Sordina

—¿Sabes? Dicen que ese ángel de bronce que está sobre la parroquia va a tocar su trompeta el día del en que nuestro Señor regrese y venga a juzgar a justos e impíos por igual, de ese modo nos avisará a los ungidos que estamos salvos, pero solo los que escuchemos el sonar de su bendito aliento.

—¿Y alguien lo ha escuchado alguna vez?

— Todavía no.

Apocalíptica política

Apocalíptica política

 

Enrique Krauze ha llamado Biografía del poder a su recolección de la historia de México. Captando como pocos la metáfora paceana de la piramidalidad mexicana, Krauze nos ha mostrado que en el México moderno el tiempo se mide cíclicamente entre el nacimiento y el ocaso del tlatoani en turno. La cuenta larga del tiempo postrevolucionario comprehende la cuenta breve de los sexenios priistas. La necesidad del tiempo cosmológico prehispánico encontró su expresión en la permanencia en el cambio de la Revolución Institucional. La sumisión al tlatoani y la capacidad de coerción que hicieron posible al régimen priista tuvieron su fundamento en la necesidad cosmológica. Transitar a la democracia impelía, por tanto, la desmitologización.

         La Ilustración liberal, empero, siempre supone una Arcadia; regularmente supone la arcadia del progreso. En el caso mexicano, a la par de la Ilustración liberal se impuso un mito pragmático: si en nuestras manos está el advenimiento de la democracia (tesis liberal), nosotros podemos acelerar el ciclo cósmico (mito pragmático). Fue la fe del 97 que reificó en el 2000. Sin embargo, el mito pragmático impuso un imperativo: el tiempo cósmico perdió su cuenta larga y el cambio se volvió inminente. Si en nuestras manos está el tiempo cósmico, los ciclos son producto de nuestro hacer, los ciclos provendrán de nuestras manos. Si nosotros originamos los ciclos, la democracia no puede ser meta en el camino, sino producción posterior a la consecución del poder, a nuestra consecución del poder (de ahí la reelaboración de la etimología del término “democracia”). Para que todo cambie definitivamente se requiere un nuevo fundador de ciclos. La cuenta breve pende de una mano imperiosa. Imperativa se volvió la llegada al poder del Mesías Tropical.

         El imperativo mesiánico de los nuevos tiempos se expresa recurrentemente en las exigencias de un cambio inminente. Si la mala administración del presidente toma cualquier decisión medianamente impopular, torna mito popular que se ha llegado a un límite último y que su renuncia, su caída o su destitución es inminente. Si las protestas tornan nuevamente violentas, torna mito popular que viene la revolución, que ha despertado el México bronco, que el cambio radical de la totalidad es inminente. Y si vivimos un periodo electoral, torna mito popular la inminencia de la alternancia, la necesidad dicotómica de aglutinar los votos, la aniquilación de la diferencia en una alianza opositora efectista y, claro está, la falacia detrás de la promoción del voto útil. Situar a una elección como eschaton es la nueva mitología cosmológica del tiempo mexicano. Nuestra política ha tornado apocalíptica.

         Cuando los nuevos mitólogos no puedan sostener la inminencia estaremos en problemas. Cuando los cristianos no pudieron explicar el retraso de la parusía surgieron las posiciones milenaristas, que podían fincarse en la cosmología del eterno retorno de los paganos. En México, en cambio, la mitología prehispánica propiciaba a los dioses mediante un sacrificio sangriento: de la sangre manante de un corazón recién cercenado pendía el reinicio del ciclo cósmico. ¿Qué tan inminente es ahora la inminencia?

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. Ayer se cumplieron 32 meses de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa. Sobre el caso hay que señalar que la PGR investiga las posibles relaciones de funcionarios con Guerreros Unidos. 2. Nuestro mundo está invadido por la acedia, lo que se muestra en su aparente ilegibilidad. Lo explica Javier Sicilia. 3. El delegado morenista de Cuauhtémoc, Ricardo Monreal, mandó golpear a un grupo de vecinos que se manifestaba en su contra. Claro, don Ricardo lo negará, como siempre, dirá que es un compló, como siempre, que las cosas no son así… El estilo monrealista. ¿Ya se le habrá olvidado que en su campaña prometió un referéndum revocatorio para este año? 4. Y el estilo de López Obrador, ya se sabe, es el de la ofensa “con todo respeto” y la justificación de las corruptelas amorosas. Digna de escucharse la entrevista que el Mesías Tropical le dio a Pepe Cárdenas, pues nos muestra en toda su talla el autismo funcional de un político mentiroso. 5. Las cosas buenas casi no se cuentan… dice el presidente. Y dice Animal Político que en la primera quincena de mayo la inflación presentó su mayor nivel en ocho años. ¿Eso importa? Pues importa en la medida en que el dinero cubre menos gastos, los precios se elevan y se desequilibra la relación entre producción y demanda. Pero dice el presidente Peña que hay cosas que no se cuentan. 6. Deberá guardarse el editorial de La Jornada del jueves 25 de mayo de 2017, donde se consigna la censura al medio por parte de la Sedena. De pronto, la Sedena cambió su postura de los últimos tiempos e impidió el paso a uno de sus eventos a un reportero que ha cubierto la fuente por 22 años. Raro, ¿no? 7. Y Carlos Puig señala la islamofobia mexicana.

