iniciativas contrarias a los intereses del candidato perdedor. Qué mala suerte. 5. Hay que leer a Juan Villoro y su reflexión sobre el imperio digital.

Coletilla. “Los escritores entrañables nos confirman que no estamos solos”. Jorge F. Hernández

Meditación sobre el hombre cristiano

Meditación sobre el hombre cristiano

Hace mucho que en lenguaje popular se ha establecido que existe un interior. Esa oscura masa de palabras que hacen de la ética el conocimiento de la conciencia del éxito, la renuncia y la relajación son hoy un camino que todo intelectual fácilmente repudia. ¿Cómo este repudio puede subsistir sin su base ilustrada, que a la vez pide que no se corrompa el entendimiento de la consciencia, que es, a fin de cuentas, una especie de desarrollo espiritual de un interior, cuyo carácter se va comprendiendo a través de lenguaje? La ilustración nos abrió los ojos, dicen, a la existencia de la conciencia: abrió el diálogo entre el conocimiento de la naturaleza y el espíritu. La conciencia es imposible sin historia, y la historia torna innecesaria sin una certeza sobre la orientación del hombre a partir de dicho descubrimiento. El interior del hombre es el jardín de la Ilustración: la historia se juzga mejor una vez se distingue el exterior con la posibilidad de asimilarlo. El exterior parece el evento ajeno; la Ilustración basa su comprensión de la conciencia humana en la tensión que su libertad tiene con la naturaleza, cuyo aprendizaje habla en la voz de lo necesario. El hombre “hace” la historia es un enunciado que parece imposible de juzgar fuera de nuestro aprendizaje básico sobre la conciencia, que apunta al problema de la razón en tiempos modernos. El nihilismo, así, no necesariamente es un problema originado en la falta de normas, en la disipación de la conciencia. El nihilismo se muestra mejor en aquello que Nietzsche describía como la enfermedad por el exceso de la historia: el instrumento que, en la aparente intensión crítica, oscurece la posibilidad de preguntar y responder sobre el supuesto hacedor. ¿En qué sentido la historia es un hacer?

La complejidad de la razón es también un problema político. Creemos actualmente que no hay posibilidad alguna de ser racionales en el aspecto político, aunque extrañamente no seamos nunca ajenos a la política. La razón está, decimos, en bancarrota: la enseñanza práctica más elemental es que el acto se guía sólo por opiniones. Pero la política siempre ha sido la arena más ardorosa de las opiniones. El ágora es el elemento en donde brotan las cuestiones más acuciantes para la moralidad de todo hombre. El interior moderno no es lo mismo que la consciencia de los hombres cristianos. La consciencia del cristiano tiene la radical problemática de que es un saber articulado a partir de la revelación. La consciencia del cristiano es un saber cuya articulación no hace del interior el escenario de Dios. La consciencia del cristiano sería mero dogmatismo si no supiera que la relación con Dios está en su naturaleza: en su ser hombre, palabra que la consciencia no acaba sólo en la distinción moral. La consciencia tiene una relación con el alma, que sólo se piensa adecuadamente tras la encarnación. El interior moderno no es la interpretación del alma, ni su secularización, sino la tesis más opuesta, que termina por difuminar la posibilidad de comprendernos racionalmente (en el sentido actual) como alma. No hay alma ahí en donde es lo mismo que la conciencia. Se difumina el alma porque el alma no es interioridad: es la inteligibilidad de la vida; la consciencia es posible por esa inteligibilidad. Quien niega la inteligibilidad el mundo impide la posibilidad de saber de sí: yace en la oscuridad de su conciencia Ilustrada, naufragando entre la fe moderna y la historia del hombre.

La consciencia no puede ser ajena a la razón. El problema más grave es poder distinguir eso de la interioridad racional. La posibilidad de la consciencia está representada por el amor cristiano. No es un concepto que describa sólo los actos morales del cristiano: es la raíz de su sentido entero, porque es lo que le permite conocerse. Conocerse a sí mismo a la luz del pecado, que no es posible sino por el Bien, es amor, no castigo. Por eso no es imposible ni antinatural el cristianismo. Su verdad yace no en probarse sólo en ciertos actos. Los actos deficientes se comprenden a partir del amor. No usa una vara muy alta, sino la medida más justa. El Bien no es la abstracción moderna, ni yace oculto en la oscura elección predestinada. Que Dios se haga carne es prueba del amor: la predestinación es todo menos caridad. La interioridad de la voz de la conciencia hace irrelevante al lógos, que era en un principio y se hizo carne. La consciencia es posible porque la relación con Dios es lógos, hecha presente en el acto del amor que es la violencia sobre la carne del hombre. El amor no intentó cambiar el mundo. No “hizo la historia”. Por eso la historia moderna no es tampoco interpretación de la consciencia. La encarnación es un hecho único e irrepetible. Comprenderlo es posible sólo si se ve que el amor es todo menos silencio divino y si intentamos pensar esa ausencia de silencio más allá de un destino.

