Miriam

La grandeza de una vida se aprecia en el recuerdo por ella dejada.

La grandeza de un pueblo se ve en la justicia que lo rige. Y la grandeza del individuo que forma parte del pueblo justo se distingue en los actos que recuerdan a las vidas de los justos que vivieron con amor y grandeza.

 

Al partir, Miriam dejó más alegrías que tristezas y un recuerdo de justicia que no perecerá.

Maigo.

 

Maigo

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Partidismos

Los partidismos han hecho de la política una imagen. Cada partido, desde su propia trinchera y bajo sus propios ideales, cree saber lo que es mejor para el Estado del que forman parte. Dado que su creencia sería ineficaz sin partidarios, es decir, sin poder, deben profesar en cada rincón que sus ideales son los mejores. No contentos con manifestar sus ideales y tener el poder que estos les pueden otorgar, deben cuestionar al adversario para quitarles a sus allegados. El nivel de política del país indicará el nivel de crítica al adversario. Si se usa la palabra para criticar rasgos físicos como defectos políticos, la palabra refiere la imagen de la imagen.

El mayor defecto de los partidarios es creer que su partido es perfecto. En toda estructura partidaria, principalmente si no es ajena al poder político, hay una posición con respecto al poder que difícilmente es usada de la mejor manera. Un político con posibilidad de hacerse la vida más fácil sin que otras personas se enteren, ¿dejará de hacerlo por honradez? Quizá el político más visible dentro del partido tema que los demás se enteren y pierda apoyo si comete alguna canallada, pero esto no es ajeno a sus colaboradores o a gente con menor visibilidad y de menor influencia en el poder. ¿La vergüenza podría ser rival de la tentación? Ante esta situación, el partidario tiene dos opciones: cegarse y atacar a los otros partidos rivales o engañarse pensando que todos los políticos son iguales, y que cualquier persona en su situación haría lo mismo, pero a los que apoya son menos malos; no puede cambiar la perversa naturaleza humana, pero preferirá al naturalmente menos malo. El mayor defecto del partidario es que difícilmente criticará a su partido, con lo que estará mostrando una postura anti política.

El partidismo, aquello que nació como una manifestación política de la pluralidad que se vive cotidianamente entre los ciudadanos, se ha degradado si se reduce al ataque. La irracionalidad del ataque entre los partidarios, dejando de lado aquellos que sólo buscan obtener algún beneficio tangible y son votos seguros para sus partidos, quizá tenga que ver con la irracionalidad de sus anhelos de cambio. Pero hay que entender la situación política o al menos el modo en el que se ve dicha situación, es decir, no hay que sorprenderse que, cuando la violencia ha llegado a niveles incomparables, se confíe en un partido distinto del que ostenta el poder, algo semejante pasa cuando se vive en una situación de extrema pobreza; el gran problema ante ello es si el combate a la violencia y la pobreza no excede los intereses de los partidos, pues al hacerlo les achacaría enemigos poderosos a los representantes de dichos partidos. Si bien el partidismo desata mucha pasión, enemistando a las personas, quienes representan a sus partidos difícilmente darían su vida por sus ideales. El mayor problema de los partidismos es que los políticos prefieren beneficiar a sus partidos antes que al Estado.

Yaddir

¡Celébrese!