Coletilla. “En el espejo del tiempo, las parejas que se aman mantienen intacto su reflejo”. Jorge F. Hernández

La hora maniquea

La hora maniquea

La corrupción parece un laberinto que se cruza a ciegas. La oscuridad es lo evidente. Los sentidos están dispuestos a sentir los muros con los que los pies, el rostro, el aliento en cada jadeo se va topando. El suelo mismo no parece inestable. No es ella el signo del apocalipsis. Esa es la teología vana de los desesperados. ¿Será que la esperanza sólo puede comenzar a sentirse cuando aparece una luz nueva? Es más acertado pensar en que se le considera una virtud constante para la vida del hombre, dado el carácter incierto del porvenir. Por eso el optimismo de la esperanza no es candidez, ni ceguera. Por eso no puede ser injusta en su manera de afrontar al mal. Lo corruptible del hombre es su propia humanidad. No es la pérdida de ella. No es sólo la mala educación. No se corrompe el sentido original del bien, porque ese no existe. El mal corrompe no un buen corazón, sino el deseo y el juicio moral. No lo rebaja de un estado prístino: lo conduce con aspecto de ser deseable. La seducción del mal es tentación, toque de algo, latencia. Se puede decir que abre una herida en la bondad de la vida, que puede pasar desapercibida como herida. Parece, y esa es parte de la tentación, ser sólo una sugerencia de la imaginación, moldeada por la educación de la circunstancia.

La corrupción del estado no es meramente cultural. Alcanza una dimensión histórica, es cierto, pero el nombre de la historia no explica por sí mismo la moralidad. Más que el conflicto del relativismo y la fijeza de lo axiológico, el carácter histórico de la corrupción no puede ser entendido si no nos vemos como seres históricos en ella. Y eso no lo puede hacer la historia por sí misma. Por eso es que la corrupción no es un problema cultural. Tiene que reconocerse que el fracaso del estado es algo que rebasa a un solo mandatario, pero que a la vez cada figura política, incluso la ciudadanía, es parte de la confusión que conlleva todo intento democrático. Existe la posibilidad de apelar al conocimiento de lo eterno en lo temporal porque la corrupción no es, como dije, término de la humanidad. El pecado no es posible sin un rasgo mínimo de humanidad que lo haga exitoso. El fracaso del estado es un problema político porque es también un conflicto moral. No refiere únicamente al fracaso de la clase política, aunque ese sea desde hace tiempo más que evidente y, sobre todo, indefendible. El camino de la democracia debe llevarnos a ver en el ciudadano a la comunidad política involucrada en atribuirse el poder. Cuando no hay comunidad, ¿qué sucede con el poder? La respuesta la tenemos al alcance.

La ausencia de comunidad no se comprueba sólo en la extrañeza que cada habitante guarda entre sí. No es únicamente la fragmentación que ha logrado el poder político. La ausencia de comunidad está en el menosprecio de la palabra. No en la palabra de los intelectuales, que termina infectada del lenguaje de la grilla ante nosotros. Hablo de la palabra del otro en general, lo cual de hecho es causa de lo anterior. En la palabra que es el otro. Se omiten las desapariciones, se prefieren los prejuicios (eso incluye a la familia, al sexo y a la libertad) que impiden ver el dolor y pensar la justicia para los demás, que es, siempre, justicia para nosotros. Se vierte el odio en el escenario de las revanchas y los sueños revolucionarios. Se defiende la oposición con un puritanismo hipócrita, amante del escarnio. Se vive la violencia de la peor manera posible: el silencio, que parece su efecto irremediable, síntoma del sinsentido de la cadena de la muerte; el ruido es hijo del silencio ahora. Ese laberinto de la corrupción huele a sangre de los que no son y deberían ser los nuestros. Vamos a ciegas pero no impedidos. Porque la palabra vive en la corrupción, aunque parezca ser inútil en ese hielo de la indiferencia. La esperanza sabe que el hombre no hace milagros, pero vive gracias al milagro mismo. En esas condiciones nuestro maniqueísmo político será el peligro más grande, la tentación para continuar en la ignominia.