¿Cómo es que la fe conlleva el dar lógos? ¿Cómo el Bien no es una construcción? Volvamos a la relación del alma y la consciencia. El intento de hablar del saber de sí no debe hacerse ajeno al autoconcimiento, que no es necesariamente consciencia y del cual el alma es apenas una dimensión. La consciencia parece siempre un término moral para el saber del mal y el bien, para la distinción de términos morales. Pero fácilmente se ve que eso es limitado: la moralidad de la consciencia es imposible si la fe no da razón. El problema de la consciencia del hombre no se alumbra si no comprendemos que el conocimiento del Bien no es posible sin la presencia de Dios en el hombre. No es que Dios esté en todo hombre, que se haga visible a través de sus actos; saber de sí no es descubrimiento de la riqueza de la interioridad de los movimientos del alma, sino la posibilidad de comprenderlos a partir de Dios, que es razón. La verdad de la consciencia no expresa el conocimiento del yo: lo aquilata confrontándolo en el lógos divino y humano, cuya frontera yace en el mismo hombre. No es la consciencia la divinización del individuo, sino el radical conocimiento de la posibilidad de la verdad fuera de los sótanos de la conciencia. Lo anterior no debe interpretarse como si la disolución del yo fuera una negación de la materia, lo cual llevaría de nuevo a la incoherencia del lógos, sino su elevación. El saber de sí cristiano no “hace” al hombre: intenta comprender qué significa haber sido creado. Esa comprensión aborda el misterio de la trinidad. Sin la relación trinitaria y unitaria la consciencia sería sólo eso que queremos y admitimos: aclaración de la interioridad. La difuminación del yo como sujeto no es sacrificio de la razón. La consciencia es más que la superación de la individualidad en la dialéctica con el mundo exterior. Quien se comprende como consciencia sabe que ese es un dilema falso.

 

Tacitus

La hipotenusa de la medusa

A menudo sufrimos el mal del insomnio. A altas horas de la madrugada no logramos conciliar el sueño. La oscuridad alrededor de nosotros es imagen de la oscuridad interna; nos sentimos perdidos, sin ver nada y a veces con la angustia de todo ser irreconocible. El mundo es difuso, con ojos cerrados o abiertos. El alboroto de recuerdos y pensamientos nos invade horas antes del amanecer. Hay personas que cambian el confesionario por su propia cama, otras enumeran perennemente sus pendientes y obligaciones. Algunos pocos se inspiran y hacen poemas:

3:33 a.m.

Difusa la musa
a estas horas de la madrugada
cargado de besos y de nada
descubro la hipotenusa
de la medusa

Difusa la masa
El humo turista en mis entrañas
araña con sus uñas mis arañas
y cada hora que pasa
me traspasa

El anterior poema pertenece a Llegaremos tarde a todo de Fernando Rivera Calderón ( el último suplemento Laberinto presentó el mismo extracto del libro). El título nos sitúa a esa hora intermedia. Quien se jacta de sobrevivir a la una o a las dos, a las tres duda de su capacidad. Deja de resistirse y desafiar a la noche. Para el fiestero casual es trompeta de retirada; para el pachanguero, última escaramuza antes de morir. Aquí, el madrugador oye a la musa y se carga de besos: le recita romances y baladas incompletas, reta a su corazón y memoria. Sin embargo sus palabras se revuelven y acaban en nada. En vilo, confunde susurros con esquizofrenia. Su imaginación tocada por la musa lo lleva a descubrir la hipotenusa de la medusa. Eso que llaman la realidad material, sometida a la claridad, se desvanece ante la vaguedad de la musa. El madrugador rompe su límite y comulga con su hallazgo. Pierde peso, pierde su propio cuerpo. Se sublima en ritmo y sus entrañas son silbido que pasea como turista. La madrugada avanza y avanza, pero ya no hay indicio de angustia. Se hace inmune al tiempo que rige la realidad material; invulnerable a las horas que pasan y pasan.