Este blog acaba de cumplir sus nueve años. Son nueve años personando letras, apalabrando ocurrencias, letreando tonadas, conviviendo concordias, sugerencias, juegos, y todo lo que se nos viene a los dedos en broma y en serio. El nueve es un número bello por la proporción de sus partes con el todo (es tres veces tres), los dígitos de su cuadrado (nueve veces nueve) suman nueve, porque forman el ochenta y uno, y la frase nueve años tiene nueve letras; pero además, nueve es el número de integrantes de esta gran banda bloguera. A veces harmonizamos tocando notas que caen como gotitas pacientes, y otras más bien nos salimos de tono e improvisamos por unos compases en la disonancia como manantiales de jazz. Es verdad, también nos metemos en laberintos de acordes y fraseos, pero siempre es con esperanza de encontrar la salida. Y como cualquier banda que se respete, ensayamos mucho, que por etimología es algo así como andar pesando para probar qué valor tienen las cosas (con todo el pesar de empujarlas si no tiene uno una balanza). Con cada ensayo, esperamos darnos a entender mejor (o cuando menos, darnos). Y cuando hemos estado tomados, aunque sea un poco, por el pánico escénico, siempre hay quien devuelva la atención a la música y disipe el mareo. Eso, claro, si no resulta que es la música la que tanto nos marea como a quien da vueltas a ciegas y aspavientos a ver si mientras denuncia la fealdad de pronto se topa con la belleza. Dicho todo, pues, dialogamos. Y el concierto empezó así, siendo guisa del diálogo. Por más plan y acuerdo que haya habido, nos encontramos con el diálogo ya ocurriendo. El canto ahí está y nosotros vamos descubriendo la melodía. Bueno, esto es un decir; pero todo lo humano es un decir. Nos mantenemos queriendo decir, queriendo sonar; y no diciendo lo que sea y dándole a este blog larga continuación nomás por el gusto que algunos tienen de la longitud, sino queriendo sonar bien. O más bien, queriendo sonar mejor. Es igual con la vida entera, que es buena por las ganas de vivir bien. Que el concierto sea concordancia y convivencia. Este aniversario es motivo de gusto, de amistad y de celebración, pues siendo tantas las tonadas y tan diverso el ritmo, estamos sin embargo juntos confiando en la palabra, queriendo vivir bien.

Desolado

Después de haber asistido a tantos entierros en el cuartel, don Alfonso, por fin olvidó lo que era aplaudir de alegría.

Ociosidad civilizada

Ociosidad civilizada

 

Leemos los libros de memorias porque testimonian las vidas de los grandes hombres. En los casos más afortunados, una vida ejemplar es narrada de manera ejemplarmente bella: pleno dominio del estilo, prosa insuperable, íntima complicidad con el lector. En otros casos, hurgamos las memorias espigando los detalles de una andanza, recreando un episodio o confirmando las sospechas. Hay, además, algunos pervertidos que se ufanan de saber mejor las vidas ajenas que las propias y que escrutan los renglones memoriosos verificando, corrigiendo, censurando… incluso inventando (con mal genio, por supuesto). Y hay otros que leen las memorias de los miembros de su gremio con un ánimo ritual, iniciático, como queriendo comenzar la historia, como aspirando a superar el estado tribal del profesional lustroso. Leer por puro gusto unas memorias es, finalmente, un paseo amistoso en la única red social real: los libros. Porque hay una gran diferencia entre la ociosidad del lector hambriento de memorias y la avidez famélica del chismoso que estalquea insomne. El lector podría probarlo leyendo las apetitosas Memorias de cocina y bodega.

         Publicadas hace 65 años, Memorias de cocina y bodega es un festín de la pluma alfonsecuente. Vano es señalar que el libro está escrito con una prosa insuperable. De más está recordar al lector la plena cultura de Alfonso Reyes. Tampoco se haría justicia alguna al libro si se invoca aquí el lamento frecuente por el olvido de los textos –que es filisteísmo cultural puro. Un libro impecablemente escrito por un hombre que sabía de todo, pero que tiene fama de hombre muy serio y totalmente ajeno a los excesos y divertimentos, será necesariamente un libro empolvado. El lector de nuestros días no tiene tiempo para una ociosidad civilizada. Si el lector de nuestros días no tiene tiempo para los placeres de la mesa y los deleites de la sobremesa, menos tendrá el ocio espiritual para regocijarse con los recuerdos gastronómicos de don Alfonso. Leer Memorias de cocina y bodega por el puro gusto de amigar los placeres es casi estrafalario en nuestros días. Pruébelo el lector, vale la pena.