Tacitus

En la tierra de nadie

En la tierra de nadie

En una noche en que caminaba por este paraje, comencé a ser perseguido por lobos; quise refugiarme, pero increíblemente las casas ante mí desaparecieron. Grité por ayuda y el guardián de la ley, al extender su mano, se convirtió en sombra del licántropo o en cortina de humo entre ambos, de cualquier forma no me protegía de las mordidas, ni de los zarpazos, que eran lo único real en todo este valle de ilusiones, más que nada por sangrientos.

Cuando morí, aparecieron más fantasmas. Primero vinieron las sombras de unos licenciados que dijeron muy cortésmente: ‘Estamos trabajando en el caso, pero por lo pronto, ten 500 pesos y silencio.’ Después llegaron unos bufones muy tristes, que con aire soberbio cuchicheaban lo siguiente: ‘No que iba a la escuela, al trabajo, a mí se me hace que en otros líos andaba metido.’ Cuando terminaron, se fueron más tristes, pero orgullosos por haber sembrado esta risa en los demás.

Esa fue mi ceremonia luctuosa. Ese día, nadie –ni por compasión– ni por orden cívico me amortajó, dejaron que el pútrido olor del ataque y de la muerte ensanchara más el malhumor, el odio, el territorio de la tierra de nadie, el desconsuelo y el temor del abandono que siempre ofende corazones. En cambio, me volví lugar común de la injusticia, número en la estadística de los que fieles a la lección “afirman que la vida es sólo un viaje de ida a ninguna estación”, y que rastrean en todo el mal humano, a fin de decir, en esta criatura no se puede confiar, habrá que vigilarla. Me transformé en nido de buitres que se regocijan en la carroña.

En la tierra de nadie la desesperación va disfrazada de cinismo y el olvido junto a las mentiras del bufón destrozan poco a poco la confianza. Los buitres necesitan de ellos para chirriar orgullosos, ’venimos a salvarlos de su dolor, déjense devorar’… Pero hoy vino un hombre y me dijo, ‘ven y levántate, que tu enfermedad peor no es la muerte, sino el olvido, la mentira y el desprecio por lo que es la ley: y hasta que no la ames, vivirás vagando entre espejismo-burlas, en la tierra de nadie, en el lugar sin límites.’

Javel   

Para seguir gastando: No puede haber comunidad, si no hay deseo por el bien común, por la ley y la justicia. La gran mentira del narcotráfico y del terrorismo, es que sólo hay antropofagia o voluntad de poder. Terrible, además, los datos que revela Vice News sobre los niños que están envenenados de violencia. El Estado, que somos todos, les hemos fallado, pues no viendo otra salida al abandono ético, social, cultural y económico, el brazo amigo, mecénico, maestro y fraternal, lo ofrece el monstruo que se devora a sí mismo, el narcotráfico. Estos niños también están extraviados y merecen ser reencontrados.

Brasas: “se sabían hechos para vigilar, espiar y mirar en su derredor, con el fin de que nadie pudiera salir de sus manos, ni de aquella ciudad y aquellas calles con rejas, estas barras multiplicadas por todas partes […] los rostros de mico, en el fondo más bien tristes por una pérdida irreparable e ignorada” José Revueltas, El apando

Libertad a la moderna

Los sueños de libertad sólo los tienen los esclavos, quizá por eso el estandarte de la libertad es portado por las manos de los modernos.

Maigo

Cambios conteporáneos (IV)

Según entiendo la figura de Don Quijote de la Mancha, lo importante en la vida empieza con un cambio. Esto quiere decir que se ha comprendido que lo hecho hasta ese momento no era lo mejor y que ahora sí se ve una luz que iluminará las acciones con las que se empezará el cambio. El cambio empieza con un cuestionamiento de las acciones anteriores hasta la consciencia del error y sigue con un plan. Pero el plan puede no ser claro. La vida en casi nada se parece a un diagrama. Un plan, por la multiplicidad de las posibilidades, es casi una apuesta.

La educación, en alguna medida, es un plan. Pero el plan no funciona si no se sabe qué se está planificando, con qué se cuenta para planificar, por qué es conveniente ese plan y no otro, y hacia donde se quiere llegar con la planificación. ¿Qué debe conocer el educador de sus alumnos para saber qué educará? Parece que principalmente debe entender el carácter y las capacidades de cada uno de sus alumnos. Pero ¿hasta dónde podrá educar un maestro experto en almas si la situación de algún alumno es complicada? Un alumno violento, ¿debe ser castigado o puede ser conducido pacientemente a que vea el error de su actitud? El castigo, como un plan, debe estar acorde con la situación del castigado.