La oscuridad dispersa atraviesa y el humo la atrapa. Se invierte la sublimación en versos y estrofas. Un instante de insomnio es traducido en golpeteo rítmico. El hallazgo de la hipotenusa de la medusa tiene que ocurrir en medio del poema; es el centro del instante. Leer el poema exige entender lo que se dice. Saber el significado de sus palabras, percibir la jovialidad de Rivera Calderón, imaginar la escena. El absurdo se ordena con la lectura. No siempre es el antagónico definitivo de la razón. El poema enfrenta una manera en que entendemos lógica. Mediante geometría analítica es imposible saber la hipotenusa de la medusa. Mediante poesía, sí. En ambos interviene el intelecto humano. Después de leerlo, numerosas preguntas vienen: ¿toda alteración lógica es ilógica? ¿Por qué podemos comprender lo difuso? ¿El lenguaje del corazón dice más que el de la razón? ¿La deriva de occidente nos obliga a plantearnos un nuevo amanecer del pensar? Golpea de nuevo la musa difusa.

 

El infierno de la traición

Y Jesús le dijo: ¡Oh Judas! ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?

Lc 22.48

El infierno de la traición, se lleva al traidor y al traicionado, especialmente si el segundo se deja dominar por el rencor, ya que ese dominio sólo conduce a morir por la espada.

Se dice que Jesús fue traicionado, pero él salió del infierno al tercer día. También se dice que Julio César murió apuñalado, y que el último golpe se lo dio su hijo Bruto.

Jesús, siendo la perfección de la ley que se rige por el amor, perdonó a quienes lo crucificaron, pero a César le fue bien al morir: ya no hubiera podido vivir con la desconfianza de ir al senado, y es que al César no le es dado perdonar porque su ignorancia lo hace ciego e incapaz de ver la desconfianza que ha sembrado.

Maigo

Lo bueno de los universitarios

Para entender el estado moral en el que se encontraban los universitarios, un profesor tuvo a bien hacerles una serie de cuestionamientos a sus alumnos. El más importante fue: da un ejemplo de un héroe. Sin percatarse de la importancia del asunto, los estudiantes anotaban los primeros nombres que se les venían a la cabeza, destacando las figuras de superhéroes de tiras cómicas. El profesor no contó sus impresiones a detalle, sólo se limitó a sugerir lo lejos que estaban los alumnos de un alto nivel académico de entender la virtud y la importancia de entender el asunto. ¿La culpa será de los estudiantes que poco se preocupan en ser buenas personas?, ¿la educación tiene en poco estimular lo bueno en las personas y se limitan a hacerlos productivos?, ¿qué pasa con el sistema educativo de cualquier país si lo bueno lo iguala a lo útil? El cuestionamiento del profesor también intentaba medir la calidad educativa.

Así como los superhéroes son seres con poderes y bondad desmedida, ajenos por completo a la realidad, podemos suponer que no hay personas superiores que destaquen por sus cualidades morales. Es decir, ya no existen personas a las que les preocupe ser buenas para su comunidad y la respuesta de los estudiantes lo evidencia. No parece claro que, ni las personas que viven en los más altos niveles académicos, se sepa qué distingue a una buena persona de una mala persona. Por un lado creemos que todos somos iguales; destacar a alguien sería sobajar a los demás. Por otro, las personas destacadas no lo son por el beneficio que le hacen a su comunidad, sino por el beneficio que se hacen a ellas mismas, aunque dicho beneficio sea perjudicial para la misma comunidad. Un poderoso de altos niveles académicos es una persona distinguida, aunque sea un corrupto y pueda tener tratos con el crimen organizado. La doble dificultad que enfrentamos nos hace estar casi ciegos para actuar bien.

Una tercera dificultad para entender en qué consiste actuar bien, y cuál es el ejemplo que tenemos de ello, se nos presenta: el cuestionamiento de nosotros mismos. La pregunta por el buen actuar no se puede realizar adecuadamente si no cuestionamos la probidad de nuestras acciones. Dar por sentado que lo que hago en cada ocasión es bueno deja en las sombras lo bueno de dichas acciones, pues no tenemos posibilidades de saberlo. Por ello es importante el cuestionamiento particular, de cada acción. Evidentemente, al cuestionar cada acción se asemejan las acciones una a otra, pero lo difícil es saber qué tienen en común las acciones entre sí, además de que una persona es quien las realiza. Quizá pensando en la finalidad de las acciones se pueda encontrar algo que las unifique. Tal vez esa sea la única posibilidad de comenzar a entender qué es la virtud.

Yaddir

Gazmoñerismo #76

“Olvidó hasta su nombre”, dijeron. Pero no se daban cuenta de que ese caminar constante, ansioso, obsesivo -siempre en el mismo lugar, siempre de un lado al otro-; de que esa terquedad de no cambiar de sitio, de dar los mismos pasos en los mismos lugares, era el último recurso de su alma para deletrear en cada paso su apellido.

Gazmogno