         Memorias de cocina y bodega es la memoria civil de Alfonso Reyes. Y no lo digo como exageración. En el libro, Reyes consigna el panorama gastronómico que sus andanzas por el mundo le permitieron conformar. Las cocinas francesa, española, brasileña, argentina y mexicana constituyen un vitral por el que la inteligencia de don Alfonso ilumina lo humano. ¿Qué pasa si vemos la amistad francesa, inmortalizada por Flaubert en La educación sentimental, a la luz de una asociación gastronómica que tenía por finalidad construir el mapa del maridaje de París? ¿Qué nos dice el olvido europeo del vino riojano comparado con las campiñas españolas descritas por la mirada minuciosa de Azorín? ¿Habrá emoción mayor para un provinciano de Monterrey que la anagnórisis del cabrito brasileño? ¿Dónde quedó la sabiduría mexicana que podía distinguir una taza de café rojo de una taza (con bigotera) para chocolate y despreciar el café a la americana –que es negro-? Nótese: la amistad como aventura del maridaje, el nacionalismo como mirada interior, la provincia como símbolo del cosmos, los buenos modales como formación del gusto… ¡Ociosidad civilizada!

         ¿No es exagerado considerar a la gastronomía como el orgullo de la civilización? ¿No es lo políticamente correcto asignar ese lugar a los derechos humanos? ¿O quizás a la libertad? Precisamente por eso es importante la enseñanza alfonsina: la dignidad no se concede con una declaración, la libertad no es un mero estado social. Lo mejor del hombre es aquello que lo hace más real, más plenamente humano: ahí, a la mesa, dando lugar a la amistad, a la palabra, a la creatividad y a la vida. ¿O no siente el lector que come rápido, solo y sin sobremesa, que le falta la vida, la creatividad, la amistad y la palabra? Memorias de cocina y bodega es un lujo para la vida en tiempos de supervivencia.

 

Námaste Heptákis

 

La letra yerta. Habrás visto, lector, que utilicé el término amigar. Si bien también existe amistar, algún laboratorio lo ha tomado para nombrar un fungicida. De alguna manera eso es una paradoja amistosa.

