Normalidad en el trópico

Temblando por la fiebre, el hombre pedía que por piedad le sirvieran algo de atole, sentía bajo su espalada el frío de la tierra, veía en los demás los ojos llorosos, con miedo,  con culpa y con tristeza, si no había atolito, un té, lo que fuera que ayudara a calmar su dolencia.

Sentía el pobre cristiano el abandono y de los sacramentos la ausencia, ante sus súplicas los demás sólo respondieron con tierra.

Como ese pobre hombre que hace cerca de 100 años moría, muchos ahora piden con sed algo de piedad o de justicia, como a ese pobre hombre que angustiado se despedía muchos con angustia se van de esta vida.

Y los de afuera de la tumba, que al principio con tristeza se veían después sólo recordaban y a la nueva normalidad que dejaba la gripe española tras de sí se acostumbraban.

¿Nos iremos a acostumbrar nosotros, mientras el cinismo de unos cuantos se pavonea libremente por el trópico?

Maigo

Algunas preguntas tuiteras

¿Dónde se podrían discutir los problemas que le importan a una ciudad, a todo un país, si no es en Twitter?, ¿una red con tantos usuarios podría concitar algún acuerdo que satisfaga a la mayoría?, ¿a quién le habla un usuario de latinoamérica con más de diez mil seguidores cuando comenta su postura, supongamos, sobre el racismo?, ¿qué pasa con todos los que se quedan afuera de la discusión porque no tienen una postura sobre ninguno de los temas en pugna, porque no es un problema para ellos?, ¿y qué pasa con las personas que no tienen acceso a internet, que no cuentan con una computadora o un smartphone y que a veces ni siquiera tienen acceso a la electricidad?, ¿así como hay usuarios que se asumen líderes de algún grupo, o de alguna opinión, los que tienen acceso a un dispositivo e internet para tuitear son la voz de los que no pueden alzar la voz?, ¿para qué opinar si la opinión no conduce a alguna reflexión, a algún acuerdo o a algún plan de acción?, ¿alguna de las llamadas minorías vive mejor desde la aparición de Twitter y la popularización de las tendencias?

Yaddir

16 – El ensoñante

Le pedí dos cafés para llevar. En el mostrador había una variedad de panes, muchos de ellos con queso gratinado, con especias y cebolla o salados solamente. Al fondo la música desconocía las restricciones de los trastes y los tonos enarmónicos. Sobre la barra, una dulcera decía «tome uno, son gratis» ofreciendo lokum anaranjados, esos dulces cúbicos, muy parecidos a los borrachitos (aunque sin alcohol) por su suavidad con algo como la resistencia de la goma, pero sólo al primer momento. Como cede esa dureza, así también se diluyó su sonrisa a poco de contestar que con gusto. Tomó el grano, lo vertió en la máquina y mientras lo molía parecía herir el muro con su vista. ¿Qué se revolvía en su interior?

Había leído esa mañana una carta de su hermana con noticias enigmáticas. Su padre, un hombre impulsivo y de cambiantes convicciones, había anunciado su salida del país en que había vivido sus más de cincuenta años. Nunca había estado en otra tierra. Nunca había sentido con sus manos la incertidumbre de gestos natos que frente a alguien ajeno pasan de transparentes a conspicuos. Sabía del peligro. Lo había escuchado. No sabía del peligro. Nunca lo había vivido. Se topó con la decisión de súbito y, sin embargo, había sido predecible, según la descripción de la hermana. Para mí las palabras de cualquiera de ellos hubieran significado poca cosa. Su lengua me era extraña, tanto como a casi cualquiera aquí. El dueño del café pasaba por turco porque era lo que esperaban sus clientes, lo que veían en él, lo que era más fácil. No se esforzaba, no «se hacía pasar»; pasaba. Era más bien un silencio que fomentaba la inercia del hábito al pensar. ¿Y cómo repararía alguien en diferencias que no puede distinguir? De Turquía, entonces, a efectos prácticos, aunque su país fuera otro. Ni siquiera reconocido por los más poderosos; pero no era él uno de los que había luchado por ese reconocimiento. Se había ido. Los hombres que trazan fronteras son niños hendiendo la tierra con el dedo. Unos declaran que un valle es un reino, que un río es el confín de la ley, que el bosque que mira a este lado creció para ellos; los otros declaran que un bache es un valle, tal canal es un río y esta maceta su bosque. Y por eso quizá, ponderaba, su padre había tomado lo que cupiera en una maleta y había desaparecido de un día a otro. Una parte de imitación envidiosa, otra parte de recriminación y un pilón de algo más, algo más amargo. Así había hecho él mismo años atrás.