Hay quienes creen que la mejor clase de castigo es el avergonzar a las personas, que eso es lo que operará realmente un cambio o una reordenación en el carácter. Esto también está sujeto a quién se quiere avergonzar y hacia dónde se lo quiere conducir, pues no todos entienden, ni perciben, de la misma manera el bien. No se puede avergonzar a un descarado. No se puede exponer a quien ha errado al oprobio público si tiene un carácter inestable. Eso es lo que vuelve insuficiente la exposición cibernética de los errores y la mezcla con el auto alivio de quien señala. No hay cambio donde todo fluye. No hay reconvención a lo bueno cuando ya no se sabe ni se cuestiona qué es lo bueno y qué lo malo. No hay mejor modo de vida, ni posibilidad de alcanzarlo, en el caprichoso devenir. Seguimos sin entender el cambio de Don Quijote.

Yaddir

La ruina del progreso

Los que descubrieron las ruinas del complejo fueron celebrados en el pueblo, y el recuento de lo que allí se había encontrado pronto pasó a ser parte de la memoria viva. De lugares como éste sólo se sabía por menciones dispersas en algunos documentos, o por historias heredadas. Ahora podían recorrerlo y ponerse en el sitio mismo, como si participaran de una jornada en el lugar. «Alguna vez ‒explicaba con aire orgulloso el conocedor del pasado‒ edificaciones como ésta agrupaban personas que ocupaban sus días en tareas sin fin. No sabemos bien por qué. Pero parece que eran muchísimos y había que meterlos a algún lado, probablemente para que ni murieran de letargo ni se alebrestaran demasiado». Una muchacha que escuchaba con la curiosidad desbordándosele preguntó «¿qué clase de tareas?». Pasaron entre los cuerpos momificados separados por sombras en el piso, que habían pertenecido alguna vez a particiones que, según daba de verse, dividían a esos cautivos en cubículos. Muchos de ellos aún tenían restos de tela mezclados con lo que alguna vez fue piel y aunque ningún asiento o soporte se había conservado completo, algunos cuerpos delataban la posición en la que habían hallado el fin. La chica notó que uno tenía las trazas en el pecho de lo que seguramente fue una corbata. «La mitad de sus tareas ‒fue la respuesta del hombre‒, consistía en inventar nuevos procedimientos con abundantes pasos, no se sabe con seguridad para conseguir qué. La otra mitad consistía en seguirlos y velar por el apego a los procedimientos». Ella lo miró. Le hizo saber que no estaba satisfecha. No tenía sentido para ella. Trató de contrarrestar la falta de la curiosa participante: «Pensaban diferente. ‒Pensó un poco antes de continuar‒. Mira, si tú tienes que lograr algo, te inventas los pasos para conseguirlo ¿no? Ellos hacían algo así, nomás que al revés: tenían que seguir ciertos pasos, entonces se inventaban el objetivo». «Pero ¿por qué tenían que…». El guía sabía que no había manera de explicar lo que la muchacha quería entender. No había muchas razones que ofrecer. Se esforzó de todos modos: «Quién sabe, tal vez creían que le debían gratitud a la máquina de archivo, el Sistema. Pues si éste les dictaba qué hacer, qué se podía y qué no, y de qué modos, ellos así tenían que hacerlo. ¡Si hasta para cambiar el modo de hacer las cosas tenían que hacerlo de cierto modo preestablecido!». La muchacha había venido porque algo en los vestigios de los últimos días de pueblos y ciudades la cautivaba. Ya había visto antes las ruinas de Pompeya, las de Tulum, las de Petra… pero nada se le parecían a esto: aquéllas sugerían propósitos. Caminaron así hasta llegar al pie de un arco muy grande sobre el cuál aún se leía en una lengua antigua «oficina del sindicato». El conocedor explicó los restos y objetos valiosos encontrados ahí, que se creía había sido el lugar más sagrado del edificio. Cerró subrayando que si eran tan importantes estas ruinas para dar testimonio del pasado era por la prodigiosa conservación en que se encontraban sus muchos ocupantes, que se habían mantenido ahí, todos en un mismo lugar. Al terminar esta exposición la muchacha preguntó «pero ¿cómo fue que se quedaron aquí hasta morir?». El conocedor sonrió. Ésa era una pregunta cuya respuesta sí estaba documentada y él podía darla con seguridad: «Se les cayó el Sistema».