Escenas del terruño. 1. Qué raro. Si usted leyó hoy Milenio diario, se enteró que ayer el presidente Peña tuvo un bonito evento en Querétaro. Si usted leyó hoy Excélsior, se enteró que en el bonito evento hubo una protesta por la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, pero que los presentes no pudieron escuchar lo que el presidente dijo a la que protestó. Si usted leyó hoy El Universal, se enteró que el presidente le dijo a quien protestó que el caso de Ayotzinapa es un asunto cerrado. Si usted leyó hoy La Jornada, se enteró de la trayectoria política de los papás de la que protestó y que el presidente le dijo a la que protestó que considera que los 43 están muertos. Y si usted leyó hoy Reforma, se enteró que la que protestó dijo que el presidente dijo que “él cree que la investigación está cerrada y desgraciadamente los 43 estudiantes de Ayotzinapa fallecieron”. ¿Realmente dijo eso el presidente? Al menos hay video en que la que protestó afirma lo que le dijo el presidente. ¿De veras dijo eso? Si lo dijo, quizás sea la declaración más irresponsable de su administración. 2. Hace dos semanas señalé que la reunión de seguimiento del caso de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa se postergaría hasta febrero “a fin de presentarles a los familiares a un funcionario nuevo en el seguimiento del caso”. Ahora sabemos que el funcionario será Rafael Adrián Avante Juárez. El nuevo funcionario sustituye a Roberto Campa, con quien comenzó a trabajar en el sector público; de Profeco, Avante Juárez pasó a la Secretaría del Trabajo, a donde llegó de la mano de Javier Lozano Alarcón -quien esta semana renunció al PAN y se unió a la campaña de Meade-. ¿Queda claro qué función tendrá la Subsecretaría de Derechos Humanos de la Segob? 3. Señores, aquí hay nota: el Fondo de Cultura Económica acaba de lanzar una nueva serie de libros dedicada a exponer las reformas estructurales del gobierno en turno. ¿Quiénes son los autores? El equipo de José Antonio Meade. El salinista que dirige el FCE también juega en la elección. 4. Alejandro Hope proyecta el escenario optimista en las tasas de homicidios para el siguiente sexenio: si bien nos va, estaremos igualando los números de la masacre en tiempos de Felipe Calderón. Si bien nos va… 5. Sé que a muchos emocionó el anuncio que dio el lunes Javier Corral. A mí me preocupa lo otro de su anuncio. Primero, si no es un acto electoral, ¿por qué lo acompañaban fraguadores del Frente como Creel o Castañeda? ¿Qué hacía ahí el tramposo y mentiroso de Nieto? ¿Cuál es el papel de la oportunista del eterno suéter negro de cuello de tortuga? En segundo lugar, ¿así tan fácil se cierra el caso del asesinato de Miroslava Breach? ¿Avalan el carpetazo todos los que ahora celebran la “valentía” de Corral? Y sobre todo: ¿cómo está eso de que el gobierno de Chihuahua le hace el favor al gobierno federal de colaborar en el combate al crimen? ¿Cómo celebrar que un gobernador diga que por buena onda va a combatir al crimen en su estado? Una cosa es que nos moleste el PRI, otra que seamos descarados. 6. La semana pasada comenté la maña de la memoria selectiva del doctor Lorenzo Meyer en un artículo de Reforma y ponía como ejemplo el caso del culiatornillado Pablo Gómez. Al día siguiente me encuentro en Revista R, de Reforma, el “testimonio” de Pablo Gómez a 50 años del 68. Curioso que las palabras de Gómez coinciden casi literalmente con las Meyer. ¿Quién está escribiendo el guion? Curioso que en el perfil del culiatornillado los de Reforma olvidaron, ¡oh veleidosa memoria!, señalar las muchas curules -“curulero”, José de la Colina dixit– que Gómez ha ocupado, o que su participación en el movimiento del 68 fue como infiltrado de un partido político, que por eso él habló del logo que refirió al periódico. Insisto, ¿para qué están rearmando de ese modo la historia?

Coletilla. Gran esfuerzo y gran trabajo: un ensayo diario por cada canto de la Divina Comedia.

Perfil

Perfil

El amor se expresa en los silencios que buscan no apurar el misterio de otra alma. En la palabra, perfila la existencia de lo bello, que inunda hasta ámbitos de lo vulgar, afirmando un peligro latente, una confusión al filo del placer en la imagen. Que esto último no nos confunda: las imágenes son placenteras, pero es la imaginación y, por ende, nosotros quienes con ellas nos deleitamos. ¿Es que la diferencia entre lo noble y lo reprobable es meramente estética en la imagen? ¿No es eso un atropello de esa facultad que ilumina y nos extravía en el amor? Difícil es separar los mitos que elaboramos en torno a nuestro erotismo de la posibilidad de que sea él la sede de la verdad en nuestra vida. Las discusiones sobre lo exterior y lo interior manifiestan algo extraño: ¿qué justificó separar ambos ámbitos para decidir sobre dos bellezas distintas? ¿Qué hay en un rostro bello que pueda compararse con lo que llamamos un alma bella, si según esa misma distinción parecen corresponder ambos ámbitos a dos categorías distintas?