No, era otra cosa. Reparaba al presionar el botón del agua hirviente que tendría que inyectar veneno en sus venas (él no sería consciente de la melodía del ven- ven-). Pronto mejor que tarde, o la enfermedad avanzaría. Antes, al opinar sobre otros, había pensado que era mejor dejarse consumir. Ya teniendo cáncer, había opinado, ya era tarde. Mejor dejarse ir en esa rebelión de vida irrestricta que es el crecimiento del tumor, el aumento sin orden de la carne, la reproducción febril de las células sin freno, como volcadas en una locura de ser que no distingue lugar, que se arroja a siempre ser más, al proyecto sin fin, a nunca ceder, a nunca descansar. En la calma es clara la vanidad de ese arrojo. Pero no en el clamor vaporoso. La vida se habría tornado en fricción contra sí misma, y mejor era dejarla quemarse sola en un flamazo: se había sentido seguro de esa posición alguna vez. Pero ahora eran sus venas las que empezaban a ebullir. Era su sangre la que necesitaba el veneno. Era una quema controlada, pensaba con negro humor. En su aceptación se daba cuenta de qué había desatendido antes, y ahora lo sentía en sus propios miembros. ¿Habrá juzgado que uno es dueño de su futuro?

No, no era eso tampoco. Quiso ocultar el leve temblor en sus muñecas al poner los vasos de cartón bajo la manguera. Negro y vaporoso salió el chorro de café. Al volver a sonreír, preguntar por el azúcar y cobrar el total, intentó, por así decirlo, acomodar la experiencia. Quiso que en la intuición la mente tomara los eventos según ese orden agradable, cómodo, esperado: dos sonrisas. Como hace el improvisador de jazz cuando pierde un paso, si acaso se conduce sin perderse, repone el siguiente y permite que la percepción oyente los organice, como si ambos pasos hubieran estado siempre en su lugar. Eso había pasado. La atención en la sonrisa que abre y la sonrisa que cierra hubiera conseguido que el tembloroso medio y la mirada aterrada sonrieran también en la memoria; pero yo estaba mirando con cuidado. Tal vez el montaje no era para mí, sino para sí mismo. Y había funcionado. Ya no quedaba rastro en su mente de que por un instante se acordó del horror. Tal vez era demasiado pesado reparar en lo que lo esperaba al volver a su casa. No pensaba en ello por algo parecido a la convicción, si hay tal cosa en la inconsciencia. Casi como un hábito del que no hay quien recuerde el comienzo. Y sin embargo, todas las noches volvía, olvidado por completo, y pasaba la noche en un silencio intranquilo hasta el momento de dormir. Pero se acostaba y entonces eso se hacía recordar. Venía a sentarse al pie de su cama. Hablaba. Le recordaba entonces por qué temblaba a veces al servir café, al ofrecer sus panes, al querer sonreír y fracasar. Por qué por súbitos instantes perdía el paso de su mente y se abrían hipos en su pensamiento. Le recordaba lo que olvidaría irremediablemente al despertar: que todas las noches, o eso decía aquél, había estado allí con él, conversando antes de dormir.

Me acercó los cafés y casi resollo al despertar de mis ensueños. Me indicó dónde estaban las tapas de plástico por si quería usarlas, me negué agradeciendo y me fui anhelando por el delicioso aroma. Francamente, no creo preguntarle nunca qué le pasó.

Ambición

¿Qué más da?

Se preguntó Raúl antes de lanzar la moneda al aire.

A final de cuentas, Dios es justo, no había mejor oponente contra el cuál apostar su Suerte.

Así que pactó con El Divino y en un vaivén de la moneda que pareció más largo que todo el tiempo de su vida por duplicado; terminó por comprender que perder, es una de las cosas que Dios no puede hacer.

Macbeth en el trópico

Macbeth dice de sí mismo, en unas líneas escritas por Shakespeare, que mató él al sueño, pues el terror de lo que hizo no le permite descanso y sólo le deja el desvelo.

Desvelo terrible, por actos terribles, desvelo insano, desvelo propio por quitar la vida a quien se encontraba en manos del sueño.

La maldad de este regicida es muy conocida, para él lo bueno ya es malo y lo malo ya es bueno, gracias a unas brujas que estaban en un campo yermo.

Hay quienes como Macbeth trastocan el sueño, pero no el propio, levantan o desmañanan a quien podría dormir plácidamente, y lo hacen para matar la razón, para dar lugar a rencores y enojos pasados con la finalidad de actuar como brujas y al albor del sol presentar que lo bueno ya es malo y lo malo es bueno.

En esas criaturas en las que se juntan la ingenuidad de Macbeth y la intención incial de las las brujas, se juntan humores que entre sí luchan y que ya no saben si al conservar liberan o si al liberar estrujan.