Parece que la separación obedece al fenómeno de lo visible: lo interior se manifiesta de manera distinta, es, en relación a lo ocular, invisible. Esa distinción es insuficiente, porque lo bello, como señala la pregunta por su ser, no es una cosa. Es lo bello, extrañamente, lo que permite señalar a las cosas bellas. La educación tiene algo que ver con la experiencia de la belleza, pero ella no puede producir la idea misma de lo bello. La belleza de un poema espera de esa capacidad para acariciarnos en ágil comunión: se nos escapa cuando vemos sólo la métrica, y también si aislamos el sentido de la estructura, el sonido y el sentido. La composición siempre es teleológica porque tiende a la unidad, incluso en los experimentos más extremos. Lo bello no se goza por acumulación: el mundo se aclara y se revive desde la visibilidad primaria de lo bello, ámbito del hombre. La producción y los actos son signos en los que el hombre habla esa constante. La poética del amor y su cursilería serían inútiles e inefectivas sin la complacencia amorosa por una sonrisa, por la repercusión afortunada o desafortunada que nuestras señales tienen en otros. Son esas repercusiones las que buscamos.

¿Hay medida alguna para el amor? El hombre la ha puesto siempre. El mero hecho de decir que hay diferencia entre el amor y el sexo, por la cual el acto sexual no debe interpretarse como señal de enamoramiento es una especie de medida. La tendencia a relacionar lo bello con la pregunta por lo bueno es tácita: tan incuestionable para nosotros resulta cada palabra por la misma razón. No hará falta mucho pensar para reconocer que nuestras desilusiones no sólo esconden la verdad de nuestras expectativas: nos equivocamos en juzgar lo que es deseable al perseguir lo eficientemente reconfortante. Lo que nos reconforta tiene siempre la máscara de lo mudable: de ahí la idea manida de que la infelicidad es una constante. Extraña cordura es esa la de quienes reducen la belleza a la sensación aislada. Es razón profunda la que asocia la vanidad a la visibilidad de los rostros bellos: alcanza el dominio de esa voz que se debate cada día por el otro, por la imagen ante el otro, por el ser de lo que perseguimos, llorando en los fracasos, sonriendo ante los éxitos.

 

Tacitus

Buen y mal año

Ocurre algo usual y extraño al filo de Año Nuevo. En las últimas horas, incluso días, del año por terminar, sobrevienen todos los acontecimientos desafortunados. Nos volvemos pesimistas, aun por esos momentos. Los recuerdos y vivencias se enmarañan y nos provocan una honda lamentación. Cada diciembre parece que concluimos el peor año de nuestra vida. Curiosamente pasa lo contrario horas después. El escenario lóbrego se enciende y tenemos la mejor disposición para el año que estamos a punto de comenzar. Quizá de ahí viene el entusiasmo por nuevos proyectos. Con esa alegría, nos sentimos capaces de todo. En el crepúsculo, nos hacemos pesimistas; en el alba, optimistas.

Nuestra poca reflexión sobre lo que vivimos, nos hace presa fácil para la decepción. Las penas se acrecientan al simplificarse nuestros actos. Sin una meditación cuidadosa, prevalece lo que sentimos. Fácilmente caemos en el engaño de las primeras impresiones. Análogamente sucede lo mismo con las expectativas en el futuro. Sin considerar las complejidades de cada acto, el entusiasmo se apodera de nosotros. Miramos como gigantes el horizonte, creyendo que lo mejor es lo impresionante. Descuidamos las noblezas sutiles de nuestros actos.

De igual modo ocurre con la maldad humana. Se filtra en nuestra vida sin advertirlo. El gran entusiasmo deslumbra y esperamos lo contrario en iguales proporciones. Los actos perversos se pierden en las expectativas acrecentadas. En su torpeza, el hombre moderno ve la virtud en la magnificencia. Las grandes empresas constituyen su felicidad, así como las desgracias sólo están al poner en riesgo su vida. En su moralidad, es lícito cualquier acto mientras no lo lleve a la muerte. Su ceguera política lo lleva a creer en las conspiraciones. Lo desproporcionado lo amedrenta. Sin embargo, el mito esconde lo atroz del mal; es una versión cómoda para mantenerlo alejado.