¿Cómo habría sido el desvelo del regicida de Escocia, si en lugar de buscar el poder en aquellas latitudes, donde parece haber bosques y vientos, y en ocasiones mucho frío, se hubiera encontrado entre selvas tropicales, con calores y moscos, con pozol en vez de vino y con asambleas llenas de gente engañosa en vez de humildes brujas en un campo vacío?

El zapato virulento

Al salir por la puerta trasera de mi departamento me encontré con algo que me dio más miedo que ver a un sujeto con overol negro y máscara blanca a punto de apuñalarme: un reguero de ropa y zapatos. No tenían orden alguno, no eran un pedido ni un paquete. Los pantalones estaban hasta el rincón de la izquierda, las playeras embarradas en el rincón de la derecha. Enfrente de la puerta de mi vecina había un suéter que parecía estar abrazando una sudadera y un chaleco. La verde planta que nos alegraba la vista estaba regada de calcetines y lo que parecían unos leggins. Pero lo peor de aquel escenario fue el viejo zapato frente a mí, con la boca abierta, como si él estuviera sorprendido de verme ahí, como si yo fuera el que estuviera violando su intimidad con mi sucia presencia.

Después de esquivar los obstáculos, cual si estuviera evitando rayos láser, me percate que la ropa era de la vecina y su familia. Claro, en tiempos del Covid-19 hay que tomar todas las medidas posibles para evitar contagiarnos, aunque expongamos al que hace la limpieza, a los vecinos, a las mascotas e incluso a nosotros mismos. No era sorprendente. Era una vecina a la que le gustaba limpiar su casa sacando la basura al pasillo, dejando que habitara ahí hasta que alguien la quitara. Tal vez pensaba que el viento se la llevaría hacia el basurero o que el smog la aniquilaría con sus potentes sustancias o que se iría volando y que a cada coche de la ciudad le caería un pequeño pedazo, de esa manera a nadie le haría mucho daño. Me sorprendí de que no me hubiera acordado de la vecina hasta que dejó desechos tóxicos afuera de mi puerta. La idea me sorprendió más porque se cruzó con otra: “la cuarentena no nos va a hacer mejores personas”. Apenas permiten disfrutar de las playas, las abarrotamos, creyendo que el virus se ha desvanecido; si la cifra de enfermos aumenta, lo más seguro es que culpemos al gobierno o a otros de nuestra propia imprudencia. Supe que un conocido, quien vive solo, compró víveres y productos básicos suficientes para que no tenga que pisar la calle por más de un año. Ni hablar de las tiendas que venden sus productos como si estuviéramos en tiempos de post guerra. Tal vez estemos tan acostumbrados a las peleas, tal vez los ataques sean tan sutiles, que no nos damos cuenta que no pocos viven en constante guerra.

Al volver a mi casa, me puse los guantes que había comprado y comencé a echar la ropa en bolsas gruesas. El zapato ya no me miraba con altivez, sino con una especie de súplica, pero aun así lo encarcelé junto con todo lo demás. Tiré mis guantes a la basura para poder escribir una nota que decía lo siguiente: para la próxima ocasión que confundan el pasillo con un clóset les quemo la ropa. Atte: un vecino que tiene cloro.

Eternidad

Un monito construido con palitos, los ojos tachados y sin dientes. Un traje rectangular transparente y mal dibujado le cubre su cuerpo inerte. Un lazo de tinta azul circunda su cuello que queda sostenido de un objeto que existe más allá del borde de la hoja.

Palabras como muerte, bestia, bruto, imbécil rellenan el resto de la página, escritas una sobre la otra, sobre otras suciedades que se pierden en el exceso de tinta de la página, haciendo que la blancura de la hoja sea casi inperceptible, como si un manojo de arañas diminutas hubiera hecho en ella un inmenso nido sin fin. Así, cada una de las demás cuartillas se fueron llenando de odio, con todas las personas que conocía, repetidas, retorcidas y mutiladas hasta el cansancio. Las burlas, las vergüenzas y los insultos de toda su vida quedaron plasmados entre dos portadas, ensuciando el nombre y el recuerdo de quienes alguna vez lo miraron con desprecio.

Felipín creyó (y creyó bien) que haciendo una recolección de odio, una antología de ofensas y rencores, lograría salir de la pobreza, matar el hambre, vengar el orgullo y olvidar un poco el ansia de estar vivo. Lo logró, vendió mil y una libretas de odio en la primera semana en la que se pusieron a la venta en la deep web. Condenándose así, a pasar el resto de su vida a seguir odiando; a ser el guardián del rencor ajeno y de la amargura de la vida, perpetuamente grabada en un sinfín de cuadernillos llenos de jeroglíficos que de ser descubiertos en un futuro por cualquier antropólogo de cualquier tiempo, podrían ser entendidos sin problema alguno en su más esencial significado.

Bien lo previó este artista a la hora de comenzar su obra: el odio retratado con maestría, vendría a convertirse en el nuevo Logos de la humanidad.